| El hombre de 1888 corría
por las calles asépticas y vacías de aquella
ciudad, más de mil años en el futuro,
gritando insistentemente la misma frase que nadie oía.
Gritó buscando alguien a quien
apuñalar, alguien a quien degollar, alguien a
quien destripar y cortar en pedacitos. Pero Jack no
encontró a nadie.
Agotado, buscó las penumbras
de un estrecho callejón similar al del número
13 de Miller’s Court, y se acurrucó en
el suelo lo mejor que pudo. Despertó en la habitación
de los mil espejos. La habitación de Juliette.
Estaba desnudo, en la misma cama donde había
matado a aquella sibarita de la perversión, esa
alma perdida que sin embargo, yacía junto a él.
“¡No es posible!”,
pensó Jack. “A esta puta la preparé
igual que a la Eddowes. Tendría que estar muerta”.
El hombre de 1888 extendió su
mano y tocó el hombro de la joven que dormía.
Era real.
Juliette se volteó repentinamente
y Jack retiró su mano. La joven y bella mujer
emitió un ligero bufido y continuó durmiendo.
Sus generosos y firmes senos de turgentes
pezones apuntaban hacia arriba reflejándose en
el techo de paneles empotrados. No había señal
alguna del surco que Jack abriera con el extraño
cuchillo que encontró bajo la almohada, aquella
sanguinolenta hendidura de la cual extrajo los intestinos,
el hígado y el riñón izquierdo.
El hombre de 1888 abandonó el
lecho, contempló su imagen multiplicada cientos
de veces en los espejos y buscó su preciado maletín
y su anticuada vestimenta victoriana. Ambos estaban
sobre una silla, en un extremo de la habitación.
Lo primero que hizo Jack fue abrir
su maletín comprobando que todo estuviese en
su lugar. Sus escalpelos, el ovillo de catgut, los frascos
y el feto estaban allí. Respiró aliviado,
se vistió con premura y buscó la forma
de abandonar la habitación de espejos. Instintivamente
avanzó hacia uno de los paneles de espejos y
pasó su mano en frente. El cristal se deslizó
revelando un blanco pasillo.
Jack caminó durante largo rato
en línea recta para finalmente llegar a lo que
podría ser descrito solamente como una cocina.
En medio del recinto, sentado a la mesa bebiendo café
se hallaba una figura familiar.
-¡Hernon! -dijo el hombre de
1888.
–Jack QuÉ bueno tenerte
de vuelta. Veo que esta vez sÍ me has reconocido.
–¿Esta vez?
–Sí, ¿Olvidaste
acaso que me tomaste por Dios cuando te traje de regreso
a casa? ¡Pensabas que era Dios!, ¿lo puedes
creer?
Un gesto de asombro se dibujó
en el semblante de Jack.
–El Viajero, las prostitutas,
Whitechappel –murmuró el hombre de 1888.
–Aún estás algo
aturdido por los efectos del viaje en el tiempo y la
expurgación mental –manifestó el
anciano–. Toma asiento mientras te preparo un
café. No debí extraerte de forma tan abrupta
pero Van Cleef y los otros estaban presionándome.
Querían que les pagara los tres formz adeudados…
–Y me mandaste de regreso a 1888
con esos malditos hedonistas en mi cabeza.
–No me dejaron otra opción,
Jack. Iba a ser cosa de una sola noche pero te resististe
formidablemente.
–Recuerdo a esa pandilla de vampiros,
se retiraron de mi mente apenas los sentí…
–No, Jack. Tú los expulsaste.
No te creían capaz de tal proeza y a decir verdad
yo tampoco, de lo contrario hace tiempo que hubiese
podido deshacerme de ellos. Pero sea como sea ya está
hecho. Al romper el vínculo les dejaste en estado
de coma y di cuenta de ellos mientras tú te divertías
con los pobres ilusos que trajimos del pasado para repoblar
la ciudad.
–¿Mataste a Van Cleef
y los otros? ¡Pero eso es contra las leyes!
–Silent enim leges inter arma,
Jack. Estábamos en guerra ellos y yo.
–¿Y los pobres diablos
de la ciudad? ¿Les maté a todos?
–Sí, a todos. Pero ya
traeremos más gente en el Viajero. Ahora nosotros
mandamos aquí, hijo.
–La mujer que degollé,
en cuyo lecho amanecí. Cuando nos encontramos
la primera vez me dijiste que era tu nieta…
–Sí, Jack. Juliette es
tu hija.
–Juliette –repitió
el hombre de 1888–. Ese no es el nombre con el
cual la bautizamos su madre y yo.
–No, ese es el nombre que yo
le di. Después de todo fui quien la crió.
