| Deberías estar muerto y
lo sabes, la muy zorra ha disparado directamente al corazón.
Al abrir la camisa despacio, casi con temor, observas la carne
gimiendo en una pequeña circunferencia poco mayor que el
calibre de la bala. Casi no hay sangre, tras las primeras gotas
empezó a brotar de la herida un líquido transparente
más denso que el agua que se diluye con la pólvora
dejando un reguero gris en tu pecho. Ella sigue en pie, mirándote
con los ojos ahogados en lágrimas: sin duda cree que agonizas.
Qué inocencia, ahora tendrás que alzarte, sonreír
y tras aceptar tu destino acercarte con paso firme a la mujer
que todavía sostiene el arma. Ya sabes lo que dirás:
"¡bang! ¡bang! ¡sorpresa! acabo de descubrir
que soy uno de ellos".
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