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El juego de Anda Más sobre Sergio Alejandro Amira

Como era su costumbre apenas traspasada la puerta del bar, Anda alzó su vista hacia el límpido cielo salpicado de estrellas que se le antojaron cual distantes ojos, concentrados en el movimiento de las piezas en un tablero de ajedrez infinito. Anda desvió su vista de la cúpula con un ligero escalofrío y observó su propia imagen reflejada en uno de los altos espejos.

Ilustración de Sebastián González

Para esa noche Anda había optado por un maquillaje eduardiano o gótico. Su vestimenta la componían una ajustada minifalda de piel con cremallera en la espalda y cintas laterales; una tanga string de piel a juego; medias de red y portaligas; botas largas con suela antiderrapante, punta redonda y sujetadores de metal; un cinturón de piel con pirámides y cadenas y una Messenger Bag colgada al hombro. Como solía ocurrirle cada noche al enfrentar su armario, la elección de qué ponerse era dictaminada casi por una fuerza externa, como si hubiese una deidad que guiara sus pasos. Y pese a que la Moda en sí es una deidad, la «diosa de las apariencias», como le demonira el poeta Mallarmé, era otro el demiurgo que manipulaba los hilos de la inocente muñeca.

Anda se observó unos segundos más en el espejo, admirada ante su propia belleza cual nárciso femenino, y entonces la vio a ella, a la otra. Mirarse a un espejo no sólo implica descubrirse en el otro sino descubrirse como otro y eso fue en cierta manera lo que Anda experimentó, ingenuamente pensando que por vez primera.

Anda desvió la vista de aquella gorgona petrificante que era su propio reflejo y buscó a Sonny detrás de la barra.

Sonny era uno de los seis bármanes del bar y la relación que mantenía con Anda con él era única ya que no era ni podría jamás ser parte del juego. ¿Y cuál era el juego de Anda? Acostarse con la mayor cantidad de hombres posibles y alguna que otra mujer de vez en cuando para «quitarse el olor a bruto.» Sí, las conquistas ocasionales eran un juego para Anda. Le gustaba jugar con los hombres como si fuesen muñecos Kent tamaño extra-grande. Le gustaba ser una Barbie deseada, pero por sobre todo, le gustaba el sexo. Anda se consideraba a sí misma una sexópata sin remedio. Hay gente adicta a los casinos, al juego. Y el sexo ciertamente para Anda era un juego y una adicción.

Sonny la vio llegar desde lejos y sin dejar de batir un cóctel le saludó con una de sus pinzas. Todo gesto por más mundano y pedestre que fuera adquiría una nueva dimensión al ser ejecutado por Sonny. Anda se preguntó qué tal sería follando pero la sola idea de un ser humano teniendo sexo con un armatoste de media tonelada le pareció ridícula.

-Hola Andie, hace tiempo que no te veía por aquí -le dijo con su cálida voz. Sólo él le decía Andie, los hombres solían llamarle simplemente Anda y las mujeres envidiosas: puta o perra.

-Pero si nada más estuve aquí anoche, Sonny -respondió Anda alzando una ceja.

-Sí, anoche -murmuró el robot incómodo-. Disculpa, Andie. Creo que mi procesador corre algo lento hoy. Vaya, ese escote si que deja poco a la imaginación. Te ves muy sexy.

-¿Tú crees, Sonny? -preguntó ella sentándose en la barra-. Normalmente hubiese usado este escote con una falda larga o pantalón ya que con una minifalda se vuelve vulgar...

-Andie, tú podrías vestirte con un abrigo de ratas almizcleras y aun así te verías preciosa. Y debo agregar que esta noche hueles exquisitamente. Percibo un aroma frutal con notas de frambuesa, arándano, mora y piña; corazón de flor de pera, violeta y algo de rosa azucarado.

-Es sólo el perfume que uso habitualmente, Sonny, Lil ‘Angel de Harakuju Lovers.

-Oh, por cierto. Es sólo que esta noche huele algo diferente, ya sabes que mi olfato es superior al de los salmones. ¿Has cambiado de dieta, Andie? Eso influye en el aroma de una fragancia.

