En tan sólo
dos meses La Plaga cobró la vida de algo así
como tres billones y medio de personas (…) Los
cadáveres se acumulaban interminablemente en
plazas y avenidas. La infección flotaba sobre
las ciudades y la Tierra se convirtió, de la
noche a la mañana, en un gigantesco cementerio
planetario (…) De pronto, tras un instante en
que hasta las olas se detuvieron, bajaron de entre las
nubes ingentes bandadas de seres andróginos,
esbeltos y pálidos, de negros e inexpresivos
ojos abisales y enormes alas emplumadas que batían
desde sus omóplatos (…) los arcángeles
dieron cuenta de los cuerpos sin vida que cubrían
la tierra devorándolos con suma premura (…)
Desde el Gran Festín los arcángeles regresaron
a alimentarse cada vez que alguien era llamado ante
la presencia de Dios.
—Fragmentos del diario
de Nikos, el Historiador
1
Como un espectro, Victorino se materializó
en el dormitorio. Sobre la cama dormía Constanza,
la hija de diez años de Pavel Yvanovich, respirando
tenuemente. Ella era su próximo objetivo a eliminar.
Los datos que le había dado
el agente Bardo resonaban en su cerebro: la ubicación
del dormitorio era un establecimiento agro-ganadero
en el Estado Patagónico, la estancia se llamaba
Skold y pertenecía al Drazen von Kotzebue, un
acaudalado estanciero ruso de ascendencia kurda. El
momento era preciso: Laleshka, la madre de la niña
e hija de von Kotzebue, agonizaba de cáncer;
Pavel Yvanovich no dejaba de velar junto al lecho de
su esposa; su suegro había viajado esa noche
a la cercana Chubut a presidir la celebración
de octubre de su secta herética. Constanza dormía
tranquila, como si no le importara el sufrimiento de
la madre, ni el temblor lejano del padre, ni la euforia
maligna del abuelo adorando al diablo.
Pero ningún diablo podía
llegar a compararse al agente George Bardo, el cerebro
número uno del poderoso Pentágono de América,
el que había mandado transplantar su propio cerebro
al de una beluga encerrada en un estanque sólo
para aumentar su capacidad psiónica, el que manipulaba
sus vivientes piezas de ajedrez alrededor del mundo,
el que controlaba psíquicamente a docenas de
agentes que habían asesinado cientos de familias
cada uno, el que esa noche había dirigido a uno
de esos agentes a ese dormitorio para que asesinara
a otra niña inocente cualquiera. O quizás
esta niña era especial... Victorino intuía
que sí, algo que incluso superaba el opresor
garfio coercitivo de su ‘jefe’ le hacía
dudar de su misión, de su propósito. “¿Tiene
reparos la pistola al saber que será jalado su
gatillo?”, pensó Victorino. “Por
supuesto que no. Yo sólo soy un arma, el aggelos
de la muerte.”
En todo el tiempo que llevaba al servicio
involuntario del Departamento de Defensa Americano,
Victorino había asesinado a cientos de niños,
a familias enteras incluso por lo que el trabajito de
esta noche no representaba mayor dificultad. ¿O
acaso Bardo ocultaba algún detalle importante?
Era factible. Si existía algo así como
el demonio, meditó Victorino, no era ese estúpido
pavo real al que le rendía culto von Kotzebue.
Satanás era el mismísimo George Bardo
quien para incrementar sus poderes psiónicos
hizo que le transplantaran el cerebro al de una beluga
que flotaba inocentemente en un estanque al interior
del Pentágono mientras manipulaba sus piezas
de ajedrez vivientes alrededor del mundo. Victorino
era una de estas piezas, augmented meat como
le llamaban despectivamente sus oficiales superiores.
Secuestrado y modificado para servir a los intereses
del Pentágono no existía lugar al que
no pudiese acceder ni persona que no pudiera eliminar.
Bardo incluso teleportaba las armas que los agentes
utilizaban en el momento justo y luego las retiraba
antes de regresarlos. Dentro de las muchas modificaciones
a las que fue sometido Victorino, y para asegurarse
que cumpliese con sus misione, estuvo la manipulación
de cierta zona del cerebro conocida como el estriado
dorsal, en la que se producen las sensaciones de alegría.
Mediante sus oscuras artes los científicos hicieron
que cada vez que Victorino le quitase la vida a alguien
se sintiera como la persona más feliz de la Tierra.
La pequeña dormía plácidamente;
una vela sobre la mesa de noche iluminaba su delicado
y pálido rostro e inflamaba aún más
su abundante cabello color escarlata. Sus suaves pómulos
casi invitaban a Victorino a tocarlos con sus gruesos
nudillos. “Diez segundos para la llegada del arma”
sintió en su cabeza, y repasó el único
factor de riesgo: el padre que aguardaba a pocos metros
de distancia sin saber de su destino.
El archivo de Bardo le había
dicho todo sobre Yvanovich: ruso de padre y madre, nacido
por obligación en Croacia, formado en la disciplinada
escuela militar de Bileca por una elite en el exilio.
Cuando de las despobladas tierras asiáticas todos
quisieron emigrar a la Gran América, él
prefirió marcharse a la ex República Patagónica,
donde trabajó como esquilador, domador de potros
y finalmente administrador de la estancia de otro inmigrante:
Drazen von Kotzebue, a quien los lugareños llamaban
‘el inmortal’ sin el menor asombro. Pronto
se enamoró de Laleshka, la hija adoptiva del
viejo, y contrajeron nupcias con la bendición
de éste. De acuerdo a Bardo, Laleshka poseía
dotes psiónicas latentes, aunque nunca lo hubiese
sabido. Si Constanza escapó el sondeo psíquico
de Bardo todos estos años había sido gracias
a que Laleshka la había blindado inconscientemente
con su poder, como cuando los Curetes simulaban ejercicios
guerreros o hacían ruido con sus espadas y escudos
de hierro cada vez que el infante Zeus lloraba. Si Kronos
hubiese detectado el engaño de Rea, si hubiese
conseguido localizar a Zeus y devorarlo como a sus otros
hijos los Titanes jamás habrían perdido
su potestad sobre el Universo. Bardo era Kronos, Constanza
era Zeus…
¿Quién era Victorino?,
una simple arma, una puñal desenvainado, un verdugo
a control remoto. No era nadie, no era nada. Sentía
envidia de Yvanovich, él había hecho en
la vida lo que se le vino en gana, nunca fue el títere
de nadie, había amado, engendrado una hija, formado
una familia… aunque estuviera a punto de perderla
podría rehacer su existencia, casarse de nuevo,
tener más hijos. Efectivamente era un kazak,
un hombre libre. Victorino en cambio era un prisionero.
Más que prisionero, era un alma torturada del
Hades, era Sísifo haciendo rodar cuesta arriba
del monte la piedra que nunca podrá coronar la
cima.
Volvió a pensar en Yvanovich
y su curioso destino: a pesar de que iba a perder a
su hija en pocos segundos, incapaz de defenderla o de
siquiera prever el peligro, había vivido como
un kazak, un hombre libre, algo que a Victorino
le estaba vedado. Lo comprobaba ahora que habían
pasado los diez segundos y su propio destino llegaba;
sintió en la palma de su mano el característico
cosquilleo que predecía la llegada del arma.
Extendió el brazo hacia el aire.
Su puño se cerró sobre la pistola.
Sin vacilar, apuntó a la niña
dormida justo en medio de los ojos. Entonces algo sucedió:
una mano se cerró en torno a su muñeca.
Victorino se dio vuelta, y entonces lo vio:
Era un ángel, no una de esas
cosas que bajaban a comerse a los muertos sino un “verdadero”
ángel como solían ser representados en
la antigüedad, un ser de andrógina hermosura
ataviado de grandes alas turquesas con cientos de ojos
como las alas de un pavo real. Su ojo derecho era azul,
su ojo izquierdo era verde, su cabello era una pira
de fuego. Iluminaba el cuarto como si fuera una estrella.
¿Era este el ángel que adoraba el viejo
von Kotzebue?, ¿Melek Taus?
Victorino quedó embelesado ante
aquel rostro masculino y femenino al mismo tiempo, y
sin saber si era él o Bardo quien hablaba abrió
la boca y dijo al ángel:
-Sunexomai de ek ton duo, tin
episumian ekon eis to analusai kai sun Konstanza.
Como respuesta el ángel se
inclinó y besó su frente antes de esfumarse.
Victorino se recobró de pronto de años
de frialdad y servidumbre, recuperó su vergüenza,
su arrepentimiento por los asesinatos que había
cometido para el Departamento de Defensa, y su libre
albedrío. En un sólo instante, exaltado
por el prodigio, lo decidió: no obedecería
al agente Bardo, no mataría a Constanza. Casi
llorando, bajó el arma.
Pero entonces sintió como si
un hierro caliente lo traspasara desde el ano hasta
la nuca, y supo que se trataba del control mental directo
del agente Bardo. Había entrado en su cuerpo
para realizar la tarea a la que el peón se negaba.
El cuerpo de Victorino giró y los brazos se levantaron
alzando el arma, pero esta vez el cañón
apuntó en medio de dos ojos verdes. Los ojos
de Constanza, muy abiertos y muy serenos, increíblemente
hermosos.
La visión de esas pupilas no
sólo extasió a Victorino; algo hubo en
ellos que hizo retroceder al mismísimo Bardo
por un instante. Suficiente para Victorino. Recobró
el control, tomó la última decisión
de su vida, introdujo el cañón del arma
dentro de su boca y disparó. Un estampido gigantesco
como el ángel, una oscuridad insondable.
Y en medio de la oscuridad, Victorino
supo que estaba muriendo, que también había
logrado acabar por fin con el invencible agente Bardo,
atrapado en su cerebro, y que la negrura tenía
un sentido: esos hermosos y serenos ojos verdes seguirían
con vida, aunque él nunca más pudiera
mirarlos.
2
Pavel Yvanovich llegó corriendo
a la pieza tras oír el disparo; los sirvientes
habían llegado antes y contemplaban al gigantesco
hombre tirado en el suelo, a Constanza arrodillada junto
a él, y a una gran mancha roja y amarilla esparcida
por la pared hasta el techo. Sangre y huesos y restos
de masa encefálica. Paralizado como nunca en
su vida, vio junto a los sorprendidos sirvientes cómo
el gigante abría los ojos, primero lentamente,
y luego incorporándose de un salto y apuntando
hacia todos lados, tan sorprendido como ellos.
-Mira detrás de ti -susurró
Constanza.
Sin poder desobedecer a esa voz, el
gigante se dio la vuelta contemplando una gran mancha
esparcida hasta el techo, sangre y restos de masa encefálica
y materia ósea pegadas al papel tapiz. Luego
se tocó la nuca intacta. Miró a Constanza,
sacudió la cabeza, y preguntó:
-¿Tú me salvaste?
