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Recuerdos de la era analógica |
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Escrito por Javier Mora
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Martes, 09 de Febrero de 2010 08:21 |
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Filosofía-ficción de la era analógica
Conceptos de la
era analógica es, desde la primera explicación, cuando menos novedoso: Una
antología escrita desde el futuro. Tanto es así que, teniendo en cuenta la edición
de 2009, ésta cuenta con dos prólogos: el de 2009 y el correspondiente al
momento futuro en que ha sido escrita: 2412.
Relato tras relato, apoyado por las introducciones o comentarios de
los antólogos que los han recopilado, Tubau
va suministrando información sobre la evolución hasta el punto en que estos
antólogos recogen los relatos: Sobre las pesquisas acerca de lo que es nuestro
presente, parcialmente perdido para unos antólogos situados en nuestro futuro,
que recopilan lo que se ha podido recuperar de una Arqueored que mediante páginas web, e-zines y blogs reflejaba nuestra realidad.
Así, el primer relato del libro y otros que se suceden a lo largo del
mismo, abordan el mundo de las experiencias vicarias, concepto que se describe
como el mandato de uno o más cerebros sobre cuerpos ajenos, con el fin de
experimentar una corporeidad de la que dicho ser carece por algún tipo de
limitación física, o bien, por el gusto de poder dar órdenes, aunque sea por
tiempo limitado, a un cuerpo de alquiler. |
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Escrito por Eliana Domínguez
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Lunes, 08 de Febrero de 2010 08:32 |
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[6 pags. aprox]
Aimara despertó al sentir la fría brisa que
le helaba el cuerpo. Al abrir los ojos, la profunda luz le cegó la vista para
después materializarse en un amplio pasillo decorado con monumentales relieves.
La jovencita se volvió para descubrir el cuerpo que yacía a su lado. Ella
conocía a ese joven de piel pálida y cabellos dorados, era su amigo y, sin
embargo, se sorprendió al verlo ahí. Aimara lo despertó susurrando su nombre.
El muchacho se incorporó sobresaltado y al ver a su amiga, sus ojos ambarinos
se abrieron enormes.
—¿¡Aimara,
qué haces aquí!? ¿¡En dónde estamos!? —Preguntó el chico registrando, muy estremecido,
el lugar. |
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Escrito por Antonio Ruiz Alba [Aralba]
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Viernes, 05 de Febrero de 2010 07:56 |
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[4 pags. aprox] [REEDICIÓN: publicado inicialmente en 2002] Kaos Quántico: Sucesos en torno a la Singularidad del Universo
Un actor se entristece siempre
que finaliza una obra. Su tristeza es más grande cuando comprende que, como personaje,
deberá dejar de existir. Su vida se disipa, vuela, se pierde… o ¿no?
Humberto
Romero (la Sombra
de Otro)
47 La otra cara de la moneda
Cuando Laura Star Light, mi amante perdió la Consciencia del
Universo de Gestar, yo descubrí toda la gloria y calamidades de su enigmático
pasado. Una extraña memoria de datos no aprendidos ha surgido de lo más
profundo de mi ser, y ahora, sólo ahora, me están claras muchas cuestiones que
antaño desafiarán la comprensión de mis neuronas. |
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Escrito por José Carlos Canalda
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Jueves, 04 de Febrero de 2010 08:43 |
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[4 pags. aprox]
Tener novia
supone, ciertamente, disfrutar de unas innegables ventajas; pero al mismo
tiempo, implica toda una serie de inconvenientes e incomodidades que
forzosamente te hacen añorar la libertad perdida y envidiar a los solterones de
tu edad libres de todo tipo de ataduras. Esto es algo que muy pocos llegan a
comprender con la suficiente profundidad —aunque sí a intuir—, para
desesperación suya y para suerte de una humanidad que, de no ser así, podría
llegar a correr un grave riesgo de extinción como especie animal diferenciada. Pero vayamos al
grano. A Olga le gustaba o, por mejor decir, le entusiasmaba, todo aquello que
constituía la faceta frívola e intranscendente de la vida, justo lo que a mí me
resultaba cuanto menos incómodo y cuanto más desagradable. Cómo dos personas de
gustos y aficiones tan dispares habíamos podido llegar a juntarnos es algo que
sólo Dios puede saber; el amor es ciego, dicen, y yo añadiría además que sordo,
mudo, manco e imbécil... Pero no nos dejemos perder en digresiones filosóficas
que, por lo demás, son tan viejas como la vida misma. |
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Ella y la luna sobre Bourbon Street |
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Escrito por Marcelo Branda
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Miércoles, 03 de Febrero de 2010 08:11 |
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[6 pags. aprox]
«Espero quieta bajo la luz de
la luna y las luces. Ellos pasan anónimos y desprevenidos ¿y si supieran que
jamás verán mi rostro durante el día?...»
