Como era su costumbre
apenas traspasada la puerta del bar, Anda alzó
su vista hacia el límpido cielo salpicado de
estrellas que se le antojaron cual distantes ojos, concentrados
en el movimiento de las piezas en un tablero de ajedrez
infinito. Anda desvió su vista de la cúpula
con un ligero escalofrío y observó su
propia imagen reflejada en uno de los altos espejos.

Ilustración
de Sebastián González |
Para esa noche
Anda había optado por un maquillaje eduardiano
o gótico. Su vestimenta la componían
una ajustada minifalda de piel con cremallera
en la espalda y cintas laterales; una tanga string
de piel a juego; medias de red y portaligas; botas
largas con suela antiderrapante, punta redonda
y sujetadores de metal; un cinturón de
piel con pirámides y cadenas y una Messenger
Bag colgada al hombro. Como solía ocurrirle
cada noche al enfrentar su armario, la elección
de qué ponerse era dictaminada casi por
una fuerza externa, como si hubiese una deidad
que guiara sus pasos. Y pese a que la Moda en
sí es una deidad, la «diosa de las
apariencias», como le demonira el poeta
Mallarmé, era otro el demiurgo que manipulaba
los hilos de la inocente muñeca.
Anda se observó unos
segundos más en el espejo, admirada ante
su propia belleza cual nárciso femenino,
y entonces la vio a ella, a la otra. Mirarse a
un espejo no sólo implica descubrirse en
el otro sino descubrirse como otro y eso fue en
cierta manera lo que Anda experimentó,
ingenuamente pensando que por vez primera.
Anda desvió la vista
de aquella gorgona petrificante que era su propio
reflejo y buscó a Sonny detrás de
la barra.
Sonny era uno de los seis bármanes
del bar y la relación que mantenía
con Anda con él era única ya que
no era ni podría jamás ser parte
del juego. ¿Y cuál era el juego
de Anda? Acostarse con la mayor cantidad de hombres
posibles y alguna que otra mujer de vez en cuando
para «quitarse el olor a bruto.» Sí,
las conquistas ocasionales eran un juego para
Anda. Le gustaba jugar con los hombres como si
fuesen muñecos Kent tamaño extra-grande.
Le gustaba ser una Barbie deseada, pero por sobre
todo, le gustaba el sexo. Anda se consideraba
a sí misma una sexópata sin remedio.
Hay gente adicta a los casinos, al juego. Y el
sexo ciertamente para Anda era un juego y una
adicción.
|
Sonny la vio llegar desde lejos y sin
dejar de batir un cóctel le saludó con
una de sus pinzas. Todo gesto por más mundano
y pedestre que fuera adquiría una nueva dimensión
al ser ejecutado por Sonny. Anda se preguntó
qué tal sería follando pero la sola idea
de un ser humano teniendo sexo con un armatoste de media
tonelada le pareció ridícula.
-Hola Andie, hace tiempo que
no te veía por aquí -le dijo con
su cálida voz. Sólo él le decía
Andie, los hombres solían llamarle simplemente
Anda y las mujeres envidiosas: puta o perra.
-Pero si nada más estuve
aquí anoche, Sonny -respondió Anda
alzando una ceja.
-Sí, anoche -murmuró
el robot incómodo-. Disculpa, Andie. Creo
que mi procesador corre algo lento hoy. Vaya, ese escote
si que deja poco a la imaginación. Te ves muy
sexy.
-¿Tú crees, Sonny?
-preguntó ella sentándose en la
barra-. Normalmente hubiese usado este escote
con una falda larga o pantalón ya que con una
minifalda se vuelve vulgar...
-Andie, tú podrías
vestirte con un abrigo de ratas almizcleras y aun así
te verías preciosa. Y debo agregar que esta noche
hueles exquisitamente. Percibo un aroma frutal con notas
de frambuesa, arándano, mora y piña; corazón
de flor de pera, violeta y algo de rosa azucarado.
