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La chica que quería tener cola Más sobre Teobaldo Mercado

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Esta historia, exceptuando lo de la cola, está basada en hechos reales.

 

Verónica Zelvag tuvo un despertar suave y relajado. No abrió los ojos de inmediato, pues le disgustaba salir de su lecho apenas recuperada la conciencia. Prefería permanecer dormitando o sencillamente con los ojos cerrados mientras planeaba lo que haría durante el día. Había pasado hasta cuatro horas en ese estado y le brindaba una tranquilidad y relajación muy particular. Pero hoy no podría flojear demasiado, se dijo, pues era un día muy anhelado. Suspiró con fuerza, sabedora de que su vida cambiaría para siempre.

Abrió los ojos un tanto desganada. Los gatitos de su pijama la saludaron como todas las mañanas y se complació al verlos repartidos sobre su cuerpo.

Hola, mis lindos, ¿cómo están? -preguntó en voz baja- No se preocupen, hoy nos pareceremos un poco más.

Se estiró con pereza y poco a poco se hizo el ánimo de levantarse. Tardó lo suyo, una media hora, en aceptar la idea de salir del lecho, pero finalmente lo logró (a regañadientes, cierto, mas lo consiguió). Se puso la ropa y bajó a tomar su desayuno. Su madre y hermana ya estaban en la cocina y comentaban excitadamente acerca de cosas de la farándula. No les prestó mayor atención y poco después salía de su hogar.

-Hoy es el gran día -murmuró con alegría apenas contenida al tiempo que se dirigía a la estación del monorriel.

Miró hacia la casa de unos vecinos, esperando ver a su gran amigo Jarhel, pero no lo divisó. Le había pedido que la acompañara y él contestó que probablemente saldría temprano hacia la universidad. Bien, iría sola, total, ya estaba acostumbrada a valerse por sí misma.

El ferrocarril elevado iba atestado de gente, como siempre, así que se aferró lo mejor que pudo mientras emprendían la marcha. Tras varias estaciones se acercaron a su destino y, poco antes de bajar, sintió algo que le rozaba el trasero. Giró velozmente y encaró a un sujeto cincuentón que la miró sorprendido mientras ella le enrostraba:

-¡Pervertido!

Sin darle tiempo a explicar nada, Verónica cogió al hombre por el brazo y le aplicó una llave que le había enseñado su profesor de Artes Marciales en la universidad, haciendo que el sujeto girase sobre sí mismo y cayera estrepitosamente al suelo en medio de la conmoción general. Una pierna del hombre quedó atrapada bajo un asiento y crujió cuando el peso del desconocido dio con el suelo. La joven no se quedó a ver los resultados de su acción y salió rauda del vagón. Abandonó la estación y no se paró hasta estar a varias cuadras de distancia. Se detuvo unos momentos para recuperar el aliento. ¿Habré obrado bien? Se preguntó, pero no dudó ni por un momento en responderse que sí. Los sucios sujetos que se dedicaban a manosear a las mujeres se lo tenían bien merecido. Además, había actuado como su heroína favorita de animé: Súper Maggita, una chica gritona que golpeaba con un martillo a la menor provocación.

Ahora, más calmada, reemprendió el rumbo a la clínica. Estaba a no muchas cuadras de ella y por eso tardó pocos minutos en arribar a destino. Penetró por la amplia recepción y se dirigió al tercer piso. No quiso esperar al ascensor de lo ansiosa que se encontraba, así que usó las escaleras.

-¿Diga, joven? -preguntó una enfermera madura en la recepción.

-Tengo una operación fijada para hoy.

-¿Su nombre?

-Verónica Zelvag.

-Sí, operación a las 11:30. Pase por el pasillo al quirófano 4, el doctor y las enfermeras irán pronto.

-Gracias -dijo y partió ansiosa a su destino.

El lugar estaba vacío y tomó asiento en una silla. Era el momento y lo disfrutaría plenamente.

Semanas atrás, canceló la operación con sus ahorros de los últimos años y procedieron a tomarle una muestra de tejido, con la cual se desarrolló la cola prensil que ahora le injertarían. Era su viejo sueño que ahora la ciencia convertiría en realidad. Estaban de moda los implantes de ese tipo y era relativamente común ver gente con un sexto dedo, branquias o colmillos de vampiro. Pero lo de ella no había sido solicitado en la clínica todavía, así que le ofrecieron un descuento por ser la primera.

-Señorita Zelvag, cómo está -saludó un hombre mayor al entrar.

-Bien, doctor, lista para la operación.

