| PUERTA ESTACIÓN MAPOCHO
Las barricadas con sus alambradas obstaculizaban
el acceso al puente, impidiendo el paso desde o hacia
Independencia. Gruesos pilares de concreto yacían esparcidos
en los primeros metros de la avenida. Y por toda la
ribera norte del río Mapocho se extendía una cerca alambrada.
A intervalos regulares de dicha ribera había casetas
fortificadas y constantemente hombres y perros recorrían
el sitio.
Un destacamento fuertemente armado
del Ejército y Carabineros montaba guardia en el puente.
Su centro de operaciones era el antiguo Cuartel de Investigaciones
situado a la entrada de Independencia.
Más allá del puente, en lo que antaño
fue conocido como el centro de Santiago, los edificios
permanecían grises y solitarios, muchos de ellos con
varios vidrios rotos. Las calles estaban atestadas de
basura y escombros. El polvo reinaba en las fachadas
y el interior de las antiguamente concurridas tiendas.
El abandono era total, con excepción de una que otra
ave que —tras una corta estadía— reemprendía el vuelo.
Del otro lado, las casas más próximas
al río estaban en su mayoría deshabitadas, pues la siniestra
fama del sector cercado alejaba a cualquier probable
propietario.
El soldado de guardia hacía varios
minutos que había dejado de hablar con su compañero.
Casi siempre era así, porque la depresiva vista todavía
calaba hondo en quienes permanecían en ese sitio. Golpeteó
con nerviosismo el cañón de su fusil de asalto y fue
en ese instante que distinguió una pequeña figura moviéndose
en Bandera. Aguzó la vista y descubrió que era un can,
ante lo cual exclamó:
-¡Mira, Daniel!
Conforme el cuadrúpedo se aproximaba
al puente, los hombres pudieron distinguirlo con mayor
detalle. El animal caminaba jadeante, como si hubiese
corrido varios kilómetros persiguiendo o huyendo de
algo.
-Es de Carabineros -notó Daniel al
ver el grueso collar. Llegado a la mitad del puente,
el perro se detuvo y olfateó el aire para luego mirar
hacia atrás. Lamió sus patas delanteras.
-Cristóbal, ¿qué le pasa? -inquirió
Daniel.
Pero antes que su compañero pudiese
responder, el perro volvió a emprender la ahora notoriamente
penosa caminata.
-¡Mi cabo, un perro de los pacos!
—exclamó Daniel a viva voz y un uniformado que conversaba
con otros tres se aproximó a ellos.
-¿ Qué cosa? —preguntó el cabo y el
perro se detuvo frente a la valla y comenzó a gemir.
Con prontitud los hombres levantaron
la valla y el perro llegó hasta ellos, refregándose
contra las piernas de Cristóbal y gimiendo lastimeramente.
La piedad se apoderó de los hombres y entre todos trataron
de calmarlo.
-¿ Y esto? -preguntó Daniel al tiempo
que extraía unos papeles cuidadosamente doblados sobre
el collar, atados a éste con una pitilla.
-Alguien lo puso ahí -notó el cabo
y recibió las hojas de manos del joven. Comenzó a desdoblarlas
con cuidado.
Al acabar el sargento su labor, otro
uniformado se les acercó.
-¿ Qué tiene ahí, sargento?
-Lo trajo el perro, mi capitán -explicó
el hombre.
Hojeó los papeles-. Están escritos
a mano y firmados por... Fernando Sanhueza. -Miró a
su superior-. Es el geólogo de la 16» expedición. Lo
vimos en las noticias de antenoche.
El capitán cogió las hojas y luego
se las tendió a Cristóbal diciéndole:
-Léalas; usted es bueno para eso.
El joven sonrió un poco, pues su superior
hacía alusión a una corta carrera como jefe de campaña
del candidato de su partido en las pasadas elecciones
presidenciales. Olvidó eso, que estaba enterrado como
muchas otras cosas desde el día en que tuvieron que
cerrar el centro, y comentó:
-La letra es irregular; quizás estaba
nervioso o apurado. Aunque... -observó todas las hojas
y guardó silencio.
-¿ Aunque? -inquirió el capitán.
-No sé; pero da la idea de que fueron
varios los que escribieron esto. Le mostró las dos primeras
hojas-. Mire, la letra es distinta y en varios puntos
se hace irregular.