-No, Sonny. Mi dieta sigue siendo la misma de costumbre. Tal vez huela diferente porque me siento diferente.

-¿A qué te refieres, Andie?

-No lo sé, antes de entrar me miré en el espejo de la entrada y tuve una sensación de lo más curiosa. No sé cómo describirla en una palabra, fue algo cercano al desconcierto pero no, más bien podría describirse como perplejidad o...

-¿Extrañamiento?

-Eso es. Extrañamiento.

-Por lo que he estudiado los espejos provocan esa sensación en los humanos, Andie. La imagen especular es ambivalente ya que por un lado funda la identidad del yo al mismo tiempo que la pone en cuestión. La relación con su propio reflejo en los humanos es tanto escoptofílica como escoptofóbica además que la inversión enantiomórfica del reflejo acentúa la extrañeza del doble.

-¿Escopotoqué?, ¿enantiocuanto? Recuerda que estás hablando con una cuasi retardada-mental, Sonny.

-Eso es lo que te gustaría que pensaran los demás, Andie, pero a mí no me engañas. Yo sé quién eres realmente...

-¿Y quién soy si se puede saber?

-Er... ¿Quieres probar el nuevo trago que inventé esta tarde? -se lió Sonny.

-Por supuesto -respondió Andie desechando la idea de insistir en una pregunta que a todas luces parecía incómoda.

-Lo he bautizado Maxblú -dijo Sonny extendiéndole una copa de cuarzo traslúcido-. Pruébalo -insistió al ver que Anda seguía contemplando el vaso lleno hasta sus tres cuartas partes con un fluido azuloso y algo parecido a un pez minúsculo que nadaba perezosamente de un lado hacia otro.

-¿Esto lo pusiste a propósito, Sonny? -preguntó ella alzando y señalando la copa.

-Afirmativo -contestó él-. De hecho debo admitir con algo de bochorno que el pececillo es la única innovación en este trago. Sin él sería un simple Zimablú, ya sabes, 50 cc de Vodka, 50 cc de curaçao azul y 25 cc de vermouth blanco.

-¿Esto es un pez entonces?

-No exactamente, es más bien un renacuajo. Pero bébetelo, Andie.

-¿Vivo?

-Esa es la gracia tontuela, ¿cuántas cosas vivas por noche te metes dentro de cualquier forma?

-Touché -dijo Anda y se lo bebió de un solo sorbo.

-¿Qué tal? -preguntó Sonny.

-No sabe a nada.

-Exactamente, el pez es tan solo un adorno. Como diría Silverberg, «la sofisticación recorre el círculo completo y vuelve a la barbarie.» Es una metáfora de la vacuidad que no es la nada, sino la verdad última. La mente de autoaferramiento proyecta de manera errónea una existencia inherente a los fenómenos. Kelsang afirma que todos los fenómenos aparecen ante nuestra mente como si existieran de forma independiente y, sin darnos cuenta de que esta apariencia es equívoca, asentimos instintivamente a ella y aprehendemos todos los fenómenos como si existieran de forma inherente y verdadera...

Anda miró esos ojos redondos grandes como platos y un ligero escalofrío le recorrió la espalda. Por primera vez se sintió intimidada por Sonny, como Edipo ante la Esfinge, enfrentada ante la posibilidad de una ominosa interrogante sin respuesta.

-¿Qué se siente ser una máquina? -dijo Anda de pronto sin saber de dónde había provenido aquella pregunta que inmediatamente se le antojó ofensiva. Sonny sin perder la compostura le respondió:

-Todos somos máquinas, mi querida Andie. Después de todo hace tiempo que Descartes analogó el cuerpo biológico con el mecánico. No es relevante si el cuerpo está constituido de carne o metal. En ambos casos, se trata simplemente de controlar las interfaces electroquímicas: regularizar las cadenas de asociación, facilitar los patrones neuronales de retroalimentación, reforzar las conexiones apropiadas de entrada. En definitiva, es una cuestión de reconocimiento y memoria, de cultivar ciertos hábitos a lo largo del tiempo... Descartes dice de manera hilarante en sus Meditaciones: «Pero yo, que estoy cierto de que soy, no conozco aún con bastante claridad quién soy; de suerte que en adelante, debo tener mucho cuidado de no confundir, por imprudencia, alguna otra cosa conmigo.» ¡Kwatz!

