| También
quiero vindicar las aventuras gráficas
para ordenador como una forma de literatura
interactiva tan lícita como otra cualquiera.
Sobre todo las creadas por LucasArts o Sierra:
Monkey Island (cuyas batallas verbales estaban
escritas por Orson Scott Card), Loom, Maniac
Mansión, The Dig, Roger Wilco, etc. Me
pasaba las noches abducido en aquellos mundos
en los que primaban el argumento y los diálogos
por encima de los gráficos o los efectos
sonoros. Luego, durante el día, apenas
era capaz de atender a clase: en mi cabeza continuaba
tratando de resolver los innumerables rompecabezas
para avanzar en las trama.
Es curioso: en clase, para
fomentar nuestro gusto por la lectura, nos obligaban
a tragarnos aburridos mamotretos o novelas juveniles
con sobredosis de glucosa, pero nunca nos hablaban
de estas aventuras gráficas ni de los
tebeos, que seguro que funcionarían mejor
para crear prosélitos de las letras.
Y es que la educación siempre parece
ir un cuarto de siglo por detrás de sus
educandos.
¿Por qué
género te decantaste a la hora de escribir,
qué razón te impulsó a
ello, y cómo fueron esos primeros pasos?
Mis pinitos fueron, como
es natural, bizcos, anárquicos, casi
heréticos. A mí no me gustaba
escribir sino dibujar, pero en clase nos obligaban
a redactar cuentos cortos para obtener puntos
extra en la nota final de la asignatura de Castellano.
Así que mis primeros pasos fueron espoleados
como la zanahoria que se pone a unos centímetros
del belfo del asno: por la recompensa inmediata.
Poco a poco, y con el ánimo
de seguir deslumbrando a un par de profesores
que dedicaron encomiásticos epítetos
a mis abortos escritos, comencé a disfrutar
con ello. Y, aunque no me otorgasen puntos extra
en la nota final, escribía y escribía
hasta la extenuación, y hasta me leí
el diccionario en más de una ocasión
para fortalecer mi vocabulario. No sé
si quería ser escritor, pero me lo pasaba
en grande simulando ser un escritor.
Mi primera novela se titulaba
Hollywood Pizza y trataba sobre un
adolescente adorador del heavy metal que, junto
a un alienígena que cargaba con un enorme
tecnobaúl capaz de materializar toda
clase de objetos y un hechicero advenedizo,
trataba de escapar de un mundo paralelo dominado
por la magia. La peculiaridad de la historia
estribaba es que todo el viaje lo hacían
en una furgoneta de reparto de pizzas, como
si fuera una especie de road movie de espada
y brujería. Por suerte, nadie ha leído
la novela; ni siquiera yo me atrevo a releerla
sin haberme administrado antes grandes dosis
de objetividad y distanciamiento. Aunque ya
dejaba en evidencia una de las características
que mejor definen las historias que me gustan
escribir: la mezcla de ideas y conceptos aparentemente
irreconciliables. ¿Una furgoneta
cruzando la Tierra Media? ¡Imposible!
Así pues, siempre
he estado ligado al género fantástico
en todas sus manifestaciones, aunque estos últimos
años haya apostado más por el
“mainstream” o el “slipstream”
debido a la libertad formal que me ofrecen estos
géneros. Porque, si bien es cierto que
la literatura fantástica goza de una
holgura temática que jamás alcanzará
la estrechura de miras de la literatura generalista,
la primera tiene mucho que envidiar a la segunda
en cuanto a flexibilidad y experimentación
estilística. La literatura fantástica
parece que sólo deba sorprender al lector
en el plano de las ideas y no en la forma de
exponerlas. Ya sea por desidia del autor o,
más probablemente, por la predisposición
del lector de género a repudiar cualquier
acrobacia formal, el fantástico parece
afincado en una prosa lisa, sin estridencias,
aséptica, sin riesgos ni exageraciones
culteranas, sin auténticos harakiris
creativos.
En puridad, todas las historias
han sido contadas ya, sólo podemos variar
el modo de narrarlas.
Cuál es tu método
de trabajo a la hora de escribir un nuevo relato
o novela.
