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de Propiedad Intelectual con el Nº163.302
Andrea empujaba la bicicleta por el
polvoriento camino de tierra, esquivando los baches.
Estaba cansada de tanto pedalear, los músculos
se resentían del esfuerzo continuo a que habían
sido sometidos los días previos. Ahora, sólo
se movía por inercia, por aquella débil
chispa de esperanza que latía en su interior.
Todavía le quedaban algunos días de marcha
antes de arribar a las afueras de Talca. Su mayor temor
era perder el impulso inicial por el camino o sufrir
un accidente que la incapacitase para seguir.
-La vida es una mierda -murmuró
en medio de su marcha.
Se detuvo unos minutos, tratando de
atisbar bien los alrededores. Usó los binoculares
para seguir las sinuosidades del camino por los faldeos
de los cerros. No vio a nadie, ningún vehículo
se arrastraba por el casi abandonado camino. Unas huellas
atestiguaban el paso de alguien en días pasados,
pero ellas habían comenzado a desvanecerse; era
imposible deducir cuándo la máquina que
las creó se deslizó por el lugar.
Bebió unos sorbos de su cantimplora
antes de reanudar la marcha. Sus pies parecían
arrastrarse por el camino, mientras sentía que
su alma se desgranaba a cada paso dado. Había
dejado tanto atrás que todavía no lo asimilaba
en su totalidad, aún se resistía a reconocer
que su vida estaba destrozada. Recordó los rostros
de amigos y familiares; tuvo que hacer un gran esfuerzo
para no echarse a llorar por ellos.
-Estoy viva -dijo en voz alta y se
cuestionó la finalidad de ello. Vivir, sí,
pero ¿para qué?
Empezó a tararear una canción
en voz baja con algo de temor de ser escuchada por oídos
ajenos. Debía alejar sus inquietudes para no
hundirse en la desesperación y la música
le brindaba algo de relajación. No dejaba de
observar la naturaleza que la rodeaba con suspicacia,
pues si alguien la atacaba en medio de esa desolación
nadie acudiría en su ayuda. Prosiguió
su precavido avance un par de horas más, hasta
que -sin fuerzas para continuar- se detuvo entre unos
árboles que la ocultaban de miradas indiscretas.
Dejó la pesada mochila en el suelo junto a la
bicicleta y se echó a su lado. Todo a su alrededor
parecía normal: los pájaros trinaban en
las ramas y algunas lagartijas se escurrían entre
las rocas; sin mucho esfuerzo podía distinguir
a las siempre diligentes hormigas en su diaria labor.
El cansancio que la invadía era enorme, así
que optó por cortar unas ramas y colocarlas para
tapar su precario escondite. Una vez hubo completado
la labor, se acurrucó bajo una frazada en medio
de ese pequeño rincón personal que se
había creado. Ahí dentro obtuvo una modesta
y necesaria sensación de seguridad. El sol ya
empezaba a ocultarse y con ello la noche se insinuaba,
avanzando lentamente sobre un paisaje que no presagiaba
nada malo. No quiso sacar su saco de dormir, prefirió
permanecer tal como estaba.
Cuando las sombras se apropiaron del
lugar, Andrea distinguió en la lejanía,
hacia el norte, el débil resplandor que indicaba
el lugar donde había estado Santiago. A tres
días de haber caído las bombas, todavía
los restos calcinados y bañados en la mortal
radiación despedían el fantasmagórico
fulgor, recordatorio visible de la tragedia acaecida.
Esto gatilló los recuerdos que luchaba por enterrar.
Era un día sábado, en
el que se disponía a salir de compras, cuando
los noticieros dieron la alerta del lanzamiento de los
misiles. Ella había observado atónita
los despachos en que se narraba el mortal final de la
crisis en aquellas lejanas tierras. Se advirtió
que al menos dos proyectiles impactarían la capital
en no más de una hora. El pánico se había
desatado en cuestión de minutos. Sólo
atinó a comunicarse con su padre y una amiga
para ponerse de acuerdo en juntarse en Talca en la casa
de unos parientes, luego, cogió su mochila de
camping que siempre tenía lista y partió
a toda velocidad en su bicicleta. El ser una amante
del deporte aventura fue su salvación, pues de
haber cogido el automóvil habría quedado
atrapada en algún embotellamiento. Pedaleó
como nunca en su vida, evadiendo peatones y vehículos
en su veloz huída de la ciudad; por fortuna su
casa estaba lejos del centro y ello la ayudó
en su escapatoria. Se encontraba a varios kilómetros
de distancia y protegida por la masa de un cerro cuando
la bomba detonó sobre Santiago. Un fogonazo precedió
al fatídico hongo de fuego que arrasó
con millones de vidas. El viento huracanado que azotó
la región la golpeó cuando ya había
tomado refugio tras el muro de una parcela. En cuanto
pasaron los efectos, reanudó la marcha para alejarse
lo más posible de la radiación. Durante
el resto del día tuvo el hongo a la vista. Se
cruzó con muchos vehículos que huían
a toda prisa del sitio, así como encontró
otros detenidos a causa del pulso electromagnético.
