| Cometió el error
de mirarla a los ojos.
Christopher se quedó petrificado,
suspendido en el aire con una mano pegada al cristal.
Abrió la boca, pero comprendió que no
iba a ser capaz de pronunciar una sola palabra.
Sus ojos lo miraban fijamente. No
había miedo en ellos, ni sorpresa, ni siquiera
recelo. Sólo...
Fascinación. Brillando en sus
pupilas, en el rostro joven. Realmente joven.
Chris se apartó de la ventana
y se zambulló en el aire, la sangre martilleando
en sus oídos, girando tan vertiginosamente como
los pensamientos en su cabeza.
-¿Por qué te fuiste?
-inquirió Josh frunciendo el ceño-.
Ya era tuya, Chris. Una mirada y te habría invitado
a pasar hasta su dormitorio.
-No lo sé. -Chris
se pasó la mano por el pelo revuelto-.
La vi allí, mirando por la ventana, y ella...
me miró.
Josh sonrió.
-De eso se trata, ¿sabes...?
-comentó, posando los pies sobre la mesa-.
Te miran, les cuentas un cuento y te dejan entrar. Creía
que después de tantos años ya lo habrías
aprendido.
Chris sacudió la cabeza. Todavía
podía ver los ojos de ella clavados en los suyos,
la mirada que le había dejado sin palabras por
primera vez en su dilatada existencia.
-Sólo pensar en hacerlo
-murmuró- me pareció... obsceno.
Me sentí sucio. Y a la vez...
Josh se incorporó y enarcó
una ceja. Chris calló. Confuso, se sentó
en la silla y apoyó los codos sobre la mesa.
-¿Y a la vez?
-preguntó Josh con voz suave.
¿Y a la vez qué? Chris
dejó caer la cabeza sobre las manos. Atraído.
Fascinado. Sus ojos...
Josh soltó una risita traviesa.
-Así es como yo lo veo,
muchacho -dijo en tono casual-. Hay tres
tipos de humanos, ¿vale? Están los que
sirven de alimento -enumeró-. Bastante
tienen con que los toquemos una vez -añadió
con desprecio-. Están los que nos gustan:
ésos están ricos... -se relamió
con fruición-. Y están los que nos
gustan mucho. -Y miró directamente a Chris
a los ojos-. Tanto, que llegamos a ofrecerles
lo único que realmente poseemos. Esta vida.
Chris asintió, ausente.
-¿De qué tipo es
ella? -inquirió Josh, reclinándose
en la silla y estudiándolo detenidamente.
¿De qué tipo es?
Una noche más, Chris se encaramó al alfeizar
y escudriñó el interior de la vivienda.
De ninguno. Ella era... ella.
Le gustaba subir hasta su ventana
y observarla mientras dormía. La penumbra del
dormitorio ejercía sobre él un poder sedante;
la respiración acompasada, los párpados
cerrados, la boca entreabierta de ella le aceleraban
el corazón. Le gustaba su nariz recta, la piel
suave, las pequeñas pinceladas de sombra que
las pestañas proyectaban sobre sus mejillas.
Le gustaba su rostro de niña, que apoyaba al
dormir sobre el brazo levantado. Le gustaba la curva
de su cuello, la vena que palpitaba justo encima del
hueco de la clavícula.
Pero, pese a que sabía que era
lo más sencillo para conseguir lo que quería,
no podía pensar en alimentarse de ella.
-¿Significa eso que es
del tercer tipo? -caviló mientras se acomodaba
en el estrecho reborde de ladrillo.
La sangre, que tan perezosa había
penetrado en su cuerpo horas antes, bullía en
su interior como si hirviera.
A veces se sorprendía sintiéndose
inexplicablemente débil. La luz de las farolas,
los faros de los coches le dañaban los ojos y
le hacían desear acurrucarse en un rincón
y llamar a Josh a gritos. Pero, pese a su confusión,
en los diez siglos que llevaba viviendo jamás
se había sentido tan vivo. Nunca había
sido todo tan sencillo, ni Chris tan fuerte. La sangre
nunca había sido tan deliciosa, los humanos tan
fáciles de cazar. Y la noche nunca había
sido tan atractiva. El olor del mar, de las flores,
de la sangre; los guiños de las estrellas, que
titilaban tratando de llamar su atención, peleándose
entre ellas por una mirada suya; los inútiles
forcejeos de sus presas, los gritos, el suspiro con
el que aceptaban la derrota... Y siempre, antes del
amanecer, regresaba a su ventana y la observaba, deseando
y a la vez temiendo que abriese los ojos y lo mirase.
