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Entre Escila y Caribdis Más sobre Sergio Alejandro Amira

Variaciones sobre Thanatopia de Rubén Darío

 

¿Por qué había cipreses en el colegio?

¿Para qué criaba lechuzas el rector?

Durante años ambas preguntas,

siempre de a dos,

siempre las mismas preguntas,

como buenas hermanas que comparten sus juguetes

-o quizás como las brujas de Macbeth minus one-

surgen de cuando en cuando

del sarcófago en que he pretendido sin mayor éxito,

sepultarlas.

 

Como vampiros sedientos

las nefastas preguntas

se me arrojaban al cuello en busca de respuestas.

Escoba en mano,

trataba de espantar a estas malditas harpías,

cuyo único propósito era envenenar mis viandas,

impedir que me alimente de otra cosa

que no sea el horror provocado por sus apariciones.

 

La escoba,

para muchos tan sólo

un humilde instrumento doméstico,

era para mi sin embargo

símbolo de potencia sagrada.

El barrido de la cocina lo puede realizar cualquiera,

pero el de templos y santuarios

sólo las manos puras.

En África no se debe barrer los primeros días del luto

para no expulsar la abundancia o no ofender el alma del muerto.

Algo similar ocurre en Bretaña,

donde no conviene barrer la casa de noche

para no espantar la fortuna o ahuyentar los espíritus invisibles.

 

Deja la escoba -me aconsejó un barrendero-

la escoba es un artefacto diabólico,

¿olvidas acaso que las brujas,

montadas en sus escobas,

salen por las chimeneas para asistir al Sabbat?

Gracias a esta revelación pude percatarme

que la escoba con la que creía alejar a los demonios

no era sino un instrumento de ellos,

su objetivo consistía en hacerme creer

que ahuyentarlos era mi única defensa,

no querían que los enfrentara,

no existe poder en el universo

que detenga la voluntad de quien encara su destino.

No era ese mi caso,

por lo menos no hasta ese momento.

Puede que no existiera nada que encarar,

después de todo, no hay destino.

Excepto en las matemáticas de Newton,

en la manzana de Sir Isaac Newton.

No así en la de Guillermo Tell

-como he leído por ahí-.

 

A veces imaginaba a las macabras preguntas

como una serpiente bicéfala,

incluso como la famosa amphisbaena.

Esto me hacía pensar que la respuesta a ambas preguntas,

las cabezas de la serpiente,

habían de tener una sola respuesta,

el cuerpo del reptil.

Pensé entonces

que estas terribles gemelas debían residir en el Complejo R,

en el Complejo Reptíloide,

algo así como el sótano de la casa

que es nuestro cerebro.

 

No sabía la o las respuestas,

pero sí sabía que se remontaban a un pasado viejísimo,

oscuro y tenebroso.

No lograba vislumbrar nada,

en la oscura lejanía,

allá en los abismos del tiempo,

parafraseando a Shakespeare y es que al parecer,

es aquí donde comienzan las inevitables citas,

indigno ejercicio mnemónico que me despoja de voz propia.

Podría haberlo explicado todo con voces ajenas,

con cut-ups a lo William Burroughs,

todo menos las dos preguntas;

¿Por qué había cipreses en el colegio?

¿Para qué criaba lechuzas el rector?

 

Nadie,

ni los especialistas,

lograron ayudarme.

Imposible fijar una cronología

basados en la estratificación geológica de mi memoria,

cronología que pudiera aportar datos

sobre aquellas terribles interrogantes prehistóricas.

No encontraba la respuesta,

y no podía borrarlas de mi cabeza.

¿Y si lograra olvidarlas,

olvidarlas por completo

como se olvidan los cumpleaños de los amigos,

los aniversarios,

las promesas…?

Quizás me preguntaría:

¿When shall we three meet again...?

¿Las extrañaría?

¿Como se extraña al apéndice?,

¿a las muelas del juicio?

¿Como extraña el desierto a la lluvia?

Eso es de una canción

y alguien me dijo una vez,

en relación a esa frase,

que el desierto no puede extrañar a la lluvia

no puede extrañarla porque no la conoce,

sólo se puede extrañar algo de lo que se tiene experiencia previa

pero yo sé que hay desiertos en los que llueve,

aunque puede que esos desiertos

tampoco extrañen a la lluvia

porque de ser así

la querrían siempre cayendo sobre ellos

y de tanto llover se volverían lagos,

océanos,

quedarían sepultados por la tan añorada lluvia y entonces

extrañarían la sequía para ser nuevamente desiertos,

solos,

magníficos en su estéril presencia.

Pero no estarían solos del todo,

ya que no faltaría quien los eligiera

como sitio idóneo para realizar sus sermones.

 

Bauticé Escila y Caribdis

a las preguntas que me atormentaban,

¿cuál era Escila?,

¿cuál Caribdis?

Opté por el orden de aparición para nombrarlas

y es que la primera en surgir era indeclinablemente

¿Por qué había cipreses en el colegio?

Ella era por lo tanto Escila.

Caribdis como estará de más mencionar era

¿Para qué criaba lechuzas el rector?

 

Mi estadía en el colegio

fue como navegar por el traicionero estrecho de Messina,

entre Escila y Caribdis,

y como han de suponer,

no poseo el valor ni la grandeza de Odiseo

por lo que quedé encallado

entre esos dos abruptos promontorios.

¿Por qué había cipreses en el colegio?

¿Para qué criaba lechuzas el rector?

 

Estuve cegado por tanto tiempo por el horror

que me provocaban las preguntas

que no me había atrevido a ver las respuestas,

estaban ahí,

eran del todo evidentes

pero sin embargo no las veía.