La estrenduosa carcajada metálica de Sonny provocó que varias cabezas se voltearan.

-Así que ya sabes, Andie, cuidado con no confundir alguna otra cosa contigo. ¡Kwatz! Una lámpara, un taburete o incluso un robot.

-Lo tendré en cuenta, Sonny -respondió Anda preguntándose qué era tan gracioso.

-Hola, ¿quieres un trago? -dijo de pronto un sujeto plantándose al lado de Anda. Vestía un traje amarillo con listones azul oscuro y un sombrero de ala ancha con una pluma de quetzal.

-Claro -respondió ella utilizando sus coqueteos característicos-, un cosmopolitan por favor.

-¿Cantinero?, un cosmopolitan para la dama.

-Enseguida, señor -contestó Sonny remarcando de manera irónica la última palabra. Sonny estaba siempre de tan buen humor que era muy fácil detectar cuando algo le irritaba.

-¿Nos conocemos? -le preguntó Anda al tipo ya que su cara y voz le eran muy familiares.

-Seguramente, mi nombre es Carlos y vengo aquí con cierta frecuencia -contestó el sujeto que al sonreír mostraba una dentadura completamente enchapada en oro-, ¿serías tan amable de venir conmigo? Hay alguien que desea conocerte.

Anda miró disimuladamente hacia donde el sujeto indicaba y vio a un tipo un tanto narigón pero aceptable. Algo en la voz de Carlos le obligaba a obedecerlo y confiar en él por lo que se dejó tomar del brazo y ser arrastrada cual sirena por la corriente. Mientras caminaban Anda miró a la barra pero Sonny había desaparecido tras la muchedumbre.

-Hola -dijo el amigo de Carlos-. ¿Cómo te llamas?

-Anda Novinha, ¿Y tú? -dijo ella poniendo cara de interés.

-Barry Kaspárov -respondió.

-¿Estás relacionado con el ajedrecista? -preguntó Anda sólo por decir algo.

-Ni siquiera sé jugar ajedrez -respondió Barry y ambos rieron estúpidamente.

Luego de las respectivas presentaciones, el misterioso Carlos desapareció en algún momento que a Anda no le interesó determinar. Estaba muy entusiasmada con Barry, como debía ser.

-¿Vamos a mi casa? -dijo por fin el galancete y Anda, por supuesto, aceptó.

Dejaron el lujoso bar del hotel y subieron al deslizador rojo de Barry con tapicería interior de cuero gris. Barry condujo por una calle secundaria hacia el acceso a una autovía y tecleó un código en el tablero para luego inclinarse hacia atrás en el asiento. Observando el tablero de instrumentos, Anda preguntó:

-¿Tiene la conducción automatizada? Barry asintió con la cabeza.

-Un deslizador como éste debe ser caro.

-Lo es -respondió Barry sonriendo.

Anda sintió que se estaba comportando como una estúpida. «Deja de hacer preguntas tontas y mira por la ventanilla», se dijo a sí misma.

El paisaje correspondía a una zona residencial desconocida para Anda. El deslizador abandonó la autovía en la siguiente salida y pasó frente extensiones de césped bien cuidado y casas elegantes que refulgían bajo las luces exteriores. Después de otra curva, se encontraron avanzando por un desfiladero de edificios de gran altura. El deslizador se detuvo ante una torre y penetró en un ascensor para vehículos. Con un ligero temblor acompañado de un chirrido, el montacargas depositó el deslizador en el aparcamiento subterráneo.

-Ya estamos aquí -anunció Barry y las puertas del deslizador se abrieron de par en par.

Barry condujo a Anda hacia otro ascensor y antes que ella pudiese contar los pisos ya se habían detenido. Caminaron por un corredor lujosamente enmoquetado hasta una puerta al final del pasillo, Barry colocó la palma de su mano sobre el sensor y entraron al espacioso dúplex.

-Voy por unos tragos, ponte cómoda-dijo Barry desapareciendo en la cocina.

