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Unicornio

Más sobre Sergio Alejandro Amira

¡Oh hombre contempla
al Unicornio con respeto!
Si le miras a los ojos, cuídate;
Porque conoce la historia de toda nuestra Raza, y su memoria intacta atraviesa la tiniebla de los años y llega
A poderosos y vastos dominios hoy
Deshechos por el Tiempo y el Destino.

Magnalucius

Espero sin moverme, para confirmar que el unicornio está muerto, temeroso de confirmar mis sospechas de lo que yace ahí enfrente.

Después de un momento que parece interminable, avanzo hacia la criatura desplomada…

 

 

¿Os gustaría saber cómo un leñador, un simple leñador, logró casarse con una bellísima princesa? Prestad oídos:

Mi nombre es Aldric y yo soy el leñador de esta historia, leñador como lo fueron mi padre, mi abuelo y mi tatarabuelo. Talé mi primer árbol a los cinco años y lo he estado haciendo sin pausa desde entonces. No tengo nada contra los árboles pero para mí no existe mayor placer que derribarlos con unos cuantos y precisos hachazos. Mi hacha es la misma que mi padre, mi abuelo y mi tatarabuelo usaron antes que yo.

Como todo hijo de leñador llevé junto a mi familia una vida nómada, trasladándonos a dondequiera que nuestros servicios fuesen requeridos, de una comarca a otra, de un bosque talado a uno virgen…

Cuando cumplí la mayoría de edad y como es costumbre, mi padre me entregó su hacha y me expulsó del hogar con una patada que mantuvo doloridas mis posaderas durante tres días. Me marché hacia el sudeste y pronto encontré trabajo junto a una cuadrilla que se preparaba para talar el bosque encantado de Woodrofe. Se requería de hombres valientes que no temieran a los eydolons que se decía habitaban el bosque; además, la paga era muy buena. Jamás vimos un solo eydolon, pero solíamos decir lo contrario para que los lugareños no creyesen que nos estaban pagando más de la cuenta.

Cinco años más tarde me encontraba yo trabajando en el bosque de Covenshire, cercano a las míticas montañas de Kelton, cuando mi cuadrilla fue atacada repentinamente por un dragón, un enorme dragón rojo. Incluso aquellos que se dedican a cazarlos admiten que estas bestias son caprichosas e impredecibles, actuando a veces como benefactoras de la humanidad y otras como verdugos.

El dragón que descendió sobre nosotros tenía claras intenciones hostiles, por lo que el capataz nos ordenó huir cuanto antes. La bestia exhaló fuego sobe las copas arbóreas y se desató el infierno. Mis compañeros corrían en todas direcciones mientras el dragón quemaba a unos y devoraba a otros. En cierto momento caí y antes que pudiera levantarme del suelo tenía al dragón encima, instintivamente me cubrí el rostro con la hoja de mi hacha en el preciso instante que el dragón exhalaba su fuego en mi contra. Sentí el ardiente calor y luego perdí el conocimiento. Desperté sobre un manto de ceniza gris y cadáveres carbonizados. Ya no había nada que talar en una amplia área a la redonda y mi hacha había adquirido una extraña iridiscencia.

De una escuadra de treinta y dos hombres sólo sobrevivimos cinco, y cuatro de ellos con horribles quemaduras. Tenía buenas razones para sentirme afortunado, así que cogí mi morral de las barracas, el hacha que me había salvado la vida, y me marché de Covenshire.

A poco andar llegué a un arrollo sobre el que se erigía un puente de madera y piedra. Me acerqué con cautela ya que bien sabido es que bajo puentes similares moran los antropófagos trolls. Di un paso, luego otro, y cuando creí que nada ocurriría, emergió de las sombras un ser horrible, de baja estatura y cubierto de un pelaje fuliginoso. El troll con un poderoso salto, se arrojó sobe mí pero logre decapitarlo con un solo golpe de mi hacha. La cabeza del troll cayó a mis pies y el cuerpo fue a dar a unos matorrales cercanos. Fue entonces cuando escuché los chillidos. Bajé hasta la orilla del arroyo, justo bajo el puente, y me encontré con cuatro crías de trolls que lloraban por la muerte de su madre. Ahora eran huérfanos por mi desafortunada intervención. ¿Podía culpar a la troll por intentar comerme y así amamantar a sus crías? Claro que no, de la misma forma que nada podía reprocharle al dragón que calcinara el bosque de Covenshire. Dragones, trolls, sátiros y lobisones son fuerzas de la naturaleza, carecen de razón y de alma. Sólo actúan movidas por instinto.

