| ¡Oh hombre contempla
al Unicornio con respeto!
Si le miras a los ojos, cuídate;
Porque conoce la historia de toda nuestra Raza, y su
memoria intacta atraviesa la tiniebla de los años
y llega
A poderosos y vastos dominios hoy
Deshechos por el Tiempo y el Destino.
Magnalucius
Espero sin moverme, para confirmar
que el unicornio está muerto, temeroso de confirmar
mis sospechas de lo que yace ahí enfrente.
Después de un momento que parece
interminable, avanzo hacia la criatura desplomada…
¿Os gustaría saber cómo
un leñador, un simple leñador, logró
casarse con una bellísima princesa? Prestad oídos:
Mi nombre es Aldric y yo soy el leñador
de esta historia, leñador como lo fueron mi padre,
mi abuelo y mi tatarabuelo. Talé mi primer árbol
a los cinco años y lo he estado haciendo sin
pausa desde entonces. No tengo nada contra los árboles
pero para mí no existe mayor placer que derribarlos
con unos cuantos y precisos hachazos. Mi hacha es la
misma que mi padre, mi abuelo y mi tatarabuelo usaron
antes que yo.
Como todo hijo de leñador llevé
junto a mi familia una vida nómada, trasladándonos
a dondequiera que nuestros servicios fuesen requeridos,
de una comarca a otra, de un bosque talado a uno virgen…
Cuando cumplí la mayoría
de edad y como es costumbre, mi padre me entregó
su hacha y me expulsó del hogar con una patada
que mantuvo doloridas mis posaderas durante tres días.
Me marché hacia el sudeste y pronto encontré
trabajo junto a una cuadrilla que se preparaba para
talar el bosque encantado de Woodrofe. Se requería
de hombres valientes que no temieran a los eydolons
que se decía habitaban el bosque; además,
la paga era muy buena. Jamás vimos un solo eydolon,
pero solíamos decir lo contrario para que los
lugareños no creyesen que nos estaban pagando
más de la cuenta.
Cinco años más tarde
me encontraba yo trabajando en el bosque de Covenshire,
cercano a las míticas montañas de Kelton,
cuando mi cuadrilla fue atacada repentinamente por un
dragón, un enorme dragón rojo. Incluso
aquellos que se dedican a cazarlos admiten que estas
bestias son caprichosas e impredecibles, actuando a
veces como benefactoras de la humanidad y otras como
verdugos.
El dragón que descendió
sobre nosotros tenía claras intenciones hostiles,
por lo que el capataz nos ordenó huir cuanto
antes. La bestia exhaló fuego sobe las copas
arbóreas y se desató el infierno. Mis
compañeros corrían en todas direcciones
mientras el dragón quemaba a unos y devoraba
a otros. En cierto momento caí y antes que pudiera
levantarme del suelo tenía al dragón encima,
instintivamente me cubrí el rostro con la hoja
de mi hacha en el preciso instante que el dragón
exhalaba su fuego en mi contra. Sentí el ardiente
calor y luego perdí el conocimiento. Desperté
sobre un manto de ceniza gris y cadáveres carbonizados.
Ya no había nada que talar en una amplia área
a la redonda y mi hacha había adquirido una extraña
iridiscencia.
De una escuadra de treinta y dos hombres
sólo sobrevivimos cinco, y cuatro de ellos con
horribles quemaduras. Tenía buenas razones para
sentirme afortunado, así que cogí mi morral
de las barracas, el hacha que me había salvado
la vida, y me marché de Covenshire.
A poco andar llegué a un arrollo
sobre el que se erigía un puente de madera y
piedra. Me acerqué con cautela ya que bien sabido
es que bajo puentes similares moran los antropófagos
trolls. Di un paso, luego otro, y cuando creí
que nada ocurriría, emergió de las sombras
un ser horrible, de baja estatura y cubierto de un pelaje
fuliginoso. El troll con un poderoso salto, se arrojó
sobe mí pero logre decapitarlo con un solo golpe
de mi hacha. La cabeza del troll cayó a mis pies
y el cuerpo fue a dar a unos matorrales cercanos. Fue
entonces cuando escuché los chillidos. Bajé
hasta la orilla del arroyo, justo bajo el puente, y
me encontré con cuatro crías de trolls
que lloraban por la muerte de su madre. Ahora eran huérfanos
por mi desafortunada intervención. ¿Podía
culpar a la troll por intentar comerme y así
amamantar a sus crías? Claro que no, de la misma
forma que nada podía reprocharle al dragón
que calcinara el bosque de Covenshire. Dragones, trolls,
sátiros y lobisones son fuerzas de la naturaleza,
carecen de razón y de alma. Sólo actúan
movidas por instinto.
