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de Propiedad Intelectual con el Nº 163.302
Absorbía la pena y la angustia
de los humanos que le rodeaban, pese a que la mayoría
no se fijaban en él; era un mero sirviente de
los Kenais, las poderosas entidades que controlaban
el mundo. Le ordenaban cumplir con alguna tarea y lo
hacía, mas siempre permanecía en su interior
un gusto amargo por la indiferencia con que trataban
a los humanos. Veía cómo los frágiles
seres de carne y hueso se afanaban en cumplir los dictados
de los Kenais, aunque en ello les fuese la vida.
“¿Qué soy,
en verdad?”, se preguntó por enésima
vez, mirando el deambular de los pobres bípedos
por entre sus maltrechas chozas en las que sobrevivían
a duras penas. Recordaba sus primeros fragmentos de
consciencia, un nacer entre paredes frías y grises
que lo amedrentaron. Luego, comenzó su larga
caminata por los senderos del conocimiento, recibiendo
lo justo y necesario para ser un enviado de los Kenais.
Cogió la caja con vasijas sagradas
y empezó a batir las alas para elevarse en espiral.
Estando a un centenar de metros sobre el templo emprendió
el vuelo hacia el distante palacio de los Kenais, apenas
destacable en el horizonte. Por el camino reflexionó
acerca de muchas cosas, sobre todo al ver las maltrechas
viviendas de los humanos que se arracimaban bajo él.
Nuevamente la compasión lo invadió, pese
a saber de que su estatus era superior al de las simples
personas de allá abajo. Algo en su interior se
agitaba cada vez más, le producía una
inquietud de la cual no podía desprenderse con
facilidad.
“Los Kenais son la vida y
la muerte”, decía una de las frases
predilectas de sus superiores, los Elegidos del Círculo
Interno. Ellos acataban las órdenes de los Kenais
sin rechistar ni cuestionárselas, usando para
ello todos los medios disponibles. No era sensato contradecirlos,
pero él estuvo tentado de hacerlo en más
de un ocasión.
Arribó a destino con una sensación
imprecisa de amargura y soledad, ya que ninguno de sus
compañeros compartía esos puntos de vista;
los había sondeado sutilmente para averiguarlo
sin obtener resultados positivos. Debía callar,
guardar silencio hasta... ¿cuándo? ¿En
qué momento dejaría de obedecer las órdenes
que recibía? O, acaso, ¿estaría
condenado a vagar con sus dudas hasta el fin de sus
días?
-Llegas a tiempo, como de costumbre,
Giskarrion -lo felicitó un Elegido del Círculo
Interno que aguardaba en la azotea-. Los Kenais siempre
valoran la exactitud.
-A los Kenais obedezco, Mentralog -replicó
el aludido al tiempo que trataba de aparentar sumisión;
pero por dentro sus emociones tenían un rumbo
completamente distinto.
-Ve a comer algo y luego puedes descansar
en los cuartos de invitados hasta mañana, en
donde te asignarán otro destino.
-Sí, señor -aceptó
y se marchó rumbo a las cercanas escaleras.
Descendió los fríos
peldaños de piedra con una mezcla de amargura
y cólera. Algo debía hacer, pero ¿qué?
En la soledad de su casa, Toriana terminaba
de machacar las hierbas que darían el sabor a
la comida. Mientras molía las hojas, pensaba
en lo poco que tenían para echarse a la boca,
anhelando el poseer al menos una fracción de
la prosperidad de los Elegidos. Los veía pasar
sobre sus cabezas batiendo las alas que les permitían
desplazarse en cualquier dirección, no como ellos
que estaban condenados a vagar sobre la tierra. Ellos
se llevaban la mayoría de las cosechas y las
mejores piezas de ganado como ofrenda a los Kenais en
sus grandes palacios. También efectuaban los
castigos a quienes transgredían el estricto Código
de Comportamiento con sus varas que portaban en el cinturón.
