| El hombre escupió
con desgano, más por desprecio que por necesidad.
Luego, observó los distantes cerros y se prometió
que llegaría a ellos al día siguiente.
Prosiguió con su caminata, hundiéndose
en la monotonía de la agobiante y calurosa marcha.
Muy atrás habían quedado los suburbios
de la ciudad en que inició su viaje, lejos estaban
los rostros de aquellos niños que lo vieron pasar
y perderse en dirección al desierto; ellos habían
sido sus últimos atisbos de humanidad desde hacía
cuatro días. Y ahora, inmerso en la oprobiosa
soledad, los recordaba con cierto cariño no exento
de envidia por estar mejor situados que él.
-Maldito y puto desierto, ¡cómo
te odio! -exclamó y sus palabras fueron un quiebre
en el silencio circundante.
No había más que algunas
fugaces nubes en el firmamento, lo cual era muy común
en el desierto de Atacama pese a que estaban en invierno.
Sin embargo, ¿qué más daba? Esa
era su meta: vencer al desierto, un terreno que aborrecía
y al cual no iba nunca por gusto. No se arrepentía
de su decisión, ya que sino siempre tendría
presente ese desafío que era una especie de afrenta
personal. No tenía que hacerlo (o intentarlo)
y solamente lamentaba que sus amigos excursionistas
no hubiesen querido acompañarlo. “Cobardes”,
les dijo y preparó en solitario su expedición.
Caminó largo rato con la vista
fija en los cerros, haciendo un gran esfuerzo por recordar
su nombre (no lograba extraerlo de su mente). Rememoró
el plano detallado de la zona y lo que en el terminal
de buses le habían dicho, pero ese detalle se
le escapaba. Daba igual, a fin de cuentas debía
atravesarlos para acercarse a su ciudad de destino.
Se introdujo en una pequeña
quebrada en donde la chusca (el viento del desierto)
disminuía un poco. El sol comenzaba a colocarse
sobre los cerros y le pareció un buen sitio para
pasar la noche. Tranquilamente comenzó la labor
de armar la carpa, murmurando una canción. Al
finalizar, calentó la comida en su pequeña
cocinilla portátil. Se quedó mirando al
vacío plato no exento de cierta melancolía
al recordar su cama, allá lejos en la capital;
por ahora debería conformarse con el saco de
dormir.
-Te sigo odiando -exclamó en
voz alta, dirigiéndose al desierto. Se puso de
pie para colocar una banderola hecha de metal reflectante
sobre la carpa, cuya finalidad era impedir que algún
jeepero se lo llevase por delante durante la noche.
La oscuridad se dejó caer lentamente,
como absorbiendo la vitalidad del terreno, logrando
que hasta las piedras pareciesen más desprovistas
de vida que durante el día. Un aire gélido
recorrió sorpresivamente la quebrada y le provocó
escalofríos.
No me vas a matar de frío -dijo
al tiempo que sentíase extrañamente emocionado.
El descenso de la temperatura le recordó sus
viajes a los parques nacionales del sur, a los valles
y ventisqueros que bajo nublados cielos lo acogieron
en su seno.
Recogió sus cosas, preparándose
para dormir. Cuando cerró la carpa siguió
sintiendo frío, como si el viento traspasase
su alojamiento.
-Es pura autosugestión, acá
está tibio -murmuró, dándose ánimo.
Estando dentro del saco de dormir logró
sacarse la gélida impresión que lo acompañaba,
aunque no por ello le fue fácil conciliar el
sueño.
Al día siguiente se despertó
con la extraña sensación de no haber dormido.
Recordó curiosos sueños en los que caminaba
desnudo por el desierto y agobiado por la sed. Lo consideró
algo meramente anecdótico, ya que no había
tenido sueños desde la semana anterior. Miró
su reloj y vio que faltaban pocos minutos para las seis.
Cerró los ojos, pero no pudo dormir más
y decidió levantarse.
