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Un viaje por el desierto Más sobre Teobaldo Mercado

El hombre escupió con desgano, más por desprecio que por necesidad. Luego, observó los distantes cerros y se prometió que llegaría a ellos al día siguiente. Prosiguió con su caminata, hundiéndose en la monotonía de la agobiante y calurosa marcha. Muy atrás habían quedado los suburbios de la ciudad en que inició su viaje, lejos estaban los rostros de aquellos niños que lo vieron pasar y perderse en dirección al desierto; ellos habían sido sus últimos atisbos de humanidad desde hacía cuatro días. Y ahora, inmerso en la oprobiosa soledad, los recordaba con cierto cariño no exento de envidia por estar mejor situados que él.

-Maldito y puto desierto, ¡cómo te odio! -exclamó y sus palabras fueron un quiebre en el silencio circundante.

No había más que algunas fugaces nubes en el firmamento, lo cual era muy común en el desierto de Atacama pese a que estaban en invierno. Sin embargo, ¿qué más daba? Esa era su meta: vencer al desierto, un terreno que aborrecía y al cual no iba nunca por gusto. No se arrepentía de su decisión, ya que sino siempre tendría presente ese desafío que era una especie de afrenta personal. No tenía que hacerlo (o intentarlo) y solamente lamentaba que sus amigos excursionistas no hubiesen querido acompañarlo. “Cobardes”, les dijo y preparó en solitario su expedición.

Caminó largo rato con la vista fija en los cerros, haciendo un gran esfuerzo por recordar su nombre (no lograba extraerlo de su mente). Rememoró el plano detallado de la zona y lo que en el terminal de buses le habían dicho, pero ese detalle se le escapaba. Daba igual, a fin de cuentas debía atravesarlos para acercarse a su ciudad de destino.

Se introdujo en una pequeña quebrada en donde la chusca (el viento del desierto) disminuía un poco. El sol comenzaba a colocarse sobre los cerros y le pareció un buen sitio para pasar la noche. Tranquilamente comenzó la labor de armar la carpa, murmurando una canción. Al finalizar, calentó la comida en su pequeña cocinilla portátil. Se quedó mirando al vacío plato no exento de cierta melancolía al recordar su cama, allá lejos en la capital; por ahora debería conformarse con el saco de dormir.

-Te sigo odiando -exclamó en voz alta, dirigiéndose al desierto. Se puso de pie para colocar una banderola hecha de metal reflectante sobre la carpa, cuya finalidad era impedir que algún jeepero se lo llevase por delante durante la noche.

La oscuridad se dejó caer lentamente, como absorbiendo la vitalidad del terreno, logrando que hasta las piedras pareciesen más desprovistas de vida que durante el día. Un aire gélido recorrió sorpresivamente la quebrada y le provocó escalofríos.

No me vas a matar de frío -dijo al tiempo que sentíase extrañamente emocionado. El descenso de la temperatura le recordó sus viajes a los parques nacionales del sur, a los valles y ventisqueros que bajo nublados cielos lo acogieron en su seno.

Recogió sus cosas, preparándose para dormir. Cuando cerró la carpa siguió sintiendo frío, como si el viento traspasase su alojamiento.

-Es pura autosugestión, acá está tibio -murmuró, dándose ánimo.

Estando dentro del saco de dormir logró sacarse la gélida impresión que lo acompañaba, aunque no por ello le fue fácil conciliar el sueño.

Al día siguiente se despertó con la extraña sensación de no haber dormido. Recordó curiosos sueños en los que caminaba desnudo por el desierto y agobiado por la sed. Lo consideró algo meramente anecdótico, ya que no había tenido sueños desde la semana anterior. Miró su reloj y vio que faltaban pocos minutos para las seis. Cerró los ojos, pero no pudo dormir más y decidió levantarse.

-Arriba, flojo -dijo en voz alta con una energía que lo impresionó.

Sus palabras retumbaron con fuerza dentro del reducido recinto y, por unos segundos, pareció que otro las había pronunciado.

-Claro, asústate de tu voz -murmuró con el pequeño e irracional temor de repetir su tono anterior.

Salió de la carpa para toparse con una espesa camanchaca. Se abrigó un poco y empezó la labor de desmantelar la carpa.

