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Bajo
el poético título El niño
que bailaba bajo la luna, tenemos un
trabajo que, una vez terminada su lectura y siendo
muy, pero que muy objetiva, podría decir
que damos de lleno con un cuento de misterio al
uso. Lógicamente no diré por qué
ni en qué podría resumirse, pero
así es. No obstante, dejando a un lado
ese lado escrupuloso, quisquilloso, cuadriculado,
que cualquiera podría mostrar en modo-crítico
en un momento dado, nos encontramos con un trabajo
innovador y distinto en muchos sentidos. El primero
de ellos, y salta a la vista, es el formato de
este entrañable cuento de terror: su novedoso
formato es la impresión en papel de plástico,
con lo que tendríamos una bella y oscura
historia que, además, no se arruga, no
se mancha… Una maravilla vaya.
Asimismo, la historia del, por
otra parte, excelente narrador Juan Laguna Edroso,
está traducida al francés, con lo
que aquellos amantes del idioma gabacho podrán
disfrutar de lo lindo leyendo a la par esta otra
versión.
También cabe destacar
el excelente trabajo del ilustrador Jean Gilbert
Cap que, si bien no aparenta querer plasmar destello
alguno de belleza, si es cierto que ha sabido
ser un excelente seguidor del principito de la
oscuridad. Jean Gilbert Cap es, en definitiva,
un simpar plasmador de esa oscuridad, melancolía
y tristeza que el pequeño protagonista
de esta historia de plástico irremediablemente
siente.
Por último… ¿por
último?, indicar la manera tan exquisita
en que Juan Laguna Edroso ha sabido transmitirnos
el mundo nocturno de un chiquillo tan encantador
como travieso; su soledad, su incertidumbre…
En el fondo, sus buenos deseos y sus inquietudes.
Y es que esto es precisamente lo que más
brilla dentro de tanta negrura: la credibilidad
de los pensamientos infantiles de esta historia
morbosa y sobrenatural, además de sus actos,
que son perfectamente acordes a cualquier infante
de la edad de este solitario bailarín de
la noche.
Por otra parte, la oscuridad
que transmite Juan Laguna Edroso es una encantadora
oscuridad poética, sentimental, bella…
y ésta, por supuesto atrapa al lector,
lo hipnotiza, lo envuelve (como debe ser), de
soledad y ternura.
Por lo tanto, ¿se le puede
pedir más a esta breve oscuridad plastificada?
Yo creo que no y, sinceramente, perdérsela,
siendo un amante del morbo, la melancolía
y lo gótico, incluso de las ideas novedosas
como es este novísimo formato, sería
toda una locura: una oscura y siniestra locura.
publicado en
noviembre de 2008
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