Regresé al sitio donde yacía
la cabeza de la troll y en ese momento mi hacha comenzó
a brillar. Impulsado por una misteriosa urgencia arrastré
el cuerpo de la criatura de entre los espinosos matorrales
y coloqué su cercenada cabeza sobre los hombros.
Con el lado sin hoja de mi hacha toqué su frente,
el resplandor aumentó y cuando hubo desaparecido,
la herida estaba cerrada. La vida había regresado
al cuerpo de la troll. La aterrada y rediviva criatura
huyó a cuatro patas de vuelta a su madriguera
y yo pude cruzar el puente tranquilo. El fuego del dragón
había templado mi hacha de una forma única.
Lo que cortaba, podía unirlo nuevamente. Lo que
quitaba, podía devolverlo.
Tras una semana de viaje llegué
al reino de Dubenor, que se hallaba sumido en una profunda
tristeza ya que su rey estaba enfermo y a punto de morir.
Pedí que me llevaran ante él afirmando
que podría curarle. Poderosa tuvo que haber sido
mi convicción ya que los guardias en ningún
momento dudaron de este forastero maloliente y barbado,
que sin embargo llevaba consigo un hacha que resplandecía
sobrenaturalmente. Tras explicar mis intenciones al
consejero de rey, y éste a su vez a su señor,
penetré en la amplia sala custodiada por los
guardias. El obstinado rey pese a su malograda condición
insistía en permanecer sentado en su trono. Su
cabello era tan blanco y desgreñado como su barba,
sus ojos eran dos esferas vacías, su rostro era
casi el de un muerto.
-Rey de Dubenor -le dije-, yo puedo
curar la enfermedad que os atormenta.
-Eso me ha dicho mi consejero. ¿Sois
un curandero, un alquimista acaso?
-No, sólo un simple leñador,
pero os aseguro que puedo libraros del mal que os aqueja,
aunque primero debéis aceptar la muerte.
-Eso no es problema forastero, estoy
muerto en vida hace meses.
-¿Poseéis hijas, oh Rey
de Dubenor?
-Cinco hijas. De dieciséis años
la menor. Es bella como ninguna de mis otras hijas,
pero no puede hablar, es muda como una piedra.
-No me importa si vuestra hija menor
es muda, a cambio de mis servicios la quiero en matrimonio.
-La tenéis ¡ahora curadme!
-Antes que ninguno de los presentes
pudiese reaccionar, clavé mi hacha con un golpe
certero en el pecho del rey, que escupió sangre
con una horrible mueca. Los guardias salieron de su
letargo acercándose amenazadoramente.
-¡Quietos ahí! ¡Dejad
que haga mi trabajo! -les grité-. Ustedes mismos
escucharon como el rey estaba dispuesto a morir para
recuperar la vida plena.
Desconcertados los guardias se miraron
los unos a los otros, y en ese momento extraje mi hacha
del tórax del rey para luego tocarle la herida
con el lado sin hoja. La iridiscencia blanca llenó
el salón y cuando se hubo disipado, el rey vivía
nuevamente, completamente sano y rebosante de energía.
Su cabello ya no era blanco sino café, sus mejillas
sonrosadas, sus ojos parecían dos carbunclos.
-He cumplido mi palabra -dije mientras
el rey observaba sus manos sin creer aún lo que
había ocurrido-, ahora debe cumplir la suya,
rey de Dubenar.
-¡Cogedle y quitadle su hacha!
-ordenó el monarca a sus hombres-, ¡encerradlo
en las catacumbas!
Y así lo hicieron.
Pasé una semana en el interior
de una celda inmunda, con una batea para depositar mis
excrementos y apenas un mendrugo de pan y un tazón
de leche de cabra al final de la jornada. El séptimo
día me sacaron de la celda y me llevaron a unos
lujosos aposentos donde me asearon, me alimentaron y
me vistieron con sedosos ropajes. Al consultar a los
sirvientes me dijeron que se les había prohibido
darme explicaciones. Una vez finalizada mi transformación
de prisionero a aristócrata, se presentó
ante mí el consejero del rey quien me anunció
que sería escoltado a la capilla para mi boda.