-Arriba, flojo -dijo en voz alta con
una energía que lo impresionó.
Sus palabras retumbaron con fuerza
dentro del reducido recinto y, por unos segundos, pareció
que otro las había pronunciado.
-Claro, asústate de tu voz -murmuró
con el pequeño e irracional temor de repetir
su tono anterior.
Salió de la carpa para toparse
con una espesa camanchaca. Se abrigó un poco
y empezó la labor de desmantelar la carpa.
Reemprendió la caminata. La
visibilidad era de pocos metros, aunque sabía
cuál dirección tomar. Los cerros le aguardaban
y él no faltaría a la cita.
El avanzar por ese extraño -o
más bien poco usual- paisaje le acarreó
nuevamente la extraña sensación de la
noche anterior. Y, junto con eso, recordó a sus
desagradables e inútiles compañeros de
trabajo y sus también desagradables vecinos del
edificio en que vivía. Pensó en algunos
rostros y su ánimo se agrió. Vinieron
a su mente disputas con sus primos, a quienes catalogó
de la misma manera que a los vecinos.
A decir verdad su vida no había
sido un lecho de rosas precisamente. Mucho se había
esforzado para disponer de necesidades básicas,
haciendo esfuerzos y sufriendo privaciones que le permitieron
adquirir el modesto departamento en que habitaba. Era
extraño, jamás se había percatado
del gran costo personal involucrado.
-Por supuesto, a nadie le importa lo
que he sufrido -dio y extrajo de un bolsillo de la chaqueta
su cámara fotográfica y, sin dejar de
caminar, la colocó frente suyo-. Idiota caminando
en la niebla -murmuró luego de oprimir el disparador.
Guardó el artefacto y escupió
con fuerza, como queriendo alcanzar a cuantos le habían
causado problemas en la vida. Sí, estaba ahí
solo, abandonado por quienes solían acompañarlo
en sus excursiones, traicionado en cierta forma por
sus amistades. Su disgusto por ellos aumentó
y se decidió a borrarlos de su agenda y -más
importante aún- de su vida; no se merecían
un mejor trato por su traición. Inhaló
y exhaló con energía, tratando de alejar
así sus malos pensamientos. Pero de nada sirvió
y ellos permanecieron alrededor, presentes y con una
firmeza que parecía hacerlos tangibles, semejantes
a sutiles manos que lo rozaban desde todas direcciones.
Creyó sentirlos alrededor, fusionados con la
niebla, expectantes, susurradores de nefastas ideas.
Sintió un ligero mareo, disminuyendo
el ritmo de la marcha por precaución; no quería
tropezar y romperse algo porque eso podría serle
fatal en esa soledad, aunque no dejaba de tener cierta
“justicia poética” la idea: morir
solo en el desierto, convertido en una pila de huesos
que se blanqueaban al sol.
-Morir..., sí, morir -dijo en
voz baja al tiempo que un escalofrío lo recorría.
Subióse el cuello de la chaqueta
y se percató de que su temperatura corporal permanecía
baja pese a la caminata. “Es la maldita camanchaca”,
pensó y no le dio mayor importancia.
Avanzar dentro de esa tonalidad lechosa
que lo rodeaba era fácil, aunque perturbador.
¿Y si se equivocaba de rumbo? Consultó
su brújula y descubrió que iba por el
camino correcto (¿por qué dudaba?).
Rodeó unos peñascos que
lo superaban en estatura y unos minutos más tarde
salía de la quebrada. Poco a poco la niebla fue
disipándose y quedó al descubierto la
desolada planicie del desierto. El sol comenzaba a asomarse
sobre las montañas y por unos instantes le pareció
estar caminando sobre otro mundo. Aprovechó la
ocasión para sacar más fotos y se las
imaginó colgadas en la pared del living de su
hogar.
Cerca del mediodía hizo un alto
para descansar a los pies de un pequeño promontorio.