-Estabas dormido y yo te he despertado
-respondió Constanza-. Serás el primero
de mis discípulos.
Sin hacer caso de Pavel ni de los
sirvientes, fijó su mirada en la niña.
Sólo pareció tomarle un segundo comprender,
y luego asentir humildemente.
-Estabas poseído -continuó
Constanza había otra presencia dentro de ti,
antigua y mala. Ahora se ha ido.
-¿Ha muerto?
-No. El adversario no morirá
hasta el Día del Juicio. Pero lo relevante es
que has nacido de nuevo y debes regocijarte, porque
tú me protegerás del adversario y sus
sirvientes que son legión. Tú eres el
primero, Victorino -sentenció la niña
muy segura de sí esbozando una tierna sonrisa
que fue como una señal.
El gigante llamado Victorino se arrodilló
frente a Constanza, apoyó la cabeza en su regazo
y comenzó a llorar como si no lo hubiera hecho
en siglos. Al compás del llanto los sirvientes
comenzaron a murmurar, “asesino del Pentágono”,
“intentó matarla”, “ella tiene
una señal divina”, y Pavel, oyendo a la
vez el llanto y los murmullos crecientes, por fin salió
de su parálisis.
-¡Apártese de mi hija!
-dijo con una voz de trueno, muy diferente al miedo
y el estupor que en realidad sentía.
-No -dijo simplemente Victorino, deteniendo
su llanto y poniéndose de pie, superando a Pavel
por más de cuatro pies-. Ya nunca me separaré
de ella.
-Hija -preguntó Pavel, sin
osar moverse más-, ¿es verdad lo que ha
ocurrido? ¿Quién es este hombre? ¿Ha
intentado matarte?
-No importa lo que era -dijo Constanza,
poniéndose de pie y tomando la mano de Victorino,
para espanto de Pavel-, sino lo que es ahora. Él
es mi protector.
Pavel intentó comprender. Constanza
era una niña extraña, pero jamás
mentía. ¿Era cierta entonces la inmortalidad
de Drazen, y la había pasado de alguna manera
a su nieta? ¿Tenía Constanza realmente
el poder de devolver la vida?
-¿Es verdad que lo has devuelto
a la vida?
-Sí -respondió sencillamente
Constanza, y Pavel sintió un vuelco en su corazón.
“Laleshka” pensó, “Constanza
puede curar el cáncer de su madre”.
-Sé lo que estás pensando
-dijo Constanza-. Y no lo haré. Es la voluntad
de Dios que mi madre muera por sus pecados. Tú
no lo comprenderías jamás. Lo que haré
será irme y comenzar mi peregrinaje.
Los sirvientes gimieron como el coro
griego, y Pavel gritó:
-¡No irás a ningún
lado! Este hombre acaba de intentar matarte. ¡Es
un asesino de los cerdos imperialistas, por el amor
de Dios!
-Ya no lo es -contestó Constanza
mientras tomaba un bolso que estaba al pie de su cama,
ya preparado-. Ha visto la luz infinita del Reino y
ha renacido para servirlo. He estado esperando la llegada
de Victorino para comenzar mi peregrinación.
Él me cuidará como un padre.
El asesino seguía mudo y erguido
mirando a Pavel con ojos de hierro, sin negar nada.
-Quédate con nosotros, Constanza
-dijo Pavel en un tono más bajo, más derrotado-.
Yo soy tu padre.
-Un hombre débil: eso es lo
que eres. Un hombre débil que viste una falsa
coraza de valor.
-¿Qué dices? -preguntó
Pavel sin comprender.
-Eres un hombre débil y no tengo
uso para hombres ni mujeres débiles en mi ejército.
No intentes detenernos o Victorino tendrá que
dañarte.
Pavel observó al asesino convertido
en guardaespaldas y vio en sus ojos negros como abismos
la fría resolución depredadora de un animal
ante su presa.
-Hija mía... -gimió Pavel-.
¿No salvarás a tu madre? ¿No respetarás
a tu padre?
-Puedo salvarla, pero no demoraré
su llegada al reino. Y no me llames hija. Ya no eres
mi padre.
Entre lágrimas, Pavel cayó
de rodillas, y apenas oyó cómo Constanza
se marchaba de la mano del gigante, del asesino, de
Victorino. Tampoco oyó cómo los sirvientes
dejaban el cuarto en respetuoso silencio y se iban a
murmurar fuera de la estancia. Cuando por fin levantó
la vista del suelo, en la habitación vacía
solo quedaba una cosa.
La pistola de Victorino, reposando
sobre la mesa de noche.
3
Pese a que a Laleshka no pareció
sorprenderle la partida de Constanza su salud comenzó
a empeorar notoriamente tras este hecho. Pavel evitó
preguntarle a su esposa sobre lo dicho por la niña,
no quería añadir un nuevo sufrimiento
a su prolongada agonía. Prefería vivir
en la ignorancia como recomendaba Ovidio, sin embargo,
cuando el fin de Laleshka era inminente Pavel no pudo
retener más la pregunta que mortificaba su corazón.
-¿Antes de marcharse, Constanza
me dijo que yo no era su verdadero padre, es esto cierto?
-Sí, amor mío. Pero
no creas que te fui infiel, oh no. Constanza no fue
engendrada por hombre alguno sino por el Melek Taus.
-¿Qué estás diciendo?
-preguntó Pavel desconcertado.
-Una noche, contigo incluso yaciendo
a mi lado, Él vino a mí e implantó
su semilla divina en mi vientre. Entonces supe que las
creencias de mi padre eran ciertas. Melek Taus no es
un demonio sino un ángel benévolo que
tras redimirse asimismo después de la caída,
se convirtió en el demiurgo que creó el
universo a partir del Huevo Cósmico. Me ordenó
que no revelara esto a nadie, ni siquiera a mi propio
padre a quien identificó como el más fiel
de sus sirvientes, hasta que Constanza se marchara a
cumplir con su ministerio.
-Laleshka, amor mío, estás
desvariando…
-No, Pavel -dijo ella muy serena-.
Constanza es la nueva Mesías, es la hija de Melek
Taus…
-Melek Taus no es más que un
invento de tu padre para satisfacer su vocación
mesiánica y salvacionista...
-¡Pavel! -exclamó Laleshka
recobrando el color en sus mejillas-. ¡No hables
así de papá! ¿Cómo puedes
ser tan desagradecido? Él ha sido como un padre
para ti.
-Sí, es cierto -contestó
Pavel tomando delicadamente a su esposa de los hombros-.
Pero desde que comenzó a organizar su secta ha
cambiado, ya no es el mismo Laleshka...
-¡Claro que no es el mismo!
Como yo ha visto le verdad, le ha sido develado el camino
y ha entrado en comunión verdadera con Melek
Taus.
Pavel sacudió la cabeza. Su
moribunda esposa estaba en una situación de conciencia
invenciblemente cautiva como para poder tener un pensamiento
libre, y de conciencia invenciblemente errónea
como para poder pensar que las cosas pudieran ser de
otro modo. No valía la pena discutir, lo mejor
era seguirle la corriente.
-Discúlpame querida, no sé
lo que estoy diciendo. Supongo que el dolor alimenta
mis palabras, el dolor de haber perdido a mi hija y
de estar pronto a...
La voz de Pavel se quebró y
una lágrima rodó por su mejilla.
-¿De estar pronto a perderme
a mí? -dijo Laleshka completando la frase-. No
me perderás, amado Pavel, tampoco a Constanza.
Ella salvará a toda la humanidad de los demonios
disfrazados de ángeles, ella nos liberará
del yugo del falso dios abriéndonos las puertas
del reino de Melek...
En ese momento la moribunda mujer
abrió muy grandes los ojos fijándolos
en el techo.
-¡Es hermoso, Pavel! -exclamó
con su último aliento-. ¿Puedes verlo?,
¿puedes ver cómo se abren las nubes...?
Y con esas palabras, Laleshka abandonó
el mundo de los vivos.
El viejo von Kotzebue entró
en la habitación que hedía a muerte y
posó su recia mano sobre el hombro de Pavel.
-Por fin nuestra querida Laleshka descansa
en paz -dijo Drazen. ¿Había escuchado
la conversación antes de entrar? “Ya
no importa”, se dijo Pavel. “Laleshka
y Constanza ya no existen para mí”.
-Aún debemos disponer de su
cuerpo -continuó fríamente von Kotzebue,
como si no estuviese hablando del cadáver de
su hija sino de un ternero recién faenado-. Llamaré
a las criadas para que la amortajen y luego la llevarás
fuera.
-¿En medio de la noche, Drazen?
-objetó Pavel-, ¿no sería más
apropiado esperar hasta la mañana para preparar
todo como es debido, para traer al sacerdote?
-¡Nada de frailes! -explotó
von Kotzebue-. Si no lo quieres hacer tú pues
lo haré yo -y sin dificultad alguna tomó
el derruido cuerpo sin vida de su hija entre sus brazos
y salió del dormitorio ante las miradas compungidas
de los sirvientes. Pavel se quedó inmóvil
como estatua de piedra por unos minutos y luego salió
corriendo tras el viejo. Algunos criados le siguieron
pero él les ordenó que los dejaran solos.
El viejo recostó a su hija
junto a un joven nogal que él mismo había
plantado y se quedó ahí, de rodillas junto
al pálido cadáver que a la luz de la luna
parecía de porcelana.
-Melek Taus, aceppi et caro data
archangeli -murmuró Drazen.
-Aceppi et caro data archangeli
-repitió Pavel omitiendo el nombre del demonio
que su difunta esposa y su suegro adoraban.
Y como si de una invocación
se tratase, he aquí que ante ellos se materializó
una imponente figura de tres metros de alto y enormes
y emplumadas alas azules repletas de ojos. Su rostro
era infinitamente bello, su sonrisa dulce y sus ojos
bicolores tiernos y compasivos. Su cabello era una llamarada
de fuego, era hombre y mujer a la vez… y también
algo más. Era el Aenigma Regis, el Matrimonio
Sagrado hecho carne.
-¿Melek Taus? -preguntó
el viejo con una inmensa expresión de alegría
en su rostro-. ¿Vienes por mi hija, oh Lucifer?
La espléndida criatura no respondió
pero sus acciones confirmaron las palabras de von Kotzebue.
Recogió a Laleshka de la tierra donde yacía
y acunándola como a un bebé en sus poderosos
brazos desapareció en un destello de luz que
iluminó toda Skold.
4
Tras la partida de Constanza Skold
se convirtió en una próspera ciudad. La
mayoría de los inmigrantes habían llegado
atraídos por los rumores de la extraordinaria
aparición angélica y la pequeña
iglesia del incipiente pueblo ya era una imponente catedral.
