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Por un camino de tierra Más sobre Teobaldo Mercado

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Andrea empujaba la bicicleta por el polvoriento camino de tierra, esquivando los baches. Estaba cansada de tanto pedalear, los músculos se resentían del esfuerzo continuo a que habían sido sometidos los días previos. Ahora, sólo se movía por inercia, por aquella débil chispa de esperanza que latía en su interior. Todavía le quedaban algunos días de marcha antes de arribar a las afueras de Talca. Su mayor temor era perder el impulso inicial por el camino o sufrir un accidente que la incapacitase para seguir.

-La vida es una mierda -murmuró en medio de su marcha.

Se detuvo unos minutos, tratando de atisbar bien los alrededores. Usó los binoculares para seguir las sinuosidades del camino por los faldeos de los cerros. No vio a nadie, ningún vehículo se arrastraba por el casi abandonado camino. Unas huellas atestiguaban el paso de alguien en días pasados, pero ellas habían comenzado a desvanecerse; era imposible deducir cuándo la máquina que las creó se deslizó por el lugar.

Bebió unos sorbos de su cantimplora antes de reanudar la marcha. Sus pies parecían arrastrarse por el camino, mientras sentía que su alma se desgranaba a cada paso dado. Había dejado tanto atrás que todavía no lo asimilaba en su totalidad, aún se resistía a reconocer que su vida estaba destrozada. Recordó los rostros de amigos y familiares; tuvo que hacer un gran esfuerzo para no echarse a llorar por ellos.

-Estoy viva -dijo en voz alta y se cuestionó la finalidad de ello. Vivir, sí, pero ¿para qué?

Empezó a tararear una canción en voz baja con algo de temor de ser escuchada por oídos ajenos. Debía alejar sus inquietudes para no hundirse en la desesperación y la música le brindaba algo de relajación. No dejaba de observar la naturaleza que la rodeaba con suspicacia, pues si alguien la atacaba en medio de esa desolación nadie acudiría en su ayuda. Prosiguió su precavido avance un par de horas más, hasta que -sin fuerzas para continuar- se detuvo entre unos árboles que la ocultaban de miradas indiscretas. Dejó la pesada mochila en el suelo junto a la bicicleta y se echó a su lado. Todo a su alrededor parecía normal: los pájaros trinaban en las ramas y algunas lagartijas se escurrían entre las rocas; sin mucho esfuerzo podía distinguir a las siempre diligentes hormigas en su diaria labor. El cansancio que la invadía era enorme, así que optó por cortar unas ramas y colocarlas para tapar su precario escondite. Una vez hubo completado la labor, se acurrucó bajo una frazada en medio de ese pequeño rincón personal que se había creado. Ahí dentro obtuvo una modesta y necesaria sensación de seguridad. El sol ya empezaba a ocultarse y con ello la noche se insinuaba, avanzando lentamente sobre un paisaje que no presagiaba nada malo. No quiso sacar su saco de dormir, prefirió permanecer tal como estaba.

Cuando las sombras se apropiaron del lugar, Andrea distinguió en la lejanía, hacia el norte, el débil resplandor que indicaba el lugar donde había estado Santiago. A tres días de haber caído las bombas, todavía los restos calcinados y bañados en la mortal radiación despedían el fantasmagórico fulgor, recordatorio visible de la tragedia acaecida. Esto gatilló los recuerdos que luchaba por enterrar.