Bebió agua calmadamente para no atragantarse
y luego comió algunas galletas. Había
finalizado de comer cuando vio muy en lo alto la estela
de un avión.
-¡Ándate, quiero estar
solo! -gritó a todo pulmón y sus palabras
se las llevó el viento.
Improvisó con una manta y los
fierros de la carpa un pequeño refugio contra
los rayos solares y se tendió a dormir debajo.
Cuando despertó un par de horas más tarde,
se dedicó a observar el exterior y sintió
algo de miedo: “¿Yo estoy aquí solo?”,
se preguntó y tuvo el fugaz deseo de no salir
y quedarse al abrigo de los rigores del desierto.
-¿Por qué dudas ahora?
-dijo en voz alta-. ¿Te vas a echar para atrás?
Repasó su plano. Ahora solamente
le quedaba por atravesar los cerros y, unos kilómetros
más adelante, le aguardaba la ciudad de destino.
Ya había recorrido los dos tercios del trayecto
y podía considerar que lo restante era “cuesta
abajo”. Esto lo reconfortó y con una sonrisa
en los labios reemprendió la marcha.
Atardecía ya cuando arribó
a los cerros. Eran feos -como todos los del desierto-
y para colmo tenían cierto aire siniestro. Imaginó
que el castillo del conde Drácula no parecería
fuera de lugar ahí.
La chusca se dejó caer con fuerza,
como empujándolo hacia su objetivo. Nuevamente
fue asaltado por esa gélida sensación
del día anterior. Al avanzar se percató
de que los cerros no eran tan pequeños como había
supuesto. Bordeó el mayor de ellos e inició
el ascenso por los faldeos del próximo. La subida
no fue fácil: un manto de piedras cubría
la fina y traicionera arena.
-No te rindas, no te rindas -murmuró.
Avanzar sobre el terreno era como abrirse
paso en la vida: una sucesión constante de trabas
y trampas (esquivó dos grietas por poco). Escupiendo
y maldiciendo llegó hasta la unión de
los dos cerros. Se detuvo algunos minutos para orientarse
y buscar con los binoculares la mejor ruta a seguir;
todas le parecieron igual de malas, así que optó
por continuar en línea recta, bordeando los otros
cerros. Reanudó su caminata extremando las precauciones,
ya que un resbalón era más factible por
ser más empinada la cuesta desde este lado.
Sin saber exactamente por qué
cogió una piedra grande y la arrojó con
todas sus fuerzas. La observó caer mientras sentía
unas pequeñas ganas de seguirla en su trayectoria.
Era como si pequeñas e invisibles manos lo invitasen
a arrojarse al vacío rumbo a un olvido anhelado
desde siempre. Miró con firmeza sus manos y notó
un ligero temblor; también notó que el
terreno parecía inclinarse a su alrededor. Reconoció
los síntomas del mareo y, sin dudarlo, se dejó
caer al suelo antes de perder el equilibrio y rodar
cuesta abajo. Permaneció quieto y con extrañeza
se percató de un sentimiento de vergüenza
por no haberse arrojado, una suerte de reproche que
le hacían todos los males que lo habían
acosado en la vida.
-Sí, claro, resbálate,
tan simple como eso -exclamó mientras miraba
los cerros circundantes. Se dirigió a uno de
ellos al añadir—: ¿Qué miras?
¿A este pobre fracasado que casi se cae?
Se puso de pie con un gusto amargo
en la boca. Midiendo los pasos, retomó el andar.
Poco a poco fue cogiendo firmeza en su desplazamiento.
Y -otra ve- las sensaciones negativas lo rodearon. Paróse
en seco y tomó algunas fotografías de
los alrededores en un afán de captar la tristeza
que lo oprimía. Retomó su camino y llegó
hasta un pequeño valle rodeado de los tristes
cerros, una especie de cuna desértica que los
apartaba del resto del mundo. Era como estar dentro
de un ataúd y ello solamente oprimió todavía
más su decaído estado de ánimo.