Reemprendió la caminata. La visibilidad era de pocos metros, aunque sabía cuál dirección tomar. Los cerros le aguardaban y él no faltaría a la cita.

El avanzar por ese extraño -o más bien poco usual- paisaje le acarreó nuevamente la extraña sensación de la noche anterior. Y, junto con eso, recordó a sus desagradables e inútiles compañeros de trabajo y sus también desagradables vecinos del edificio en que vivía. Pensó en algunos rostros y su ánimo se agrió. Vinieron a su mente disputas con sus primos, a quienes catalogó de la misma manera que a los vecinos.

A decir verdad su vida no había sido un lecho de rosas precisamente. Mucho se había esforzado para disponer de necesidades básicas, haciendo esfuerzos y sufriendo privaciones que le permitieron adquirir el modesto departamento en que habitaba. Era extraño, jamás se había percatado del gran costo personal involucrado.

-Por supuesto, a nadie le importa lo que he sufrido -dio y extrajo de un bolsillo de la chaqueta su cámara fotográfica y, sin dejar de caminar, la colocó frente suyo-. Idiota caminando en la niebla -murmuró luego de oprimir el disparador.

Guardó el artefacto y escupió con fuerza, como queriendo alcanzar a cuantos le habían causado problemas en la vida. Sí, estaba ahí solo, abandonado por quienes solían acompañarlo en sus excursiones, traicionado en cierta forma por sus amistades. Su disgusto por ellos aumentó y se decidió a borrarlos de su agenda y -más importante aún- de su vida; no se merecían un mejor trato por su traición. Inhaló y exhaló con energía, tratando de alejar así sus malos pensamientos. Pero de nada sirvió y ellos permanecieron alrededor, presentes y con una firmeza que parecía hacerlos tangibles, semejantes a sutiles manos que lo rozaban desde todas direcciones. Creyó sentirlos alrededor, fusionados con la niebla, expectantes, susurradores de nefastas ideas.

Sintió un ligero mareo, disminuyendo el ritmo de la marcha por precaución; no quería tropezar y romperse algo porque eso podría serle fatal en esa soledad, aunque no dejaba de tener cierta “justicia poética” la idea: morir solo en el desierto, convertido en una pila de huesos que se blanqueaban al sol.

-Morir..., sí, morir -dijo en voz baja al tiempo que un escalofrío lo recorría.

Subióse el cuello de la chaqueta y se percató de que su temperatura corporal permanecía baja pese a la caminata. “Es la maldita camanchaca”, pensó y no le dio mayor importancia.

Avanzar dentro de esa tonalidad lechosa que lo rodeaba era fácil, aunque perturbador. ¿Y si se equivocaba de rumbo? Consultó su brújula y descubrió que iba por el camino correcto (¿por qué dudaba?).

Rodeó unos peñascos que lo superaban en estatura y unos minutos más tarde salía de la quebrada. Poco a poco la niebla fue disipándose y quedó al descubierto la desolada planicie del desierto. El sol comenzaba a asomarse sobre las montañas y por unos instantes le pareció estar caminando sobre otro mundo. Aprovechó la ocasión para sacar más fotos y se las imaginó colgadas en la pared del living de su hogar.

Cerca del mediodía hizo un alto para descansar a los pies de un pequeño promontorio. Bebió agua calmadamente para no atragantarse y luego comió algunas galletas. Había finalizado de comer cuando vio muy en lo alto la estela de un avión.

-¡Ándate, quiero estar solo! -gritó a todo pulmón y sus palabras se las llevó el viento.

Improvisó con una manta y los fierros de la carpa un pequeño refugio contra los rayos solares y se tendió a dormir debajo. Cuando despertó un par de horas más tarde, se dedicó a observar el exterior y sintió algo de miedo: “¿Yo estoy aquí solo?”, se preguntó y tuvo el fugaz deseo de no salir y quedarse al abrigo de los rigores del desierto.

-¿Por qué dudas ahora? -dijo en voz alta-. ¿Te vas a echar para atrás?

Repasó su plano. Ahora solamente le quedaba por atravesar los cerros y, unos kilómetros más adelante, le aguardaba la ciudad de destino. Ya había recorrido los dos tercios del trayecto y podía considerar que lo restante era “cuesta abajo”. Esto lo reconfortó y con una sonrisa en los labios reemprendió la marcha.

