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Unas preguntas de rigor a… "Juanma Santiago" volver al índice de entrevistas
Juanma Santiago [Director de la revista Gigamesh]
http://www.gigamesh.com/
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¿Cómo fue que caíste de lleno en este, nuestro querido fándom?

El género fantástico me tiraba desde que era muy pequeñito. En vez de jugar al fútbol, dedicaba el recreo a inventarme marcianadas con mi amigo Javi Ullán, mientras él me contaba los libros que iba leyendo de las series de Dune y el Mundo del Río. Durante una gripe de las de dos semanas en cama me leí El hobbit, El Señor de los Anillos y el Silmarillion. Un primo mío de Barcelona me iba pasando libros de Robert Sheckley, Isaac Asimov y Frederik Pohl y en un momento dado se puede decir que ya estaba enganchado a la ciencia ficción.

Mi contacto con el fándom llegó en 1985. Tiene mérito, porque en aquella época no había prácticamente fándom. Le escribí una serie de cartas a los directores de colecciones para que me recomendaran libros y sólo me respondió Alejo Cuervo, que estaba de director de las colecciones de fantástico de Martínez Roca. Me envió un ejemplar del número 1 de su entonces fanzine Gigamesh, me suscribí y durante unos cuantos números fui el friki del fanzine, les enviaba cartas chorras y supongo que debía de tenerlos mareados. También tuve la suerte de que en aquella época salió la colección de ciencia ficción de Orbis, que costaba cuatro duros y estaba al alcance incluso de un quinceañero como yo. Con Orbis y las cositas que salían en Ultramar empecé a tener una base de lecturas bastante interesante.


Cosa de un año más tarde leí en Gigamesh un anuncio que habían puesto Julián Díez, Héctor Ramos y Susana Vallejo, buscando gente para formar una tertulia de ciencia ficción en Madrid. Respondí al llamamiento y allí que me planté un viernes por la tarde en la Cervecería Alemana de la Plaza de Santa Ana. La primera persona del mundillo con quien contacté físicamente fue el ya desaparecido Ignacio Romeo. Luego llegaron los demás y me enganché a las tertulias, que se solían celebrar en la cafetería Punto y Coma, también en la plaza de Santa Ana, y hacíamos nuestros rollos asociativos, con la Asociación Antares, de la que una vez llegamos a hacer un organigrama más que curioso: todos teníamos algún cargo, excepto UN socio de base. En aquellas tertulias había dos clases de aficionados: los más maduros, que habían estado en las hispacones de los años setenta (Ignacio Romeo, Agustín Jaureguízar, Frank G. Rubio, Carlos Saiz Cidoncha o Francisco Arellano) y la sangre nueva, que cuando aquello dejó de dar de sí nos lo montamos por nuestra cuenta, con los añadidos de José María Faraldo y Adalberto de Osma. Hacia el 91 nos juntamos con los Licántropos Asociados (Eugenio Sánchez Arrate, Eduardo Escalante, Carlos Díaz Maroto y Manolo Aguilar), que también venían rebotados de otra asociación, el Círculo de Lhork, se nos juntó León Arsenal, que estaba recién llegado de sus singladuras como marino mercante, y ya establecimos la TerMa (tertulia de Madrid) y centralizamos la primera junta de la AEFCF, con Alberto Santos de presidente y Juanma Barranquero de vicepresidente.


Lo que vino a continuación ya es parte de la historia del fándom que está más o menos documentada. Recuerdo con mucho cariño la historia de aquel fándom con el que me enganché, las reuniones en las catacumbas, en una cafetería en la que nos servían croquetas crudas como tapa o asistíamos atónitos a los brotes de mala leche entre nuestros «mayores», o las reuniones en casa de Faraldo para degustar comida de supervivencia de estudiante universitario mientras echábamos una partidita de rol. Visto en perspectiva, aquello parece un pasaje de La colmena. El caso es que sirvió para que se nos aclararan las ideas e intentásemos luchar por un fándom mejor.

 

Empezaste a escribir y… ¿dónde has publicado? ¿Ganaste algún premio? (No te olvides de revelarnos cuáles fueron aquell@s autores/as que te inspiraron, que también interesa, también. :-))

Yo escribía desde que tenía siete años o así. Llegué a escribir alguna novelita, del Oeste, pero las tiré con quince años, en un ataque de megalomanía. Luego empecé a escribir ultracortos, casi todos nefastos, que Julián ya no sabía ni cómo rechazarme. El primer cuento medio presentable que escribí apareció en Blade Runner Magazine. Era “El que acecha en las escaleras”, una parodia lovecraftiana que luego salió reeditado en Qliphoth, y recuerdo que cuando salió publicado hicimos una kedada de emergencia en casa de Faraldo para celebrarlo. Después vinieron los cuatro relatos finalistas en las tres primeras ediciones del concurso Aznar (hoy Pablo Rido), que por aquel entonces organizaba la AEFCF. Uno de ellos, “Recuerda, aquello, sueños, nosotros tres”, apareció en el primer Visiones, el que seleccionó Julián. Otro, “Confesiones de un papanatas de mierda”, en el Visiones de Javier Redal. Los otros dos, “El hombre del Quinto Centenario” y “Protégete de la onda expansiva de mi cerebro”, terminaron publicándose en Gigamesh. Al Parsifal de José Luis Rendueles envié el único ultracorto publicable de cuando era adolescente, “Fuegos artificiales”, y una reescritura en clave de cf de los tres primeros capítulos de una novela que empecé y que estaba ambientada durante la Movida Madrileña: “El nacimiento de Venus”.

