| Miraba el cielo. Sus
ojos reflejaban como un espejo el azul de la bóveda
que se alzaba sobre ella.
Bajó la mirada. Y sonrió,
robándole el aliento.
-¿Quién eres?
-preguntó él una vez más,
sabiendo que la respuesta sería la misma.
Silencio.
No le importó. Se contentó
con devolverle la sonrisa y, cuando ella echó
a andar, la siguió.
El camino era el mismo, y a la vez
no lo era. Los colores eran más apagados, los
contornos, difuminados. El sol brillaba en lo alto,
pero su resplandor no llegaba a calentar. Su luz no
alumbraba; tan sólo permitía distinguir
las siluetas de los árboles, de las piedras,
de las montañas que se elevaban ante ellos, serrando
el horizonte y mordiendo el cielo. Bajo sus pies, la
grava crujía débilmente.
Había salido al camino horas
antes, tras atravesar el bosquecillo que todavía
creía poder vislumbrar si miraba hacia atrás
y entrecerraba los ojos. Un sendero poco transitado,
lo suficientemente amplio para viajar cómodamente
a caballo, pero no para una carreta. Que él supiera,
los viajeros evitaban aquella ruta: sólo los
mensajeros, los mercenarios y los bandidos la utilizaban.
Él pertenecía a la primera categoría.
Aquellos que salieron a su encuentro, a la tercera.
O eso aparentaban desde las punteras
de las botas agujereadas y manchadas de barro hasta
el pelo sucio y desgreñado que asomaba por debajo
de los casquetes de cuero que, a modo de yelmo, cubrían
sus cráneos. Aunque tal vez su primera impresión
no hubiera sido acertada. No podía saberlo, porque
ninguno respondió a su pregunta cuando finalmente
se repuso de la sorpresa y se atrevió a hacerla.
-No tengo dinero -les
dijo al fin, indeciso, alarmado por su silencio. Uno
de ellos señaló el caballo que piafaba,
asustado, bajo su cuerpo. Las delgadas sombras que proyectaban
los árboles, los pocos que aún sobrevivían
junto al reseco sendero, le conferían una expresión
brutal; cuando se lamió los labios con satisfacción
el caballo resopló.
Él negó con toda la
tranquilidad que fue capaz de reunir, dejando de lado
el miedo que, perverso, trepaba por su columna vertebral,
provocándole escalofríos con las garras.
-No puedo entregaros mi montura.
-¿No es lo único
de valor que tienes, imbécil? -gruñó
el asaltante, un hombre feo, delgaducho, vestido con
una camisa de cuero cubierta por una costra de barro
rojizo. Sin darse cuenta, él palpó la
bolsa de piel que llevaba colgada al cuello. Lo
único de valor.
-No puedo dárosla -se
obstinó, y tragó saliva.
Siguió andando tras ella, mirando
hechizado cómo, a cada paso, la amplia falda
de tela plateada se alzaba lo suficiente para dejarle
ver un tobillo, luego el otro, de suave piel blanca.
Eran lo único que veía con nitidez en
el paisaje desenfocado. ¿Cuándo se
ha vestido?, se preguntó desconcertado.
La tierra rojiza no se adhería al repulgo, ni
manchaba los piececitos que, descubrió sorprendido,
caminaban descalzos. Tampoco recordaba cuándo
el ancho camino de grava había dado paso a la
senda de arena roja, reluciente bajo el sol del atardecer.
Por un instante se imaginó a sí mismo
vadeando un río de sangre. El pensamiento le
dejó extrañamente indiferente.
-El caballo -insistió
el hombrecillo, y esbozó una sonrisa que se le
antojó maligna, repleta de dientes partidos y
marrones-. Y el mensaje.
Él se agarró a la bolsita
de piel como quien se agarra al único tronco
que flota en un océano en mitad de una tormenta.
Lejos de tranquilizarlo, su tacto suave le llenó
de aprensión. Retiró lentamente la mano,
pero los ojos del hombre, fijos en la bolsa, decían
claramente que había visto su gesto, que había
sabido interpretarlo. Asustado, tiró de las riendas
para controlar a su montura. No. ¿Cuáles
habían sido las palabras de su señor al
entregarle el fino rollo de pergamino? Llévaselo,
muchacho, con los ojos clavados en los suyos y
una mirada en la que se mezclaban la amenaza y la súplica.
Dáselo sólo a él. Aunque te
cueste la vida.