Atardecía ya cuando arribó a los cerros. Eran feos -como todos los del desierto- y para colmo tenían cierto aire siniestro. Imaginó que el castillo del conde Drácula no parecería fuera de lugar ahí.

La chusca se dejó caer con fuerza, como empujándolo hacia su objetivo. Nuevamente fue asaltado por esa gélida sensación del día anterior. Al avanzar se percató de que los cerros no eran tan pequeños como había supuesto. Bordeó el mayor de ellos e inició el ascenso por los faldeos del próximo. La subida no fue fácil: un manto de piedras cubría la fina y traicionera arena.

-No te rindas, no te rindas -murmuró.

Avanzar sobre el terreno era como abrirse paso en la vida: una sucesión constante de trabas y trampas (esquivó dos grietas por poco). Escupiendo y maldiciendo llegó hasta la unión de los dos cerros. Se detuvo algunos minutos para orientarse y buscar con los binoculares la mejor ruta a seguir; todas le parecieron igual de malas, así que optó por continuar en línea recta, bordeando los otros cerros. Reanudó su caminata extremando las precauciones, ya que un resbalón era más factible por ser más empinada la cuesta desde este lado.

Sin saber exactamente por qué cogió una piedra grande y la arrojó con todas sus fuerzas. La observó caer mientras sentía unas pequeñas ganas de seguirla en su trayectoria. Era como si pequeñas e invisibles manos lo invitasen a arrojarse al vacío rumbo a un olvido anhelado desde siempre. Miró con firmeza sus manos y notó un ligero temblor; también notó que el terreno parecía inclinarse a su alrededor. Reconoció los síntomas del mareo y, sin dudarlo, se dejó caer al suelo antes de perder el equilibrio y rodar cuesta abajo. Permaneció quieto y con extrañeza se percató de un sentimiento de vergüenza por no haberse arrojado, una suerte de reproche que le hacían todos los males que lo habían acosado en la vida.

-Sí, claro, resbálate, tan simple como eso -exclamó mientras miraba los cerros circundantes. Se dirigió a uno de ellos al añadir—: ¿Qué miras? ¿A este pobre fracasado que casi se cae?

Se puso de pie con un gusto amargo en la boca. Midiendo los pasos, retomó el andar. Poco a poco fue cogiendo firmeza en su desplazamiento. Y -otra ve- las sensaciones negativas lo rodearon. Paróse en seco y tomó algunas fotografías de los alrededores en un afán de captar la tristeza que lo oprimía. Retomó su camino y llegó hasta un pequeño valle rodeado de los tristes cerros, una especie de cuna desértica que los apartaba del resto del mundo. Era como estar dentro de un ataúd y ello solamente oprimió todavía más su decaído estado de ánimo. Quiso correr, huir de aquel sitio, ya que nuevamente le pareció sentir los susurros de sus malos pensamientos.

-Huye, huye como siempre, cobarde -dijo, imaginando a su alrededor espectrales figuras que lo rodeaban-. Huye y...

Sintió otro mareo más persistente que el anterior y apeló a todas sus fuerzas para mantenerse de pie. El mundo giraba a su alrededor y él se había convertido en el centro de un torbellino de emociones, el blanco hacia el cual apuntaban los fantasmas de su pasado; sentía clavarse en su persona las miradas acusadoras de sus anhelos no conseguidos. Era mucho, demasiado para...

-¡Bastaaaaaaaaaaa! -gritó y cayó de rodillas sobre la arena. Golpeó con los puños el caliente suelo y una y otra vez murmuró-: Basta, basta, basta...

Se detuvo y miró en derredor. Había estado hablándole al viento y la arena. Desde lo alto los cerros le observaban en muda contemplación como diciéndole “¿Qué quieres, hombrecito?” Sintió vergüenza de sí mismo y, percatándose de que anochecía, comenzó a armar la carpa en silencio. Cuando finalizó se metió adentro y antes de cerrar la entrada sacó un par de fotos.

-Estás loco, no lo niegues -murmuró con resignación cuando abría el saco de dormir.