Aquellos cuentos eran lo que Theodore Sturgeon llamaba «escritura terapéutica», es decir, cuentos escritos en arranques, sin demasiado esquema, muy automáticos y que eran muy perfeccionables desde el punto de vista literario. “El que acecha en las escaleras” era puro Lovecraft. “Recuerda...” tenía mucho del Más que humano de Sturgeon y de la película Arrebato de Iván Zulueta. “Confesiones...” mezclaba dos de mis fijaciones de toda la vida: Philip K. Dick y la guerra civil (y en cierto modo fue una de las primeras ucronías sobre la guerra civil, que luego han proliferado). “El hombre del Quinto Centenario” nació de la vena izquierdista que nos inculcaron en la Facultad de Filosofía y Letras y que había mamado en casa, además de ser un ajuste de cuentas con Islas en la red de Bruce Sterling (me cargo a la protagonista) y un homenaje a Rubén Blades. Es un batiburrillo, como lo es “Protégete de la onda expansiva de mi cerebro”, que es un cuento caótico en el que meto todas las referencias que puedo, pero que es el que más me gusta, porque lo releo y me veo tal como era cuando lo escribí.


Después de aquella racha sólo terminé de escribir un cuento, allá por 1996: “Tierra de venados”. Era un encargo de Elia Barceló para una antología de relatos hispano mexicana que no llegó a publicarse. Como era un encargo me lo tomé más en serio que los otros cuentos. Me curré un esquema, planifiqué personajes y desarrollo de la acción. Se trataba de una ucronía que se narra mediante las cartas que Felipe II recibe de las personas involucradas en la construcción de un canal en México que debía unir las costas caribeña y pacífica. Me pasé tres meses documentándome para escribir un cuento de veinte páginas. El cuento quedó bien e incluso fue finalista del Ignotus.

Después de aquello no volví a escribir. Me embarranqué en unas oposiciones, luego anduve enfermo, después empecé a escribir ensayos y críticas y abandoné mucho la producción literaria. Tenía algún cuento empezado, pero soy demasiado perfeccionista y los terminaba dejando porque no veía que fueran a estar a la altura de lo que quiero.

Hace unos meses empecé a asistir a un taller literario que imparte el guionista de cómic Jorge Zentner en su domicilio. En cierto modo me ha cambiado el chip, porque estoy empezando a disfrutar del mero hecho de escribir, sin importarme la calidad de lo que escribo. El funcionamiento es muy automático, da mucha importancia a las emociones y el punto de vista y ahora me descubro escribiendo ultracortos mucho más frescos y desnudos. Traigo entre manos un cuento tan ambicioso como “Tierra de venados”, y supongo que ahora es el momento de volver a escribir, después de ocho años de sequía. También estoy maquinando una novela juvenil a medias con Álex Vidal, mi compañero de trabajo en Gigamesh, y como él es mucho más metódico que yo, estoy casi seguro de que terminaremos escribiéndola.

 

Cuéntanos cómo has vivido la evolución del fándom, ¿cuál es tu punto de vista respecto al panorama actual de éste? ¿Crees que hemos evolucionado?

Ha evolucionado, por supuesto: hace quince años éramos cuatro gatos y ahora somos ocho.

No, en serio. El término «fándom» es demasiado inconcreto y abarca varios grupos de aficionados no siempre compatibles. Si nos referimos al fándom literario que consume fanzines y revistas y opina en voz alta sobre los libros que leen en colecciones especializadas, veo una curiosa dialéctica entre evolución y estancamiento. Voy a las hispacones y veo a la misma gente que había hace catorce años. Al mismo tiempo, me muevo con gente recién llegada. A primera vista, podría parecer que unos se van y otros llegan, pero el fándom sigue igual, como diría Julio Iglesias. La realidad es algo más compleja.

El fándom, como cualquier organismo vivo, se renueva. Funciona por oleadas. En un primer momento estaban los aficionados supervivientes del naufragio de los años ochenta. Luego se sumaron los que se conectaban vía BBS. Luego nos superpusimos los que no estábamos en aquella batalla, pero la observamos de cerca y pasábamos por allí cuando el boom de primeros de los noventa. Luego se añadieron los que llegaron durante los noventa, gracias a los prólogos de Miquel Barceló para Nova, las hispacones y la tertulia de Madrid. Después empezó a llegar gente procedente del IRC y las listas de Yahoogroups. Más tarde, gracias al fenómeno Cyberdark. También ha habido aficionados que eran multidisciplinares, cuya mayor preocupación no era la ciencia ficción escrita sino la audiovisual (trekkies, warsies, fivers) y de otros ámbitos del género que no son propiamente fándom (tolkiendili, roleros) y han ido implicándose progresivamente en las actividades fandomitas. Las tertulias

han sido muy importantes. La presencia femenina es más acusada ahora que hace unos años. Los dos ejemplos que pongo al respecto son que desde que hay chicas en las hispacones ya no se celebran las mesas redondas sobre sexo y ciencia ficción (uno de los asuntos recurrentes de las primeras hispacones, junto con las mesas redondas tituladas «Escribir ciencia ficción en España», que tampoco se celebran desde que la ciencia ficción española se publica con regularidad dentro y fuera de nuestras fronteras) y que en las hispacones de hace diez años no había chicas, apenas alguna despistada o alguna mujer de escritor, mientras que ahora son las chicas quienes llevan a sus novios a las hispacones.