“Los Elegidos nos indican
el camino de los Kenais”, siempre repetía
su madre, aunque cada vez le parecía más
absurda esa afirmación. A su modo de ver, el
único camino que transitaban culminaba en la
miseria, independiente de cuán cínicamente
se lo quisieran hacer parecer como beneficio de los
dioses. Recordó una leyenda en la cual se decía
que los dioses de ahora no se parecían ni remotamente
a los de antaño; ¿sería verdad?
No tenía forma de saberlo, pues todo ese saber
había perecido irremediablemente en la Noche
de la Destrucción, milenios atrás. Lamentó
la pérdida de ese antiguo conocimiento y se preguntó
cómo sería posible tenerlo de vuelta sin
encontrar una manera de lograrlo. Su vida transcurriría
en la aldea, los establos y los campos de cultivo, viendo
pasar su existencia día tras día hasta
marchitarse. Llegado el momento se casaría y
sus hijos seguirían el mismo camino, cruel, inmutable,
sin visos de mejorar en el mediano o largo plazo.
Terminó de hacer la comida
y se sentó a esperar el momento de la llegada
de sus padres y su hermana mayor, quienes se encontraban
laborando en los campos de cultivo a la salida del pueblo.
Una vela brindaba una tenue iluminación a la
vivienda, cuyo sencillo piso compuesto de piedrecillas
machacadas dejaba entrever algunas briznas de maleza.
Pensó en sacar algunas, pero se contuvo: era
una lucha perdida tiempo atrás, cuando niña.
Por unos instantes la dominó la rabia ante la
tradición de agachar la cabeza y dejarse sumir
en esa miseria; odió a sus padres por ser tan
estúpidos y ciegos ante lo evidente. Miles de
pensamientos funestos la atravesaron, aunque sabía
que eran fútiles, carentes de cualquier significado
práctico dentro de su estilo de vida.
“Algún día
las cosas cambiarán”, pensó,
encontrando cierto refugio en ello, pese a que solamente
era algo pasajero. A decir verdad, todo lo bueno de
su vida había sido pasajero, meros instantes
en su existencia que tras aportar algo de dicha se habían
esfumado, dejando sólo recuerdos y nada concreto.
Se consoló pensando en que
al atardecer podría ver a Conner, su amigo, con
quien solía charlar y divertirse en ocasiones.
Esa alegría -al menos- nadie se la podría
quitar.
Atardecía cuando Giskarrion
marchaba rumbo a los aposentos para descansar. Era temprano
para dormir, así que vagabundeó un poco
por el palacio. Se topó con algunos conocidos
y charló de cosas triviales, pero pronto se cansó
de eso y se retiró a descansar. Sin embargo,
al pasar frente a una sala de instrucción se
dio cuenta de que estaba vacía. Miró en
todas direcciones sin encontrar a nadie. Pensó
en seguir de largo, aunque por una extraña razón
permaneció inmóvil en la entrada. Vio
los acumuladores de saber alineados en la pared, todos
ellos con sus tenazas que rodeaban el cráneo
del que las ocupase. Ahí estaba el saber, aquello
que le había proporcionado todas sus dudas con
respecto a sus maestros, lo que había motivado
esos sentimientos de rebeldía en su interior.
Sabía que el conocimiento era poder. Peor aún,
en una sala de reducidas dimensiones estaba el acumulador
que usaban los del Círculo Interno... y nadie
alrededor. La tentación fue mayor que la prudencia
y se colocó dentro de ese acumulador. El artefacto
lo reconoció en el acto y le preguntó
qué deseaba saber, a lo cual respondió:
-El origen de los Kenais.