Acostumbro a seguir idénticos
pasos que, con el tiempo, han ido alcanzando
la categoría de metonimias: tras diez
años de intenso trabajo no entiendo el
proceso de escribir de otra forma que no sea
ésta. A saber:
-Todo nuevo cuento o novela
surge de un cartapacio que guarda ideas tomadas
al vuelo, arrebatos de inspiración o
simples mandatos del tipo “he de escribir
un cuento de robots homosexuales”. La
montaña de ideas tiene un tamaño
preocupante: aunque soy un autor prolífico
creo que nunca conseguiré desarrollarlas
todas.
-Normalmente escojo dos
o tres ideas, que son trasladadas a carpetas
exclusivas en las que iré introduciendo
nuevas ideas que alimenten la principal, así
como fotocopias de cosas que leo que creo que
pueden servirme para el futuro. Cuando una de
estas carpetas-idea adquiere el grosor suficiente,
entonces pasa a la categoría de desarrollo
serio y concienzudo.
-El contenido de la carpeta-idea
escogida, entonces, se divide en decenas de
archivos pertenecientes a diferentes segmentos
del argumento, ya sean estos escenas decisivas
en la novela, personajes o conceptos. A partir
de ese momento, reviso la lista de libros ordenados
por prelación que tengo pendientes de
lectura y sitúo en los primeros puestos
aquellos títulos que se relacionen de
algún modo con lo que pretendo contar.
-La documentación
pura y dura, sin embargo, es mi mayor herramienta
para construir la historia. Para ello me sirvo
de un leviatanesco archivo de mi propia cosecha
que nunca deja de crecer.
Esta monumental pérdida
de tiempo nació cuando yo tenía
apenas trece o catorce años: en la radio
escuché la llamada de una chica que anotaba
en una libreta todas aquellas cosas que leía
o aprendía que merecían ser recordadas.
Como mi memoria suele flaquear me pareció
una idea interesante. Es unos años ya
atesoraba cinco libretas atestadas de apuntes
(llamadas Primogénito Escible,
Segundogénito Escible, Terciogénito
Escible y así sucesivamente).
La palabra “escible”, por cierto,
es un término en desuso que describe
las cosas que pueden o deben ser sabidas. Tamaña
aglomeración de datos necesitaba de algún
tipo de organización. Así que
tras releerlo todo, unirlo, recombinarlo, aplicar
diversas reglas heurísticas, experimentar
y luego descartar varios métodos de organización
que subdividían los apuntes en árboles
de infinitas ramificaciones, terminé
por agruparlo todo en cuarenta temas. De esta
forma podía leer acerca de lo que me
apetecía sin verme obligado a bucear
en miles de páginas inconexas.
Al poco, quizá para
darle algún sentido práctico a
semejante trabajo (además de
describirme como un sujeto peligroso y epistémicamente
hambriento), opté por continuar
adelante con el ánimo de (algún
día) escribir un ensayo sobre cada uno
de los temas escibles. Paralelamente, escojo
los temas que vayan a tratar mi novela en gestación
y extraigo la documentación que pueda
serme útil.
A su vez, claro está,
estas referencias me llevan a libros que aún
no he leído y que acabarán perfilando
la documentación y, por extensión,
el argumento.
-Cuando me convenzo de
que ya dispongo de la información y las
ideas suficientes (dejando una pequeña
parte para la improvisación), cuando
los fragmentos se han unido bajo algún
tipo de influjo visceral, al igual que las células
hasta conformar un feto en el claustro materno,
comienza el parto.
Acostumbro a romper aguas
en alguna cafetería atestada de gente,
con mucho ruido y humo, y bajo los efectos euforizantes
de alguna droga legal (tipo café o algún
tema musical inspirador). Indefectiblemente
escribo a mano en un cuaderno, rodeado siempre
de un puñado desordenado de notas, fotocopias
y, por supuesto, escibles; todo a modo de palimpsesto
creativo. Estas jornadas de trabajo suelen ser
muy concentradas, casi maratonianas: si la redacción
se extiende durante demasiados meses termino
por agotarme y pierdo el interés por
la historia. Tres, cuatro… hasta ocho
horas puedo estar reconcentrado en esta parte
del proceso. Finalmente, ya en casa, vuelco
al ordenador todo lo escrito y aprovecho para
hacer las primeras correcciones.