Permaneció mirando en silencio el techo de la carpa, no deseando apagar la pequeña lámpara que lo alumbraba por miedo de quedar a solas con sus temores. Se percató de que ése era un mal síntoma; quizás había dado los primeros pasos hacia la locura. Había escuchado historias de personas que -extraviadas en el desierto- perdieron la razón. Pero él no estaba perdido, se dijo, solamente solitario y con una meta fija. Para asegurarse consultó su GPS y comprobó la correcta ubicación dentro de su itinerario. Ya más reconfortado, apagó la luz y trató de dormir. Le costó entrar en la inconsciencia del sueño, pues creía sentir a los espectros de sus problemas rodeándole, girando en torno a su pequeño refugio y susurrándole ideas nefastas que gatillaban dolorosos recuerdos.

-Estoy loco, loco... -susurró varias veces.

Al fin se durmió y tuvo inquietantes sueños en los que su carpa era aplastada por una fuerza invisible. Lograba salir de ella justo a tiempo, solamente para encontrarse con los cerros que se dejaban caer encima y lo sofocaban con toneladas de piedras y arena. Angustia, soledad y desesperación lo eran todo en esos instantes.

Abrió los ojos de improviso y tardó varios segundos en comprender que esa no era su habitación. Volvió a cerrarlos cerca de un minuto para sacarse la impresión recibida. Miró entonces la hora y descubrió que eran poco más de las siete, así que procedió a levantarse. Se dio cuenta de que tenía hambre por no haber comido nada la noche anterior, motivo por el cual procedió a desayunar en abundancia.

Otra vez la camanchaca lo recibió con su húmedo abrazo; la ignoró y desmontó todo. Al ir guardando en la mochila las piezas, nuevamente le pareció sentir susurros en su redor. Casi escuchaba las voces, aunque nada más que la neblina lo acompañaba.

-La baladaaaaaaaa. De un hombre locooooooo... -canturreó con una curiosa resignación por su estado mental.

El peso de la mochila sobre sus hombros le señaló la partida y emprendió la marcha. Caminó con tranquilidad, imaginando una vez más las borrosas figuras entre la camanchaca. Pero esta vez sonrió como quien saluda a un viejo amigo. Y -en verdad- eran viejos amigos: la desesperación, el odio, la angustia, la apatía, el arrepentimiento y muchos más que le atormentaban el alma. Aquí, una decisión laboral errónea; allá, un desengaño amoroso; por un lado, las cosas no adquiridas; por otro, el dinero desperdiciado.

-...detente, déjate caer... -susurraba una voz.

-...estás solo, no sigas avanzando... -decía otra.

-...vivir no vale de nada... -añadía una tercera.

Lanzó una carcajada que pareció hacer retroceder a la niebla y dijo:

-No pueden alcanzar a un loco.

Todas sus imaginadas voces se callaron y fueron reemplazadas por el silencio. A lo lejos creyó oír algo y, para no aumentar su locura, sacó algunas fotos del borroso paisaje. Sabía que debía contener su imaginación, sus temores y ansias porque sentía que la cordura se le escapaba lentamente; por ello apuró el paso para llegar pronto a la ciudad. Ahora, su viaje se había convertido en una carrera para evitar la locura. Pensó que esa carrera la había perdido tiempo atrás, tal vez cuando años antes empezó a planear aquel viaje. Quizás sus amigos no quisieron acompañarlo por darse cuenta de su estado antes que por cobardía.

-Quizás, quizás, tal vez, es probable -murmuró con ansiedad-. Tal vez siempre estuve loco y no me di cuenta; tal vez por eso me echaron de mi empleo. -Le pareció escuchar otra de las fantasmales voces-. ¿Un fracasado? ¡Claro que lo soy! ¿O acaso creen que un ganador vendría solo y a pie? ¡Ja!, si hubiese tenido suerte estaría ahora sobre un jeep con una deliciosa mujer y fornicaríamos todas las noches sobre el capó bajo las estrellas.

Inició la ascensión del cerro más cercano, mascullando insultos varios. Le costó un gran esfuerzo llegar a la cima; constantemente era jalonado hacia atrás por la gravedad que hacía balancearse peligrosamente su pesada mochila. Trepó con rabia y precaución, aunque en su interior le importaba bien poco lo que le sucediese. El mero instinto de conservación le hacía actuar con cautela y se encontraba cerca de su límite emocional. Una vez arriba se detuvo y sacó algunas fotos, percatándose de que el rollo casi se había agotado; lo acabó con unas tomas panorámicas del valle formado por los cerros cubiertos de camanchaca que lo hacía parecer irreal. Puso un rollo nuevo y tomó una foto del camino por seguir. Luego de guardar la cámara permaneció quieto observando cómo la niebla empezaba a disiparse.

