| Una noche más
el olor a salitre se mezclaba con el hedor a pescado
muerto, componiendo una fragancia que golpearía
a cualquier recién llegado como un puñetazo
en el pecho. Las prostitutas se exhibían bajo
capas de maquillaje a lo largo de la única calle
pavimentada de aquel rincón de la ciudad, algunos
individuos de profesiones inciertas ponían precio
a vidas ajenas. Las farolas de gas dibujaban sombras
profusas que servían de escondite a los jóvenes
rateros, cuando se aburrían tiraban piedras a
un loco que corría gritando algo ininteligible,
algo acerca de un final. Y en la orilla, agarrada a
una barcaza varada en la arena, una joven desnuda y
muda contemplaba desesperada el mundo que ahora era
suyo, intentando mantenerse en equilibrio sobre sus
piernas recién adquiridas.
-¿Te pasa algo, preciosa? -un
marinero con la piel cuarteada decidió acercarse
a la muchacha con curiosidad y un poquito de lascivia,
las putas ya no sabían qué inventarse
para llamar la atención-. Se te va a pasar la
noche al lado del agua y por la mañana todos
iremos demasiados borrachos como para hacer negocios.
¿No contestas? ¿Acaso te robó la
lengua la Bruja del Mar?
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