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Melek Taus Más sobre Sergio Alejandro Amira

En tan sólo dos meses La Plaga cobró la vida de algo así como tres billones y medio de personas (…) Los cadáveres se acumulaban interminablemente en plazas y avenidas. La infección flotaba sobre las ciudades y la Tierra se convirtió, de la noche a la mañana, en un gigantesco cementerio planetario (…) De pronto, tras un instante en que hasta las olas se detuvieron, bajaron de entre las nubes ingentes bandadas de seres andróginos, esbeltos y pálidos, de negros e inexpresivos ojos abisales y enormes alas emplumadas que batían desde sus omóplatos (…) los arcángeles dieron cuenta de los cuerpos sin vida que cubrían la tierra devorándolos con suma premura (…) Desde el Gran Festín los arcángeles regresaron a alimentarse cada vez que alguien era llamado ante la presencia de Dios.

—Fragmentos del diario de Nikos, el Historiador

 

1

 

Como un espectro, Victorino se materializó en el dormitorio. Sobre la cama dormía Constanza, la hija de diez años de Pavel Yvanovich, respirando tenuemente. Ella era su próximo objetivo a eliminar.

Los datos que le había dado el agente Bardo resonaban en su cerebro: la ubicación del dormitorio era un establecimiento agro-ganadero en el Estado Patagónico, la estancia se llamaba Skold y pertenecía al Drazen von Kotzebue, un acaudalado estanciero ruso de ascendencia kurda. El momento era preciso: Laleshka, la madre de la niña e hija de von Kotzebue, agonizaba de cáncer; Pavel Yvanovich no dejaba de velar junto al lecho de su esposa; su suegro había viajado esa noche a la cercana Chubut a presidir la celebración de octubre de su secta herética. Constanza dormía tranquila, como si no le importara el sufrimiento de la madre, ni el temblor lejano del padre, ni la euforia maligna del abuelo adorando al diablo.

Pero ningún diablo podía llegar a compararse al agente George Bardo, el cerebro número uno del poderoso Pentágono de América, el que había mandado transplantar su propio cerebro al de una beluga encerrada en un estanque sólo para aumentar su capacidad psiónica, el que manipulaba sus vivientes piezas de ajedrez alrededor del mundo, el que controlaba psíquicamente a docenas de agentes que habían asesinado cientos de familias cada uno, el que esa noche había dirigido a uno de esos agentes a ese dormitorio para que asesinara a otra niña inocente cualquiera. O quizás esta niña era especial... Victorino intuía que sí, algo que incluso superaba el opresor garfio coercitivo de su ‘jefe’ le hacía dudar de su misión, de su propósito. “¿Tiene reparos la pistola al saber que será jalado su gatillo?”, pensó Victorino. “Por supuesto que no. Yo sólo soy un arma, el aggelos de la muerte.”

En todo el tiempo que llevaba al servicio involuntario del Departamento de Defensa Americano, Victorino había asesinado a cientos de niños, a familias enteras incluso por lo que el trabajito de esta noche no representaba mayor dificultad. ¿O acaso Bardo ocultaba algún detalle importante? Era factible. Si existía algo así como el demonio, meditó Victorino, no era ese estúpido pavo real al que le rendía culto von Kotzebue. Satanás era el mismísimo George Bardo quien para incrementar sus poderes psiónicos hizo que le transplantaran el cerebro al de una beluga que flotaba inocentemente en un estanque al interior del Pentágono mientras manipulaba sus piezas de ajedrez vivientes alrededor del mundo. Victorino era una de estas piezas, augmented meat como le llamaban despectivamente sus oficiales superiores. Secuestrado y modificado para servir a los intereses del Pentágono no existía lugar al que no pudiese acceder ni persona que no pudiera eliminar. Bardo incluso teleportaba las armas que los agentes utilizaban en el momento justo y luego las retiraba antes de regresarlos. Dentro de las muchas modificaciones a las que fue sometido Victorino, y para asegurarse que cumpliese con sus misione, estuvo la manipulación de cierta zona del cerebro conocida como el estriado dorsal, en la que se producen las sensaciones de alegría. Mediante sus oscuras artes los científicos hicieron que cada vez que Victorino le quitase la vida a alguien se sintiera como la persona más feliz de la Tierra.

La pequeña dormía plácidamente; una vela sobre la mesa de noche iluminaba su delicado y pálido rostro e inflamaba aún más su abundante cabello color escarlata. Sus suaves pómulos casi invitaban a Victorino a tocarlos con sus gruesos nudillos. “Diez segundos para la llegada del arma” sintió en su cabeza, y repasó el único factor de riesgo: el padre que aguardaba a pocos metros de distancia sin saber de su destino.

El archivo de Bardo le había dicho todo sobre Yvanovich: ruso de padre y madre, nacido por obligación en Croacia, formado en la disciplinada escuela militar de Bileca por una elite en el exilio. Cuando de las despobladas tierras asiáticas todos quisieron emigrar a la Gran América, él prefirió marcharse a la ex República Patagónica, donde trabajó como esquilador, domador de potros y finalmente administrador de la estancia de otro inmigrante: Drazen von Kotzebue, a quien los lugareños llamaban ‘el inmortal’ sin el menor asombro. Pronto se enamoró de Laleshka, la hija adoptiva del viejo, y contrajeron nupcias con la bendición de éste. De acuerdo a Bardo, Laleshka poseía dotes psiónicas latentes, aunque nunca lo hubiese sabido. Si Constanza escapó el sondeo psíquico de Bardo todos estos años había sido gracias a que Laleshka la había blindado inconscientemente con su poder, como cuando los Curetes simulaban ejercicios guerreros o hacían ruido con sus espadas y escudos de hierro cada vez que el infante Zeus lloraba. Si Kronos hubiese detectado el engaño de Rea, si hubiese conseguido localizar a Zeus y devorarlo como a sus otros hijos los Titanes jamás habrían perdido su potestad sobre el Universo. Bardo era Kronos, Constanza era Zeus…

¿Quién era Victorino?, una simple arma, una puñal desenvainado, un verdugo a control remoto. No era nadie, no era nada. Sentía envidia de Yvanovich, él había hecho en la vida lo que se le vino en gana, nunca fue el títere de nadie, había amado, engendrado una hija, formado una familia… aunque estuviera a punto de perderla podría rehacer su existencia, casarse de nuevo, tener más hijos. Efectivamente era un kazak, un hombre libre. Victorino en cambio era un prisionero. Más que prisionero, era un alma torturada del Hades, era Sísifo haciendo rodar cuesta arriba del monte la piedra que nunca podrá coronar la cima.

Volvió a pensar en Yvanovich y su curioso destino: a pesar de que iba a perder a su hija en pocos segundos, incapaz de defenderla o de siquiera prever el peligro, había vivido como un kazak, un hombre libre, algo que a Victorino le estaba vedado. Lo comprobaba ahora que habían pasado los diez segundos y su propio destino llegaba; sintió en la palma de su mano el característico cosquilleo que predecía la llegada del arma.

Extendió el brazo hacia el aire. Su puño se cerró sobre la pistola.

Sin vacilar, apuntó a la niña dormida justo en medio de los ojos. Entonces algo sucedió: una mano se cerró en torno a su muñeca. Victorino se dio vuelta, y entonces lo vio:

Era un ángel, no una de esas cosas que bajaban a comerse a los muertos sino un “verdadero” ángel como solían ser representados en la antigüedad, un ser de andrógina hermosura ataviado de grandes alas turquesas con cientos de ojos como las alas de un pavo real. Su ojo derecho era azul, su ojo izquierdo era verde, su cabello era una pira de fuego. Iluminaba el cuarto como si fuera una estrella. ¿Era este el ángel que adoraba el viejo von Kotzebue?, ¿Melek Taus?

Victorino quedó embelesado ante aquel rostro masculino y femenino al mismo tiempo, y sin saber si era él o Bardo quien hablaba abrió la boca y dijo al ángel:

-Sunexomai de ek ton duo, tin episumian ekon eis to analusai kai sun Konstanza.

Como respuesta el ángel se inclinó y besó su frente antes de esfumarse. Victorino se recobró de pronto de años de frialdad y servidumbre, recuperó su vergüenza, su arrepentimiento por los asesinatos que había cometido para el Departamento de Defensa, y su libre albedrío. En un sólo instante, exaltado por el prodigio, lo decidió: no obedecería al agente Bardo, no mataría a Constanza. Casi llorando, bajó el arma.

Pero entonces sintió como si un hierro caliente lo traspasara desde el ano hasta la nuca, y supo que se trataba del control mental directo del agente Bardo. Había entrado en su cuerpo para realizar la tarea a la que el peón se negaba. El cuerpo de Victorino giró y los brazos se levantaron alzando el arma, pero esta vez el cañón apuntó en medio de dos ojos verdes. Los ojos de Constanza, muy abiertos y muy serenos, increíblemente hermosos.

La visión de esas pupilas no sólo extasió a Victorino; algo hubo en ellos que hizo retroceder al mismísimo Bardo por un instante. Suficiente para Victorino. Recobró el control, tomó la última decisión de su vida, introdujo el cañón del arma dentro de su boca y disparó. Un estampido gigantesco como el ángel, una oscuridad insondable.

Y en medio de la oscuridad, Victorino supo que estaba muriendo, que también había logrado acabar por fin con el invencible agente Bardo, atrapado en su cerebro, y que la negrura tenía un sentido: esos hermosos y serenos ojos verdes seguirían con vida, aunque él nunca más pudiera mirarlos.

 

2

 

Pavel Yvanovich llegó corriendo a la pieza tras oír el disparo; los sirvientes habían llegado antes y contemplaban al gigantesco hombre tirado en el suelo, a Constanza arrodillada junto a él, y a una gran mancha roja y amarilla esparcida por la pared hasta el techo. Sangre y huesos y restos de masa encefálica. Paralizado como nunca en su vida, vio junto a los sorprendidos sirvientes cómo el gigante abría los ojos, primero lentamente, y luego incorporándose de un salto y apuntando hacia todos lados, tan sorprendido como ellos.

-Mira detrás de ti -susurró Constanza.

Sin poder desobedecer a esa voz, el gigante se dio la vuelta contemplando una gran mancha esparcida hasta el techo, sangre y restos de masa encefálica y materia ósea pegadas al papel tapiz. Luego se tocó la nuca intacta. Miró a Constanza, sacudió la cabeza, y preguntó:

-¿Tú me salvaste?