No es un ejemplo casual. El público lector es mayoritariamente femenino, y el hecho de que las mujeres se hayan ido integrando en el fándom es una muestra de que éste se está abriendo a la realidad del mercado editorial. Es una diferencia muy positiva entre el fándom de los últimos años ochenta y el fándom actual.

También es un fándom más sano. La entrada de gente joven ha limado un tanto el ambiente de confrontación que vivíamos en aquella época. Teníamos un fádom muy polarizado entre «bemitas» y «cenobitas», en una guerra de guerrillas que ya no importa quién empezara o quién dejara de empezar, pero que enrareció el ambiente y en cierto modo espantó a mucha gente valiosa. Ahora hay luchas, por ejemplo con todo el asunto Pulp, pero no percibo tanta polarización. No hay dos opciones principales, sino un fándom más descentralizado y pacífico, en el que cada cual puede hacer lo que le da la real gana.

Hay un proceso de semiprofesionalización. Hace diez años hubiera sido impensable que tuviéramos cerca de una docena de autores fandomitas publicando en colecciones de fuera de género y siendo traducidos a otras lenguas como el polaco, el francés y el alemán. Ésta es la primera generación de escritores conscientes de pertenecer a un fándom que han llegado lejos sin renegar del fándom e incluso reconociendo abiertamente que le deben muchas cosas. Me parece una actitud valiente. El que Elia Barceló haya publicado El secreto del orfebre en Grecia no es obstáculo para que luego escriba críticas para Gigamesh. También vivimos un buen momento en lo relativo a publicaciones. Ahora que Artifex empieza a pagar los relatos, hay cinco publicaciones profesionales en el mercado: Gigamesh, Artifex, Asimov, Solaris y Galaxia. Somos fándom, porque es la base de lectores y colaboradores, pero miramos más allá, porque hay un mercado más amplio que el fándom al que llegar. Todavía no se puede vivir de la escritura de ciencia ficción en publicaciones y colecciones especializadas, pero ya hay una docena de autores que ganan lo suficiente como para pagarse las vacaciones o algún mes de hipoteca del piso.


También hay diferencias que me resultan intranquilizadoras. Notaba más espíritu crítico en las reuniones de hace unos años. Ahora hay mayor conformismo y falta de implicación en el fándom: es algo que está allí, que ya estaba allí cuando los nuevos fandomitas llegaron. Por otro lado, si este fenómeno hace que haya menos mala leche entre aficionados, bienvenido sea.

Paralelamente, veo que se escribe más de cara a la galería. Un efecto de Internet es que se está perdiendo el concepto de publicación generalista. Internet produce inmediatez, ya no hay que esperarse unos meses a que aparezca publicada tu reseña o tu relato o tu opinión en las revistas y fanzines: para eso tienes tus blogs, foros y listas de correos. El fándom jerarquizado en revistas y fanzines, en colaboradores fijos y simples lectores, se está yendo al garete. Es más democrático en este aspecto. Con esto pasa como con las publicaciones en papel, que el tiempo dirá cuáles se mantienen y cuáles no. Pero el proceso es muy interesante, y creo que es el fenómeno más destacable que se ha producido en el fándom durante los últimos años. En última instancia, ha servido para que lleguen más lectores, que es de lo que se trata.

Actualmente, ¿qué borrarías del fándom y qué añadirías?

Pese a todo lo que he dicho, veo que hay algo que no funciona en el fándom. Estoy demasiado implicado como para analizarlo con objetividad, pero básicamente añadiría más gente joven, que todavía no se siente representada por el fándom actual. No tenemos gran cosa que ofrecerle a alguien de diecinueve años que lee ciencia ficción, fantasía o terror y que lo único que ve desde fuera son broncas o reuniones de aficionados que se conocen de siempre y en las que a duras penas pueden integrarse, porque no hay un interés real por integrarlos. Seguimos siendo muy excluyentes, y ésa no es la actitud más adecuada para atraer a gente nueva. Esto es aplicable a las hispacones y los fanzines.

También intentaría abrir las miras del fandom, tanto del nuevo como del viejo. La ciencia ficción, y la literatura fantástica en general, es un género muy interesante, que ofrece una visión del mundo innovadora que en cierto modo ha cambiado el mundo real en mayor medida que ninguna otra literatura de género, pero la literatura no se acaba allí. Hay que intentar leer más y relacionarse con gente de otros ámbitos. Por eso le veo tanto valor a las Asturcones que se celebran durante la Semana Negra y a los festivales Kosmopolis: durante una semana te puedes divertir y aprender con la literatura en general y, lo que es más importante, ponerte en contacto con gente a la que le gusta la literatura fantástica y que no tiene el menor interés por el fándom. En estos tiempos de mestizaje, atrincherarse en el ghetto (en cualquier ghetto) tiene muy mal futuro. Entre otras cosas, porque terminas perdiendo el contacto con la realidad.

