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Desastres soñados, futuros
posibles
Por: Julián Díez
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de ensayos y artículos
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Julio Verne
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Tan antiguos
como los sueños del hombre son sus pesadillas.
Y una de las primeras fue el temor a ser castigado
por la naturaleza a la que intentaba dominar,
y que periódicamente le golpeaba en forma
de sequías o inundaciones. Luego, el
empleo irresponsable de la tecnología
ha incrementado las posibilidades de un desastre
ecológico, y los escritores de ciencia
ficción se encargaron de dar forma racional
a esas pesadillas.
El género del romance
científico tuvo dos padres fundadores,
antes de que la ciencia ficción fuera
conocida como tal: H.G. Wells y Julio Verne.
El segundo confiaba casi ciegamente en las posibilidades
del desarrollo humano, una creencia que le abandonó
al final de su vida. Su obra póstuma,
“El eterno Adán” (1905),
narra cómo se encuentran los restos de
la desaparecida civilización humana tras
un desastre geológico, y su lenta reconstrucción.
Wells, de corte más escéptico
en su visión del futuro, previno sobre
una temible evolución social y ecológica
en caso de que el desarrollo industrial prosiguiera
por el mismo camino. El futuro que dibuja en
La máquina del tiempo (1895)
divide a la raza humana en los oscuros descendientes
del proletariado, los morlocks, y los angelicales
pero inútiles hijos de la burguesía,
los eloi. Otro clásico de la época,
Jack London, se acercó al tema de las
ecocatástrofes con La peste escarlata
(1915), en el que una enfermedad diezma el planeta.
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La primera novela notable puramente
ecológica dentro de la ciencia ficción
posiblemente es Más verde de lo que
pensáis (1947), del estadounidense
Ward Moore. En ella, un herbicida consigue que
las malas hierbas se inmunicen y fortalezcan,
arrasando la civilización humana a su
paso. Otra plaga acaba con la civilización
en La tierra permanece (1951), de George
R. Stewart; una de las mejores novelas de la
historia de la ciencia ficción, que se
centra en la forma en que los supervivientes
afrontan su nuevo futuro. Por su parte, Ray
Bradbury aportó el relato “El ruido
del trueno” (1951), que según el
ensayista especializado en ciencia ficción
Juan Manuel Santiago es «una especulación
brillantísima sobre la responsabilidad
humana en el cambio climático y la modificación
de los ecosistemas, formulada medio siglo antes
de que el concepto “cambio climático”
se pusiese de moda».
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Sin embargo, donde el género de las
ecocatástrofes tendría su mejor
plasmación es en Inglaterra. Buen número
de grandes narradores ingleses de posguerra
escribieron sobre el final de la civilización,
debido casi siempre a errores científicos
que cristalizan en desastres. El escritor
y ensayista Brian W. Aldiss señala
que hay una motivación psicológica
en esa obsesión, lo que ha calificado
como «catástrofes hogareñas»:
por alguna razón, los lectores parecían
disfrutar calentitos en sus hogares, reconstruidos
tras la guerra mundial, leyendo acerca de
hecatombes.
Algunas de esas novelas son extraordinariamente
duras para la época. En La muerte
de la hierba (1956), una plaga de roya
acaba con todos los cultivos, y la civilización
se viene abajo en busca de comida. Los protagonistas
son dos hermanos que no dudarán en
enfrentarse hasta la muerte para conseguir
que los suyos sobrevivan. El día
de los trífidos (1951) presenta
a una humanidad cegada por un fenómeno
astronómico, y que sucumbe ante vegetales
seleccionados genéticamente, convertidos
en depredadores ante la falta de control.
La cumbre del catastrofismo inglés
posiblemente la compongan las novelas escritas
a comienzos de los años sesenta por
J. G. Ballard, en particular El mundo sumergido
(1962) y La sequía (1963). La inundación
debido a las irregularidades solares de la
primera y la escasez de agua de la segunda
dan pie a las reflexiones del autor sobre
la fragilidad de la psique humana en entornos
de pesadilla.
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J. G.
Ballard |
| Los años
sesenta vivieron el nacimiento de la generalización
de las preocupaciones ecológicas, inicialmente
centradas en los movimientos contraculturales,
como el hippismo, pero poco a poco difundidas
al resto de la sociedad. Una de las primeras
cuestiones a debate fue la superpoblación,
plasmada de forma inmejorable en la novela ¡Hagan
sitio! ¡Hagan sitio! (1966), llevada
al cine como Cuando el destino nos alcance
(1973) en una versión algo edulcorada.
Pese a todo, muchos de sus espectadores recordarán
el terrible momento en el que el protagonista,
encarnado por Charlton Heston, descubre que
el alimento básico que se consume en
su mundo está compuesto de restos de
cadáveres. Otra obra curiosa al respecto
es Mundo de día (1971), de Philip
Jose Farmer, en la que se ha optado porque se
duerma por turnos para evitar la congestión
en las calles.