Dos enfermeras se hicieron presentes y la ayudaron a desvestirse y ponerse el camisón que dejaba sus glúteos al descubierto.

-¿Segura que no desea anestesia general? -inquirió el doctor.

-Segura -replicó, temerosa de ser abusada sexualmente como le sucedió a una compañera de universidad. En su caso era peor, pues cualquier dolor en las posaderas sería perfectamente achacable a la intervención quirúrgica.

-Como guste -dijo el galeno mientras le inyectaban la anestesia local.

Verónica se mantuvo quieta mientras veía de reojo que sacaban su cola de un recipiente especial. Una enfermera se la enseñó y preguntó:

-¿Le gusta, está satisfecha?

-Sí -respondió con emoción, acariciándola levemente con una mano.

Sacaron la cola de su campo de visión y comenzaron la operación. Verónica permaneció quieta y expectante durante la hora y algo que duró el proceso.

-Listo, terminamos -dijo finalmente el doctor-. Póngase de costado unos momentos. Le sugiero que permanezca así hasta que la anestesia se desvanezca. Cuando eso suceda, empiece suavemente a tratar de manipular la cola, no intente nada brusco. Pero la recomendación mayor es que no haga nada con ella hasta mañana.

-Mejor espero hasta entonces -aceptó Verónica.

La movieron con la camilla hasta un cuarto de reposo. Permaneció allí la mayor parte del día. Los parientes llegaron a visitarla por la tarde. Sus padres no dijeron nada negativo, pero había cierto reproche en su mirada. Bien, tendrían que acostumbrarse, su vida era asunto suyo.

Esa noche durmió plácidamente, como no lo hacía en años.

 

Despertó como siempre, con los ojos cerrados y con ganas de seguir durmiendo. Los primeros momentos parecieron los de costumbre, pero luego recordó lo sucedido y se alegró por ello. Disfrutó del silencio hasta que escuchó unas voces. Había alguien más en la habitación, no, eran dos personas, hombres, que conversaban en voz baja.

-...con mucho cuidado -decía uno, que reconoció como su amigo Jarhel.

-Sí, esos asuntos son delicados -convino otro-. No basta... Mira, ya despertó.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque movió la cola.

-Puede ser un acto reflejo.

-Sí, claro, puede ser, pero había estado quietecita todo este rato.

Ante eso, la joven abrió los ojos y encaró al hombre, un individuo cuarentón y de algo más de metro ochenta de estatura, diciéndole:

-Franz Méndez, tenías que ser tú.

El aludido respondió con una sonrisa bobalicona, pero sincera, que siempre le hacía pensar a Verónica en un niño demasiado crecido.

-Despertaste, amiga mía, qué bueno.

La joven trató de sentarse, pero la cola se le hizo un bulto en la espalda. Mantuvo la calma y trató de moverla con las manos hacia un lado. No pudo, pues ésta se movía casi al mismo tiempo que las extremidades superiores.

-Tienes que pensar que es como tu tercera mano -señaló Méndez, práctico como siempre.

Así lo hizo y tras unos pocos intentos la cola se acomodó a su lado. Satisfecha, se recostó en la almohada y miró a sus amigos.

-¿No me van a felicitar? -preguntó.

-Sssíii..., felicidades -dijo Jarhel con algo de embarazo; obviamente no aprobaba el nuevo miembro.

-¡Eso, felicidades! -añadió Méndez con un interés más sincero.

-¿Qué hacen acá tan temprano, chicos?

-Yo no podía venir a otra hora, tengo clases luego -respondió Yarhel.

-Yo pedí permiso en la oficina -contó Méndez.

-¿No eran un tanto tacaños con los permisos? -inquirió la joven.

-Los que nunca damos problemas tenemos menos dramas con los jefes -explicó y añadió con una sonrisa-: Además, ¿cómo te iba a dejar sola en estos momentos?

-Gracias -dijo Verónica y notó que el otro hombre se ponía de pie-. ¿Tan pronto te vas?

-Ya te dije, tengo clases. -Se acercó y le dio un cariñoso beso en la mejilla-. Nos vemos.

Yarhel se despidió con un apretón de manos de Méndez y se fue.

-¿Todo bien? -preguntó el hombre y se acercó al lecho de su amiga.

-Sí, perfecto -respondió y la cola se agitó a su lado. La miró y comentó-: Parece que le caes bien.

El hombre rió por la ocurrencia y, antes de que pudiese replicar algo, entró una enfermera con un recipiente y una bandeja diciendo:

-Es hora de sacarle los puntos y hacerle una revisión.