-Estabas dormido y yo te he despertado -respondió Constanza-. Serás el primero de mis discípulos.

Sin hacer caso de Pavel ni de los sirvientes, fijó su mirada en la niña. Sólo pareció tomarle un segundo comprender, y luego asentir humildemente.

-Estabas poseído -continuó Constanza había otra presencia dentro de ti, antigua y mala. Ahora se ha ido.

-¿Ha muerto?

-No. El adversario no morirá hasta el Día del Juicio. Pero lo relevante es que has nacido de nuevo y debes regocijarte, porque tú me protegerás del adversario y sus sirvientes que son legión. Tú eres el primero, Victorino -sentenció la niña muy segura de sí esbozando una tierna sonrisa que fue como una señal.

El gigante llamado Victorino se arrodilló frente a Constanza, apoyó la cabeza en su regazo y comenzó a llorar como si no lo hubiera hecho en siglos. Al compás del llanto los sirvientes comenzaron a murmurar, “asesino del Pentágono”, “intentó matarla”, “ella tiene una señal divina”, y Pavel, oyendo a la vez el llanto y los murmullos crecientes, por fin salió de su parálisis.

-¡Apártese de mi hija! -dijo con una voz de trueno, muy diferente al miedo y el estupor que en realidad sentía.

-No -dijo simplemente Victorino, deteniendo su llanto y poniéndose de pie, superando a Pavel por más de cuatro pies-. Ya nunca me separaré de ella.

-Hija -preguntó Pavel, sin osar moverse más-, ¿es verdad lo que ha ocurrido? ¿Quién es este hombre? ¿Ha intentado matarte?

-No importa lo que era -dijo Constanza, poniéndose de pie y tomando la mano de Victorino, para espanto de Pavel-, sino lo que es ahora. Él es mi protector.

Pavel intentó comprender. Constanza era una niña extraña, pero jamás mentía. ¿Era cierta entonces la inmortalidad de Drazen, y la había pasado de alguna manera a su nieta? ¿Tenía Constanza realmente el poder de devolver la vida?

-¿Es verdad que lo has devuelto a la vida?

-Sí -respondió sencillamente Constanza, y Pavel sintió un vuelco en su corazón. “Laleshka” pensó, “Constanza puede curar el cáncer de su madre”.

-Sé lo que estás pensando -dijo Constanza-. Y no lo haré. Es la voluntad de Dios que mi madre muera por sus pecados. Tú no lo comprenderías jamás. Lo que haré será irme y comenzar mi peregrinaje.

Los sirvientes gimieron como el coro griego, y Pavel gritó:

-¡No irás a ningún lado! Este hombre acaba de intentar matarte. ¡Es un asesino de los cerdos imperialistas, por el amor de Dios!

-Ya no lo es -contestó Constanza mientras tomaba un bolso que estaba al pie de su cama, ya preparado-. Ha visto la luz infinita del Reino y ha renacido para servirlo. He estado esperando la llegada de Victorino para comenzar mi peregrinación. Él me cuidará como un padre.

El asesino seguía mudo y erguido mirando a Pavel con ojos de hierro, sin negar nada.

-Quédate con nosotros, Constanza -dijo Pavel en un tono más bajo, más derrotado-. Yo soy tu padre.

-Un hombre débil: eso es lo que eres. Un hombre débil que viste una falsa coraza de valor.

-¿Qué dices? -preguntó Pavel sin comprender.

-Eres un hombre débil y no tengo uso para hombres ni mujeres débiles en mi ejército. No intentes detenernos o Victorino tendrá que dañarte.

Pavel observó al asesino convertido en guardaespaldas y vio en sus ojos negros como abismos la fría resolución depredadora de un animal ante su presa.

-Hija mía... -gimió Pavel-. ¿No salvarás a tu madre? ¿No respetarás a tu padre?

-Puedo salvarla, pero no demoraré su llegada al reino. Y no me llames hija. Ya no eres mi padre.

Entre lágrimas, Pavel cayó de rodillas, y apenas oyó cómo Constanza se marchaba de la mano del gigante, del asesino, de Victorino. Tampoco oyó cómo los sirvientes dejaban el cuarto en respetuoso silencio y se iban a murmurar fuera de la estancia. Cuando por fin levantó la vista del suelo, en la habitación vacía solo quedaba una cosa.

La pistola de Victorino, reposando sobre la mesa de noche.

 

3

 

Pese a que a Laleshka no pareció sorprenderle la partida de Constanza su salud comenzó a empeorar notoriamente tras este hecho. Pavel evitó preguntarle a su esposa sobre lo dicho por la niña, no quería añadir un nuevo sufrimiento a su prolongada agonía. Prefería vivir en la ignorancia como recomendaba Ovidio, sin embargo, cuando el fin de Laleshka era inminente Pavel no pudo retener más la pregunta que mortificaba su corazón.

-¿Antes de marcharse, Constanza me dijo que yo no era su verdadero padre, es esto cierto?

-Sí, amor mío. Pero no creas que te fui infiel, oh no. Constanza no fue engendrada por hombre alguno sino por el Melek Taus.

-¿Qué estás diciendo? -preguntó Pavel desconcertado.

-Una noche, contigo incluso yaciendo a mi lado, Él vino a mí e implantó su semilla divina en mi vientre. Entonces supe que las creencias de mi padre eran ciertas. Melek Taus no es un demonio sino un ángel benévolo que tras redimirse asimismo después de la caída, se convirtió en el demiurgo que creó el universo a partir del Huevo Cósmico. Me ordenó que no revelara esto a nadie, ni siquiera a mi propio padre a quien identificó como el más fiel de sus sirvientes, hasta que Constanza se marchara a cumplir con su ministerio.

-Laleshka, amor mío, estás desvariando…

-No, Pavel -dijo ella muy serena-. Constanza es la nueva Mesías, es la hija de Melek Taus…

-Melek Taus no es más que un invento de tu padre para satisfacer su vocación mesiánica y salvacionista...

-¡Pavel! -exclamó Laleshka recobrando el color en sus mejillas-. ¡No hables así de papá! ¿Cómo puedes ser tan desagradecido? Él ha sido como un padre para ti.

-Sí, es cierto -contestó Pavel tomando delicadamente a su esposa de los hombros-. Pero desde que comenzó a organizar su secta ha cambiado, ya no es el mismo Laleshka...

-¡Claro que no es el mismo! Como yo ha visto le verdad, le ha sido develado el camino y ha entrado en comunión verdadera con Melek Taus.

Pavel sacudió la cabeza. Su moribunda esposa estaba en una situación de conciencia invenciblemente cautiva como para poder tener un pensamiento libre, y de conciencia invenciblemente errónea como para poder pensar que las cosas pudieran ser de otro modo. No valía la pena discutir, lo mejor era seguirle la corriente.

-Discúlpame querida, no sé lo que estoy diciendo. Supongo que el dolor alimenta mis palabras, el dolor de haber perdido a mi hija y de estar pronto a...

La voz de Pavel se quebró y una lágrima rodó por su mejilla.

-¿De estar pronto a perderme a mí? -dijo Laleshka completando la frase-. No me perderás, amado Pavel, tampoco a Constanza. Ella salvará a toda la humanidad de los demonios disfrazados de ángeles, ella nos liberará del yugo del falso dios abriéndonos las puertas del reino de Melek...

En ese momento la moribunda mujer abrió muy grandes los ojos fijándolos en el techo.

-¡Es hermoso, Pavel! -exclamó con su último aliento-. ¿Puedes verlo?, ¿puedes ver cómo se abren las nubes...?

Y con esas palabras, Laleshka abandonó el mundo de los vivos.

El viejo von Kotzebue entró en la habitación que hedía a muerte y posó su recia mano sobre el hombro de Pavel.

-Por fin nuestra querida Laleshka descansa en paz -dijo Drazen. ¿Había escuchado la conversación antes de entrar? “Ya no importa”, se dijo Pavel. “Laleshka y Constanza ya no existen para mí”.

-Aún debemos disponer de su cuerpo -continuó fríamente von Kotzebue, como si no estuviese hablando del cadáver de su hija sino de un ternero recién faenado-. Llamaré a las criadas para que la amortajen y luego la llevarás fuera.

-¿En medio de la noche, Drazen? -objetó Pavel-, ¿no sería más apropiado esperar hasta la mañana para preparar todo como es debido, para traer al sacerdote?

-¡Nada de frailes! -explotó von Kotzebue-. Si no lo quieres hacer tú pues lo haré yo -y sin dificultad alguna tomó el derruido cuerpo sin vida de su hija entre sus brazos y salió del dormitorio ante las miradas compungidas de los sirvientes. Pavel se quedó inmóvil como estatua de piedra por unos minutos y luego salió corriendo tras el viejo. Algunos criados le siguieron pero él les ordenó que los dejaran solos.

El viejo recostó a su hija junto a un joven nogal que él mismo había plantado y se quedó ahí, de rodillas junto al pálido cadáver que a la luz de la luna parecía de porcelana.

-Melek Taus, aceppi et caro data archangeli -murmuró Drazen.

-Aceppi et caro data archangeli -repitió Pavel omitiendo el nombre del demonio que su difunta esposa y su suegro adoraban.

Y como si de una invocación se tratase, he aquí que ante ellos se materializó una imponente figura de tres metros de alto y enormes y emplumadas alas azules repletas de ojos. Su rostro era infinitamente bello, su sonrisa dulce y sus ojos bicolores tiernos y compasivos. Su cabello era una llamarada de fuego, era hombre y mujer a la vez… y también algo más. Era el Aenigma Regis, el Matrimonio Sagrado hecho carne.

-¿Melek Taus? -preguntó el viejo con una inmensa expresión de alegría en su rostro-. ¿Vienes por mi hija, oh Lucifer?

La espléndida criatura no respondió pero sus acciones confirmaron las palabras de von Kotzebue. Recogió a Laleshka de la tierra donde yacía y acunándola como a un bebé en sus poderosos brazos desapareció en un destello de luz que iluminó toda Skold.