-Tengo que entregar un mensaje
-murmuró, llevándose la mano al
cuello: nada. Se detuvo en mitad del camino. Aturdido,
miró a uno y otro lado. Los raquíticos
árboles que flanqueaban el sendero habían
desaparecido, y sólo quedaba la llanura pedregosa,
un mar hirviente de oro rojo. Y el sol, que caía
sobre él sin llegar a tocarlo.
La sonrisa de ella fue tan sutil que
apenas la percibió.
-¿Qué decía
ese mensaje? -preguntó, yendo hacia él
e instándolo a seguir andando hacia las montañas
que, cada vez más cerca, los miraban con el ceño
fruncido.
El mensaje. ¿Cómo
sabían que llevaba un mensaje...? Cambió
rápidamente su primera impresión: aquellos
no eran bandidos. La ávida sonrisa del hombrecito
le erizó los cabellos de la nuca.
Espoleó al asustado caballo
con un fuerte taconazo. El animal se encabritó
y, sin reparar en los hombres que le cerraban el paso,
se lanzó hacia delante en una alocada carrera
en la que se llevó por delante al menos a dos
de los bandidos que no eran tales.
Aturdido por los gritos y las exclamaciones
de sorpresa y alarma, se inclinó sobre el cuello
del caballo y se aferró a él con desesperación,
los escasos árboles pasando a su lado convertidos
en manchas horizontales de color marrón. Cerró
los ojos y hundió el rostro en las suaves crines
de su montura.
Tal vez por eso no vio a tiempo la
cuerda que atravesaba el camino de lado a lado, justo
a la altura de las patas del animal.
El mensaje. -No lo recuerdo
-confesó, caminando tras ella como un autómata,
hipnotizado por la imagen de sus tobillos. Se pasó
la mano por la cara-. Era importante... Pero no
sé por qué. No llegó a decirme
lo que había escrito, pero dijo... -Se
frotó los ojos, desconcertado. Llévaselo.
Ella rió suavemente.
-¿Acaso sigue siendo
importante ahora?
Sin saber muy bien por qué,
él negó con la cabeza.
El caballo relinchó, un chillido
agudo que se clavó en su mente y le hizo gritar
de dolor. Cayó a la vez que el animal y rodó
por la grava y las hojas secas que cubrían el
camino. Una piedra le golpeó la cabeza. Atontado,
pugnó por incorporarse, ciego y mareado. Fue
el oído el que le advirtió de la presencia
de los hombres que salían de entre los resecos
arbustos, de detrás de los troncos desnudos de
los árboles.
Luchó con todas sus fuerzas
por desembarazarse de los cuerpos que se abalanzaron
sobre él. Pataleó, mordió, se revolvió,
el llanto del caballo taladrándole los oídos,
hasta que logró quitárselos de encima.
Parpadeando para recuperar la visión, se levantó
de un salto, contuvo un quejido de dolor y, girando
sobre sí mismo, miró a sus atacantes,
intentando que el terror no se reflejase en sus ojos,
cambiándolo a duras penas por una expresión
de furia. Ellos le devolvieron el gesto.
-Así ha sido toda mi vida
-murmuró, ausente, continuando una conversación
que nunca había empezado. Una vez más,
miró a su alrededor, incapaz de recordar cómo
había llegado hasta allí.
- ¿Cómo? -preguntó
ella. Su voz era como miel derramándose en un
vaso de vino, dulce y embriagadora, tentadora y con
un leve regusto a peligro.
-Un mensaje que no conocía,
un ataque que no me esperaba. Una orden sin explicación
alguna. -Suspiró, tembloroso-. Querría
regresar a casa. Con mi hermana. Tengo una hermana,
¿sabes...? -Se encogió de hombros
y rió. ¿Y por qué te cuento
todo esto?
No se esperaba la mirada escrutadora
de ella, ni el breve gesto de comprensión. Tampoco
se esperaba la suave caricia en el dorso de la mano,
antes del gesto que hizo con la cabeza y que indicaba
que tenían que seguir caminando.
Iban armados, aunque los cuchillos
que portaban apenas merecieran ser llamados «armas».
Gruñían y enseñaban los dientes
como perros después de acorralar a su presa;
uno de ellos, tal vez el líder de la jauría,
sostenía una lanza corta con la punta de hierro
oxidado. Él retrocedió al mismo tiempo
que desenvainaba la espada, y apoyó la espalda
en el árbol que delimitaba el camino, el único
camarada que iba a guardarle las espaldas en la lucha
que se avecinaba. Ellos se lanzaron hacia delante.