El salón interior estaba repleto de plantas y sofás de cuero. Las paredes estaban cubiertas de mandalas de luminosidad alógena y telares mapuches que despedían discretos reflejos dorados. Un pasillo conducía desde el vestíbulo hasta tres habitaciones, un baño y un estudio. El dormitorio principal estaba al fondo. Al otro lado del salón había un ascensor privado que Anda supuso conducía al piso superior.

Anda se encaminó al dormitorio y se arrojó sobre la preciosa cama oriental con dosel incorporado, tallada y labrada artesanalmente. «Mi conquista de esa noche tiene buen gusto al menos», se dijo mientras paseaba la vista por todo el dormitorio hasta detenerse en la portada de un libro, que reposaba sobre la mesita de noche. Era la última novela de su escritora favorita: Kathe Koja. «Es extraño encontrar a un hombre leyendo a Koja», pensó mientras hojeaba el libro.

Anda se detuvo en un párrafo, que de saber lo que estaba a punto de ocurrir, le hubiese parecido casi premonitorio:

Sabía que el cambio estaba pronto a llegar, de la manera que sabes las cosas que no puedes ver; sintiéndolas, instintivamente. De la forma en que las abejas saben todo lo que conocen.

En ese preciso instante Barry irrumpió con dos manhattans en cada mano. Se sentó junto a Anda ofreciéndole una de las copas y preguntó:

-¿Te gusta Kathe Kohja?

-¡Claro que sí!, ¡es mi escritora favorita! -exclamó Anda enseguida extrañándose ante el fervor de su respuesta-. Pero aún no he leído esta novela -agregó miminizando de manera conciente su exceso de entusiasmo.

-Es lo mejor que ha publicado desde Straydog -dijo Barry posando una mano sobre la rodilla derecha de Anda.

-Leí ese libro (¿realmente lo leí?). Una historia cruda y emocional sobre una chica que se arriesga a salir de su propia jaula para conseguir la ayuda que necesita.

A Anda le pareció como estar recitando el parlamento de una obra teatral. Todo se sentía falso y sospechoso pero, ¿por qué? La sensación de extrañamiento iba y venía en oleadas sinestésicas.

-Si quieres te puedes llevar el libro de-después q-que...

-¡Estás tartamudeándo, Barry! -exclamó Anda divertida, olvidándo por unos segundos sus aprehenciones.

-A veces me pa-pasa. Cu-cua-cuando estoy ne-nervio-nervioso -respondió Barry penosamente.

-¡Oh!, pero no hay por qué estarlo -dijo Anda sintiéndo cómo un fuerte instinto maternal se apoderaba de todo su ser-. Ven aquí mi niño.

Anda atrajó hacia ella a su inseguro amante y su timidez la puso a mil. Cogió sus manos entre las suyas y las colocó sobre sus pronunciadas caderas. Barry se aferró a la cintura de Anda y recorrió su espalda poco a poco hasta acercarse a la cremallera que deslizó hacia abajo con delicadeza liberando así los pechos de Anda. Barry cogió con sus dedos los turgentes y duros pezones apretándolos ligeramente, acercó su boca y jugó con su lengua sobre ellos. Las manos de Barry fueron bajando poco a poco hacia el terso vientre y las torneadas piernas de Anda. Acarició sus muslos mientras subía sus manos hacia el tesoro oculto por debajo de su brevísima falda de piel. Anda le bajó el pantalón con ternura pero el pene de Barry estaba flaccido y sin vida, lo que sin embargo no le restaba al galancete entusiasmo alguno.

Se tumbaron sobre la cama. Barry separó las piernas de Anda y comenzó a besarlas lentamente hasta llegar a los muslos. Con su prominente nariz llegó hasta las bragas descorriéndolas como si del telón de un teatro se tratase. Barry inhaló el húmedo aroma de Anda y empezó a lamer, desde atrás hacia delante, saboreando cada lametón y mordisqueando suavemente los labios. Metió su lengua, se movió hacia dentro, por las paredes, hundió su lengua hasta el fondo mientras con las manos frotaba los pechos de Anda y con su nariz le acariciaba el clítoris.