-Mira, viejo inútil, así es como vas a deshacerte -murmuró inundado de tristeza, recordando que en poco más de un mes cumpliría los cuarenta y nueve años de edad.

El desierto se extendía a lo lejos y parecía tan fácil de alcanzar: bastaba con estirar la mano y sería suyo, bastaba con inclinarse un poco e iría a su encuentro...

Las piernas le tambalearon y se dejó caer al suelo de rodillas, luchando por no ceder a la tentación de rodar cuesta abajo. Era como si todos sus anteriores temores volviesen a la carga en un ataque final, dispuestos a eliminarlo por su negativa a sucumbir ante ellos. Sollozó con tristeza al sentirse tan miserable, tan ínfimo con respecto a la vida, una vida que le había sido adversa e injusta desde la infancia. Era tan tentador, tan sencillo, tan... justo el caer aquellos cientos de metros de ladera, romperse el cuello o abrirse el cráneo en una última expresión de dolor y rechazo al mundo. Era un remedio a la locura, ciertamente, y quizás el único a su alcance. Nada de sesiones interminables con psiquiatras que le harían revivir su dolorosa vida, que le obligarían a exponer sus problemas otra vez y le desnudarían el alma. Nada de eso. Simplemente...

-¿Quién va a ver tus fotos, idiota? -preguntó en voz alta- ¿A quién se la vas a exhibir con orgullo?

Miró hacia atrás a aquel valle siniestro en que los malos pensamientos le acecharon. Le era casi perceptible físicamente la angustia sufrida, como si (por enésima vez) aquellas perversas e invisibles manos le rozaran la piel para empujarlo al olvido. Comprendió entonces que era el instante decisivo. Todo se le acumulaba encima y su cuerpo tendía a inclinarse.

...soledad...

...olvido...

...adiós tristeza...

...vida eterna...

Permaneció largo rato en silencio y luego, con suavidad, comenzó el descenso. Un pie primero y el otro después, tanteando precavidamente el terreno. Varias veces sintió el embate de fuerzas invisibles, empero las rechazó y prosiguió.

-Es tan fácil, malnacidos... -murmuró mientras una lágrima resbalaba por su mejilla-. Es tan fácil que no me la creo. ¿Y saben por qué no me la creo? Porque las cosas fáciles a la larga fueron las peores para mí: estudia una carrera fácil y terminé de oficinista olvidado; consíguete una mujer fácil y me dejó por otro; haz el trabajo de forma fácil y acabé laborando el doble. Claro, lo fácil, lo simple. Como si fuera sólo vivir o morir, uno o cero.

Dando traspiés llegó a los faldeos del cerro, apresurando el paso para huir de sus demonios internos que lo acosaban sin cesar. Su caminata se había convertido en una carrera, una huida de todo lo malo acumulado en la vida; en verdad, corría por su vida, se alejaba de lo negativo para poder superarse y demostrarse a sí mismo que valía algo.

El sol azotaba el desierto, implacable e inmisericorde, cuando el hombre hizo un alto. Cayó de rodillas, transpirando y agotado. Sentía el sudor por todo su cuerpo. Vio los cerros, lejos ahora, y les sacó la lengua con desprecio. Bebió agua con avidez y armó su refugio temporal. Mientras comía empezó a analizar sus pensamientos y ya no se sintió tan mal como antes: había pasado lo peor del viaje y -si todo salía según lo planeado- arribaría a destino dentro de dos días. Para verificar consultó su GPS y descubrió un desvío de apenas un kilómetro (una nadería, considerando todo lo que había soportado). Sentíase demasiado cansado como para continuar y decidió tomar una siesta (eran poco más de las cinco de la tarde). Apoyó la cabeza sobre la enrollada chaqueta y se dispuso a dormir al alero de una gran roca.

El sol se ocultaba en el horizonte cuando despertó. Se dio cuenta de que su cansancio era superior a lo imaginado y -antes de cambiar de opinión- comenzó a armar la carpa. Mientras hacía eso, recordó lo vivido y se percató de la inexistencia de malos pensamientos; más aún, le pareció extraño el haber pasado por todo eso. Durante unos instantes sintióse avergonzado de aquellas elucubraciones tan nefastas. Sí, recordaba el dolor y lo que lo había motivado, pero ¿era para tanto? ¿Por qué había llegado al extremo de decir incoherencias al aire como si hablase con alguien?

