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El último artículo
de La Guía… trató
sobre los videojuegos y cómo
podían ser una fuente de inspiración
para toda clase de historias, no sólo
relativas estrictamente al género
fantástico, sino también
a otros como la novela negra. Para este
artículo me centraré en
un subgénero del fantástico
que, si bien menciono con mucha asiduidad,
no me centro tanto en él como
en la fantasía y la ciencia ficción.
Me estoy refiriendo, por supuesto, al
terror, la tercera gran rama del árbol
fantástico.
Huelga decir que este
artículo no pretende en ningún
momento convertirse en un ensayo que
hable acerca de la literatura de terror
y su evolución histórica.
Para empezar, no poseo los conocimientos
necesarios para ello, y hay muchos otros
artículos ya publicados, como
el aparecido en el número 47
de la publicación electrónica
Disparo en la red, donde podrán
profundizar más al respecto.
En este artículo nos centraremos
en lo que ha sido siempre la pauta a
seguir casi desde el primer artículo
publicado de La Guía…,
y es a buscar la inspiración
que nos permita elaborar nuestras propias
historias de terror.
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Lo primero de todo es hablar
un poco en términos filosóficos
acerca del terror. Estamos ante un género
que, para empezar, posee muchos puntos divergentes
con la fantasía y la ciencia ficción,
más emparentados entre sí (a pesar
de que pueda parecer lo contrario). Recordando
la definición que hacía Scott
Card en How to Write Science Fiction and
Fantasy, para él la ciencia ficción
era lo que podría ser pero no es, y la
fantasía era lo que nunca podría
ser. Esto es, que la ciencia ficción
nace como una escisión de la realidad
para darnos un mundo alternativo, un What
If, que llamarían los lectores de
comics. Puede ser una escisión en el
presente, en el pasado o en el futuro, pero
una escisión al fin y al cabo.
La fantasía, por otro
lado, como alguna vez se comentó, parte
de un mundo completamente nuevo con unas reglas
propias a respetar. Esta característica,
lejos de simplificar las cosas, puede volverlas
mucho más complicadas en términos
narrativos y estructurales, ya que hay muchos,
muchísimos huecos que rellenar y encima
hay que hacerlo con coherencia interna (recuerden,
si el genio concede tres deseos, sería
tramposo decir al final del libro que de hecho
puede conceder un cuarto).
Hay mucha gente que considera
al terror como un subgénero de la fantasía.
Personalmente no lo creo así, y mi opinión
es que es más bien un híbrido
de los dos géneros anteriores. Tengan
siempre presente que estoy hablando del terror
moderno, de la manera que tenemos de entender
el terror en la actualidad, puesto que cada
cultura, y cada época, ha tenido sus
propias ideas al respecto. No olviden que estamos
hablando de un género al menos tan viejo
como la palabra escrita, y que seguramente nació
en el mismo momento en que se instauró
en la humanidad la tradición de contar
historias, aunque fuera en términos orales.
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El terror parte de una premisa
básicamente de ciencia ficción,
ya que se está escindiendo de nuestro
mundo. Partimos de la realidad que nos rodea
para contar una historia de miedo. La diferencia
con la ciencia ficción en este aspecto
es que, mientras que en este género se
hace así para tender un puente hacia
la historia y hacer pensar al lector en términos
científicos y filosóficos, en
el caso del terror se hace así para abrirle
la puerta hacia un nuevo mundo, pero hablaremos
de eso más adelante. Otra sutil diferencia
es que en el caso del terror la escisión
suele ser siempre en el presente, para facilitar
la inmersión del lector en el texto,
y es que en este género todo, absolutamente
todo, está orientado con el fin de meter
al lector dentro de la historia, como más
que un mero espectador. La escisión puede
darse también en el pasado y en el futuro,
pero suele ser menos usual hacerlo así.
No hay que llevarse a confusión, por
otro lado, con míticas historias de terror
como puede ser Drácula. Aunque
es una historia ubicada en el pasado, en efecto,
sigue conservando todo su atractivo, pero esa
época era la contemporánea del
autor. Aún hoy en día hay muchos
autores que siguen escribiendo cuentos de terror
ubicados en el siglo diecinueve y principios
del veinte, cuando mi opinión personal
-que es sólo eso, una opinión
personal- es que debemos encontrar nuestros
propios mundos de pánico en el siglo
XXI, que es el que nos ha tocado vivir. Y los
hay, créanme, los hay a patadas. Eso
es algo que nunca cambiará por mucha
tecnología y conocimiento que poseamos.