Enfiló hacia un camino local poco transitado
y de ahí empalmó con el de tierra que
ahora seguía. Años atrás la habían
llevado en camioneta por esa ruta; recordaba que era
una antigua vía alternativa que desembocaba en
las inmediaciones de Talca. Ahora, parecía que
nadie más la usaba.
Cerró los ojos y dejó
que el agotamiento la llevase hasta el reino de los
sueños, intentando con ello olvidar los horribles
momentos vividos.
***
Abrió los ojos de golpe. Todo
su cuerpo se estremeció con el violento despertar.
Intentó relajarse y sobó su cuello, pues
había quedado en una mala posición al
dormirse. Extrajo su walkman de entre las ropas y encendió
la radio. Nada. Hasta el día anterior podía
escuchar algunas radioemisoras, pero ahora -perdida
entre los cerros- ninguna señal llegaba hasta
ella. Lo último que escuchó fue la instauración
de un gobierno provisional en Concepción y el
cese de las hostilidades nucleares, empero luego de
eso no supo más. Bien, estaba sola y librada
a su suerte. Si lograba llegar a Talca quizás
sobreviviría, sino su vida terminaría
en el olvido al igual que otras cientos de miles. Esperaba
encontrar en esa ciudad a sus parientes y tuvo que controlarse
para no dejarse llevar por la desesperación.
Se sirvió algunas galletas de
soda acompañadas de una porción de carne
en lata. No quiso hacer un fuego para calentar agua,
pues tenía miedo de llamar la atención,
así que se conformó con unos sorbos helados
que reconfortaron su paladar. Descansó una media
hora y -tras un discreto vistazo a los alrededores-
reanudó la marcha. Pronto pedaleaba con ese ritmo
constante que había aprendido a usar, no muy
fuerte ni muy despacio, lo suficiente como para gastar
energía sin que fuese agotador. Prosiguió
así gran parte de la mañana. No vio rastros
de nadie hasta cercano el mediodía, en donde
una profunda huella señalaba el lugar en que
un vehículo pesado se había salido del
camino en una curva. Se acercó al borde y vio
al fondo de una pequeña quebrada un microbús
incrustado entre unas rocas. Nada se movía alrededor,
excepto los pájaros que picoteaban entre los
restos. Usó como escondite unos arbustos y recorrió
el lugar con los binoculares. Nuevamente, nada.
-Puede haber algo útil allá
abajo -murmuró con el fin de convencerse a sí
misma.
Permaneció varios minutos decidiéndose
a bajar. Cuando se dispuso a hacerlo, colocó
la bicicleta junto a un árbol y la encadenó
al tronco, pues no deseaba que un ladrón ocasional
se llevase su único medio de transporte. Con
gusto hubiese bajado con ella, pero la ladera era demasiado
empinada. Por unos instantes sopesó su actitud
precavida, ya que unos días antes la hubiera
tildado de paranoica; hoy, se le hacía plenamente
necesaria. No le gustaba tener que actuar así,
no era su estilo de vida el estar mirando constantemente
sobre su hombro. Su existencia se estaba encaminando
en una dirección que no le agradaba, impulsada
por las circunstancias.
-Allá vamos -dijo en un susurro
y empezó el descenso.
Cuidadosamente bajó hasta el
fondo de la quebrada. Al llegar junto al microbús
recorrió con la vista el rastro dejado por el
vehículo al caer. El impacto había sido
lo suficientemente fuerte como para desencajarle las
ruedas traseras y destrozar la parte delantera. Sabía
que adentro encontraría a la muerte en más
de una forma, por lo cual se armó de valor e
ingresó por la puerta trasera que estaba abierta
de par en par.