Estela
tiene un halo de misterio que la envuelve y la sigue, como si fragmentos de la
tela más delicada y fina flotaran alrededor de ella. Es esbelta, de piel pálida
y labios carnosos, pintados de un delicado y llamativo carmesí. Su cabello es
negro como la noche, y no gracias a aditivos sintéticos, y enmarca un fino
rostro de grandes ojos grises. Estela camina por Av. Santa Fe, tarde, de noche,
en viernes. Fuma con delicadeza y sensualidad y mira vidrieras mientras camina
despreocupada. Sabe de las miradas que le cruzan, pero ella no las corresponde.
Tiene pechos pequeños y firmes Estela; parecen dos gotas de agua. Las manos
delgadas, los dedos finos, las piernas bien torneadas y firmes. Estela es alta,
más que la media para una mujer, y tiene una apostura señorial. Estela vive
sola; se mueve sola; duerme sola. Pero no se acuesta sola. |
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Escrito por Néstor Darío Figueiras
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Martes, 02 de Febrero de 2010 08:24 |
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[5 pags. aprox]
La noche ya se abatía sobre Lotrán,
la Ciudad de Piedra.
Mientras los techos y los muros enrojecían bajo la luz del poniente, los Celadores
se aprestaban para hacer las rondas de vigilancia: había que evitar que los
drugos, las criaturas que servían a los lívaros, aprovecharan las tinieblas
para penetrar en los suburbios y robar niños.
Una figura recorría las
calles sombrías. Era Mariposa de Luz, quien, durante toda la tarde, había buscado
a Flecha Certera a lo largo de las calzadas adoquinadas. No podía dejar que él se
fuera así, como si nada. Lo amaba, y una Mujer que ama hasta sentir que el alma
se le va subida a la aljaba de su amado, no debe renunciar a él. |
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Escrito por Carlos de la Cruz Gómez
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Lunes, 01 de Febrero de 2010 07:51 |
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[13 pags. aprox]
00:00.
94,26%
—¡Mierda!
Enrique tenía motivos para decirlo. Estaba
tumbado de espaldas, después de su caída. Se levantó y miró hacia arriba: más
de cinco metros de muro y a continuación los tres del andamio desde donde había
caído. Se miró la ropa. Estaba sucia, así que se pasó las manos por encima para
quitarse lo más gordo del polvo. Volvió a mirar el muro y, en un impulso
perverso comenzó a escalarlo.
Enrique no sabía escalar. Lo cierto es que envidiaba
a los escaladores y, aunque había subido algún que otro peñasco, nunca nada tan
vertical como ese muro. En circunstancias normales ni se lo habría planteado,
pero la caída lo había dejado en un estado mental extraño. No estaba dispuesto
a bajar, y a dar toda la vuelta para terminar a cinco metros de donde se
encontraba ahora. Así que comenzó a subir por el muro. No era difícil, sino
todo lo contrario, lo más fácil del mundo. Subió, llegó hasta arriba, y siguió
subiendo.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! |
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