Por otro lado, el terror, indudablemente,
posee importantes toques de fantasía,
que se manifiestan una vez hemos cruzado el
umbral de la realidad, por decirlo de alguna
manera. La diferencia con la fantasía
es que allá donde ésta debe ser
explicativa, el terror juega con la ambigüedad,
otro aspecto del que hablaremos más adelante
también. Y no se confundan, no necesitamos
estar hablando de terror sobrenatural de manera
obligada. Una historia con un asesino psicópata
que amenaza a la víctima tiene tantos
elementos fantásticos como cualquiera
de los fantasmas de Edgar Allan Poe. El motivo
es que cumplen la misma premisa básica,
una serie de reglas que se deben cumplir, reglas
que muchas veces han sido incluso puestas en
evidencia y parodiadas, como ocurre en la película
Scream.
Seguro que todos los aficionados al
género las han pensado alguna
vez o mencionado en broma en voz alta:
el más cobarde siempre muere,
el más valiente también,
el monstruo -o lo que sea-
aparecerá después de un
momento de calma, y así un millar
más. De todos modos, ténganlo
claro, estas reglas son sólo
eso, reglas. Pueden construir las suyas
propias, escapar de estos clichés.
Pero tienen que usar reglas. Sin reglas,
todo es caos. Y el caos no lleva a nada.
Si quieren dar la sensación de
caos, usen muchas reglas y no las expliquen.
Como diría Ian Malcolm, el matemático
de Parque Jurásico,
«Eso, eso es el caos.»
Volviendo a las definiciones de Orson
Scott Card, se podría decir posiblemente
que terror es lo que puede estar siendo
pero no lo sabemos con certeza, y esta
última puntilla es importante,
pues aporta la sensación de desconocimiento
que suele caracterizar a un relato de
terror. Sin embargo ya se sabe que hay
tantas definiciones como personas dispuestas
a usarlas. Sin ir más lejos,
uno puede pensar que un relato de terror,
simplemente, es un relato que da miedo
al que lo lee. Lo cierto es que en algo
tan sencillo se encierra la mayor parte
de la historia del género. Pero
opino que si queremos que este género
evolucione, tenemos que cimentarlo en
unas premisas más sólidas
que simplemente esas, o mejor aún,
escindirse en distintas maneras de entender
el terror, ya que existen muchas maneras
de provocar miedo, como por ejemplo
por medio del terror psicológico.
Y si bien ya hay avances al respecto,
creo que aún queda (afortunadamente)
mucho por hacer.
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Después de este rollo
patatero, lo suyo sería hablar de lo
que supone dedicarse a escribir terror, y creo
que debería empezar en plan sargento
de pelotón, con frases desalentadoras.
Vamos allá, entonces. Muy bien, soldado,
si lo que deseas es escribir relatos de terror,
entonces tu camino no va a ser nada fácil.
Si estás aquí conmigo, en mi pelotón
de escritores de género fantástico,
asumo que es porque eres un sujeto imaginativo
capaz de proyectarte a otros lugares sorprendentes
y mostrárselos a otros. Eso es sólo
parte de lo que necesitas para escribir terror.
De hecho, aunque te suene sorprendente, lo que
más te costará será aprender
a moderarte al respecto. Y es que escribir buenos
relatos de terror requiere que poseas un dominio
excelente tanto de la capacidad de imaginación
como de tus cualidades para sumergir al lector
en una situación que pueda asimilar como
propia y reconocible con facilidad. Recuerda,
soldado, que a la hora de escribir un relato
de terror, te será tanto más fácil
cuanto más real sea tu situación
de partida. Pillarás al lector con la
guardia baja, le cogerás completamente
desprevenido, cosa que te resultará mucho
más difícil si partes de una situación
lejana y extraña a sus ojos. Con eso
no quiero decir que si tu lector vive en Madrid
o Buenos Aires tengas que situar tu historia
en dichos lugares. Cuando digo extraña,
ya sabes lo que quiero decir. Si empiezas tu
historia diciendo que todos somos telépatas,
por poner un ejemplo, ¿cuántas
más cosas raras podrían pasar?