Desarmó al primero y, con un
tajo horizontal, le cortó la mano al segundo,
que cayó de rodillas al suelo con un grito desgarrador.
No era muy diestro con la espada, pero contra las armas
cortas de aquellos hombres sólo tenía
que obligarlos a mantener las distancias. Hasta que
se acercasen lo suficiente para matarlos. O hasta que
uno de ellos, en un descuido, lo matase a él.
El tercero logró arañarle
la mano con el cuchillo antes de verse obligado a retroceder;
él blandió la espada inconscientemente
y, más por casualidad que por otra cosa, hirió
a un cuarto en el rostro. La camisa se adhería
al áspero tronco del árbol, enganchándose
los hilos en las rugosidades de la corteza. Con un golpe
de revés desgarró la desastrada casaca
de otro. De la abertura brotó la sangre a borbotones.
El impulso le arrancó la espada de la mano sudorosa.
Se la miró, desconcertado, y buscó el
arma con la mirada: yacía a varios pasos de distancia,
tirada en el camino, la hoja brillante casi enterrada
entre las hojas caídas. Alzó el rostro.
El líder de la jauría
rió, burlón, y empuñó la
lanza.
-¿Dónde vamos?
-preguntó, protegiéndose el rostro
con la mano para mitigar el intenso fulgor del sol,
que, sin embargo, no llegaba a herir sus ojos. Ella
se volvió de nuevo para mirarlo, apartando la
noche de su pelo de la blanca y deslumbrante luna que
era su rostro.
Sonrió, y todas las estrellas
titilaron entre sus labios.
-Conozco el camino -fue
su respuesta. Señaló con un ademán
la senda que serpenteaba ante ellos, internándose
entre las montañas que la sumían en sombras.
Entre los picos asomaba el sol, dorado y frío,
indiferente, dibujando el paisaje con un pincel mojado
en oro líquido.
-¿El desfiladero? -inquirió
él, indeciso. Ella negó con la cabeza.
-El crepúsculo. -Le
tendió la mano. Él la cogió.
Perplejo, miró la lanza que
lo atravesaba de parte a parte, ensartándolo
justo debajo del esternón y clavándolo
al árbol que se alzaba a su espalda. Se llevó
las manos al estómago y rodeó el asta
con los dedos. Tomó aire y se asustó al
oír el gorgoteo de la sangre en su garganta.
Aturdido, cerró los ojos. No duele. ¿Por
qué no me duele?
Un susurro suave, como una hoja que
cayera de una rama, le rozó la mejilla. Los volvió
a abrir.
Sus ojos plateados, ornados de pestañas
negrísimas, se clavaron en su mirada.
-¿Qué...?
-Shhh. -Posó un
dedo sobre sus labios, obligándolo a callar.
Su sonrisa le turbó. Parpadeó.
-¿Quién...?
Esta vez, ella le acalló con
un beso.
Apoyó su cuerpo contra el de
él. Sus labios suaves le dejaron sin aliento.
Levantó los brazos y tocó su rostro. Sus
ojos aceleraron los latidos de su corazón. Ella
enterró las manos en su cabello despeinado y
lo obligó a besarla hasta que cerró los
ojos. Un mordisco, suave, en el labio inferior. Su lengua
buscó la de él, y él no pudo evitar
que un gemido escapase de su garganta.
-Ven -susurró ella
contra sus labios. Incrédulo, él apoyó
la cabeza contra el árbol, con la respiración
agitada.
-No... yo... -balbució,
atontado. Ella no contestó: en vez de eso lo
obligó a callar con un nuevo beso, mientras sus
manos acariciaban su pecho, primero por encima de la
camisa empapada en sudor, después por debajo.
Él trató de apartarse y, en lugar de eso,
se descubrió devolviéndole el beso. Ella
rió cuando él también empezó
a acariciarla, y él cerró los ojos y dejó
de pensar mientras ella hurgaba bajo sus ropas, hasta
que, dejándose llevar por el deseo, la abrazó
con fuerza.
-Ven -repitió ella
con los ojos brillantes de pasión, atrayéndolo
hacia sí con las manos apoyadas en su espalda-.
Ven.