 

4

 

Tras la partida de Constanza Skold se convirtió en una próspera ciudad. La mayoría de los inmigrantes habían llegado atraídos por los rumores de la extraordinaria aparición angélica y la pequeña iglesia del incipiente pueblo ya era una imponente catedral. Cansado de los “peregrinos” que deseaban visitar el sitio exacto donde Melek Taus se llevó a su hija, von Kotzebue construyó una gran muralla electrificada en torno a su estancia y se encerró en ella. A los únicos que dejaba ingresar era al círculo interno de los yazidis, la antigua religión pre-islámica que von Kotzebue había resucitado tras su llegada al confín del mundo. La negativa de von Kotzebue por convertir su hogar en un templo de adoración, sobre todo tras las noticias de los milagros obrados por su nieta, reforzó el poder de la Nueva Iglesia Católica que lo identificaba como un traidor y un hereje que adoraba al demonio.

Pavel intentó mantenerse al margen de estas polémicas pero eventualmente tuvo que elegir un bando, y no fue el del hombre a quien consideraba casi como un padre. Si bien había visto con sus propios ojos al ángel que bajó del cielo, no para devorar el cuerpo sin vida de su esposa sino para transportarlo entre sus brazos hasta perderse en las nubes, no podía asegurar que se tratase del Melek Taus al cual el viejo Drazen rendía culto junto a sus acólitos. Esto fue causa de muchas discusiones entre ambos las que terminaron por alejarles el uno del otro. Pavel sabía que las creencias heréticas de su suegro más temprano que tarde les acarrearían problemas con el Gobierno Central además de ser un serio escollo en sus aspiraciones políticas. Con el dolor de su alma no le quedó otra opción más que darle la espalda a su suegro y mentor.

En respuesta el viejo Drazen no recibió más a Pavel en la estancia he hizo montar guardias armados en la muralla. Tras esto la Gran América decidió intervenir en Skold enviando tropas y diplomáticos a restaurar el orden. Los americanos estaban acostumbrados a ello, lo venían haciendo desde hacía siglos.

Cuando los representativos y fuerzas del poder central finalmente se retiraron, los adoradores de Melek Taus habían sido puestos tras las rejas y el viejo condenado a reclusión domiciliaria a perpetuidad. Se le permitió conservar la estancia pero gran parte de sus terrenos, incluyendo el sitio donde el ángel había aparecido, le fueron expropiados. Curiosamente la única medida que adoptó la justicia americana para asegurar que von Kotzebue cumpliera su reclusión fue construir una acequia circular alrededor de la gran casona, a la que podría accederse por medio de un puente de madera. La inusual medida al parecer funcionó ya que el viejo nunca intentó salir de la casa. Una vez resuelto el “problema von Kotzebue”, los poderes centrales designaron a un gobernador de los suyos por cuatro años para poner todo en orden y velar por la seguridad, luego de este período el cargo podría ser electo mediante votación. Pavel Yvanovich obtuvo un aplastante 68% de ventaja por sobre los otros candidatos y se convirtió en el nuevo Gobernador electo por sufragio popular de la ciudad de Skold. Y cumplido su primer período fue reelecto una, y otra vez.

A doce años de la partida de Constanza, la Skold original estaba prácticamente en ruinas. En sus dependencias ya no había más domas o jineteadas, no se arreaba ganado, no se esquilaban ovejas, no se realizaba el marcado y yerra de vacunos y mucho menos se adoraba a Melek Taus. Los únicos habitantes de la estancia eran el viejo Drazen von Kotzebue y su servidumbre entre los cuales se encontraba una enfermera que jamás se apartaba de su lado.

No eran pocos quienes aseguraban que la devoción de aquella joven y bella muchacha por aquel decrépito nonagenario que se negaba a morir bordeaba lo patológico. Y efectivamente, Esperanza -que era el nombre de la enfermera contratada por el Gobernador para cuidar de su suegro que seguía sin dirigirle la palabra tras todos estos años- amaba al anciano. El viejo von Kotzebue, grande y fuerte como un roble se había derrumbado tras la intervención del Gobierno Central y el desmantelamiento de su “organización subversiva”. A los pocos meses de encierro rehusó a levantarse de la cama y hubo que alimentarlo vía intravenosa ya que se negaba a comer. Fue entonces cuando Pavel contrató a Esperanza para que lo cuidase, a sabiendas que aquella joven de dieciocho años que él conocía desde niña siempre había profesado una admiración más allá de lo normal por el viejo.

¿Había hecho lo correcto al encargarle aquel trabajo a Esperanza?, meditaba el Gobernador en su espléndida oficina a un costado de la plaza de Skold, junto a la iglesia. Quizás fuese lo mejor para von Kotzebue, pero ciertamente no para ella. Pavel pensaba en que el viejo a sus noventa y cuatro años moriría pronto, pero ya habían transcurrido casi diez años desde su apoplejía y todo indicaba que podría seguir postrado eternamente, cada vez más deteriorado en lo físico y mental, pero incapaz de morir. Pavel se preguntaba si no sería cierto que von Kotzebue era inmortal tal y como le afirmó cuando se conocieron.

Antes de abandonar Croacia, Pavel había escuchado decir a su abuelo que lo único a lo que Drazen von Kotzebue temía era al ser devorado por un arcángel por lo cual se marchó en busca de la fuente de la inmortalidad localizada en la mítica Ciudad Encantada de la Patagonia, una leyenda cuyo origen se remontaba a 1529 y que perduró hasta fines del siglo XVIII. Por alguna razón Drazen creía aquel viejo mito y aseguraba haber hallado la Ciudad y haber bebido de la fuente de la inmortalidad en medio de su plaza. Obviamente que nadie le creía, sobre todo al ver que iba envejeciendo como cualquier otra persona. Cuando le señalaban esto, von Kotzebue se defendía diciendo: “confunden inmortalidad con juventud eterna, y no es lo mismo”. Lo fuese o no, de todas maneras el viejo se ganó el apodo de “El Inmortal”, lo que le complacía enormemente.

Pavel seguía sin tragarse todo ese cuento de su hija convertida en Mesías y por supuesto que no daba crédito alguno a las palabras de Laleshka en su lecho de muerte ni a la convicción del viejo que los arcángeles realmente eran demonios y que el verdadero Dios era Melek Taus, señor de los Heptad o Siete Seres Celestiales conocidos también como heft sirr. Pero sabía muy bien que el ángel que apareció aquella noche para llevarse a Laleshka era real, tan real como la condición de “'nueva Mesías”' que ostentaba Constanza, convertida ya en una mujer de veinte años.

Todo el tiempo llegaban noticias de los prodigios que obraba la Mesías. Había sanado a muchísima gente en su peregrinaje al valle central de Chili-Mapu y resucitado a quince personas, cuatro de las cuales habían muerto a manos de un asesinado enviado por el Pentágono. Según se rumoreaba de entre los numerosos atentados contra la vida de Constanza ese fue el que más cerca estuvo de lograr su objetivo y desde entonces sus acólitos la resguardaron con un celo aún mayor, recibiendo varias veces las balas, misiles, y armas cortopunzantes por ella. No que significara un gran sacrificio para sujetos cuyas heridas se sanaban instantáneamente. Al parecer el único capaz de eliminar de forma efectiva a los seguidores de Constanza había sido ese agente del Pentágono en armadura medieval, neutralizado por Victorino.

Pavel abrió uno de los cajones de su escritorio y contempló la pistola del Primer Acólito que aún conservaba. A excepción de una bala el cartucho estaba lleno. Empuñó el frío mango del arma, la sostuvo unos minutos entre sus manos y la regresó a su sitio. Luego se dirigió hacia el amplio ventanal que dominaba la plaza. Entre el gentío de comerciantes, artistas callejeros y pintores, Pavel distinguió a su esposa. Era fácil verla incluso desde lejos ya que no había nadie en toda Skold que le superara en estatura. Matilde medía dos metros y quince centímetros y su larga cabellera era tan blanca como la nieve de los ventisqueros. Por sus venas corría sangre mánekenk, la etnia más antigua en habitar Tierra del Fuego, y también sangre celta ya que su abuelo era irlandés. Matilde se paró en medio del gentío y alzó su mano para saludar a su esposo. Pavel contestó el saludo y Matilde continuó caminando hacia la gobernación. Ella sabía que él la engañaba con cuanta mujer se le ponía por delante, y él sabía que ella sabía pero nunca hablaban de ello. Pavel necesitaba una esposa a su lado y a Matilde tras una vida de privaciones sólo le importaba la seguridad económica que el hombre más poderoso de la zona podía proporcionarle. Pavel no la amaba, ella era sólo un elemento decorativo más de su rol político. Jamás podría arrancar de su corazón a Laleshka, ni a esa ingrata chiquilla de cabello rojo...

El insistente campaneo del intercomunicador retrotrajo a Pavel de sus meditaciones.

-Gobernador -dijo la secretaria-. Tengo al comisario Goyeneche en la línea dos.

-Déme con él.

-Sr. Yvanovich… la locomotora… se aproxima la locomotora -anunció alguien a quien parecía faltaba el aliento.

-¿El Dr. Armund? -preguntó Pavel.

-Sí, la locomotora del Dr. Armund fue avistada a dos días de Skold y aparentemente se dirige hacia acá. ¿Cuáles son sus órdenes?

-Envíe a cinco hombres armados a su encuentro -ordenó Pavel al comisario.

-¡De inmediato, señor! -contestó marcialmente Goyeneche.

Nuevamente reinó el silencio en la oficina de Pavel Yvanovich. ¿Qué podría traer al Dr. Armund K. y los suyos a Skold?

 

5

 

El Dr. Armund K. era una de esas personas que Pavel hubiese deseado no toparse nunca en la vida y su presencia sólo podía augurar problemas. Armund era bien conocido tanto por aquellos que detentaban información y poder como por los incautos que se habían cruzado en su camino. Como ocurre con todo personaje enigmático las historias en torno al Dr. Armund K. se entrelazaban en una confusa y hasta contradictoria madeja. Se desconocía su nacionalidad pero se le presumía armenio, aunque había quienes aseguraban su proveniencia de la India. Lo cierto es que a la tierna edad de once años el Dr. fue reclutado por el Departamento de Defensa Americano cuando su inusual “habilidad” se hizo evidente. Ocurre que el pequeño Armund tuvo la mala idea de jugar en las cercanías de un campo minado y tras pisar una de esas antiguas y obsoletas armas militares perdió el brazo y la pierna derecha, bueno, no los perdió sino que le amputaron lo que quedó de ellos. Armund no se resignó a usar la precaria muleta que le ofrecieron en el hospital y se construyó un brazo y piernas mecánicas con piezas y partes que reunió del depósito de chatarra de su padre. ¿Cómo lo hizo?, fue lo que la gente del Pentágono se preguntó una vez enterados de la noticias, y como solía ocurrir con esta gente cuando deseaba algo, lo averiguaron secuestrando al joven y sometiéndolo a un sinfín de pruebas.