La espinita… “Núcleo Úbik”

Un buen día, Julián y yo decidimos poner en marcha un fanzine, y se nos sumaron Héctor Ramos, Eugenio Sánchez y Paco Canales. A primeros de los noventa se hacían muy buenos fanzines (BEM, Sueño del Fevre, Elfstone, Tránsito, Opar, Parsifal, Kenbeo Kenmaro...), pero queríamos algo distinto. Tal vez nos pusimos muy pesados con la experimentación y el tono incendiario que le quisimos dar al invento, siguiendo la lógica de aquellos tiempos de enfrentamiento nos dedicamos a tocar las narices todo lo que pudimos, pero a pesar de todo quedan los contenidos, que eran más que dignos. Fuimos de los primeros en concederle importancia a una maqueta clarita, sin floripondios ni fanzinadas tales como utilizar siete tipos distintos de letra y meter dibujitos para rellenar páginas, vinieran o no a cuento. También éramos muy exigentes con los contenidos. La división del número en ficción y no ficción, y dentro de ésta en unas cuantas secciones fijas, denotaba que aquello estaba pensado con cabeza. Ahora parece de cajón, pero entonces no lo era tanto. Nunca quisimos dejar de ser un fanzine, pero teníamos una mentalidad más seria de lo que se estilaba. Veo que los Gigamesh que dirigió Julián y, posteriormente Artifex, tienen mucho de aquel espíritu.

Pero por algún motivo aquello no funcionó. El segundo número fue un calvario en cuanto a maquetación, nos tiramos cerca de un año con ello. El número 4 no llegó a salir pese a que llevaba meses maquetado. Cada uno estaba con sus cosas y era imposible tirar adelante. Así que un día lo hablamos Julián y yo y decidimos cerrar el fanzine. Habíamos recuperado dinero, con lo que pudimos darnos el gustazo de devolver el importe de las suscripciones, y todavía sobró para montar un sarao en casa de León Arsenal, aprovechando que Elia Barceló había ganado el premio Edebé y andaba por España.

Núcleo Ubik fue el ejemplo del quiero y no puedo en que recaen los aficionados del fándom. Hay ideas, pero luego faltan los medios para llevarlas a la práctica y, sobre todo, la constancia para seguir editando. Si lo hubiéramos seguido sacando puede que hubiéramos marcado una época, porque editábamos relatos muy innovadores (los de Joaquín Revuelta, Ian McDonald o Thomas M. Disch), teníamos una personalidad muy definida como fanzine DE ciencia ficción y la apuesta era valiente. Personalmente, yo aprendí a no autopublicarme relatos (un defecto habitual en todos los fanzines, contra el que tanto Julián como yo hemos luchado en todas las historias en las que hemos estado metidos), a cribar textos con criterio, a trabajar en equipo y a no polemizar porque sí. Fue una pena que Núcleo Ubik no saliera adelante, pero todavía hoy lo considero un buen aprendizaje.

 

Etapa Gigamesh… y cambio de formato.

A Gigamesh llegué por una serie de circunstancias muy favorables. Por un lado, estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno y, por otro, mi perfil se adecuaba bastante a lo que Julián y Alejo querían, alguien que ya conociese la revista desde dentro y que comulgase con sus inquietudes: ofrecer buena literatura de género, estudios analíticos y razonados y autoindulgencia cero. Antes de todo eso había estado enfermo, cerca de un año fuera de juego, con lo que abandoné mis oposiciones y me dediqué al mundo de las bibliotecas. Me salió un curso del paro y en aquella época Alejandro Salamanca dejó Stalker, la revista sobre cine que editábamos, porque sus horarios de trabajo eran criminales y no podía compatibilizarlos con la revista. Julián me ofreció dirigir la revista, pero me negué, porque estaba muy metido en el curso. Después, León Arsenal dimitió de Solaris y también me la ofreció, pero también me negué, por idénticos motivos. Un par de meses después, Julián volvió a llamarme para ofrecerme la dirección de Stalker. Estaba más desahogado de tiempo, me habían salido unas prácticas en la Biblioteca Nacional, me apetecía el reto, estaba convencido de que si rechazaba el ofrecimiento iba a adquirir fama de borde y nadie me iba a hacer más ofertas de aquel tipo, y esta vez acepté. Fueron unos meses formativos muy intensos, yendo y viniendo a casa de Alejandro para que me explicara el funcionamiento de la revista, aprendiendo a maquetar y organizar tareas.

También fueron meses muy ingratos, porque las revistas sufrieron un parón (al salir a la vez Gigamesh, Stalker y Yellow Kid, si una de ellas se retrasaba, el retraso afectaba a las otras) y durante cerca de un año casi todas mis labores como director de Stalker consistían en tranquilizar a los colaboradores y lectores de la revista y asegurarles que la cosa iba encauzándose. Así pues, mi primer número de Stalker fue un aprendizaje fundamental, tanto por el buen hacer de Alejandro como por ir aprendiendo a manejar los resortes de una revista. Yo venía del otro lado de la historia, el del ensayista y crítico que trabaja siguiendo órdenes, y descubrí que la tarea de director es mucho más complicada.

