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Unas preguntas de rigor a... "Sergio Parra" volver al índice de entrevistas
 
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Cuéntanos cómo entraste en contacto con el mundo de la literatura, y sobre todo, con los géneros de la Fantasía y la Ciencia Ficción. (Qué te llamó la atención de éstos y sobre todo, qué autores te engancharon)

Supongo, si la memoria no me engaña, que mis primeros guiños a la literatura fueron en forma de tebeos; lo típico: Francisco Ibáñez y demás. Y, más tarde, Spirou y Fantasio o Asterix. Luego, mis primeras novelas de género fueron, curiosamente, de origen patrio: En un lugar llamado Tierra de Jordi Sierra i Fabra, Hem nedat a l´estany en lluna plena de Raimon Esplugafreda, Ahogos y palpitaciones de Andreu Martín (sin olvidarme de su saga del detective juvenil Flanagan), las novelas de Elige tu propia aventura

También leía a clásicos, como Julio Verne o Conan Doyle, pero en honor de la verdad he de admitir que prefería el descacharrante Mundodisco de Terry Pratchett.


También quiero vindicar las aventuras gráficas para ordenador como una forma de literatura interactiva tan lícita como otra cualquiera. Sobre todo las creadas por LucasArts o Sierra: Monkey Island (cuyas batallas verbales estaban escritas por Orson Scott Card), Loom, Maniac Mansión, The Dig, Roger Wilco, etc. Me pasaba las noches abducido en aquellos mundos en los que primaban el argumento y los diálogos por encima de los gráficos o los efectos sonoros. Luego, durante el día, apenas era capaz de atender a clase: en mi cabeza continuaba tratando de resolver los innumerables rompecabezas para avanzar en las trama.

Es curioso: en clase, para fomentar nuestro gusto por la lectura, nos obligaban a tragarnos aburridos mamotretos o novelas juveniles con sobredosis de glucosa, pero nunca nos hablaban de estas aventuras gráficas ni de los tebeos, que seguro que funcionarían mejor para crear prosélitos de las letras. Y es que la educación siempre parece ir un cuarto de siglo por detrás de sus educandos.

¿Por qué género te decantaste a la hora de escribir, qué razón te impulsó a ello, y cómo fueron esos primeros pasos?

Mis pinitos fueron, como es natural, bizcos, anárquicos, casi heréticos. A mí no me gustaba escribir sino dibujar, pero en clase nos obligaban a redactar cuentos cortos para obtener puntos extra en la nota final de la asignatura de Castellano. Así que mis primeros pasos fueron espoleados como la zanahoria que se pone a unos centímetros del belfo del asno: por la recompensa inmediata.

Poco a poco, y con el ánimo de seguir deslumbrando a un par de profesores que dedicaron encomiásticos epítetos a mis abortos escritos, comencé a disfrutar con ello. Y, aunque no me otorgasen puntos extra en la nota final, escribía y escribía hasta la extenuación, y hasta me leí el diccionario en más de una ocasión para fortalecer mi vocabulario. No sé si quería ser escritor, pero me lo pasaba en grande simulando ser un escritor.

Mi primera novela se titulaba Hollywood Pizza y trataba sobre un adolescente adorador del heavy metal que, junto a un alienígena que cargaba con un enorme tecnobaúl capaz de materializar toda clase de objetos y un hechicero advenedizo, trataba de escapar de un mundo paralelo dominado por la magia. La peculiaridad de la historia estribaba es que todo el viaje lo hacían en una furgoneta de reparto de pizzas, como si fuera una especie de road movie de espada y brujería. Por suerte, nadie ha leído la novela; ni siquiera yo me atrevo a releerla sin haberme administrado antes grandes dosis de objetividad y distanciamiento. Aunque ya dejaba en evidencia una de las características que mejor definen las historias que me gustan escribir: la mezcla de ideas y conceptos aparentemente irreconciliables. ¿Una furgoneta cruzando la Tierra Media? ¡Imposible!