Sentado en el alfeizar con las piernas
colgando sobre el vacío, Chris recorrió
con los ojos la silueta dibujada por las sábanas.
No pudo evitar sonreír. Si Josh supiera que,
en vez de buscar la forma de ser invitado a entrar para
buscar la espada, pasaba las noches recreándose
en la contemplación de su cuerpo dormido...
-Eres un depredador. ¿Quieres
hacer el favor de portarte como tal?
Chris lo miró fríamente.
-No creo haberte dado motivo en estos últimos
mil años para creer que no sé lo que soy.
-Pues mira, últimamente
pareces haberlo olvidado -gruñó
Josh-. Espiando por su ventana como un tuno borracho...
-Sólo estoy esperando.
-Asintió cuando Josh alzó la botella
de vino. Su cuerpo no admitía el licor, pero
le gustaba jugar con él, mirarlo, olerlo, saborearlo
sin tragarlo-. Tiene que invitarme para que pueda
entrar. Y la espada está dentro.
Josh le tendió la copa con
un gesto elegante. -¿Pero es la espada
lo que echas de menos? -inquirió con una
mirada penetrante-. ¿O la humanidad que
perdiste con ella?
-La espada -respondió
él, y sacó la lengua en un gesto de fastidio-.
La humanidad siempre me ha importado un carajo.
Josh sonrió. -La tuya. La de los demás
prefieres bebértela.
-Yo no lo habría expresado
mejor -rió Chris.
Era su espada. La espada con la que,
mil años atrás, un hombre llamado Krisztian
había emprendido la caza de un monstruo más,
uno de tantos.
-No os enfrentéis con
él de noche, señor caballero -había
suplicado el voievod, el príncipe de
aquella agreste región encerrada entre montañas-.
Esperad a que salga el sol.
Krisztian lo había mirado con
desprecio desde su montura. El reflejo de la luna llena
jugaba en el peto bruñido de su armadura, deslumbrando
al voievod.
-No hay honor en atacar a un
adversario dormido -contestó-. Me
he enfrentado a un dragón, a un basilisco, a
una quimera, todos bien despiertos. No voy a esperar
a que este monstruo esté indefenso. No habría
honor en esa victoria.
Suspiró. Qué estúpido
era entonces, qué imprudente. Con qué
alegría había cabalgado en dirección
a la muerte. Con qué frialdad se había
encarado con el monstruo, con qué soberbia le
había conminado a rendirse.
Con qué facilidad le había
desarmado el monstruo, con cuánta burla lo había
mirado, con aquella horrenda sonrisa que dejaba al descubierto
los afilados colmillos. Con cuánta rabia había
esperado Chris la muerte, devolviéndole la mirada
sin parpadear, con el filo de su propia espada en la
garganta.
La muerte había llegado, aunque
no hubiera sido como la esperaba. Y la espada... La
espada había sido destruida.
O eso había creído entonces.
Hasta que la vio en aquella fotografía, guiñándole
el ojo desde la vitrina de cristal, justo encima de
la imagen sonriente de ella.
Apoyó la cabeza en el vidrio
de la ventana y la miró una vez más. Dormida
parecía una niña inocente. Qué
despreocupadamente se entregaba al sueño, sin
saber que había un monstruo encaramado en su
alféizar. Qué fácil era olvidar
quién era. Y, sin embargo, no podía imaginar
que pudiera haber alguien más regio que ella.
Descendiente de una de las más antiguas familias
de Transilvania, que más adelante gobernó
también Valaquia, decía la revista bajo
una de las fotos del reportaje, la última de
los Tsepesh vive en la actualidad en un piso que ella
misma ha decorado... Sonrió. Antaño
las princesas no decoraban sus palacios, ni desvelaban
sus secretos a las revistas que las plebeyas leían
en la peluquería. Se descubrió imaginando
cómo sería acariciarle la mejilla, el
tacto de la piel cálida bajo los dedos.