Algunos meses después, Julián dimitió como director de Gigamesh. Hizo una ronda de consultas entre varios posibles candidatos y yo era el que mayor disponibilidad tenía. Con Gigamesh me pudo más la presión: era LA revista, cargaba con el peso de los tres números que había dirigido Alejo y los veintiocho de Julián, y hasta hace poco tiempo no he aprendido a disfrutar y sufrir haciendo la revista que tengo en la cabeza, al margen de lo que hubieran hecho antes Alejo y Julián, dos de los personajes fundamentales en la historia de la ciencia ficción española. Dirigir Gigamesh también tiene una parte de politiqueo que no existía en Stalker, que era más “outsider” dentro del mundillo de la crítica especializada en cine fantástico.

Puestas así las cosas, yo estaba dirigiendo Stalker y Gigamesh cuando me llamó Alejo, un día de diario a las tantas de la noche. Òscar Buenafuente se iba de la librería para afincarse en Brasil con su esposa y, para amortizar su puesto de trabajo, se le había ocurrido contratarme y que trabajara en el despacho de la editorial, junto con Álex Vidal, que se encarga de maquetar y coordinar la edición de los libros, y con Enric Pinyol, el contable de Gigamesh (lo que incluye la editorial, la venta de mayor, la librería y la tienda de juegos de cartas). Así podríamos centralizar, racionalizar y optimizar el trabajo. Ni lo dudé. Un minuto después de la proposición estábamos discutiendo cuándo me incorporaba al trabajo. Luego vino todo el rollo de irme a vivir a otra ciudad, adaptarme en lo personal y profesional y aprender los secretos de Gigamesh.


A pesar de todo, las revistas seguían sin arrancar. Alejo hizo cuentas y vio que cualquier posibilidad de mantener el negocio a flote pasaba por cerrar Stalker y Yellow Kid y potenciar Gigamesh, que al fin y al cabo siempre ha sido la revista que mejor nos funcionaba. El formato libro se había comentado en alguna ocasión, y contaba con muchas ventajas: mejor distribución, al sacarle ISBN se puede vender como libro, al tener mayor tirada las portadas se pueden incluir en las mismas planchas que algunos de nuestros libros, el lomo hace de ella un objeto coleccionable (a diferencia del lomo grapado de la revista), se puede aumentar el número de páginas sin tocarle mucho el precio y, en definitiva, era el cambio cualitativo que necesitábamos para seguir creciendo. A mí me dejó planchado el cierre de Stalker, porque le tenía mucho cariño a la revista, y me aseguré de que David Panadero se hiciese cargo de la misma. Periódicamente nos movemos en busca de editor, porque es un proyecto muy defendible, ya tenía prestigio entre los críticos y cineastas, ocupaba un hueco que ninguna otra publicación ha llenado todavía y David le puede sacar más partido que yo porque se mueve mejor en el mundillo cinematográfico.

El cambio de formato de Gigamesh es un gran acierto, cada vez me gusta más y me deja tiempo para maquetar libros, que era otro de los objetivos que buscábamos: de este modo, Álex tiene un refuerzo y podemos poner en marcha la colección de libros de ensayo. Además, el nuevo formato es muy cómodo para trabajar. Aunque tímidamente, va funcionando en lo relativo a ventas, y así nos podemos permitir aumentarle la paginación a partir del número 39. Le aumentaremos un cuadernillo (32 páginas más, hasta 160) sin tocar el precio.

Esta pregunta es casi obligatoria, ¿cuál es tu método de trabajo? ¿Qué es lo que más valoras o te llama la atención del material que recibes, para después seleccionarlo?

Intento planificar el número de antemano. Siempre hay contenidos «de su padre y de su madre» que no sabes muy bien en qué número poner, pero lo normal es que haya cierto hilo conductor. En función de eso, cuadro el número y encargo material si no lo tengo. Por supuesto, esto sólo es válido para números especiales (como el 33, especial Sapkowski, el 35, especial cf europea, el 39, especial Philip K. Dick) y con los contenidos más o menos uniformes (el 37 es casi de fantasía, el 38 es casi policíaco).

Básicamente intento normalizar la periodicidad de la revista, porque tengo mucho material pendiente de aparición y, mientras transcurran dos años o más entre que me entregan el material encargado y éste termina apareciendo, resultará muy difícil que pueda encargar más material o aceptar el material no solicitado que me llega. A pesar del aumento del número de páginas, todavía hay material para seis o siete números, prácticamente todo el año 2005, y me sabe realmente mal no agilizar el contacto con los autores que nos envían sus relatos o ensayos. Ésa es mi gran asignatura pendiente, el contacto directo con los colaboradores, y lo seguirá siendo hasta que Gigamesh no sea de hecho una revista bimestral.

Cuando este contacto se ha producido en condiciones favorables, lo que solemos hacer es fijar una serie de directrices, cuando estoy encargando el material, o valorarlo, cuando me llega de una manera espontánea. En ambos casos, comentamos qué está bien y qué no está tan bien, qué cambios habría que introducir, en qué aspectos habría que insistir e intentamos hablar con el autor sobre posibles líneas temáticas que se le hayan escapado (o que se me hayan escapado a mí). En resumen, hacer una labor de edición.

