El
rebaño ciego, ya lo adelanta su introducción
(magnífica, brillante, de David Brin),
junto con otras tres de sus (imperecederas) novelas;
Órbita inestable, Todos sobre
Zanzíbar y El jinete de la onda
de choque, forman un compendio imprescindible
para todo aquel que se tenga por ser humano; todo
aquel preocupado por cuanto le rodea, con los
ojos abiertos y consciente de la transformación
de nuestro paisaje, de nuestras costumbres y estilo
de vida; de nuestros excesos y la escasez de respeto...
John Brunner, siempre lo deja
claro, es un maestro de la literatura de ciencia
ficción pero, ¿es por encima de
ello un ecologista nato? Quién sabe. Personalmente,
sería incapaz de medir si es más
de una cosa que de la otra; pero lo que está
claro es que es un maestro en ambas, ¿lides?
Como narrador, tal vez lleve algo más de
retraso, pero no por ello menos constancia. Como
ecologista, dicen, es posible que empezara a serlo
a partir de los seis años (la semillita
quedó ahí), cuando cayó en
sus manos la famosa La guerra de los mundos…
Y sobre la constancia de esta última actividad,
parece que cuando empezó a ser consciente
de los problemas de la sociedad, nunca más
dejó de verlos y luchó por ellos
dentro y fuera de sus libros.
En cuanto a El rebaño
ciego, se trata de un rapapolvo mayúsculo:
un dilatador de ojos, de mente, a gran escala,
y cumple su cometido a sangre fría, sin
anestesia, a lo vivo…
Aunque el comienzo de su lectura
es algo costosa (al menos para mí), por
aquello de que salta de un personaje a otro en
un plis, y de estos, sus personajes,
hay un buen número; pero también
debido en gran medida a su “formato”
a la hora de ponernos en antecedentes, ofreciéndonos
situaciones que aparentemente no están
entretejidas (solo sucede al principio), que podrían
parecer en aquellos años más inverosímiles
de lo que en realidad han llegado a ser, como
digo, por todo esto, y sumándole siempre
su imperecedera sinceridad, sarcasmo y verosimilitud,
el comienzo de la historia se hace un tanto dificultoso.
Eso sí, rápidamente, una vez la
mente del lector se ha acostumbrado a saltar de
un escandaloso anuncio publicitario a la visión
del mundo a través de una de las múltiples
personalidades, familiarizado ya con cada vida,
situación, y la configuración de
la sociedad de Brunner (preocupantemente parecida
a la nuestra), la lectura llega a convertirse
en una actividad adictiva. Asimismo y, a pesar
del grosor del libro, uno no desespera salvo por
lo que éste airea: la verdad de lo que
ya estamos viviendo. Y es que precisamente una
de las cosas que más llaman la atención
de El rebaño ciego es que, salvo
por no haber llegado aún a una situación
tan extrema, ésta no parece venida del
mundo de la ciencia ficción.
Desgraciadamente, aquella sociedad
que describió Brunner en los setenta, es
tan similar a la nuestra… estamos tan abocados
a ese desastre que, en última instancia,
se termina precipitando sobre la humanidad también
en la novela y, más concretamente, sobre
el pueblo americano (entre otros).
El rebaño ciego es,
en cierto modo, una sátira en toda regla;
pero también una gigantesca advertencia
venida de la mente de un profeta. ¿Cómo
es posible que pudiera medir los desastres con
tanta exactitud? Cierto, aquellos que El rebaño
ciego nos presenta, están exagerados
hasta llegar al extremo de la locura, del cataclismo…
Pero, por otra parte, y, de seguir así…
tiempo al tiempo.
El rebaño ciego
nos habla de aquello que las grandes potencias,
la industria en general, el avance desmedido,
están haciendo con nuestro medio ambiente:
con nosotros, con nuestros cuerpos. El rebaño
ciego es una gigantesca advertencia. Pone
de manifiesto hasta dónde podemos llegar
a sufrir si seguimos comportándonos como
hasta ahora: comiendo lo que comemos, respirando
lo que respiramos.
En sus páginas, el horror
se precipita en cada coma, en cada punto y seguido…
Los bebés, los que nacen, lo hacen con
malformaciones. Las mujeres, ya ni siquiera tienen
ilusión por traer descendencia pero, ¿cómo
iban a tenerla? Los niños, los nacidos,
mueren de enfermedades ya erradicadas y de otras
que han tomado dimensiones desproporcionadas.
La esperanza de vida en general ha disminuido
considerablemente y, de entre todos los países,
en Estados Unidos, casi donde más…
Las trastornos de todo tipo están a la
orden del día, al mismo tiempo que, la
sociedad de Brunner, paga incluso por respirar,
dado que ya ni eso se puede hacer en condiciones.
Salir a la calle es toda una odisea: se precisan
máscaras que a penas filtran durante una
hora…
John Brunner reproduce una situación
extrema por medio de un número de personajes
que van desde las altas esferas a las más
bajas, sacando a relucir otros aspectos de nuestra
sociedad, tan usuales y alarmantes, como son el
racismo y la intolerancia en general.
También, como ocurre
en toda historia que se precie, hay un cabeza
de turco, o un héroe, según se mire,
que es quien pone patas arriba las mentes del
pueblo. El presidente de los Estados Unidos, por
otra parte, es un títere más que
cubre las espaldas de los auténticos asesinos,
mientras que las víctimas… las víctimas
somos todos.
Pero, tanto más hay en
El rebaño ciego, y todo ello descrito
con esa exacerbada naturalidad, verosimilitud...
Y ahora, solo me queda dejar
una pequeña muestra de toda esa naturalidad
y verosimilitud que digo: Hay quien dice que somos
lo que comemos, en El rebaño ciego,
John Brunner simplemente dice: "Somos
lo que tenemos que comer".
Bien, pues ahí queda
eso.
publicado en diciembre
de 2007
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