-Sé quién eres.
El suave murmullo lo sorprendió
tanto que estuvo a punto de volver a dejarse caer al
vacío.
-Lo que eres -añadió
ella. No había abierto los ojos, pero sus labios
se habían curvado en una leve sonrisa. Se estiró
bajo las sábanas como un gato y parpadeó.
Chris se quedó sin aliento cuando sus ojos se
abrieron y se clavaron en los suyos-. ¿Por
qué no entras?
Una invitación. Tardó
un instante en comprenderlo. Aturdido, dio un breve
empujón al cristal. La ventana se abrió
con un crujido.
-¿Por qué estás
aquí? -preguntó ella. Lo miraba
directamente a los ojos, sin demostrar sentir algo que
no fuera curiosidad. Iren. El nombre le llegó
como una caricia. Sonrió al entrar en el dormitorio.
-¿Quién ha dicho
que necesite un motivo? -inquirió a su
vez.
Josh le lanzó una mirada exasperada.
-¿Te invitó a
entrar, y tú vuelves sin tu maldita espada?
Chris se encogió de hombros.
Contuvo el impulso de tragarse el vino que tenía
en la boca, lo escupió en la copa y lo miró
con indiferencia.
-Ya me ha invitado -respondió-.
Puedo ir a buscarla cuando quiera.
La mirada de Josh estaba preñada
de burla.
-Ya -dijo con sorna-.
Supongo que no estaría bien que simplemente se
la robases, ¿eh...?
No, no estaría bien.
No, cuando Iren seguía invitándole a entrar
cada vez que Chris acudía a su ventana. Bufó.
Llevas un milenio matando a los que te invitan a sus
hogares, Chris... ¿Por qué no le quitas
la espada y ya está?
Pero no podía. No, cuando Iren
lo miraba como si fuera un milagro que hubiera esperado
toda la vida. Sonrió. El milagro que entra
por la ventana como un ladrón. Como un...
Tomó aire y señaló
la vitrina que se veía por la puerta entreabierta
del dormitorio.
-He venido a por mi espada.
Ella enarcó una ceja. -¿Tu
espada? -rió-. Perdona -dijo,
y realmente parecía una disculpa-, pero
creo que te equivocas. Esa espada pertenece a mi familia
desde hace...
-¿Mil años? -finalizó
él en su lugar. Asintió, sombrío-.
Justo el tiempo que hace que la perdí.
Iren cerró la boca. En sus
ojos brillaba una curiosidad sólo superada por
la fascinación que Chris ya había visto
la primera vez que se asomó a ellos. El silencio
se expandió por la habitación.
-¿Qué tiene de
especial esa espada, de todos modos? -preguntó
bruscamente. Él sonrió.
-Yo la usaba para matar monstruos.
Ahora, podría usarla para matarme a mí
mismo.
Iren no rió al oír su
respuesta. Su mirada se desvió hacia la espada,
que los observaba con indiferencia, encerrada en su
ataúd de cristal.
-No me lo creo -dijo al
fin, y se encogió de hombros-. No existen
las espadas especiales para matar monstruos.
Él sí rió alegremente.
-Es curioso... ¿No crees que pueda haber
una espada mágica, pero no te asombra tener delante
de ti a un monstruo?
-Tú no eres un monstruo
-rechazó ella. Él siguió
riendo.
-Así me describen en
los libros... Así me habría descrito yo
hace mil años.
Iren lo miró fijamente.
-Sigues siendo ese caballero
del que hablabas, ¿verdad? -dijo con suavidad-.
Después de tantos siglos.
Chris asintió. -Ahora
estoy en el otro bando. Tendría que matarme yo
mismo. Pero -sonrió con desgana-,
sí, supongo que lo soy.
Josh resopló.
-Y la espada sigue en su casa.
Chris, eres tan gilipollas que a veces me entran ganas
de pegarte.
Él hizo una mueca.
-¿Por qué? ¿Crees
que ahora que sabe que la espada puede matarme va a
intentarlo...?
Josh puso los ojos en blanco. Chris,
por el contrario, se echó a reír.