También presenta una
sociedad superpoblada Todos sobre Zanzíbar
(1967), del inglés John Brunner,
si bien este autor ofrecería cinco años
después la que posiblemente sea hasta
hoy la más completa novela sobre desastres
ecológicos, y sin duda un trabajo visionario:
El rebaño ciego (1972). Escrita
a la manera del Manhattan Transfer de
John Dos Passos, presenta a través los
ojos de ciudadanos normales una sociedad futura
en la que el desarrollo económico se
antepone a la evidente decadencia ambiental,
donde nadie puede bañarse en el mar y
hay que circular con mascarillas antipolución.
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Domingo Santos
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También
en los años sesenta, un escritor español
ya publicó relatos admonitorios sobre
los peligros medioambientales, en particular
la contaminación atmosférica.
Domingo Santos (nacido en Barcelona en 1941)
agrupó más adelante los mejores
de ellos en la antología Futuro perfecto.
«De mis cuentos ecológicos,
escogería dos relatos netamente ecologistas
per se: Smog y Encima de las nubes, ambos sobre
la polución y la hipocresía de
los poderes públicos y económicos»,
explica Santos.
Su más reciente novela,
El día del dragón (2007),
incide en esos temas. Además, dirigió
la mejor revista de ciencia ficción española
de la época, Nueva Dimensión,
que en fecha tan temprana como 1973 publicó
un número especial sobre ciencia ficción
y ecología. Como en otras cuestiones
científicas y sociales, los lectores
de este género estuvieron informados
mucho antes que la opinión pública.
Desde entonces, con la ecología
convertida ya en un tema de primer orden, se
han publicado incontables obras al respecto.
La más destacada en un plano literario
es, posiblemente, Las torres del olvido
(1985), del australiano George Turner. Describe
un futuro en el que el cambio climático
ha elevado el nivel de las aguas, desencadenando
el enfrentamiento social entre los ciudadanos
capaces de pagarse un lugar seguro y los que
no.
No mucho después de
su nacimiento, el cine inició el género
de catástrofes. Una película inglesa
de los años 30, Deluge, ya presentaba
el planeta totalmente inundado por una serie
de catástrofes naturales. Sin embargo,
las películas centradas en tema de ecocatástrofes
no llegarían hasta los años setenta,
en particular con Naves misteriosas
(1971). Un hermoso film sobre una nave en que
se guardan las últimas plantas supervivientes,
pero que peca de ingenuidad —el botánico
al cargo tarda toda la película en captar
que se le están muriendo por la falta
de luz solar.
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Blade Runner |
| El mejor retrato
de una sociedad condicionada por la contaminación
quizá es el que subyace a Blade Runner
(1982), con sus cielos permanentemente
encapotados. En la novela original, ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas?
(1966), del que para muchos es el mejor escritor
de ciencia ficción de la historia, Philip
K. Dick, se insiste más en un tema apenas
apuntado en la película: todos los animales
han desaparecido en esa sociedad del futuro,
y se han creado robots sustitutivos. Entre los
filmes recientes con esta temática, puede
citarse El día de mañana
(2004), del alemán Roland Emmerich. En
él, se alteran las corrientes marinas
que moderan las temperaturas del este de los
Estados Unidos a consecuencia del cambio climático,
lo que produce una glaciación.
Una influencia discutible
| Aunque
la ciencia ficción lleve hablando
décadas de los peligros medioambientales,
no está claro que su mensaje haya
tenido un efecto sobre la opinión
pública. Para el escritor Domingo
Santos, «si ha servido para
concienciar, ha sido en una medida muy
pequeña. El hombre de la calle
mantiene una grave contradicción:
arregladme el planeta, dice, pero no me
quitéis todo lo que he conseguido
hasta ahora, no me dejéis sin nevera,
sin televisor, sin coche. En este marco,
la literatura puede ser poco más
que un testimonio.» El ensayista
del género Juan Manuel Santiago
cree, incluso, que estas obras pueden
resultar contraproducentes: «En
cierto modo ejercen el curioso efecto
de tranquilizar conciencias, al presentarnos
unos retratos del futuro tan pesimistas
que podría interpretarse que nos
podemos dar con un canto en los dientes
con el estado actual de las cosas».
La creación de mundos
La ciencia ficción
se ha apoyado también en la ecología
como ciencia para crear mundos verosímiles
que sirvan de escenario a su rama más
lúdica, la aventura espacial. El
ejemplo más conocido es el del
planeta desértico de la novela
(luego llevada al cine por David Lynch)
Dune (1965), creado de manera
concienzuda por su autor, Frank Herbert.
Además de esta obra, Juan Manuel
Santiago destaca El nombre del mundo
es bosque (1973), de Ursula K. Le
Guin, que al igual que Dune “plantea
una especulación muy sólida
acerca de las relaciones entre el ser
humano y el medio ambiente, y presentan
ecosistemas muy elaborados”. También
fueron concebidos planetas cubiertos de
vegetación (Hierba, de Sheri Tepper,
1990), totalmente inundados (A Door
into the Ocean, de Joan Slonczewski,
1986) o dotados de una inteligencia colectiva
propia en un desarrollo de la teoría
de Gaia (Solaris, de Stanislaw
Lem, 1962). Un logro de especial envergadura
es el de la detallada descripción
de la transformación de Marte en
un planeta habitable que lleva a cabo
Kim Stanley Robinson en su llamada “Trilogía
Marciana” (Marte rojo, Marte
verde y Marte azul, 1993-1996).
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publicado en octubre de
2008
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