Había,

a pesar de todo,

aprendido a convivir con estas terribles preguntas de rapiña

que revoloteaban constantemente sobre mi cabeza,

picoteando en los momentos menos esperados,

provocándome una angustia indescriptible,

un horror cósmico.

 

¿Es necesario que mencione el pavor que me inspiraban

desde el colegio las lechuzas?

Las lechuzas del rector eran monstruosas,

medían como unos 60 centímetros

(el tamaño normal para estas aves es de unos 35 a 40 centímetros).

El solo recuerdo de dichas aves me estremece por completo.

Me observan,

con esos ojos penetrantes

incrustados en sus cabezas en forma de corazón,

me observan,

con ojos muy grandes

como para soportar su visión por mucho tiempo,

ojos que miran hacia adelante,

horrorosamente humanos.

Sus rostros y pecho,

blancos como la más blanca nieve,

en contraste con el plumaje marrón claro del dorso,

las hacía ver como fantasmas,

apariciones de pesadilla,

el sueño de la razón de Goya,

abalanzándose sobre mí mientras duermo indefenso.

El sueño es la pequeña muerte,

los griegos, que sabían esto,

hicieron a Thanos -la muerte- hermano de Hypnos -el sueño-.

 

Cuando por las noches,

escuchaba a las lechuzas desde mi cuarto,

se me helaba la sangre,

se oían como silbidos o quejidos,

incluso como una respiración debilitada.

¿Podrá con esos sensibles ojos ver la lechuza

a través de las estrellas?

-me preguntaba en esas noches de insomnio-.

¿Podrá ver desde aquí la nebulosa que lleva su nombre?

¿La NGC3587 ó M97?,

¿la Nebulosa de la Lechuza?

¿Habrán también lechuzas allá arriba?

La visión de estas aves no es menos prodigiosa

que su sentido del oído,

quizás hasta se comuniquen con las lechuzas extraterrestres,

quizás estén complotando en contra nuestra.

La próxima guerra de los mundos será librada por hombres y lechuzas.

 

Como si no fuese suficiente

cada una de estas aves

contaba con garras y picos fuertes en extremo.

Son asesinos implacables, decía el rector,

sus plumas son muy suaves,

no hacen ruido al volar.

Por suerte estos pájaros

se alimentaban principalmente de ratas y ratones.

Una pareja de lechuzas elimina más ratones que 50 gatos.

Eliminan a 50 gatos mejor que 50 perros,

con los perros no se meten, aún.

Cuando lo hagan será el preludio de su guerra contra los hombres,

al ser el perro nuestro mejor aliado.

 

El rector las criaba para cazar ratones.

¿Para qué criaba lechuzas el rector?

Para cazar ratones.

 

El ciprés es un árbol sagrado entre numerosos pueblos;

gracias a su longevidad y a su verdor persistentes,

se le llama “el árbol de la vida”.

Las heladas del invierno,

dice Chuang-tse,

no hacen sino resaltar con mayor esplendor

la resistencia del ciprés,

al que no consiguen despojar de sus hojas.

En la China antigua,

el consumo de las semillas del ciprés

procuraba longevidad,

pues eran ricas en substancia yang.

La resina del ciprés además permite,

si uno se frota con ella los talones,

andar sobre las aguas.

La resina del ciprés torna el cuerpo ligero, volátil

y la llama obtenida

por la combustión de las semillas del ciprés

permite la detección del jade y del oro,

igualmente substancias yang

y símbolos de inmortalidad.

Y ahí va la clase:

Orígenes ve en el ciprés

un símbolo de las virtudes espirituales,

pues “el ciprés desprende muy buen olor”,

el de la santidad.

El Ciprés en el antiguo ámbito mediterráneo

fue un símbolo y atributo de Cronos (Saturno),

pero también de Asclepios (Esculapio)

y de Apolo,

no nos olvidemos del bueno de Apolo,

un tipo simpático pero algo temperamental.

No olvidemos que masacró a los forjadores del rayo

en un arranque de cólera,

sus razones tenía pero en fin,

volvamos al ciprés que a causa de la forma de su copa,

que semeja una llama

fue adjudicado al dios Solar

al mismo tiempo que fue atributo

de muchas divinidades femeninas;

Cibeles, Perséfone, Afrodita,

Artemis, Envinome, Hera, Atenea,

los nombres suman y siguen.

También las hijas del rey Eteocles de Orcomenos

fueron convertidas en cipreses al igual que,

según otra tradición,

un joven llamado Kyparissos,

que había dado muerte a un ciervo sagrado.

 

¿A estas altura alguien recuerda a Escila y Caribdis?

¿A las dos preguntas fatídicas?

Los ratones engendraron a Escila,

¿Y Caribdis?

¿Por qué había cipreses en el colegio?

Por si no ha quedado claro,

porque estos simbolizan elevados y nobles sentimientos,

como la idea de incorruptibilidad,

uno de los más firmes ideales

de aquella casa de estudios, y de aquel despreciable rector.

 

Las preguntas,

las terribles Erinnias fueron aplacadas,

dejaron de atormentarme,

mi precaria salud se restableció,

mudé la piel del taciturno y sombrío personaje

en el que me había convertido

y de ella surgió un nuevo hombre,

optimista,

impaciente por disfrutar

de los voluptuosos placeres de la vida hasta que,

como si de una macabra broma se tratase

me asaltaron dos preguntas:

¿Por qué talaron los cipreses del colegio?

¿Para qué les cortaba las alas a las lechuzas el rector?


 

Abril 1999

 
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