Así pues, siempre he estado ligado al género fantástico en todas sus manifestaciones, aunque estos últimos años haya apostado más por el “mainstream” o el “slipstream” debido a la libertad formal que me ofrecen estos géneros. Porque, si bien es cierto que la literatura fantástica goza de una holgura temática que jamás alcanzará la estrechura de miras de la literatura generalista, la primera tiene mucho que envidiar a la segunda en cuanto a flexibilidad y experimentación estilística. La literatura fantástica parece que sólo deba sorprender al lector en el plano de las ideas y no en la forma de exponerlas. Ya sea por desidia del autor o, más probablemente, por la predisposición del lector de género a repudiar cualquier acrobacia formal, el fantástico parece afincado en una prosa lisa, sin estridencias, aséptica, sin riesgos ni exageraciones culteranas, sin auténticos harakiris creativos.

En puridad, todas las historias han sido contadas ya, sólo podemos variar el modo de narrarlas.

Cuál es tu método de trabajo a la hora de escribir un nuevo relato o novela.

Acostumbro a seguir idénticos pasos que, con el tiempo, han ido alcanzando la categoría de metonimias: tras diez años de intenso trabajo no entiendo el proceso de escribir de otra forma que no sea ésta. A saber:

-Todo nuevo cuento o novela surge de un cartapacio que guarda ideas tomadas al vuelo, arrebatos de inspiración o simples mandatos del tipo “he de escribir un cuento de robots homosexuales”. La montaña de ideas tiene un tamaño preocupante: aunque soy un autor prolífico creo que nunca conseguiré desarrollarlas todas.

-Normalmente escojo dos o tres ideas, que son trasladadas a carpetas exclusivas en las que iré introduciendo nuevas ideas que alimenten la principal, así como fotocopias de cosas que leo que creo que pueden servirme para el futuro. Cuando una de estas carpetas-idea adquiere el grosor suficiente, entonces pasa a la categoría de desarrollo serio y concienzudo.

-El contenido de la carpeta-idea escogida, entonces, se divide en decenas de archivos pertenecientes a diferentes segmentos del argumento, ya sean estos escenas decisivas en la novela, personajes o conceptos. A partir de ese momento, reviso la lista de libros ordenados por prelación que tengo pendientes de lectura y sitúo en los primeros puestos aquellos títulos que se relacionen de algún modo con lo que pretendo contar.

-La documentación pura y dura, sin embargo, es mi mayor herramienta para construir la historia. Para ello me sirvo de un leviatanesco archivo de mi propia cosecha que nunca deja de crecer.

Esta monumental pérdida de tiempo nació cuando yo tenía apenas trece o catorce años: en la radio escuché la llamada de una chica que anotaba en una libreta todas aquellas cosas que leía o aprendía que merecían ser recordadas. Como mi memoria suele flaquear me pareció una idea interesante. Es unos años ya atesoraba cinco libretas atestadas de apuntes (llamadas Primogénito Escible, Segundogénito Escible, Terciogénito Escible y así sucesivamente). La palabra “escible”, por cierto, es un término en desuso que describe las cosas que pueden o deben ser sabidas. Tamaña aglomeración de datos necesitaba de algún tipo de organización. Así que tras releerlo todo, unirlo, recombinarlo, aplicar diversas reglas heurísticas, experimentar y luego descartar varios métodos de organización que subdividían los apuntes en árboles de infinitas ramificaciones, terminé por agruparlo todo en cuarenta temas. De esta forma podía leer acerca de lo que me apetecía sin verme obligado a bucear en miles de páginas inconexas.

Al poco, quizá para darle algún sentido práctico a semejante trabajo (además de describirme como un sujeto peligroso y epistémicamente hambriento), opté por continuar adelante con el ánimo de (algún día) escribir un ensayo sobre cada uno de los temas escibles. Paralelamente, escojo los temas que vayan a tratar mi novela en gestación y extraigo la documentación que pueda serme útil.

A su vez, claro está, estas referencias me llevan a libros que aún no he leído y que acabarán perfilando la documentación y, por extensión, el argumento.