Quiso correr, huir de aquel sitio, ya que nuevamente
le pareció sentir los susurros de sus malos pensamientos.
-Huye, huye como siempre, cobarde -dijo,
imaginando a su alrededor espectrales figuras que lo
rodeaban-. Huye y...
Sintió otro mareo más
persistente que el anterior y apeló a todas sus
fuerzas para mantenerse de pie. El mundo giraba a su
alrededor y él se había convertido en
el centro de un torbellino de emociones, el blanco hacia
el cual apuntaban los fantasmas de su pasado; sentía
clavarse en su persona las miradas acusadoras de sus
anhelos no conseguidos. Era mucho, demasiado para...
-¡Bastaaaaaaaaaaa! -gritó
y cayó de rodillas sobre la arena. Golpeó
con los puños el caliente suelo y una y otra
vez murmuró-: Basta, basta, basta...
Se detuvo y miró en derredor.
Había estado hablándole al viento y la
arena. Desde lo alto los cerros le observaban en muda
contemplación como diciéndole “¿Qué
quieres, hombrecito?” Sintió vergüenza
de sí mismo y, percatándose de que anochecía,
comenzó a armar la carpa en silencio. Cuando
finalizó se metió adentro y antes de cerrar
la entrada sacó un par de fotos.
-Estás loco, no lo niegues -murmuró
con resignación cuando abría el saco de
dormir.
Permaneció mirando en silencio
el techo de la carpa, no deseando apagar la pequeña
lámpara que lo alumbraba por miedo de quedar
a solas con sus temores. Se percató de que ése
era un mal síntoma; quizás había
dado los primeros pasos hacia la locura. Había
escuchado historias de personas que -extraviadas en
el desierto- perdieron la razón. Pero él
no estaba perdido, se dijo, solamente solitario y con
una meta fija. Para asegurarse consultó su GPS
y comprobó la correcta ubicación dentro
de su itinerario. Ya más reconfortado, apagó
la luz y trató de dormir. Le costó entrar
en la inconsciencia del sueño, pues creía
sentir a los espectros de sus problemas rodeándole,
girando en torno a su pequeño refugio y susurrándole
ideas nefastas que gatillaban dolorosos recuerdos.
-Estoy loco, loco... -susurró
varias veces.
Al fin se durmió y tuvo inquietantes
sueños en los que su carpa era aplastada por
una fuerza invisible. Lograba salir de ella justo a
tiempo, solamente para encontrarse con los cerros que
se dejaban caer encima y lo sofocaban con toneladas
de piedras y arena. Angustia, soledad y desesperación
lo eran todo en esos instantes.
Abrió los ojos de improviso
y tardó varios segundos en comprender que esa
no era su habitación. Volvió a cerrarlos
cerca de un minuto para sacarse la impresión
recibida. Miró entonces la hora y descubrió
que eran poco más de las siete, así que
procedió a levantarse. Se dio cuenta de que tenía
hambre por no haber comido nada la noche anterior, motivo
por el cual procedió a desayunar en abundancia.
Otra vez la camanchaca lo recibió
con su húmedo abrazo; la ignoró y desmontó
todo. Al ir guardando en la mochila las piezas, nuevamente
le pareció sentir susurros en su redor. Casi
escuchaba las voces, aunque nada más que la neblina
lo acompañaba.
-La baladaaaaaaaa. De un hombre locooooooo...
-canturreó con una curiosa resignación
por su estado mental.
El peso de la mochila sobre sus hombros
le señaló la partida y emprendió
la marcha. Caminó con tranquilidad, imaginando
una vez más las borrosas figuras entre la camanchaca.
Pero esta vez sonrió como quien saluda a un viejo
amigo. Y -en verdad- eran viejos amigos: la desesperación,
el odio, la angustia, la apatía, el arrepentimiento
y muchos más que le atormentaban el alma. Aquí,
una decisión laboral errónea; allá,
un desengaño amoroso; por un lado, las cosas
no adquiridas; por otro, el dinero desperdiciado.