El oficial siguió con la mirada la
extraña escritura, luego de lo cual el joven procedió
a leer:
"Santiago, 18 de abril. Maldito
el día en que vine. Maldito el día en que tuve que despedirme
de mi esposa e hijos. Malditos sean los yanquis por
derribar la nave extraterrestre. Maldita sea la casualidad
que la arrojó sobre Santiago. Maldito el día en que
nací.
Dicen que la vida es un infierno y
creo que tienen razón.
¡¿Claro que la tienen?!
¡Dioses!, no sé si es la locura o la
alegría de sentirme tocado por la gracia divina lo que
me guía en estos instantes. Sé tan poco de lo que sabía
antes que no sé si los que lean esto puedan entenderme.
Ahora sé que no fue casualidad...
No, hay que ser precisos. Veamos lo
primero.
Fue hace 48 horas, el 16 de abril,
que traspasamos la Puerta Plaza Baquedano. Éramos ocho
en total (pero esto ustedes lo saben; seguro que lo
vieron por televisión, así como se vieron todos los
otros grupos que nos precedieron). Llegamos hasta el
edificio Diego Portales sin dificultades. Teníamos los
aditamentos standard: Agua, comida, armas y municiones,
equipo de radio (inservible a poco de atravesar el Diego
Portales), cámaras fotográficas, binoculares, etcétera.
Marcos demostró los primeros síntomas
de presión, a pesar de que se decía era el de más sangre
fría del grupo. Yo me puse nervioso entonces... Tal
vez era un presagio de lo que venía.
El cielo se nubló de improviso. Todos
lo habíamos visto en las filmaciones de TV; pero verlo
en persona para luego ser empapados por la lluvia es
muy distinto. Nada más caer el agua comenzamos a percibir
una extraña sensación. Algo iba a decir Javier cuando
la lluvia se acabó.
Seguimos por la ladera del cerro Santa
Lucía. Evitamos avanzar al descubierto por precaución.
Frente a la Biblioteca Nacional hicimos un pequeño alto
junto al vehículo blindado del ejército que se estrelló
contra el microbús el primer día de la "semana
de la locura". Todavía me acuerdo de esos días:
La gente enloquecida corriendo a ciegas por las calles,
unos saltando, otros gritando, todos sin rumbo fijo.
Y los lamentos, oh, sí, los lamentos. Y ahora, frente
a la Biblioteca, oímos por primera vez uno de ellos.
Alberto se puso a temblar, pero mantuvo
la calma. Javier y Marcos se apretujaron contra un automóvil,
como buscando protección. Cristián, Ximena y Carolina
fueron más prácticos y trataron de averiguar la dirección
de donde provenía el lamento. Usaron sus binoculares
y se dijeron cosas que no escuché... porque el lamento
tocaba algo dentro de mí. ¡Lo disfruté! Mis compañeros
estaban asustados o intrigados, pero yo... estaba maravillado.
Eso fue solamente el comienzo.
Nos metimos por Mac-Iver hasta Agustinas
y -como se hacía de noche- entramos a un edificio. Encontramos
un departamento con espacio suficiente y nos tendimos
allí. Noté que Carolina me miraba unos instantes con
aire interrogador y después se acercaba a una ventana.
(Sí, ella se dio cuenta desde un principio que algo
me sucedía. De todos nosotros, esa mujer era la más
lista y, por qué no decirlo, hacía una buena pareja
con Cristián).
¡Qué noche!
Estuvimos mirando hacia la calle y
conversando en voz baja, como si temiésemos que alguien
nos escuchase. A eso de la una de la madrugada empezamos
a tratar de dormir. Pero antes de media hora escuchamos
un lamento.
¿Qué tienen esos lamentos? Es algo
que muchos se han preguntado. No son los lamentos de
un hombre atormentado, ni los de una bestia dolida;
no son nada de eso. Es como una vibración, un latido
al compás de un ritmo desconocido. No sé por qué les
dicen lamentos.
Nadie pudo dormir con tranquilidad,
pues los lamentos -a falta de una descripción mejor
los seguiré llamando de esta manera- se sucedieron a
intervalos irregulares. Esto me hacía sentir como un
intruso en un mundo sagrado. Y a pesar de que no dormí
ni un solo instante, al día siguiente estaba fresco
como lechuga.
Un momento, falta narrar el incidente
de la noche.
Alrededor de las tres y cuarto, un
poco más quizás, se escuchó otro lamento y después varios
disparos nos hicieron saltar de los sacos de dormir.
De inmediato echamos de menos a Marcos y salimos del
departamento dispuestos a encontrarlo. No fue difícil,
ya que el muy idiota se había tropezado en las escaleras
y rodado abajo partiéndose el cuello. Los tiros eran
de su rifle y en los muros había varios impactos de
bala.