Cansado de los “peregrinos” que deseaban
visitar el sitio exacto donde Melek Taus se llevó
a su hija, von Kotzebue construyó una gran muralla
electrificada en torno a su estancia y se encerró
en ella. A los únicos que dejaba ingresar era
al círculo interno de los yazidis, la antigua
religión pre-islámica que von Kotzebue
había resucitado tras su llegada al confín
del mundo. La negativa de von Kotzebue por convertir
su hogar en un templo de adoración, sobre todo
tras las noticias de los milagros obrados por su nieta,
reforzó el poder de la Nueva Iglesia Católica
que lo identificaba como un traidor y un hereje que
adoraba al demonio.
Pavel intentó mantenerse al
margen de estas polémicas pero eventualmente
tuvo que elegir un bando, y no fue el del hombre a quien
consideraba casi como un padre. Si bien había
visto con sus propios ojos al ángel que bajó
del cielo, no para devorar el cuerpo sin vida de su
esposa sino para transportarlo entre sus brazos hasta
perderse en las nubes, no podía asegurar que
se tratase del Melek Taus al cual el viejo Drazen rendía
culto junto a sus acólitos. Esto fue causa de
muchas discusiones entre ambos las que terminaron por
alejarles el uno del otro. Pavel sabía que las
creencias heréticas de su suegro más temprano
que tarde les acarrearían problemas con el Gobierno
Central además de ser un serio escollo en sus
aspiraciones políticas. Con el dolor de su alma
no le quedó otra opción más que
darle la espalda a su suegro y mentor.
En respuesta el viejo Drazen no recibió
más a Pavel en la estancia he hizo montar guardias
armados en la muralla. Tras esto la Gran América
decidió intervenir en Skold enviando tropas y
diplomáticos a restaurar el orden. Los americanos
estaban acostumbrados a ello, lo venían haciendo
desde hacía siglos.
Cuando los representativos y fuerzas
del poder central finalmente se retiraron, los adoradores
de Melek Taus habían sido puestos tras las rejas
y el viejo condenado a reclusión domiciliaria
a perpetuidad. Se le permitió conservar la estancia
pero gran parte de sus terrenos, incluyendo el sitio
donde el ángel había aparecido, le fueron
expropiados. Curiosamente la única medida que
adoptó la justicia americana para asegurar que
von Kotzebue cumpliera su reclusión fue construir
una acequia circular alrededor de la gran casona, a
la que podría accederse por medio de un puente
de madera. La inusual medida al parecer funcionó
ya que el viejo nunca intentó salir de la casa.
Una vez resuelto el “problema von Kotzebue”,
los poderes centrales designaron a un gobernador de
los suyos por cuatro años para poner todo en
orden y velar por la seguridad, luego de este período
el cargo podría ser electo mediante votación.
Pavel Yvanovich obtuvo un aplastante 68% de ventaja
por sobre los otros candidatos y se convirtió
en el nuevo Gobernador electo por sufragio popular de
la ciudad de Skold. Y cumplido su primer período
fue reelecto una, y otra vez.
A doce años de la partida de
Constanza, la Skold original estaba prácticamente
en ruinas. En sus dependencias ya no había más
domas o jineteadas, no se arreaba ganado, no se esquilaban
ovejas, no se realizaba el marcado y yerra de vacunos
y mucho menos se adoraba a Melek Taus. Los únicos
habitantes de la estancia eran el viejo Drazen von Kotzebue
y su servidumbre entre los cuales se encontraba una
enfermera que jamás se apartaba de su lado.
No eran pocos quienes aseguraban que
la devoción de aquella joven y bella muchacha
por aquel decrépito nonagenario que se negaba
a morir bordeaba lo patológico. Y efectivamente,
Esperanza -que era el nombre de la enfermera contratada
por el Gobernador para cuidar de su suegro que seguía
sin dirigirle la palabra tras todos estos años-
amaba al anciano. El viejo von Kotzebue, grande y fuerte
como un roble se había derrumbado tras la intervención
del Gobierno Central y el desmantelamiento de su “organización
subversiva”. A los pocos meses de encierro rehusó
a levantarse de la cama y hubo que alimentarlo vía
intravenosa ya que se negaba a comer. Fue entonces cuando
Pavel contrató a Esperanza para que lo cuidase,
a sabiendas que aquella joven de dieciocho años
que él conocía desde niña siempre
había profesado una admiración más
allá de lo normal por el viejo.
¿Había hecho lo correcto
al encargarle aquel trabajo a Esperanza?, meditaba el
Gobernador en su espléndida oficina a un costado
de la plaza de Skold, junto a la iglesia. Quizás
fuese lo mejor para von Kotzebue, pero ciertamente no
para ella. Pavel pensaba en que el viejo a sus noventa
y cuatro años moriría pronto, pero ya
habían transcurrido casi diez años desde
su apoplejía y todo indicaba que podría
seguir postrado eternamente, cada vez más deteriorado
en lo físico y mental, pero incapaz de morir.
Pavel se preguntaba si no sería cierto que von
Kotzebue era inmortal tal y como le afirmó cuando
se conocieron.
Antes de abandonar Croacia, Pavel
había escuchado decir a su abuelo que lo único
a lo que Drazen von Kotzebue temía era al ser
devorado por un arcángel por lo cual se marchó
en busca de la fuente de la inmortalidad localizada
en la mítica Ciudad Encantada de la Patagonia,
una leyenda cuyo origen se remontaba a 1529 y que perduró
hasta fines del siglo XVIII. Por alguna razón
Drazen creía aquel viejo mito y aseguraba haber
hallado la Ciudad y haber bebido de la fuente de la
inmortalidad en medio de su plaza. Obviamente que nadie
le creía, sobre todo al ver que iba envejeciendo
como cualquier otra persona. Cuando le señalaban
esto, von Kotzebue se defendía diciendo: “confunden
inmortalidad con juventud eterna, y no es lo mismo”.
Lo fuese o no, de todas maneras el viejo se ganó
el apodo de “El Inmortal”, lo que le complacía
enormemente.
Pavel seguía sin tragarse todo
ese cuento de su hija convertida en Mesías y
por supuesto que no daba crédito alguno a las
palabras de Laleshka en su lecho de muerte ni a la convicción
del viejo que los arcángeles realmente eran demonios
y que el verdadero Dios era Melek Taus, señor
de los Heptad o Siete Seres Celestiales conocidos también
como heft sirr. Pero sabía muy bien que el ángel
que apareció aquella noche para llevarse a Laleshka
era real, tan real como la condición de “'nueva
Mesías”' que ostentaba Constanza, convertida
ya en una mujer de veinte años.
Todo el tiempo llegaban noticias de
los prodigios que obraba la Mesías. Había
sanado a muchísima gente en su peregrinaje al
valle central de Chili-Mapu y resucitado a quince personas,
cuatro de las cuales habían muerto a manos de
un asesinado enviado por el Pentágono. Según
se rumoreaba de entre los numerosos atentados contra
la vida de Constanza ese fue el que más cerca
estuvo de lograr su objetivo y desde entonces sus acólitos
la resguardaron con un celo aún mayor, recibiendo
varias veces las balas, misiles, y armas cortopunzantes
por ella. No que significara un gran sacrificio para
sujetos cuyas heridas se sanaban instantáneamente.
Al parecer el único capaz de eliminar de forma
efectiva a los seguidores de Constanza había
sido ese agente del Pentágono en armadura medieval,
neutralizado por Victorino.
Pavel abrió uno de los cajones
de su escritorio y contempló la pistola del Primer
Acólito que aún conservaba. A excepción
de una bala el cartucho estaba lleno. Empuñó
el frío mango del arma, la sostuvo unos minutos
entre sus manos y la regresó a su sitio. Luego
se dirigió hacia el amplio ventanal que dominaba
la plaza. Entre el gentío de comerciantes, artistas
callejeros y pintores, Pavel distinguió a su
esposa. Era fácil verla incluso desde lejos ya
que no había nadie en toda Skold que le superara
en estatura. Matilde medía dos metros y quince
centímetros y su larga cabellera era tan blanca
como la nieve de los ventisqueros. Por sus venas corría
sangre mánekenk, la etnia más antigua
en habitar Tierra del Fuego, y también sangre
celta ya que su abuelo era irlandés. Matilde
se paró en medio del gentío y alzó
su mano para saludar a su esposo. Pavel contestó
el saludo y Matilde continuó caminando hacia
la gobernación. Ella sabía que él
la engañaba con cuanta mujer se le ponía
por delante, y él sabía que ella sabía
pero nunca hablaban de ello. Pavel necesitaba una esposa
a su lado y a Matilde tras una vida de privaciones sólo
le importaba la seguridad económica que el hombre
más poderoso de la zona podía proporcionarle.
Pavel no la amaba, ella era sólo un elemento
decorativo más de su rol político. Jamás
podría arrancar de su corazón a Laleshka,
ni a esa ingrata chiquilla de cabello rojo...
El insistente campaneo del intercomunicador
retrotrajo a Pavel de sus meditaciones.
-Gobernador -dijo la secretaria-. Tengo
al comisario Goyeneche en la línea dos.
-Déme con él.
-Sr. Yvanovich… la locomotora…
se aproxima la locomotora -anunció alguien a
quien parecía faltaba el aliento.
-¿El Dr. Armund? -preguntó
Pavel.
-Sí, la locomotora del Dr. Armund
fue avistada a dos días de Skold y aparentemente
se dirige hacia acá. ¿Cuáles son
sus órdenes?
-Envíe a cinco hombres armados
a su encuentro -ordenó Pavel al comisario.
-¡De inmediato, señor!
-contestó marcialmente Goyeneche.
Nuevamente reinó el silencio
en la oficina de Pavel Yvanovich. ¿Qué
podría traer al Dr. Armund K. y los suyos a Skold?
5
El Dr. Armund K. era una de esas personas
que Pavel hubiese deseado no toparse nunca en la vida
y su presencia sólo podía augurar problemas.
Armund era bien conocido tanto por aquellos que detentaban
información y poder como por los incautos que
se habían cruzado en su camino. Como ocurre con
todo personaje enigmático las historias en torno
al Dr. Armund K. se entrelazaban en una confusa y hasta
contradictoria madeja. Se desconocía su nacionalidad
pero se le presumía armenio, aunque había
quienes aseguraban su proveniencia de la India. Lo cierto
es que a la tierna edad de once años el Dr. fue
reclutado por el Departamento de Defensa Americano cuando
su inusual “habilidad” se hizo evidente.
