Contacta con NGC 3660
 

Los Kenais Más sobre Teobaldo Mercado

Inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual con el Nº 163.302

 

Absorbía la pena y la angustia de los humanos que le rodeaban, pese a que la mayoría no se fijaban en él; era un mero sirviente de los Kenais, las poderosas entidades que controlaban el mundo. Le ordenaban cumplir con alguna tarea y lo hacía, mas siempre permanecía en su interior un gusto amargo por la indiferencia con que trataban a los humanos. Veía cómo los frágiles seres de carne y hueso se afanaban en cumplir los dictados de los Kenais, aunque en ello les fuese la vida.

¿Qué soy, en verdad?”, se preguntó por enésima vez, mirando el deambular de los pobres bípedos por entre sus maltrechas chozas en las que sobrevivían a duras penas. Recordaba sus primeros fragmentos de consciencia, un nacer entre paredes frías y grises que lo amedrentaron. Luego, comenzó su larga caminata por los senderos del conocimiento, recibiendo lo justo y necesario para ser un enviado de los Kenais.

Cogió la caja con vasijas sagradas y empezó a batir las alas para elevarse en espiral. Estando a un centenar de metros sobre el templo emprendió el vuelo hacia el distante palacio de los Kenais, apenas destacable en el horizonte. Por el camino reflexionó acerca de muchas cosas, sobre todo al ver las maltrechas viviendas de los humanos que se arracimaban bajo él. Nuevamente la compasión lo invadió, pese a saber de que su estatus era superior al de las simples personas de allá abajo. Algo en su interior se agitaba cada vez más, le producía una inquietud de la cual no podía desprenderse con facilidad.

Los Kenais son la vida y la muerte”, decía una de las frases predilectas de sus superiores, los Elegidos del Círculo Interno. Ellos acataban las órdenes de los Kenais sin rechistar ni cuestionárselas, usando para ello todos los medios disponibles. No era sensato contradecirlos, pero él estuvo tentado de hacerlo en más de un ocasión.

Arribó a destino con una sensación imprecisa de amargura y soledad, ya que ninguno de sus compañeros compartía esos puntos de vista; los había sondeado sutilmente para averiguarlo sin obtener resultados positivos. Debía callar, guardar silencio hasta... ¿cuándo? ¿En qué momento dejaría de obedecer las órdenes que recibía? O, acaso, ¿estaría condenado a vagar con sus dudas hasta el fin de sus días?

-Llegas a tiempo, como de costumbre, Giskarrion -lo felicitó un Elegido del Círculo Interno que aguardaba en la azotea-. Los Kenais siempre valoran la exactitud.

-A los Kenais obedezco, Mentralog -replicó el aludido al tiempo que trataba de aparentar sumisión; pero por dentro sus emociones tenían un rumbo completamente distinto.

-Ve a comer algo y luego puedes descansar en los cuartos de invitados hasta mañana, en donde te asignarán otro destino.

-Sí, señor -aceptó y se marchó rumbo a las cercanas escaleras.

Descendió los fríos peldaños de piedra con una mezcla de amargura y cólera. Algo debía hacer, pero ¿qué?

 

En la soledad de su casa, Toriana terminaba de machacar las hierbas que darían el sabor a la comida. Mientras molía las hojas, pensaba en lo poco que tenían para echarse a la boca, anhelando el poseer al menos una fracción de la prosperidad de los Elegidos. Los veía pasar sobre sus cabezas batiendo las alas que les permitían desplazarse en cualquier dirección, no como ellos que estaban condenados a vagar sobre la tierra. Ellos se llevaban la mayoría de las cosechas y las mejores piezas de ganado como ofrenda a los Kenais en sus grandes palacios. También efectuaban los castigos a quienes transgredían el estricto Código de Comportamiento con sus varas que portaban en el cinturón.