Regresé al sitio donde yacía la cabeza de la troll y en ese momento mi hacha comenzó a brillar. Impulsado por una misteriosa urgencia arrastré el cuerpo de la criatura de entre los espinosos matorrales y coloqué su cercenada cabeza sobre los hombros. Con el lado sin hoja de mi hacha toqué su frente, el resplandor aumentó y cuando hubo desaparecido, la herida estaba cerrada. La vida había regresado al cuerpo de la troll. La aterrada y rediviva criatura huyó a cuatro patas de vuelta a su madriguera y yo pude cruzar el puente tranquilo. El fuego del dragón había templado mi hacha de una forma única. Lo que cortaba, podía unirlo nuevamente. Lo que quitaba, podía devolverlo.

Tras una semana de viaje llegué al reino de Dubenor, que se hallaba sumido en una profunda tristeza ya que su rey estaba enfermo y a punto de morir. Pedí que me llevaran ante él afirmando que podría curarle. Poderosa tuvo que haber sido mi convicción ya que los guardias en ningún momento dudaron de este forastero maloliente y barbado, que sin embargo llevaba consigo un hacha que resplandecía sobrenaturalmente. Tras explicar mis intenciones al consejero de rey, y éste a su vez a su señor, penetré en la amplia sala custodiada por los guardias. El obstinado rey pese a su malograda condición insistía en permanecer sentado en su trono. Su cabello era tan blanco y desgreñado como su barba, sus ojos eran dos esferas vacías, su rostro era casi el de un muerto.

-Rey de Dubenor -le dije-, yo puedo curar la enfermedad que os atormenta.

-Eso me ha dicho mi consejero. ¿Sois un curandero, un alquimista acaso?

-No, sólo un simple leñador, pero os aseguro que puedo libraros del mal que os aqueja, aunque primero debéis aceptar la muerte.

-Eso no es problema forastero, estoy muerto en vida hace meses.

-¿Poseéis hijas, oh Rey de Dubenor?

-Cinco hijas. De dieciséis años la menor. Es bella como ninguna de mis otras hijas, pero no puede hablar, es muda como una piedra.

-No me importa si vuestra hija menor es muda, a cambio de mis servicios la quiero en matrimonio.

-La tenéis ¡ahora curadme!

-Antes que ninguno de los presentes pudiese reaccionar, clavé mi hacha con un golpe certero en el pecho del rey, que escupió sangre con una horrible mueca. Los guardias salieron de su letargo acercándose amenazadoramente.

-¡Quietos ahí! ¡Dejad que haga mi trabajo! -les grité-. Ustedes mismos escucharon como el rey estaba dispuesto a morir para recuperar la vida plena.

Desconcertados los guardias se miraron los unos a los otros, y en ese momento extraje mi hacha del tórax del rey para luego tocarle la herida con el lado sin hoja. La iridiscencia blanca llenó el salón y cuando se hubo disipado, el rey vivía nuevamente, completamente sano y rebosante de energía. Su cabello ya no era blanco sino café, sus mejillas sonrosadas, sus ojos parecían dos carbunclos.

-He cumplido mi palabra -dije mientras el rey observaba sus manos sin creer aún lo que había ocurrido-, ahora debe cumplir la suya, rey de Dubenar.

-¡Cogedle y quitadle su hacha! -ordenó el monarca a sus hombres-, ¡encerradlo en las catacumbas!

Y así lo hicieron.

Pasé una semana en el interior de una celda inmunda, con una batea para depositar mis excrementos y apenas un mendrugo de pan y un tazón de leche de cabra al final de la jornada. El séptimo día me sacaron de la celda y me llevaron a unos lujosos aposentos donde me asearon, me alimentaron y me vistieron con sedosos ropajes. Al consultar a los sirvientes me dijeron que se les había prohibido darme explicaciones. Una vez finalizada mi transformación de prisionero a aristócrata, se presentó ante mí el consejero del rey quien me anunció que sería escoltado a la capilla para mi boda.