-Tienes que ser fuerte -murmuró
para darse ánimos.
Cinco cadáveres que empezaban
a descomponerse estaban repartidos por el interior.
Todos eran adultos, dos mujeres y tres hombres. Caminó
cuidadosamente por el pasillo hasta llegar a la parte
delantera, en donde un aplastado chofer todavía
se aferraba al volante. Había varias cosas desparramadas
por el interior, sobre todo ropa y enseres. Supuso que
eran una familia o dos que huyeron con lo primero que
encontraron a mano, tal vez provenientes de un caserío
que vio a lo lejos el día anterior. Se tapó
la boca y las fosas nasales con un pañuelo antes
de empezar a hurguetear entre los objetos.
Algunas lágrimas cayeron de
sus ojos al darse cuenta de que estaba robándole
a cadáveres, comportándose como un mero
carroñero más en vez de como un ser humano.
No, ahora las consideraciones éticas no servían
de nada, no existían reglas ni leyes que cumplir
en medio del caos que la había golpeado. Por
último, ellos ya se encontraban muertos y sus
pertenencias no les servirían de nada, era un
mero acto práctico de supervivencia. Pero no,
algo en su interior se resistía a adoptar esas
actitudes, no quería deshacerse del barniz de
civilización que la había acompañado
durante treinta y seis años.
Se detuvo, pensativa.
Ahí estaba, una Asistente de
Gerencia con un buen puesto en una compañía
de metales, separada, sin hijos y con un futuro promisorio...
robándole a unos muertos, degradándose
a lo más bajo que podía concebir. ¿Qué
vendría después? ¿Matar por un
sorbo de agua o un trozo de pan? ¿Quitarle a
un anciano su abrigo para soportar el frío? ¿Negarles
a unos niños algo de alimento sólo para
sobrevivir un día más? ¿Estaba
realmente preparada para dar un paso en esa deshumanizada
dirección?
Aferró con fuerza el pasamanos
tratando de controlar el torrente de emociones que la
inundaba. Respiró suavemente para relajarse,
una técnica que su psicólogo le había
recomendado. Pensó en el hombre, poco mayor que
ella misma, a quien en más de una ocasión
quiso insinuársele, pero se contuvo. Qué
simple era su vida hasta hacía poco: lo que más
le interesaba era que el encargado del soporte informático
en su departamento le arreglase su computador o que,
algún día, su vecino se fijase en ella
y la invitara a salir. Eran pensamientos casi pueriles,
mas la inundaron al evocar todo lo que había
perdido. Curiosamente, esos pequeños detalles
eran lo que más le incordiaba, no tanto así
las otras cosas como la sociedad y su hogar, quizás
porque le afectaban más directamente, eran parte
de su esencia como ser humano.
-Mira, mira -oyó una voz a sus
espaldas y se volvió, sobresaltada.
Había un hombre en la puerta
de atrás y la miraba fijamente. No lo escuchó
llegar de tan concentrada que estaba en sus cavilaciones.
Iba a decirle algo cuando se fijó en lo que reflejaban
sus ojos: locura y desesperación. Un enorme cuchillo
brilló en la mano derecha del sujeto mientras
una sonrisa sádica lo recorría. Su mirada
la recorrió de pies a cabeza con gran interés.
-¡Mario, ven a ver lo que encontré!
-gritó de improviso y añadió-:
Quédate quieta, no me gusta cuando las mujeres
se resisten.
Avanzó lentamente hacia Andrea,
como saboreando de antemano lo que iba a disfrutar.
Afuera se escuchaban los pasos de otro hombre que corría
presuroso hacia el microbús. El del cuchillo
iba a decir algo cuando una detonación estremeció
el interior del vehículo. Luego, miró
estúpidamente la pistola que esgrimía
la mujer antes de caer al suelo.
-¿Qué pasa? -preguntó
su compinche, entrando en ese momento al microbús.
Un segundo disparo remeció el
lugar y el recién llegado rodó por la
puerta de acceso.
Andrea se acercó al primer caído
y comprobó que no se movía; la sangre
que manaba del impacto en el pecho empezaba a deslizarse
por el pasillo.
-¡Puta de mierda, me diste en
el hombro! -chilló el otro hombre desde el suelo,
intentando ponerse de pie.