-Tuvo miedo -afirmó Ximena al ver los
ojos todavía abiertos del hombre.
-¿ De qué? -pregunté con poco ánimo.
-Cuando escuchamos el segundo lamento
lo vi revolverse en su saco —recordó Cristián.
-Estaba muerto de nervios -dijo Alberto-.
Llámenlo locura temporal o algo por el estilo. No es
primera vez que pasa.
-Pasó en la semana esa -rememoró Carolina
y de nuevo me miró.
Ah, qué mujer tan perceptiva era esa.
Sentía que sus ojos me penetraban como taladros y, a
medida que pasaba el tiempo, fui adquiriendo la capacidad
de entender los pensamientos de los demás a través de
su mirada. Esto, poco a poco, me iba distanciando de
ellos, me iba haciendo diferente.
Y todo gracias a los lamentos.
Cada nuevo lamento producía un pequeño
cambio en mi interior. Cada vez me adentraba más y más
en algo nuevo y sublime que no podía precisar. ¿Amor?
¿Odio? ¿Esperanza? ¿Deseo? ¿Decepción? ¿Temor?
Acomodamos el cadáver de Marcos en
el pasillo y volvimos al departamento. El resto de la
noche no tuvo mayores incidentes.
Hacía calor cuando salimos nuevamente
a la calle. Iniciamos la caminata por Agustinas. Al
pasar frente al Teatro Municipal vimos los restos de
un helicóptero del Ejército incrustado en la fachada
del edificio. Miré ese panorama y sentí lo estúpido
que había sido el mandar a esos hombres a que sobrevolaran
el centro. Mierda, en ese tiempo nadie supo qué hacer:
Los políticos hablaban y discutían, los militares adoptaban
medidas de seguridad, los científicos hacían estudios
y la gente se horrorizaba.
Oh , casi me olvido de las potencias.
Ellas, grandes y pesadas como dinosaurios, trataron
de calmar los ánimos. Aunque hasta el más idiota del
mundo sabría que con las toneladas de dólares que generosamente
-y a modo de "indemnización"- nos dieron los
yanquis, nada podría suplir el grave impacto del descabezamiento
del país. Por lo menos no tuvimos ninguna revolución
ni nada por el estilo, aunque poco faltó. Pero -cosa
curiosa y polémica- el tener en Valparaíso el Congreso
Nacional facilitó el traslado del gobierno a esa ciudad.
Me estoy desviando del tema. Me estoy...
alterando".
Unas cortas y profundas líneas rasgaban
el papel en ese punto. Cristóbal las saltó para poder
proseguir:
"Bien. Bien.
Poco después de atravesar San Antonio,
sentimos muchas voces, voces que parecían provenir de
una multitud. Nos detuvimos para oírlas. Tardamos bastante
tiempo en darnos cuenta de lo familiares que eran.
-Son los sonidos de la calle en un
día normal -hizo notar Carolina.
Esto nos devolvió un poco la tranquilidad -aunque debiese
decir que a ellos les devolvió la tranquilidad-. Pero
Alberto hizo un par de tiros al aire y gritó:
Basta!
Nos quedamos mirándolo. Nadie quería
decir nada y, mientras tanto, los sonidos de la calle
seguían a nuestro alrededor.
-Sigamos -ordenó Javier en un tono
que no hacía dudar de su liderazgo.
Cosa extraña. Ninguno le reprochó la
actitud a Alberto. Ya éramos un grupo distinto al que
ingresó la tarde anterior; no solamente en mi se había
operado el cambio (aunque mi cambio fuese distinto al
de ellos).
En Estado oímos otro lamento, más fuerte
que los anteriores, más profundo. Sólo nos miramos y
seguimos caminando. Al acabar el lamento los sonidos
de la calle se apagaron. El silencio volvió a reinar
y esa cierta sensación de familiaridad que brindaban
los sonidos callejeros se desvaneció, siendo reemplazada
por la angustiante atmósfera del desolado centro. Era
como andar por la orilla del cráter de un volcán sin
saber cuándo hará erupción. O quizás debiese decir que
era como sumergirse...
No, creo que nada que diga podrá describirles
esa sensación; sería tan vano como hablarles de los
"lamentos".
De pronto, Alberto se puso a hablar
de sus recuerdos del colegio. Al principio no le dimos
importancia; pero cuando empezó a maldecir a los profesores
y a escupir luego de pronunciar el nombre de cada uno
de ellos, nos percatamos de que algo le pasaba. Y, antes
de llegar a Ahumada, Alberto pateó un kiosco de diarios.