Ocurre que el pequeño Armund tuvo la mala idea
de jugar en las cercanías de un campo minado
y tras pisar una de esas antiguas y obsoletas armas
militares perdió el brazo y la pierna derecha,
bueno, no los perdió sino que le amputaron lo
que quedó de ellos. Armund no se resignó
a usar la precaria muleta que le ofrecieron en el hospital
y se construyó un brazo y piernas mecánicas
con piezas y partes que reunió del depósito
de chatarra de su padre. ¿Cómo lo hizo?,
fue lo que la gente del Pentágono se preguntó
una vez enterados de la noticias, y como solía
ocurrir con esta gente cuando deseaba algo, lo averiguaron
secuestrando al joven y sometiéndolo a un sinfín
de pruebas.
Armund poseía una extraordinaria
habilidad para inventar ingenios mecánicos, desconocida
por él hasta el evento de la mina. Éste
talento era de alguna forma “instintivo”
y a diferencia de los grandes cerebros del Departamento
de Defensa Americano que debían trabajar concientemente
de acuerdo a principios teóricos, el Dr. Armund
operaba sin seguir ninguna secuencia lógica por
lo que ni él mismo sabía explicar cómo
había ideado un invento y muchas veces no sabía
siquiera cómo funcionaban. Durante veinte años
Armund fue trabajó para el Pentágono inventando
toda clase de artilugios para ellos. Si no podía
crear un aparato que se le encargara, como por ejemplo
una máquina teletransportadora capaz de emular
el poder del Agente Bardo, tal artilugio era imposible
de construir, lo que por cierto tranquilizaba a los
militares ya que los “enemigos del Estado”
tampoco serían poseedores de tal tecnología.
Pero ocurrió que a sus treinta
y dos años el Dr. Armund decidió que quería
conocer el mundo e inventó una bomba nuclear
portátil que ocultó muy bien en los laberintos
y pasajes subterráneos del Pentágono en
cuyas sombras muy pocos se atrevían a penetrar.
El detonador estaba instalado en su brazo mecánico,
el que a su vez estaba unido a su sistema nervioso central.
Ante cualquier amenaza contra su persona Armund no tendría
más que concentrase en la bomba y ésta
explotaría junto al Pentágono y todo lo
que se encontrase a diez kilómetros a la redonda.
¿Era un gambito o Armund hablaba en serio? Ni
siquiera el Agente Bardo podía corroborar las
afirmaciones del inventor ya que era opaco a sus sondeos
mentales y poderes coercitivos.
Respaldando las amenazas del Dr.,
sin embargo, estaba todo el arsenal del Pentágono
e incluso una máquina para acceder a universos
paralelos instalada en las ciénagas de Florida,
mediante la cual Bardo intentaba traer a nuestro mundo
al profetizado verdugo de Constanza. Porque antes que
su mente fuese casi destruida debido al lazo psiónico
con el Primer Acólito, Bardo tuvo una visión…
Un caballero en armadura medieval mataba a Constanza,
un caballero que no pertenecía a este mundo…
Bardo debía encontrarlo, sólo él
podría eliminar a esa molesta chiquilla. Tras
varios intentos desastrosos, Bardo por fin pudo traer
a un ser ataviado de armadura desde otro plano dimensional,
pero no era el que buscaba. Regresando al Dr. Armund,
al Departamento de Defensa no le quedó otra que
dejar ir a su segundo hombre más preciado (si
es que puede considerarse hombre a Bardo).
Armund quería recorrer el mundo,
llevar una vida nómada y contemplar a esos arcángeles
contra quienes no había podido inventar ningún
artefacto que los dañara o permitiese siquiera
su captura. Una vez llegó al primer basurero
metalúrgico, Armund puso manos a la obra y construyó
su célebre “locomotora”. Ciertamente
que no se trataba de uno de esos antiguos vehículos
que corrían sobre rieles pero se asemejaba bastante
con su nariz cilíndrica y sus doce ruedas todo-terreno.
Se desconocía la clase de motor que ésta
poderosa máquina poseía pero se rumoreaba
era un mini-reactor nuclear o algo por el estilo. La
locomotora tenía incorporada una verdadera casa
con todas las comodidades imaginables y cinco habitaciones,
el Dr. Armund K. pretendía formar una familia
y previsor como era construyó los espacios adecuados
para su futura esposa e hijos.
Durante más de una década
el Dr. Armund recorrió cada una de las ciudades
y pueblos de la Gran América reparando todo tipo
de aparatos mecánicos en desuso, lo que se convertiría
en un sustento económico importante ya fuese
a cambio de dinero, gallinas o mobiliario. En uno de
esos pueblos, Armund conoció a su primera esposa
y madre de su primogénito. Durante cinco años
el Dr. se quedó en aquel pueblo de Kansas, hasta
que por razones sólo conocidas por él
decidió marcharse junto a su hijo Ross, quien
a sus cortos años ya exhibía una fuerza
prodigiosa. De ahí el Dr. Armund emprendió
rumbo hacia Inframerica hasta llegar a las Cataratas
de Iguazú en Brasil, donde decidió fundar
su propio pueblo, una comunidad utópica con todos
los adelantos tecnológicos que él era
capaz de construir sin dañar el sobrecogedor
e indómito paisaje que lo rodeaba.
De esta forma nació la fortificada
Armunda, una ciudad-fortaleza de treinta mil hectáreas
regida con mano de hierro por el Dr. en base a estrictas
leyes implantadas por él mismo: una de las principales
era que aquellos que entraban a Armundia jamás
podrían salir a menos que fuesen exiliados. El
Dr. no tuvo problemas para encontrar mano de obra para
fundar su utopía entre los lugareños junto
a los cuales se encerró tras esas inexpugnables
murallas una vez finalizados los trabajos. El Dr. Armund
sabía muy bien que su comunidad motivaría
el rechazo de la Gran América y sobre todo de
la Iglesia por lo que construyó un sofisticado
sistema de armamentos capaz de repeler cualquier tipo
de ataque.
No se sabe mucho sobre lo que ocurría
al interior de Armundia ni cuál era el estilo
de vida de sus habitantes salvo que una de las normas
impuestas consistía en el “derecho carnal”
que el regente poseía sobre todas la mujeres
en edad de merecer. De ésta forma en el lapso
de veinte años el Dr. tuvo cerca de ciento cincuenta
y ocho hijos, todos los cuales poseían en menor
o mayor medida alguna habilidad, por decir lo menos,
“sobrehumana”.
Tras veinticinco años de fundar
Armundia y nuevamente por razones desconocidas, el Dr.
cedió el liderazgo de su comunidad al más
competente de sus hijos y se marchó en su vieja
locomotora junto a su primogénito y sus dos vástagos
más jóvenes, los mellizos Genivania y
Aramis. De pueblo en pueblo la fama del tecnochamán
y sus prodigiosos hijos se fue incrementando pero a
diferencia de Constanza, el Dr. Armund K. no toleraba
a los seguidores y cuando le molestaban demasiado, simplemente
tomaba su locomotora, a sus fieles hijos y se marchaba.
Armund y sus retoños obraron
varios prodigios en toda Inframerica, construyendo represas,
sistemas de riego, plantas de energía hídrica,
solar y eólica y reparando tractores y toda clase
de aparatos a cambio de sumas ridículas de dinero,
baratijas o simplemente nada. Se decía de Ross
que era tan fuerte que en cierta ocasión, para
demostrarlo, levantó sobre su cabeza una roca
de una tonelada (aunque luego se hundió en el
suelo a causa del peso). Lo que tenía de fuerte,
el calvo de Ross lo tenía de torpe. Los mellizos
en cambio eran brillantes como Armund: de Genivania
se decía era capaz de “influir los campos
de probabilidades” sea lo que fuese que significara
aquello mientras que Aramis era capaz de correr a velocidades
que ningún vehículo motorizado podía
igualar. Genivania y Aramis casi nunca se separaban
y mucha veces se les veía tomados de las manos
o besándose en público. Al parecer el
incesto era uno de los tabúes permitidos en la
comunidad fundada por su padre.
En Ecuador terminó por completarse
la curiosa banda del Dr. Armund K. con la incorporación
de Heckle y Jeckle, dos anomalías que causaban
todo tipo de estragos en Cotopaxi. Estos inusuales arcángeles
tenían el tamaño de niños de cinco
años y se comportaban la mayor parte del tiempo
como tales. Se alimentaban de carne cruda proveniente,
no de cadáveres, sino de animales que cazaban
y parecían ser más “corpóreos”
que los arcángeles verdaderos ya que las piedras
y las balas los dañaban, aunque no permanentemente.
Lo primero que los habitantes del
pueblo le solicitaron al Dr. fue que los librara de
aquellos querubines de pesadilla. Dados sus anteriores
intentos por capturar arcángeles el Dr. Armund
dudó tener éxito, pero estos no eran arcángeles
normales sino “mutantes” cómo él
y su descendencia y al tener una forma física
más estable que sus hermanos mayores pudieron
ser apresados gracias al trabajo en equipo de Genivania,
Aramis y Ross.
Armund fue declarado héroe por
los lugareños y se celebró una gran fiesta
en su honor esa noche. Al día siguiente la locomotora
abandonó Cotopaxi, con sus dos querubines cautivos.
Con el tiempo los querubines se convirtieron
en otro de los tantos beneficios que el Dr. Armund K.
ofrecía en cada pueblo que su locomotora visitaba.
Existían ciertas personas que ansiaban ser devorados
por los arcángeles, que no podían soportar
estar vivos a sabiendas que los esperaba la gloria de
Dios. No podían suicidarse ya que los arcángeles
no devoraban los cadáveres de aquellos que se
quitaban la vida, y tampoco lograban conseguir alguien
que se “apiadara de ellos” y los matara
ya que estos arriesgaban, además del encarcelamiento,
su alma inmortal. A esos pocos individuos desesperados
que implorantes acudían ante el Dr. Armund, éste
les administraba una droga descubierta por uno de sus
hijos que “simulaba” la muerte. Ya la habían
probado sin éxito en Armundia, pero el Dr. tuvo
la idea que tal vez sus querubines fueran incapaces
de detectar la diferencia entre un muerto real y uno
simulado y así fue. Heckle y Jeckle únicamente
probaban carne humana si era de un 'falso cadáver'.
Una vez degustaron aquella delicia se estuvieron mucho
más tranquilos en su jaula al interior de la
locomotora, siempre esperando volver a alimentarse de
los hijos de Dios que tanto recelaban.
6
“Tendré que esperar a
que regresen los hombres de Goyeneche para saber qué
busca Armund en Skold”, se dijo Pavel mientras
regresaba a su cómodo sofá. En ese preciso
instante sonó nuevamente el intercomunicador.
-¿Sr. Yvanovich? -dijo la secretaria
del otro lado de la línea-, hay un joven aquí
que solicita audiencia. Dice ser hijo del Dr. Armund
K.