Fue obedecido al instante y en su
mente empezaron a desfilar las imágenes de lo
solicitado. El proceso fue rápido e indoloro
y en cuestión de minutos asimiló toda
la información. Cuando acabó, se encontraba
casi en estado de shock por lo aprendido. No lo podía
creer y en los primeros momentos se lo negó todo,
ya que se trataba de un complot horrible y cruel. Se
apartó del aparato mientras trataba de que su
agitada respiración adquiriese un ritmo más
normal. Solamente haciendo un gran esfuerzo logró
controlarse. Todo ello era peor que sus mayores desvaríos,
el mundo que conocía ahora adquiría un
matiz de esclavitud y miserias sin límites. En
ese instante su desprecio por los del Círculo
Interno aumentó, se multiplicó por diez
al ver que sabían la verdad y no hacían
nada por impedirlo. En un gesto de audacia, y aumentando
sus posibilidades de ser descubierto, volvió
al acumulador en busca de más conocimiento para
desarrollar la idea que tenía en mente. Al terminar
de asimilar lo que necesitaba, salió apresuradamente
del recinto luego de asegurarse de no ser visto por
algún otro. La casualidad y el relajamiento en
la disciplina, que operaba por siglos, quiso que tuviese
la oportunidad de hacer lo prohibido y sabía
que tenía que sacarle provecho. Apresuradamente
se escabulló hacia los niveles inferiores, en
donde encontraría el recinto en donde se almacenaban
las vasijas sagradas. La encontró y entró
resueltamente en ella.
-¿Qué buscas, Giskarrion?
-inquirió el Elegido que custodiaba el recinto.
-Debo llevar urgente media docena de
vasijas al poblado del este -replicó con toda
la seriedad que pudo esgrimir.
-Necesito tu autorización del
Círculo Interno -exigió el custodio.
-Aquí la tengo -afirmó
e hizo el gesto de extraer algo del bolso que pendía
de su cinturón.
Con un rápido movimiento su
mano derecha extrajo la vara de castigo y con ella azotó
el desprevenido cráneo del custodio, quien cayó
al suelo inconsciente. Lo miró unos instantes,
murmurando:
-Lo siento, pero debo hacerlo.
Cogió un contenedor y colocó
diez vasijas en su interior, echándolo dentro
de un bolso, tras lo cual salió a toda velocidad
del lugar. El otro dormiría un buen rato y para
cuando se recobrase él ya estaría lejos.
Se deslizó por un corredor de servicio para evitar
miradas indiscretas. Entró en la biblioteca,
descubriendo con alivio que estaba igualmente vacía
y, tras aturdir a su encargado de la misma manera que
al otro, hurtó un libro y un mapa de ella. Huyó
a toda prisa. Los pocos con quienes se cruzó
le prestaron casi nula atención. Arribó
a una salida lateral del palacio y desde allí
emprendió el vuelo. Se alejó para siempre
de ese lugar maldito, aquel sitio en donde había
nacido y se había criado para hacer lo incorrecto.
No sintió remordimientos ni nostalgia por ello.
Ya nada era lo mismo y solamente esperaba seguir con
vida el tiempo suficiente como para hacer lo que tenía
en mente. Recordaba claramente la última acción
punitiva en la aldea y los rostros de quienes la presenciaron;
ya sabía a quién debía dirigirse
para solicitarle apoyo. Esperaba que esa persona tuviese
la suficiente fuerza de voluntad para cumplir la tarea.
Toriana y Conner conversaban con un
grupo de otros jóvenes junto a los establos,
en donde los caballos eran guardados y criados. Solían
reunirse en ese sitio con cierta frecuencia luego de
las labores cotidianas. Los adultos no se oponían,
ya que era normal que la gente de su edad empezase a
compartir con los demás, era parte de la vida
social que cualquier poblado poseía desde tiempos
inmemoriales. Además, la joven empezaba a mirar
a sus compañeros varones con otros ojos, pues
la pubertad le estaba llegando, y Conner le parecía
cada día más especial.
-Podemos ir al lago uno de estos días
-propuso una muchacha pequeña y de ojos vivaces.
-Quizás pesquemos algo -supuso
un joven de contextura gruesa.
-La última vez...
Conner no terminó de decir
su frase, pues un Elegido planeaba sobre ellos. Haciendo
uso de un giro brusco, descendió junto al grupo.
Todos los jóvenes inclinaron la cabeza en un
acto de sumisión. Toriana los imitó, aunque
por dentro la idea le repugnaba. Lo único que
deseaba era que la criatura se marchase lo más
pronto posible y los dejara en paz. ¿Es que acaso
nunca tendría derecho a sus momentos de intimidad?