Entonces el lector tendrá que acomodarse
a ese nuevo mundo, porque eso es lo que estás
narrando, y su «escudo» ante lo
extraño e increíble estará
a pleno rendimiento.
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Sin embargo, soldado,
supongamos que tu historia habla de
un marido que pasa unos días
solo en la casa porque su mujer se fue
a un congreso. Y de repente, un buen
día, recibe una carta que le
dice que si abandona su casa, aunque
sea sólo dos minutos, morirá.
El lector se sentirá más
fácilmente identificado con el
protagonista (aunque sea una mujer,
tú ya entiendes lo que quiero
decir) y sentirá más como
suya propia la angustia del marido.
Añade unas gotas de angustia
extra, por ejemplo que el marido es
claustrofóbico, una fobia que
todos comprendemos aunque no la padezcamos,
y el cóctel está servido.
Fíjate que, además, ni
siquiera hemos entrado en el terreno
de concretar si estamos o no ante un
terror sobrenatural. Como se dijo más
arriba, la línea que separa ambos
es más estrecha de lo que parece,
si no inexistente a veces.
Muy bien, soldado,
ya hemos hablado de la pericia narrativa
que deberás desarrollar, y que
involucra dominar tanto el mundo «real»
como aquel en el que desarrollar tu
historia, el «otro» lado.
Y recuerda, insisto, el «otro»
lado no tiene por qué ser sobrenatural
en el sentido de la palabra, pero volveremos
a eso. Hablemos del lado real. ¿Qué
necesitas para introducir al lector
en el lado real de la historia? Fácil
de contestar: veracidad. Debes ser claro,
y debes saber de lo que hablas. Por
eso complícate la vida sólo
en la medida de lo necesario. Todos,
soldado, vivimos una realidad. Una realidad
que puede ser retorcida para convertirse
en terrorífica. Todos vivimos
en casas, cogemos autobuses o tenemos
coche, tenemos que ir a hospitales,
a tiendas, vivimos cerca de parques,
de otros edificios donde no sabemos
lo que puede estar pasando. Con algo
más de suerte, cerca de nosotros
habrá lugares verdaderamente
inspiradores, como almacenes abandonados,
sótanos cerrados o incluso ese
trastero de la casa al que hace meses
que nadie entra.
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Para todo lo demás,
soldado, documentación. Debes ser creíble.
Aprende de uno de los grandes maestros, Howard
Phillips Lovecraft. Lovecraft se documentaba
exhaustivamente de todo aquello que podía,
y lo hacía de la manera más lógica,
desde la humildad. Lovecraft creó todo
un mundo de monstruos cuyo poder iba más
allá del entendimiento humano, y para
ello tuvo la idea de conocer bien los avances
científicos de su época y usarlos
como contraste de su mundo. Es normal leer descripciones
en relatos de Lovecraft que aluden a la naturaleza
no euclidiana de los lugares que aparecen en
ellos, o a la forma medio animal, medio planta
de sus criaturas. A menudo estas descripciones
las hacen gente que entiende de la materia que
hablan, como matemáticos o biólogos.
Y no es necesario que seas matemático
o biólogo para convencer al lector de
ello, sólo tienes que parecerlo, y él
hará el resto, pensará que si
el personaje lo considera raro y entiende de
ello, entonces él debe considerarlo raro
también. Lovecraft no era matemático,
pero cuando escribió Los sueños
de la casa de la bruja logró convencerme,
a mí matemático, no sólo
de que el protagonista lo era, sino de que había
de verdad logrado encontrar un portal a la cuarta
dimensión. ¿Y cómo hizo
eso? Desde luego no mediante descripciones absurdas
y sin fundamento, como ocurre muchas veces cuando
se habla de la cuarta dimensión en la
ficción. Empezó a contar la teoría
que el protagonista conocía, la geometría
Riemanniana, sin entrar en muchos detalles,
y luego relató lo inútil e incompleta
que era comparada con lo que ese personaje había
encontrado.
Lovecraft solía ir a la universidad.