-Cuando me convenzo de que ya dispongo de la información y las ideas suficientes (dejando una pequeña parte para la improvisación), cuando los fragmentos se han unido bajo algún tipo de influjo visceral, al igual que las células hasta conformar un feto en el claustro materno, comienza el parto.

Acostumbro a romper aguas en alguna cafetería atestada de gente, con mucho ruido y humo, y bajo los efectos euforizantes de alguna droga legal (tipo café o algún tema musical inspirador). Indefectiblemente escribo a mano en un cuaderno, rodeado siempre de un puñado desordenado de notas, fotocopias y, por supuesto, escibles; todo a modo de palimpsesto creativo. Estas jornadas de trabajo suelen ser muy concentradas, casi maratonianas: si la redacción se extiende durante demasiados meses termino por agotarme y pierdo el interés por la historia. Tres, cuatro… hasta ocho horas puedo estar reconcentrado en esta parte del proceso. Finalmente, ya en casa, vuelco al ordenador todo lo escrito y aprovecho para hacer las primeras correcciones.

-En dos o tres meses suele concluir la primera versión de la novela; menos de una semana si se trata de un cuento. Entonces, a pesar del agotamiento, efectúo una corrección somera que suele prolongarse otro par de semanas, un mes, a lo sumo. La historia todavía está muy fresca en la cabeza, así que debo aprovechar para analizarla al completo a fin de descubrir si he logrado transmitir lo que pretendía.

-Tras dejar reposar el manuscrito durante una buena temporada, lo retomo y vuelvo a corregirlo a fondo con la mente fresca: es sorprendente la cantidad de errores e incongruencias que se detectan en esta segunda revisión.

-Cuando he finalizado la versión definitiva, aún queda recibir el beneplácito del editor, que acostumbra a sugerirme toda una ristra de cambios o correcciones que pueden llevarme otra buena temporada.

Háblanos de tus primeras publicaciones. ¿Cómo eran? ¿Fueron divulgadas? ¿Qué aceptación tuvieron?

Mis primeras publicaciones eran, observadas en retrospectiva, horrendas. Aunque, para mi sorpresa, tuvieron una gran aceptación. Por ejemplo, en mi primer cuento publicado en serio, “Más allá de…” (1999, Artifex Segunda Época), Luis G. Prado, el editor, depositó una gran dosis de fe, y, además, resultó finalista del premio Domingo Santos.

Mis primeras novelas serias, What hath God wrought y La granja de Dios también tuvieron reconocimientos importantes. La primera quedó finalista del Premio UPC de Ciencia Ficción de 1999 y la segunda recibió el primer premio PC-Actual, publicación que acabó editándola en un CD-ROM con el que obsequiaban a los lectores, con lo cual gozó de una difusión estratosférica.

Por ello, a pesar de ser novelas primerizas y un poco ingenuas, reconozco que han tenido mucha suerte; inmerecida, diría yo.

Refiriéndonos siempre a nuestros géneros, ¿qué opinas del mundo editorial en nuestro país? ¿Está difícil la cosa? ¿Lo hacen bien?

No me gustaría morder la mano que me da de comer, así que me limitaré a decir que algunas lo hacen estupendamente y otras, no tanto. Pero, en general, me sorprende la pasión y dedicación de la mayoría de las editoriales pequeñas: asumen riesgos simplemente por diversión, por jugársela, porque de verdad aman el género. Algo así apenas existe en el mainstream. También me sorprende que editoriales de primera línea, como Minotauro, se atrevan a apostar por autores españoles (aunque, comprensiblemente, los riesgos que arrostran sean mucho más tibios).

Publicar algo dentro del fandom, pues, me parece relativamente fácil, más fácil que nunca, quizás. Aunque también es más fácil que tu obra sea eclipsada por la avalancha de novedades editoriales. Así pues, puede ser asequible publicar tu obra, pero que te lean es tremendamente complicado.

¿Y el mundo creativo? ¿Lo que has leído por ahí, los nuevos valores?