-Está fascinada -se
contestó a sí mismo, ufano-. Todavía
tengo demasiadas cosas que contarle como para que sueñe
siquiera con acabar conmigo.
Josh lo miró de reojo.
-¿Por ejemplo...?
-¿Y cuál es el
origen de tu... de tu... especie? -vaciló
Iren.
-¿Y qué importa?
-preguntó él a su vez-. ¿Acaso
sabes tú realmente cuál fue el origen
de la vuestra? ¿Te sentirías mejor si
te dieran pruebas de la existencia de un Adán
cualquiera?
-¿Eso es lo que fue Drácula?
Chris parpadeó. -¿Drácula?
-repitió, y después se echó
a reír-. ¿En serio te crees todos
esos cuentos? ¿La bruja mala, los duendecillos
del bosque, el Hada Madrina...?
Y siguió riendo bajito, sin
demostrar la extrañeza que le causaba la mirada
fija de Iren.
Josh le lanzó una mirada sombría.
-¿Le contaste quién
era?
Chris negó con la cabeza. -¿Qué
querías que le dijera? ¿Que conozco al
tatara-tatarabuelo de ese tío? Qué va.
-Levantó la copa de vino y la miró
al trasluz. Parecía sangre, pero no lo era-.
No quería ver su desilusión cuando le
dijera que el querido nietecito Vlad chillaba como una
nena cuando veía una gota de sangre. En eso no
salió a ti, amigo mío...
Josh no coreó su risa. -No
me refería a mí -murmuró-,
sino a ella.
Chris dejó de reír y
enarcó una ceja.
-¿Ella? -preguntó.
Josh hizo una mueca y, al fin, esbozó una sonrisa
desganada.
Entonces lo comprendió. La
sonrisa resbaló tan rápido de su rostro
que estuvo a punto de morderse el labio. Iren Tsepesh.
Las letras del reportaje pasaron ante sus ojos como
los subtítulos de una película. Descendiente
de una de las más antiguas familias de Transilvania,
que más adelante gobernó también
Valaquia...
-Claro -susurró,
inclinándose hacia delante para mirar a Josh-.
Por eso la tenía Iren. Una herencia de familia.
Maldito cabrón -renegó, sin saber
muy bien si estaba enojado, furioso o simplemente sorprendido.
-Llámame sentimental,
si quieres -contestó Josh con indiferencia-.
No quería destruirla.
-Qué estupidez -dijo
Chris. Definitivamente, estaba enojado. Tal vez furioso-.
¡Qué estupidez, Josh! ¡Dejarles la
espada! ¡Para el caso, bien podrías haber
dejado que te pusieran una jodida lámpara de
rayos UVA en el jodido ataúd!
-¿Crees que sabía
qué clase de descendientes iba a tener, Chris?
-gruñó Josh-. Por aquel entonces
mi familia estaba muy orgullosa de tenerme de pariente,
muchas gracias.
-Entonces es que ellos eran
tan imbéciles como tú -le espetó
Chris-. Dejarle la espada al idiota de Vlad...
-Vlad nació cuatrocientos
años después, por si mi querida tatara-tatara-tatara-tataranieta
te ha sorbido el seso hasta el punto de hacértelo
olvidar -replicó Josh, fastidiado. Apoyó
la mejilla en el puño, el codo sobre la mesa-.
Si llego a saber que ibas a montarme este numerito,
te aseguro que en lugar de dársela a mis descendientes
te la habría metido por el culo.
Chris le lanzó una mirada rabiosa.
-Llevas diez siglos diciéndome
que la habías destruido.
-Y con razón, si lo primero
que haces al saber que todavía existe es salir
corriendo a buscarla -rezongó Josh-.
Y ni siquiera sabías si era de verdad tu estúpida
espada. Podría haber sido una imitación.
-Era mía, Josh. Reconocería
esa espada a cien kilómetros de distancia. Estuve
a punto de matarte con ella, ¿recuerdas...?
Josh resopló. -Más quisieras. Estuviste
a punto de cortarte las pelotas con ella, más
bien. -Sonrió-. No tuviste ni la
más mínima oportunidad.
Chris le sacó la lengua. Josh
soltó una carcajada.