Luego viene la fase de corrección del texto. Esto es especialmente complicado con las reseñas y críticas, porque, pese a que hay una serie de normas de estilo básicas, éstas no están recopiladas aún en un Libro de Estilo (Natalia Cervera está trabajando en él) y hay que uniformizar los textos, sin que pierdan su personalidad. Una vez corregido, empieza la premaqueta. Como no siempre te encuentras con que los contenidos ocupan la extensión que le tenías asignada de antemano, a veces se le pide al colaborador que recorte o aumente el texto. Allí empieza la maquetación, jugar con el track para evitar que haya líneas viudas y huérfanas, ver en qué páginas incluimos las ilustraciones de los relatos, discurrir las entradillas y entresacados, escanear las portadas de los libros reseñados y, luego, el gran coñazo: elaborar el listado de novedades de la librería. Puedo perder hasta una semana con ello.

Una vez maquetado el número, se escribe el editorial y se rellena la página de cortesía. Con el número ya maquetado, Alejo efectúa una última corrección del texto, me da truquitos de maquetación y corrección que se me hubieran escapado en su momento. Una vez incorporados los últimos cambios, corrijo la maqueta, ésta vuelve a las manos de Alejo y él le da el visto bueno definitivo. Entonces llevo la revista a fotomecánica, le doy el visto bueno a los láseres y entramos en imprenta.

En los originales que recibo y el material que selecciono valoro que el autor tenga algo que contar, que lo haga bien (no me estoy refiriendo sólo a la corrección ortográfica o gramatical, sino a que sepa expresarse, explicarse y tenga las ideas claras) y que sepa ofrecer un punto de vista nuevo en lo que escribe, que sepa reinterpretar la temática sobre la que escribe. En igualdad de condiciones, valoro más un relato, un ensayo o una crítica que me hagan sorprenderme y llegar a la conclusión de que el autor está abriendo un camino nuevo que nadie más había hollado antes. Por supuesto, esto no quiere decir que admita cualquier cosa sólo por el hecho de ser original, pero valoro la audacia, el saber ofrecer un punto de vista distinto, el tener una voz propia.

¿Qué autores has descubierto o vaticinaste que llegarían lejos?

No me gusta ejercer de profeta a posteriori, porque así es muy fácil acertar.

Tanto como descubrir autores... No creo que haya llegado a eso. Me gusta mucho la evolución de David G. Panadero como ensayista, tanto en Stalker como en Gigamesh. Creo que hemos encajado muy bien, trabajamos en equipo (unas veces, yo a sus órdenes; otras, él a las mías) y que he ayudado a encauzar su talento, siempre partiendo de la base de que él tiene las ideas muy claras.

Como autores de literatura fantástica, básicamente todos los que a primeros de los años noventa afirmaba que iban a llegar lejos lo han conseguido: Elia Barceló, César Mallorquí, Félix J. Palma, Javier Negrete, León Arsenal y Rafael Marín. Igual no supe ver en su momento todas las posibilidades de Rodolfo Martínez. De las hornadas posteriores, en Núcleo Ubik publicamos los primeros o segundos trabajos de Joaquín Revuelta, Eduardo Vaquerizo y Daniel Mares.

De los que empiezan, reconozco que tengo debilidad por lo que escribe José Antonio del Valle, tanto por las temáticas que maneja como por su manera de escribir. De la gente a la que seleccioné en el Visiones 2002, parece que acerté con Santiago Eximeno, Lorenzo Luengo y Víctor Conde, que dieron el salto en el año y pico que transcurrió entre que seleccioné sus textos y apareció la antología. Tengo mucha fe en las posibilidades de Sergio Parra, Carlos Martínez Córdoba y sobre todo Luis Astolfi, si nos ceñimos a los autores a quienes seleccioné en el Visiones, y Juan Antonio Fernández Madrigal, entre los que no aparecieron en la antología.

 

¿Cómo fue que te engañaron para seleccionar un Visiones? ¿Qué tal resultó la experiencia?

Es lo malo de salir de copas los viernes por la noche. Habíamos hecho una kedada para ir al cine con gente de la lista Cienciaficcion de Yahoogroups y, justo cuando estábamos esperando el autobús nocturno para recogernos, Gorinkai me soltó que si quería seleccionar el Visiones. La idea me apetecía, porque Julián me había seleccionado en el primer Visiones, creo que realmente sirvió para dar a conocer a autores noveles y quería comprobar qué tal escribe la gente nueva. Así que no me lo pensé dos veces.

Me dio mucha pena no poder dedicarle más tiempo al Visiones. Me coincidió con una etapa muy chunga en lo personal (entre un trabajo muy absorbente en una subcontrata de la Biblioteca Nacional y la mudanza a Barcelona, que me costó más de lo que hubiera querido) y no pude contestar a los autores uno por uno. Lo que sí me gustó más fue que, una vez realizada la selección, hubo buena comunicación con los autores ya seleccionados. Les comentaba cómo marchaba la selección, qué problemas me encontraba en la corrección y la maquetación, les pedía el visto bueno al redactar las entradillas... Creo que logramos crear un buen equipo y estoy satisfecho con los resultados.