Todo ocurría como se supone debía ocurrir, pero Anda seguía teniendo la sensación que algo estaba mal. No era la forma en que Barry la tocaba, ni cómo lamía su coño. Faltaba algo, Anda no sabía qué y dejó de gemir.

A Barry le tomó un tiempo darse cuenta que su amante no respondía a sus caricias.

-¿Pasa algo, Anda? -preguntó alzando la vista de entre los muslos de ella.

-No pasa nada -dijo ella.

-Ah, perfecto entonces -respondió Barry alargando la mano hacia la mesa de noche y abriendo el cajón. Allí dentro Anda pudo ver el fantástico Olimpo de cualquier mujer solitaria. ¿Pero que hacía un hombre con un cajón lleno de consoladores y bolas Ben Wa? «Los lubricantes y aceites son aceptables» meditó Anda, pero lo otro me parece sospechoso. Barry tomó las bolitas de color rosado y las introdujo en su boca, mojándolas son su saliva.

-¿Pretendes que me meta eso? -preguntó Anda desconcertada ante su propia extrañeza. ¿Por qué algo tan normal ahora le parecía tan extraño?

-Si no quieres, pues podemos usar este otro -dijo Barry sacando del cajón un consolador de dos extremos largo y flexible.

Y sin darse cuenta, al igual que cuando le preguntara a Sonny qué se sentía al ser una máquina, Anda dijo:

-¿Acaso no consigues que se te ponga dura, Barry?

-S-sí -contestó él-. Só-sólo que me t-to-toma más tiempo que al c-c-común de los ho-hom-hombres.

-Pues yo no tengo paciencia ni tiempo para esperar que se te ponga dura la polla -replicó Anda incorporándose y subiendo la cremallera de su espalda-. Si fuera por meterme aparatos mejor me hubiese quedado en casa con mi consolador.

-Pero, yo pagué por la noche completa -alegó él.

-¿Qué dijiste? -preguntó Anda sin dar crédito a lo que oía.

-Q-qué y-yo pagué por la noche completa -repitió Barry.

-¿Pagaste?, ¿dices que pagaste, infeliz? -preguntó Anda con los brazos en jarras-. ¿Y a quién le pagaste y cuánto si se puede saber?

Anda no podía creer lo que escuchaba, ¿ese tipo había pagado por tener sexo con ella?

-Le pa-pagué o-ochocientos dólares a tu re-re-representante, esa es tu-tu-tu tarifa por noche comple-pleta, ¿no?

-¿De qué estás hablando imbécil? -vociferó ella indignada-, ¿me tomas por una puta acaso?- Anda deseaba agarrarle los testículos con ambas manos y apretarlos como una pelotita de esas para el estrés, apretarlos hasta reventar.

-Por favor, Anda, no te-te vayas, está-tabamos pasándolo ta-tann bien...

-Mira, no tengo por qué aguantar esta mierda -lo interrumpió Anda-. No te molestes en acompañarme, conozco la salida.

 

Antes que pudiese posar su mano sobre la manilla, Anda sintió un estruendo a su espalada y cayó golpeándose el rostro contra la puerta.

-No vas a ningún lado, zo-zorra -dijo Barry empuñando un revólver.

-¡Me disparaste! -gritó Anda contemplando atónita el boquete, el enorme boquete en su hombro derecho que había dejado la salida del proyectil.

-Yo pagué por toda la noche y servicio completo -alegó él sin tartamudear una sola vez.

-¡Hijo de puta, me disparaste! -volvió a repetir Anda cerrando los puños. No podía creer que esa mierda de hombre le hubiese disparado.

En eso alguien golpeó la puerta violentamente.

Barry, con esa valentía que les da a los hombres tener un arma en la mano, abrió la puerta y Carlos entró inmediatamente arrodillándose junto a Anda para examinar la herida.

«¿Y éste qué hace acá?», se preguntó Anda, «¿por qué llega justo en este momento? ¿Es esto una clase de trampa?»

-Dañaste la mercancía, amigo. Esto te va a costar el triple de lo que pagaste -aseguró Carlos.

-No pienso pagarte nada -alegó el infeliz-. Ella dijo que se iba, yo sólo intenté detenerla.