-...detente, déjate caer...
-susurraba una voz.
-...estás solo, no sigas avanzando...
-decía otra.
-...vivir no vale de nada... -añadía
una tercera.
Lanzó una carcajada que pareció
hacer retroceder a la niebla y dijo:
-No pueden alcanzar a un loco.
Todas sus imaginadas voces se callaron
y fueron reemplazadas por el silencio. A lo lejos creyó
oír algo y, para no aumentar su locura, sacó
algunas fotos del borroso paisaje. Sabía que
debía contener su imaginación, sus temores
y ansias porque sentía que la cordura se le escapaba
lentamente; por ello apuró el paso para llegar
pronto a la ciudad. Ahora, su viaje se había
convertido en una carrera para evitar la locura. Pensó
que esa carrera la había perdido tiempo atrás,
tal vez cuando años antes empezó a planear
aquel viaje. Quizás sus amigos no quisieron acompañarlo
por darse cuenta de su estado antes que por cobardía.
-Quizás, quizás, tal
vez, es probable -murmuró con ansiedad-. Tal
vez siempre estuve loco y no me di cuenta; tal vez por
eso me echaron de mi empleo. -Le pareció escuchar
otra de las fantasmales voces-. ¿Un fracasado?
¡Claro que lo soy! ¿O acaso creen que un
ganador vendría solo y a pie? ¡Ja!, si
hubiese tenido suerte estaría ahora sobre un
jeep con una deliciosa mujer y fornicaríamos
todas las noches sobre el capó bajo las estrellas.
Inició la ascensión del
cerro más cercano, mascullando insultos varios.
Le costó un gran esfuerzo llegar a la cima; constantemente
era jalonado hacia atrás por la gravedad que
hacía balancearse peligrosamente su pesada mochila.
Trepó con rabia y precaución, aunque en
su interior le importaba bien poco lo que le sucediese.
El mero instinto de conservación le hacía
actuar con cautela y se encontraba cerca de su límite
emocional. Una vez arriba se detuvo y sacó algunas
fotos, percatándose de que el rollo casi se había
agotado; lo acabó con unas tomas panorámicas
del valle formado por los cerros cubiertos de camanchaca
que lo hacía parecer irreal. Puso un rollo nuevo
y tomó una foto del camino por seguir. Luego
de guardar la cámara permaneció quieto
observando cómo la niebla empezaba a disiparse.
-Mira, viejo inútil, así
es como vas a deshacerte -murmuró inundado de
tristeza, recordando que en poco más de un mes
cumpliría los cuarenta y nueve años de
edad.
El desierto se extendía a lo
lejos y parecía tan fácil de alcanzar:
bastaba con estirar la mano y sería suyo, bastaba
con inclinarse un poco e iría a su encuentro...
Las piernas le tambalearon y se dejó
caer al suelo de rodillas, luchando por no ceder a la
tentación de rodar cuesta abajo. Era como si
todos sus anteriores temores volviesen a la carga en
un ataque final, dispuestos a eliminarlo por su negativa
a sucumbir ante ellos. Sollozó con tristeza al
sentirse tan miserable, tan ínfimo con respecto
a la vida, una vida que le había sido adversa
e injusta desde la infancia. Era tan tentador, tan sencillo,
tan... justo el caer aquellos cientos de metros de ladera,
romperse el cuello o abrirse el cráneo en una
última expresión de dolor y rechazo al
mundo. Era un remedio a la locura, ciertamente, y quizás
el único a su alcance. Nada de sesiones interminables
con psiquiatras que le harían revivir su dolorosa
vida, que le obligarían a exponer sus problemas
otra vez y le desnudarían el alma. Nada de eso.
Simplemente...
-¿Quién va a ver tus
fotos, idiota? -preguntó en voz alta- ¿A
quién se la vas a exhibir con orgullo?
Miró hacia atrás a aquel
valle siniestro en que los malos pensamientos le acecharon.