-Tengo una misión para algunos
de ustedes -dijo el Elegido-. Toriana, ven conmigo.
La joven se estremeció al escuchar
su nombre, pero obedeció para no despertar sospechas.
Siguió al Elegido hasta la entrada a los establos,
lo suficientemente lejos como para no poder ser escuchados
por los demás.
-Sé que desprecias a los Kenais
-dijo el Elegido y la muchacha se estremeció.
-No sé a... qué se refiere,
señor -replicó, nerviosa, en un intento
de evadir el castigo.
-Lo sabes y no tienes nada que temer
de mí -aseveró el ser alado-. Yo también
los desprecio y ahora más que nunca -Toriana
se quedó muda de asombro-. Te vi cuando castigaron
a esa mujer adúltera sacándole las entrañas
frente a toda la aldea como castigo ejemplificador de
los Kenais. Y durante el otro castigo, el del hombre
que robaba el pan y sufrió la amputación
de sus piernas, tus gestos fueron similares. El rostro
de los seres humanos delata mucho de sus pensamientos
y nos enseñan a leerlo. Los demás Elegidos
ese día no se fijaron en ti, porque eres muy
joven, pero yo suelo prestar atención a todos.
Otras veces he visto cómo mirabas a mis colegas
o a algún Kenai que transitase por el pueblo
en su carruaje.
Toriana no sabía qué
decir, pues tenía miedo de que fuese una estratagema
para obligarla a confesar su rebeldía. Ya no
podía hacer nada para remediar su obvia repugnancia
ante lo que vio en el pasado, así que solamente
le quedaba el mantenerse firme frente a las acusaciones.
-El señor...
-No repliques, no tengo tiempo para
eso -cortó el Elegido-. Repito: nada tienes que
temer. Te he escogido a ti para que lleves a cabo una
misión por el bienestar de todo tu pueblo. Pero
necesito que escojas a otros tres que puedan ayudarte
en esa misión.
-Yo... no entiendo...
-Los Kenais no son dioses, sino unos
verdaderos chupasangres que se alimentan de todo lo
que ustedes les dan. Sus orígenes datan de la
Noche de la Destrucción, cuando unos pocos se
refugiaron para resistir la horrenda guerra que devastó
el mundo en la Montaña Sagrada. Eran un grupo
de personas sin escrúpulos que sabían
que, luego de la destrucción del orden establecido,
el resto de la humanidad podría ser controlada
fácilmente por medio de mentiras y engaños.
Así, primero nos crearon a nosotros para ser
sus sirvientes; luego, nos usaron para difundir la creencia
de que eran los verdaderos dioses, los amos y señores
de la creación.
-¿Entonces... ellos usurparon
el puesto de los dioses antiguos?
-Nunca hubo dioses antiguos, sólo
religiones que los adoraban; ninguno de ellos existió
de verdad, quizás fueron creados por otros grupos
de Kenais más antiguos. Pero ahora lo importante
es que deben aprender a ser independientes -Señaló
el bolso que portaba-. Acá hay diez vasijas sagradas,
que realmente son baterías, fuentes de energía
que hacen funcionar los aparatos que usan los Kenais.
Las robé hace poco y pronto empezarán
a perseguirme. ¿Tienes el coraje para guiar a
los tuyos por el camino del conocimiento que los liberará?
La mente de Toriana estaba abrumada
por lo escuchado. Las rebeldes ideas que habían
germinado en su mente desde la infancia ahora eran reafirmadas
por un Elegido, quien le pedía su ayuda. Era
una elección tentadora que le abría un
mundo de probabilidades nunca antes imaginadas. Tenía
al alcance de la mano la tan anhelada libertad del yugo
que los oprimía. Pero todavía dudaba con
respecto a las buenas intenciones del alado ser.
-Toma -dijo el otro, como leyéndole
el pensamiento, y le entregó su vara de castigo;
la joven la cogió con el asombro pintado en el
rostro-. Si mueves hacia atrás la calavera tallada
descubrirás el botón de disparo.