Jozsef, se hacía llamar cuando
Chris lo conoció. Un nombre que hacía
temblar de miedo a las mismas montañas. Un monstruo
con nombre. Una presa.
Qué irónico, pensó.
La presa se convirtió en su verdugo, el monstruo
en su hermano. Todavía podía sentir el
filo de la espada en el cuello, todavía veía
el brillo de los colmillos a la luz de la luna...
Ejercemos sobre los humanos un
poder de seducción tal que somos capaces de lograr
que nos inviten a pasar, aun cuando sepan que, al hacerlo,
se están condenando a muerte. Lo que los humanos
no saben es que nosotros nos sentimos igual de atraídos
por ellos.
-¿Por qué?
Chris sonrió. -Porque
somos iguales, pero diferentes. Atracción, repulsión,
necesidad, deseo. Eso sentís, eso sentimos.
-La miró atentamente-.
¿Por qué no tienes miedo?
Ella sostuvo su mirada.
-¿Y tú..? ¿Y
por qué sigues viniendo? ¿Por qué
no me has matado ya?
¿Y quién dice que
no tenga miedo?, pensó, mientras Iren estiraba
las piernas y rozaba con los pies sus pies descalzos.
Se estremeció.
-Estás... frío
-musitó, doblando los dedos para apartarlos
de su piel.
-Estoy muerto -corrigió
él con voz suave-. ¿Qué esperabas?
-No lo sé -dijo
ella en voz baja. Vaciló antes de volver a apoyar
los pies sobre los de Chris. Pese a la calidez de su
piel, él se estremeció.
-Hazlo -se encogió
de hombros Josh-. Hazlo de una vez. Pero deja
de lloriquear, Chris, por el amor de Dios.
-Yo no lloriqueo -gruñó
él.
-Pues se le parece mucho. -Josh
sonrió-. Sigue así, y pronto acabarás
llorando por tu humanidad perdida y la mortalidad que
no llegaste a saborear.
Chris torció los labios en
una mueca de desprecio.
-Ya tuve suficiente mortalidad
cuando la tuve, muchas gracias. Y es algo que no tengo
intención de echar nunca de menos. Como la humanidad
esa de la que tanto te gusta hablar.
-Y, sin embargo -dijo
Josh con una mirada perspicaz-, es su humanidad
lo que la hace ser como es, ¿verdad…?
Sí, era humana. Radiantemente
humana. Pero no era eso lo que le fascinaba. Él
mismo, una vez, había sido humano.
No. Ella era humana, pero también
era ella. ¿Dejaría de serlo si
Chris le arrebataba su humanidad?
¿Y realmente quería
Chris hacerlo?
-¿Cómo lo supiste
tú? -preguntó de pronto. Josh parpadeó,
desconcertado.
-¿Cómo supe qué?
Chris cerró los ojos y se los
frotó con las yemas de los dedos.
-Que no querías matarme.
Que... que querías que compartiera tu vida.
La sonrisa de Josh se desvaneció.
Miró a Chris con seriedad, más serio de
lo que lo había mirado jamás. Alargó
una mano y la posó sobre su hombro.
-Por tus ojos -dijo, y
clavó la mirada en ellos.
Pero todo, el frío de la noche,
el filo de la espada, el brillo de los colmillos, había
desaparecido cuando Chris vio por primera vez sus ojos.
El monstruo vaciló por primera
vez desde que Chris se había presentado ante
él, dispuesto a matarlo. Pero no dejó
de sonreír: si acaso, su sonrisa se hizo más
amplia mientras apartaba la espada.
-Tus ojos -murmuró,
justo antes de inclinarse sobre su cuello.
Ahora era Iren la que lo miraba fijamente,
con esa misma expresión de intensa fascinación
que habían tenido los ojos de Josh al mirar al
caballero que había ido a matarlo.
Ella abrió la boca para hablar,
pero parecía no ser capaz de encontrar las palabras.
Volvió a intentarlo, y volvió a fracasar.
Finalmente, sonrió.
-Chris... -empezó.
Repentinamente, Chris sintió
miedo.
Josh se recostó sobre el respaldo
de la butaca sin dejar de mirarlo. A la luz vacilante
de las llamas que ardían alegremente en el hogar,
sus ojos parecían de oro fundido.
-No sé por qué
me marché -confesó Chris-.