-¿Qué hizo que el rey
cambiara de opinión? -le pregunté.
-Durante una semana y asistido por
sus hombres de ciencia, el rey intentó recrear
la magia de vuestro instrumento sin resultado alguno.
Sabiamente se percató entonces que la magia no
estaba en el hacha, sino en vuestra merced; que ésta
no era más que un instrumento por el cual canalizabas
vuestro poder. También se dio cuenta que habíais
dejado que os enjaularan para así poner a prueba
su honorabilidad, temeroso pues de las consecuencias
de vuestra ira accedió a liberarte y cumplir
su promesa.
Asentí al lacayo mientras me
sonreía ante las erradas presunciones del rey,
que sin embargo me beneficiaban ostensiblemente.
Fui escoltado por un grupo de guardias
reales a la basílica donde toda la nobleza se
había dado cita. Me aplaudieron como el héroe
que había salvado la vida del rey mientras yo
avanzaba por el pasillo hasta el altar donde me esperaba
mi futura esposa, la hija menor del rey.
Era delgada y pequeña y su rostro
estaba cubierto por un velo como era la tradición.
Su largo cabello era negro y caía como una cascada
de sedoso alquitrán por su espalda. A su lado
de pie estaba el monarca, observándome con una
expresión de horror y forzada complacencia en
el rostro.
El sacerdote pronunció las palabras,
intercambiamos argollas de oro y cuando levanté
el velo de la muchacha el mundo pareció detenerse.
Su rostro era el más bello que jamás había
visto, su piel blanca y tersa, sus ojos cual almendras
silvestres, su boquita pequeña pero de generosos
labios. La besé suavemente y el tiempo pareció
retomar su curso.
Como regalo de bodas el rey me dio
una comarca sobre la cual regir. “Está
junto a un amplio y frondoso bosque, os gustará”,
me aseguró. Claramente no me quería viviendo
en su palacio sino lo más alejado del corazón
de su reino que fuese posible. Su hija menor no le importaba
demasiado, tenía otras cuatro, además
de tres hijos que eran los que realmente ocupaban un
sitio en su corazón. Yo tampoco quería
permanecer cerca de ese viejo traicionero así
que acepté de buena gana su regalo y junto a
mi flamante esposa emprendimos viaje a nuestro pequeño
reino donde un destituido gobernador nos esperaba para,
antes de marcharse al exilio, hacernos entrega oficial
de su palacio.
Los habitantes de Isfendarmad nos recibieron
con guirnaldas de colores y confeti. Asistimos a una
fiesta de bienvenida en el que sería nuestro
palacio y departimos alegremente con la nobleza local
y el ex–gobernador, quien llegada la medianoche
se despidió de nosotros con un aire de tristeza
y se marchó al exilio con su caballo como única
posesión.
Lo que el rey no me había advertido
era que el bosque de Isfendarmad estaba habitado por
esas bestias peores que los dragones, peores que los
salvajes tanachts y los temibles wyverns: unicornios.
Como la mayoría de la gente
nunca en mi vida había visto un unicornio, y
sólo los conocía por las descripciones
redactadas en los bestiarios y por las explicaciones
de algún que otro audaz cazador que se les había
acercado lo suficiente. Decían que eran no mayores
que un cervatillo; blancos como la nieve; con velludas
patas y cola, similares a las de un lobo; y una abundante
melena de león de la cual sobresalía su
delgada cabeza de caballo, coronada por un cuerno recto
y agudo tan largo como el brazo extendido de un hombre.
Los unicornios más viejos y poderosos se reconocían,
no por la longitud de su cornamenta, sino por sus lomos
plateados y barba bajo el mentón. Les tomaba
mil años alcanzar al madurez y se decía
que gustaban de enamorar a las doncellas para luego
clavarles su cuerno y devorarlas, pues han de saber
que estas bestezuelas esquivas eran temibles depredadores.
Ningún habitante de Isfendarmad
se había internado en el bosque desde hacía
más de cien años, cuando fue visto el
primer unicornio, y de hecho existía una ley
que prohibía terminantemente el ingreso en aquel
sitio. Pero las leyes no se hicieron para que las cumplan
los monarcas, y al siguiente día de ni llegada
a en Isfendarmad me interné en el bosque, armado
únicamente con mi hacha.