-¿ Qué te pasa? -inquirió Javier,
indicándole a Ximena que permaneciese lejos de ellos.
-¡Una raza no puede! -contestó
y pateó un tacho de basura.
La extraña respuesta desconcertó unos
instantes a Javier, empero pronto reaccionó:
-No lo voy a discutir.
-¡Y nadie, oh, sí, nadie, lo
entenderá jamás!
Llegado ese punto nos encontrábamos
en pleno Paseo Ahumada con Agustinas. Formamos un pequeño
semicírculo en torno al ¿descontrolado, nervioso o demente?
Alberto arrojó su arma al suelo y miró hacia Alameda,
al tiempo que un leve temblor recorría sus manos. Carolina
se aproximó un poco y le preguntó:
-¿ Sientes algo?
-El cambio -respondió con calma y,
por unos instantes, pareció volver a la normalidad-.
El cambio se aproxima y será inevitable. Y tendremos
que dejarlos.
-Este cambio... ¿de qué tipo es?
-Nuevo, diferente.
Tras estas palabras, volvió a maldecir
una serie de nombres que desconocíamos, seguramente
de gente que trató en su vida, antes de gritar y largarse
a correr en dirección a Alameda. Lo vimos desaparecer
sin hacer nada por evitarlo. Diablos, qué extraño debe
ser para los que leen esto el entenderlo; pero la diferencia
es que no estuvieron acá como nosotros. Antes de entrar
se decía que este sitio alteraba a la gente, la cambiaba,
liberaba las locuras de la mente. Tal vez la mejor y
más simple prueba de ello fue la "semana de la
locura" (que es como seguramente la recordará la
historia).
No volvimos a ver a nuestro camarada.
Corrió hasta perderse y no nos importó. Permanecimos
un largo rato en silencio. Un fuerte viento proveniente
del este nos envolvió unos segundos y luego se esfumó.
Cristián asió a Carolina del hombro,
ella lo observó y entonces ambos parecieron relajarse
un poco.
Una extraña tonalidad azul empezó a
inundarlo todo, como si de niebla se tratase.
-¿ Qué es esto? -preguntó Ximena.
-No lo sé -respondió Javier y miró
en todas direcciones-. Cubrámonos en un pasaje, por
si acaso. Nos metimos en la galería de la boletería
del cine City. Desde ahí observamos ponerse todo azulado.
-Se ve bonito -comentó Cristián.
Javier trató de comunicarse por radio
sin resultados.
-Por lo menos sabemos que no es radiación
-consoló Carolina.
Sí y esa era una de las pocas cosas
seguras en todo el asunto, pues los científicos habían
descartado una fuga de radiación de la nave alienígena
o una epidemia causada por algún virus desconocido.
Lo que pasaba en el centro no era nada de eso.
En ese instante comprendí que los únicos
que habían actuado con tino fueron los militares, ya
que cercar el área era lo único razonable por hacer;
más todavía si se considera la verdad.
Nuevamente descubrí a Carolina observándome
en forma inquisitiva. Eludí su mirada, al igual que
antes.
Aguardamos algunos minutos hasta que
el fenómeno se desvaneció. Al retomar el camino por
Agustinas, sentí un escalofrío. Pero esa sensación desapareció
en cosa de segundos. En Bandera tuvimos que sortear
un trío de microbuses que obstaculizaban la pasada.
Dos de ellos estaban estrellados y volcados mientras
el tercero había quedado semi atravesado en la calle.
Un esqueleto que sobresalía de una de las ventanas de
este último vehículo nos llamó la atención. De su cuello
aún pendía una cadena con un crucifijo.
-Tu dios no te ayudó -murmuré, sin
saber el porqué decía algo así. Nadie me escuchó.
A medida que continuábamos, las palabras
iban muriendo en nuestros labios. Y no era por el silencio,
sino por aquella atmósfera tan especial a que he hecho
alusión. Era mejor así, puesto que me permitía estar
a solas con mis pensamientos y mis nuevas sensaciones;
podía saborearlas y analizarlas con mayor detención;
podía dejarlas fluir a través de mi ser sin interrupciones;
podía permitir que el cambio me transformase.
-La Moneda -anunció Javier con poco
ánimo al arribar a la Plaza de la Constitución.
El césped era maleza y los árboles
dejaban ver su descuido. Dejamos de lado cualquier tipo
de precauciones y nos acercamos un poco al antiguo palacio
de gobierno.