Incapaz de resistirse, él se
separó con esfuerzo del árbol y se pegó
a ella. Su sonrisa le hizo temblar; el beso que posó
en su boca le provocó un escalofrío que
sacudió todo su cuerpo. Sin saber muy bien cómo
se encontró tumbado en el suelo, y ella mirándolo
desde arriba, el pelo perfumado acariciando su rostro.
-¿Ha sido tan difícil?
-preguntó en un susurro. Se puso a horcajadas
sobre él y se dejó caer. Él abrió
mucho los ojos, asombrado, al penetrar en ella, y se
le escapó un jadeo cuando ella comenzó
a moverse encima de él. Aturdido, acarició
sus pechos, cálidos bajo la ligera tela de su
atuendo. Apartó el tejido y tocó la piel
suave; sin poder evitarlo, gimió mientras ella
cabalgaba encima de él con los ojos cerrados,
los labios entreabiertos, asombrado de su propia reacción
y de la reacción de su propio cuerpo, que parecía
actuar al margen de su voluntad, agitándose compulsivamente,
siguiendo los movimientos del cuerpo de ella sin poder
hacer otra cosa que jadear y dejarse llevar por el súbito
éxtasis que le hizo estremecerse de la cabeza
a los pies. Gritó. Ella se dejó caer sobre
él, y él, más aturdido de lo que
se había sentido jamás, acarició
torpemente sus cabellos, todavía dentro de ella,
temblando de placer.
-Me has arrebatado el alma -farfulló,
una de esas frases sin sentido que, en esos momentos,
tenía todo el sentido del mundo.
Tan ofuscado estaba que no había
llegado a comprender lo sucedido. ¿De dónde
había salido aquella mujer? ¿Dónde
estaban ellos? ¿Se habían llevado su caballo?
El mensaje...
¿Qué había dicho
ella entonces? Cuando lo había mirado, tumbada
a su lado, con esa sonrisa que tanto decía y
que a la vez no decía nada.
-¿Habrías preferido
una guadaña…?
Se detuvo en seco, y soltó la
mano suave y cálida que tiraba de él hacia
delante, hacia el sol que se ocultaba en el horizonte.
Ella dio media vuelta para mirarlo.
Jadeando, se separó apenas de
ella, luchando contra la incredulidad y el deseo que
todavía palpitaba en sus entrañas. ¿Qué
has dicho...? ¿Qué más daba?
Al dejarse llevar por la pasión las palabras
dejaban de importar, y lo único que tenía
sentido era el sonido, la caricia de su aliento en su
oído. Acarició el cuerpo tumbado a su
lado disfrutando de la languidez que se iba apoderando
de él. Suspiró, levantó la mirada
hacia el árbol que ocultaba, en parte, la luz
del sol, ensombreciendo el paisaje a su alrededor. Y
se vio a sí mismo clavado al tronco, el asta
de la lanza sobresaliendo de su estómago, los
brazos laxos, la mirada vacía.
El recuerdo del horror que había
sentido al ver su propio cuerpo muerto le hizo doblarse
sobre sí mismo; el recuerdo de un dolor que no
había llegado a sentir, que había acabado
antes de empezar.
-La Muerte -susurró,
con los ojos desorbitados; cuando ella alzó la
mano para acariciarle el rostro, él se apartó,
los afilados dientes del terror clavándose hondamente
en su cuerpo.
Los ojos de ella se llenaron de tristeza.
Bajó la mano y la cabeza, ocultando los ojos
plateados entre las sombras producidas por los cabellos
que cayeron sobre su rostro. Parecía una niña
desvalida, y su desilusión, la expresión
compungida que había provocado su rechazo, le
dolió tanto como debía haber dolido la
herida de la lanza.
-Sí -respondió
ella al fin-. Sí.
Apartó la mirada de ella, incapaz
de soportar la tristeza reflejada en su rostro dulce
como una mañana de primavera.
-Algunos me buscan, otros me
odian -musitó ella. Él la miró.
Tenía los ojos húmedos y brillantes-.
Todos me temen. Pero yo sólo puedo ser quien
soy.
-¿Y quién eres
en realidad? -preguntó él contra
su voluntad. Ella levantó el rostro: los labios
le temblaban, una niña asustada que trata de
mantenerse firme y de ocultar su desazón. Pero
no había nada de eso en su mirada. Junto a la
dulzura, o quizá oculta tras ella, se erguía
una pared de hierro, inflexible e implacable. De hierro
no. De plata.