-Esperaré afuera -dijo Méndez y salió de la habitación.

Media hora más tarde, Verónica abandonó el cuarto y se encontró con su amigo leyendo un libro en su computadora de bolsillo.

-¿Qué lees? -inquirió.

-La luna es una cruel amante, de...

-Sí, lo leí alguna vez en el colegio.

La afición por la lectura era común en ambos. Se habían conocido durante el lanzamiento del libro de poemas y reflexiones del hombre, un evento al cual ella asistió luego de ver un aviso en Internet. Desde entonces habían mantenido una amistad que se prolongaba ya por casi dos años. El hombre era el típico artista de segunda, con apenas un libro a cuestas que se vendió poco, pero lleno de sueños y esperanzas, marcado por una existencia anónima y sueños rotos. En el fondo era una buena persona, aunque como todo artista tuviese en ocasiones sus cinco minutos de locura.

-¿Vamos? -preguntó Verónica y el poeta se puso de pie.

La joven caminaba con la cola dentro de la falda, tratando de hacerla colgar sin que se moviera. Era una sensación extraña aquel apéndice en su anatomía, una suerte de “mano” poco usual que partía sobre su ano. Le sería difícil usar pantalones de ahora en adelante, pero ya vería la forma de hacerlo, quizás haciéndoles un orificio sobre los glúteos.

Se despidieron en la estación del monorriel, pues el hombre trabajaba y vivía en el otro extremo de la ciudad.

-Cuídate -dijo Méndez luego del beso en la mejilla.

-Tú también.

Subió al andén y esperó el siguiente tren. Cuando llegó, se alegró de no verlo tan atestado de gente. Lo abordó con alegría y se sujetó del pasamanos. Al partir, decidió empezar a tantear el uso de su cola. Movió delicadamente el nuevo miembro como si de una mano se tratase, asiendo suavemente el pasamanos. Una vez logrado eso, soltó sus manos y giró para ver el paisaje. Las construcciones discurrían veloces ante sus ojos y eso la mareó un poco, haciéndola soltar el fierro, pero pronto enganchó la cola nuevamente y se mantuvo equilibrada. No quiso mirarla para no perder la magia de sentir cómo sin las manos ni la vista era capaz de...

-¿Quién es la pervertida, ahora? -preguntó una voz grave a sus espaldas.

Verónica se giró sobresaltada sólo para encarar al hombre que, dos días atrás, había sido objeto de su ira. Se percató en ese instante que su cola estaba enroscada en la pierna derecha del sujeto, mientras que la punta se aferraba de los genitales; la otra pierna lucía una llamativa bota de yeso.

-Yo... -alcanzó a decir, pero se calló al ver que el sujeto cogía su muleta con ambas manos.

Verónica no lo pensó dos veces y dio media vuelta, abriéndose paso entre la multitud. El hombre la persiguió, furioso, al tiempo que se escabullía hacia la parte trasera. Por fortuna para la joven, el tren no se acabó antes de llegar a la siguiente estación, de la cual salió como alma que lleva el diablo. No se detuvo hasta quedar exhausta junto a un bar. Miró para atrás y vio que nadie la seguía.

-Cálmate -murmuró, tratando de recobrar el aliento perdido.

Oteó en todas direcciones y en la cuadra siguiente vislumbró un paradero de autobuses. Se dirigió hacia él, pensando en no decirle a nadie del bochornoso incidente.

 

Estaban a la sombra de los árboles en una pequeña plaza. Méndez hablaba de una anécdota laboral y Verónica asentía desganadamente, pues su mente estaba en el viaje que pronto iniciaría. Ahora se arrepentía de haberse juntado con el poeta, pues principiaba a ponerse latoso. No es que se comportase de mala manera, sino que le sería mucho más entretenido ver algún reallity sexual por televisión. Pero bueno, había cometido el error de citarlo un par de horas antes de que partiese el bus y estaba obligada a aguantarlo.

-¿Qué piensas escribir ahora, Franz? -preguntó para cambiar el rumbo de la conversación.

-Pues... no lo sé con exactitud. Espero que lo siguiente sea mi Obra Maestra que me haga rico y famoso. Oye, cuando así sea, ¿te gustaría ser la Presidenta de mi Club de Admiradores?

-Si la paga es buena, por supuesto.

-Por supuesto. Eso sí, sólo te exigiría un requisito: que todas tus secretarias fuesen rubias y tetonas.

-Yo no me vería bien con ellas -dijo Verónica, pues era morena y delgada.