-En dos o tres meses suele
concluir la primera versión de la novela;
menos de una semana si se trata de un cuento.
Entonces, a pesar del agotamiento, efectúo
una corrección somera que suele prolongarse
otro par de semanas, un mes, a lo sumo. La historia
todavía está muy fresca en la
cabeza, así que debo aprovechar para
analizarla al completo a fin de descubrir si
he logrado transmitir lo que pretendía.
-Tras dejar reposar el
manuscrito durante una buena temporada, lo retomo
y vuelvo a corregirlo a fondo con la mente fresca:
es sorprendente la cantidad de errores e incongruencias
que se detectan en esta segunda revisión.
-Cuando he finalizado la
versión definitiva, aún queda
recibir el beneplácito del editor, que
acostumbra a sugerirme toda una ristra de cambios
o correcciones que pueden llevarme otra buena
temporada.
Háblanos de tus
primeras publicaciones. ¿Cómo
eran? ¿Fueron divulgadas? ¿Qué
aceptación tuvieron?
Mis primeras publicaciones
eran, observadas en retrospectiva, horrendas.
Aunque, para mi sorpresa, tuvieron una gran
aceptación. Por ejemplo, en mi primer
cuento publicado en serio, “Más
allá de…” (1999, Artifex
Segunda Época), Luis G. Prado, el editor,
depositó una gran dosis de fe, y, además,
resultó finalista del premio Domingo
Santos.
Mis primeras novelas serias,
What hath God wrought y La
granja de Dios también tuvieron
reconocimientos importantes. La primera quedó
finalista del Premio UPC de Ciencia Ficción
de 1999 y la segunda recibió el primer
premio PC-Actual, publicación que acabó
editándola en un CD-ROM con el que obsequiaban
a los lectores, con lo cual gozó de una
difusión estratosférica.
Por ello, a pesar de ser
novelas primerizas y un poco ingenuas, reconozco
que han tenido mucha suerte; inmerecida, diría
yo.
Refiriéndonos
siempre a nuestros géneros, ¿qué
opinas del mundo editorial en nuestro país?
¿Está difícil la cosa?
¿Lo hacen bien?
No me gustaría morder
la mano que me da de comer, así que me
limitaré a decir que algunas lo hacen
estupendamente y otras, no tanto. Pero, en general,
me sorprende la pasión y dedicación
de la mayoría de las editoriales pequeñas:
asumen riesgos simplemente por diversión,
por jugársela, porque de verdad aman
el género. Algo así apenas existe
en el mainstream. También me sorprende
que editoriales de primera línea, como
Minotauro, se atrevan a apostar por autores
españoles (aunque, comprensiblemente,
los riesgos que arrostran sean mucho más
tibios).
Publicar algo dentro del
fandom, pues, me parece relativamente fácil,
más fácil que nunca, quizás.
Aunque también es más fácil
que tu obra sea eclipsada por la avalancha de
novedades editoriales. Así pues, puede
ser asequible publicar tu obra, pero que te
lean es tremendamente complicado.
¿Y el mundo creativo?
¿Lo que has leído por ahí,
los nuevos valores?
La cosa está peor:
los hábitos de lectura penden de un hilo
ante la inabarcable oferta audiovisual, así
que los riesgos económicos son mayores
a la hora de editar un libro. Cuantos más
intereses económicos estén en
juego, más difícil resultará
entrar en el mundillo. Pero, por otro lado,
el abaratamiento a la hora de publicar acabará
democratizando mucho más la publicación
de libros. El futuro, sospecho, será
paralelo al que ya estamos observando en la
música: la creación de
audiencias pequeñas pero muy mimadas,
la desaparición de autores de grandes
ventas, la separación entre editoriales
y autores, que terminarán siendo mucho
más autónomos, etc.