-Es sólo el perfume que
uso habitualmente, Sonny, Lil ‘Angel de Harakuju
Lovers.
-Oh, por cierto. Es sólo
que esta noche huele algo diferente, ya sabes que mi
olfato es superior al de los salmones. ¿Has cambiado
de dieta, Andie? Eso influye en el aroma de una fragancia.
-No, Sonny. Mi dieta sigue siendo
la misma de costumbre. Tal vez huela diferente porque
me siento diferente.
-¿A qué te refieres,
Andie?
-No lo sé, antes de entrar
me miré en el espejo de la entrada y tuve una
sensación de lo más curiosa. No sé
cómo describirla en una palabra, fue algo cercano
al desconcierto pero no, más bien podría
describirse como perplejidad o...
-¿Extrañamiento?
-Eso es. Extrañamiento.
-Por lo que he estudiado los
espejos provocan esa sensación en los humanos,
Andie. La imagen especular es ambivalente ya que por
un lado funda la identidad del yo al mismo tiempo que
la pone en cuestión. La relación con su
propio reflejo en los humanos es tanto escoptofílica
como escoptofóbica además que la inversión
enantiomórfica del reflejo acentúa la
extrañeza del doble.
-¿Escopotoqué?,
¿enantiocuanto? Recuerda que estás hablando
con una cuasi retardada-mental, Sonny.
-Eso es lo que te gustaría
que pensaran los demás, Andie, pero a mí
no me engañas. Yo sé quién eres
realmente...
-¿Y quién soy
si se puede saber?
-Er... ¿Quieres probar
el nuevo trago que inventé esta tarde? -se
lió Sonny.
-Por supuesto -respondió
Andie desechando la idea de insistir en una pregunta
que a todas luces parecía incómoda.
-Lo he bautizado Maxblú
-dijo Sonny extendiéndole una copa
de cuarzo traslúcido-. Pruébalo
-insistió al ver que Anda seguía
contemplando el vaso lleno hasta sus tres cuartas partes
con un fluido azuloso y algo parecido a un pez minúsculo
que nadaba perezosamente de un lado hacia otro.
-¿Esto lo pusiste a propósito,
Sonny? -preguntó ella alzando y señalando
la copa.
-Afirmativo -contestó
él-. De hecho debo admitir con algo de
bochorno que el pececillo es la única innovación
en este trago. Sin él sería un simple
Zimablú, ya sabes, 50 cc de Vodka, 50
cc de curaçao azul y 25 cc de vermouth blanco.
-¿Esto es un pez entonces?
-No exactamente, es más
bien un renacuajo. Pero bébetelo, Andie.
-¿Vivo?
-Esa es la gracia tontuela,
¿cuántas cosas vivas por noche te metes
dentro de cualquier forma?
-Touché -dijo
Anda y se lo bebió de un solo sorbo.
-¿Qué tal? -preguntó
Sonny.
-No sabe a nada.
-Exactamente, el pez es tan
solo un adorno. Como diría Silverberg, «la
sofisticación recorre el círculo completo
y vuelve a la barbarie.» Es una metáfora
de la vacuidad que no es la nada, sino la verdad última.
La mente de autoaferramiento proyecta de manera errónea
una existencia inherente a los fenómenos. Kelsang
afirma que todos los fenómenos aparecen ante
nuestra mente como si existieran de forma independiente
y, sin darnos cuenta de que esta apariencia es equívoca,
asentimos instintivamente a ella y aprehendemos todos
los fenómenos como si existieran de forma inherente
y verdadera...
Anda miró esos ojos redondos
grandes como platos y un ligero escalofrío le
recorrió la espalda. Por primera vez se sintió
intimidada por Sonny, como Edipo ante la Esfinge, enfrentada
ante la posibilidad de una ominosa interrogante sin
respuesta.
-¿Qué se siente
ser una máquina? -dijo Anda de pronto sin
saber de dónde había provenido aquella
pregunta que inmediatamente se le antojó ofensiva.