Armund poseía una extraordinaria habilidad para inventar ingenios mecánicos, desconocida por él hasta el evento de la mina. Éste talento era de alguna forma “instintivo” y a diferencia de los grandes cerebros del Departamento de Defensa Americano que debían trabajar concientemente de acuerdo a principios teóricos, el Dr. Armund operaba sin seguir ninguna secuencia lógica por lo que ni él mismo sabía explicar cómo había ideado un invento y muchas veces no sabía siquiera cómo funcionaban. Durante veinte años Armund fue trabajó para el Pentágono inventando toda clase de artilugios para ellos. Si no podía crear un aparato que se le encargara, como por ejemplo una máquina teletransportadora capaz de emular el poder del Agente Bardo, tal artilugio era imposible de construir, lo que por cierto tranquilizaba a los militares ya que los “enemigos del Estado” tampoco serían poseedores de tal tecnología.

Pero ocurrió que a sus treinta y dos años el Dr. Armund decidió que quería conocer el mundo e inventó una bomba nuclear portátil que ocultó muy bien en los laberintos y pasajes subterráneos del Pentágono en cuyas sombras muy pocos se atrevían a penetrar. El detonador estaba instalado en su brazo mecánico, el que a su vez estaba unido a su sistema nervioso central. Ante cualquier amenaza contra su persona Armund no tendría más que concentrase en la bomba y ésta explotaría junto al Pentágono y todo lo que se encontrase a diez kilómetros a la redonda. ¿Era un gambito o Armund hablaba en serio? Ni siquiera el Agente Bardo podía corroborar las afirmaciones del inventor ya que era opaco a sus sondeos mentales y poderes coercitivos.

Respaldando las amenazas del Dr., sin embargo, estaba todo el arsenal del Pentágono e incluso una máquina para acceder a universos paralelos instalada en las ciénagas de Florida, mediante la cual Bardo intentaba traer a nuestro mundo al profetizado verdugo de Constanza. Porque antes que su mente fuese casi destruida debido al lazo psiónico con el Primer Acólito, Bardo tuvo una visión… Un caballero en armadura medieval mataba a Constanza, un caballero que no pertenecía a este mundo… Bardo debía encontrarlo, sólo él podría eliminar a esa molesta chiquilla. Tras varios intentos desastrosos, Bardo por fin pudo traer a un ser ataviado de armadura desde otro plano dimensional, pero no era el que buscaba. Regresando al Dr. Armund, al Departamento de Defensa no le quedó otra que dejar ir a su segundo hombre más preciado (si es que puede considerarse hombre a Bardo).

Armund quería recorrer el mundo, llevar una vida nómada y contemplar a esos arcángeles contra quienes no había podido inventar ningún artefacto que los dañara o permitiese siquiera su captura. Una vez llegó al primer basurero metalúrgico, Armund puso manos a la obra y construyó su célebre “locomotora”. Ciertamente que no se trataba de uno de esos antiguos vehículos que corrían sobre rieles pero se asemejaba bastante con su nariz cilíndrica y sus doce ruedas todo-terreno. Se desconocía la clase de motor que ésta poderosa máquina poseía pero se rumoreaba era un mini-reactor nuclear o algo por el estilo. La locomotora tenía incorporada una verdadera casa con todas las comodidades imaginables y cinco habitaciones, el Dr. Armund K. pretendía formar una familia y previsor como era construyó los espacios adecuados para su futura esposa e hijos.

Durante más de una década el Dr. Armund recorrió cada una de las ciudades y pueblos de la Gran América reparando todo tipo de aparatos mecánicos en desuso, lo que se convertiría en un sustento económico importante ya fuese a cambio de dinero, gallinas o mobiliario. En uno de esos pueblos, Armund conoció a su primera esposa y madre de su primogénito. Durante cinco años el Dr. se quedó en aquel pueblo de Kansas, hasta que por razones sólo conocidas por él decidió marcharse junto a su hijo Ross, quien a sus cortos años ya exhibía una fuerza prodigiosa. De ahí el Dr. Armund emprendió rumbo hacia Inframerica hasta llegar a las Cataratas de Iguazú en Brasil, donde decidió fundar su propio pueblo, una comunidad utópica con todos los adelantos tecnológicos que él era capaz de construir sin dañar el sobrecogedor e indómito paisaje que lo rodeaba.

De esta forma nació la fortificada Armunda, una ciudad-fortaleza de treinta mil hectáreas regida con mano de hierro por el Dr. en base a estrictas leyes implantadas por él mismo: una de las principales era que aquellos que entraban a Armundia jamás podrían salir a menos que fuesen exiliados. El Dr. no tuvo problemas para encontrar mano de obra para fundar su utopía entre los lugareños junto a los cuales se encerró tras esas inexpugnables murallas una vez finalizados los trabajos. El Dr. Armund sabía muy bien que su comunidad motivaría el rechazo de la Gran América y sobre todo de la Iglesia por lo que construyó un sofisticado sistema de armamentos capaz de repeler cualquier tipo de ataque.

No se sabe mucho sobre lo que ocurría al interior de Armundia ni cuál era el estilo de vida de sus habitantes salvo que una de las normas impuestas consistía en el “derecho carnal” que el regente poseía sobre todas la mujeres en edad de merecer. De ésta forma en el lapso de veinte años el Dr. tuvo cerca de ciento cincuenta y ocho hijos, todos los cuales poseían en menor o mayor medida alguna habilidad, por decir lo menos, “sobrehumana”.

Tras veinticinco años de fundar Armundia y nuevamente por razones desconocidas, el Dr. cedió el liderazgo de su comunidad al más competente de sus hijos y se marchó en su vieja locomotora junto a su primogénito y sus dos vástagos más jóvenes, los mellizos Genivania y Aramis. De pueblo en pueblo la fama del tecnochamán y sus prodigiosos hijos se fue incrementando pero a diferencia de Constanza, el Dr. Armund K. no toleraba a los seguidores y cuando le molestaban demasiado, simplemente tomaba su locomotora, a sus fieles hijos y se marchaba.

Armund y sus retoños obraron varios prodigios en toda Inframerica, construyendo represas, sistemas de riego, plantas de energía hídrica, solar y eólica y reparando tractores y toda clase de aparatos a cambio de sumas ridículas de dinero, baratijas o simplemente nada. Se decía de Ross que era tan fuerte que en cierta ocasión, para demostrarlo, levantó sobre su cabeza una roca de una tonelada (aunque luego se hundió en el suelo a causa del peso). Lo que tenía de fuerte, el calvo de Ross lo tenía de torpe. Los mellizos en cambio eran brillantes como Armund: de Genivania se decía era capaz de “influir los campos de probabilidades” sea lo que fuese que significara aquello mientras que Aramis era capaz de correr a velocidades que ningún vehículo motorizado podía igualar. Genivania y Aramis casi nunca se separaban y mucha veces se les veía tomados de las manos o besándose en público. Al parecer el incesto era uno de los tabúes permitidos en la comunidad fundada por su padre.

En Ecuador terminó por completarse la curiosa banda del Dr. Armund K. con la incorporación de Heckle y Jeckle, dos anomalías que causaban todo tipo de estragos en Cotopaxi. Estos inusuales arcángeles tenían el tamaño de niños de cinco años y se comportaban la mayor parte del tiempo como tales. Se alimentaban de carne cruda proveniente, no de cadáveres, sino de animales que cazaban y parecían ser más “corpóreos” que los arcángeles verdaderos ya que las piedras y las balas los dañaban, aunque no permanentemente.

Lo primero que los habitantes del pueblo le solicitaron al Dr. fue que los librara de aquellos querubines de pesadilla. Dados sus anteriores intentos por capturar arcángeles el Dr. Armund dudó tener éxito, pero estos no eran arcángeles normales sino “mutantes” cómo él y su descendencia y al tener una forma física más estable que sus hermanos mayores pudieron ser apresados gracias al trabajo en equipo de Genivania, Aramis y Ross.

Armund fue declarado héroe por los lugareños y se celebró una gran fiesta en su honor esa noche. Al día siguiente la locomotora abandonó Cotopaxi, con sus dos querubines cautivos.

Con el tiempo los querubines se convirtieron en otro de los tantos beneficios que el Dr. Armund K. ofrecía en cada pueblo que su locomotora visitaba. Existían ciertas personas que ansiaban ser devorados por los arcángeles, que no podían soportar estar vivos a sabiendas que los esperaba la gloria de Dios. No podían suicidarse ya que los arcángeles no devoraban los cadáveres de aquellos que se quitaban la vida, y tampoco lograban conseguir alguien que se “apiadara de ellos” y los matara ya que estos arriesgaban, además del encarcelamiento, su alma inmortal. A esos pocos individuos desesperados que implorantes acudían ante el Dr. Armund, éste les administraba una droga descubierta por uno de sus hijos que “simulaba” la muerte. Ya la habían probado sin éxito en Armundia, pero el Dr. tuvo la idea que tal vez sus querubines fueran incapaces de detectar la diferencia entre un muerto real y uno simulado y así fue. Heckle y Jeckle únicamente probaban carne humana si era de un 'falso cadáver'. Una vez degustaron aquella delicia se estuvieron mucho más tranquilos en su jaula al interior de la locomotora, siempre esperando volver a alimentarse de los hijos de Dios que tanto recelaban.

 

6

 

“Tendré que esperar a que regresen los hombres de Goyeneche para saber qué busca Armund en Skold”, se dijo Pavel mientras regresaba a su cómodo sofá. En ese preciso instante sonó nuevamente el intercomunicador.

-¿Sr. Yvanovich? -dijo la secretaria del otro lado de la línea-, hay un joven aquí que solicita audiencia. Dice ser hijo del Dr. Armund K.

-¿Qué?, hágalo pasar de inmediato.