Le era casi perceptible físicamente la angustia
sufrida, como si (por enésima vez) aquellas perversas
e invisibles manos le rozaran la piel para empujarlo
al olvido. Comprendió entonces que era el instante
decisivo. Todo se le acumulaba encima y su cuerpo tendía
a inclinarse.
...soledad...
...olvido...
...adiós tristeza...
...vida eterna...
Permaneció largo rato en silencio
y luego, con suavidad, comenzó el descenso. Un
pie primero y el otro después, tanteando precavidamente
el terreno. Varias veces sintió el embate de
fuerzas invisibles, empero las rechazó y prosiguió.
-Es tan fácil, malnacidos...
-murmuró mientras una lágrima resbalaba
por su mejilla-. Es tan fácil que no me la creo.
¿Y saben por qué no me la creo? Porque
las cosas fáciles a la larga fueron las peores
para mí: estudia una carrera fácil y terminé
de oficinista olvidado; consíguete una mujer
fácil y me dejó por otro; haz el trabajo
de forma fácil y acabé laborando el doble.
Claro, lo fácil, lo simple. Como si fuera sólo
vivir o morir, uno o cero.
Dando traspiés llegó
a los faldeos del cerro, apresurando el paso para huir
de sus demonios internos que lo acosaban sin cesar.
Su caminata se había convertido en una carrera,
una huida de todo lo malo acumulado en la vida; en verdad,
corría por su vida, se alejaba de lo negativo
para poder superarse y demostrarse a sí mismo
que valía algo.
El sol azotaba el desierto, implacable
e inmisericorde, cuando el hombre hizo un alto. Cayó
de rodillas, transpirando y agotado. Sentía el
sudor por todo su cuerpo. Vio los cerros, lejos ahora,
y les sacó la lengua con desprecio. Bebió
agua con avidez y armó su refugio temporal. Mientras
comía empezó a analizar sus pensamientos
y ya no se sintió tan mal como antes: había
pasado lo peor del viaje y -si todo salía según
lo planeado- arribaría a destino dentro de dos
días. Para verificar consultó su GPS y
descubrió un desvío de apenas un kilómetro
(una nadería, considerando todo lo que había
soportado). Sentíase demasiado cansado como para
continuar y decidió tomar una siesta (eran poco
más de las cinco de la tarde). Apoyó la
cabeza sobre la enrollada chaqueta y se dispuso a dormir
al alero de una gran roca.
El sol se ocultaba en el horizonte
cuando despertó. Se dio cuenta de que su cansancio
era superior a lo imaginado y -antes de cambiar de opinión-
comenzó a armar la carpa. Mientras hacía
eso, recordó lo vivido y se percató de
la inexistencia de malos pensamientos; más aún,
le pareció extraño el haber pasado por
todo eso. Durante unos instantes sintióse avergonzado
de aquellas elucubraciones tan nefastas. Sí,
recordaba el dolor y lo que lo había motivado,
pero ¿era para tanto? ¿Por qué
había llegado al extremo de decir incoherencias
al aire como si hablase con alguien?
No quiso razonar más y se dispuso
a dormir, pues todo le parecía muy confuso ahora;
con seguridad una cura de sueño era lo más
indicado.
-Dormir... -murmuró-. He dormido
todo el día.
Entró en el saco de dormir y
apagó de inmediato la lámpara. Ahora,
rodeado del silencio, comenzó a pensar con más
claridad; pero el sueño se llevó todo
eso en su negrura.
Abrir los ojos fue sencillo e indoloro
y ningún recuerdo ingrato emergió de su
mente. Sólo en lejanos rincones de la inconsciencia
atisbaba algo, una especie de lamento distante como
voces clamando desde el infinito. El dolor de cabeza
que sentía le ayudó a dejar de lado esos
pensamientos.