Era un día sábado, en el que se disponía a salir de compras, cuando los noticieros dieron la alerta del lanzamiento de los misiles. Ella había observado atónita los despachos en que se narraba el mortal final de la crisis en aquellas lejanas tierras. Se advirtió que al menos dos proyectiles impactarían la capital en no más de una hora. El pánico se había desatado en cuestión de minutos. Sólo atinó a comunicarse con su padre y una amiga para ponerse de acuerdo en juntarse en Talca en la casa de unos parientes, luego, cogió su mochila de camping que siempre tenía lista y partió a toda velocidad en su bicicleta. El ser una amante del deporte aventura fue su salvación, pues de haber cogido el automóvil habría quedado atrapada en algún embotellamiento. Pedaleó como nunca en su vida, evadiendo peatones y vehículos en su veloz huída de la ciudad; por fortuna su casa estaba lejos del centro y ello la ayudó en su escapatoria. Se encontraba a varios kilómetros de distancia y protegida por la masa de un cerro cuando la bomba detonó sobre Santiago. Un fogonazo precedió al fatídico hongo de fuego que arrasó con millones de vidas. El viento huracanado que azotó la región la golpeó cuando ya había tomado refugio tras el muro de una parcela. En cuanto pasaron los efectos, reanudó la marcha para alejarse lo más posible de la radiación. Durante el resto del día tuvo el hongo a la vista. Se cruzó con muchos vehículos que huían a toda prisa del sitio, así como encontró otros detenidos a causa del pulso electromagnético. Enfiló hacia un camino local poco transitado y de ahí empalmó con el de tierra que ahora seguía. Años atrás la habían llevado en camioneta por esa ruta; recordaba que era una antigua vía alternativa que desembocaba en las inmediaciones de Talca. Ahora, parecía que nadie más la usaba.

Cerró los ojos y dejó que el agotamiento la llevase hasta el reino de los sueños, intentando con ello olvidar los horribles momentos vividos.

 

***

 

Abrió los ojos de golpe. Todo su cuerpo se estremeció con el violento despertar. Intentó relajarse y sobó su cuello, pues había quedado en una mala posición al dormirse. Extrajo su walkman de entre las ropas y encendió la radio. Nada. Hasta el día anterior podía escuchar algunas radioemisoras, pero ahora -perdida entre los cerros- ninguna señal llegaba hasta ella. Lo último que escuchó fue la instauración de un gobierno provisional en Concepción y el cese de las hostilidades nucleares, empero luego de eso no supo más. Bien, estaba sola y librada a su suerte. Si lograba llegar a Talca quizás sobreviviría, sino su vida terminaría en el olvido al igual que otras cientos de miles. Esperaba encontrar en esa ciudad a sus parientes y tuvo que controlarse para no dejarse llevar por la desesperación.

Se sirvió algunas galletas de soda acompañadas de una porción de carne en lata. No quiso hacer un fuego para calentar agua, pues tenía miedo de llamar la atención, así que se conformó con unos sorbos helados que reconfortaron su paladar. Descansó una media hora y -tras un discreto vistazo a los alrededores- reanudó la marcha. Pronto pedaleaba con ese ritmo constante que había aprendido a usar, no muy fuerte ni muy despacio, lo suficiente como para gastar energía sin que fuese agotador. Prosiguió así gran parte de la mañana. No vio rastros de nadie hasta cercano el mediodía, en donde una profunda huella señalaba el lugar en que un vehículo pesado se había salido del camino en una curva. Se acercó al borde y vio al fondo de una pequeña quebrada un microbús incrustado entre unas rocas. Nada se movía alrededor, excepto los pájaros que picoteaban entre los restos. Usó como escondite unos arbustos y recorrió el lugar con los binoculares. Nuevamente, nada.

-Puede haber algo útil allá abajo -murmuró con el fin de convencerse a sí misma.

Permaneció varios minutos decidiéndose a bajar. Cuando se dispuso a hacerlo, colocó la bicicleta junto a un árbol y la encadenó al tronco, pues no deseaba que un ladrón ocasional se llevase su único medio de transporte. Con gusto hubiese bajado con ella, pero la ladera era demasiado empinada. Por unos instantes sopesó su actitud precavida, ya que unos días antes la hubiera tildado de paranoica; hoy, se le hacía plenamente necesaria. No le gustaba tener que actuar así, no era su estilo de vida el estar mirando constantemente sobre su hombro. Su existencia se estaba encaminando en una dirección que no le agradaba, impulsada por las circunstancias.

-Allá vamos -dijo en un susurro y empezó el descenso.

Cuidadosamente bajó hasta el fondo de la quebrada. Al llegar junto al microbús recorrió con la vista el rastro dejado por el vehículo al caer. El impacto había sido lo suficientemente fuerte como para desencajarle las ruedas traseras y destrozar la parte delantera. Sabía que adentro encontraría a la muerte en más de una forma, por lo cual se armó de valor e ingresó por la puerta trasera que estaba abierta de par en par.