La cosa está peor: los hábitos de lectura penden de un hilo ante la inabarcable oferta audiovisual, así que los riesgos económicos son mayores a la hora de editar un libro. Cuantos más intereses económicos estén en juego, más difícil resultará entrar en el mundillo. Pero, por otro lado, el abaratamiento a la hora de publicar acabará democratizando mucho más la publicación de libros. El futuro, sospecho, será paralelo al que ya estamos observando en la música: la creación de audiencias pequeñas pero muy mimadas, la desaparición de autores de grandes ventas, la separación entre editoriales y autores, que terminarán siendo mucho más autónomos, etc.

A pesar de todo, siguen apareciendo nuevos valores interesantes, iconoclastas, y con bastante éxito. Como Agustín Fernández Mallo, el autor de Nocilla Dream; Juan Jacinto Muñoz Rengel, autor de la originalísima antología de cuentos fantásticos, 88 mill lane; Javier Calvo, Los ríos perdidos de Londres; el necesario “enfant terrible” Hernán Migota, Todas putas; Albert Sánchez Piñol, La piel fría y Pandora en el Congo.

Pero la más fructífera cantera de genios creativos se aglutina, sin duda, entre los guionistas de series de televisión (anglosajonas, of course, no las españolas, que suelen ser nefastas y muy poco arriesgadas). Daría un brazo por meterme en una sesión de “brainstorming” de alguna serie para cable estadounidense (HBO o Showtime, por ejemplo).

¿De cuál de tus obras te sientes más orgulloso?

Curiosamente de una que aún continúa inédita (aunque resultó finalista en el Premio Tristana de Literatura Fantástica). La historia de un perito reconstructor de accidentes de tráfico, ya jubilado, que descubre que el sótano de su casa alberga una especie de vehículo primitivo que le acabará desvelando quién es en realidad y quién fue el responsable de que, años atrás, un accidente de tráfico casi le segara la vida.

Del grupo de obras publicadas, quizá escoja Jitanjáfora, aunque también depende del momento en que me lo preguntes. El final de Tanatomanía, por ejemplo, me parece tan bueno que sólo él convierte la novela en una digna rival.

¿Y de la que menos?

Pues, a pesar de su éxito, La “moleskine”. La escribí casi por encargo, a trompicones, para participar en un premio de literatura homosexual que, finalmente, no ganó. Creo que su gestación apenas duró un mes y, aunque tiene muchos puntos interesantes, nunca me sentí verdaderamente a gusto mientras la concebía; no la disfruté (aunque me consta que cuenta con fervorosos defensores).

Háblanos un poco de tus premios, ¿cuál te sorprendió más? ¿De cuál no te sientes nada orgulloso?

Sin duda, por su envergadura, V Certamen Nacional de Narrativa Caja Castilla la Mancha “Valentín García Yebra”. La ceremonia de entrega se celebró en el Teatro Auditorio Buero Vallejo de Guadalajara, y el premio fue entregado por Valentín García Yebra, de la RAE, y la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. El premio consistió en un diploma, una escultura, 3.ooo euros y la futura edición de la novela.

No reniego de ningún premio: todos te dan a conocer y alimentan tu ego (y tu bolsillo), amén de que recorres la geografía española al más puro estilo Bienvenido Mister Marshall.

Ahora sí, háblanos primero de Jitanjáfora (una de mis novelas preferidas desde que la leí). ¿Cómo surgió la idea? ¿De dónde extrajiste tanta sabiduría mágica? ¿Tuviste fe en ella de principio a fin?.

Jitanjáfora surgió de un razonamiento muy sencillo que empezaba a obsesionarme: la realidad suele ser más pródiga en hechos fantásticos que cualquier fantasía inventada. Drácula, el hombre lobo, Frankenstein, los zombies y demás sólo son representaciones “naïf” nacidas de una cultura netamente ignorante de la realidad y tendiente a la superstición para explicar sus lagunas de conocimiento (el hombre lobo, por ejemplo, se identifica con individuos aquejados de hirsutismo). No obstante, escoge cualquier libro de disfunciones neurológicas u orgánicas y descubrirás monstruos mucho más interesantes, complejos; verosímiles. Lo sobrenatural únicamente consuela a las mentes que ignoran que lo natural supera cualquier invención o leyenda. Lo fantástico per se suele ser bidimensional si lo comparamos con las explicaciones multifacetadas de la ciencia. Es más apasionante descubrir que fabular.

