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Harry Potter: Un tipo de interés fijo

Por: Javier Mora

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A veces se cuentan mejor las cosas desde la inexperiencia. Quizá porque se puede centrar más el discurso en sensaciones más básicas, quizá porque se es inconsciente de determinadas limitaciones que se manifiestan con la experiencia. El caso es que, para forjarse una opinión acerca de Harry Potter, no me parece que sea necesario haber leído todos los volúmenes escritos por J. K. Rowling o haber visto todas las películas y demás creaciones surgidas a partir del éxito de las novelas infantiles basadas en el niño mago.

El éxito de Harry Potter se ha ido repitiendo y realimentando, volumen tras volumen, desde la edición de Harry Potter y la Piedra Filosofal, a través de cada uno de los tomos, estrenos cinematográficos y lanzamientos en tiendas de material derivado con diferentes formatos. Ya sea desde dentro del fenómeno, como amante del mismo, o desde fuera, como detractor, es inconcebible, por el momento, que un nuevo episodio de las aventuras del niño mago, en el formato que sea, pase desapercibido en tanto en cuanto tenga un lanzamiento oficial.

En mi caso particular, si mal no recuerdo, recibí las primeras noticias sobre Harry Potter cuando llegó la película a España, hacia el otoño de 2001. Para mí, no era más que otra película masiva, un reclamo publicitario para que los niños españoles supiesen qué pedir a los Reyes Magos esas Navidades. Sin tener idea en absoluto de las peripecias del niño de gafas, me llegaban ecos de niños que querían ponerse gafas emulando a su ídolo. Aunque de pequeño fuese yo mismo quien tuviese unas gafas redondas de cristales transparentes con las cuales emulaba a un ídolo bien diferente y poco frecuente para un niño, John Lennon no había entrado en mi vida por una moda pasajera y comercial como parecía estar haciéndolo Harry Potter.

Lo demás, como se suele decir, es historia. He tenido la oportunidad de comprobar, ya desde menos cerca, que niños y mayores se aficionaban al pequeño desaliñado y que la fidelidad profesada hacia cada nuevo libro o película no era menor que la que recibe un Indiana Jones o un Rocky Balboa.

El tiempo ha ido pasando en la misma medida para los espectadores y para los protagonistas de las novelas y las películas, de manera que, para los niños, Harry Potter no ha quedado relegado a ser «el protagonista de esos libros que leía cuando era un crío». Al fin y al cabo, han pasado ya más de diez años de la publicación del primer tomo de la saga. Y del mismo modo, para los adultos, quizá haya pasado a ser un personaje más próximo, a medida que la temática se ha diversificado y el niño ha dejado de serlo tanto tras un largo camino de aprendizaje con el que, en una escuela o en otra, todos nos podemos identificar.

Todo lo que pueda decir de Harry Potter, lo digo desde la inexperiencia de quien, a diferencia del hardcore fan, tan solo ha leído los dos primeros libros y ha visto la primera película. Sin embargo, considero que no necesito ni la mitad de lo leído para admitir con alegría que mi concepto acerca del mago gafotas ha cambiado, ganando muchos, muchos enteros.

 

Quizá lo fácil hubiese sido hacerme con alguna de las películas y verla, pero seguramente hubiese sido también un error importante. Hoy en día es sencillo hacer una lista con todo aquello que uno puede esperar encontrar en una película sobre una escuela de magia: la estética, las voces de los niños o la banda sonora. El inicio de Harry Potter y la Piedra Filosofal no es diferente de lo que uno puede imaginar. Cuando comienzan a verse las primeras imágenes, a sonar la música, se experimenta una sensación familiar como la que proporcionan los títulos iniciales de una película de Tim Burton cuando ya se han visto otras anteriormente. Muy apropiado todo, sin embargo, sospecho que la película no me hubiese gustado la mitad si no hubiese leído el libro previamente y no hubiese dejado un recuerdo mucho más profundo que otras producciones infantiles.

Con todo y con eso, la película plasma estupendamente el libro y, teniendo en cuenta la densidad argumental del mismo, casi no omite detalle alguno necesario. Toda una proeza, incluso considerando que el primer libro es relativamente corto comparado con los siguientes. Sin embargo, la película no es capaz de transmitir sensaciones que están reservadas para ser provocadas por la lectura del libro.