Ahora hay algunos cuentos que tal vez hubiera dejado para Gigamesh: el de Paula Ruggeri y el de Lorenzo Luengo, por ejemplo. Pero creo que la selección quedó bien, porque intenté que me saliera muy compensada por géneros, porque todos los autores escribían desde las entrañas y porque ellos respondieron mejor que bien, y me parecía prioritario que se sintieran a gusto y quedaran contentos con el resultado final. Aparte, es uno de los últimos Visiones más publicitados, han aparecido bastantes reseñas, y eso siempre es enriquecedor y útil, tanto para los autores como para el seleccionador.

¿Qué consejos le darías a todo escritor principiante?

Les pediría dos cosas: modestia y tenacidad. Tener buenas cualidades para escribir no lo es todo, hay que tener capacidad para darle muchas vueltas a un texto, dejar fuera cosas que nos gustan pero que no aportan nada a la trama principal o que rompen el ritmo. En resumen, hay que saber controlarse. Algunas veces se nos ocurrirán ideas geniales, pero éstas no sirven de nada si no encajan en la historia. Otras veces nos atascaremos con un aspecto concreto de la obra (una trama complicada, un personaje respondón, un diálogo imposible), y para eso es fundamental tener capacidad de trabajo, repetir una y otra vez hasta que salga bien.

Siempre es bueno dejar reposar lo escrito durante un tiempo para adquirir mayor perspectiva. Cuando acabas de escribir un cuento o una novela estás demasiado contaminado, por eso es muy conveniente dejársela leer a otras personas que puedan aportar una visión externa, o dejarla una temporada en barbecho para poder juzgar con mayor ecuanimidad.

Otro consejo para cualquiera que quiera escribir: leed. Un buen escritor suele ser casi siempre un buen lector.

Y otro consejo más: vivid y observad. No queráis estar encerrados en casa esperando a que llegue la inspiración. Se puede aprender mucho hablando con la gente, viendo actuar a los demás, experimentando nuevas sensaciones...

 

Y no nos vamos a quedar en los autores principiantes… ¿qué obras recomendarías a aquellos lectores de Cifi que aún no se ha iniciado en la nuestra, la Cifi autóctona, la Cifi de pata negra?

Todo dependería de cada lector, de sus lecturas previas y de sus intereses. Para iniciar a un adolescente en la cf, lo intentaría con El juego de Ender, de Orson Scott Card, o la serie de las Fundaciones, de Isaac Asimov, que está bastante comprobado que sirven para enganchar lectores. A un público un poco más formado lo atacaría por dos frentes. El primero, el de la ciencia ficción slipstream, es decir, aquella que fue publicada en colecciones generales pero que es de género: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, 1984, de George Orwell o La guerra de las salamandras, de Karel Capek. El segundo sería el de los clásicos contrastados: El hombre demolido, de Alfred Bester, Solaris, de Stanislaw Lem o Ubik, de Philip K. Dick. Pero ya digo, todo dependería de la persona a la que recomendar libros. Por ejemplo, a una chica de mi edad intentaría engancharla con Oveja mansa, de Connie Willis.

Ay, qué tontería, si no me habías preguntado eso. Bueno, yendo a la ciencia ficción española, te respondería exactamente lo mismo: depende del lector. En principio hay dos antologías: la Antología de ciencia ficción española. 1980-2002 y la Antología 10, ambas recopiladas por Julián Díez. Ahí están prácticamente todos los nombres importantes de la ciencia ficción española reciente. A partir de ahí dejaría que cada cual fuera decantándose por los autores que más le hayan gustado. Los libros que recomendaría sin temor a equivocarme son Lágrimas de luz, de Rafael Marín, El Señor de la Rueda, de Gabriel Bermúdez (por favor, en las ediciones de Orbis o Albia), El Círculo de Jericó, de César Mallorquí y Nox perpetua, de Javier Negrete.

Títulos recientes: tanto El secreto del orfebre, de Elia Barceló, como Rihla, de Juan Miguel Aguilera, son de lo más recomendable.

Por cierto, ¿qué autores españoles son tus predilectos?

Gabriel Bermúdez Castillo. Me parece admirable la fluidez con que se lee, el tono socarrón que le impregna a sus escritos y el haberse adelantado a la ciencia ficción «cañí» o de «cachava y boina» que ha proliferado últimamente. Es una maestro.

De fuera del fándom, pero que escriban género fantástico de una manera asidua: Pilar Pedraza y José María Merino.

De los autores del “boom”, los más completos me parecen Elia Barceló, César Mallorquí y Javier Negrete. Los tres son muy versátiles, con el tiempo han ido adquiriendo un control completo sobre lo que escriben y cómo lo escriben, su amplitud de miras es notable y me parecen los más valiosos de su generación, sin menospreciar a Juanmi Aguilera, Rafa Marín, Rudy Martínez, Javi Cuevas, León Arsenal, Félix Palma o Joaquín Revuelta.

De los que están empezando ahora, le veo muchas posibilidades a José Antonio del Valle. Sólo le falta escribir (y publicar una novela) para dar el salto, y él lo haría muy bien. También me muero de ganas de ver alguna novela publicada de Ramón Muñoz.

 

¿Y extranjeros, en la actualidad?

Estoy enganchadísimo con Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin, la serie de Geralt de Rivia, de Andrzej Sapkowski, y los cuentos de Ted Chiang. A grandes rasgos, creo que son los autores más interesantes del cambio de siglo. Siempre es bueno seguirle los pasos a Paul McAuley, Greg Egan, Kelly Link y David Marusek.