-Alto -dijo Javier-. No tiene caso
mirar allí. Seguramente no debe ser distinto que los
demás edificios.
Lo cual era muy cierto.
Cuando llegamos a la esquina de Teatinos
con Agustinas, miré hacia atrás, igual que los otros,
para contemplar por última vez el despejado sitio.
-Se ve extraño -comentó Cristián y
noté que Carolina se acercaba a su lado. Miré a la mujer,
ella me devolvió la mirada y se sonrojó un poco. Yo,
por mi parte, nada dije, ¿para qué? Era obvio lo que
estaba sucediendo entre ellos. Aunque (y esto es lo
importante) poco o nada me importaba. Recordé lo fuertemente
arraigados que están los sentimientos en el ser humano,
inclusive recordé el instante en que le pedí a mi polola
que se transformara en mi esposa. Y todo eso no me pareció
más que una simple curiosidad.
Ése fue el instante clave en que comprendí
la naturaleza del cambio. Pura y simplemente estaba
dejando de ser humano. Y lo acepté. Trato de verlo desde
una óptica humana para poder darle un sentido que ustedes
puedan captar, pero es difícil. Por eso es que he remarcado
esa frase anterior, ya que creo que ella implica muchas
cosas que no soy capaz de describir.
Los seres humanos son muchas cosas:
ideas abstractas, emociones reprimidas, deseos concebidos,
cariños inconexos... y una mota en el universo. Forman
parte del desorden que compone al cosmos y se atienen
a las leyes de la naturaleza que lo rigen.
¿Qué estoy diciendo? Es mi espíritu,
mi transformado espíritu, el que me dicta esa clase
de cosas. Debo retomar el hilo de lo que narro".
Nuevamente Cristóbal debió saltar unas
líneas que atravesaban el papel.
"Sí, ya todo era distinto.
Entre Amunátegui y San Martín volvimos
a escuchar algunos lamentos; pero esta vez los ignoramos
(mis compañeros por costumbre y yo por otro motivo:
eran parte de mi naturaleza y, como tales, no me llamaban
la atención). Oímos el ruido característico de las aspas
de un helicóptero y luego tuvimos algo de esa especie
de neblina azul. Y al llegar a San Martín nos topamos
con una jauría de perros. Los canes -en número de cuarenta
aproximadamente- nos miraron unos segundos, tras lo
cual se nos echaron encima. Utilizamos nuestras armas
y pronto los acabamos. Pasamos entre sus cuerpos sin
vida y Ximena escupió sobre uno de ellos; nadie se lo
reprochó.
El arribo a la Norte-Sur estuvo impregnado
de un disimulado nerviosismo, quizás debido a que el
objetivo se encontraba a pocas cuadras de nosotros.
Mis compañeros empezaron a cruzar el puente a paso veloz;
yo me quedé rezagado, caminando con tranquilidad y sin
dejar de observar hacia todas direcciones. Me llamó
la atención la cantidad de vehículos estrellados y entrelazados
en la carretera.
Al llegar al otro lado, mis camaradas
habían hecho un alto al amparo de un edificio. Nos miramos
y volvimos a marchar.
-No saldremos vivos de esto -afirmó
Javier de improviso.
-¿Qué estupideces dices? -preguntó
Carolina, cogiéndose del brazo de Cristián.
-No saldremos vivos -repitió con el
mismo ánimo fatalista-. Nadie ha vuelto con vida o lo
suficientemente cuerdo para no terminar en un manicomio.
-Saldremos vivos -contradijo Cristián
y al finalizar sus palabras una vibración recorrió fugazmente
el suelo.
-Sé que te sientes extraño -dijo Carolina
al tiempo que una leve opacidad ennegrecía el ambiente—.
¡Todos nos sentimos extraños! —exclamó y me miró de
reojo-. Pero estamos con vida y seguiremos estándolo.
Los ojos de Javier se detuvieron en
la mujer unos momentos antes de decir:
-Yo no lo creo.
-Déjense de decir tonteras -calmó Ximena-.
Tenemos un trabajo que hacer.
-¡Trabajo! -exclamé con cierto
ánimo en el tema-. ¿Qué hacías antes de estar aquí?
-Soy Ingeniero Industrial, ¿lo olvidas?
-contestó Ximena-. ¿Te está fallando la memoria?
-Sí, me falla -contesté y esperé a
que ella me reprochase algo.
