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Clitorita permanecía en su habitación de aquel apartado castillo en las Montañas de la Lujuria. Era el reducto de todas aquellas hadas y demás seres que se dedicaban a la magia más antigua del mundo. Un retorcido camino llegaba hasta la entrada de la edificación, siendo frecuentado por numerosos viajeros durante el año. Las visitas no medraban ni siquiera durante el frío invierno. Así, podían verse desde solitarios jinetes hasta grandes caravanas que efectuaban el denominado «Tour del Placer» para la gente acaudalada.

Se miró en el espejo mientras terminaba de untarse con un aceite que hacía relucir su piel. Perfecto, eso siempre excitaba aún más a los hombres (y también a las mujeres). Una blusa semitransparente y una falda corta fueron su única vestimenta. Agitó las alas, sonriendo pícaramente ante el reflejo de su imagen. Prefería andar descalza, ya que le brindaba cierto aire de sensualidad salvaje. Completó sus preparativos con una corona de rosas.

-Estás divina -murmuró, guiñándose un ojo.

Observó por la ventana los carruajes de la caravana que había arribado en la mañana. Por ahora los visitantes estarían terminando su almuerzo y sería el momento de postre que constituía el preámbulo de la pasión. Esperaba tener algún buen cliente, no como el barón de la semana pasada que fue una absoluta decepción (su miembro viril no alcanzaba ni siquiera los quince centímetros y ella tuvo que fingir arrobamiento ante su visión). Tampoco quería encontrarse con alguien como la princesa Tremuljan, una desbocada sexual a la cual todavía le sentía el sabor de todos sus labios en la boca (y los propios en los de ella igualmente).

La campanilla de llamada sonó. Era el momento de presentarse y encaminó sus pasos hacia la escalera. Descendió a toda prisa hasta llegar a la salita contigua al salón de exhibición, provisto de una pasarela que permitía a los habitantes del castillo mostrarse ante sus clientes. Había dos chicas, una enana y otra hada antes que ella. Bien, esperaría su turno. Aguardó pacientemente hasta que la anfitriona le hizo la seña de «adelante» y atravesó las cortinas. Movió sensualmente las caderas al andar, batiendo sus alas con suavidad. Había un solo hombre sentado que fumaba un enorme cigarro. Sus delicados ropajes indicaban que era alguien rico, quizás un príncipe que visitaba el castillo de incógnito. Sonrió para sus adentros, pensando en lo productiva que podría ser esa jornada (esa clase de clientes solía ser muy generosa con el dinero).

-Saludos, Milord, soy Clitorita -se presentó, haciendo una reverencia que hizo colgar y estremecerse sus senos. El hombre los miró con interés y nada dijo-. Mi especialidad es la Magiorgasmia, con la cual soy capaz de acabar varias veces durante el tiempo que desee. Si es de vuestro agrado, puedo invitar a mi amiga Isidora, también hada, con la cual brindamos un cuadro plástico (*) que os dejará extasiado. Así, podréis disfrutar de dos hadas entregadas al mutuo placer sexual mientras os masturbáis a voluntad. -Le guiñó un ojo y prosiguió-: Luego, podéis uniros a nosotras en el lecho y desatar todas vuestras fantasías nunca antes realizadas.

-¿Qué otro servicio podéis brindar? -inquirió el hombre y eso la alegró, pues había llamado su atención.

-«Jardín infantil», Milord, en donde simulo ser una jovencita inexperta que busca la iniciación sexual de manos de un hombre mayor. -Los ojos del cliente brillaron un poco, lo cual demostraba que era un tanto pervertido. Genial, tenía más para ofrecerle y prosiguió-: Puedo invocar a Larry Joter y su troll doméstico, que ofrecen un show erótico interespecies. Mientras ellos actúan, nosotros podemos realizar uno propio.

El hombre guardó silencio meditando en lo escuchado. Finalmente dijo:

-Gracias, podéis retiraros.

Abandonó la estancia con una pequeña sonrisa que señalaba su casi absoluta convicción de ser la elegida. Tomó asiento junto a las demás y poco después todas terminaron de presentarse. Temió que la anfitriona hiciese sonar la campanilla de los varones, pero no fue así. Genial, ahora sólo era cosa de que dijese su nombre y todo estaría de maravillas.

-¡Astrid! -llamó la mujer y todas se quedaron con los ojos muy abiertos.

La mencionada se puso de pie y salió hacia la sala de exhibición.

-Enana suertuda, es el cuarto cliente que pierdo por su culpa -murmuró otra hada, haciendo que sus alas se tiñesen de un color violeta.

Clitorita se tragó la rabia. Qué diablos, parecía que últimamente los visitantes se estaban inclinando por las rarezas. Nada podía hacer, ya que si algo le sucedía a la enana, siempre habría otra gustosa de tomar su lugar. Sólo esperaba que fuese una moda pasajera, sino tal vez tuviese que emigrar a otra región.

-¡Chicas, presentarse! -dijo la anfitriona.

Se resignó. Bueno, ahora por lo menos ya no estaba la maldita enana y quizás le iría mejor. ¿Quién dijo que esa era una vida fácil?

*Cuadro plástico: Término que en jerga prostibularia chilena representa el acto sexual entre dos mujeres para deleite del cliente. Por lo que me han contado, claro está, no seas malpensada.

 

publicado en noviembre de 2008

 
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