Los Elegidos nos indican el camino de los Kenais”, siempre repetía su madre, aunque cada vez le parecía más absurda esa afirmación. A su modo de ver, el único camino que transitaban culminaba en la miseria, independiente de cuán cínicamente se lo quisieran hacer parecer como beneficio de los dioses. Recordó una leyenda en la cual se decía que los dioses de ahora no se parecían ni remotamente a los de antaño; ¿sería verdad? No tenía forma de saberlo, pues todo ese saber había perecido irremediablemente en la Noche de la Destrucción, milenios atrás. Lamentó la pérdida de ese antiguo conocimiento y se preguntó cómo sería posible tenerlo de vuelta sin encontrar una manera de lograrlo. Su vida transcurriría en la aldea, los establos y los campos de cultivo, viendo pasar su existencia día tras día hasta marchitarse. Llegado el momento se casaría y sus hijos seguirían el mismo camino, cruel, inmutable, sin visos de mejorar en el mediano o largo plazo.

Terminó de hacer la comida y se sentó a esperar el momento de la llegada de sus padres y su hermana mayor, quienes se encontraban laborando en los campos de cultivo a la salida del pueblo. Una vela brindaba una tenue iluminación a la vivienda, cuyo sencillo piso compuesto de piedrecillas machacadas dejaba entrever algunas briznas de maleza. Pensó en sacar algunas, pero se contuvo: era una lucha perdida tiempo atrás, cuando niña. Por unos instantes la dominó la rabia ante la tradición de agachar la cabeza y dejarse sumir en esa miseria; odió a sus padres por ser tan estúpidos y ciegos ante lo evidente. Miles de pensamientos funestos la atravesaron, aunque sabía que eran fútiles, carentes de cualquier significado práctico dentro de su estilo de vida.

Algún día las cosas cambiarán”, pensó, encontrando cierto refugio en ello, pese a que solamente era algo pasajero. A decir verdad, todo lo bueno de su vida había sido pasajero, meros instantes en su existencia que tras aportar algo de dicha se habían esfumado, dejando sólo recuerdos y nada concreto.

Se consoló pensando en que al atardecer podría ver a Conner, su amigo, con quien solía charlar y divertirse en ocasiones. Esa alegría -al menos- nadie se la podría quitar.

 

Atardecía cuando Giskarrion marchaba rumbo a los aposentos para descansar. Era temprano para dormir, así que vagabundeó un poco por el palacio. Se topó con algunos conocidos y charló de cosas triviales, pero pronto se cansó de eso y se retiró a descansar. Sin embargo, al pasar frente a una sala de instrucción se dio cuenta de que estaba vacía. Miró en todas direcciones sin encontrar a nadie. Pensó en seguir de largo, aunque por una extraña razón permaneció inmóvil en la entrada. Vio los acumuladores de saber alineados en la pared, todos ellos con sus tenazas que rodeaban el cráneo del que las ocupase. Ahí estaba el saber, aquello que le había proporcionado todas sus dudas con respecto a sus maestros, lo que había motivado esos sentimientos de rebeldía en su interior. Sabía que el conocimiento era poder. Peor aún, en una sala de reducidas dimensiones estaba el acumulador que usaban los del Círculo Interno... y nadie alrededor. La tentación fue mayor que la prudencia y se colocó dentro de ese acumulador. El artefacto lo reconoció en el acto y le preguntó qué deseaba saber, a lo cual respondió:

-El origen de los Kenais.