A pesar de todo, siguen
apareciendo nuevos valores interesantes, iconoclastas,
y con bastante éxito. Como Agustín
Fernández Mallo, el autor de Nocilla
Dream; Juan Jacinto Muñoz Rengel,
autor de la originalísima antología
de cuentos fantásticos, 88 mill
lane; Javier Calvo, Los ríos
perdidos de Londres; el necesario “enfant
terrible” Hernán Migota, Todas
putas; Albert Sánchez Piñol, La
piel fría y Pandora
en el Congo.
Pero la más fructífera
cantera de genios creativos se aglutina, sin
duda, entre los guionistas de series de televisión
(anglosajonas, of course, no las españolas,
que suelen ser nefastas y muy poco arriesgadas).
Daría un brazo por meterme en una sesión
de “brainstorming” de alguna serie
para cable estadounidense (HBO o Showtime, por
ejemplo).
¿De cuál
de tus obras te sientes más orgulloso?
Curiosamente de una que
aún continúa inédita (aunque
resultó finalista en el Premio
Tristana de Literatura Fantástica).
La historia de un perito reconstructor de accidentes
de tráfico, ya jubilado, que descubre
que el sótano de su casa alberga una
especie de vehículo primitivo que le
acabará desvelando quién es en
realidad y quién fue el responsable de
que, años atrás, un accidente
de tráfico casi le segara la vida.
Del grupo de obras publicadas,
quizá escoja Jitanjáfora,
aunque también depende del momento en
que me lo preguntes. El final de Tanatomanía,
por ejemplo, me parece tan bueno que sólo
él convierte la novela en una digna rival.
¿Y de la que menos?
Pues, a pesar de su éxito,
La “moleskine”. La escribí
casi por encargo, a trompicones, para participar
en un premio de literatura homosexual que, finalmente,
no ganó. Creo que su gestación
apenas duró un mes y, aunque tiene muchos
puntos interesantes, nunca me sentí verdaderamente
a gusto mientras la concebía; no la disfruté
(aunque me consta que cuenta con fervorosos
defensores).
Háblanos un poco
de tus premios, ¿cuál te sorprendió
más? ¿De cuál no te sientes
nada orgulloso?
Sin duda, por su envergadura,
V Certamen Nacional de Narrativa Caja Castilla
la Mancha “Valentín García
Yebra”. La ceremonia de entrega se celebró
en el Teatro Auditorio Buero Vallejo de Guadalajara,
y el premio fue entregado por Valentín
García Yebra, de la RAE,
y la vicepresidenta primera del Gobierno, María
Teresa Fernández de la Vega.
El premio consistió en un diploma, una
escultura, 3.ooo euros y la futura edición
de la novela.
 |
| No
reniego de ningún premio:
todos te dan a conocer y alimentan
tu ego (y tu bolsillo), amén
de que recorres la geografía
española al más puro
estilo Bienvenido Mister
Marshall.
Ahora sí,
háblanos primero de
Jitanjáfora (una
de mis novelas preferidas desde
que la leí). ¿Cómo
surgió la idea? ¿De
dónde extrajiste tanta sabiduría
mágica? ¿Tuviste fe
en ella de principio a fin?.
Jitanjáfora
surgió de un razonamiento
muy sencillo que empezaba a obsesionarme:
la realidad suele ser más
pródiga en hechos fantásticos
que cualquier fantasía inventada.
Drácula, el hombre
lobo, Frankenstein, los zombies
y demás sólo son representaciones
“naïf” nacidas
de una cultura netamente ignorante
de la realidad y tendiente a la
superstición para explicar
sus lagunas de conocimiento (el
hombre lobo, por ejemplo, se identifica
con individuos aquejados de hirsutismo).