-¿Qué?, hágalo
pasar de inmediato.
La puerta de roble tallado de la oficina
de Pavel se abrió dando paso a un joven de unos
dieciséis años, de contextura atlética,
con el cabello muy negro, piel bronceada y rasgos faciales
muy finos. Vestía un extraño traje de
color azul y apariencia plástica, con el diseño
de un relámpago plateado que le cruzaba todo
el pecho.
-Aramis, presumo -dijo Pavel.
-Presume bien Sr. Gobernador -respondió
cortésmente el notable muchacho-. Mi padre me
envió a anunciarle nuestra llegada a su hermosa
ciudad.
-Me dijeron que ustedes se encontraban
a dos días de aquí…
-Así es, a la locomotora le
tardará un par de días recorrer la distancia
que la separa de Skold, y por cierto debo regresar antes
que se enfrié mi desayuno. ¿Tiene algún
mensaje para mi padre?
-¿Vienes corriendo desde la
locomotora?
-Mi fama de velocista me precede -dijo
el joven aparentando falsa modestia-. Sí Sr.
Gobernador, no me ha tomado más que diez minutos
y ningún esfuerzo llegar aquí. ¿Algún
mensaje para mi padre?
-Eh… nada más que es
bienvenido en Skold, sea cual sea el motivo de su visita.
¿Requieren de alojamiento?
-Sólo un sitio tranquilo donde
estacionar nuestro vehículo.
-Pueden hacerlo en mi estancia si
así lo desean, está lo bastante apartada
de la ciudad.
-La célebre Estancia Sklod,
lugar de nacimiento de Constanza. Hacia allá
nos encaminaremos, Sr. Gobernador. Gracias por su oferta.
-Si quieren les puedo proporcionar
un guía, e incluso una escolta que los lleve
hasta allá.
-No será necesario, gracias
por su amabilidad, nos veremos en un par de días
-aseguró el joven antes de desaparecer.
-Srta. Lourdes -dijo Pavel apretando
el botón que le comunicaba con su secretaria.
-¿Dígame Gobernador?
-Comuníquese con Goyeneche
de inmediato.
-Sí Señor.
-Dígale que no envié
a sus hombres y que si lo hizo que se regresen. No quiero
que nuestra ilustre visita se sienta intimidada de forma
alguna.
-De acuerdo Señor.
“No nos conviene contrariarlo”,
pensó Pavel Yvanovich.
7
El Dr. Armund K arribó poco
después del atardecer, tal y como Pavel esperaba.
Su famosa locomotora era un vehículo imponente,
mucho más grande de lo que el Gobernador esperaba.
Cómo diablos se movía semejante mole con
tanta velocidad y sin necesidad de combustible era una
de las tantas preguntas que Pavel había presupuestado
no formular considerando que ni el mismo Dr. sabría
cómo contestarlas.
El primero en descender del ingenio
mecánico fue la ya familiar y atlética
figura del joven Aramis; le siguió un individuo
de estatura más bien baja pero de hombros anchos
y brazos tan gruesos como sus muslos, Ross no poseía
cabello alguno sobre su cabeza y lucía un cuidado
y anacrónico bigotillo. Ambos hombres se quedaron
de pie, uno a cada lado de la puerta de la cual finalmente
bajó el célebre Dr. Armund K. del brazo
de su hija Genivania de ensortijado cabello castaño
que vestía un corsé negro y medias de
liga. Incómodo, Pavel se dio cuenta que estaba
experimentando una erección ante la muchacha
y rápidamente intentó apartar aquellos
pensamientos lujuriosos que poblaban su mente.
Armund a sus sesenta y dos años
lucía como de cincuenta. Daba la impresión
de ser una persona de contextura gruesa debido a su
rostro redondeado y sus pequeños pero vivaces
ojos muy cercanos al puente de su fina nariz de diminutas
fosas nasales, pero la verdad es que era un poco más
delgado que el mismo Pavel.
El Gobernador y sus invitados intercambiaron
las cortesías de rigor y luego ingresaron a la
hacienda donde fueron recibidos por la impresionante
Matilde que cual cariátide de mármol,
hacía que la vieja estancia no tuviese nada que
envidiarle al Erecteion de la acrópolis Ateniense.
Pavel invitó a sus huéspedes
a hacer uso de las habitaciones de la estancia si así
lo deseaban, pero el Dr. Armund declinó cortésmente
aduciendo que ellos siempre dormían dentro de
la locomotora.
-¿Me acompañarán
a cenar por lo menos? -preguntó el Gobernador.
-Por supuesto -contestó Armund,
estoy ansioso por degustar la comida Sklod. Pero antes
me gustaría que nos diese un recorrido por su
hacienda, si no le importa.
-No, para nada, por aquí por
favor.
Pavel llevó a sus invitados
a recorrer la estancia cuya decoración era profusa
en reliquias históricas y antigüedades que
amoblaban los distintos salones y los cuartos del piso
superior demostrando todo el esplendor de los estancieros
argentinos del siglo XIX. Por supuesto que no los llevó
al dormitorio principal (que ocupaba el viejo Drazen)
ni al cuarto de Constanza (de cuya pared nunca habían
podido borrar esa horrenda mancha de materia gris y
sangre seca) pero sí a las otras habitaciones,
todas con grandes chimeneas y balcones desde donde Pavel
solía disfrutar de los colores, sonidos y aromas
propios de la vida de campo… antes que Constanza
decidiera marcharse…
Tras el recorrido, Pavel y sus invitados
se sentaron a una mesa para doce personas en lo que
fuera el antiguo gallinero donde von Kotzebue mantenía
a sus pavos reales, convertido ingeniosamente por Pavel
en una amplia sala de reuniones. La cubertería
había sido dispuesta para que los seis comensales
se sentaran de a tres a cada costado de la mesa. Armund
se sentó con los mellizos a un lado, y Pavel
junto a su señora y el silencioso Ross del otro.
Los huéspedes disfrutaron,
entre otros platos, de una exquisita pierna de cordero
con dulce de rosa mosqueta, guiso de carne de jabalí
y liebre patagónica a la cacerola, todo esto
acompañado de abundante vino y torta galesa de
postre. El Dr. Armund y Ross comieron todo cuanto se
les puso por delante mientras que Aramis y Genivania,
que se la pasaron bromeando cómplicemente entre
ellos durante toda la velada, apenas sí probaron
el guiso.
Mientras comían, el Dr. alabó
las artes culinarias del cocinero, preguntó por
el estado de salud de von Kotzebue y dijo haberse cruzado
con la Mesías Constanza y sus seguidores hacía
un par de meses. Habló de los lugares que él
y sus hijos habían visitado y de cómo
capturaron a esos dos pequeños demonios que bautizó
como Heckle y Jeckle, a quienes mantenía encerrados
en una jaula al interior de la locomotora. Cuando Armund
por fin se calló, Pavel pudo preguntarle qué
lo traía hasta Skold.
-Sólo estamos de paso, veremos
en qué puedo ayudar a sus electores, Sr. Gobernador
y luego partiremos a Chubut. He oído que Skold
muy pronto se convertirá en la nueva capital
de la Patagonia.
-Así es -confirmó Pavel-,
pese a todo el lobby que han hecho los de Chubut
para arrebatarnos el privilegio.
-Hay muchas cosas que podría
reparar aquí, Dr. -interrumpió Matilde,
embelesada con Armund.
-Pues encantado las repararé,
y si no pueden ser reparadas, pues inventaré
unas nuevas.
-Siempre he querido saber cómo
es que puede inventar y reparar cosas sin saber ómo
hacerlo, Dr. -dijo Pavel fastidiado ante la excesiva
atención que Armund estaba recibiendo por parte
de su esposa.
-La invención es una forma de
arte, Gobernador, y no es más lógica que
componer música o escribir poemas -respondió
el aludido.
-¿Escribe poemas usted, Dr.?
-preguntó melosamente Matilde-, me encanta la
poesía.
-A mí también pero lamentablemente
no poseo la habilidad para escribirla, aunque tengo
un hijo que es un gran poeta…
-¿Me está diciendo que
la inventiva y la creatividad son una forma de arte
cerrada al análisis científico? -interrumpió
Pavel.
-Bueno, sé que existe consenso
en que tanto la creatividad como la inventiva pueden
estudiarse empleando el método científico,
pero los resultados siempre me han parecido insatisfactorios.
En cuanto a mí, dichas investigaciones ciertamente
no se aplican. Durante veinte años los grandes
cerebros del Pentágono intentaron averiguar cómo
es que yo utilizaba y recuperaba información
para idear soluciones innovadoras a los problemas y
cómo dicho conocimiento era transformado, elaborado
y empleado por mi mente. ¿Cómo podrían
entender algo que ni siquiera yo entiendo, algo tan
imposible como atrapar un arcángel?
-Sin embargo usted pudo capturar a
dos de ellos -mencionó Matilde.
-No en realidad -explicó Armund-.
Heckle y Jeckle no son arcángeles en estricto
rigor, son, por decirlo de alguna manera…
-Mutantes, como usted y sus hijos
-espetó Pavel.
Un incómodo silencio reinó
en el comedor seguido de una intensa mirada de odio
por parte de Matilde a su marido.
-Vaya, esa es una palabra que no escuchaba
hace mucho tiempo -dijo calmadamente Armund-, es como
oír algo dicho por mi abuelo.
-Propongo que brindemos por los mutantes
-dijo Aramis poniéndose de pie, seguido por todos
los demás. A Pavel no le quedó otra sino
imitar a sus contertulios.
-¡Por los mutantes! -exclamó
Armund.
-¡Por los mutantes! -repitió
el resto para luego volver a sentarse.
-¿Entonces le ha gustado la
estancia? -preguntó Matilde cambiando rápidamente
de tema.
-Sí, pero tengo entendido que
ustedes no residen aquí, ¿no es verdad?
-Así es, mi marido aborrece
este sitio.
-Tengo mis razones -explicó
Pavel.
-Por supuesto -afirmó Armund
dando a comprender que conocía muy bien las razones-.
En este lugar por lo tanto sólo habita el Sr.
von Kotzebue y sus sirvientes.
-Así es, y una vez que el viejo
muera esperamos convertir este lugar en un hotel para
recibir a los peregrinos -sentenció Matilde.
-Ah, sí. Los que vienen a orar
ante el árbol donde se apareció Melek
Taus ¿no?
-Se trataba de un arcángel,
común y corriente mi buen doctor -corrigió
Pavel-, no de la falsa deidad tercamente adorada por
mi suegro.
-Disculpe usted, Gobernador, ¿pero
quien osaría en estos tiempos poner en duda la
existencia de seres sobrenaturales o de naturaleza divina?
-Sé lo que vi, eso no era Melek
Taus.
