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“Adolfo
y sus monstruos”, por otra parte,
está presentado como un cuaderno de fantasía,
e incluso de terror, donde podremos disfrutar
de la exasperada imaginación de un niño;
de su mundo interior y, puede, incluso exterior.
Pero sin lugar a dudas, el formato
de la historia es lo que más llama la atención.
Y es que es tremendamente original…
Como digo, se trata de un universo
presentado a modo de cuaderno infantil (fotocopiado):
apaisado, ilustrado de cabo a rabo, e incluso
escrito a mano; con sus rayitas y margen incluidos:
como en los cuadernos de verdad, vaya. ¡Y
qué letra tan bonita y cuidada! (¿Será
un formato a modo de escritura manual? Desde luego
nada tiene que ver con la de la portada, por otra
parte mucho más creíble...)
Es bello, muy bello. Cumpla
éste nuestras expectativas o no, desde
luego es un magnífico regalo para la vista.
Ahora bien, volviendo a las expectativas,
desde luego “Adolfo y sus monstruos”
sobre la imaginativa y la belleza, a cerca de
la fantasía y la onírica, es muy
superior. La narración también es
hermosa, aun cuando su forma de expresarse en
ocasiones llegue a ser un poco más adulta
de lo esperado: aun así, es extraordinaria
tanto por el nivel de detalle como por el mundo
que visualiza el pequeño protagonista:
oscuro, enfermizo, deformado, pero con un toque
de magia positiva, siempre ingenua, que es lo
que en definitiva más lo refuerza.
Así las cosas, y tal
y como decía, si lo que se espera es terror
puro (yo así lo hacía), desde luego
no se va a encontrar, a no ser que una servidora
haya perdido la capacidad de asustarse fácilmente
(cosa que dudo).
Pero, ¿por qué?
¿Por qué esperar aterrorizarse por
medio de un libro infantil?
Para empezar, por esto:
Cuatro esquinitas
tiene mi cama,
y hay cuatro monstruos
que de noche me aguardan
El de mi izquierda,
con su modo de reír,
siempre provoca
que me haga pipí.
Dos a mis pies
que me vigilan,
ellos no ríen sólo me miran
Maldicen mis sueños
con canciones extrañas
que hablan de ratas,
serpientes y arañas
Si nos ponemos en el pellejo
de aquel niño que éramos; en la
mente de aquel o aquella que hace años
aún mojaba la cama, entonces llegaremos
a la conclusión de que la poesía
se las trae…También, por la imagen
que transmite en sí el cuaderno. Todo él,
tras una rápida ojeada, se muestra lúgubre,
deteriorado, viejo. Asimismo, el lector es informado
de que va leer las notas de un niño que
está muerto: su diario de un año
atrás hasta la fecha de su muerte. Por
lo tanto, ¿no son estas causas más
que suficientes para pensar que se va a leer terror?
No obstante, esta preciosidad
-entretenida e ingeniosa: un albergue de lo más
adecuado para la imaginación de niños
y grandes-, no supera salvo el listón de
la fantasía. Por tanto e, insisto, si lo
que se espera es disfrutar de los pensamientos
y visualizaciones (nada corrientes) de un infante,
rodeado de esclarecedoras ilustraciones: entretenimiento
puro y duro, “Adolfo y sus monstruos”
es el volumen adecuado. Pero si por el contrario
se busca terror, e, insisto, a no ser que yo haya
perdido esa capacidad de asustarme, “Adolfo
y sus monstruos” no es el libro
más adecuado. Aunque, bien mirado, tal
vez Joaquín solo busque el terror infantil,
en cuyo caso no puedo opinar sino del lado fantástico
de, repito, este maravilloso regalo visual: esta
siempre agradable experiencia, una experiencia
cargada asimismo de amistad y cariño, lo
que siempre es humano y bello, a pesar de los
monstruos que nos rodeen.
Y ahora que lo pienso, ¿es
que hay algo más terrorífico que
descubrir la soledad?: ¿las espaldas de
tus amigos, sean estas feas y deformes? ¿La
propia inadaptación al mundo que nos rodea?
Ciertamente, me he debido confundir.
Seguramente si uno toma tal cual la lectura de
“Adolfo y sus monstruos”,
sin géneros preconcebidos, extrayendo asimismo
su lado más infantil, se deleitará
en las aberraciones imaginadas por la mente de
este niño, llegando a una certera conclusión:
qué bella y efímera fantasía
oscura es este cuadernillo póstumo.
Así es, con susto o sin
él, cuánto lo he disfrutado.
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