No obstante, escoge cualquier libro
de disfunciones neurológicas
u orgánicas y descubrirás
monstruos mucho más interesantes,
complejos; verosímiles. Lo
sobrenatural únicamente consuela
a las mentes que ignoran que lo
natural supera cualquier invención
o leyenda. Lo fantástico
per se suele ser bidimensional si
lo comparamos con las explicaciones
multifacetadas de la ciencia. Es
más apasionante descubrir
que fabular. |
|
Echando mano de esta lógica,
por ejemplo, advertimos lo absurda y paradójica
que resulta una tienda de remedios mágicos,
donde se suelen alinear infinitos amuletos,
talismanes, guayacas, frascos con brebajes y
demás objetos de poder. Presuntamente,
estos cachivaches producen efectos beneficiosos
en quienes los poseen, por ejemplo regalando
buena suerte. Si eso es así, es incomprensible
que el vendedor de dicha tienda no sea uno de
los hombres más afortunados del planeta;
también sería extraño que
una tienda llena de amuletos ardiera a causa
de un incendio fortuito o cualquier otra calamidad,
hecho que ocurre con la misma facilidad que
en cualquier otro negocio. Bajo esta premisa,
tampoco se entiende que la mayoría de
ganadores de los premios gordos de diferentes
loterías del mundo no sean adivinos de
reconocido prestigio o practicantes de otras
mancias. Tampoco estos seres excepcionales hacen
gran cosa por los problemas trascendentes del
planeta, se limitan a resolver pequeños
problemas caseros. Y todo esto sucede porque
lo sobrenatural es, a la luz de un escrutinio
riguroso, tan simple como un cuento para niños.
La mayoría de historias
que barajan elementos mágicos, a mi juicio,
adolecen también de este defecto de simplificación
de la realidad a fin de que puedan encajar en
ella (encajar a la fuerza, con calzador). No
dudo que estas historias, en tiempos oscurantistas,
tuvieran éxito. Ahora los argumentos
se han adaptado a nuestros tiempos, pero el
mecanismo, los resortes que las sustentan, no
han evolucionado a la misma velocidad que aquellas
tramas simbólicas.
Éste tipo de zancada
evolutiva era la que me apetecía conseguir
con Jitanjáfora. Transformar
los elementos que requieren la total suspensión
de la incredulidad del lector en aras de su
disfrute. Transformarlos para que resultasen
más verosímiles, más plausibles.
De ahí surgió también el
término oximorónico que se me
ocurrió para definir este nuevo enfoque
más adulto y moderno de lo que antes
sólo eran supercherías: “magia
laica”.
Para inyectarle densidad,
pues, a todos los tópicos de la magia
tuve que leer toda clase de libros. Al principio,
como es evidente, ni siquiera sabía qué
asignaturas se impartirían a los futuros
hechiceros laicos, así que me dejé
guiar por la intuición. Cuando ya llevaba
acumuladas unas cuantas lecturas, esbocé
los trazos de las asignaturas troncales y, a
partir de ahí, fue coser y cantar el
bucear en bibliografía que diera cuerpo
a las enseñanzas. (Me di cuenta, por
ejemplo, de que hoy en día también
existen conjuros verbales, pero sin emplear
latinajos o palabras inventadas con cierta sonoridad:
consistían en ejercicios de dialéctica
aplicados a arengas políticas, declaraciones
de amor, ventas a domicilio y otras formas de
persuasión). Casi empecé a escribir
manuales académicos para cada asignatura,
de modo que, al final, me vi obligado a desechar
la mayoría, pues trataba de escribir
una novela y no un ensayo (cosa que no descarto
hacer algún día).
Así que la respuesta
de dónde extraje tanta sabiduría
mágica es bien sencilla: de la realidad,
de lo que nos rodea, de los conocimientos que
ya poseemos pero agitados en una coctelera intelectual
y filtrados por mi idiosincrasia.
Y, para más inri,
a todo ello le quería dar un aire nihilista
y autodestructivo semejante al de la película
“Fight Club”, de David Fincher.
De modo que en la idea
confiaba ciegamente. La idea de presentar una
magia más madura me parecía brillante.
En lo que no las tenía todas conmigo
era en cómo iba a conseguir plantear
todo eso. Fue un trabajo monumental pero, aunque
cambiaría y añadiría mil
cosas (uno nunca finiquita una novela, supongo),
creo que el esfuerzo ha valido la pena.
| Y
por fin, tu último título;
Tanatomanía. Una vez más,
¿cuál fue la génesis
y su posterior desarrollo? ¿Cómo
llegaste después a Espiral Ciencia
Ficción?