-Pero yo sí -afirmó el hombre con una sonrisa en el rostro y un brillo especial en los ojos.

-Cómo te gustaría, ¿eh?

-Claro que sí. Yo las cuido mientras tú puedes salir a comprar lápices, sacar fotocopias o hacer algún otro trámite.

-Hombres, qué complicados son.

-No te enojes, Veroniquita linda, yo no te cambiaría ni por media docena de rubias tetonas.

La joven lo miró unos instantes antes de preguntar:

-¿Te haces el simpático para seducirme?

-¡Seducirte! -Méndez con la preocupación pintada en el rostro- Cómo se te ocurre, yo soy muy viejo y feo para ti, que eres tan joven y linda.

-Te gusta halagarme.

-Es lo que opino, de veras. Vamos, eso no quiere decir que te devore con ojos lascivos, sino que es lo que opino de ti.

Verónica permaneció callada unos momentos, tratando de escudriñar en la mirada de su amigo. En ocasiones como esa no estaba segura de si él se estaba burlando de ella o no, aunque no podía negar que había aprendido a valorar la sinceridad del hombre. Eso, en una época de tantos desvalores, era mucho decir. Finalmente, optó por mirar su reloj y decir:

-Vamos, tengo un bus que tomar.

Se pusieron en marcha y media hora más tarde arribaban al terminal. Para entonces la conversación había derivado hacia temas de poesía y la joven empezaba a aburrirse. Pensó en alguna manera de deshacerse de su amigo y la encontró en la forma de un negocio de bebidas que estaba atestado de gente. Saludó a sus compañeros de universidad con los cuales iría a hacer una investigación en terreno y, en un gesto ensayado en su casa, juntó sus manos como implorando mientras su cola se levantaba suavemente y ponía ojos de niña buena diciéndole:

-Francito, amigo mío, ¿podrías comprarme un agua mineral? Yo te la cancelo luego.

El hombre, siempre atento con ella, le replicó:

-No me canceles nada, yo invito.

Partió rumbo al atestado negocio al tiempo que Verónica le hacía un gesto a Roberto, un compañero de curso, el cual asintió con la cabeza. Tardaron menos de un minuto en subir el equipaje. Un rápido vistazo le indicó a la joven que el hombre todavía trataba de abrirse paso entre el gentío y era objeto de un codazo por parte de una vieja gorda, lo cual provocó la risa de los presentes. Le hizo mucha gracia el ver su penoso avance entre las personas, era como el abrirse paso en la difícil profesión de escritor. Bien, el pobre hombre seguiría enfrascado en esa lucha inútil, pero él sería el último en comprenderlo.

-Nos vamos -dijo el chofer y abordaron el autobús.

El vehículo se colocó en marcha sin que se viese rastro de Méndez. Verónica se lo imaginó medio asfixiado entre el gentío y eso la hizo sonreír. Abandonaban el andén cuando distinguió la silueta del poeta llegando al punto de embarque. Le hizo una breve despedida con la mano que el otro no vería debido a la distancia. Luego, acomodó sus cosas y se preparó para el viaje.

-¿Atrás como la otra vez? -le susurró Roberto y ella asintió.

El bus estaba a medio llenar, pues en la parada intermedia se subía el resto de los pasajeros. Disimuladamente el joven se dirigió a la parte posterior; poco después, Verónica hacía lo mismo. Se ubicaron en un asiento desocupado y procedieron a besarse y acariciarse apasionadamente.

-Tenemos media hora -susurró ella mientras se desabrochaba la blusa.

-Sí, qué rico -aseveró Roberto, bajándose los pantalones.

La joven iba a sacarse el sostén cuando la cola se agitó inquieta entre ambos. Verónica sonrió con picardía, pero el otro permaneció serio al preguntar:

-¿Y eso?

-Es mi cola, me la implantaron el miércoles, ¿te gusta?

-Yo... Este...

-Haz de cuenta que tengo otra mano para acariciarte.

Roberto apartó con las manos la cola diciendo:

-¿No puedes dejarla quieta?

-Oye, así tiene más gracia.

Pero el joven obviamente no estaba nada de contento con el asunto. Empezó a subirse los pantalones mientras explicaba:

-No lo tomes a mal, pero en verdad no me hace mucha gracia. Cuando estés boca abajo, la cola va a dar vueltas y vueltas, capaz de que me golpee o sus pelos se metan en mi nariz. Si te hubieras puesto una tercera teta podría ser, pero esto... No, gracias, para eso prefiero -hizo el gesto de masturbarse.