Cuando se puso en movimiento el dolor
había disminuido. Sacó algunas fotos de
los ahora lejanos cerros y se puso a canturrear una
canción de su adolescencia. Con cada estrofa
sentíase un poco mejor, algo más repuesto.
Extrajo poco a poco sus recuerdos de los días
previos y se vio como un ser extraño, un ser
bizarro que descargaba su ira contra sí mismo.
Se desconoció en algunos momentos y le pareció
estar viendo la historia de otro.
-Qué raro que eres -dijo en
voz alta-. Vienes al desierto y te topas con tu locura.
Subió una loma y consultó
su GPS, viendo que iba sólo con un pequeño
retraso en sus planes. Oteó con los binoculares
sin ver nada en particular, excepto un lejano rastro
de polvo que señalaba la presencia de algún
vehículo. Sintió que ese rastro era el
primer indicio de fin de su soledad y eso lo incordió;
era como si de pronto alguien irrumpiese en sus pensamientos
más íntimos. Siguió caminando con
la tristeza de saber que pronto su jornada terminaría,
volviendo al mundo en que se desenvolvía. Bueno,
no era la primera vez que lo invadía ese sentimiento.
Él era hijo de la civilización y tarde
o temprano acababa regresando a ella, aunque existiese
ese lado negativo de toda aglomeración humana.
Pero lo importante era regresar renovado, con mayores
energías y otra visión del mundo, una
visión más cercana que las del periódico
o la televisión. Esto le era positivo y combatía
el sentimiento de tristeza.
Pasado el mediodía encontró
huellas de vehículo y, por primera vez en todas
sus excursiones, quiso tener uno para evitarse las caminatas.
-Te estás haciendo viejo y flojo
-murmuró, sonriendo con una ironía que
le hubiese sido desconocida un par de días atrás.
El implacable sol lo azotaba sin piedad,
aunque el calor no fuese tan agobiante como antes; seguramente
ya se había aclimatado. De todas maneras sirvióse
un trago de agua que vació la cantimplora. Ahora
sólo le quedaba la última botella del
vital elemento y eso le hizo sentirse satisfecho por
su buen cálculo.
Una columna de humo se elevaba en el
horizonte cuando se detuvo para armar la carpa (era
la fábrica que estaba a las afueras de la ciudad).
Comió mirándola y pensando en el día
siguiente, su día de triunfo. Luego, se echó
a dormir.
Otra vez la camanchaca lo envolvió
al reanudar la marcha. La frescura y humedad que brindaba
fueron bienvenidos, ya que todavía sentía
el calor del día anterior. Si se daba prisa y
no tenía mayores contratiempos arribaría
a destino poco después del almuerzo. La camanchaca
se abrió cuando subía una colina y, al
llegar a la cima, tuvo la ciudad a la vista. A la derecha
la fábrica se veía en toda su magnitud;
por suerte no le era preciso dar un rodeo para evitarla.
Inhaló profundamente y exclamó:
-Lo hiciste. Y solo, más encima,
así que ninguno te puede quitar eso. Desierto,
saluda a tu vencedor.
Sacó algunas fotografías
de la fábrica y la ciudad para después
iniciar la última parte de su viaje. Dio un vistazo
final al desierto que dejaba atrás con un impreciso
sentimiento de ¿nostalgia, alegría, decepción?
¿Por qué sentíase turbado de aquella
peculiar forma? Tal vez se había encontrado a
sí mismo y se vio como alguien desagradable.
O quizás era la vergüenza por haber actuado
con la locura pintada en el rostro y el alma, sacando
a relucir ocultos instintos de autodestrucción
que desconocía. Se alegró de ir solo,
sabedor de la inexistencia de testigos de su comportamiento.
No pensaba comentarlo con nadie jamás, sería
un secreto entre él y el desierto.
Rodeó un terreno cercado. Algunos
perros vagabundos que escarbaban basura fueron los primeros
seres vivos con los que se topó. A continuación
los escombros de antiguas casuchas le vieron pasar para
luego dar paso a una modesta villa de hogares arracimados
junto a una avenida. La gente no le prestó mayor
atención y lentamente se internó en la
ciudad. Caminó hasta encontrar la calle que buscaba
y torció por ella en dirección al centro.