-Tienes que ser fuerte -murmuró para darse ánimos.

Cinco cadáveres que empezaban a descomponerse estaban repartidos por el interior. Todos eran adultos, dos mujeres y tres hombres. Caminó cuidadosamente por el pasillo hasta llegar a la parte delantera, en donde un aplastado chofer todavía se aferraba al volante. Había varias cosas desparramadas por el interior, sobre todo ropa y enseres. Supuso que eran una familia o dos que huyeron con lo primero que encontraron a mano, tal vez provenientes de un caserío que vio a lo lejos el día anterior. Se tapó la boca y las fosas nasales con un pañuelo antes de empezar a hurguetear entre los objetos.

Algunas lágrimas cayeron de sus ojos al darse cuenta de que estaba robándole a cadáveres, comportándose como un mero carroñero más en vez de como un ser humano. No, ahora las consideraciones éticas no servían de nada, no existían reglas ni leyes que cumplir en medio del caos que la había golpeado. Por último, ellos ya se encontraban muertos y sus pertenencias no les servirían de nada, era un mero acto práctico de supervivencia. Pero no, algo en su interior se resistía a adoptar esas actitudes, no quería deshacerse del barniz de civilización que la había acompañado durante treinta y seis años.

Se detuvo, pensativa.

Ahí estaba, una Asistente de Gerencia con un buen puesto en una compañía de metales, separada, sin hijos y con un futuro promisorio... robándole a unos muertos, degradándose a lo más bajo que podía concebir. ¿Qué vendría después? ¿Matar por un sorbo de agua o un trozo de pan? ¿Quitarle a un anciano su abrigo para soportar el frío? ¿Negarles a unos niños algo de alimento sólo para sobrevivir un día más? ¿Estaba realmente preparada para dar un paso en esa deshumanizada dirección?

Aferró con fuerza el pasamanos tratando de controlar el torrente de emociones que la inundaba. Respiró suavemente para relajarse, una técnica que su psicólogo le había recomendado. Pensó en el hombre, poco mayor que ella misma, a quien en más de una ocasión quiso insinuársele, pero se contuvo. Qué simple era su vida hasta hacía poco: lo que más le interesaba era que el encargado del soporte informático en su departamento le arreglase su computador o que, algún día, su vecino se fijase en ella y la invitara a salir. Eran pensamientos casi pueriles, mas la inundaron al evocar todo lo que había perdido. Curiosamente, esos pequeños detalles eran lo que más le incordiaba, no tanto así las otras cosas como la sociedad y su hogar, quizás porque le afectaban más directamente, eran parte de su esencia como ser humano.

-Mira, mira -oyó una voz a sus espaldas y se volvió, sobresaltada.

Había un hombre en la puerta de atrás y la miraba fijamente. No lo escuchó llegar de tan concentrada que estaba en sus cavilaciones. Iba a decirle algo cuando se fijó en lo que reflejaban sus ojos: locura y desesperación. Un enorme cuchillo brilló en la mano derecha del sujeto mientras una sonrisa sádica lo recorría. Su mirada la recorrió de pies a cabeza con gran interés.

-¡Mario, ven a ver lo que encontré! -gritó de improviso y añadió-: Quédate quieta, no me gusta cuando las mujeres se resisten.

Avanzó lentamente hacia Andrea, como saboreando de antemano lo que iba a disfrutar. Afuera se escuchaban los pasos de otro hombre que corría presuroso hacia el microbús. El del cuchillo iba a decir algo cuando una detonación estremeció el interior del vehículo. Luego, miró estúpidamente la pistola que esgrimía la mujer antes de caer al suelo.

-¿Qué pasa? -preguntó su compinche, entrando en ese momento al microbús.

Un segundo disparo remeció el lugar y el recién llegado rodó por la puerta de acceso.

Andrea se acercó al primer caído y comprobó que no se movía; la sangre que manaba del impacto en el pecho empezaba a deslizarse por el pasillo.

-¡Puta de mierda, me diste en el hombro! -chilló el otro hombre desde el suelo, intentando ponerse de pie.