Roberto se marchó a su asiento, dejando estupefacta a la joven. Verónica se reacomodó el sostén, luego abrochó su blusa y volvió furiosa a su asiento. Permaneció mirando el vacío y murmuró con rabia:

-Hombres, son todos unos brutos.

 

La sala de clases estaba atestada de alumnos. El profesor dictaba su materia mientras Verónica en su asiento trataba de acomodar la cola en el respaldo de la silla. No podía encontrarle una ubicación relajada, pues al respaldo le hacía falta un sacado para poder sentarse con naturalidad (obviamente nadie había pensado en un ser humano con cola al diseñar el objeto). Decidió dejar que su apéndice se deslizara paralelo a la pierna derecha, aunque esa postura le era incómoda. ¿Por qué en los gatos siempre se veía tan natural la manera en que usaban su extremidad? La respuesta era que ellos nacieron así; ella, en cambio, recién se estaba adaptando.

-¿Tiene algún objeto protuberante en su asiento que se mueve tanto, señorita Zelvag? -preguntó de improviso el profesor.

Verónica alejó los pensamientos de su cola para darse cuenta de que era el centro de atención de la clase. Empezaba a comprender las palabras del hombre cuando Roberto dijo:

-No, profe, tiene una cola.

-¿Cola? -preguntó la muchacha junto a Roberto, su amiga íntima y compañera sexual-. ¡Qué ridículo!

Toda la clase estalló en carcajadas e, inconscientemente, su cola se levantó y agitó, provocando otra oleada de risas. La pobre Verónica se sintió pésimo, sobre todo porque el causante era el mismo con el cual habían disfrutado momentos íntimos a espaldas de su pareja; seguramente esta era una forma que el sujeto tenía de vengarse por la sorpresa de la cola. Aguantó el bochorno estoicamente, recordando que su amigo Méndez decía que en medio de una crisis había que mantener la calma. Se mantuvo calmada, pero más al recordar el viejo dicho que decía que la venganza era un plato que era mejor servírselo frío. Aguardaría el momento adecuado para desquitarse, empero no sería ahora.

-Basta de risas, hay que continuar la clase -dijo el profesor, aunque la sonrisa en su rostro indicaba que no olvidaría fácilmente el incidente-. Como decía, las capas se encuentran entrelazadas, a veces enredadas en forma de espiral como la punta de una cola.

Las risas volvieron y Verónica se aprontó a ser el blanco de las burlas durante el resto de la clase.

Al salir, se quedó conversando un rato con una amiga, luego, partió en dirección a las escaleras. Iba bajando por ellas cuando vio a Roberto descender apresuradamente desde el piso superior, el cual venía cogido de la mano con su amiga y decía:

-Tenemos el tiempo justo.

Iban urgidos a alguna parte. Y en ese instante Verónica supo que tendría una estupenda ocasión de vengarse. Siguió descendiendo tranquilamente hasta que pasaron a su lado, entonces hizo a su cola darle un tirón al pie de Roberto, quien perdió el equilibrio y cayó escaleras abajo, arrastrando a su pareja en la caída. Dieron estrepitosamente contra el suelo del primer piso, llegando a tumbar a un par de alumnos que se encontraban por el camino.

-¡Hay que llevarlos a la Enfermería! -exclamó una joven que fue a socorrerlos.

-Se cayó por correr en las escaleras -comentó un profesor que había visto el “accidente”.

Verónica pasó junto a la conmoción generada, mirando de reojo los golpeados e inconscientes rostros de la pareja. Salió del edificio mucho más relajada que antes, pues había concretado su venganza. De paso sintióse más acostumbrada a la cola y, también, más confiada con ella. Era su nueva vida y al demonio con quien no le gustase. Caminó hasta la salida de la Universidad, en donde se encontró con Méndez.

-Hola -lo saludó-. Espero no haberme tardado demasiado.

-Veinte minutos, lo de siempre -afirmó el hombre con su sonrisa bobalicona-. ¿Lista para ir al cine?

-Sí, lista. -Se pusieron en marcha, pensando en que al fin podría relajarse un poco-. ¿Qué película vamos a ver?

-Un clásico: La gata en el tejado caliente.

Dicen que Méndez, cuando por fin pudo contraer matrimonio, experimentó ciertas dificultades para concebir hijos. Su propia esposa comentó una vez que se ponía a tiritar cada vez que veía a un gato, pero siempre se ha considerado eso como la típica chifladura propia de los escritores.

Como sea, la historia de la chica y su cola termina aquí.

 
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