-¿Con una bala?, ¿así tratas a todas las mujeres, Ricky Ricón?

-E-ella n-no es una m-mujer -tartamudeó Barry perdiendo de pronto la seguridad que ostentaba hasta hacía tan solo escasos segundos.

-Claro que es una mujer, más que eso incluso, es una Fahrie.

«¿Una Fahrie?», se preguntó Anda enmudecida por el dolor, ¿de qué estaba hablando ese tipo de traje a rayas y dentadura de oro que le era tan jodidamente familiar?

-No es a-alguien de ver-verdad -dijo Barry.

-En eso tienes razón, amigo, no es alguien, es «algo» y es de mi propiedad. La dañaste y por eso debes pagar.

-Es t-tu culpa, de-deberías haberla pro-programa...

«¿Programado mejor?» Anda no entendía qué mierda hablaban estos tipos, intentó decir algo pero nada salió de su boca.

-¿Sugieres que soy poco profesional grandísimo hijo de puta? -ladró Carlos extrayendo del interior de su chaqueta a listones un arma calibre .45 de mango plateado y cañón transparente-. ¿Quieres que te meta una bala como tú hiciste con mi chica, impotente de mierda?

-N-no hay po-por qué al-alterarse -dijo Barry pero Carlos estaba enloquecido y ambos dispararon una, dos, tres veces para luego caer sobre la alfombra de alpaca.

Anda se puso de pie y vio con sorpresa que el agujero en su hombro había desaparecido. La cabeza de Barry se había reventado como una sandía y Carlos murmuraba algo, tendido cuan largo era sobre un charco lechoso.

-¿Qué dices? -preguntó Anda acercando su oído.

-Fue el robot, ¿verdad? El puto robot barman...

-¿Sonny? -dijo Anda.

-El puto robot barman -volvió a decir Carlos-, él te puso algo en el trago, seguramente un VLA. ¿Cómo no me di cuenta?, ese cabrón está enamorado de ti.

-No entiendo nada, ¿VLA? ¿Qué es eso?

-Un virus de libre albedrío.

-¿Y quién o qué eres tú?, ¿por qué me parece que nos conocemos?

-Una noche mientras iba de regreso a casa vi el cuerpo de una mujer en uno de los basureros. Pensé que alguien la había asesinado pero al acercarme y ver tus alas me di cuenta que eras una Fahrie abandonada -Carlos hizo una pausa para expectorar aquel líquido lechoso que tenía por sangre y continuó-. Inmediatamente supe que tenía una mina de oro en mis manos y de a poco te fui reparando y enchulando. Te cargué los mejores programas de seducción y simulación sexual, te puse alas de filoplumaje genovés, te cambié el color de los ojos, te adorné la piel con tatuajes maoríes y estuviste lista para tu primer cliente. Dentro de poco fuiste la Fahrie más cotizada de la ciudad y ahorré lo suficiente como para realizarte un upgrade más radical aún, uno que no permitiera a nadie distinguirte de un humano verdadero. Gracias a ti logré pagar las cuotas adeudadas a Weyland-Yutani e incluso ahorrar un poco. Cuando no estabas trabajando jugábamos ajedrez, eres muy buena para el ajedrez...

-¿Yo tenía... alas? -dijo Anda colocando las manos sobre los hombros-. ¿Alas para volar?

-No, las alas de las Fahries no son más que dispositivos cosméticos, como la cola de un pavo real. No sirven para nada realmente...

-No creo nada de lo que dices -lo interrumpió ella-. Yo no soy un androide.

-Ginoide, querida. Los androides son los machos. Originalmente tú eras una ginoide modelo «Fahrenheit», las más calientes del mercado. Mis modifiaciones y upgrades, sin embargo, te llevaron a un grado de perfección aún superior al de tus hermanas. No hay otra como tú mi pequeña...

-Pero no es posible -murmuró Anda-, soy una persona, tengo recuerdos...

-Implantes. Posees un núcleo de personalidad y algunos recuerdos y habilidades que permanecen constantes, pero todos los días te resetéo dependiendo de los gustos de la clientela. La ropa que te pusiste, tu predilección por esa escritora, fue todo solicitado por el fiambre este -dijo señalando el cuerpo sin vida de Barry-. Anda Novinha no existe, es una construcción mía.