La puerta de roble tallado de la oficina de Pavel se abrió dando paso a un joven de unos dieciséis años, de contextura atlética, con el cabello muy negro, piel bronceada y rasgos faciales muy finos. Vestía un extraño traje de color azul y apariencia plástica, con el diseño de un relámpago plateado que le cruzaba todo el pecho.

-Aramis, presumo -dijo Pavel.

-Presume bien Sr. Gobernador -respondió cortésmente el notable muchacho-. Mi padre me envió a anunciarle nuestra llegada a su hermosa ciudad.

-Me dijeron que ustedes se encontraban a dos días de aquí…

-Así es, a la locomotora le tardará un par de días recorrer la distancia que la separa de Skold, y por cierto debo regresar antes que se enfrié mi desayuno. ¿Tiene algún mensaje para mi padre?

-¿Vienes corriendo desde la locomotora?

-Mi fama de velocista me precede -dijo el joven aparentando falsa modestia-. Sí Sr. Gobernador, no me ha tomado más que diez minutos y ningún esfuerzo llegar aquí. ¿Algún mensaje para mi padre?

-Eh… nada más que es bienvenido en Skold, sea cual sea el motivo de su visita. ¿Requieren de alojamiento?

-Sólo un sitio tranquilo donde estacionar nuestro vehículo.

-Pueden hacerlo en mi estancia si así lo desean, está lo bastante apartada de la ciudad.

-La célebre Estancia Sklod, lugar de nacimiento de Constanza. Hacia allá nos encaminaremos, Sr. Gobernador. Gracias por su oferta.

-Si quieren les puedo proporcionar un guía, e incluso una escolta que los lleve hasta allá.

-No será necesario, gracias por su amabilidad, nos veremos en un par de días -aseguró el joven antes de desaparecer.

-Srta. Lourdes -dijo Pavel apretando el botón que le comunicaba con su secretaria.

-¿Dígame Gobernador?

-Comuníquese con Goyeneche de inmediato.

-Sí Señor.

-Dígale que no envié a sus hombres y que si lo hizo que se regresen. No quiero que nuestra ilustre visita se sienta intimidada de forma alguna.

-De acuerdo Señor.

“No nos conviene contrariarlo”, pensó Pavel Yvanovich.

 

7

 

El Dr. Armund K arribó poco después del atardecer, tal y como Pavel esperaba. Su famosa locomotora era un vehículo imponente, mucho más grande de lo que el Gobernador esperaba. Cómo diablos se movía semejante mole con tanta velocidad y sin necesidad de combustible era una de las tantas preguntas que Pavel había presupuestado no formular considerando que ni el mismo Dr. sabría cómo contestarlas.

El primero en descender del ingenio mecánico fue la ya familiar y atlética figura del joven Aramis; le siguió un individuo de estatura más bien baja pero de hombros anchos y brazos tan gruesos como sus muslos, Ross no poseía cabello alguno sobre su cabeza y lucía un cuidado y anacrónico bigotillo. Ambos hombres se quedaron de pie, uno a cada lado de la puerta de la cual finalmente bajó el célebre Dr. Armund K. del brazo de su hija Genivania de ensortijado cabello castaño que vestía un corsé negro y medias de liga. Incómodo, Pavel se dio cuenta que estaba experimentando una erección ante la muchacha y rápidamente intentó apartar aquellos pensamientos lujuriosos que poblaban su mente.

Armund a sus sesenta y dos años lucía como de cincuenta. Daba la impresión de ser una persona de contextura gruesa debido a su rostro redondeado y sus pequeños pero vivaces ojos muy cercanos al puente de su fina nariz de diminutas fosas nasales, pero la verdad es que era un poco más delgado que el mismo Pavel.

El Gobernador y sus invitados intercambiaron las cortesías de rigor y luego ingresaron a la hacienda donde fueron recibidos por la impresionante Matilde que cual cariátide de mármol, hacía que la vieja estancia no tuviese nada que envidiarle al Erecteion de la acrópolis Ateniense.

Pavel invitó a sus huéspedes a hacer uso de las habitaciones de la estancia si así lo deseaban, pero el Dr. Armund declinó cortésmente aduciendo que ellos siempre dormían dentro de la locomotora.

-¿Me acompañarán a cenar por lo menos? -preguntó el Gobernador.

-Por supuesto -contestó Armund, estoy ansioso por degustar la comida Sklod. Pero antes me gustaría que nos diese un recorrido por su hacienda, si no le importa.

-No, para nada, por aquí por favor.

Pavel llevó a sus invitados a recorrer la estancia cuya decoración era profusa en reliquias históricas y antigüedades que amoblaban los distintos salones y los cuartos del piso superior demostrando todo el esplendor de los estancieros argentinos del siglo XIX. Por supuesto que no los llevó al dormitorio principal (que ocupaba el viejo Drazen) ni al cuarto de Constanza (de cuya pared nunca habían podido borrar esa horrenda mancha de materia gris y sangre seca) pero sí a las otras habitaciones, todas con grandes chimeneas y balcones desde donde Pavel solía disfrutar de los colores, sonidos y aromas propios de la vida de campo… antes que Constanza decidiera marcharse…

Tras el recorrido, Pavel y sus invitados se sentaron a una mesa para doce personas en lo que fuera el antiguo gallinero donde von Kotzebue mantenía a sus pavos reales, convertido ingeniosamente por Pavel en una amplia sala de reuniones. La cubertería había sido dispuesta para que los seis comensales se sentaran de a tres a cada costado de la mesa. Armund se sentó con los mellizos a un lado, y Pavel junto a su señora y el silencioso Ross del otro.

Los huéspedes disfrutaron, entre otros platos, de una exquisita pierna de cordero con dulce de rosa mosqueta, guiso de carne de jabalí y liebre patagónica a la cacerola, todo esto acompañado de abundante vino y torta galesa de postre. El Dr. Armund y Ross comieron todo cuanto se les puso por delante mientras que Aramis y Genivania, que se la pasaron bromeando cómplicemente entre ellos durante toda la velada, apenas sí probaron el guiso.

Mientras comían, el Dr. alabó las artes culinarias del cocinero, preguntó por el estado de salud de von Kotzebue y dijo haberse cruzado con la Mesías Constanza y sus seguidores hacía un par de meses. Habló de los lugares que él y sus hijos habían visitado y de cómo capturaron a esos dos pequeños demonios que bautizó como Heckle y Jeckle, a quienes mantenía encerrados en una jaula al interior de la locomotora. Cuando Armund por fin se calló, Pavel pudo preguntarle qué lo traía hasta Skold.

-Sólo estamos de paso, veremos en qué puedo ayudar a sus electores, Sr. Gobernador y luego partiremos a Chubut. He oído que Skold muy pronto se convertirá en la nueva capital de la Patagonia.

-Así es -confirmó Pavel-, pese a todo el lobby que han hecho los de Chubut para arrebatarnos el privilegio.

-Hay muchas cosas que podría reparar aquí, Dr. -interrumpió Matilde, embelesada con Armund.

-Pues encantado las repararé, y si no pueden ser reparadas, pues inventaré unas nuevas.

-Siempre he querido saber cómo es que puede inventar y reparar cosas sin saber ómo hacerlo, Dr. -dijo Pavel fastidiado ante la excesiva atención que Armund estaba recibiendo por parte de su esposa.

-La invención es una forma de arte, Gobernador, y no es más lógica que componer música o escribir poemas -respondió el aludido.

-¿Escribe poemas usted, Dr.? -preguntó melosamente Matilde-, me encanta la poesía.

-A mí también pero lamentablemente no poseo la habilidad para escribirla, aunque tengo un hijo que es un gran poeta…

-¿Me está diciendo que la inventiva y la creatividad son una forma de arte cerrada al análisis científico? -interrumpió Pavel.

-Bueno, sé que existe consenso en que tanto la creatividad como la inventiva pueden estudiarse empleando el método científico, pero los resultados siempre me han parecido insatisfactorios. En cuanto a mí, dichas investigaciones ciertamente no se aplican. Durante veinte años los grandes cerebros del Pentágono intentaron averiguar cómo es que yo utilizaba y recuperaba información para idear soluciones innovadoras a los problemas y cómo dicho conocimiento era transformado, elaborado y empleado por mi mente. ¿Cómo podrían entender algo que ni siquiera yo entiendo, algo tan imposible como atrapar un arcángel?

-Sin embargo usted pudo capturar a dos de ellos -mencionó Matilde.

-No en realidad -explicó Armund-. Heckle y Jeckle no son arcángeles en estricto rigor, son, por decirlo de alguna manera…

-Mutantes, como usted y sus hijos -espetó Pavel.

Un incómodo silencio reinó en el comedor seguido de una intensa mirada de odio por parte de Matilde a su marido.

-Vaya, esa es una palabra que no escuchaba hace mucho tiempo -dijo calmadamente Armund-, es como oír algo dicho por mi abuelo.

-Propongo que brindemos por los mutantes -dijo Aramis poniéndose de pie, seguido por todos los demás. A Pavel no le quedó otra sino imitar a sus contertulios.

-¡Por los mutantes! -exclamó Armund.

-¡Por los mutantes! -repitió el resto para luego volver a sentarse.

-¿Entonces le ha gustado la estancia? -preguntó Matilde cambiando rápidamente de tema.

-Sí, pero tengo entendido que ustedes no residen aquí, ¿no es verdad?

-Así es, mi marido aborrece este sitio.

-Tengo mis razones -explicó Pavel.

-Por supuesto -afirmó Armund dando a comprender que conocía muy bien las razones-. En este lugar por lo tanto sólo habita el Sr. von Kotzebue y sus sirvientes.

-Así es, y una vez que el viejo muera esperamos convertir este lugar en un hotel para recibir a los peregrinos -sentenció Matilde.

-Ah, sí. Los que vienen a orar ante el árbol donde se apareció Melek Taus ¿no?

-Se trataba de un arcángel, común y corriente mi buen doctor -corrigió Pavel-, no de la falsa deidad tercamente adorada por mi suegro.

-Disculpe usted, Gobernador, ¿pero quien osaría en estos tiempos poner en duda la existencia de seres sobrenaturales o de naturaleza divina?

-Sé lo que vi, eso no era Melek Taus.

