El
primero, y no en orden de aparición pero
sí por su sentido del humor, es “Pensamiento
caótico”, de José
Ángel Menéndez Lucas. Este relato,
que parece haber inspirado la portada de este
volumen, trata de aventuras en otros planetas;
accidentes en los mismos, historias de amor e
inclusión de criaturas algo particulares.
“Pensamiento caótico”,
narra las peripecias de un investigador que es
de todo menos hábil, y tal vez también
de todo menos pícaro. Éste, la lía
y la relía intentando utilizar (fidelizar)
a una extraña criatura para conseguir llevar
a cabo un experimento, y entre lío y lío,
pone en peligro su vida y la de todo aquel que
lo acompaña, léase revueltas ¿alienígeas?,
encierros varios y demás descalabros. Su
protagonista y, si me apuran, los desvaríos
en los que llega a verse envuelto; el sentido
del humor que se destila de éstos, recuerda
sobremanera al que derrocha la tremendísima
serie Futurama. De lo mejorcito de esta
antología.
Otro grato ejemplo es “El
Felón agujereitor o la teoría del
Big Crunch”, de José Luis
Baños Vegas. Cargado de ironía,
como la mayoría, pero con una pizquita
más que otros, cuenta asimismo con buenos
chistes. Por otra parte, se trata de cifi más
o menos hard, dado que se investigan (y de una
manera verdaderamente amena), las consecuencias
del posible engullimiento por un agujero negro
de nuestra adorada Tierra. El brete en el que
José Luis Baños pone a sus personajes,
tiene su miga. Sí, señor.
El tercero de los ejemplos, “El
evento Ros-Huelitán o… y el ovni
cayó”, de F. G. Hanghenbeck,
vendría a girar en torno al subgénero
denominado como cachava y boina: Ciencia
ficción de la de pueblo. Con raíces.
De esa que nos llega a todos, de la que tiene
gracia por fuerza, no solo por la situación,
sino por lo embrutecido de los personajes.
Otro ejemplo, y se van acabando,
es “Explorando la Tierra”,
de Juan José Tena. Éste, resulta
divertido por el hecho de tratarse de un individuo
perteneciente a una raza alienígena que
aterriza en nuestro planeta dispuesto a investigar.
Para ello, ha de meterse en el pellejo de un humano,
pasando, además de pellejo en pellejo,
de aventura en aventura (sin pies ni cabeza desde
su punto de vista, claro).
Por último, otro de los
más simpáticos es “Un
asunto de huevos”, de Javier Vivanco:
con trío de piratas incluido, haciendo
lo propio para tener cien años de perdón
(ya sabéis el refrán: quien roba
a un ladrón… ¿Podría
pasar lo mismo con los piratas?), con telequinesia
incluida y asuntos de faldas.
Y aquí terminan los ejemplos
de aquello que pudiera hacernos reír. Después,
vienen los que en una tímida medida podrían
hacernos sonreír, pero sobre todo mostrar
las cualidades de sus autores; su ingenio a la
hora de trasladarnos a curiosas historias de ciencia
ficción, con su ración de socarronería,
claro, pero de ahí a que merezcan ser incluidos
en una antología de humor…
Y bien, entre estas historias
está “El día que me
dejó mi mujer”, de Magnus
Dagon. Ésta es una de viajes en el tiempo,
con pizquita de gracia en determinados momentos,
de acuerdo, pero una pizquita muy escasa. Eso
sí, el interés del lector no decae
en ningún momento.
También, entre las curiosidades,
está “Superhéroes”,
de Diana Eguía, otra de las que más
me ha cautivado pero, insisto, no porque tenga
demasiada gracia, sino por la historia en sí
y cómo se desenvuelve Diana como autora:
tres personas son alcanzadas por un rayo y sus
vidas cambian de la noche a la mañana.
Desde luego sarcástica lo es, y peculiar…
Otro ejemplo de curiosidad entrañable
es “El ombligo del mundo”
de Aster Navas Martínez. “El
ombligo…” se nos descuela
con un fenómeno meteorológico que
vuelve rarísima a la gente, incluyendo
a la mujer, eso sí, bigotuda, del protagonista…
Entretenidas también son
“La escabechina”,
de Juan José Castillo, ésta tal
vez con algo más de sentido del humor que
las anteriores, pero sin llegar a destacar demasiado.
Una belleza, pero no chistosa,
es “Planos de divergencia”,
de Claudio Landete Anaya. El autor, le ha dado
aquí la vuelta a los conceptos sobre la
belleza, dejando ésta de serlo para pasar
a ser algo aburrido. Así, un investigador
privado cobarde y patético, se ve envuelto
en un viaje que le llevará a un mundo donde
no se ven las cosas, ni mucho menos, como se ven
en nuestra sociedad…
También singulares son
“Los invasores”,
de Gutavo Estoris y “El embarazo
de Carlitos”, de Julio César
Orga. La primera sobre un auténtico paranoico
que ¿cree, o es cierto?, que somos invadidos
por extraterrestres, y la segunda ya lo dice su
título, así que no desvelaré
más.
“Bye, bye, Plutón”,
de Elsa Kleiser, “Cosquillas virtuales”,
de Ángel Larena y “Las penas
del joven Faustino” de José
Javier Bataller, son sencillamente entrañables.
De esas historias de perdedores (en alguna más
perdedores que en otras); incluyendo experimentos
científicos… no todos demasiado ortodoxos…
Por último, “¡Me
parece que vi un lindo extraterrestrito!”,
de Diego Darío López Mera, es más
adecuado para una antología Halloweeniana,
con un toque de humor, eso sí, pero con
tintes terroríficos (y tampoco demasiados)
al más puro estilo gremlin.
Para finalizar, incidir en que
ya sabemos que hacer reír es difícil,
no sé si más o menos que aterrorizar
a la gente, pero, en vista de toda la literatura
de terror que existe, y lo que mucha de ésta
consigue despertar en el lector, es posible que
el primer género, o no esté muy
trabajado aún, o sea algo más complicado.
De todos modos, sea como fuere, siempre es un
placer investigar y compartir un proyecto como
el que Libro
Andrómeda pone en nuestras manos. Otras
antologías han resultado y seguro resultarán
más redondas que esta, entre tanto, contando
con los relatos de este volumen dieciséis
o sin ellos, sonriamos y miremos a los asteroides
porque, al fin y al cabo, la ciencia ficción
no ha parado tampoco aquí. Eso seguro.
publicado en octubre
de 2008 |