-¿Y cómo lo sabe? Las
inteligencias descarnadas pueden adoptar muchas formas.
Lo han hecho a lo largo de toda la historia de la humanidad
y los arcángeles no son más que una de
sus materializaciones más recientes. A fines
del siglo pasado les llamaban alienígenas y OVNIs,
antes de eso hadas y fantasmas.
-¿Es usted un yazidi, Dr. Armund?
-preguntó Pavel alzando una ceja.
-Respeto las creencias y religión
de mis ancestros armenios.
-Mi suegro es de ascendencia kurda.
-Lo sé, Gobernador y eso es
algo que nos hermana. Ambos tenemos raíces en
la sagrada Kurdistán repartida infamemente entre
Turquía, Iraq, Irán y Siria. Ambos somos
miembros de la diáspora kurda y creemos en Melek
Taus.
-En Lucifer.
-Ese es un prejuicio y un error bastante
común cuyo origen se debe al otro nombre dado
a Melek Taus es el mismo de Satán en el Corán:
Shaytan. Sin embargo, la palabra Tauz deriva de las
palabras griegas Zeus y Theos aludiendo a Dios y no
al diablo. Malak Ta'us es el Ángel de Dios y
es así como nosotros los yazidis visionamos a
Melek Taus, líder de los arcángeles. Él
estaba presente cuando Adán vivía en el
Paraíso, y cuando Nemrud arrojó a Abrahám
al fuego y Dios le dijo: "Tú eres el amo
y Señor del mundo", y le otorgó siete
tierras y tronos del cielo...
-Disculpe Dr. Armund, pero la religión
no es mi fuerte y prefiero evitar discutir sobre ella.
-Extraño viniendo de un político
como usted -comentó Genivania quien había
estado callada hasta ese momento-. Los de su clase suelen
tomar partido por una u otra tendencia religiosa, la
que cuente con mayor adherentes entre sus electores.
-Créeme, exquisita muchacha,
que ese no es mi caso -replicó Pavel sorprendiéndose
del tono lascivo de sus palabras.
-Mi marido -dijo Matilde remarcando
la segunda palabra- es ateo.
-Agnóstico querida -corrigió
él.
-¿Existe alguna diferencia?
-Peores que los ateos son los agnósticos
-afirmó Aramis- ya que de acuerdo a estos últimos
la existencia o no de un dios es desconocida y por lo
tanto irrelevante.
-En mi parecer la existencia o inexistencia
de un dios no es irrelevante por ser desconocida -replicó
Pavel-, sino por no obtener ninguna certeza al respecto.
Un problema sin solución no es un problema, ¿no
es verdad Dr. Armund?
-Touché -respondió
el aludido-. ¿Cómo explica entonces la
presencia de los arcángeles, Gobernador? ¿Es
de los que creen que se trata de seres fabricados mediante
ingeniería genética?
-Tal vez, la verdad es que no dedico
mucho tiempo a pensar en ellos, tengo una ciudad que
administrar después de todo y gente por los cuales
velar. Lo único que puedo decirle es que el arcángel
que bajó a devorar el cuerpo de mi esposa era
como todos los otros. Ni una anomalía como sus
querubines y mucho menos Melek Taus.
-¿Sabía usted que su
hija Constanza dice ser hija de Melek Taus? -arremetió
Armund.
-No tenía... idea -respondió
Pavel.
-Una muchacha extraordinaria sin lugar
a dudas. No me sorprendería que sea quien dice
ser.
-O eso o es una mutante -comentó
divertida Genivania motivando la risa cómplice
de su hermano.
-He oído que el Sr. von Kotzebue
es inmortal, ¿recibió el don de su nieta
acaso? -preguntó Armund que parecía no
querer abandonar el delicado tema.
-No -contestó secamente Pavel-,
ese apodo se lo ganó hace muchos años
atrás debido a una vieja historia que se inventó.
-Esa que afirma que bebió de
la fuente de la mítica Ciudad Errante.
-Eso asegura él pero, ¿me
puede explicar usted Dr. qué clase de inmortalidad
es esa que no va aparejada de eterna juventud?
-Mmmh, me recuerda el caso de Titono
-replicó Armund.
-¿Titono? -preguntó
Pavel.
-Sí, el esposo o hijo de Eos
en la mitología griega. La diosa consiguió
la inmortalidad para él pero olvidó pedir
que se le concediera la eterna juventud y Titono siguió
envejeciendo. Llegó a un estado tan deplorable
que se le transformó en cigarra.
-A Titono le dio Zeus como gracia
un mal eterno: la Vejez, que es mucho peor que la espantosa
muerte -acotó Aramis.
-Minmnermo de Colofón -agregó
Genivania-, el Fausto de Marlowe fue más inteligente,
¿no es así Ross?
El fornido primogénito del
Dr. Armund asintió con la cabeza y por primera
vez desde su llegada abrió la boca para una función
distinta a la de comer y dijo como si repitiese de memoria:
-Seeing Faustus hath incurrd eternall
death,
By desprate thoughts against Ioues
deitie;
Say, he surrenders vp to him his
soule,
So he will spare him 24 yeeres,
Letting him liue in voluptuousnesse.
-Tiene unos hijos muy letrados, Dr.
-dijo admirada Matilde.
-No podría ser de otra forma
ya que su educación ha estado a mi cargo. Estoy
orgulloso de todos mis hijos, por supuesto, pero en
especial de estos tres.
-Se dice que tiene más de ciento
cincuenta hijos -agregó Matilde admirada.
-¿Eso dicen? Pues me temo que
la cifra no se acerca a la realidad. ¿Cuántos
hermanos tienen, Genivania y Aramis?
-Trescientos noventa y cuatro, padre
-respondieron a coro los mellizos.
-¿Y usted mi querida Matilde,
es madre?
-No aún -dijo reflejando toda
su frustración en el rostro. Mi esposo es…
Antes de terminar la frase Matilde
recibió una bofetada de Pavel. Indignada se paró
cuan alta era de la mesa y con ambas manos empujó
al Gobernador que cayó de espaldas con silla
y todo.
-Les pido mil disculpas -dijo Matilde
calmadamente-, es mejor que me retire. Buenas noches.
8
Pavel jamás habría soñado
con golpear a Matilde, no sólo porque a su lado
se sentía como Gulliver junto a Glumdalclitch
sino porque nunca había golpeado a nadie ¿Era
acaso un hombre débil como le dijera Constanza?
“Todo es culpa del Dr. Armund
y su progenie maldita”, reflexionaba sentado en
la mecedora de la terraza preguntándose cómo
podría deshacerse de quien ahora consideraba
un enemigo.
El Dr. Armund interrumpió sus
meditaciones al asomarse fuera de la estancia fumando
una extravagante pipa.
-¿Le importa si le acompaño?
-Es libre de hacer lo que quiera.
-¿No se marchará al palacio
de gobierno esta noche?
-No, nos quedaremos aquí. Partiré
por la mañana.
-Está usted molesto conmigo.
-Tengo mis razones.
-No lo dudo. Además de mi talento
por reparar e inventar artefactos siempre he sido irresistible
para las mujeres.
-La humildad ciertamente es un talento
del cual no fue dotado, mi buen doctor.
-No lo crea, alguna vez la poseí,
antes de perder mi brazo y pierna en aquel desafortunado
accidente. Para cuando fundé Armundia la había
perdido por completo.
-Y dígame, ¿por qué
abandonó su utopía?
-Aburrimiento, me sentía estancado,
confinado. Pertenezco a una raza nómada y deseo
pasar mis últimos días recorriendo el
mundo.
-A juzgar por su buen estado de salud
no está viviendo sus últimos días
precisamente.
-Aunque no lo crea así es. Moriré
dentro de los próximos nueve meses.
-¿Y cómo lo sabe?
-La venganza de los querubines.
-¿Perdón?
-Heckle y Jeckle me lo dijeron en
represalia por haberlos capturado. Los pequeños
bastardos se negaron a señalarme el día
exacto, sólo me dijeron que dentro de un año…
ya van tres meses de aquello.
-¿Y usted les cree a esas…
cosas?
-Sí, después de todo,
¿no son acaso los mensajeros de Dios? -dijo Armund
socarronamente.
-Pensé que nadie jamás
había logrado comunicarse con un arcángel.
-Comete usted una y otra vez el error
de tomarlos por arcángeles cuando son algo distinto,
similar pero a la vez muy distinto.
-¿Saben sus hijos de su inminente
deceso?
-Sí, no tengo secretos para
ellos.
-¿Y le dijeron los querubines
cómo morirá?
-No, pero lo que importa no es la
forma sino el fondo. Y el fondo es la muerte. La no-existencia.
-¿No cree acaso que su alma
inmortal será ascendida al Reino de Dios tras
ser devorada por los arcángeles?
Armund soltó una estruendosa
y larga carcajada.
-¿Qué pensaría
usted, Sr. Gobernador, si yo le dijera que efectivamente
y tal como muchos sospechan los mentados arcángeles
no son más que constructos biológicos
del Pentágono?
-¿Lo son? -preguntó
Pavel abriendo excesivamente los ojos.
El Dr. Armund asintió con la
cabeza:
-Yo mismo vi cómo hacían
crecer esas cosas en tanques amnióticos, amigo
mío. Los arcángeles son híbridos
transgénicos diseñados por los mismos
hijos de puta que crearon la Plaga.
-¿Me está diciendo que
tanto la Plaga como los arcángeles fueron los
instrumentos de la Gran América para apoderarse
del mundo?
-Eso es lo que le estoy diciendo.
Claro que obtuvieron ayuda externa, de cierto científico
suizo hoy convertido en el jefe de estado de la Nueva
Confederación Helvética. Todo esto es
una gran farsa, Gobernador. Los querubines no son más
que un experimento fallido que se les escapó
a los chicos del Pentágono. Tienen facultades
psiónicas, como mis hijos, yo y la propia Constanza.
En efecto son mutantes y muy buenos a la hora de predecir
el futuro. ¿Qué me dice ahora que he descorrido
para usted el velo de maya?
-No sé si creerle del todo,
es decir, todo lo que dice tiene lógica, parece
consistente pero…
-El ángel que se llevó
el cadáver de su esposa, sin embargo, era distinto,
¿no?
-Sí, estoy seguro que no era
un transgénico, aunque tampoco creo que haya
sido Melek Taus.
-¡Por supuesto que no era Melek
Taus! Tampoco era un transgénico sino un cyborg,
un organismo cibernético si me entiende…
no está vivo como los arcángeles, ni siquiera
posee inteligencia autónoma. Es un instrumento
de contra-propaganda implementado por el Pentágono
para reforzar la creencia en Melek Taus. No es más
que una marioneta operada a distancia por los agentes
del Pentágono.
-¿Y qué hicieron con
el cuerpo de mi esposa?