La mujer lo encañonó
sin disparar, dudando entre gastar otra bala o no. Las
municiones serían escasas de encontrar y la lógica
le indicaba que era preferible ahorrarlas. Guardó
la pistola en el bolsillo trasero de su pantalón
y cogió un trozo de fierro que esgrimió
a modo de garrote. El otro empezó a gatear para
alejarse de ella, pero lo alcanzó en pocos pasos.
-¡Cabrona culiá! —alcanzó
a insultarla antes de que el fierro se abatiese sobre
su cabeza.
El hombre se desplomó sobre
la tierra y Andrea le propinó varios golpes más
hasta que los sesos emergieron de un cráneo destrozado.
Entonces, se detuvo y arrojó el trozo de metal
lejos de ella. Caminó unos pasos de vuelta hasta
el microbús y, apoyándose en él,
se largó a vomitar. Devolvió todo el desayuno
para después escupir y llorar con amargura. Las
lágrimas cayeron sin cesar durante un tiempo
que le pareció eterno. La amargura y la angustia
la invadieron, dejándose caer sobre ella con
una fuerza demoledora.
-¿Qué he hecho? -preguntó
en voz alta y volteó para ver el cadáver
del hombre sin sesos. Un charco de sangre se extendía
sobre una tierra que pronto absorbería el fluido
vital del fallecido.
Era legítima defensa en un mundo
sin ley, se dijo. Estaba bien, no tenía que avergonzarse
de nada. Fue una sabia decisión la de acercarse
al radiopatrullas de Carabineros -estrellado contra
una camioneta- para extraer las pistolas y las municiones
de los dos uniformados muertos en su interior. Una de
ellas la tenía en la mochila y la otra permanecía
en un bolsillo de la chaqueta, estando siempre a mano.
Se dio cuenta de que sus esperanzas de no tener que
usarla nunca habían sido inútiles, casi
infantiles. Las circunstancias la obligaron a jalar
del gatillo, a convertirse en lo que no era, a dejar
de lado las consideraciones éticas normales para
dar paso al instinto de supervivencia. El instinto no
podía ser eliminado fácilmente, pese a
todas esas capas de civilización que la mujer
llevaba encima. Había aflorado al fin en medio
de una crisis que esperaba vanamente evitar.
Paró de llorar y se dio cuenta
de que en esos instantes era vulnerable, al igual que
cuando se puso a divagar en el microbús. Miró
a su alrededor y por suerte no existía un tercer
sujeto que rondase por el lugar, sino ya sería
historia; era un detalle a tener en cuenta a futuro.
Secó sus lágrimas. Después de lo
de ese día ya no habría marcha atrás,
tendría que aceptar por la fuerza el cambio de
actitud. Era el momento de velar por ella misma antes
que por otros, dejar al instinto hacerse cargo de la
situación.
Con decisión volvió al
interior del microbús y prosiguió rebuscando
entre las cosas de los muertos, inclusive los bolsillos
del primer sujeto abatido. En cuestión de minutos
había conseguido algunas provisiones envasadas
y dos botellas de agua mineral, así como también
cierta cantidad de dinero que -quizás- pudiese
tener algún valor en el futuro. Al salir del
vehículo revisó los alrededores y encontró
las mochilas de sus atacantes, las cuales vació
sin miramientos. Los pobres diablos no tenían
nada de comer, excepto una bolsa con pan rancio y maní
salado; la existencia de una linterna con pilas de repuesto
fue lo único rescatable. Luego, trasladó
lo encontrado a su propia mochila y empezó la
ascensión de la quebrada. Una vez arriba, miró
por última vez la escena de los hechos y luego
desencadenó la bicicleta. Miró sus manos,
sabedora de que ahora estaban manchadas con sangre,
y reanudó la marcha.
El pedaleo se hizo constante como antes.
Ahora miraba con detenimiento y decisión el camino
que se abría ante ella. Conforme pasaba el tiempo
su sentimiento de culpa fue remitiendo, dejado de lado
por la aplastante realidad. Finalmente, no le quedó
el menor remordimiento por dejar los cuerpos sin enterrar;
eso ya era parte de un ritual del pasado. Prosiguió
su camino bajo el alero de una nueva perspectiva de
vida.
Se prometió que llegaría
a Talca, costase lo que costase, aunque tuviera que
matar a alguien nuevamente. Si allá encontraba
a su padre y su amiga, bien, sino... ya vería
qué hacer.
publicado en junio
de 2008
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