Fue obedecido al instante y en su mente empezaron a desfilar las imágenes de lo solicitado. El proceso fue rápido e indoloro y en cuestión de minutos asimiló toda la información. Cuando acabó, se encontraba casi en estado de shock por lo aprendido. No lo podía creer y en los primeros momentos se lo negó todo, ya que se trataba de un complot horrible y cruel. Se apartó del aparato mientras trataba de que su agitada respiración adquiriese un ritmo más normal. Solamente haciendo un gran esfuerzo logró controlarse. Todo ello era peor que sus mayores desvaríos, el mundo que conocía ahora adquiría un matiz de esclavitud y miserias sin límites. En ese instante su desprecio por los del Círculo Interno aumentó, se multiplicó por diez al ver que sabían la verdad y no hacían nada por impedirlo. En un gesto de audacia, y aumentando sus posibilidades de ser descubierto, volvió al acumulador en busca de más conocimiento para desarrollar la idea que tenía en mente. Al terminar de asimilar lo que necesitaba, salió apresuradamente del recinto luego de asegurarse de no ser visto por algún otro. La casualidad y el relajamiento en la disciplina, que operaba por siglos, quiso que tuviese la oportunidad de hacer lo prohibido y sabía que tenía que sacarle provecho. Apresuradamente se escabulló hacia los niveles inferiores, en donde encontraría el recinto en donde se almacenaban las vasijas sagradas. La encontró y entró resueltamente en ella.

-¿Qué buscas, Giskarrion? -inquirió el Elegido que custodiaba el recinto.

-Debo llevar urgente media docena de vasijas al poblado del este -replicó con toda la seriedad que pudo esgrimir.

-Necesito tu autorización del Círculo Interno -exigió el custodio.

-Aquí la tengo -afirmó e hizo el gesto de extraer algo del bolso que pendía de su cinturón.

Con un rápido movimiento su mano derecha extrajo la vara de castigo y con ella azotó el desprevenido cráneo del custodio, quien cayó al suelo inconsciente. Lo miró unos instantes, murmurando:

-Lo siento, pero debo hacerlo.

Cogió un contenedor y colocó diez vasijas en su interior, echándolo dentro de un bolso, tras lo cual salió a toda velocidad del lugar. El otro dormiría un buen rato y para cuando se recobrase él ya estaría lejos. Se deslizó por un corredor de servicio para evitar miradas indiscretas. Entró en la biblioteca, descubriendo con alivio que estaba igualmente vacía y, tras aturdir a su encargado de la misma manera que al otro, hurtó un libro y un mapa de ella. Huyó a toda prisa. Los pocos con quienes se cruzó le prestaron casi nula atención. Arribó a una salida lateral del palacio y desde allí emprendió el vuelo. Se alejó para siempre de ese lugar maldito, aquel sitio en donde había nacido y se había criado para hacer lo incorrecto. No sintió remordimientos ni nostalgia por ello. Ya nada era lo mismo y solamente esperaba seguir con vida el tiempo suficiente como para hacer lo que tenía en mente. Recordaba claramente la última acción punitiva en la aldea y los rostros de quienes la presenciaron; ya sabía a quién debía dirigirse para solicitarle apoyo. Esperaba que esa persona tuviese la suficiente fuerza de voluntad para cumplir la tarea.

 

Toriana y Conner conversaban con un grupo de otros jóvenes junto a los establos, en donde los caballos eran guardados y criados. Solían reunirse en ese sitio con cierta frecuencia luego de las labores cotidianas. Los adultos no se oponían, ya que era normal que la gente de su edad empezase a compartir con los demás, era parte de la vida social que cualquier poblado poseía desde tiempos inmemoriales. Además, la joven empezaba a mirar a sus compañeros varones con otros ojos, pues la pubertad le estaba llegando, y Conner le parecía cada día más especial.

-Podemos ir al lago uno de estos días -propuso una muchacha pequeña y de ojos vivaces.

-Quizás pesquemos algo -supuso un joven de contextura gruesa.

-La última vez...

Conner no terminó de decir su frase, pues un Elegido planeaba sobre ellos. Haciendo uso de un giro brusco, descendió junto al grupo. Todos los jóvenes inclinaron la cabeza en un acto de sumisión. Toriana los imitó, aunque por dentro la idea le repugnaba. Lo único que deseaba era que la criatura se marchase lo más pronto posible y los dejara en paz. ¿Es que acaso nunca tendría derecho a sus momentos de intimidad?