Solía preguntar a estudiantes
de distintas disciplinas. Si eres o
fuiste universitario, eso que tienes
ganado. Si no, explota tus conocimientos,
los que sean, para mostrarlos a los
demás y luego contrastarlos en
la historia.
Bien soldado, ya tenemos las herramientas.
Hablemos de los objetivos. El primer
objetivo en un relato de terror, tenlo
siempre claro, es llegar a un momento
álgido. En todos los relatos
cortos, todo lleva a un momento y lugar.
En un relato de terror, además,
ese momento y lugar suele ser el que
concentra todo el miedo sobre el lector.
No puedes esperar hacer un relato de
terror que tenga al lector espantado
de manera constante, eso es, aparte
de una tarea titánica que no
merece la pena llevar a cabo, la mejor
manera de matarle de un ataque al corazón.
El lector se asustará si antes
le has mostrado toda una situación
calmada, incluso hermosa, bucólica,
y luego la pones en contraste con el
más brutal de los horrores. Para
eso, soldado, la palabra será
tu aliada. Cuando estés en la
realidad, en lo que él puede
conocer, donde asentarse, sentirse tranquilo,
sé somero, muy descriptivo. No
te andes por las ramas, pero hazlo con
descripciones precisas, claras, concisas,
llenas de detalles importantes.
H.
P. Lovecraft
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Cuando llegue el momento de
tejer la telaraña sobre el infortunado
lector, sin embargo, deja que el bolígrafo
o el teclado descanse. Sé vago, impreciso,
deliberadamente ambiguo. Sugiere, más
que describir. Recuerda que la base del miedo
en el ser humano es el desconocimiento. Tienes
que ofrecer pinceladas de lo que puede encontrarse,
pero nunca seas del todo descriptivo, y del
mismo modo en que te hablo de los méritos
de Lovecraft, te hablo también de sus
errores. En Las montañas de la locura
es un libro cuya base de terror se ve en entredicho
a la mitad del mismo, puesto que los protagonistas
llegan a una ciudad, como diría el propio
Lovecraft, ciclópea, escondida en plena
Antártida, muy anterior al surgimiento
del hombre. Pero Lovecraft describe con demasiada
precisión cómo era esa ciudad,
qué seres horrendos la habitaban y con
qué fin vivían allí. Todo
lo que cuenta induce al miedo, pero no produce
tanto como contar sólo parte de la historia
y dejar que el lector haga el resto. En La
llamada de Cthulhu, por el contrario, cuando
los marinos llegan a la isla que conecta con
R’lyeh, donde Cthulhu está durmiente,
no describe someramente cómo es ese lugar
ni la manera en que Cthulhu llegó allí,
lo que consigue introducir más el miedo
en nuestra imaginación.
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¿Eres jugador de rol,
soldado? De ser así, y recordando un
artículo anterior en el que hablamos
de los juegos de rol, mira al master hacer las
descripciones, y llega a tus propias conclusiones
acerca de cómo introducir a los lectores
en lo que cuentas, siempre recordando que será
más difícil hacerlo de manera
oral que de manera escrita, pues un solo error
romperá la atmósfera.
Ahora hablemos de un elemento
que suele darse mucho entre los autores que
escriben terror, y es su grado de empatía
con lo que cuentan. Empezaré, soldado,
contándote lo que son para mí
los cuatro grados del miedo.
De menor a mayor facilidad
de asustar, existen actualmente cuatro maneras
de acercarse al terror de manera lúdica.
La que más difícil lo tiene es
de la que estamos hablando, leer terror. El
lector tiene que estar muy involucrado, y tu
único elemento para ello es la palabra,
eso sin contar además que todo puede
depender de las circunstancias en que él
decide leer el relato: solo, de noche…
El grado siguiente es el terror
cinematográfico. En éste las cosas
empiezan a ser más sencillas para provocar
miedo en el espectador. Éste suele crear,
un poco por obligación, una atmósfera
más propicia (o la hora de emisión
de la película no le da otra opción).
Además, hay otros elementos que ayudan
a introducirle en la historia, como la banda
sonora y (muy importantes) los silencios.
El siguiente grado son los
videojuegos. La sensación de miedo en
estos es aún mayor que en las películas,
ya que no sólo observas, te obligan a
reaccionar. La asimilación es máxima,
y cuanto más miedo tengas, más
fácil es que la situación se vuelva
aún más terrorífica, ante
tu incapacidad de reaccionar.