La mujer lo encañonó sin disparar, dudando entre gastar otra bala o no. Las municiones serían escasas de encontrar y la lógica le indicaba que era preferible ahorrarlas. Guardó la pistola en el bolsillo trasero de su pantalón y cogió un trozo de fierro que esgrimió a modo de garrote. El otro empezó a gatear para alejarse de ella, pero lo alcanzó en pocos pasos.

-¡Cabrona culiá! —alcanzó a insultarla antes de que el fierro se abatiese sobre su cabeza.

El hombre se desplomó sobre la tierra y Andrea le propinó varios golpes más hasta que los sesos emergieron de un cráneo destrozado. Entonces, se detuvo y arrojó el trozo de metal lejos de ella. Caminó unos pasos de vuelta hasta el microbús y, apoyándose en él, se largó a vomitar. Devolvió todo el desayuno para después escupir y llorar con amargura. Las lágrimas cayeron sin cesar durante un tiempo que le pareció eterno. La amargura y la angustia la invadieron, dejándose caer sobre ella con una fuerza demoledora.

-¿Qué he hecho? -preguntó en voz alta y volteó para ver el cadáver del hombre sin sesos. Un charco de sangre se extendía sobre una tierra que pronto absorbería el fluido vital del fallecido.

Era legítima defensa en un mundo sin ley, se dijo. Estaba bien, no tenía que avergonzarse de nada. Fue una sabia decisión la de acercarse al radiopatrullas de Carabineros -estrellado contra una camioneta- para extraer las pistolas y las municiones de los dos uniformados muertos en su interior. Una de ellas la tenía en la mochila y la otra permanecía en un bolsillo de la chaqueta, estando siempre a mano. Se dio cuenta de que sus esperanzas de no tener que usarla nunca habían sido inútiles, casi infantiles. Las circunstancias la obligaron a jalar del gatillo, a convertirse en lo que no era, a dejar de lado las consideraciones éticas normales para dar paso al instinto de supervivencia. El instinto no podía ser eliminado fácilmente, pese a todas esas capas de civilización que la mujer llevaba encima. Había aflorado al fin en medio de una crisis que esperaba vanamente evitar.

Paró de llorar y se dio cuenta de que en esos instantes era vulnerable, al igual que cuando se puso a divagar en el microbús. Miró a su alrededor y por suerte no existía un tercer sujeto que rondase por el lugar, sino ya sería historia; era un detalle a tener en cuenta a futuro. Secó sus lágrimas. Después de lo de ese día ya no habría marcha atrás, tendría que aceptar por la fuerza el cambio de actitud. Era el momento de velar por ella misma antes que por otros, dejar al instinto hacerse cargo de la situación.

Con decisión volvió al interior del microbús y prosiguió rebuscando entre las cosas de los muertos, inclusive los bolsillos del primer sujeto abatido. En cuestión de minutos había conseguido algunas provisiones envasadas y dos botellas de agua mineral, así como también cierta cantidad de dinero que -quizás- pudiese tener algún valor en el futuro. Al salir del vehículo revisó los alrededores y encontró las mochilas de sus atacantes, las cuales vació sin miramientos. Los pobres diablos no tenían nada de comer, excepto una bolsa con pan rancio y maní salado; la existencia de una linterna con pilas de repuesto fue lo único rescatable. Luego, trasladó lo encontrado a su propia mochila y empezó la ascensión de la quebrada. Una vez arriba, miró por última vez la escena de los hechos y luego desencadenó la bicicleta. Miró sus manos, sabedora de que ahora estaban manchadas con sangre, y reanudó la marcha.

El pedaleo se hizo constante como antes. Ahora miraba con detenimiento y decisión el camino que se abría ante ella. Conforme pasaba el tiempo su sentimiento de culpa fue remitiendo, dejado de lado por la aplastante realidad. Finalmente, no le quedó el menor remordimiento por dejar los cuerpos sin enterrar; eso ya era parte de un ritual del pasado. Prosiguió su camino bajo el alero de una nueva perspectiva de vida.

Se prometió que llegaría a Talca, costase lo que costase, aunque tuviera que matar a alguien nuevamente. Si allá encontraba a su padre y su amiga, bien, sino... ya vería qué hacer.

 

publicado en junio de 2008

 
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