| Variaciones sobre
Thanatopia de Rubén Darío
¿Por qué había
cipreses en el colegio?
¿Para qué criaba
lechuzas el rector?
Durante años ambas preguntas,
siempre de a dos,
siempre las mismas preguntas,
como buenas hermanas que comparten sus
juguetes
-o quizás como las brujas de
Macbeth minus one-
surgen de cuando en cuando
del sarcófago en que he pretendido
sin mayor éxito,
sepultarlas.
Como vampiros sedientos
las nefastas preguntas
se me arrojaban al cuello en busca de
respuestas.
Escoba en mano,
trataba de espantar a estas malditas
harpías,
cuyo único propósito
era envenenar mis viandas,
impedir que me alimente de otra cosa
que no sea el horror provocado por sus
apariciones.
La escoba,
para muchos tan sólo
un humilde instrumento doméstico,
era para mi sin embargo
símbolo de potencia sagrada.
El barrido de la cocina lo puede realizar
cualquiera,
pero el de templos y santuarios
sólo las manos puras.
En África no se debe barrer los
primeros días del luto
para no expulsar la abundancia o no
ofender el alma del muerto.
Algo similar ocurre en Bretaña,
donde no conviene barrer la casa de
noche
para no espantar la fortuna o ahuyentar
los espíritus invisibles.
Deja la escoba -me aconsejó un
barrendero-
la escoba es un artefacto diabólico,
¿olvidas acaso que las brujas,
montadas en sus escobas,
salen por las chimeneas para asistir
al Sabbat?
Gracias a esta revelación pude
percatarme
que la escoba con la que creía
alejar a los demonios
no era sino un instrumento de ellos,
su objetivo consistía en hacerme
creer
que ahuyentarlos era mi única
defensa,
no querían que los enfrentara,
no existe poder en el universo
que detenga la voluntad de quien encara
su destino.
No era ese mi caso,
por lo menos no hasta ese momento.
Puede que no existiera nada que encarar,
después de todo, no hay destino.
Excepto en las matemáticas de
Newton,
en la manzana de Sir Isaac Newton.
No así en la de Guillermo Tell
-como he leído por ahí-.
A veces imaginaba a las macabras preguntas
como una serpiente bicéfala,
incluso como la famosa amphisbaena.
Esto me hacía pensar que la respuesta
a ambas preguntas,
las cabezas de la serpiente,
habían de tener una sola respuesta,
el cuerpo del reptil.
Pensé entonces
que estas terribles gemelas debían
residir en el Complejo R,
en el Complejo Reptíloide,
algo así como el sótano
de la casa
que es nuestro cerebro.
No sabía la o las respuestas,
pero sí sabía que se remontaban
a un pasado viejísimo,
oscuro y tenebroso.
No lograba vislumbrar nada,
en la oscura lejanía,
allá en los abismos del tiempo,
parafraseando a Shakespeare y es que
al parecer,
es aquí donde comienzan las inevitables
citas,
indigno ejercicio mnemónico que
me despoja de voz propia.
Podría haberlo explicado todo
con voces ajenas,
con cut-ups a lo William Burroughs,
todo menos las dos preguntas;
¿Por qué había
cipreses en el colegio?
¿Para qué criaba
lechuzas el rector?
Nadie,
ni los especialistas,
lograron ayudarme.
Imposible fijar una cronología
basados en la estratificación
geológica de mi memoria,
cronología que pudiera aportar
datos
sobre aquellas terribles interrogantes
prehistóricas.
No encontraba la respuesta,
y no podía borrarlas de mi cabeza.
¿Y si lograra olvidarlas,
olvidarlas por completo
como se olvidan los cumpleaños
de los amigos,
los aniversarios,
las promesas…?
Quizás me preguntaría:
¿When shall we three meet again...?
¿Las extrañaría?
¿Como se extraña al apéndice?,
¿a las muelas del juicio?
¿Como extraña el desierto
a la lluvia?
Eso es de una canción
y alguien me dijo una vez,
en relación a esa frase,
que el desierto no puede extrañar
a la lluvia
no puede extrañarla porque no
la conoce,
sólo se puede extrañar
algo de lo que se tiene experiencia previa
pero yo sé que hay desiertos
en los que llueve,
aunque puede que esos desiertos
tampoco extrañen a la lluvia
porque de ser así
la querrían siempre cayendo sobre
ellos
y de tanto llover se volverían
lagos,
océanos,
quedarían sepultados por la tan
añorada lluvia y entonces
extrañarían la sequía
para ser nuevamente desiertos,
solos,
magníficos en su estéril
presencia.
Pero no estarían solos del todo,
ya que no faltaría quien los
eligiera
como sitio idóneo para realizar
sus sermones.
Bauticé Escila y Caribdis
a las preguntas que me atormentaban,
¿cuál era Escila?,
¿cuál Caribdis?
Opté por el orden de aparición
para nombrarlas
y es que la primera en surgir era indeclinablemente
¿Por qué había
cipreses en el colegio?
Ella era por lo tanto Escila.
Caribdis como estará de más
mencionar era
¿Para qué criaba lechuzas
el rector?
Mi estadía en el colegio
fue como navegar por el traicionero
estrecho de Messina,
entre Escila y Caribdis,
y como han de suponer,
no poseo el valor ni la grandeza de
Odiseo
por lo que quedé encallado
entre esos dos abruptos promontorios.
¿Por qué había
cipreses en el colegio?
¿Para qué criaba
lechuzas el rector?
Estuve cegado por tanto tiempo por el
horror
que me provocaban las preguntas
que no me había atrevido a ver
las respuestas,
estaban ahí,
eran del todo evidentes
pero sin embargo no las veía.