No recuerdo muy bien cómo arrancó
“Tantomanía”,
pero, casi con toda seguridad, la precursora
fue una imagen que vi no sé dónde,
en la que aparecía una robot sentado
junto a un caballero de la época
victoriana, viajando ambos en un tren
a vapor. Necesitaba escribir una historia
que justificara esa imagen. O dicho de
otro modo: necesitaba escribir una novela
“steampunk” que, finalmente,
explicara la razón que había
provocado que la Historia se volviera
una ucronía “steampunk”.
Y necesitaba que esa razón fuera
psicológica más que tecnológica:
de alguna manera, debía apoyarse
en una pequeña obsesión
o complejo más que en algún
mineral que produce grandes cantidades
de energía y catapulta la revolución
industrial.
La premisa, entonces,
era muy vaga. Con el transcurrir de los
años, el argumento fue hinchándose
progresivamente hasta que encontré
lo que quería contar realmente:
el ansia del estatus y cómo este
mismo ansia nos impele a actuar bajo toda
clase de imposturas teatrales. Que la
vida no es más que una gran obra
granguiñolesca en la que nos vendemos
como mejor de lo que somos.
|
|
La trama arranca cuando
un apolillado librero del Ochocientos, ya instalado
en las postrimerías de su vida, descubre
que va a morir sin dejar huella. Que jamás
será como los personajes de las novelas
que consume. Así pues, con aires quijotescos,
¿por qué no cambiar el mundo para
que se parezca más a una novela donde
él pueda ser el protagonista absoluto?
En cuanto el protagonista, don Eduardo Contreras,
recibe casualmente un diario perteneciente a
Louis Braille se le presenta la oportunidad
de llevar a cabo su megalómano plan.
Como trasfondo, un alienígena, con ciertas
trazas de la Muerte, se dispone a asolar el
mundo.
También me apetecía
que el texto estuviera narrado por el ayudante
de don Eduardo, un autómata alimentado
por pilas de Volta llamado Sanclair (nombre
francés que homenajea al entrañable
y cavernícola ordenador Spectrum).
Así que cuidé mucho la forma de
describir los hechos, pues todos transcurrían
por el filtro de una mente analítica
y (como sucedía con nuestro querido Spectrum)
algo cuadriculada y carente de razonamientos
complejos.
Llegar, luego, a Espiral
Ciencia Ficción fue sencillo:
Juan José Aroz estaba al tanto de mi
trayectoria, le hice llegar el manuscrito y,
al poco, me dio el visto bueno para editarlo.
Y lo más destacable,
imagino (al menos mi curiosidad así lo
indica); ¿qué es eso de que uno
de los personajes de Tanatomanía eres
tú mismo? Cuenta, cuenta… (¿Y
por qué elegiste Madrid? Ya puestos…)
Los autómatas de
Tanatomanía, como antes
dije, sin sencillos y se pierden en la complejidad
de las motivaciones humanas, amén de
que sus sentidos tampoco están muy bien
afinados. Con estas limitaciones, los autómatas
necesitan de un grupo de humanos de soporte
denominado AYUDA. Los autómatas pueden
comunicar con este grupo de pensadores e intelectuales
cuando se hallan confundidos o en el brete de
tomar una decisión alambicada que implique
a otros humanos. AYUDA, sin embargo, representa
el espectro más carca y ortopédico
de la cultura, la reflexión vacua y tautológica,
así que más que prestar verdadera
ayuda se limitan a marear la perdiz y a confundir
aún más a los pobres autómatas.
Sin embargo, el argumento
debe avanzar y el protagonista debe convertirse
en el héroe que nunca fue. Eso, añadido
al hecho (y no quiero desvelar demasiado) que
Tanatomanía tiene más
elementos metaliterarios de lo que parece, casi
me obligaba a comparecer como un personaje más
de la novela para que la historia se desarrollara
sin mayores trabas. La mejor forma de actuar
en la sombra sin arrebatarle a Sanclair la potestad
como narrador era influir en ellos entre bambalinas,
en la cátedra que proporciona AYUDA.
Y en ese grupo extravagante aparezco en diversos
momentos de la novela para poner un poco de
orden.