-¿Qué hizo que el rey cambiara de opinión? -le pregunté.

-Durante una semana y asistido por sus hombres de ciencia, el rey intentó recrear la magia de vuestro instrumento sin resultado alguno. Sabiamente se percató entonces que la magia no estaba en el hacha, sino en vuestra merced; que ésta no era más que un instrumento por el cual canalizabas vuestro poder. También se dio cuenta que habíais dejado que os enjaularan para así poner a prueba su honorabilidad, temeroso pues de las consecuencias de vuestra ira accedió a liberarte y cumplir su promesa.

Asentí al lacayo mientras me sonreía ante las erradas presunciones del rey, que sin embargo me beneficiaban ostensiblemente.

Fui escoltado por un grupo de guardias reales a la basílica donde toda la nobleza se había dado cita. Me aplaudieron como el héroe que había salvado la vida del rey mientras yo avanzaba por el pasillo hasta el altar donde me esperaba mi futura esposa, la hija menor del rey.

Era delgada y pequeña y su rostro estaba cubierto por un velo como era la tradición. Su largo cabello era negro y caía como una cascada de sedoso alquitrán por su espalda. A su lado de pie estaba el monarca, observándome con una expresión de horror y forzada complacencia en el rostro.

El sacerdote pronunció las palabras, intercambiamos argollas de oro y cuando levanté el velo de la muchacha el mundo pareció detenerse. Su rostro era el más bello que jamás había visto, su piel blanca y tersa, sus ojos cual almendras silvestres, su boquita pequeña pero de generosos labios. La besé suavemente y el tiempo pareció retomar su curso.

Como regalo de bodas el rey me dio una comarca sobre la cual regir. “Está junto a un amplio y frondoso bosque, os gustará”, me aseguró. Claramente no me quería viviendo en su palacio sino lo más alejado del corazón de su reino que fuese posible. Su hija menor no le importaba demasiado, tenía otras cuatro, además de tres hijos que eran los que realmente ocupaban un sitio en su corazón. Yo tampoco quería permanecer cerca de ese viejo traicionero así que acepté de buena gana su regalo y junto a mi flamante esposa emprendimos viaje a nuestro pequeño reino donde un destituido gobernador nos esperaba para, antes de marcharse al exilio, hacernos entrega oficial de su palacio.

Los habitantes de Isfendarmad nos recibieron con guirnaldas de colores y confeti. Asistimos a una fiesta de bienvenida en el que sería nuestro palacio y departimos alegremente con la nobleza local y el ex–gobernador, quien llegada la medianoche se despidió de nosotros con un aire de tristeza y se marchó al exilio con su caballo como única posesión.

Lo que el rey no me había advertido era que el bosque de Isfendarmad estaba habitado por esas bestias peores que los dragones, peores que los salvajes tanachts y los temibles wyverns: unicornios.

Como la mayoría de la gente nunca en mi vida había visto un unicornio, y sólo los conocía por las descripciones redactadas en los bestiarios y por las explicaciones de algún que otro audaz cazador que se les había acercado lo suficiente. Decían que eran no mayores que un cervatillo; blancos como la nieve; con velludas patas y cola, similares a las de un lobo; y una abundante melena de león de la cual sobresalía su delgada cabeza de caballo, coronada por un cuerno recto y agudo tan largo como el brazo extendido de un hombre. Los unicornios más viejos y poderosos se reconocían, no por la longitud de su cornamenta, sino por sus lomos plateados y barba bajo el mentón. Les tomaba mil años alcanzar al madurez y se decía que gustaban de enamorar a las doncellas para luego clavarles su cuerno y devorarlas, pues han de saber que estas bestezuelas esquivas eran temibles depredadores.

Ningún habitante de Isfendarmad se había internado en el bosque desde hacía más de cien años, cuando fue visto el primer unicornio, y de hecho existía una ley que prohibía terminantemente el ingreso en aquel sitio. Pero las leyes no se hicieron para que las cumplan los monarcas, y al siguiente día de ni llegada a en Isfendarmad me interné en el bosque, armado únicamente con mi hacha.