-Lo deben haber cremado seguramente,
esa es la práctica común por lo que he
averiguado.
-No entiendo nada. ¿Por qué
el brazo armado de la Nueva Iglesia Católica
habría de fortalecer mediante engaños
las creencias yazidis?
-Control, mi estimado amigo. Todo se
trata de control. Por medio de su falso Melek Taus los
chicos del Pentágono podrán controlar
a los yazidis más crédulos para luego
exponer a su dios como una farsa. Dejarán que
el yazidismo se fortalezca y luego expondrán
al falso Melek Taus como un robot construido por la
misma congregación para ganar adeptos. Engordarán
al credo para luego devorarlo como han hecho desde siempre.
Es la forma en que operan. Veo por la expresión
de su rostro que está abrumado por el amplio
abanico que se despliega ante su mente, le cuesta procesar
todo lo que le he dicho pero en su corazón sabe
que es la verdad. Entienda usted que hubo una época
anterior a la Plaga cuando la gente para creer en Dios
no necesitaba de pruebas físicas, adoraban imágenes,
estatuillas de santos y crucifijos. Y la fe comenzó
a declinar, y la gente comenzó a pensar de manera
independiente y eso era una amenaza para los viejos
poderes. La religión siempre ha sido una forma
de atar al ser humano como a un perro a un poste. Fue
así como los poderes por sobre los poderes decidieron
crear la Plaga y darle al mundo a los arcángeles.
Funcionó muy bien pero los seres humanos nos
acostumbramos a todo. Los arcángeles ya no nos
maravillan. Se intentó crear nuevos agentes religioso-distractores
como los querubines y los ángeles tipo Melek
Taus que no son más que un upgrade,
la versión 2.0 de los arcángeles carroñeros.
Ellos no se comen a nuestros difuntos sino que se los
llevan cual psicopompos plácidamente al Reino…
Kingdome my ass!
Tras aquél improperio, Armund
calló. La mente de Pavel estaba demasiado confundida
como para articular palabra alguna.
-Buenas noches, amigo mío -dijo
el Dr K. poniéndose de pie-. Si desea puede desayunar
conmigo antes de marcharse a su oficina. A esos de las
seis de la mañana, me levanto temprano. Ya sabe,
carpe diem…
9
Al día siguiente, a las seis
en punto Pavel estaba llamando a la puerta metálica
de la locomotora. Le abrió Genivania, apenas
vestida con ropa interior.
-Sr. Gobernador, bienvenido a nuestra
casa, pase usted -dijo la esbelta muchacha.
-Er… vengo a ver a tu padre…
-murmuró Pavel barriéndola con la mirada
de pies a cabeza.
-Por supuesto, papá le está
esperando en la cocina, por favor acompáñeme.
Genivania cogió la mano de
Pavel y lo condujo por un estrecho pasillo a una pequeña
habitación rodeada de todo tipo de artilugios
mecánicos con una mesa al centro. El Dr. Armund
ya estaba bebiendo su café.
-Buenos días Sr. Gobernador,
tome asiento. ¿Té o café?
-Café, por favor.
-¿Con leche? -preguntó
Genivania.
-Sí co… con leche -consiguió
articular Pavel con los ojos clavados en el generoso
pecho de la chica. Cuando ella se dio vuelta no pudo
evitar fijar la vista en aquellas nalgas perfectas,
como esculpidas por el divino Michelangelo.
-¿Desea algo más, Sr.
Gobernador?, tostadas, ¿jugo de naranja tal vez?
“Te deseo a ti, perra”
pensó Pavel pero en realidad dijo:
-No gracias, no acostumbro a ingerir
alimentos tan temprano.
-Bueno, si me disculpan me vuelvo a
la cama entonces -dijo la chica y se marchó por
el mismo pasillo por donde habían entrado. Pavel
la siguió con la vista hasta que desapareció
en las penumbras.
-Como puede notar la temperatura al
interior de la locomotora es bastante alta por lo que
solemos andar desnudos. Para no incomodarle es que nos
hemos vestido, un poco.
-Es usted muy considerado -contestó
Pavel.
-Le gusta mi hija, ¿no es así
Sr. Gobernador?
-¿Disculpe?
-Vamos, usted y yo somos dos viejos
zorros. He visto cómo no podía quitarle
los ojos de encima a Genivania desde ayer por la tarde.
Apuesto que no sólo ha estado meditando en torno
a mis revelaciones durante la noche y dado que su mujer
y usted durmieron en camas separadas no descartaría
que se haya tomado un descanso en sus reflexiones para
masturbarse pensando en mi hija.
-¡Me ofende usted! -contestó
Pavel aunque lo que Armund decía era completamente
cierto.
-¡Políticos! -exclamó
el Dr. K-, todos ustedes son iguales. Si no pudiesen
ocultar o manipular la verdad a su favor supongo que
se quedarían sin trabajo después de todo.
Pavel, sonrojazo, se limitó
a guardar silencio.
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-dijo Armund mientras sorbía su taza de café.
-Puede hacerla, Dr., pero no garantizo
respuesta.
-¿Quién es el padre de
Constanza? Porque tras el triste espectáculo
que nos tocó presenciar en su casa me queda claro
que no es usted.
-Es cierto, la “Mesías”
no es mi hija. Cuando Matilde y yo nos casamos ella
quería tener un hijo a toda costa. Era algo que
le hacía muy bien a mi carrera política
así que estuve de acuerdo pero por más
que lo intentamos no pasó nada. Nos hicimos los
exámenes correspondientes y resultó que
soy infértil. Hasta el día de hoy sigo
sin descubrir con quién se acostó Laleshka
para engendrar a Constanza.
-¿Ella no se lo confesó?
-Antes de morir me dijo que el padre
de Constanza era...
Pavel guardó silencio pero
el Dr. se apresuró en completar la frase:
-¿Era Melek Taus?
-Sí -admitió Pavel-
¿puede creerlo?
-Puedo creer en que ella creyese eso,
Gobernador. La verdad es que su esposa fue inseminada
a larga distancia. El embrión fue teleportado
desde el Pentágono al vientre de su esposa.
En este punto, Pavel consideró
que las teorías conspiratorias del Dr. Armund
K. se estaban tornando cada vez más que absurdas.
¿Iba a decirle ahora que los del Departamento
de Defensa de la Gran América tenían enjaulado
a Dios en el sótano del Pentágono? Aún
así, Pavel decidió seguirle la corriente
a su interlocutor.
-Sé que sus amigos poseen tecnología
para ir de un lugar a otro y de hecho es así
como creo enviaron al asesino de mi hija…
-No, mi estimado amigo, si bien la
teleportación mecánica existe nada vivo
puede llevarse de un lado a otro sin matarlo en el proceso.
La teleportación de la cual le hablo es realizada
por un agente del pentágono de formidables poderes
psiónicos. George Bardo, el “mutante”
más poderoso del planeta… hasta ahora.
-¿Y según usted fue
este tipo quien inseminó a distancia a mi esposa?
-En efecto. Las habilidades curativas
de Constanza son producto de años de experimentación.
Como sugiriera Genivania anoche, ella es un mutante
como nosotros. O más bien una “mutada”.
Los mutantes surgimos espontáneamente, somos
los monstruos viables de la naturaleza. Los mutados
en cambio son fruto de los experimentos de los hombres.
El propósito de Constanza es similar al de los
ángeles, obedece a las mismas razones de propaganda.
¿Sabía usted mi estimado amigo que la
palabra “propaganda” nace de una congregación
de cardenales vaticanos de inspiración tridentina?
El término exacto empleado en aquella época
era el de propaganda fide, “para la extensión
de la fe”. La iglesia católica ha usado
y abusado de la imagen para ganar adeptos en sus inicios,
para asustarnos con sus seres infernales durante el
medioevo, para luchar contra la reforma y últimamente
para dominar al mundo. Nada ejemplifica mejor la propaganda
de la Iglesia que sus ángeles que no son otra
cosa sino el resultado híbrido de un extraordinario
programa hebreo de entrecruzamiento original de seres
sobrenaturales egipcios, sumerios, babilonios y persas.
El segundo concilio de Nicea en el año 787 decretó
que era legítimo representar a los ángeles
en cuadros y esculturas y esa decisión de la
Iglesia primitiva alteró para siempre toda la
evolución de la imaginería cristiana dejando
en manos de pintores y escultores gran parte de la responsabilidad
de dar forma corpórea a los mensajeros de Dios.
Un nuevo concilio a fines del siglo XX determinó
que los ángeles debían ser representados
ahora en “carne y hueso” si es que debían
cumplir con su propósito propagandístico
original. Esta vez no fueron los artistas sino los ingenieros
biogenéticos quienes tuvieron a cargo la tarea
de dar forma 'real' a los ángeles. Como ve todo
es propaganda, mi estimado Gobernador.
-Pero al resucitar a los difuntos
y sanar a los enfermos Constanza está arrebatándole
su alimento a los arcángeles, de alguna forma
está haciendo contra-propaganda al “Reino
Celestial”, ¿no?
-Como ocurre con los falsos Melek Taus,
incluso esa contra-propaganda está planificada
por los cerebros del Pentágono. Nada es casual,
todo obedece a las visiones oraculares del agente Bardo.
-Tampoco lo es su presencia aquí
en Skold, ¿no?
-You are a wise person indeed,
Gobernador Yvanovich -aseguró Armund-. Déjeme
que le explique algo sobre el futuro, nuestro futuro.
Uno de los grandes argumentos contra la existencia de
Dios es su “omnisciencia”. Si él
ya sabe todo lo que fue, y será no existe el
libre albedrío para nosotros, pobres mortales.
Estaríamos condenados a cumplir nada más
que nuestros roles.
-Pero usted me dijo que los querubines
predecían el futuro, que habían visto
su muerte…
-¿Está familiarizado
con la física quántica, Sr. Gobernador?,
¿con la teoría de Everett?
Pavel negó con la cabeza.
-Baste decir que cada uno de nosotros,
cada ser es como una barca que avanza por un río
que se va ramificando. Los querubines ven son todas
esas posibles ramificaciones. Ahora suponga que yo decido
virar a la izquierda por una de esas miles de bocas
en las que se divide el río y termino cayendo
por una cascada. Esa era una de las posibilidades pero
si la teoría de Everett es cierta todas las posibilidades
se llevan a cabo al momento de mi decisión. En
este sentido los querubines me han ayudado a navegar
por los caudales más propicios, me han anunciado
catástrofes pero también me han proporcionado
caminos para evitarlas. Hasta el momento la corriente
que arrastra mi barca por el río me llevará
a la muerte en menos de un año, si no cambio
el rumbo…
-Debe hacer algo aquí en Skold
para cambiar el curso del río, ¿no?