No sé por qué fui en primer lugar. Por
qué he seguido yendo. Podía haberle quitado
la espada en cualquier momento...
Josh sonrió. -Estás
hecho un lío, cachorrito.
-Sí -admitió
él. Sacudió la cabeza, confuso.
Josh tomó aire, lo exhaló
lentamente, y volvió a posar los ojos en él.
-Estás enamorado -sentenció.
No le sorprendió ver a Iren
con la espada en la mano. Ella alzó la mirada
sin dejar de acariciar el filo plateado, y se levantó,
mirándolo fijamente, con una expresión
extraña en el rostro. Chris acusó el impacto
de su mirada, que lo dejó tan petrificado como
la primera vez que la había visto. Fascinación.
Atracción. Deseo.
Iren se acercó a él
y posó el filo de la espada bajo su barbilla,
sin que él fuera capaz de moverse para impedirlo.
-Era esto lo que venías
a buscar, ¿no es cierto? ¿Tu preciosa
espada?
Chris cerró los ojos. Vete.
Ella lo obligó a retroceder hasta la cama.
-¿Me la vas a dar? -susurró
él-. ¿Y si después elijo
no irme?
Iren contestó hundiendo el filo
en su garganta, lo justo para hacer que brotase una
gotita de sangre. Chris emitió un suspiro tembloroso
y se sentó en la cama.
-No puedes matarme. Ni siquiera
con esta espada. Te lo digo por experiencia -dijo
con amargura.
Ella se acercó más.
Chris percibió el olor de su sangre.
-¿Vas a exigirme que
te convierta en lo que yo soy? -preguntó
con desprecio-. ¿Que te lleve conmigo?
Ella posó un dedo sobre sus
labios. El contacto cálido le hizo sentir el
impulso de cerrar los ojos. No lo hizo. En vez de eso,
apartó el rostro. El filo de la espada se clavó
dolorosamente en su carne, pero no tanto como sus ojos.
-No lo hagas. No seas tan...
vulgar. Déjame que sea yo quien te lo pida. -Sonrió,
sardónico-. Qué le voy a hacer,
preciosa: soy un tradicional.
Iren volvió a posar el dedo
sobre su boca.
-Cállate -susurró.
Lo besó. Y después lo
ensartó de nuevo con los ojos. Chris tuvo que
contenerse para no suspirar. ¿De qué
tipo es? Se mordió el labio; el breve dolor
del colmillo hincándose en la carne, la sangre
escurriéndose por la comisura de la boca, no
hicieron sino acrecentar su confusión. Del
tipo de humana que besa a un ser como yo...
-No -contestó ella
al fin-. No, no quiero ser lo que tú eres.
Sorprendido, Chris trató de
incorporarse. El filo de la espada se hundió
en su piel. No emitió ningún sonido; se
dejó caer hasta apoyar la espalda en el colchón.
-¿Por qué? -preguntó
en voz baja. Los ojos de ella relucían en la
penumbra como los de un gato.
Iren posó los labios en los
suyos.
-Por lo que eres, por cómo
eres, por quién eres -susurró sin
separarse de él. Un escalofrío recorrió
la columna de Chris, que tuvo que obligarse a mantenerse
inmóvil. No te entiendo, gritó.
Pero no pronunció las palabras.
No habría podido hacerlo aunque hubiera encontrado
el aliento.
-Si yo fuera como tú
-continuó ella como si supiera lo que él
pensaba-, ya no podría quererte. -Sonrió
contra su boca-. ¿Quién ama a un
igual, a uno mismo? Pero no puedo pensar en vivir sin
ser tuya -musitó. Chris gimió. Mía.
Una humana… La cabeza le dio vueltas. Iren
asintió y esbozó una sonrisa entristecida-.
Ya lo sé -contestó a su muda pregunta-.
No puedo ser tuya mientras tú seas… y yo
sea…
-No se trata de ser humano o
no serlo -susurró él-. Se
trata de ti y de mí.
Ella negó con la cabeza y apartó
lentamente la espada. Pareció ensimismarse en
sus propios pensamientos un instante; después,
lo miró. Y sonrió.