Echando mano de esta lógica, por ejemplo, advertimos lo absurda y paradójica que resulta una tienda de remedios mágicos, donde se suelen alinear infinitos amuletos, talismanes, guayacas, frascos con brebajes y demás objetos de poder. Presuntamente, estos cachivaches producen efectos beneficiosos en quienes los poseen, por ejemplo regalando buena suerte. Si eso es así, es incomprensible que el vendedor de dicha tienda no sea uno de los hombres más afortunados del planeta; también sería extraño que una tienda llena de amuletos ardiera a causa de un incendio fortuito o cualquier otra calamidad, hecho que ocurre con la misma facilidad que en cualquier otro negocio. Bajo esta premisa, tampoco se entiende que la mayoría de ganadores de los premios gordos de diferentes loterías del mundo no sean adivinos de reconocido prestigio o practicantes de otras mancias. Tampoco estos seres excepcionales hacen gran cosa por los problemas trascendentes del planeta, se limitan a resolver pequeños problemas caseros. Y todo esto sucede porque lo sobrenatural es, a la luz de un escrutinio riguroso, tan simple como un cuento para niños.

La mayoría de historias que barajan elementos mágicos, a mi juicio, adolecen también de este defecto de simplificación de la realidad a fin de que puedan encajar en ella (encajar a la fuerza, con calzador). No dudo que estas historias, en tiempos oscurantistas, tuvieran éxito. Ahora los argumentos se han adaptado a nuestros tiempos, pero el mecanismo, los resortes que las sustentan, no han evolucionado a la misma velocidad que aquellas tramas simbólicas.

Éste tipo de zancada evolutiva era la que me apetecía conseguir con Jitanjáfora. Transformar los elementos que requieren la total suspensión de la incredulidad del lector en aras de su disfrute. Transformarlos para que resultasen más verosímiles, más plausibles. De ahí surgió también el término oximorónico que se me ocurrió para definir este nuevo enfoque más adulto y moderno de lo que antes sólo eran supercherías: “magia laica”.

Para inyectarle densidad, pues, a todos los tópicos de la magia tuve que leer toda clase de libros. Al principio, como es evidente, ni siquiera sabía qué asignaturas se impartirían a los futuros hechiceros laicos, así que me dejé guiar por la intuición. Cuando ya llevaba acumuladas unas cuantas lecturas, esbocé los trazos de las asignaturas troncales y, a partir de ahí, fue coser y cantar el bucear en bibliografía que diera cuerpo a las enseñanzas. (Me di cuenta, por ejemplo, de que hoy en día también existen conjuros verbales, pero sin emplear latinajos o palabras inventadas con cierta sonoridad: consistían en ejercicios de dialéctica aplicados a arengas políticas, declaraciones de amor, ventas a domicilio y otras formas de persuasión). Casi empecé a escribir manuales académicos para cada asignatura, de modo que, al final, me vi obligado a desechar la mayoría, pues trataba de escribir una novela y no un ensayo (cosa que no descarto hacer algún día).

Así que la respuesta de dónde extraje tanta sabiduría mágica es bien sencilla: de la realidad, de lo que nos rodea, de los conocimientos que ya poseemos pero agitados en una coctelera intelectual y filtrados por mi idiosincrasia.

Y, para más inri, a todo ello le quería dar un aire nihilista y autodestructivo semejante al de la película “Fight Club”, de David Fincher.

De modo que en la idea confiaba ciegamente. La idea de presentar una magia más madura me parecía brillante. En lo que no las tenía todas conmigo era en cómo iba a conseguir plantear todo eso. Fue un trabajo monumental pero, aunque cambiaría y añadiría mil cosas (uno nunca finiquita una novela, supongo), creo que el esfuerzo ha valido la pena.