-Tengo una misión para algunos de ustedes -dijo el Elegido-. Toriana, ven conmigo.

La joven se estremeció al escuchar su nombre, pero obedeció para no despertar sospechas. Siguió al Elegido hasta la entrada a los establos, lo suficientemente lejos como para no poder ser escuchados por los demás.

-Sé que desprecias a los Kenais -dijo el Elegido y la muchacha se estremeció.

-No sé a... qué se refiere, señor -replicó, nerviosa, en un intento de evadir el castigo.

-Lo sabes y no tienes nada que temer de mí -aseveró el ser alado-. Yo también los desprecio y ahora más que nunca -Toriana se quedó muda de asombro-. Te vi cuando castigaron a esa mujer adúltera sacándole las entrañas frente a toda la aldea como castigo ejemplificador de los Kenais. Y durante el otro castigo, el del hombre que robaba el pan y sufrió la amputación de sus piernas, tus gestos fueron similares. El rostro de los seres humanos delata mucho de sus pensamientos y nos enseñan a leerlo. Los demás Elegidos ese día no se fijaron en ti, porque eres muy joven, pero yo suelo prestar atención a todos. Otras veces he visto cómo mirabas a mis colegas o a algún Kenai que transitase por el pueblo en su carruaje.

Toriana no sabía qué decir, pues tenía miedo de que fuese una estratagema para obligarla a confesar su rebeldía. Ya no podía hacer nada para remediar su obvia repugnancia ante lo que vio en el pasado, así que solamente le quedaba el mantenerse firme frente a las acusaciones.

-El señor...

-No repliques, no tengo tiempo para eso -cortó el Elegido-. Repito: nada tienes que temer. Te he escogido a ti para que lleves a cabo una misión por el bienestar de todo tu pueblo. Pero necesito que escojas a otros tres que puedan ayudarte en esa misión.

-Yo... no entiendo...

-Los Kenais no son dioses, sino unos verdaderos chupasangres que se alimentan de todo lo que ustedes les dan. Sus orígenes datan de la Noche de la Destrucción, cuando unos pocos se refugiaron para resistir la horrenda guerra que devastó el mundo en la Montaña Sagrada. Eran un grupo de personas sin escrúpulos que sabían que, luego de la destrucción del orden establecido, el resto de la humanidad podría ser controlada fácilmente por medio de mentiras y engaños. Así, primero nos crearon a nosotros para ser sus sirvientes; luego, nos usaron para difundir la creencia de que eran los verdaderos dioses, los amos y señores de la creación.

-¿Entonces... ellos usurparon el puesto de los dioses antiguos?

-Nunca hubo dioses antiguos, sólo religiones que los adoraban; ninguno de ellos existió de verdad, quizás fueron creados por otros grupos de Kenais más antiguos. Pero ahora lo importante es que deben aprender a ser independientes -Señaló el bolso que portaba-. Acá hay diez vasijas sagradas, que realmente son baterías, fuentes de energía que hacen funcionar los aparatos que usan los Kenais. Las robé hace poco y pronto empezarán a perseguirme. ¿Tienes el coraje para guiar a los tuyos por el camino del conocimiento que los liberará?

La mente de Toriana estaba abrumada por lo escuchado. Las rebeldes ideas que habían germinado en su mente desde la infancia ahora eran reafirmadas por un Elegido, quien le pedía su ayuda. Era una elección tentadora que le abría un mundo de probabilidades nunca antes imaginadas. Tenía al alcance de la mano la tan anhelada libertad del yugo que los oprimía. Pero todavía dudaba con respecto a las buenas intenciones del alado ser.

-Toma -dijo el otro, como leyéndole el pensamiento, y le entregó su vara de castigo; la joven la cogió con el asombro pintado en el rostro-. Si mueves hacia atrás la calavera tallada descubrirás el botón de disparo.