-Así es. He conseguido que los
querubines me digan qué debo hacer para vivir
la mayor cantidad de años feliz y saludable.
La respuesta fue muy simple, antes de nueve meses debía
llegar a Skold, ganarme la confianza de sus habitantes,
convertirme en Gobernador y casarme con su esposa.
-Sospechaba que podría intentar
algo como lo que describe, Dr. aunque debo admitir que
lo de desposar a Matilde no me lo imaginaba. ¿Y
cómo pretende deshacerse de mí? ¿Va
a matarme acaso?
-No, mi amigo. No tengo necesidad
de agredirle ni de tocar uno solo de sus cabellos para
arrebatarle todas sus posesiones, su cargo político
y a su mujer. Eso usted lo sabe. Le pido que se rinda
amistosamente, que haga abandono de sus deberes y se
marche de Skold. Puedo proporcionarle todo lo que necesite,
tengo contactos alrededor de todo el planeta. Puede
ir donde quiera y comenzar de nuevo, todo lo que pido
a cambio es que me ceda su antigua vida, una con la
cual usted de todas maneras no parece estimar mucho,
¿no es así?
Pavel sopesó las palabras de
Armund por unos segundos. ¿Qué podía
hacer él contra un sujeto al cual temía
incluso el Pentágono? Sin ayuda de los querubines
él también se proyectó por aquellas
ramificaciones temporales hacia el futuro y vio que
la única salida viable tanto para salvaguardar
su vida como el bienestar de Skold era someterse a los
deseos del Dr. Armund.
-No soy ningún imbécil
-dijo Pavel.
-Eso lo sé muy bien -respondió
Armund.
-Permita que termine, por favor.
-Sí, disculpe.
-Cómo le decía, no soy
ningún imbécil. Enfrentarme a usted sería
tan absurdo como hacerle frente a un tornado que estuviese
a punto de arrasar esta ciudad. Permítame dejar
en orden ciertos asuntos y me marcharé. Ser Gobernador
de Skold es todo lo que he hecho durante estos últimos
diez años. Sin eso no me queda nada. No amo a
Matilda ni ella me ama a mí. A lo largo de mi
vida todos quienes he conocido me han decepcionado.
El único que jamás me falló, que
siempre estuvo ahí es ese viejo en el dormitorio
de allá arriba que no puede morir en paz y se
niega a dirigirme la palabra. Durante la cena hablamos
de Fausto, no crea que no lo he leído, Dr. K.
Si Mefistófeles pudiera cumplirme un deseo que
beneficiara a otro, le pediría que permita a
Drazen morir en paz de una vez por todas y no acabar
como aquel personaje del mito griego.
-Sin ser Mefistófeles, aunque
se me ha acusado de mefistofélico, creo estar
en condiciones de cumplir su deseo, mi estimado amigo.
-Ayúdeme entonces a terminar
con la vida de Drazen y me marcharé con el corazón
tranquilo de Skold. He forjado mi destino solo, comencé
de cero al llegar a estas tierras desde mi natal Croacia
y podré hacerlo nuevamente. No le pido nada más.
El Dr. Armund se puso de pie extendiendo
su mano orgánica.
-Trato hecho -dijo.
Pavel le estrechó la mano.
10
Tres días más tarde estaba
todo dispuesto para el funeral. El decrépito
cuerpo sin vida aparente de Drazen Von Kotzebue yacía
en una sábana de terciopelo azul bajo una araucaria
en un claro del bosque junto a la estancia. Lo más
trabajoso había sido convencer a Esperanza, que
finalmente había entendido las razones de Pavel.
Podría haberlo hecho sin que ella se enterase,
pero consideró que era lo menos que se merecía
tras tantos años de fiel servicio.
Pese a que todo Skold se enteró
de la muerte del patriarca al funeral sólo asistirían
los sirvientes de la hacienda, Pavel, Matilde, el Dr.
Armund y sus hijos.
Pavel se preguntaba cuánto
más tardaría el Dr. Armund en soltar a
sus querubines. Ya llevaba cerca de quince minutos dentro
de su vehículo y tanto la estoica Matilde como
la acongojada Esperaza comenzaban a impacientarse.
Por fin emergió Armund de la
compuerta de su locomotora y tras él los siniestros
querubines que salieron despedidos como flechas hacia
el cielo describiendo todo tipo de cabriolas, persiguiéndose
el uno a otro y jugueteando por sobre las cabezas de
los dolientes.
-Pre-calentamiento -dijo el Dr. al
oído de Pavel- siempre hacen eso antes de comer.
Ya no tardan en bajar, no se preocupe.
Pavel no prestó atención
alguna a lo que decía Armund, abstraído
en la contemplación de los querubines como estaba.
Sus rostros eran muy similares al
de los arcángeles, pero sus cuerpos eran rollizos
y sus alas de plumaje negro ridículamente diminutas.
Las zarpas tanto de sus patas delanteras como traseras
eran mucho más pronunciadas que la de sus “hermanos
mayores” y cuando abrían la boca exhibían
unos pequeños y brillantes dientes aserrados
de tiburón.
Pavel nunca le había temido
a los arcángeles pero aquellas criaturas de pesadillas
que alegremente revoloteaban por los cielos le provocaban
escalofríos. “Ojalá y termine rápidamente
todo esto”, pensó. Y como si lo hubiesen
escuchado, los querubines abruptamente descendieron
en picada cual aves de rapiña sobre el anciano
mordiendo y extrayendo las estructuras plumosas escondidas
en el hocico para convertir el cuerpo en una gelatina
fácil de ser consumida.
Esperanza sepultó su rostro
sobre un costado del pecho de Pavel sin dejar nunca
de sollozar. Matilde, que apenas había dirigido
unas cuantas palabras a su marido desde que la abofeteara,
no quitaba los ojos del sublime (o grotesco) espectáculo
que se desplegaba frente a ellos.
Pero he aquí que aconteció
algo que ni el Dr. Armund esperaba. Una vez consumido
por completo el cuerpo de Drazen von Kotzebue, los querubines
comenzaron a retorcerse y sacudirse de forma violenta
para luego comenzar a darse de cabezazos el uno al otro.
-¿Es esto también parte
de su conducta regular? -preguntó Pavel a Armund.
-No, en absoluto -dijo éste
al parecer tan sorprendido como el Gobernador de Skold.
Al cuarto golpe ambas cabezas quedaron
fusionadas en una, a lo que siguió el resto del
cuerpo. En cosa de segundos se erguía ante ellos
un arcángel “verdadero” de dos metros
de altura y alas tan grandes que proyectaron una lúgubre
tiniebla sobre los asistentes al funeral que no habían
huido del miedo.
El arcángel alzó su zarpa
derecha e indicó al Dr. Armund para luego lanzarse
sobre él. Ross se interpuso pero la criatura
celestial lo atravesó como si de un incorpóreo
fantasma se tratase. Genivania hizo unos gestos misteriosos
con las manos y repentinamente una profunda grieta se
abrió bajo los pies del arcángel. Pero
éste fue más rápido, alzó
el vuelo para no caer y luego se impulsó directamente
hacia Genivania con las garras extendidas. La muchacha,
sin embargo, se desvaneció antes que pudiese
alcanzarle. Más rápido incluso que el
arcángel, Aramis cogió a su hermana entre
sus brazos y huyó lejos levantando una gran polvareda.
Ross aprovechó para atrapar
al arcángel entre sus poderosos brazos mientras
los demás escapaban, pero éste se volvió
inmaterial, Ross trastabilló hacia delante y
la criatura se solidificó dentro del primogénito
de Armund en un estallido de huesos y vísceras
sanguinolentas. Al ver esto el Dr. K detuvo su huída
en seco y el arcángel una vez más se le
arrojó encima.
Pavel se interpuso entre ambos y le
voló la cabeza al arcángel con lo único
de Skold que pretendía llevarse tras el funeral
de von Kotzebue, el arma de Victorino, el Primer Acólito.
Epílogo
Pavel abandonó Skold el mismo
día de la muerte real de von Kotzebue y comenzó
su viaje en busca de Constanza. Cuando por fin la encontró
en el valle central de Chili-Mapu ella lo abrazó
y besó efusivamente como cuando era pequeña.
“¿Tienes algún uso para mí
ahora?”, le preguntó Pavel. “Claro
que sí, has abandonado todo el lastre que te
refrenaba, has recuperado tu fuerza.”
Humildemente, Pavel aceptó
su lugar dentro de los discípulos de Constanza
y aprendió muchas cosas. Parte de lo que Armund
le había dicho en Skold sobre las manipulaciones
y mentiras del Pentágono eran ciertas, pero otras,
como la verdadera naturaleza de ángeles y arcángeles
eran completamente falsas. Constanza estaba al tanto
de todo, incluyendo el origen de los siniestros querubines.
-No todos los arcángeles se
contentaron con esperar la muerte de los hijos de Dios
para alimentarse, éste en particular desafió
las órdenes divinas y asesinó para comer
-señaló Constanza dirigiéndose
a Pavel pero con la intención que la escuchasen
todos los allí presentes-. En castigo fue separado
en dos entidades, tal como fue castigado Adam Kádmon
en el Edén tras probar el fruto prohibido. Pero
el arcángel por participar de la gloria divina
estaba al tanto de cómo deshacer su dualidad:
devorando el cuerpo vivo de un no-muerto. Los querubines
eran mucho más inteligentes de lo que aparentaban
y se dejaron capturar por el Dr. Armund a sabiendas
que él los llevaría a Skold y al lugar
donde habitaba disfrazado el último vampiro sobre
la Tierra. Todo eso de la fuente de la inmortalidad
y la Ciudad Encantada de la Patagonia eran fanfarronadas.
Drazen no podía evitar que los demás supiesen
de alguna forma que él era un ente superior.
Los del Pentágono sabían muy bien esto,
y por ello lo rodearon de agua. Los vampiros no pueden
cruzar el agua a menos que sea dentro de sus ataúdes
con tierra.
-¿Drazen un vampiro? -preguntó
Pavel a quien a esas alturas, ya nada le parecía
extraño-. ¿Pero por qué envejecía
entonces?
-Una vez en Skold, y para evitar a
sus enemigos, von Kotzebue dejó de alimentarse
de sangre humana y optó por beber la de su ganado
-explicó Constanza-. Pero esto con el tiempo
le debilitó hasta convertirle en el despojo que
devoraron los querubines. El veneno de Armund nunca
surtió efecto, Drazen se entregó a los
querubines por voluntad propia luego de la agonía
que se impuso para expiar sus pecados. Ahora está
en el Reino, sentado a la derecha de Nuestro Señor.
-Alabado sea -dijeron a coro los discípulos
de Constanza reunidos en torno a la hoguera nocturna.
publicado en enero de 2008
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