Mi intención, por supuesto, era verificar las leyendas sobre unicornios, pues mi intención era talar el bosque ya que, sabido es que atraen a los dragones como ocurrió en Covenshire y, francamente temía más a los dragones que a los unicornios.

Tras dos días de búsqueda regresé a Isfendarmad con la buena nueva que los unicornios se habían marchado. No sólo no vi ninguno, sino que tampoco encontré aquellos objetos claros y esféricos como cristal denominados periadham que son clara señal que ha pasado un unicornio. Para confirmar mis palabras envié un destacamento de soldados y tramperos a peinar la zona. Tras una semana de búsqueda no existía nadie en Isfendarmad que siguiera creyendo en la presencia de unicornios. Anuncié la tala del boque y ordené a los mensajeros ir en busca de leñadores competentes a las demás comarcas ofreciendo una muy buena paga, para así vencer sus temores.

Esa noche desperté con una brisa helada en el rostro. La ventana estaba abierta de par en par permitiendo a la luz de la redonda y plateada luna colarse en el dormitorio. Mi hermosa princesa no estaba a mi lado.

Lo que ocurrió a continuación lo recuerdo como en un sueño. Tomé mi hacha que siempre permanecía a mi lado y me interné en el bosque hasta llegar a un claro donde yacía el cuerpo semidevorado de una niña. El horror se apoderó de mí. Aquella niña era la hija de alguno de mis siervos... y lo que es peor: nada podía hacer por ella ya que mi hacha sólo revivía a quienes hubiesen muerto a causa de ella.

Entonces los vi, tras unos arbustos en la linde del claro. El unicornio cual manso gatito estaba echado y mi princesa acariciaba suavemente su frondosa melena. A juzgar por el blanco de su pelaje y la ausencia de barba, se trataba de un ejemplar juvenil, pero igualmente letal como atestiguaba el cadáver de la infortunada niña. Al verlos juntos estallé en furia y arremetí blandiendo mi hacha. Mi princesa abrió la boca en un grito ahogado y el unicornio incorporándose rápidamente cargó en mi contra.

Antes que lograra envestirme me hice a un lado golpeándole el cuerno con mi hacha, la vibración que se produjo al chocar metal contra metal hizo que mi fiel herramienta se me escapara de la mano. El unicornio, medio aturdido por el golpe, volvió a la carga aprovechando mi aparente estado de indefensión pero antes que me alcanzara conseguí atrapar el hacha para así propinarle un golpe en el cuello, amortiguado por su abundante melena. En vista de lo inútil de mi ataque no perdí tiempo y hundí el hacha sobre su lomo. La bestia siguió corriendo con mi arma clavada en su espalda y entonces, en un vil y acto de venganza, atravesó el busto de mi amada con su letal cornamenta.

Ambos caen en un mortal abrazo.

Me acerco como un sonámbulo, como pisando nubes, como en aquel incierto terreno que separa el mundo del vigilia del onírico. Contemplo el rostro de mi princesa con los ojos muy abiertos y una sonrisa en el rostro similar al éxtasis místico.

Con dificultad empujé la cabeza del unicornio lejos del pecho de mi amada, luego extraje el hacha del lomo de la bestia y puse el lado sin filo sobre ella. La iridiscencia lo envolvió todo y cuando disminuyó lo que estaba frente a mí no era mi princesa, sino otro unicornio. ¡Estúpido! La sangre del unicornio había contaminado el sortilegio resucitador de mi hacha y como todos saben, aquellos que sobreviven al ataque de estas malignas criaturas suelen transformarse en una durante las noches de plenilunio.

-¡Que he hecho! -grité cayendo de rodillas y soltando el hacha. Mi amada acercó sus rumorosos belfos a mi rostro, lamió mis labios y me indicó con su cuerno el cadáver del unicornio muerto.

Me puse de pie, tomé mi hacha, y reviví a la bestia maldita. Ambos unicornios se acercaron posando sus cabezas uno sobre el cuello del otro. Emitieron un relinchar semejante a un rugido y juntos, huyeron hacia el bosque.

Arrojé lejos mi hacha y me marché de Isfendarmad.

 
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