-¿Y cómo lo sabe? Las inteligencias descarnadas pueden adoptar muchas formas. Lo han hecho a lo largo de toda la historia de la humanidad y los arcángeles no son más que una de sus materializaciones más recientes. A fines del siglo pasado les llamaban alienígenas y OVNIs, antes de eso hadas y fantasmas.

-¿Es usted un yazidi, Dr. Armund? -preguntó Pavel alzando una ceja.

-Respeto las creencias y religión de mis ancestros armenios.

-Mi suegro es de ascendencia kurda.

-Lo sé, Gobernador y eso es algo que nos hermana. Ambos tenemos raíces en la sagrada Kurdistán repartida infamemente entre Turquía, Iraq, Irán y Siria. Ambos somos miembros de la diáspora kurda y creemos en Melek Taus.

-En Lucifer.

-Ese es un prejuicio y un error bastante común cuyo origen se debe al otro nombre dado a Melek Taus es el mismo de Satán en el Corán: Shaytan. Sin embargo, la palabra Tauz deriva de las palabras griegas Zeus y Theos aludiendo a Dios y no al diablo. Malak Ta'us es el Ángel de Dios y es así como nosotros los yazidis visionamos a Melek Taus, líder de los arcángeles. Él estaba presente cuando Adán vivía en el Paraíso, y cuando Nemrud arrojó a Abrahám al fuego y Dios le dijo: "Tú eres el amo y Señor del mundo", y le otorgó siete tierras y tronos del cielo...

-Disculpe Dr. Armund, pero la religión no es mi fuerte y prefiero evitar discutir sobre ella.

-Extraño viniendo de un político como usted -comentó Genivania quien había estado callada hasta ese momento-. Los de su clase suelen tomar partido por una u otra tendencia religiosa, la que cuente con mayor adherentes entre sus electores.

-Créeme, exquisita muchacha, que ese no es mi caso -replicó Pavel sorprendiéndose del tono lascivo de sus palabras.

-Mi marido -dijo Matilde remarcando la segunda palabra- es ateo.

-Agnóstico querida -corrigió él.

-¿Existe alguna diferencia?

-Peores que los ateos son los agnósticos -afirmó Aramis- ya que de acuerdo a estos últimos la existencia o no de un dios es desconocida y por lo tanto irrelevante.

-En mi parecer la existencia o inexistencia de un dios no es irrelevante por ser desconocida -replicó Pavel-, sino por no obtener ninguna certeza al respecto. Un problema sin solución no es un problema, ¿no es verdad Dr. Armund?

-Touché -respondió el aludido-. ¿Cómo explica entonces la presencia de los arcángeles, Gobernador? ¿Es de los que creen que se trata de seres fabricados mediante ingeniería genética?

-Tal vez, la verdad es que no dedico mucho tiempo a pensar en ellos, tengo una ciudad que administrar después de todo y gente por los cuales velar. Lo único que puedo decirle es que el arcángel que bajó a devorar el cuerpo de mi esposa era como todos los otros. Ni una anomalía como sus querubines y mucho menos Melek Taus.

-¿Sabía usted que su hija Constanza dice ser hija de Melek Taus? -arremetió Armund.

-No tenía... idea -respondió Pavel.

-Una muchacha extraordinaria sin lugar a dudas. No me sorprendería que sea quien dice ser.

-O eso o es una mutante -comentó divertida Genivania motivando la risa cómplice de su hermano.

-He oído que el Sr. von Kotzebue es inmortal, ¿recibió el don de su nieta acaso? -preguntó Armund que parecía no querer abandonar el delicado tema.

-No -contestó secamente Pavel-, ese apodo se lo ganó hace muchos años atrás debido a una vieja historia que se inventó.

-Esa que afirma que bebió de la fuente de la mítica Ciudad Errante.

-Eso asegura él pero, ¿me puede explicar usted Dr. qué clase de inmortalidad es esa que no va aparejada de eterna juventud?

-Mmmh, me recuerda el caso de Titono -replicó Armund.

-¿Titono? -preguntó Pavel.

-Sí, el esposo o hijo de Eos en la mitología griega. La diosa consiguió la inmortalidad para él pero olvidó pedir que se le concediera la eterna juventud y Titono siguió envejeciendo. Llegó a un estado tan deplorable que se le transformó en cigarra.

-A Titono le dio Zeus como gracia un mal eterno: la Vejez, que es mucho peor que la espantosa muerte -acotó Aramis.

-Minmnermo de Colofón -agregó Genivania-, el Fausto de Marlowe fue más inteligente, ¿no es así Ross?

El fornido primogénito del Dr. Armund asintió con la cabeza y por primera vez desde su llegada abrió la boca para una función distinta a la de comer y dijo como si repitiese de memoria:

-Seeing Faustus hath incurrd eternall death,

By desprate thoughts against Ioues deitie;

Say, he surrenders vp to him his soule,

So he will spare him 24 yeeres,

Letting him liue in voluptuousnesse.

-Tiene unos hijos muy letrados, Dr. -dijo admirada Matilde.

-No podría ser de otra forma ya que su educación ha estado a mi cargo. Estoy orgulloso de todos mis hijos, por supuesto, pero en especial de estos tres.

-Se dice que tiene más de ciento cincuenta hijos -agregó Matilde admirada.

-¿Eso dicen? Pues me temo que la cifra no se acerca a la realidad. ¿Cuántos hermanos tienen, Genivania y Aramis?

-Trescientos noventa y cuatro, padre -respondieron a coro los mellizos.

-¿Y usted mi querida Matilde, es madre?

-No aún -dijo reflejando toda su frustración en el rostro. Mi esposo es…

Antes de terminar la frase Matilde recibió una bofetada de Pavel. Indignada se paró cuan alta era de la mesa y con ambas manos empujó al Gobernador que cayó de espaldas con silla y todo.

-Les pido mil disculpas -dijo Matilde calmadamente-, es mejor que me retire. Buenas noches.

 

8

 

Pavel jamás habría soñado con golpear a Matilde, no sólo porque a su lado se sentía como Gulliver junto a Glumdalclitch sino porque nunca había golpeado a nadie ¿Era acaso un hombre débil como le dijera Constanza?

“Todo es culpa del Dr. Armund y su progenie maldita”, reflexionaba sentado en la mecedora de la terraza preguntándose cómo podría deshacerse de quien ahora consideraba un enemigo.

El Dr. Armund interrumpió sus meditaciones al asomarse fuera de la estancia fumando una extravagante pipa.

-¿Le importa si le acompaño?

-Es libre de hacer lo que quiera.

-¿No se marchará al palacio de gobierno esta noche?

-No, nos quedaremos aquí. Partiré por la mañana.

-Está usted molesto conmigo.

-Tengo mis razones.

-No lo dudo. Además de mi talento por reparar e inventar artefactos siempre he sido irresistible para las mujeres.

-La humildad ciertamente es un talento del cual no fue dotado, mi buen doctor.

-No lo crea, alguna vez la poseí, antes de perder mi brazo y pierna en aquel desafortunado accidente. Para cuando fundé Armundia la había perdido por completo.

-Y dígame, ¿por qué abandonó su utopía?

-Aburrimiento, me sentía estancado, confinado. Pertenezco a una raza nómada y deseo pasar mis últimos días recorriendo el mundo.

-A juzgar por su buen estado de salud no está viviendo sus últimos días precisamente.

-Aunque no lo crea así es. Moriré dentro de los próximos nueve meses.

-¿Y cómo lo sabe?

-La venganza de los querubines.

-¿Perdón?

-Heckle y Jeckle me lo dijeron en represalia por haberlos capturado. Los pequeños bastardos se negaron a señalarme el día exacto, sólo me dijeron que dentro de un año… ya van tres meses de aquello.

-¿Y usted les cree a esas… cosas?

-Sí, después de todo, ¿no son acaso los mensajeros de Dios? -dijo Armund socarronamente.

-Pensé que nadie jamás había logrado comunicarse con un arcángel.

-Comete usted una y otra vez el error de tomarlos por arcángeles cuando son algo distinto, similar pero a la vez muy distinto.

-¿Saben sus hijos de su inminente deceso?

-Sí, no tengo secretos para ellos.

-¿Y le dijeron los querubines cómo morirá?

-No, pero lo que importa no es la forma sino el fondo. Y el fondo es la muerte. La no-existencia.

-¿No cree acaso que su alma inmortal será ascendida al Reino de Dios tras ser devorada por los arcángeles?

Armund soltó una estruendosa y larga carcajada.

-¿Qué pensaría usted, Sr. Gobernador, si yo le dijera que efectivamente y tal como muchos sospechan los mentados arcángeles no son más que constructos biológicos del Pentágono?

-¿Lo son? -preguntó Pavel abriendo excesivamente los ojos.

El Dr. Armund asintió con la cabeza:

-Yo mismo vi cómo hacían crecer esas cosas en tanques amnióticos, amigo mío. Los arcángeles son híbridos transgénicos diseñados por los mismos hijos de puta que crearon la Plaga.

-¿Me está diciendo que tanto la Plaga como los arcángeles fueron los instrumentos de la Gran América para apoderarse del mundo?

-Eso es lo que le estoy diciendo. Claro que obtuvieron ayuda externa, de cierto científico suizo hoy convertido en el jefe de estado de la Nueva Confederación Helvética. Todo esto es una gran farsa, Gobernador. Los querubines no son más que un experimento fallido que se les escapó a los chicos del Pentágono. Tienen facultades psiónicas, como mis hijos, yo y la propia Constanza. En efecto son mutantes y muy buenos a la hora de predecir el futuro. ¿Qué me dice ahora que he descorrido para usted el velo de maya?

-No sé si creerle del todo, es decir, todo lo que dice tiene lógica, parece consistente pero…

-El ángel que se llevó el cadáver de su esposa, sin embargo, era distinto, ¿no?

-Sí, estoy seguro que no era un transgénico, aunque tampoco creo que haya sido Melek Taus.

-¡Por supuesto que no era Melek Taus! Tampoco era un transgénico sino un cyborg, un organismo cibernético si me entiende… no está vivo como los arcángeles, ni siquiera posee inteligencia autónoma. Es un instrumento de contra-propaganda implementado por el Pentágono para reforzar la creencia en Melek Taus. No es más que una marioneta operada a distancia por los agentes del Pentágono.

-¿Y qué hicieron con el cuerpo de mi esposa?

