Ciertamente,
este es otro de los puntos donde reside el atractivo
de La bala de la nada;
el encontrarnos con muy diversos y extraños
individuos, y también con sus particulares
cualidades psi. De hecho y, sin ir más
lejos, el cadáver conseguía que
aquellos que lo rodeaban le estimaran así
sin más. Nadie era capaz de odiarle, sin
embargo…
Y es que suena muy bien eso de
tener poderes psi, pero también hay que
saber controlarlos, cosa que sabe, a duras penas,
nuestro entrañable Tem. Éste, vive
constantemente entre los pros y los contras de
ser más bien invisible. Es positivo para
su misión; es capaz de husmear allá
donde quiera. Pero a la hora de interrogar a sus
víctimas… eso ya es otra historia.
Y muy entretenida para el lector, por cierto,
observar cómo se las tiene que
arreglar este desgraciado individuo para llamar
la atención y procurar que la gente no
se olvide de él incluso delante de sus
propias narices.
Asimismo, la historia es peculiar
porque, se podría decir, el mismo Tem aprende
a ser detective sobre la marcha. No es torpe,
no es inepto, sencillamente no tiene experiencia
y se guía únicamente de instinto
y de las lecturas de otros que en la ficción
sí son verdaderos detectives.
Además, La
bala de la nada está granada
de otros personajes también atractivos:
aquella mujer que lo contrata, la hermana de la
víctima. Científicos, incluso la
exótica y coqueta Inteligencia Artificial
de Tem: Gloria.
Por otra parte, no podemos olvidarnos
de ese París perfumado de misticismo (parecen
salir sectas hasta de debajo de las piedras);
un mundo donde no existen las guerras, ni prácticamente
la violencia.
La bala de la nada
es una aventura semiopiácea,
donde prima la espiritualidad, los avances científicos,
la conspiración y la intriga. No se trata
una de esas historias de las que quedas prendado
y cuesta dejar de pensar en ella, eso tampoco,
pero sí que es cierto que te ayuda a pasar
momentos curiosos, y te introduce en el, a veces
espeluznante mundo de las sectas y los poderes
psi.
Para finalizar, Roland C. Wagner
lo hace a través del relato «Si
él no viviera» que, si no
fuera porque se aprecia por un apunte al abrir
el volumen, cualquiera diría que sencillamente
es la continuación-final de todo lo anterior.
Muy apto. Un futuro muy misterioso
para este París que Wagner nos describe.
publicado en
noviembre de 2008
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