En contra de lo esperado, Ximena simplemente
aseveró: -Te entiendo. En este sitio a todos nos falla
algo.
Tras lo cual volvió a guardar silencio.
Al fin estuvimos en la avenida Brasil.
Nos asomamos con cautela. Javier cogió sus binoculares
unos segundos antes que los demás y tras una breve observación
comentó: -Se ve desolado.
"Por el contrario, hay mucha actividad",
pensé con algo de ironía que no dejé traslucir.
En la Alameda se veía perfectamente
el casco de la nave estrellada, semi enterrada en el
suelo. A simple vista no parecía gran cosa: Un huevo
alargado con múltiples hendiduras, sin señales visibles
de motores o algo por el estilo. En realidad, lo decía
todo y nada a la vez. Todo, por ser algo proveniente
de otro mundo; nada, porque no existían otros ejemplos
de que hubiese sucedido algo excepto su inusual presencia.
Por la mente de mis camaradas, en cambio, cruzaron infinidad
de ideas y suposiciones; sus ojos lo dijeron todo.
-¿ Vamos? -preguntó Ximena, acariciando
su arma. Javier perdió su mirada triste en el conjunto
y respondió: -Sí.
Cristián y Carolina sacaron algunas
fotografías antes de iniciar el acercamiento final.
Nos desplazamos pegados a los muros de la vereda este
en medio de un silencio total. Se oyó otro lamento.
Y entonces, mientras daba un paso tras otro, tuve la
certeza de muchas cosas. Supe que la caída no había
sido totalmente al azar, que no fueron a estrellarse
en Chile en vano. Después de que el proyectil los alcanzara
y perdiesen el control del impulsor principal, escogieron
cuidadosamente el sitio de aterrizaje. Su trayectoria
los dirigía al hemisferio sur del planeta. Analizaron
las líneas magnéticas que recorren sudamérica y notaron
que por nuestro país fluye una gran cantidad de ellas.
¿Qué tiene que ver el magnetismo? Es muy simple: Ellos
lo utilizan para alimentar su "generador"
(aunque ése no es el término más adecuado, sino algo
semejante. No puedo explicarlo bien, lo siento; pero
es un concepto que apenas puedo captar en su totalidad).
Algo del magnetismo está relacionado con la energía
psíquica que emiten los seres pensantes; está relacionado
de una forma y en un nivel que desconozco, aunque esa
es la razón de que la gente y los animales enloquezcan
en este sitio. No se trata de que absorban la energía
mental o algo por el estilo, sino que su "magnetismo"
(por decirlo de cierta manera) afecta nuestros pensamientos.
Los lamentos son una especie de onda portadora de dicho
magnetismo, algo así como los ecos que emite un sonar.
Ahora que lo entiendo me parece sumamente
sencillo y es extraño que alguien no hubiese dado con
la respuesta. Quizás en su sencillez estriba la causa
de todo ello. No lo sé con certeza y tampoco me importa.
Lo importante es que -a medida que
me acercaba a la nave- las emanaciones de aquellos seres
llegaban a mí con mayor fuerza, transmitiéndome su conocimiento.
Ahora, ¿por qué no sucedía lo mismo con los demás? Lo
ignoro, aunque supongo -pero no tengo la certeza- de
que cada persona reacciona de manera distinta frente
a este estímulo psíquico.
No, contrariamente a lo que algunos
dijeron, ellos no intentaron en ningún momento comunicarse
con nosotros; sólo se limitaron a emitir sus ondas para
tantear el terreno. Eso fue lo que motivó la "semana
de la locura". Y en verdad el ser humano poco les
interesa. No son como los humanos (obviamente, puesto
que habría que ser idiota para creer que seres totalmente
diferentes podrían razonar como nosotros. ¿Nosotros?
Me parece irónico).
¿Por qué la gente enloquece? Simple:
Los lamentos producen fuertes efectos en el psiquismo
de las personas; solamente algunos como yo realizan
esa "resonancia" mental. Y esos pocos paulatinamente
van perdiendo su pensamiento humano.
Sus "herramientas" alteran
la estructura temporal de lo que los rodea; ésa es la
explicación de los sonidos del pasado que escuchábamos
a veces; también es la razón de que los satélites captasen
escenas de tiempos antiguos.
No están lo que podría decirse molestos
con el injustificado ataque de los yanquis. Esto lo
ven sólo como un contratiempo en su viaje. Y es mejor
que los dejen tranquilos, porque de otra manera podrían
devastar todo el continente en cuestión de segundos.