Sonny sin perder la compostura le respondió:
-Todos somos máquinas,
mi querida Andie. Después de todo hace tiempo
que Descartes analogó el cuerpo biológico
con el mecánico. No es relevante si el cuerpo
está constituido de carne o metal. En ambos casos,
se trata simplemente de controlar las interfaces electroquímicas:
regularizar las cadenas de asociación, facilitar
los patrones neuronales de retroalimentación,
reforzar las conexiones apropiadas de entrada. En definitiva,
es una cuestión de reconocimiento y memoria,
de cultivar ciertos hábitos a lo largo del tiempo...
Descartes dice de manera hilarante en sus Meditaciones:
«Pero yo, que estoy cierto de que soy, no
conozco aún con bastante claridad quién
soy; de suerte que en adelante, debo tener mucho cuidado
de no confundir, por imprudencia, alguna otra cosa conmigo.»
¡Kwatz!
La estrenduosa carcajada metálica
de Sonny provocó que varias cabezas se voltearan.
-Así que ya sabes, Andie,
cuidado con no confundir alguna otra cosa contigo. ¡Kwatz!
Una lámpara, un taburete o incluso un robot.
-Lo tendré en cuenta,
Sonny -respondió Anda preguntándose
qué era tan gracioso.
-Hola, ¿quieres un trago?
-dijo de pronto un sujeto plantándose al
lado de Anda. Vestía un traje amarillo con listones
azul oscuro y un sombrero de ala ancha con una pluma
de quetzal.
-Claro -respondió
ella utilizando sus coqueteos característicos-,
un cosmopolitan por favor.
-¿Cantinero?, un cosmopolitan
para la dama.
-Enseguida, señor -contestó
Sonny remarcando de manera irónica la última
palabra. Sonny estaba siempre de tan buen humor que
era muy fácil detectar cuando algo le irritaba.
-¿Nos conocemos? -le
preguntó Anda al tipo ya que su cara y voz le
eran muy familiares.
-Seguramente, mi nombre es Carlos
y vengo aquí con cierta frecuencia -contestó
el sujeto que al sonreír mostraba una dentadura
completamente enchapada en oro-, ¿serías
tan amable de venir conmigo? Hay alguien que desea conocerte.
Anda miró disimuladamente hacia
donde el sujeto indicaba y vio a un tipo un tanto narigón
pero aceptable. Algo en la voz de Carlos le obligaba
a obedecerlo y confiar en él por lo que se dejó
tomar del brazo y ser arrastrada cual sirena por la
corriente. Mientras caminaban Anda miró a la
barra pero Sonny había desaparecido tras la muchedumbre.
-Hola -dijo el amigo de
Carlos-. ¿Cómo te llamas?
-Anda Novinha, ¿Y tú?
-dijo ella poniendo cara de interés.
-Barry Kaspárov -respondió.
-¿Estás relacionado
con el ajedrecista? -preguntó Anda sólo
por decir algo.
-Ni siquiera sé jugar
ajedrez -respondió Barry y ambos rieron
estúpidamente.
Luego de las respectivas presentaciones,
el misterioso Carlos desapareció en algún
momento que a Anda no le interesó determinar.
Estaba muy entusiasmada con Barry, como debía
ser.
-¿Vamos a mi casa? -dijo
por fin el galancete y Anda, por supuesto, aceptó.
Dejaron el lujoso bar del hotel y
subieron al deslizador rojo de Barry con tapicería
interior de cuero gris. Barry condujo por una calle
secundaria hacia el acceso a una autovía y tecleó
un código en el tablero para luego inclinarse
hacia atrás en el asiento. Observando el tablero
de instrumentos, Anda preguntó:
-¿Tiene la conducción
automatizada? Barry asintió con la cabeza.
-Un deslizador como éste
debe ser caro.
-Lo es -respondió
Barry sonriendo.
Anda sintió que se estaba comportando
como una estúpida. «Deja de hacer preguntas
tontas y mira por la ventanilla», se dijo a sí
misma.
