Pero
así es, amigas y amigos, estas dieciocho
historias analizadas en su conjunto, ese núcleo
compuesto por vidas cercanas, por personas que
son de carne y hueso aun dentro del papel, son
bellas. Bellísimas. Y precisamente por
ello y, conociendo como creo toda la obra del
autor, aún no sé si esto es del
todo mérito suyo o lo es de su seleccionador.
Me explico. Pensar como yo hice en un primer momento
que todo lo que «Bebés jugando
con cuchillos» encierra es lo que
su portada parece indicar; niños sádicos
dispuestos a aterrorizarnos, o bien bebés
inocentes que han de terminar defendiéndose,
esperar algo así, sinceramente y una vez
leída dicha antología, es esperar
demasiado poco. Una selección como la que
yo imaginaba, sería espeluznante, por supuesto,
pero también representaría un compendio
de historias venidas de la mente poco comprometida;
una mente que solo pretende escandalizar, aterrorizar,
sin ir más allá, buscando únicamente
el lado morboso, utilizando al mismo tiempo lo
que para algunos puede ser lo más puro,
lo más sagrado.
No obstante la antología
editada por Grupo
A.J.E.C. es mucho más
espeluznante que todo eso, porque haber historias
sobre infantes que han de defenderse, entendedme,
las hay. Pero no todo aquí es terror puro;
gore sin ton ni son y, cierto, aunque Santiago
Eximeno es el artífice de todo ello,
bien es cierto que su conjunto, ese recorrido
literario del que hablaba al principio, está
seleccionado de tal modo que no solo somos incapaces
de observar una evolución en las historias
o incluso sentimientos del autor: desde el comienzo,
desde sus primeras historias (reescritas para
llegar al nivel narrativo actual de Eximeno),
el autor ha evolucionado.
Y voy más allá.
Eximeno tiene en su haber historias de todo tipo;
de esas que no entiendes leyéndolas ni
del derecho ni del revés, gore sin ton
ni son, no obstante en «Bebés
jugando con cuchillos» hay más,
mucho más. Belleza por la autenticidad.
Belleza por la proximidad. Esto es lo que realmente
termina transformando a la mayor parte de sus
historias en algo que asusta (siempre), aun cuando
en ocasiones no se trate de terror puro: vuelvo
a sus personajes, maravillosos en la mayoría
de las ocasiones. Sus vivencias. Sus pensamientos.
Sus miedos, que podrían ser los nuestros.
Todo resulta cercano, muy humano, y por tanto
cobra una fuerza increíble, por eso mismo
nos tiene que aterrorizar a la fuerza.
Y una vez hecho el intento de
describir esta maravilla, ésta joya de
la que he disfrutado de principio a fin, este
tesoro que termina siendo «Bebés
jugando con cuchillos», me explayaré
un poco más adelantando otro de sus puntos
fuertes: la melancolía que destilan sus
historias, de la primera a la última; todo
«Bebés jugando con cuchillos».
También es sobresaliente el trato que les
da Eximeno, un autor aun muy joven, un trato perfectamente
coherente, a esos personajes suyos que ya viven
cercanos o bien entrada la tercera edad. Maravilloso…
esto me agradó y llamó mi atención
sobremanera. De todos los signos, es el más
llamativo.
Por lo tanto, «Bebés
jugando con cuchillos» es hermoso,
y esa hermosura está tejida mediante alguna
mente que roba sus vivencias a otras. También
se teje descubriendo mundos en los que ya nada
importa, salvo alimentar el morbo de los unos
hacia los otros, llevando este deseo enfermizo
hasta límites insospechados. Se entrelaza
con la melancolía de un deseo; salir de
nuestro planeta en el ocaso de una vida, o incluso
comprando obsequios en mercados fantasmas allá
en pueblos malditos. Por otra parte, continua
haciéndolo a través de figuritas
de papel que cobran vida y son crueles, muy crueles…
o instruyéndonos sobre qué decisiones
tomar al enfrentarnos a la muerte de un ser querido;
qué hacer con el cuerpo… nimiedades,
tonterías que nos pondrán los pelos
de punta. También se tejerá esa
hermosura de la que os hablaba relatándonos
la historia de una pequeña que no puede
abrazar, no puede besar, pues está limitada
por una deformidad que hace daño tanto
a los que la rodean como a ella misma. Habrá
belleza, mucha belleza extraída del sabor
de la miel, de ese ser que alimenta y asimila
a los seres humanos por medio de este rico alimento.
Pero también estarán aquellos monstruos
asustados de otros monstruos… ellos también
tejerán, al igual que los seres humanos
manipulados en Santuario prestos a luchar contra
aquella otra raza asesina de la nuestra. Pero
hay más tejedores, algunos, consiguen librarse
de aquellos otros que vienen en su busca precisamente
porque ha llegado la hora de abandonar esta vida.
Asimismo tejen una oscura belleza el testigo de
un atropello y la víctima, que lo castiga
una y otra vez. O incluso los que desaparecen
utilizando las cuerdas; una inquietante distracción
que casi deshumaniza a sus usuarios, los hipnotiza,
los aficiona para después… hacer
posible que la belleza llegue a través
de la presencia de un exorcista, justo cuando
éste regresa a un pueblo permanentemente
condenado. De éste, pasaremos a otro ubicado
allá en el lejano oeste, plagado de muertos
vivientes. Casi por último, esa belleza
será plasmada en diversas instantáneas;
grotescas, demenciales, trasladándonos
a la última parada de «Bebés
jugando con cuchillos»; una parada
que es denominada «Huerto de cruces».
Aquí, están sembradas o mejor aún,
sentenciadas las vidas de los habitantes de otro
pueblo desgraciado, aunque el horror no puede
quedar confinado en él.
Bellísima: «Bebés
jugando con cuchillos», toda ella.
Pero no sé si lo he dejado lo suficientemente
claro. Aun así, lo intenté.
publicado en enero
de 2009 |