De la misma manera que los títulos que abren una película de Tim Burton evocan la marca de la casa, el estilo y cuidado con que los dos primeros tomos describen cada una de las situaciones y personajes evoca a otros libros; pero no otros libros de la saga de J. K. Rowling, sino otros libros del pasado, otros libros que han quedado en nuestros corazones por el cariño con que sentíamos que el autor se dirigía a nosotros en el momento de la lectura, como tu libro favorito de la niñez, aquel que leías y releías anticipando mentalmente cada palabra y visualizando cada escena.


 

Así, Rowling pasa de lo cotidiano a lo impredecible sin abandonar un contexto fantástico y agradable que hace de lo cotidiano algo excitante y de lo excepcional algo relativamente familiar. Se trata de estupendas ideas, en cualquier caso. Todo lo que Rowling cuenta resulta interesante, ya sea la candidez con la que describe a Dumbledore como la inmediatez y naturalidad que emplea en otras ocasiones para sorprender con un giro inesperado. En el contexto creado para dibujar personajes y situaciones de lo más variopinto, se puede identificar el aroma de una Inglaterra algo añeja; el Londres sombrío de las callejuelas y pequeñas tiendas, las diferencias de clases de una comunidad, la «mágica», todavía más añeja y desacoplada, no sólo de nuestras propias coordenadas espaciotemporales, sino de la misma realidad del mundo vulgar que habitan los muggles en el propio libro.


Todo ese entorno resulta muy agradable al lector. Los volúmenes primero y segundo crean esa atmósfera evocadora de las lecturas orientadas a niños y, sin embargo, provocan un disfrute absoluto en los adultos. Tendría que volver a ser niño para poder asegurar mi sospecha de que se trate de dos adaptaciones de la misma lectura conviviendo en un texto común.

Es encomiable que la segunda parte recuerde al lector de una manera muy cómoda y sutil los personajes ya aparecidos en la primera. Quizá se trate de una deferencia hacia los niños, pero está claro que ayuda a cualquiera. A lo largo del texto del segundo tomo, se van sucediendo esos recordatorios a medida que se hacen necesarios. Es todo un detalle que, además, permitiría al lector disfrutar del segundo volumen sin necesidad de haber leído el primero. Los personajes que se introducen (Dobby, Gilderoy Lockhart o Myrtle «la llorona») resultan, si cabe, más originales y divertidos que los del primero, y pese a que el libro es ligeramente más largo, se devora a la misma velocidad que su predecesor y —asumo— que sus secuelas, aún más extensas.

Podría desvelar todas las maravillas de la pluma de Rowling o, por el contrario, no encontrar más palabras para continuar describiendo las sensaciones que esta lectura provoca en mí. Asimismo, me gustaría poner la mano en el fuego por garantizar que podré decir lo mismo de las restantes partes de las aventuras del mago por accidente, y creo que, a juzgar por el éxito de la saga, seguramente sea así. De esta manera, dado que apenas he rozado la superficie, con sólo dos tomos y una película para emitir mis juicios, podría haber escrito esto mismo hace cinco o seis años, quién sabe si con las mismas conclusiones, de no ser porque hasta 2008 no he recibido el estímulo suficiente para atreverme a probar el universo Harry Potter.

En cualquier caso, a modo de moraleja, el motivo último que me lleva a escribir estas líneas es hacer constar que, en ocasiones, ese instinto que nos hace huir y odiar lo comercial se equivoca de manera estrepitosa. A veces la publicidad y los medios de comunicación alteran la percepción que el consumidor tiene de las novedades, produciendo un efecto negativo en el público. Por una parte, las corrientes más consumistas nos impulsan a no perdernos un solo lanzamiento; a no dejar una película por ver, un disco por escuchar o un libro por leer si sus promotores han considerado que merece la pena anunciarlos a bombo y platillo. Sin embargo, decepcionados en ocasiones por un nivel de calidad que no hace justicia al volumen publicitario, nos hemos ido acostumbrado a desconfiar de lo que se anuncia acompañado de tanta mercadotecnia, y a veces ese filtro nos aleja de deleites absolutos como éste.

Me gustaría recomendar la lectura de Harry Potter principalmente a quien, por saturación mediática, no haya puesto interés en la saga. Para disfrutar de su lectura no hace falta ser un aprendiz de brujo, un amante de la fantasía, ni llevar un niño dentro, tan solo es necesario abrir los ojos a unas letras escritas con mucho gusto y cariño.

 

publicado en septiembre de 2008

 
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