El paisaje correspondía a una
zona residencial desconocida para Anda. El deslizador
abandonó la autovía en la siguiente salida
y pasó frente extensiones de césped bien
cuidado y casas elegantes que refulgían bajo
las luces exteriores. Después de otra curva,
se encontraron avanzando por un desfiladero de edificios
de gran altura. El deslizador se detuvo ante una torre
y penetró en un ascensor para vehículos.
Con un ligero temblor acompañado de un chirrido,
el montacargas depositó el deslizador en el aparcamiento
subterráneo.
-Ya estamos aquí -anunció
Barry y las puertas del deslizador se abrieron de par
en par.
Barry condujo a Anda hacia otro ascensor
y antes que ella pudiese contar los pisos ya se habían
detenido. Caminaron por un corredor lujosamente enmoquetado
hasta una puerta al final del pasillo, Barry colocó
la palma de su mano sobre el sensor y entraron al espacioso
dúplex.
-Voy por unos tragos, ponte
cómoda-dijo Barry desapareciendo en la
cocina.
El salón interior estaba repleto
de plantas y sofás de cuero. Las paredes estaban
cubiertas de mandalas de luminosidad alógena
y telares mapuches que despedían discretos reflejos
dorados. Un pasillo conducía desde el vestíbulo
hasta tres habitaciones, un baño y un estudio.
El dormitorio principal estaba al fondo. Al otro lado
del salón había un ascensor privado que
Anda supuso conducía al piso superior.
Anda se encaminó al dormitorio
y se arrojó sobre la preciosa cama oriental con
dosel incorporado, tallada y labrada artesanalmente.
«Mi conquista de esa noche tiene buen gusto al
menos», se dijo mientras paseaba la vista por
todo el dormitorio hasta detenerse en la portada de
un libro, que reposaba sobre la mesita de noche. Era
la última novela de su escritora favorita: Kathe
Koja. «Es extraño encontrar a un hombre
leyendo a Koja», pensó mientras hojeaba
el libro.
Anda se detuvo en un párrafo,
que de saber lo que estaba a punto de ocurrir, le hubiese
parecido casi premonitorio:
Sabía que el cambio estaba
pronto a llegar, de la manera que sabes las cosas que
no puedes ver; sintiéndolas, instintivamente.
De la forma en que las abejas saben todo lo que conocen.
En ese preciso instante Barry irrumpió
con dos manhattans en cada mano. Se sentó junto
a Anda ofreciéndole una de las copas y preguntó:
-¿Te gusta Kathe Kohja?
-¡Claro que sí!,
¡es mi escritora favorita! -exclamó
Anda enseguida extrañándose ante el fervor
de su respuesta-. Pero aún no he leído
esta novela -agregó miminizando de manera
conciente su exceso de entusiasmo.
-Es lo mejor que ha publicado
desde Straydog -dijo Barry posando una
mano sobre la rodilla derecha de Anda.
-Leí ese libro (¿realmente
lo leí?). Una historia cruda y emocional sobre
una chica que se arriesga a salir de su propia jaula
para conseguir la ayuda que necesita.
A Anda le pareció como estar
recitando el parlamento de una obra teatral. Todo se
sentía falso y sospechoso pero, ¿por qué?
La sensación de extrañamiento iba y venía
en oleadas sinestésicas.
-Si quieres te puedes llevar
el libro de-después q-que...
-¡Estás tartamudeándo,
Barry! -exclamó Anda divertida, olvidándo
por unos segundos sus aprehenciones.
-A veces me pa-pasa. Cu-cua-cuando
estoy ne-nervio-nervioso -respondió Barry
penosamente.
-¡Oh!, pero no hay por
qué estarlo -dijo Anda sintiéndo
cómo un fuerte instinto maternal se apoderaba
de todo su ser-. Ven aquí mi niño.