Toriana hizo lo indicado y el grueso
botón que permitía accionar la vara estuvo
al alcance de su pulgar.
-Con eso no tienes que tenerme miedo
a mí ni a mis congéneres. Su reserva de
energía le da unos doscientos disparos antes
de necesitar ser recargada. ¿Todavía dudas?
-No -contestó la joven, volviendo
a colocar la calavera tallada en su posición
original-. ¿Qué tengo que hacer?
-Lo primero es escoger tus camaradas.
Luego de pensar un poco, Toriana señaló
a Conner y otros dos. Giskarrion les hizo señas
y ellos se acercaron.
-Tienen que obedecerle a ella en todo
lo que diga -ordenó y los recién llegados
se fijaron en la vara que portaba la joven-. Harán
un viaje muy importante por el futuro de la humanidad
-Le entregó a Toriana el bolso-. Toma, adentro
hay un libro de hojas metálicas que explica el
uso de las vasijas y otros aparatos. También
incluí un mapa que señala la ubicación
de un abandonado templo, en donde podrán encontrar
acumuladores de saber con los cuales aprenderán
lo necesario para su labor.
-¿Por qué no vienes con
nosotros? -inquirió Toriana.
-Soy muy llamativo y dentro de poco
empezarán a buscarme -Su boca se torció
en un gesto que podría ser una sonrisa-. Los
Kenais nos dieron esta forma adrede, porque les recordaba
a antiguos demonios de una mitología que era
muy popular antes de la Noche de la Destrucción.
Me iré hacia la costa, más allá
de los montes pedregosos; creo que podré sobrevivir
de la pesca y caza en esa zona.
-Señor, no entiendo...
-No me digas señor, Conner -cortó-.
Dime simplemente Giskarrion. Los Elegidos son meros
instrumentos de los Kenais, adoctrinados desde niños
para servirlos. No podemos tener descendencia, así
que sin ellos nos extinguiremos. Váyanse ahora
y rápido, traten de viajar bajo el amparo de
los árboles para no ser vistos desde el aire.
-¿Nos volveremos a ver? -preguntó
Toriana.
-Lo dudo -Se retiró unos pasos
y empezó a batir las alas-. Adiós y suerte
en su empresa.
La enorme criatura de dos metros y
medio, piel rojiza, cuernos y cola se elevó velozmente
para luego perderse en dirección a la costa.
Los jóvenes quedaron muy impresionados por lo
visto y escuchado.
-Vamos, no hay tiempo que perder -dijo
Toriana, cogiendo a Conner del brazo y arrastrándolo
hacia los establos junto con los otros dos.
Cogieron cuatro caballos, los ensillaron
y se escabulleron del pueblo a toda velocidad.
-¿A dónde vamos? -preguntó
Conner.
-Hacia el futuro -respondió
Toriana, despidiéndose mentalmente de sus padres
y hermana. No le dolía perderlos, pues eran unos
seres casi ajenos a ella, unas personas sometidas a
ese régimen de esclavitud encubierta. Quizás
más adelante, con las cosas cambiadas, podría
considerarlos como algo propio nuevamente, pero para
ese día faltaba mucho tiempo. Veía ante
ella un largo, tortuoso, difícil y probablemente
peligroso camino por recorrer antes de sentirse realizada.
Se estremeció, pues tal vez toda una vida no
fuese tiempo suficiente para cumplir su misión.
Pero no le importaba, pues comprendía que el
premio era algo muy superior a su propia existencia.
Toriana miró a Conner y le
sonrió, pensando en que a él y los demás
tendría que enseñar a pensarles de otra
forma. Aún veía el miedo y la incertidumbre
en sus rostros, pero -realmente- ella también
tenía sus dudas. Bien, se dijo, sería
un viaje de crecimiento colectivo, en donde aprenderían
cosas nuevas. En su espalda, el bolso con las baterías,
el mapa y el libro se agitaban al desenfrenado ritmo
del caballo.
publicado en julio
de 2008
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