El grado final, que es el
que hablaremos ahora, soldado, es escribir terror.
Ser el autor. Porque esto es algo que mucha
gente no sabe, pero lo buenos autores de terror,
a lo largo de la historia, han tenido vidas
en sí terroríficas. No son valientes
insensibles que desean provocar el miedo en
sus congéneres de manera morbosa. Los
escritores de terror no son los monstruos de
sus historias, sino sus víctimas. A menudo,
los desdichados protagonistas.
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Por eso escribir terror
es el grado máximo. Es una lucha
contra tus propios miedos, soldado,
no contra los de otros. Estar encerrado
en un armario si eres claustrofóbico.
Acabar aislado del mundo si temes a
la soledad. Perderte en un bosque si
temes a la oscuridad. Estar rodeado
de arañas si temes a los insectos.
Por supuesto, puedes usar también
los miedos de otros, pero el principal,
el que da sentido a la historia, debe
ser de tu propia cosecha. Enfréntate
a tus miedos, soldado. Muéstraselos
a otros. ¿Temes a los correos
en cadena que amenazan con lo que pasará
si no los reenvías? ¿A
que alguien llame a tu casa todos los
días a la misma hora y cuelgue
cuando lo coges? Todos, soldado, tenemos
miedos. Debes reconocerlos para explotarlos
en tu beneficio.
Después de esta
chiflada charla militar recuperemos
el tono normal para centrarnos en el
meollo de la cuestión, que en
realidad será una especie de
resumen de todo lo que hemos contado
antes, y enumeremos maneras de inspirarse
para escribir un relato de terror. Muchas
de ellas ya fueron mencionadas en anteriores
artículos de La Guía…,
pero la idea es listarlas aquí
para mayor comodidad. Además
de eso, seguro que hay muchas otras
maneras que se nos quedan en el tintero.
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1) Los miedos. Ya
que acabamos de hablar de ello, no está
de más enumerarlo aquí. Un miedo
o una fobia puede ser en sí mismo el
disparador inicial de una idea para contar un
relato de terror. Puede tratarse de una fobia
clara, visible, que nos atormente a nosotros
o a otra persona (un conocido nuestro, por ejemplo),
o puede ser algo más sutil, más
enterrado en nuestra conciencia, que puede salir
a la luz, por ejemplo, en una pesadilla. En
el artículo que hablaba de los sueños
como inspiración se narraba de manera
bastante clara cómo la literatura de
terror se había nutrido en gran medida
de pesadillas de sus autores, con ejemplos notables
como Drácula o El extraño
caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Y sí,
este último es un libro de terror. ¿Acaso
el miedo a albergar un monstruo en nuestro propio
interior no tiene derecho a ser tan legítimo
como cualquier otro?
2) Las emociones. Tan
potente como explotar los miedos que nos acosan
puede ser sacar provecho de las emociones que
albergan nuestro interior. Ante una situación
de máxima tensión, de vida o muerte,
sólo lo más primitivo e importante
prevalece, y en muchas ocasiones eso involucra
sentimientos ocultos esperando a aflorar. Muchas
veces, de hecho, esta clase de comportamientos
viscerales se presenta en las historias de terror
como el motor que mueve al protagonista y le
permite luchar contra los horrores que está
presenciando. Puede ser el amor que un padre
siente por su hijo, puede ser la lucha por salvar
la propia vida o tal vez una lucha aún
más radical, no por salvar la propia
vida sino por salvar la de muchos otros. Puede
tratarse también del odio que un sujeto
siente por los que le rodean, o tal vez la soledad
que aísla al personaje y le obliga a
tener que luchar por sí mismo al saber
que nadie vendrá a ayudarle. Sea cual
sea el caso, esta clase de actitudes internas
son las que otorgan verdadera fortaleza (o debilidad)
a los personajes y pueden acabar motivando,
por contraste, todo el resto de la historia.
La literatura de terror es, la mayoría
de las veces, muy emocional. Cada autor pone
mucho de sí mismo en los personajes que
viven en esas historias, porque debe identificarse
con ellos como potencial víctima. Y eso
precisamente nos lleva al tercer punto de inspiración
importante.