Toriana hizo lo indicado y el grueso botón que permitía accionar la vara estuvo al alcance de su pulgar.

-Con eso no tienes que tenerme miedo a mí ni a mis congéneres. Su reserva de energía le da unos doscientos disparos antes de necesitar ser recargada. ¿Todavía dudas?

-No -contestó la joven, volviendo a colocar la calavera tallada en su posición original-. ¿Qué tengo que hacer?

-Lo primero es escoger tus camaradas.

Luego de pensar un poco, Toriana señaló a Conner y otros dos. Giskarrion les hizo señas y ellos se acercaron.

-Tienen que obedecerle a ella en todo lo que diga -ordenó y los recién llegados se fijaron en la vara que portaba la joven-. Harán un viaje muy importante por el futuro de la humanidad -Le entregó a Toriana el bolso-. Toma, adentro hay un libro de hojas metálicas que explica el uso de las vasijas y otros aparatos. También incluí un mapa que señala la ubicación de un abandonado templo, en donde podrán encontrar acumuladores de saber con los cuales aprenderán lo necesario para su labor.

-¿Por qué no vienes con nosotros? -inquirió Toriana.

-Soy muy llamativo y dentro de poco empezarán a buscarme -Su boca se torció en un gesto que podría ser una sonrisa-. Los Kenais nos dieron esta forma adrede, porque les recordaba a antiguos demonios de una mitología que era muy popular antes de la Noche de la Destrucción. Me iré hacia la costa, más allá de los montes pedregosos; creo que podré sobrevivir de la pesca y caza en esa zona.

-Señor, no entiendo...

-No me digas señor, Conner -cortó-. Dime simplemente Giskarrion. Los Elegidos son meros instrumentos de los Kenais, adoctrinados desde niños para servirlos. No podemos tener descendencia, así que sin ellos nos extinguiremos. Váyanse ahora y rápido, traten de viajar bajo el amparo de los árboles para no ser vistos desde el aire.

-¿Nos volveremos a ver? -preguntó Toriana.

-Lo dudo -Se retiró unos pasos y empezó a batir las alas-. Adiós y suerte en su empresa.

La enorme criatura de dos metros y medio, piel rojiza, cuernos y cola se elevó velozmente para luego perderse en dirección a la costa. Los jóvenes quedaron muy impresionados por lo visto y escuchado.

-Vamos, no hay tiempo que perder -dijo Toriana, cogiendo a Conner del brazo y arrastrándolo hacia los establos junto con los otros dos.

Cogieron cuatro caballos, los ensillaron y se escabulleron del pueblo a toda velocidad.

-¿A dónde vamos? -preguntó Conner.

-Hacia el futuro -respondió Toriana, despidiéndose mentalmente de sus padres y hermana. No le dolía perderlos, pues eran unos seres casi ajenos a ella, unas personas sometidas a ese régimen de esclavitud encubierta. Quizás más adelante, con las cosas cambiadas, podría considerarlos como algo propio nuevamente, pero para ese día faltaba mucho tiempo. Veía ante ella un largo, tortuoso, difícil y probablemente peligroso camino por recorrer antes de sentirse realizada. Se estremeció, pues tal vez toda una vida no fuese tiempo suficiente para cumplir su misión. Pero no le importaba, pues comprendía que el premio era algo muy superior a su propia existencia.

Toriana miró a Conner y le sonrió, pensando en que a él y los demás tendría que enseñar a pensarles de otra forma. Aún veía el miedo y la incertidumbre en sus rostros, pero -realmente- ella también tenía sus dudas. Bien, se dijo, sería un viaje de crecimiento colectivo, en donde aprenderían cosas nuevas. En su espalda, el bolso con las baterías, el mapa y el libro se agitaban al desenfrenado ritmo del caballo.

 

publicado en julio de 2008

 
 © Copyright 'NGC 3660' en órbita desde el año 2000 ngc[arroba]ngc3660.es