-Lo deben haber cremado seguramente, esa es la práctica común por lo que he averiguado.

-No entiendo nada. ¿Por qué el brazo armado de la Nueva Iglesia Católica habría de fortalecer mediante engaños las creencias yazidis?

-Control, mi estimado amigo. Todo se trata de control. Por medio de su falso Melek Taus los chicos del Pentágono podrán controlar a los yazidis más crédulos para luego exponer a su dios como una farsa. Dejarán que el yazidismo se fortalezca y luego expondrán al falso Melek Taus como un robot construido por la misma congregación para ganar adeptos. Engordarán al credo para luego devorarlo como han hecho desde siempre. Es la forma en que operan. Veo por la expresión de su rostro que está abrumado por el amplio abanico que se despliega ante su mente, le cuesta procesar todo lo que le he dicho pero en su corazón sabe que es la verdad. Entienda usted que hubo una época anterior a la Plaga cuando la gente para creer en Dios no necesitaba de pruebas físicas, adoraban imágenes, estatuillas de santos y crucifijos. Y la fe comenzó a declinar, y la gente comenzó a pensar de manera independiente y eso era una amenaza para los viejos poderes. La religión siempre ha sido una forma de atar al ser humano como a un perro a un poste. Fue así como los poderes por sobre los poderes decidieron crear la Plaga y darle al mundo a los arcángeles. Funcionó muy bien pero los seres humanos nos acostumbramos a todo. Los arcángeles ya no nos maravillan. Se intentó crear nuevos agentes religioso-distractores como los querubines y los ángeles tipo Melek Taus que no son más que un upgrade, la versión 2.0 de los arcángeles carroñeros. Ellos no se comen a nuestros difuntos sino que se los llevan cual psicopompos plácidamente al Reino… Kingdome my ass!

Tras aquél improperio, Armund calló. La mente de Pavel estaba demasiado confundida como para articular palabra alguna.

-Buenas noches, amigo mío -dijo el Dr K. poniéndose de pie-. Si desea puede desayunar conmigo antes de marcharse a su oficina. A esos de las seis de la mañana, me levanto temprano. Ya sabe, carpe diem…

 

9

 

Al día siguiente, a las seis en punto Pavel estaba llamando a la puerta metálica de la locomotora. Le abrió Genivania, apenas vestida con ropa interior.

-Sr. Gobernador, bienvenido a nuestra casa, pase usted -dijo la esbelta muchacha.

-Er… vengo a ver a tu padre… -murmuró Pavel barriéndola con la mirada de pies a cabeza.

-Por supuesto, papá le está esperando en la cocina, por favor acompáñeme.

Genivania cogió la mano de Pavel y lo condujo por un estrecho pasillo a una pequeña habitación rodeada de todo tipo de artilugios mecánicos con una mesa al centro. El Dr. Armund ya estaba bebiendo su café.

-Buenos días Sr. Gobernador, tome asiento. ¿Té o café?

-Café, por favor.

-¿Con leche? -preguntó Genivania.

-Sí co… con leche -consiguió articular Pavel con los ojos clavados en el generoso pecho de la chica. Cuando ella se dio vuelta no pudo evitar fijar la vista en aquellas nalgas perfectas, como esculpidas por el divino Michelangelo.

-¿Desea algo más, Sr. Gobernador?, tostadas, ¿jugo de naranja tal vez?

Te deseo a ti, perra” pensó Pavel pero en realidad dijo:

-No gracias, no acostumbro a ingerir alimentos tan temprano.

-Bueno, si me disculpan me vuelvo a la cama entonces -dijo la chica y se marchó por el mismo pasillo por donde habían entrado. Pavel la siguió con la vista hasta que desapareció en las penumbras.

-Como puede notar la temperatura al interior de la locomotora es bastante alta por lo que solemos andar desnudos. Para no incomodarle es que nos hemos vestido, un poco.

-Es usted muy considerado -contestó Pavel.

-Le gusta mi hija, ¿no es así Sr. Gobernador?

-¿Disculpe?

-Vamos, usted y yo somos dos viejos zorros. He visto cómo no podía quitarle los ojos de encima a Genivania desde ayer por la tarde. Apuesto que no sólo ha estado meditando en torno a mis revelaciones durante la noche y dado que su mujer y usted durmieron en camas separadas no descartaría que se haya tomado un descanso en sus reflexiones para masturbarse pensando en mi hija.

-¡Me ofende usted! -contestó Pavel aunque lo que Armund decía era completamente cierto.

-¡Políticos! -exclamó el Dr. K-, todos ustedes son iguales. Si no pudiesen ocultar o manipular la verdad a su favor supongo que se quedarían sin trabajo después de todo.

Pavel, sonrojazo, se limitó a guardar silencio.

-¿Puedo hacerle una pregunta? -dijo Armund mientras sorbía su taza de café.

-Puede hacerla, Dr., pero no garantizo respuesta.

-¿Quién es el padre de Constanza? Porque tras el triste espectáculo que nos tocó presenciar en su casa me queda claro que no es usted.

-Es cierto, la “Mesías” no es mi hija. Cuando Matilde y yo nos casamos ella quería tener un hijo a toda costa. Era algo que le hacía muy bien a mi carrera política así que estuve de acuerdo pero por más que lo intentamos no pasó nada. Nos hicimos los exámenes correspondientes y resultó que soy infértil. Hasta el día de hoy sigo sin descubrir con quién se acostó Laleshka para engendrar a Constanza.

-¿Ella no se lo confesó?

-Antes de morir me dijo que el padre de Constanza era...

Pavel guardó silencio pero el Dr. se apresuró en completar la frase:

-¿Era Melek Taus?

-Sí -admitió Pavel- ¿puede creerlo?

-Puedo creer en que ella creyese eso, Gobernador. La verdad es que su esposa fue inseminada a larga distancia. El embrión fue teleportado desde el Pentágono al vientre de su esposa.

En este punto, Pavel consideró que las teorías conspiratorias del Dr. Armund K. se estaban tornando cada vez más que absurdas. ¿Iba a decirle ahora que los del Departamento de Defensa de la Gran América tenían enjaulado a Dios en el sótano del Pentágono? Aún así, Pavel decidió seguirle la corriente a su interlocutor.

-Sé que sus amigos poseen tecnología para ir de un lugar a otro y de hecho es así como creo enviaron al asesino de mi hija…

-No, mi estimado amigo, si bien la teleportación mecánica existe nada vivo puede llevarse de un lado a otro sin matarlo en el proceso. La teleportación de la cual le hablo es realizada por un agente del pentágono de formidables poderes psiónicos. George Bardo, el “mutante” más poderoso del planeta… hasta ahora.

-¿Y según usted fue este tipo quien inseminó a distancia a mi esposa?

-En efecto. Las habilidades curativas de Constanza son producto de años de experimentación. Como sugiriera Genivania anoche, ella es un mutante como nosotros. O más bien una “mutada”. Los mutantes surgimos espontáneamente, somos los monstruos viables de la naturaleza. Los mutados en cambio son fruto de los experimentos de los hombres. El propósito de Constanza es similar al de los ángeles, obedece a las mismas razones de propaganda. ¿Sabía usted mi estimado amigo que la palabra “propaganda” nace de una congregación de cardenales vaticanos de inspiración tridentina? El término exacto empleado en aquella época era el de propaganda fide, “para la extensión de la fe”. La iglesia católica ha usado y abusado de la imagen para ganar adeptos en sus inicios, para asustarnos con sus seres infernales durante el medioevo, para luchar contra la reforma y últimamente para dominar al mundo. Nada ejemplifica mejor la propaganda de la Iglesia que sus ángeles que no son otra cosa sino el resultado híbrido de un extraordinario programa hebreo de entrecruzamiento original de seres sobrenaturales egipcios, sumerios, babilonios y persas. El segundo concilio de Nicea en el año 787 decretó que era legítimo representar a los ángeles en cuadros y esculturas y esa decisión de la Iglesia primitiva alteró para siempre toda la evolución de la imaginería cristiana dejando en manos de pintores y escultores gran parte de la responsabilidad de dar forma corpórea a los mensajeros de Dios. Un nuevo concilio a fines del siglo XX determinó que los ángeles debían ser representados ahora en “carne y hueso” si es que debían cumplir con su propósito propagandístico original. Esta vez no fueron los artistas sino los ingenieros biogenéticos quienes tuvieron a cargo la tarea de dar forma 'real' a los ángeles. Como ve todo es propaganda, mi estimado Gobernador.

-Pero al resucitar a los difuntos y sanar a los enfermos Constanza está arrebatándole su alimento a los arcángeles, de alguna forma está haciendo contra-propaganda al “Reino Celestial”, ¿no?

-Como ocurre con los falsos Melek Taus, incluso esa contra-propaganda está planificada por los cerebros del Pentágono. Nada es casual, todo obedece a las visiones oraculares del agente Bardo.

-Tampoco lo es su presencia aquí en Skold, ¿no?

-You are a wise person indeed, Gobernador Yvanovich -aseguró Armund-. Déjeme que le explique algo sobre el futuro, nuestro futuro. Uno de los grandes argumentos contra la existencia de Dios es su “omnisciencia”. Si él ya sabe todo lo que fue, y será no existe el libre albedrío para nosotros, pobres mortales. Estaríamos condenados a cumplir nada más que nuestros roles.

-Pero usted me dijo que los querubines predecían el futuro, que habían visto su muerte…

-¿Está familiarizado con la física quántica, Sr. Gobernador?, ¿con la teoría de Everett?

Pavel negó con la cabeza.

-Baste decir que cada uno de nosotros, cada ser es como una barca que avanza por un río que se va ramificando. Los querubines ven son todas esas posibles ramificaciones. Ahora suponga que yo decido virar a la izquierda por una de esas miles de bocas en las que se divide el río y termino cayendo por una cascada. Esa era una de las posibilidades pero si la teoría de Everett es cierta todas las posibilidades se llevan a cabo al momento de mi decisión. En este sentido los querubines me han ayudado a navegar por los caudales más propicios, me han anunciado catástrofes pero también me han proporcionado caminos para evitarlas. Hasta el momento la corriente que arrastra mi barca por el río me llevará a la muerte en menos de un año, si no cambio el rumbo…

-Debe hacer algo aquí en Skold para cambiar el curso del río, ¿no?