3) Los personajes.
Porque en una historia de terror los
personajes pueden ser esenciales para elevar
la misma a la categoría de pequeña
maravilla literaria. Para empezar, porque la
empatía especial del autor hace que estos
personajes estén generalmente muy definidos
y dimensionados. No sólo les comprendemos,
podemos llegar fácilmente al punto de
identificarnos con ellos. No nos maravillan
o repugnan como los de la ciencia ficción
o la fantasía, no al menos en la mayoría
de las ocasiones. Los personajes de terror son
mucho más que eso: son nosotros. Al menos,
una parte de nosotros. Pueden ser una parte
noble, o triste, o melancólica, o perversa
y abyecta, un resquicio oculto de nuestra personalidad
que desconocíamos.
Dicen que los mayores monstruos
se encuentran en nuestro propio interior, y
esa metáfora ha sido magistralmente usada
a lo largo de cientos de obras del género
de terror. Porque nada nos asusta más
a la larga que nuestra capacidad de convertirnos
en monstruos, o peor aún, de serlo y
negárnoslo. Por otro lado, está
el extremo contrario, personajes cuya bondad
extrema corre paralela a las calamidades que
sufren, y que se ven inmersos en un entorno
de pesadilla del que no logran escapar. Son
víctimas que no merecen lo que les está
sucediendo, y dejan sin aliento al lector al
comprender la terrible verdad de que incluso
en la literatura le suceden cosas horrendas
a las mejores personas.
El caso es que, de una u otra
manera, los personajes son una parte no sólo
importante de una historia de terror, sino esencial.
Pueden marcar de manera tajante la diferencia.
Su complejidad y humanidad, entendiendo este
concepto en todos los sentidos, pueden redefinir
y crear todo el entorno que les rodea y motivar
por completo una buena historia de terror.
El mejor ejemplo que conozco
al respecto ya fue mencionado en el pasado:
Silent Hill. Pero aquí lo podemos
explorar desde un punto de vista distinto, comparando
la primera con la segunda entrega del juego.
La primera entrega es, claramente, una historia
basada en el concepto, la idea de un pueblo
maldito, que cada cierto tiempo se convierte
en una imagen infernal de sí mismo de
la que el protagonista tiene que escapar al
tiempo que recupera a su hija, perdida en una
ciudad llena de criaturas tenebrosas. Una idea
que, gracias a su ambientación y a ingeniosas
ideas como el uso de una radio que producía
interferencias en presencia de monstruos y unos
acertados paralelismos entre el pueblo terrenal
y el pueblo infernal, se convirtió en
todo un éxito de público y crítica.
Parecía algo difícil de superar,
que no de igualar.
Sin embargo, para sorpresa
de todo el mundo, Silent Hill 2 logró
superar al original. Su baza principal para
lograrlo: la apabullante profundidad de sus
personajes.
James Sunderland recibe una carta
de su mujer, diciendo que le echa de
menos y que le espera en Silent Hill,
el que antaño fue su lugar especial.
El pequeño problema es que la
mujer de James murió tres años
antes, de una agónica enfermedad.
Decidido a averiguar quién está
jugando con sus sentimientos, James
llega a Silent Hill para descubrir que
el pueblo está lleno de extraños
monstruos, con especial énfasis
en uno de ellos, de cabeza piramidal,
cuya única obsesión parece
ser matar cualquier criatura que se
ponga en su camino, ya sea el propio
James o incluso otros monstruos de Silent
Hill.
A medida que el juego avanza, no sólo
James conoce ese nuevo Silent Hill que
poco tiene que ver con el que atesora
sus recuerdos felices, sino que nosotros
conocemos a James. Es magistral cómo
podemos no llegar siquiera a saber su
profesión o edad y sin embargo
sabemos detalles tan concretos como
que es una persona que no deja entrever
sus emociones fácilmente. Todo
el juego gira en torno a James y la
misteriosa carta que ha recibido, y
el recorrido por el pueblo es en realidad
un recorrido por la mente de James,
cada vez más atormentado a medida
que se adentra en el infierno que le
rodea. No hay un solo detalle del juego
dejado al azar, y a diferencia del primer
Silent Hill, el centro de la historia
son los personajes. No nos importa por
qué el pueblo se comporta así,
al menos sólo en la medida en
que eso nos ayuda a entender mejor a
James. Y de ese modo, vamos descubriendo
detalles de su vida que consiguen atraparnos
por completo en la impresionante trama
del juego.