Le costaba reacostumbrarse al ajetreo cotidiano, una
sensación de sobras conocida por haberla experimentado
con anterioridad en otros viajes. A lo lejos divisó
el hotel elegido y descubrió con alegría
un estudio fotográfico en la vereda de enfrente.
Cruzó la calle y pidió el revelado de
sus fotos.
-Mañana en la mañana
-afirmó una señorita, sin dejar de notar
el curtido rostro del hombre.
-Vale, mañana. Gracias -dijo
y salió.
Extrañadas miradas lo recibieron
en el hotel (que no era de gran categoría, pero
aún así los mochileros no solían
frecuentarlo), pero se disiparon cuando pasó
la tarjeta de crédito.
-¿Cansado de su viaje? -le preguntó
el dependiente mientras anotaba los datos en la computadora.
-Más de lo que cree -contestó
con una amplia sonrisa.
-¿Vino en bus?
Esta vez no lo pudo evitar y lanzó
una carcajada antes de responder:
-No, a pie.
El otro rió ante lo que tomó
por una broma para luego entregarle las llaves de su
habitación. Una vez en ella no lo pensó
más y se metió en la ducha. Luego, la
confortable cama lo acogió hasta el día
siguiente.
Al momento de salir del comedor, el
mismo dependiente del día anterior estaba en
el mesón de recepción. Cuando le hizo
entrega de las llaves, éste le inquirió:
-¿Durmió bien? -el hombre
asintió- ¿Le agradó el desayuno?
-Estupendo, mucho mejor que lo que
comía en mi carpa.
-Yo..., eh... ¿Era en serio
lo de llegar a pie?
-Absolutamente. Fueron seis días
de viaje desde el club de yates; caminé paralelo
a la costa unos tres kilómetros más allá
de la cordillera.
-Vaya viaje -dijo con admiración-.
¿Con quién iba?
-Sólo yo y mi locura -afirmó
y se sintió incómodo.
No dijo nada más y cruzó
la calle hacia el estudio fotográfico.
-Buenos días -saludó
a la señorita que lo atendió el día
anterior-. Vengo por mis fotos.
La joven pareció compungida
y dijo en un tono de vergüenza:
-Yo... Lo siento, tuvimos un problema.
-Si todavía no están
puedo volver después de almuerzo, no me apuran.
-No, no es eso -afirmó ella
y entonces notó que todos los empleados le dirigían
miradas furtivas—. En verdad las revelamos tres
veces para estar seguros.
-¿Seguros de qué? ¿Están
veladas? -inquirió con horror ante la perspectiva.
-No, no, es que... ¿Su cámara
está buena?
-Sí -Notó algo raro en
el ambiente-. ¿Qué sucede?
La muchacha no contestó y sacó
de un cajón un sobre con las fotografías.
Se lo tendió al hombre, quien comenzó
a revisarlas con curiosidad. Y entonces comprendió
la perplejidad de los empleados del estudio. Las primeras
y últimas del viaje eran normales, pero las del
medio (las de los cerros) tenían algo distinto
y escalofriante: las figuras borrosas de seres humanoides
y horrendos. Aparecían en todas, comenzando por
las de la camanchaca matinal detrás de él
y siguiendo por las de las laderas; parecían
agruparse con curiosidad en torno a la carpa como si
comentasen entre ellos lo que veían. Poco a poco
fueron desapareciendo a medida que se alejaba de los
cerros. No se percibían a simple vista, pero
la cámara los delataba y comprendió que
los susurros y voces que sintió habían
sido reales, no imaginados; era un mortal que había
caminado entre los espíritus sin saberlo.
Recordó las palabras de un empleado
del terminal de buses:
-Va a tener que cruzar por “Los
cerros del diablo”.
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