No quiso razonar más y se dispuso a dormir, pues todo le parecía muy confuso ahora; con seguridad una cura de sueño era lo más indicado.

-Dormir... -murmuró-. He dormido todo el día.

Entró en el saco de dormir y apagó de inmediato la lámpara. Ahora, rodeado del silencio, comenzó a pensar con más claridad; pero el sueño se llevó todo eso en su negrura.

Abrir los ojos fue sencillo e indoloro y ningún recuerdo ingrato emergió de su mente. Sólo en lejanos rincones de la inconsciencia atisbaba algo, una especie de lamento distante como voces clamando desde el infinito. El dolor de cabeza que sentía le ayudó a dejar de lado esos pensamientos.

Cuando se puso en movimiento el dolor había disminuido. Sacó algunas fotos de los ahora lejanos cerros y se puso a canturrear una canción de su adolescencia. Con cada estrofa sentíase un poco mejor, algo más repuesto. Extrajo poco a poco sus recuerdos de los días previos y se vio como un ser extraño, un ser bizarro que descargaba su ira contra sí mismo. Se desconoció en algunos momentos y le pareció estar viendo la historia de otro.

-Qué raro que eres -dijo en voz alta-. Vienes al desierto y te topas con tu locura.

Subió una loma y consultó su GPS, viendo que iba sólo con un pequeño retraso en sus planes. Oteó con los binoculares sin ver nada en particular, excepto un lejano rastro de polvo que señalaba la presencia de algún vehículo. Sintió que ese rastro era el primer indicio de fin de su soledad y eso lo incordió; era como si de pronto alguien irrumpiese en sus pensamientos más íntimos. Siguió caminando con la tristeza de saber que pronto su jornada terminaría, volviendo al mundo en que se desenvolvía. Bueno, no era la primera vez que lo invadía ese sentimiento. Él era hijo de la civilización y tarde o temprano acababa regresando a ella, aunque existiese ese lado negativo de toda aglomeración humana. Pero lo importante era regresar renovado, con mayores energías y otra visión del mundo, una visión más cercana que las del periódico o la televisión. Esto le era positivo y combatía el sentimiento de tristeza.

Pasado el mediodía encontró huellas de vehículo y, por primera vez en todas sus excursiones, quiso tener uno para evitarse las caminatas.

-Te estás haciendo viejo y flojo -murmuró, sonriendo con una ironía que le hubiese sido desconocida un par de días atrás.

El implacable sol lo azotaba sin piedad, aunque el calor no fuese tan agobiante como antes; seguramente ya se había aclimatado. De todas maneras sirvióse un trago de agua que vació la cantimplora. Ahora sólo le quedaba la última botella del vital elemento y eso le hizo sentirse satisfecho por su buen cálculo.

Una columna de humo se elevaba en el horizonte cuando se detuvo para armar la carpa (era la fábrica que estaba a las afueras de la ciudad). Comió mirándola y pensando en el día siguiente, su día de triunfo. Luego, se echó a dormir.

Otra vez la camanchaca lo envolvió al reanudar la marcha. La frescura y humedad que brindaba fueron bienvenidos, ya que todavía sentía el calor del día anterior. Si se daba prisa y no tenía mayores contratiempos arribaría a destino poco después del almuerzo. La camanchaca se abrió cuando subía una colina y, al llegar a la cima, tuvo la ciudad a la vista. A la derecha la fábrica se veía en toda su magnitud; por suerte no le era preciso dar un rodeo para evitarla. Inhaló profundamente y exclamó:

-Lo hiciste. Y solo, más encima, así que ninguno te puede quitar eso. Desierto, saluda a tu vencedor.

Sacó algunas fotografías de la fábrica y la ciudad para después iniciar la última parte de su viaje. Dio un vistazo final al desierto que dejaba atrás con un impreciso sentimiento de ¿nostalgia, alegría, decepción? ¿Por qué sentíase turbado de aquella peculiar forma? Tal vez se había encontrado a sí mismo y se vio como alguien desagradable. O quizás era la vergüenza por haber actuado con la locura pintada en el rostro y el alma, sacando a relucir ocultos instintos de autodestrucción que desconocía. Se alegró de ir solo, sabedor de la inexistencia de testigos de su comportamiento. No pensaba comentarlo con nadie jamás, sería un secreto entre él y el desierto.