-Soy la guía. -Señaló
la senda bajo sus pies.
-La Segadora -corrigió
él, y retrocedió un paso. También
él temblaba, de aprensión, de terror,
de incredulidad, de angustia. De deseo. Ella enarcó
una ceja. La niña desapareció tras la
mujer. La mujer...
-Yo no he segado tu vida. Sólo
te he enseñado el camino para abandonarla.
Esquivó sus torpes intentos
de alejarla de sí, y, rodeando su cuello con
los brazos, lo besó. Tan hermosa, tan embriagadora...
La apretó entre sus brazos sin poder contenerse,
la necesidad de sentirla, ardiente y tierna, contra
su cuerpo superando a la aversión que aún
latía en sus sienes, que todavía oprimía
su estómago.
-¿Por qué? -murmuró.
La empujó suavemente, apartándola
hasta poder mirar fijamente su rostro.
-¿Por qué, qué?
-preguntó ella. Él se encogió
de hombros.
-Por qué.
Ella asintió, comprendiendo.
-Tenéis miedo a lo que
no conocéis. Y nunca queréis marcharos.
Aunque lo hayáis deseado toda vuestra vida. Aunque
me hayáis llamado a gritos, aunque hayáis
alardeado de no temerme, aunque me hayáis cantado,
me hayáis adorado. Nunca queréis marcharos
-repitió-. Y tenéis que iros.
El mundo es para los vivos.
-¿Y los muertos? -inquirió
él con la voz estrangulada. Ella suspiró.
-Yo sólo conozco el camino.
Lo que haya al final, es vuestro. Yo no estoy muerta.
-Tampoco estás viva.
-Se frotó las sienes, confundido. -Pero
sigues sin decirme por qué.
Ella sonrió y volvió
a apretar su cuerpo contra el de él.
-¿Quién ha dicho
que la Muerte no puede ser hermosa? -Su voz era
una caricia, sus besos, una promesa. Se dejó
arrullar como un niño perdido, se dejó
besar como un amante finalmente encontrado, hasta que
el miedo y la pena y el rechazo se disolvieron y sólo
quedó ella.
Ella, y su abrazo en el momento de
la muerte, el cuerpo que le había arrancado de
la lanza y del mundo.
-Ven -había dicho
ella al levantarse. El polvo y las hojas secas resbalaron
por su cuerpo desnudo como agua. Le tendió la
mano.
-¿Dónde vamos?
-inquirió él, desconcertado. Ella
miró al cielo. Sus ojos reflejaron como un espejo
el azul de la bóveda que se alzaba sobre ella.
-Ven -repitió,
señalando el camino que conducía a las
montañas.
Se separó de ella y miró
a ambos lados. El camino, el cañón, las
montañas, todo era lo mismo, y no lo era. El
mundo ya no era el mundo, y él ya no era él.
-Estoy muerto.
-Sí.
Sin poder contenerse, se echó
a llorar.
Ella se inclinó sobre él
y acarició sus hombros, murmurando frases inconexas
en sus oídos sedientos de consuelo, hasta que
la náusea desapareció. Él enterró
el rostro en su cuello, confuso. La Muerte. Pero
era la única que estaba allí para reconfortarlo.
Se dejó arrullar por ella y,
poco a poco, los sollozos se convirtieron en gemidos,
y éstos en quejidos casi inaudibles. Finalmente
dejó de temblar y suspiró, sintiéndose
extrañamente sereno, agotado, mientras ella lo
acunaba entre sus brazos.
Ella se enderezó y, ayudándolo
a incorporarse, acarició su mejilla con el dorso
de la mano.
-¿Quieres regresar? -preguntó
ella en un susurro, pegada a sus labios-. No puedes.
Pero, si pudieras, ¿querrías hacerlo?
Él echó la vista atrás.
El camino se extendía hasta el infinito, seco,
amarillento; los árboles, esqueletos sin hojas,
eran dedos que trataban de arrancar las estrellas del
cielo; las montañas, amenazadoras, le devolvieron
la mirada con frialdad. Después, miró
hacia delante.
Allí estaba ella.
-No -contestó.
Ella abrió los brazos y le sonrió.
-Entonces, ven -murmuró,
y le envolvió en un abrazo tan tierno y dulce
como el aroma que se desprendía de sus cabellos.
Él suspiró y cerró los ojos.
publicado en febrero
de 2009
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