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En análisis posteriores
del juego, llevados a cabo por los creadores
del mismo, desvelan que absolutamente toda la
iconografía del mismo, monstruos incluidos,
fue ideada a medida del personaje de James,
como manifestaciones de su propia mente y temores,
y la trama nunca hubiera funcionado correctamente
de no haber dado importancia al personaje hasta
ese punto. Diablos, si hasta el nombre de James
y el de su esposa (Mary) no fueron dejados al
azar. Esta es una historia claramente enriquecida
por los personajes, que lleva más lejos
lo que en la primera parte del juego se limitaba
a ser la historia de un pueblo maldito. Es la
clase de historia que sabe aprovechar la potencia
de un personaje, porque la historia se derrumbaría
como un castillo de naipes si se nos ocurriera
prescindir del personaje de James Sunderland.
4) El paisaje.
Ya se habló en otro artículo de
La Guía… acerca de la importancia
de un paisaje como detonante para las historias,
pero conviene volver a mencionarlo, ya que el
género donde esta técnica alcanza
sus mejores resultados es, precisamente, el
terror. Un altísimo porcentaje de autores
confiesan emplear el paisaje como inspiración
inicial de sus relatos, entre ellos el propio
Lovecraft. Eso es debido a que en una historia
de terror el paisaje juega un papel esencial,
casi como si fuera otro personaje de la misma.
A través del paisaje, muchas veces, podemos
introducir el realismo en nuestra narración,
ya que podemos incluso llegar a conocerlo de
primera mano. Como antes habíamos dicho,
hay que ver con otros ojos el mundo que nos
rodea, y en este caso hay que verlo con una
perspectiva tenebrosa. En ese callejón,
al otro lado de ese muro, tras esas ventanas,
pueden estar sucediendo cosas terribles, cosas
que incluso no podemos llegar a comprender del
todo. No hay lugar tan bello que no pueda ser
pervertido por nuestra habilidad narrativa.
Es más, detrás de la inocencia,
de la belleza, se puede esconder la puerta al
horror más insondable. ¿O acaso
no son los parques de atracciones lugares típicos
de muchas historias de terror?
El Mal, en sus múltiples
formas, se ríe de lo noble y pervierte
todo cuanto encuentra. El horror puede esconderse
incluso en la inocencia de los niños
que viven en una agradable isla mediterránea,
como bien sabía el genial Narciso Ibáñez
Serrador. El horror puede estar al volante de
un camión, en mitad de una carretera
desierta, como ocurre en el relato Duelo
de Richard Matheson, luego llevado al cine por
Steven Spielberg. El horror puede estar detrás
de una puerta, llamando para entrar, como sucede
en La pata de mono de W. W. Jacobs,
uno de los mejores relatos de terror jamás
escritos. No hay lugar libre de la posibilidad
de verse convertido en escenario del miedo más
irracional y primitivo. Cuanto más hermoso
fuera en el pasado, tanto más potencial
posee para provocar terror en el presente. No
es casual que en Silent Hill 2 el protagonista
esté viviendo una pesadilla en el que,
para él y su mujer, era «su lugar
especial», como bien dice la carta que
recibe.
5) La música.
Ya hemos dicho que, en la escala de grados de
miedo, el terror visual posee mayor capacidad
de asustar que el escrito. Podemos dar la vuelta
a la tortilla y sacar partido de lo que en un
principio puede parecer una carencia de nuestro
género, y por eso una buena canción,
o un buen trozo de una banda sonora adecuados,
pueden inspirarnos para crear una historia.