Rodeó un terreno cercado. Algunos perros vagabundos que escarbaban basura fueron los primeros seres vivos con los que se topó. A continuación los escombros de antiguas casuchas le vieron pasar para luego dar paso a una modesta villa de hogares arracimados junto a una avenida. La gente no le prestó mayor atención y lentamente se internó en la ciudad. Caminó hasta encontrar la calle que buscaba y torció por ella en dirección al centro. Le costaba reacostumbrarse al ajetreo cotidiano, una sensación de sobras conocida por haberla experimentado con anterioridad en otros viajes. A lo lejos divisó el hotel elegido y descubrió con alegría un estudio fotográfico en la vereda de enfrente. Cruzó la calle y pidió el revelado de sus fotos.

-Mañana en la mañana -afirmó una señorita, sin dejar de notar el curtido rostro del hombre.

-Vale, mañana. Gracias -dijo y salió.

Extrañadas miradas lo recibieron en el hotel (que no era de gran categoría, pero aún así los mochileros no solían frecuentarlo), pero se disiparon cuando pasó la tarjeta de crédito.

-¿Cansado de su viaje? -le preguntó el dependiente mientras anotaba los datos en la computadora.

-Más de lo que cree -contestó con una amplia sonrisa.

-¿Vino en bus?

Esta vez no lo pudo evitar y lanzó una carcajada antes de responder:

-No, a pie.

El otro rió ante lo que tomó por una broma para luego entregarle las llaves de su habitación. Una vez en ella no lo pensó más y se metió en la ducha. Luego, la confortable cama lo acogió hasta el día siguiente.

Al momento de salir del comedor, el mismo dependiente del día anterior estaba en el mesón de recepción. Cuando le hizo entrega de las llaves, éste le inquirió:

-¿Durmió bien? -el hombre asintió- ¿Le agradó el desayuno?

-Estupendo, mucho mejor que lo que comía en mi carpa.

-Yo..., eh... ¿Era en serio lo de llegar a pie?

-Absolutamente. Fueron seis días de viaje desde el club de yates; caminé paralelo a la costa unos tres kilómetros más allá de la cordillera.

-Vaya viaje -dijo con admiración-. ¿Con quién iba?

-Sólo yo y mi locura -afirmó y se sintió incómodo.

No dijo nada más y cruzó la calle hacia el estudio fotográfico.

-Buenos días -saludó a la señorita que lo atendió el día anterior-. Vengo por mis fotos.

La joven pareció compungida y dijo en un tono de vergüenza:

-Yo... Lo siento, tuvimos un problema.

-Si todavía no están puedo volver después de almuerzo, no me apuran.

-No, no es eso -afirmó ella y entonces notó que todos los empleados le dirigían miradas furtivas—. En verdad las revelamos tres veces para estar seguros.

-¿Seguros de qué? ¿Están veladas? -inquirió con horror ante la perspectiva.

-No, no, es que... ¿Su cámara está buena?

-Sí -Notó algo raro en el ambiente-. ¿Qué sucede?

La muchacha no contestó y sacó de un cajón un sobre con las fotografías. Se lo tendió al hombre, quien comenzó a revisarlas con curiosidad. Y entonces comprendió la perplejidad de los empleados del estudio. Las primeras y últimas del viaje eran normales, pero las del medio (las de los cerros) tenían algo distinto y escalofriante: las figuras borrosas de seres humanoides y horrendos. Aparecían en todas, comenzando por las de la camanchaca matinal detrás de él y siguiendo por las de las laderas; parecían agruparse con curiosidad en torno a la carpa como si comentasen entre ellos lo que veían. Poco a poco fueron desapareciendo a medida que se alejaba de los cerros. No se percibían a simple vista, pero la cámara los delataba y comprendió que los susurros y voces que sintió habían sido reales, no imaginados; era un mortal que había caminado entre los espíritus sin saberlo.

Recordó las palabras de un empleado del terminal de buses:

-Va a tener que cruzar por “Los cerros del diablo”.

 
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