Y por fin, tu último título; Tanatomanía. Una vez más, ¿cuál fue la génesis y su posterior desarrollo? ¿Cómo llegaste después a Espiral Ciencia Ficción?


No recuerdo muy bien cómo arrancó “Tantomanía”, pero, casi con toda seguridad, la precursora fue una imagen que vi no sé dónde, en la que aparecía una robot sentado junto a un caballero de la época victoriana, viajando ambos en un tren a vapor. Necesitaba escribir una historia que justificara esa imagen. O dicho de otro modo: necesitaba escribir una novela “steampunk” que, finalmente, explicara la razón que había provocado que la Historia se volviera una ucronía “steampunk”. Y necesitaba que esa razón fuera psicológica más que tecnológica: de alguna manera, debía apoyarse en una pequeña obsesión o complejo más que en algún mineral que produce grandes cantidades de energía y catapulta la revolución industrial.

La premisa, entonces, era muy vaga. Con el transcurrir de los años, el argumento fue hinchándose progresivamente hasta que encontré lo que quería contar realmente: el ansia del estatus y cómo este mismo ansia nos impele a actuar bajo toda clase de imposturas teatrales. Que la vida no es más que una gran obra granguiñolesca en la que nos vendemos como mejor de lo que somos.

La trama arranca cuando un apolillado librero del Ochocientos, ya instalado en las postrimerías de su vida, descubre que va a morir sin dejar huella. Que jamás será como los personajes de las novelas que consume. Así pues, con aires quijotescos, ¿por qué no cambiar el mundo para que se parezca más a una novela donde él pueda ser el protagonista absoluto? En cuanto el protagonista, don Eduardo Contreras, recibe casualmente un diario perteneciente a Louis Braille se le presenta la oportunidad de llevar a cabo su megalómano plan. Como trasfondo, un alienígena, con ciertas trazas de la Muerte, se dispone a asolar el mundo.

También me apetecía que el texto estuviera narrado por el ayudante de don Eduardo, un autómata alimentado por pilas de Volta llamado Sanclair (nombre francés que homenajea al entrañable y cavernícola ordenador Spectrum). Así que cuidé mucho la forma de describir los hechos, pues todos transcurrían por el filtro de una mente analítica y (como sucedía con nuestro querido Spectrum) algo cuadriculada y carente de razonamientos complejos.

Llegar, luego, a Espiral Ciencia Ficción fue sencillo: Juan José Aroz estaba al tanto de mi trayectoria, le hice llegar el manuscrito y, al poco, me dio el visto bueno para editarlo.

Y lo más destacable, imagino (al menos mi curiosidad así lo indica); ¿qué es eso de que uno de los personajes de Tanatomanía eres tú mismo? Cuenta, cuenta… (¿Y por qué elegiste Madrid? Ya puestos…)

Los autómatas de Tanatomanía, como antes dije, sin sencillos y se pierden en la complejidad de las motivaciones humanas, amén de que sus sentidos tampoco están muy bien afinados. Con estas limitaciones, los autómatas necesitan de un grupo de humanos de soporte denominado AYUDA. Los autómatas pueden comunicar con este grupo de pensadores e intelectuales cuando se hallan confundidos o en el brete de tomar una decisión alambicada que implique a otros humanos. AYUDA, sin embargo, representa el espectro más carca y ortopédico de la cultura, la reflexión vacua y tautológica, así que más que prestar verdadera ayuda se limitan a marear la perdiz y a confundir aún más a los pobres autómatas.

Sin embargo, el argumento debe avanzar y el protagonista debe convertirse en el héroe que nunca fue. Eso, añadido al hecho (y no quiero desvelar demasiado) que Tanatomanía tiene más elementos metaliterarios de lo que parece, casi me obligaba a comparecer como un personaje más de la novela para que la historia se desarrollara sin mayores trabas. La mejor forma de actuar en la sombra sin arrebatarle a Sanclair la potestad como narrador era influir en ellos entre bambalinas, en la cátedra que proporciona AYUDA. Y en ese grupo extravagante aparezco en diversos momentos de la novela para poner un poco de orden.