Sin poder contenerse, Chris alzó
la cabeza y la besó. Ella le devolvió
el beso con tanto ardor que él sintió
el repentino impulso de apartarse, o de pegarse tanto
a ella que fuera imposible volver a separarse. Iren
le mordisqueó el labio, juguetona. Sonriendo
al ver la ceja enarcada de él, volvió
a morderle. Y Chris, comprendiendo de pronto lo que
ella quería, emitió un suspiro tembloroso
y clavó los colmillos en sus labios.
La gota de sangre cayó sobre
su lengua, cálida y dulce. Iren gimió,
rodeó su cuello con los brazos para impedir que
se separase de ella y entreabrió los labios.
La sangre inundó su boca, y
Chris dejó de pensar.
La sintió temblar en sus brazos,
pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para separarse
de ella y mirarla.
-¿Qué...? -susurró
él, luchando por no abalanzarse sobre ella y
hundir los colmillos en sus labios manchados de sangre.
-¿Vosotros podéis...
podéis... ya sabes? -tartamudeó
Iren.
Chris sonrió, divertido, y,
por toda respuesta, los afilados colmillos horadaron
la piel de su garganta. El ahogado gemido de ella sustituyó
a la sensación de placer físico que hacía
diez siglos que no sentía, y tuvo que contenerse
para no gemir él también. Enterró
el rostro en el cuello de Iren, que respiraba agitadamente.
Un borbotón de sangre brotó
de la herida y se vertió en su boca. Repentinamente
tan ansioso como ella, se pegó a su cuerpo, la
rodeó con los brazos y bebió con avidez,
la sangre escurriéndose por su garganta, derramándose
por la comisura de sus labios, llenando su mente de
imágenes, de susurros, su cuerpo de anhelo.
El deseo de Iren parecía tan
intenso como el que su sangre estaba provocando en él.
Sin dejar de jadear entrecortadamente, se apretó
contra su cuerpo y lo abrazó, impidiendo que
su piel se apartase de la de ella ni un centímetro.
Y él comprendió en ese mismo instante
que tenía que apartarse de ella o ya no sería
capaz de parar.
-No te detengas -imploró
ella, como una mortal que, hablándole a su amante
mortal, le suplicase que siguiera haciéndole
el amor sin pensar en las consecuencias. Chris se separó
de su cuello con esfuerzo y la miró. Tenía
los ojos vidriosos, turbios, pero aun así su
mirada estaba llena de pasión.
-Iren, no... Yo...
-Si no puedo ser tuya -susurró
ella-, no seré de nadie. No te detengas
-repitió. Levantó la mano con esfuerzo
y acarició su nuca, antes de que la debilidad
que se había apoderado de ella le robase las
fuerzas. El brazo de Iren cayó sobre la sábana
en el mismo momento en que los colmillos de Chris volvían
a hundirse en su carne.
En su boca, la sangre se convirtió
en lava fundida, en luz líquida, y fue él
quien soltó un quejido de placer cuando sintió
en sus venas cómo el corazón de ella se
ralentizaba, cómo finalmente se detenía,
y supo, gimiendo sin poder contenerse, que acababa de
poseerla de verdad.
La cabeza de Iren cayó hacia
atrás. Él separó los labios de
su cuello y la miró. Tenía los ojos abiertos
fijos en su rostro, la mirada velada por la muerte,
una sonrisa ausente pintada en los labios ensangrentados.
Tembloroso, con el cuerpo fláccido
de Iren entre los brazos, Chris cerró los ojos.
Josh suspiró. La mano que tenía
posada sobre el antebrazo de Chris temblaba; más
que la tristeza que se reflejaba en sus rasgos atemporales,
fue eso lo que demostró a Chris la congoja que
Josh sentía.
-Nadie te enseña a amar
-musitó Josh-. Nadie te enseña
a ser amado. Nadie te enseña a vivir. Y, desde
luego, nadie te enseña a vivir eternamente.
-Nadie te enseña a ser
un vampiro -concluyó Chris con voz átona.
-No. -Josh le dio una
palmada en el hombro y se incorporó-. ¿Vienes...?
-dijo de pronto. Chris alzó la mirada.
-¿A dónde?
Josh señaló la puerta.
-La noche -respondió
simplemente.
publicado en noviembre
de 2008
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