Mi intención, por supuesto,
era verificar las leyendas sobre unicornios, pues mi
intención era talar el bosque ya que, sabido
es que atraen a los dragones como ocurrió en
Covenshire y, francamente temía más a
los dragones que a los unicornios.
Tras dos días de búsqueda
regresé a Isfendarmad con la buena nueva que
los unicornios se habían marchado. No sólo
no vi ninguno, sino que tampoco encontré aquellos
objetos claros y esféricos como cristal denominados
periadham que son clara señal que ha pasado un
unicornio. Para confirmar mis palabras envié
un destacamento de soldados y tramperos a peinar la
zona. Tras una semana de búsqueda no existía
nadie en Isfendarmad que siguiera creyendo en la presencia
de unicornios. Anuncié la tala del boque y ordené
a los mensajeros ir en busca de leñadores competentes
a las demás comarcas ofreciendo una muy buena
paga, para así vencer sus temores.
Esa noche desperté con una brisa
helada en el rostro. La ventana estaba abierta de par
en par permitiendo a la luz de la redonda y plateada
luna colarse en el dormitorio. Mi hermosa princesa no
estaba a mi lado.
Lo que ocurrió a continuación
lo recuerdo como en un sueño. Tomé mi
hacha que siempre permanecía a mi lado y me interné
en el bosque hasta llegar a un claro donde yacía
el cuerpo semidevorado de una niña. El horror
se apoderó de mí. Aquella niña
era la hija de alguno de mis siervos... y lo que es
peor: nada podía hacer por ella ya que mi hacha
sólo revivía a quienes hubiesen muerto
a causa de ella.
Entonces los vi, tras unos arbustos
en la linde del claro. El unicornio cual manso gatito
estaba echado y mi princesa acariciaba suavemente su
frondosa melena. A juzgar por el blanco de su pelaje
y la ausencia de barba, se trataba de un ejemplar juvenil,
pero igualmente letal como atestiguaba el cadáver
de la infortunada niña. Al verlos juntos estallé
en furia y arremetí blandiendo mi hacha. Mi princesa
abrió la boca en un grito ahogado y el unicornio
incorporándose rápidamente cargó
en mi contra.
Antes que lograra envestirme me hice
a un lado golpeándole el cuerno con mi hacha,
la vibración que se produjo al chocar metal contra
metal hizo que mi fiel herramienta se me escapara de
la mano. El unicornio, medio aturdido por el golpe,
volvió a la carga aprovechando mi aparente estado
de indefensión pero antes que me alcanzara conseguí
atrapar el hacha para así propinarle un golpe
en el cuello, amortiguado por su abundante melena. En
vista de lo inútil de mi ataque no perdí
tiempo y hundí el hacha sobre su lomo. La bestia
siguió corriendo con mi arma clavada en su espalda
y entonces, en un vil y acto de venganza, atravesó
el busto de mi amada con su letal cornamenta.
Ambos caen en un mortal abrazo.
Me acerco como un sonámbulo,
como pisando nubes, como en aquel incierto terreno que
separa el mundo del vigilia del onírico. Contemplo
el rostro de mi princesa con los ojos muy abiertos y
una sonrisa en el rostro similar al éxtasis místico.
Con dificultad empujé la cabeza
del unicornio lejos del pecho de mi amada, luego extraje
el hacha del lomo de la bestia y puse el lado sin filo
sobre ella. La iridiscencia lo envolvió todo
y cuando disminuyó lo que estaba frente a mí
no era mi princesa, sino otro unicornio. ¡Estúpido!
La sangre del unicornio había contaminado el
sortilegio resucitador de mi hacha y como todos saben,
aquellos que sobreviven al ataque de estas malignas
criaturas suelen transformarse en una durante las noches
de plenilunio.
-¡Que he hecho! -grité
cayendo de rodillas y soltando el hacha. Mi amada acercó
sus rumorosos belfos a mi rostro, lamió mis labios
y me indicó con su cuerno el cadáver del
unicornio muerto.
Me puse de pie, tomé mi hacha,
y reviví a la bestia maldita. Ambos unicornios
se acercaron posando sus cabezas uno sobre el cuello
del otro. Emitieron un relinchar semejante a un rugido
y juntos, huyeron hacia el bosque.
Arrojé lejos mi hacha y me marché
de Isfendarmad.
|