Como ya se dijo en el lejano segundo artículo
de La Guía…, y es que
en el fondo no estamos más que revisitando
ideas para adaptarlas al género que nos
ocupa ahora, una elección adecuada de
música en nuestra cabeza puede crear
una atmósfera perfecta para nuestra historia,
y en el caso del terror, la atmósfera
no es algo precisamente accesorio ni que podamos
improvisar así como el que no quiere
la cosa. Es tan importante que una buena música
puede colocarnos automáticamente en la
onda de lo que queremos contar, pues captamos
la sensación que queremos producir en
el lector: la misma que esa música produce
en nosotros. Incluso podemos usar esa música
como ambientación, como ya se mencionó
también en otro artículo que hablaba
de ello, aprovecharnos del influjo que puede
provocar sobre nosotros, llegando incluso a
ponernos literalmente los pelos de punta. Ya
saben, escribir terror es el grado máximo
para pasar miedo, porque todo está dirigido
hacia nosotros, hacia nuestro propio interior,
trama, música, y todo lo demás.
Al fin y al cabo, es lógico. Escribimos
para otros, pero también para nosotros
mismos, nuestro primer lector. Si queremos provocar
miedo en los demás, antes de eso deberemos
provocar miedo en nosotros mismos. Somos, lo
queramos o no, las primeras víctimas
de nuestra propia obra.
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No querría acabar
este artículo sin mencionar que
en este género, para nuestra
fortuna, existen muchos y muy buenos
autores de habla hispana. Algunos de
ellos son auténticos genios del
relato corto terrorífico, y han
sabido exprimir y utilizar los clichés
arriba mencionados. No habrá
mejores maestros que ellos, pero antes
que ninguna otra cosa les recomiendo
su lectura no como escritores sino como
meros lectores. Si tuviera que decir
un libro, a título personal,
no me lo pensaría mucho, y mencionaría
la Antología de la literatura
fantástica de Borges, Bioy
Casares y Coampo. No todos los autores
son hispanos, y no todos los relatos
son de terror, pero hay escondidos en
este libro auténticas maravillas
como Casa tomada de Julio Cortázar
o Los cautivos de Longjumeau
de Léon Bloy.
Conviene mencionar
que actualmente el terror es el subgénero
del fantástico que goza de mejor
salud en España y Latinoamérica.
Prueba de ello son autores de gran talento
como Santiago Eximeno
o David
Jasso, y publicaciones de mucha
calidad como Miasma o Historias
Asombrosas. Personalmente no puedo
dejar pasar la ocasión de recomendar
un relato que me pareció auténticamente
magistral, y demuestra que si se posee
suficiente talento se puede crear terror
incluso en un entorno completamente
alejado de la realidad que nos rodea:
El amigo invisible, de José
Miguel Vilar Bou.
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En términos mundiales,
hay muchos, muchísimos autores que recomendar,
por fortuna. De los más clásicos,
es posible que la recomendación más
lógica sería Edgar Allan Poe y
Howard Phillips Lovecraft, y de los actuales,
dos de los más exitosos y que suelen
ser obviados en muchos ensayos acerca del terror
(aún sigo sin entender por qué)
son Ramsey Campbell y Stephen King. Otro excelente
cuentista que domina esta faceta, un aspecto
de su estilo literario que muchos desconocen,
es Ray Bradbury, capaz de mezclar ciencia ficción
y terror de manera más que magistral,
gracias a su habitual prosa poética.
Por último no puedo
dejar pasar la ocasión de poner varios
ejemplos que demuestran que el terror no está
reñido con otros géneros como,
por ejemplo, la ciencia ficción y la
fantasía. En la fantasía, bástese
añadir ejemplos como La casa en el
confín del mundo, de W. H. Hodgson,
que sitúa una extraña y apartada
mansión en alucinantes mundos paralelos
poblados por criaturas infernales que son la
manifestación de los dioses de las culturas
antiguas. En el terreno de la ciencia ficción
escrita, se puede añadir uno de los relatos
más antiguos pero también uno
de los que más miedo ha generado en los
lectores del género: ¿Quién
anda ahí?, de John W. Campbell,
que nos presenta a un ente capaz de asumir cualquier
forma y la lucha de unos científicos
de la Antártida por desenmascararlo antes
de que logre escapar y contamine a toda la humanidad.
Esta aterradora historia fue llevada al cine
por John Carpenter en la película La
Cosa, e imitada en multitud de futuras
ocasiones.
Y con esto llegamos al final.
Comentarios y sugerencias para futuros artículos
son, como siempre, bienvenidas en la dirección
de correo electrónico .
No pasen ni provoquen mucho miedo y hasta la
actualización que viene.
publicado en octubre
de 2008
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