Había,
a pesar de todo,
aprendido a convivir con estas terribles
preguntas de rapiña
que revoloteaban constantemente sobre
mi cabeza,
picoteando en los momentos menos esperados,
provocándome una angustia indescriptible,
un horror cósmico.
¿Es necesario que mencione el
pavor que me inspiraban
desde el colegio las lechuzas?
Las lechuzas del rector eran monstruosas,
medían como unos 60 centímetros
(el tamaño normal para estas
aves es de unos 35 a 40 centímetros).
El solo recuerdo de dichas aves me estremece
por completo.
Me observan,
con esos ojos penetrantes
incrustados en sus cabezas en forma
de corazón,
me observan,
con ojos muy grandes
como para soportar su visión
por mucho tiempo,
ojos que miran hacia adelante,
horrorosamente humanos.
Sus rostros y pecho,
blancos como la más blanca nieve,
en contraste con el plumaje marrón
claro del dorso,
las hacía ver como fantasmas,
apariciones de pesadilla,
el sueño de la razón de
Goya,
abalanzándose sobre mí
mientras duermo indefenso.
El sueño es la pequeña
muerte,
los griegos, que sabían esto,
hicieron a Thanos -la muerte- hermano
de Hypnos -el sueño-.
Cuando por las noches,
escuchaba a las lechuzas desde mi cuarto,
se me helaba la sangre,
se oían como silbidos o quejidos,
incluso como una respiración
debilitada.
¿Podrá con esos sensibles
ojos ver la lechuza
a través de las estrellas?
-me preguntaba en esas noches de insomnio-.
¿Podrá ver desde aquí
la nebulosa que lleva su nombre?
¿La NGC3587 ó M97?,
¿la Nebulosa de la Lechuza?
¿Habrán también
lechuzas allá arriba?
La visión de estas aves no es
menos prodigiosa
que su sentido del oído,
quizás hasta se comuniquen con
las lechuzas extraterrestres,
quizás estén complotando
en contra nuestra.
La próxima guerra de los mundos
será librada por hombres y lechuzas.
Como si no fuese suficiente
cada una de estas aves
contaba con garras y picos fuertes en
extremo.
Son asesinos implacables, decía
el rector,
sus plumas son muy suaves,
no hacen ruido al volar.
Por suerte estos pájaros
se alimentaban principalmente de ratas
y ratones.
Una pareja de lechuzas elimina más
ratones que 50 gatos.
Eliminan a 50 gatos mejor que 50 perros,
con los perros no se meten, aún.
Cuando lo hagan será el preludio
de su guerra contra los hombres,
al ser el perro nuestro mejor aliado.
El rector las criaba para cazar ratones.
¿Para qué criaba
lechuzas el rector?
Para cazar ratones.
El ciprés es un árbol
sagrado entre numerosos pueblos;
gracias a su longevidad y a su verdor
persistentes,
se le llama “el árbol de
la vida”.
Las heladas del invierno,
dice Chuang-tse,
no hacen sino resaltar con mayor esplendor
la resistencia del ciprés,
al que no consiguen despojar de sus
hojas.
En la China antigua,
el consumo de las semillas del ciprés
procuraba longevidad,
pues eran ricas en substancia yang.
La resina del ciprés además
permite,
si uno se frota con ella los talones,
andar sobre las aguas.
La resina del ciprés torna el
cuerpo ligero, volátil
y la llama obtenida
por la combustión de las semillas
del ciprés
permite la detección del jade
y del oro,
igualmente substancias yang
y símbolos de inmortalidad.
Y ahí va la clase:
Orígenes ve en el ciprés
un símbolo de las virtudes espirituales,
pues “el ciprés desprende
muy buen olor”,
el de la santidad.
El Ciprés en el antiguo ámbito
mediterráneo
fue un símbolo y atributo de
Cronos (Saturno),
pero también de Asclepios (Esculapio)
y de Apolo,
no nos olvidemos del bueno de Apolo,
un tipo simpático pero algo temperamental.
No olvidemos que masacró a los
forjadores del rayo
en un arranque de cólera,
sus razones tenía pero en fin,
volvamos al ciprés que a causa
de la forma de su copa,
que semeja una llama
fue adjudicado al dios Solar
al mismo tiempo que fue atributo
de muchas divinidades femeninas;
Cibeles, Perséfone, Afrodita,
Artemis, Envinome, Hera, Atenea,
los nombres suman y siguen.
También las hijas del rey Eteocles
de Orcomenos
fueron convertidas en cipreses al igual
que,
según otra tradición,
un joven llamado Kyparissos,
que había dado muerte a un ciervo
sagrado.
¿A estas altura alguien recuerda
a Escila y Caribdis?
¿A las dos preguntas fatídicas?
Los ratones engendraron a Escila,
¿Y Caribdis?
¿Por qué había
cipreses en el colegio?
Por si no ha quedado claro,
porque estos simbolizan elevados y nobles
sentimientos,
como la idea de incorruptibilidad,
uno de los más firmes ideales
de aquella casa de estudios, y de aquel
despreciable rector.
Las preguntas,
las terribles Erinnias fueron aplacadas,
dejaron de atormentarme,
mi precaria salud se restableció,
mudé la piel del taciturno y
sombrío personaje
en el que me había convertido
y de ella surgió un nuevo hombre,
optimista,
impaciente por disfrutar
de los voluptuosos placeres de la vida
hasta que,
como si de una macabra broma se tratase
me asaltaron dos preguntas:
¿Por qué talaron
los cipreses del colegio?
¿Para qué les cortaba
las alas a las lechuzas el rector?
Abril 1999
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