Ahora lo único que les interesa en terminar las reparaciones
de la nave para largarse. En poco menos de un año podrán
hacerlo, así que es mejor que esperen ese día sin hacer
nada por impedirlo. Por el momento, prosiguen trabajando.
Todo este maravilloso conocimiento
me tenía embobado. Mis compañeros estaban tanto o más
absortos que yo (aunque a ellos por motivos diferentes).
Era tal la abstracción que no nos percatamos inmediatamente
de la fragilidad de los muros que nos amparaban. Fue
cuando Carolina tropezó en un ladrillo que la realidad
vino a nosotros.
-Hay que tener cuidado -advirtió Cristián
y en ese momento una vibración nos estremeció.
El muro al que nos apegábamos se vino
abajo y quedamos envueltos en una nube de polvo y piedras.
Permanecí quieto, con los brazos sobre la cabeza, agachado,
hasta que pasó lo peor. Carolina y Cristián se llamaron
a gritos, con desesperación, y en medio de la polvareda
los vi abrazarse con ímpetu.
-¡Ximena! -llamó Cristián.
-¿ Javier? -preguntó Carolina.
Nadie respondió. Guardamos silencio
hasta que el polvo se asentó lo suficiente como para
poder distinguir con claridad a nuestro alrededor. Un
par de piernas asomaban a pocos metros de mí. Por las
botas, supimos que era Ximena. Apartamos los escombros
hasta dejar su aplastado cráneo al descubierto.
-Maldita sea -dijo Carolina para luego
observar fugazmente sobre su hombro a la nave.
Un sonido de piedras removidas atrajo
nuestra atención. Cerca del sitio en que estaba Ximena,
Javier agitaba sus brazos, semi enterrado entre los
escombros. Nos dirigimos a su lado.
-Tranquilo, amigo -le calmó Cristián,
aunque a poco de verlo comprendimos que no tenía remedio.
El infortunado abrió los ojos. Nos
miró a todos. Balbuceó algo mientras varias lágrimas
rodaban por sus mejillas. Nos aproximamos otro poco.
-Violeta -murmuró un par de veces antes
de cerrar los ojos y expirar.
Cristián le sostenía una mano y Carolina
la otra. Ambos lo asieron varios segundos después de
muerto, como queriendo retenerlo en este mundo un poco
más. Cristián fue el primero en soltarlo, tras lo cual
hurgó en la chaqueta del infortunado.
-¿ Qué haces? -preguntó Carolina.
-Busco algo. -Extrajo una billetera
desde la cual sacó una fotografía en la que aparecía
una muchacha con un traje obscuro, ceñida con una banda
blanca sobre un escenario en el que varias personas
la aplaudían-. Anoche observó varios minutos esta foto
antes de dormirse.
-Es una fiesta o graduación de algún
tipo -notó Carolina.
-¿ Su polola, novia o esposa? -preguntó
Cristián.
-No, él era soltero -recordó la mujer.
La pareja comentó algunas cosas más que no alcancé a
escuchar, pues me había alejado algunos pasos de ellos.
Poco después llegaron a mi lado.
-No te importa, ¿eh? -inquirió la mujer
y me agarró por las solapas, sacudiéndome con fuerza-.
¡No te importa!
Cristián la sujetó por detrás, apartándola
de mi lado.
-¡Tranquilízate!
-Él ya no es humano -afirmó mientras
me señalaba acusadoramente con un dedo.
Los ignoré y continué acercándome a
la nave. Me detuve a medio centenar de metros de ella.
No transcurrió mucho tiempo antes que mis camaradas
me imitaran.
-No tengan miedo -dije sin voltear
para mirarlos-. Ellos no les harán daño.
-¿ Hablan contigo? -preguntó Cristián,
nervioso.
-Podría decirse -respondí-. Aprovechen
de sacar fotos antes de irse, porque no hay nada más
que puedan hacer.
Reticentes y desconfiados, la pareja
hizo lo que les sugerí. Al terminar, Carolina me dijo:
-Tú no vuelves, ¿eh?
-No.
Ellos se miraron sin saber qué hacer.
Era una situación casi absurda. Miraron la nave abrazados
y en silencio un largo rato. Supongo que debieron cuestionarse
muchas cosas, sobre todo la forma en que yo me comunicaba
con ellos, pero nada dijeron. Lo hubiese sabido de haberles
visto el rostro, aunque mi atención se enfocaba preferentemente
en el vehículo.
-¿ Cómo son? -preguntó Carolina.
