No obstante y, a pesar de sentirme deslumbrada
por ese comienzo en el que uno de los personajes
principales despacha fuerza y morbosidad a partes
iguales; en esa situación que se desprende:
un mundo caótico, rebosante de resquemor
e incertidumbre, donde una poderosa potencia
ha caído y otra ha tomado el poder utilizando
quién sabe qué artimañas,
donde, insisto, este individuo misterioso aparece
en el peor de los momentos buscando a alguien
que aparentemente no viene a cuento, la trama
empieza a desvirtuarse a pasos agigantados…
y lo hace a partir del momento en que ya ubicamos
a la mayoría de los personajes principales
y éstos llegan al planeta Nargal.
Cierto es que Andrés Díaz maneja
la narrativa como le place, y la Space Opera,
para más señas, como le da la
gana, pero tal vez ese pequeño resumen
y mi propia imaginativa crearon desde el principio
unas expectativas que, finalmente, no han terminado
cumpliéndose.
Pero no me malinterpretéis. En El
Imperio contra Dios, encontraremos aventura
a espuertas (de esto no falta en casi ningún
momento); pasaremos de las situaciones más
trekkies, a las más heinlianas,
acercándonos incluso por la mente del
ilustre Verne. No faltarán naves de magníficas
configuraciones insectívoras, entre otras,
capaces de mil y una virguerías; también
nos toparemos con criaturas de las más
diversas formas y creencias (en esto, en la
descripción e invención de formas
de vida muy diferentes entre sí, es Andrés
diestro autor). Hay venganzas, fuego y cabriolas
estelares. Una huída constante y un asedio
que no para de estresar, pero aun así,
El Imperio contra Dios no deja de beber
de todas las fuentes conocidas, con momentos
maravillosos, por supuesto, pero con una filosofía
general que no termina de convencer si lo que
se busca es algo más que aventura y aventura.
Los personajes, a diferencia de la novela del
mismo autor: El
camino del acero, la mayoría
son poco representativos, simples herramientas
que sirven de guía a la historia. Los
diálogos, tremendamente explicativos,
a veces resultan un tanto pueriles, dado que
orientan demasiado al lector. También,
encontramos constantes peripecias que en la
mayor parte del tiempo estarán demasiado
masticadas… y tal vez todo esto le reste
credibilidad.
Aun así, insisto en que si lo que se
quiere es pasar unas cuantas horas entretenidas,
dejando que la tecnología punta ribetee
muchos de nuestros momentos; insólitas
criaturas se manifiesten de mil y una formas
(revelándonos diversas y exóticas
morfologías, filosofías y costumbres),
donde además observemos qué se
desprende del enfrentamiento entre dos poderosas
culturas: una de ellas federativa, la otra religiosa
y, a veces, al más puro estilo borg (de
lo más llamativo es la diferencia entre
sus sexos, cuatro son estos: el masculino estéril
guerrero. El femenino estéril obrero.
El masculino fértil y el femenino fértil
(las sacerdotisas)), reitero que esta es una
buena opción.
Desde luego aquí se dan cita la más
pura Space Opera junto a la aventura continuada,
por lo tanto, el entretenimiento (por el puro
entretenimiento) está más que
asegurado.
publicado
en febrero de 2008