–Malcriaste más bien.
–Para eso estamos los abuelos,
Jack. Para malcriar a los nietos.
–¿Cuánto tiempo
estuve en el pasado?
–Diecisiete años. Cuando
te marchaste, Juliette aún no cumplía
el año de vida.
–La maté, ¿no es
así?
–Sí, por supuesto. ¡Vaya
lío que hiciste con sus entrañas! Una
vez te marchaste le cloné un cuerpo nuevo. Sentimus
experimurque nos aeternos esse.
–Maldito viejo sádico
y morboso. Me trajiste deliberadamente del pasado con
la memoria aún alterada y me metiste en el dormitorio
de mi hija para ver cómo reaccionábamos.
–Conoces el viejo dicho, Jack.
De tal palo tal astilla. Juliette mató a su primer
“juguete” a los once años y resultó
ser una asesina tan implacable como tú, aunque
algo propensa al aburrimiento. He debido proporcionarle
todo tipo de maquinarias de tortura para mantenerla
distraída mientras regresabas.
–También la distraías
acostándote con ella, viejo asqueroso y degenerado.
–¡Por favor, Jack! Deja
de lado esa moral decimonónica que traes a cuestas.
Sabes muy bien cómo son las cosas aquí.
No hay tabúes absurdos como el incesto. Por lo
demás tú mismo fornicaste con ella toda
la noche y parte de la madrugada, como dos bestias salvajes.
Lo he contemplado todo detrás de los espejos.
Somos una familia que se ama mucho, Jack. Una familia
de artistas. Es por eso que Lorna debía morir.
–¡Por supuesto, no murió
en el parto! ¡Tú la mataste!
–¡Era la hija de Van Cleef,
Jack! Tarde o temprano nos hubiese vuelto la espalda.
–Yo le habría clavado
mi cuchillo de haberlo hecho. Pero no le diste la oportunidad.
–Justum et tenacem propositi
virum, así eres tú, mi querido Jack.
Pero como dijo el poeta, mejor matar a un bebé
en su cuna antes que albergar deseos malsanos.
–¡Y pensar que escapé
al siglo dieciocho, huyendo de la pena y culpando a
mi hija por la muerte de la mujer que amaba!
–¡Vamos, Jack! No te lo
pasaste mal en la Inglaterra Victoriana. Inscribiste
tu nombre en la historia. Vaya carta esa que escribiste
con tinta roja. “Había guardado algo
de sangre en una botella de cerveza después del
último trabajo para escribir con ella, pero se
volvió espesa como pegamento y no pude usarla”.
Y esa notable posdata: “Sinceramente suyo,
Jack el Destripador. No se refrenen a utilizar mi nombre
artístico”. Eres un artista Jack,
de eso no cabe duda alguna. El último de los
grandes artesanos. Como dijo Hipócrates, Ars
longa, vita brevis.
En ese momento entró Juliette
en la cocina vestida con una breve y vaporosa blusa
transparente. Jack la observó de pies a cabeza
y sintió que un cuchillo le apuñalaba
la ingle mientras los recuerdos de la lujuriosa velada
junto a su hija se agolpaban en su mente. “Se
parece tanto a su madre, pero es igual que todas esas
mujerzuelas de Whitechappel. No, es un ángel,
un ángel agreste de inocencia pura. ¿Ángel?,
más bien es un demonio, un súcubo que
debe ser exorcizado como todas las otras. Es una puta,
una zorra maligna y putrefacta”.
–Buenos días papá,
buenos días abuelo –dijo Juliette con toda
la naturalidad del mundo cogiendo una roja manzana del
frutero y propinándole un sonoro mordisco.
–Buenos días tesoro –respondió
Hernon–. ¿Cómo estuvo tu papá
anoche, mejor que yo acaso?
–Papá estuvo muy bien,
pero tú sigues siendo el mejor de mis amantes,
querido abuelo.
Jack, rojo de furia, extrajo el cuchillo
Van de Graaf de su maletín. Ralentizó
el tiempo en un radio de cinco metros y degolló
a Hernon y Juliette para luego abrirlos en canal y extraer
sus entrañas y órganos que procedió
a esparcir por toda la cocina. Luego les cortó
las cabezas y las intercambió logrando un cómico
efecto.
Finalizado su trabajo, Jack guardó
el cuchillo en su maletín junto al ovillo de
catgut y el frasco de formaldehído con el feto.
Limpió la hoja doble de su daga y abandonó
la cocina en dirección al Viajero. Él
ya no pertenecía al 3077, era el hombre de 1888,
era Jack el Destripador y regresaba a donde pertenecía,
al Infierno.
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