Lo de Madrid es básicamente
fortuito. Ya que en España no prosperaban
demasiado los avances tecnológicos (y,
por tanto, los autómatas eran criaturas
que levantaban muchas suspicacias), sólo
se me ocurría situar la acción
en la capital (más abiertas de miras
a causa del continuo trasiego social y cultural)
para depositar los pocos autómatas que
campeaban por el país.
Por cierto, esta tampoco
puede faltar; ¿cómo te describirías
como narrador?
Ahora, acabar El
último amanecer. Me considero
una persona muy exigente y quiero cerrar la
trilogía sin defraudar a aquellos que
sigan el camino hasta el final. Soy consciente
de que, pasado el tiempo, la trilogía
será enjuiciada en su conjunto y por
ello quiero cerrar el círculo lo mejor
posible. Las dos novelas anteriores, aunque
pertenecen a un todo, tienen personalidad propia
y lo mismo ocurrirá con El último
amanecer.
Han calificado de ambicioso
que me estrene con una trilogía. Pues
bien, ¿quieres que te confiese un secreto?
Con la tercera novela concluyo la odisea de
Michael Smith, pero habré dejado encima
de la mesa todo un universo nuevo. Ya estoy
barajando varias ideas a desarrollar en una
serie de novelas cortas que expandan este mundo
que he creado y dado forma. Pretendo recuperar
y actualizar al siglo XXI el espíritu
de sagas por todos conocidas, space operas con
sello made in Spain. Fíjate, acabo de
proponerme, si te das cuenta, escalar montañas
gigantes. ¿Acaso el reto no es apasionante?
Pero, retomando el principio, mi reto actual
es concluir la trilogía Escena Final
y hacerlo de forma que quede satisfecho sabiendo
que lo he hecho lo mejor que he podido y que
haré partícipe de mis viajes y
aventuras a muchos otros que comparten los mismos
sueños.
Pasiones, hobbies; cuéntanos
más cosas de ti, en qué más
andas metido o en qué te gustaría
verte en el futuro.
Pues no lo sé, pero
intento parecerme a los narradores que más
me hacen disfrutar, así que describiéndoles
a ellos, supongo (y salvando las distancias),
me estaré describiendo a mí mismo.
Pedante, excesivo, a ratos poético o
esteta, preocupado tanto por el fondo como por
la forma, adicto al mestizaje de géneros
y a la hibridación de conceptos antagónicos,
tratando siempre de explicar las cosas de otra
manera, de dar un giro de tuerca más,
de derrumbar tópicos o creencias muy
arraigadas o aparentemente apodícticas.
Me gusta bailar claqué sobre caminos
ya trillados. Me gusta enseñar y aprender.
Y, sobre todo, me pirra construir personajes
con más defectos que virtudes, de moral
cuestionable y aspiraciones poco edificantes:
en resumidas cuentas, personajes que nos rodean
en nuestra vida diaria (o, más bien,
personajes que quizá somos nosotros mismos).
¿Más proyectos
a la vista? (Inminentes o no)
Estoy intentando publicar
una novela de terror que recurre a los clichés
del género sobrenatural… para darle
la vuelta a todo. ¿No es absurdo que
los muertos se comuniquen con los vivos y viceversa?
La historia trata de responder a esta pregunta
con mucha mala leche.
Después de concluir
tres o cuatro cuentos (uno de ellos aparecerá
en breve en Tierras Acero y
trata sobre el espinoso tema de los derechos
de autor y el otro, en una antología
de finalistas del Premio Andrómeda
de especulación con el lenguaje),
estoy enfrascado en otra novela de la que sólo
puedo adelantar que es una oda al teatro y a
la televisión, las dos unidas en un mismo
medio de una forma que trascenderá la
propia realidad.
Y por último, cómo
no, unas palabras para NGC.
Qué decir de un
portal que se mantiene en tan buena forma durante
tantos años: que ojalá a uno le
invadiera la dedicación y el entusiasmo
de la artífice de NGC.
Espero que sigáis adelante durante muchos
años más. Y, como me he quedado
corto, diré unas cuantas palabras más:
membroto, pirulacha, ladreta, relupa…
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