Estoy empezando a descubrir la ciencia ficción europea no anglosajona. Eschbach y Sapkowski son los autores punteros, porque ya han aparecido traducidos al castellano, pero hay por ahí gente húngara o finlandesa que también está escribiendo cosas interesantísimas.

¿Has realizado alguna otra actividad a parte de escribir, publicar un fanzine, dirigir una revista, y contestar a este rollo de cuestionario?

Pese a mi aversión a hablar en público, últimamente me estoy dejando liar para dar conferencias o realizar presentaciones de libros. Cada vez me siento más a gusto en ese terreno. Guardo muy buenos recuerdos de los tres libros de ensayo en los que he estado metido: De profundis: Antología crítica de literatura fantástica, que seleccionamos Ramón Muñoz y yo, Porque yo tengo un arma y tú no, un ensayo sobre el cine y la guerra de Yugoslavia que firmamos a medias José Miguel Pallarés y yo, y Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX, que coordinó Julián Díez. Alguna que otra vez me han tirado los tejos para que amplíe a libro la sección Mentidero Cinco, que son los cotilleos sobre el fándom que escribí en Bibliópolis durante año y pico, pero no me dejo. De vez en cuando sale la posibilidad de colaborar en algún ensayo colectivo, y esa clase de actividades me gusta especialmente, porque veo que sirven para difundir el género.

 

Cuéntanos aquella o aquellas experiencias que más te han enriquecido.

¿Relacionadas con la ciencia ficción? Los primeros años de la TerMa, en los que aquello era un hervidero de ideas y creatividad. Todos los libros colectivos en los que he participado. Mi experiencia en Ediciones Gigamesh, desde mi primer Stalker hasta el último Gigamesh y la edición de los cuentos completos de Fredric Brown, con los que he aprendido un montonazo. Todo es un proceso acumulativo del que extraigo buenas enseñanzas, tanto cuando sale muy bien como cuando es un fracaso.

 

¿Qué olvidarías de toda tu trayectoria?

La inconstancia. Nunca he funcionado mucho tiempo seguido al cien por cien, con lo que jamás he llegado a rendir como me hubiera gustado. Tal vez me hubiera gustado ser algo menos impulsivo y no meterme en todas las broncas en las que podía meterme. De todos modos, como no se puede cambiar el pasado, casi me da igual lamentarme: lo hecho, hecho está, y a pensar en el futuro.

 

HispaCones, ¿tienen futuro? ;-)

Siento ser pesimista, pero si siguen con el planteamiento actual no les veo el menor futuro. Seguiremos yendo los mismos de siempre y corremos el riesgo de que, si por determinadas circunstancias, dejan de celebrarse hispacones durante uno o dos años, después no exista el menor interés por recuperarlas. Por eso es importante que sigan celebrándose, pese a que todos sepamos que la fórmula no da más de sí: siempre será mejor lamentarnos una y otra vez por la oportunidad perdida nuevamente que por no habernos podido reunir, después de catorce o quince años haciéndolo.

En la última hispacón moderé una mesa redonda que versaba precisamente sobre el futuro de las convenciones, y pude comprobar cuál es su auténtico problema: carecemos de una visión, unos objetivos y un método. Nos limitamos a hacer lo que siempre se ha hecho, sin ser conscientes de que así no vamos a enganchar a nuevos aficionados. En la mesa redonda se planteó que las hispacones tienen que dejar de intentar acaparar a otros sectores del fantástico (sobre todo, los del audiovisual), porque está claro que no son un factor aglutinante, y limitarse a los aspectos literarios. Aun así, hay demasiadas vías que explotar y que hasta ahora se han abordado de una manera muy tangencial: el mundo de la docencia (nunca se ha planteado una hispacón como un congreso académico, pese a que ofrece muchas posibilidades al respecto), los géneros afines (el policíaco o el histórico) y los campos en los que están los lectores del fantástico (el slipstream y la narrativa juvenil). Salvo algún acto aislado en la Barnacón 2002 y Xatafi 2003, estos aspectos son arrinconados sistemáticamente por los organizadores de las hispacones.

 

Cómo ves el horizonte.

Lo veo cada vez más difuso, con un fándom cada vez más diluido dentro de un fenómeno más amplio: el de los lectores de literaturas de género. No creo que desaparezcan las colecciones especializadas (aunque el exceso de saldos de los últimos meses me hace augurar un par de años difíciles) ni las publicaciones especializadas (aunque haya cinco revistas profesionales, ello enmascara la casi total desaparición de los fanzines) ni la conciencia de fándom, pero sí percibo que están dejando de ser importantes y que lo que prima es el interés por hacer las cosas bien. Veo que las nuevas generaciones de lectores están menos implicadas con la creación, pero al mismo tiempo son más críticas. En resumen, veo un futuro inmediato con muy buenos lectores, mejores que los aficionados de hace una década, pero con problemas serios de creatividad si falla algún autor o no surgen recambios.

 

Y ya que estamos, deseos para el futuro…

Poder asistir a una Eurocon con la sensación de que conozco a todos los autores y aficionados porque hablamos en un lenguaje narrativo común y nos unen los mismos intereses.

 

 
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