Lo de Madrid es básicamente fortuito. Ya que en España no prosperaban demasiado los avances tecnológicos (y, por tanto, los autómatas eran criaturas que levantaban muchas suspicacias), sólo se me ocurría situar la acción en la capital (más abiertas de miras a causa del continuo trasiego social y cultural) para depositar los pocos autómatas que campeaban por el país.

Por cierto, esta tampoco puede faltar; ¿cómo te describirías como narrador?

Ahora, acabar El último amanecer. Me considero una persona muy exigente y quiero cerrar la trilogía sin defraudar a aquellos que sigan el camino hasta el final. Soy consciente de que, pasado el tiempo, la trilogía será enjuiciada en su conjunto y por ello quiero cerrar el círculo lo mejor posible. Las dos novelas anteriores, aunque pertenecen a un todo, tienen personalidad propia y lo mismo ocurrirá con El último amanecer.

Han calificado de ambicioso que me estrene con una trilogía. Pues bien, ¿quieres que te confiese un secreto? Con la tercera novela concluyo la odisea de Michael Smith, pero habré dejado encima de la mesa todo un universo nuevo. Ya estoy barajando varias ideas a desarrollar en una serie de novelas cortas que expandan este mundo que he creado y dado forma. Pretendo recuperar y actualizar al siglo XXI el espíritu de sagas por todos conocidas, space operas con sello made in Spain. Fíjate, acabo de proponerme, si te das cuenta, escalar montañas gigantes. ¿Acaso el reto no es apasionante? Pero, retomando el principio, mi reto actual es concluir la trilogía Escena Final y hacerlo de forma que quede satisfecho sabiendo que lo he hecho lo mejor que he podido y que haré partícipe de mis viajes y aventuras a muchos otros que comparten los mismos sueños.

Pasiones, hobbies; cuéntanos más cosas de ti, en qué más andas metido o en qué te gustaría verte en el futuro.

Pues no lo sé, pero intento parecerme a los narradores que más me hacen disfrutar, así que describiéndoles a ellos, supongo (y salvando las distancias), me estaré describiendo a mí mismo. Pedante, excesivo, a ratos poético o esteta, preocupado tanto por el fondo como por la forma, adicto al mestizaje de géneros y a la hibridación de conceptos antagónicos, tratando siempre de explicar las cosas de otra manera, de dar un giro de tuerca más, de derrumbar tópicos o creencias muy arraigadas o aparentemente apodícticas. Me gusta bailar claqué sobre caminos ya trillados. Me gusta enseñar y aprender. Y, sobre todo, me pirra construir personajes con más defectos que virtudes, de moral cuestionable y aspiraciones poco edificantes: en resumidas cuentas, personajes que nos rodean en nuestra vida diaria (o, más bien, personajes que quizá somos nosotros mismos).

¿Más proyectos a la vista? (Inminentes o no)

Estoy intentando publicar una novela de terror que recurre a los clichés del género sobrenatural… para darle la vuelta a todo. ¿No es absurdo que los muertos se comuniquen con los vivos y viceversa? La historia trata de responder a esta pregunta con mucha mala leche.

Después de concluir tres o cuatro cuentos (uno de ellos aparecerá en breve en Tierras Acero y trata sobre el espinoso tema de los derechos de autor y el otro, en una antología de finalistas del Premio Andrómeda de especulación con el lenguaje), estoy enfrascado en otra novela de la que sólo puedo adelantar que es una oda al teatro y a la televisión, las dos unidas en un mismo medio de una forma que trascenderá la propia realidad.

Y por último, cómo no, unas palabras para NGC.

Qué decir de un portal que se mantiene en tan buena forma durante tantos años: que ojalá a uno le invadiera la dedicación y el entusiasmo de la artífice de NGC. Espero que sigáis adelante durante muchos años más. Y, como me he quedado corto, diré unas cuantas palabras más: membroto, pirulacha, ladreta, relupa…

 
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