-¿ Quieres verlos? -pregunté a mi
vez, volteando el rostro-. Hay uno detrás de ustedes.
Los dos cruzaron miradas de incertidumbre
y -lentamente- giraron la cabeza. Y lo que vieron creo
que es mejor que lo describan ellos, porque yo lo percibo
de una manera diferente. El caso es que fue más asombro
que temor lo que el ser produjo en la pareja. Temía
que le disparasen o se desmayaran de espanto. No pasó
nada de eso. A pesar de su asombro fueron capaces de
sacarle algunas fotografías. La observación duró alrededor
de tres silenciosos minutos antes de que la criatura
se marchase.
-¿ Qué hacía allí? -inquirió Carolina
sin disimular el nerviosismo que la invadía-. ¿Nos estaba
observando?
-Simplemente pasaba por acá y ustedes
tuvieron la suerte de cruzarse en su camino -expliqué
y arrojé mi rifle al suelo.
-¿Y ahora? -preguntó Cristián.
-Lárguense. Si los lamentos no los
afectaron, entonces podrán irse sin que nadie los detenga.
Díganle a los demás que no vengan. Adiós.
Les di la espalda y me dirigí hacia
el otro lado de la nave. Volteé una vez y los vi corriendo
hacia la calle José Miguel Carrera cogidos de la mano.
Supongo que habrán llegado a la Puerta Parque O'Higgins.
Supongo que ahora estarán rindiendo su informe a las
autoridades. Supongo que se harán famosos por ser los
primeros en salir cuerdos de este sitio. Supongo muchas
cosas que ya no me importan; pero que no dejan de acudir
a mi mente.
Esto fue por la mañana. Al mediodía
cogí unas hojas de un cuaderno tirado en una fuente
de soda y escribí esto. ¿Por qué? Pues porque ellos
me lo sugirieron; de esta forma, ustedes sabrán de qué
se trata todo esto. El relato de Carolina y Cristián
más mi aporte les entregará la comprensión total de
este sitio.
Al momento de escribir estas líneas
tengo a mi lado a un perro de Carabineros. Llegó solo
hasta aquí y supongo que lo enviaron a rastrearnos,
igual que lo hicieron con los otros grupos. Es curioso
que los perros puedan soportar los lamentos mejor que
los humanos. ¿O quizás todo es curioso? Ya no sé qué
es curioso, triste o alegre. He releído las páginas
anteriores y no siento lo mismo que sentí al escribirlas.
Mi cambio interno sigue en marcha. Lo que sí sé es que
cuando se vayan me marcharé con ellos. Soy uno de los
pocos que han logrado ser asimilados por su esencia.
He visto un ser de otro mundo, que se les unió durante
una breve parada que hicieron en otro sistema. Creo
que más adelante -cuando vayamos viajando- me comunicaré
con él.
Quizás esperen que les diga algo a
mis familiares. Lamento decepcionarlos. Creo que con
la sola lectura de esto podrán entender el porqué no
lo hago.
Ya siento tan poco de lo que sentía
antes.... que no puedo ver lo que me rodea de la misma
manera que ustedes. Por eso es que ansío la marcha,
la deseo con ahínco. Lejos, en el espacio, podré sentirme
más realizado que aquí. Tal vez algún día los humanos
lleguen al mundo al cual iremos. Pero eso es cosa del
futuro, es cosa del tiempo que se arrastra caprichoso
para los seres humanos.
Bueno, ¿qué más puedo decir? Acaricio
al perro, que no parece haberse dado cuenta de mi cambio.
Mueve la cola y mira hacia la nave. Colocaré estas hojas
en su collar para que se las lleve y espero que no se
caigan por el camino.
Ya lo saben: No vengan, pues no hay
nada para los seres humanos en este sitio. Esperen a
que nos vayamos. Después de eso, el centro de Santiago
volverá a ser el de antes. Yo ya he cumplido con advertirles".
Los hombres guardaron silencio varios
instantes. Finalmente Cristóbal preguntó: -¿Qué vamos
a hacer, capitán?
-Lo que él dice: No acercarnos. -Miró
hacia la abandonada zona de la ciudad-. Nada podemos
hacer.
Dicho esto, cogió las hojas y se retiró
a informar a sus superiores.
-Así que era eso -comentó Daniel, colocándose
junto al sargento en una barricada.
-Así que era tan simple como eso -corrigió
Cristóbal y pateó una piedra, sintiendo algo de pena
por el hombre que había dejado de serlo mientras escribía
unas hojas.
El silencio volvió a rodearlos.
F I N
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