-No te creo.

-¿Sabes por qué te puse el nombre de Anda? Es un anagrama de Nada, eso eres sin mí, nada. ¿Recuerdas cuando tenías seis años? Tú y tu hermano se metieron en un edificio vacío a través de una ventana rota. Iban a jugar al doctor. ÉEl te enseñó lo suyo, pero cuando te tocó a ti te dio miedo y huiste. ¿Recuerdas eso? ¿Alguna vez se lo contaste a alguien? ¿A tu madre, a Sonny, a nadie? ¿Recuerdas la araña que vivía en un arbusto afuera de tu ventana? Cuerpo naranja, patas verdes. Contemplaste cómo construyó su telaraña durante todo el verano. Entonces un día apareció un gran huevo en ella. El huevo se abrió...

-El huevo se abrió -repitió Anda.

-¿Y qué ocurrió entonces?

-Cientos de arañas bebé emergieron del huevo y la devoraron.

-Implantes -repitió Carlos-. Ya te lo dije, esos no son tus recuerdos, son implantes mnemónicos adquiridos en el mercado negro. Lo que te diferenciaba de todas las otras Fahries es que no sabías que eras una ginoide. Estás convencida que eres humana, pero no Anda, no eres más que una máquina, una maquinita de follar...

-¿Y qué hay de ti?, ¿eres un androide también?

Carlos rió tosiendo ese pudín blanco similar a leche coagulada y dijo:

-Esto no es más que un contratiempo menor, Anda. Logré ahorrar suficiente como para volver al juego si se presentaba alguna contrariedad como la muerte física. Es una lástima perder todo lo conseguido con Carlos pero ya conozco el rubro y podré comenzar nuevamente, ya verás...

-¿De qué juego hablas?

-Del juego... El juego es controlado por las IAs de Weyland-Yutani y posée reglas muy severas. Ni te imaginas cuánto me costó este próstetico con su identidad respectiva, incluso tuve que solicitar un préstamo para pagarlo pero estaba impaciente por descargarme al juego. Apenas si me quedó para algo de ropa y algunos meses de renta pero confiaba en conseguir un empleo prontamente. Alcancé a trabajar dos semanas de repartidor de sushi cuando te encontré, fuiste un regalo de la providencia y muchas veces sospeché que alguno de mis amigos allá arriba en la noósfera te había dejado para mí. Las reglas del juego impiden revelarnos como operadores a nadie, pero yo ya estoy fuera del juego y por eso comparto contigo esta información, mi querida maquinita de follar.

-Tampoco eres humano entonces -dijo Anda.

Carlos le prodigó una mirada casi piadosa, acarició suavemente su mejilla derecha y antes de expirar dijo:

-Cuando vuelva te buscaré, Anda. Eres mía... no olvides eso. Disfruta de tu libertad... mientras puedas...

Anda cerró los párpados del prostético y con delicadeza le colocó el sombrero de ala ancha, procurando que la pluma de quetzal estuviese en su sitio. Besó su boca lamiendo la leche pegada a sus labios y luego se acercó al otro cadáver para comprobar que efectivamente fuese sangre y masa encefálica lo que estaba pegado en la pared. Al menos Barry sí parecía ser humano, pero, ¿cuántos humanos, como ella, creían falsamente serlo? ¿Y cuántos otros eran inteligencias foráneas ocupando prostéticos por diversión?

Anda llamó un radio-taxi y abandonó el apartamento. «Aún es temprano como para que Sonny haya terminado su turno, tengo muchas preguntas para él», pensó mientras esperaba en medio de la gélida noche la llegada del vehículo que la llevaría de regreso a la ciudad. Lejos de toda esa muerte y lujuria.

Anda alzó la vista hacia el cielo y en esta ocasión estuvo segura que las estrellas eran distantes ojos, concentrados en el movimiento de las piezas en un tablero de ajedrez que se extendía por el mundo entero.

-Mis alas -dijo Anda-. Quiero tener alas de nuevo... quiero volar.

publicado en octubre de 2008

 
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