-Así es. He conseguido que los querubines me digan qué debo hacer para vivir la mayor cantidad de años feliz y saludable. La respuesta fue muy simple, antes de nueve meses debía llegar a Skold, ganarme la confianza de sus habitantes, convertirme en Gobernador y casarme con su esposa.

-Sospechaba que podría intentar algo como lo que describe, Dr. aunque debo admitir que lo de desposar a Matilde no me lo imaginaba. ¿Y cómo pretende deshacerse de mí? ¿Va a matarme acaso?

-No, mi amigo. No tengo necesidad de agredirle ni de tocar uno solo de sus cabellos para arrebatarle todas sus posesiones, su cargo político y a su mujer. Eso usted lo sabe. Le pido que se rinda amistosamente, que haga abandono de sus deberes y se marche de Skold. Puedo proporcionarle todo lo que necesite, tengo contactos alrededor de todo el planeta. Puede ir donde quiera y comenzar de nuevo, todo lo que pido a cambio es que me ceda su antigua vida, una con la cual usted de todas maneras no parece estimar mucho, ¿no es así?

Pavel sopesó las palabras de Armund por unos segundos. ¿Qué podía hacer él contra un sujeto al cual temía incluso el Pentágono? Sin ayuda de los querubines él también se proyectó por aquellas ramificaciones temporales hacia el futuro y vio que la única salida viable tanto para salvaguardar su vida como el bienestar de Skold era someterse a los deseos del Dr. Armund.

-No soy ningún imbécil -dijo Pavel.

-Eso lo sé muy bien -respondió Armund.

-Permita que termine, por favor.

-Sí, disculpe.

-Cómo le decía, no soy ningún imbécil. Enfrentarme a usted sería tan absurdo como hacerle frente a un tornado que estuviese a punto de arrasar esta ciudad. Permítame dejar en orden ciertos asuntos y me marcharé. Ser Gobernador de Skold es todo lo que he hecho durante estos últimos diez años. Sin eso no me queda nada. No amo a Matilda ni ella me ama a mí. A lo largo de mi vida todos quienes he conocido me han decepcionado. El único que jamás me falló, que siempre estuvo ahí es ese viejo en el dormitorio de allá arriba que no puede morir en paz y se niega a dirigirme la palabra. Durante la cena hablamos de Fausto, no crea que no lo he leído, Dr. K. Si Mefistófeles pudiera cumplirme un deseo que beneficiara a otro, le pediría que permita a Drazen morir en paz de una vez por todas y no acabar como aquel personaje del mito griego.

-Sin ser Mefistófeles, aunque se me ha acusado de mefistofélico, creo estar en condiciones de cumplir su deseo, mi estimado amigo.

-Ayúdeme entonces a terminar con la vida de Drazen y me marcharé con el corazón tranquilo de Skold. He forjado mi destino solo, comencé de cero al llegar a estas tierras desde mi natal Croacia y podré hacerlo nuevamente. No le pido nada más.

El Dr. Armund se puso de pie extendiendo su mano orgánica.

-Trato hecho -dijo.

Pavel le estrechó la mano.

 

10

 

Tres días más tarde estaba todo dispuesto para el funeral. El decrépito cuerpo sin vida aparente de Drazen Von Kotzebue yacía en una sábana de terciopelo azul bajo una araucaria en un claro del bosque junto a la estancia. Lo más trabajoso había sido convencer a Esperanza, que finalmente había entendido las razones de Pavel. Podría haberlo hecho sin que ella se enterase, pero consideró que era lo menos que se merecía tras tantos años de fiel servicio.

Pese a que todo Skold se enteró de la muerte del patriarca al funeral sólo asistirían los sirvientes de la hacienda, Pavel, Matilde, el Dr. Armund y sus hijos.

Pavel se preguntaba cuánto más tardaría el Dr. Armund en soltar a sus querubines. Ya llevaba cerca de quince minutos dentro de su vehículo y tanto la estoica Matilde como la acongojada Esperaza comenzaban a impacientarse.

Por fin emergió Armund de la compuerta de su locomotora y tras él los siniestros querubines que salieron despedidos como flechas hacia el cielo describiendo todo tipo de cabriolas, persiguiéndose el uno a otro y jugueteando por sobre las cabezas de los dolientes.

-Pre-calentamiento -dijo el Dr. al oído de Pavel- siempre hacen eso antes de comer. Ya no tardan en bajar, no se preocupe.

Pavel no prestó atención alguna a lo que decía Armund, abstraído en la contemplación de los querubines como estaba.

Sus rostros eran muy similares al de los arcángeles, pero sus cuerpos eran rollizos y sus alas de plumaje negro ridículamente diminutas. Las zarpas tanto de sus patas delanteras como traseras eran mucho más pronunciadas que la de sus “hermanos mayores” y cuando abrían la boca exhibían unos pequeños y brillantes dientes aserrados de tiburón.

Pavel nunca le había temido a los arcángeles pero aquellas criaturas de pesadillas que alegremente revoloteaban por los cielos le provocaban escalofríos. “Ojalá y termine rápidamente todo esto”, pensó. Y como si lo hubiesen escuchado, los querubines abruptamente descendieron en picada cual aves de rapiña sobre el anciano mordiendo y extrayendo las estructuras plumosas escondidas en el hocico para convertir el cuerpo en una gelatina fácil de ser consumida.

Esperanza sepultó su rostro sobre un costado del pecho de Pavel sin dejar nunca de sollozar. Matilde, que apenas había dirigido unas cuantas palabras a su marido desde que la abofeteara, no quitaba los ojos del sublime (o grotesco) espectáculo que se desplegaba frente a ellos.

Pero he aquí que aconteció algo que ni el Dr. Armund esperaba. Una vez consumido por completo el cuerpo de Drazen von Kotzebue, los querubines comenzaron a retorcerse y sacudirse de forma violenta para luego comenzar a darse de cabezazos el uno al otro.

-¿Es esto también parte de su conducta regular? -preguntó Pavel a Armund.

-No, en absoluto -dijo éste al parecer tan sorprendido como el Gobernador de Skold.

Al cuarto golpe ambas cabezas quedaron fusionadas en una, a lo que siguió el resto del cuerpo. En cosa de segundos se erguía ante ellos un arcángel “verdadero” de dos metros de altura y alas tan grandes que proyectaron una lúgubre tiniebla sobre los asistentes al funeral que no habían huido del miedo.

El arcángel alzó su zarpa derecha e indicó al Dr. Armund para luego lanzarse sobre él. Ross se interpuso pero la criatura celestial lo atravesó como si de un incorpóreo fantasma se tratase. Genivania hizo unos gestos misteriosos con las manos y repentinamente una profunda grieta se abrió bajo los pies del arcángel. Pero éste fue más rápido, alzó el vuelo para no caer y luego se impulsó directamente hacia Genivania con las garras extendidas. La muchacha, sin embargo, se desvaneció antes que pudiese alcanzarle. Más rápido incluso que el arcángel, Aramis cogió a su hermana entre sus brazos y huyó lejos levantando una gran polvareda.

Ross aprovechó para atrapar al arcángel entre sus poderosos brazos mientras los demás escapaban, pero éste se volvió inmaterial, Ross trastabilló hacia delante y la criatura se solidificó dentro del primogénito de Armund en un estallido de huesos y vísceras sanguinolentas. Al ver esto el Dr. K detuvo su huída en seco y el arcángel una vez más se le arrojó encima.

Pavel se interpuso entre ambos y le voló la cabeza al arcángel con lo único de Skold que pretendía llevarse tras el funeral de von Kotzebue, el arma de Victorino, el Primer Acólito.

 

Epílogo

 

Pavel abandonó Skold el mismo día de la muerte real de von Kotzebue y comenzó su viaje en busca de Constanza. Cuando por fin la encontró en el valle central de Chili-Mapu ella lo abrazó y besó efusivamente como cuando era pequeña. “¿Tienes algún uso para mí ahora?”, le preguntó Pavel. “Claro que sí, has abandonado todo el lastre que te refrenaba, has recuperado tu fuerza.”

Humildemente, Pavel aceptó su lugar dentro de los discípulos de Constanza y aprendió muchas cosas. Parte de lo que Armund le había dicho en Skold sobre las manipulaciones y mentiras del Pentágono eran ciertas, pero otras, como la verdadera naturaleza de ángeles y arcángeles eran completamente falsas. Constanza estaba al tanto de todo, incluyendo el origen de los siniestros querubines.

-No todos los arcángeles se contentaron con esperar la muerte de los hijos de Dios para alimentarse, éste en particular desafió las órdenes divinas y asesinó para comer -señaló Constanza dirigiéndose a Pavel pero con la intención que la escuchasen todos los allí presentes-. En castigo fue separado en dos entidades, tal como fue castigado Adam Kádmon en el Edén tras probar el fruto prohibido. Pero el arcángel por participar de la gloria divina estaba al tanto de cómo deshacer su dualidad: devorando el cuerpo vivo de un no-muerto. Los querubines eran mucho más inteligentes de lo que aparentaban y se dejaron capturar por el Dr. Armund a sabiendas que él los llevaría a Skold y al lugar donde habitaba disfrazado el último vampiro sobre la Tierra. Todo eso de la fuente de la inmortalidad y la Ciudad Encantada de la Patagonia eran fanfarronadas. Drazen no podía evitar que los demás supiesen de alguna forma que él era un ente superior. Los del Pentágono sabían muy bien esto, y por ello lo rodearon de agua. Los vampiros no pueden cruzar el agua a menos que sea dentro de sus ataúdes con tierra.

-¿Drazen un vampiro? -preguntó Pavel a quien a esas alturas, ya nada le parecía extraño-. ¿Pero por qué envejecía entonces?

-Una vez en Skold, y para evitar a sus enemigos, von Kotzebue dejó de alimentarse de sangre humana y optó por beber la de su ganado -explicó Constanza-. Pero esto con el tiempo le debilitó hasta convertirle en el despojo que devoraron los querubines. El veneno de Armund nunca surtió efecto, Drazen se entregó a los querubines por voluntad propia luego de la agonía que se impuso para expiar sus pecados. Ahora está en el Reino, sentado a la derecha de Nuestro Señor.

-Alabado sea -dijeron a coro los discípulos de Constanza reunidos en torno a la hoguera nocturna.

 

 

publicado en enero de 2008

 
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