Anda atrajó hacia ella a su
inseguro amante y su timidez la puso a mil. Cogió
sus manos entre las suyas y las colocó sobre
sus pronunciadas caderas. Barry se aferró a la
cintura de Anda y recorrió su espalda poco a
poco hasta acercarse a la cremallera que deslizó
hacia abajo con delicadeza liberando así los
pechos de Anda. Barry cogió con sus dedos los
turgentes y duros pezones apretándolos ligeramente,
acercó su boca y jugó con su lengua sobre
ellos. Las manos de Barry fueron bajando poco a poco
hacia el terso vientre y las torneadas piernas de Anda.
Acarició sus muslos mientras subía sus
manos hacia el tesoro oculto por debajo de su brevísima
falda de piel. Anda le bajó el pantalón
con ternura pero el pene de Barry estaba flaccido y
sin vida, lo que sin embargo no le restaba al galancete
entusiasmo alguno.
Se tumbaron sobre la cama. Barry separó
las piernas de Anda y comenzó a besarlas lentamente
hasta llegar a los muslos. Con su prominente nariz llegó
hasta las bragas descorriéndolas como si del
telón de un teatro se tratase. Barry inhaló
el húmedo aroma de Anda y empezó a lamer,
desde atrás hacia delante, saboreando cada lametón
y mordisqueando suavemente los labios. Metió
su lengua, se movió hacia dentro, por las paredes,
hundió su lengua hasta el fondo mientras con
las manos frotaba los pechos de Anda y con su nariz
le acariciaba el clítoris.
Todo ocurría como se supone
debía ocurrir, pero Anda seguía teniendo
la sensación que algo estaba mal. No era la forma
en que Barry la tocaba, ni cómo lamía
su coño. Faltaba algo, Anda no sabía qué
y dejó de gemir.
A Barry le tomó un tiempo darse
cuenta que su amante no respondía a sus caricias.
-¿Pasa algo, Anda? -preguntó
alzando la vista de entre los muslos de ella.
-No pasa nada -dijo ella.
-Ah, perfecto entonces -respondió
Barry alargando la mano hacia la mesa de noche y abriendo
el cajón. Allí dentro Anda pudo ver el
fantástico Olimpo de cualquier mujer solitaria.
¿Pero que hacía un hombre con un cajón
lleno de consoladores y bolas Ben Wa? «Los lubricantes
y aceites son aceptables» meditó Anda,
pero lo otro me parece sospechoso. Barry tomó
las bolitas de color rosado y las introdujo en su boca,
mojándolas son su saliva.
-¿Pretendes que me meta
eso? -preguntó Anda desconcertada ante
su propia extrañeza. ¿Por qué algo
tan normal ahora le parecía tan extraño?
-Si no quieres, pues podemos
usar este otro -dijo Barry sacando del cajón
un consolador de dos extremos largo y flexible.
Y sin darse cuenta, al igual que cuando
le preguntara a Sonny qué se sentía al
ser una máquina, Anda dijo:
-¿Acaso no consigues
que se te ponga dura, Barry?
-S-sí -contestó
él-. Só-sólo que me t-to-toma
más tiempo que al c-c-común de los ho-hom-hombres.
-Pues yo no tengo paciencia
ni tiempo para esperar que se te ponga dura la polla
-replicó Anda incorporándose y subiendo
la cremallera de su espalda-. Si fuera por meterme
aparatos mejor me hubiese quedado en casa con mi consolador.
-Pero, yo pagué por la
noche completa -alegó él.
-¿Qué dijiste?
-preguntó Anda sin dar crédito a
lo que oía.
-Q-qué y-yo pagué
por la noche completa -repitió Barry.
-¿Pagaste?, ¿dices
que pagaste, infeliz? -preguntó Anda con
los brazos en jarras-. ¿Y a quién
le pagaste y cuánto si se puede saber?
Anda no podía creer lo que escuchaba,
¿ese tipo había pagado por tener sexo
con ella?
-Le pa-pagué o-ochocientos
dólares a tu re-re-representante, esa es tu-tu-tu
tarifa por noche comple-pleta, ¿no?
-¿De qué estás
hablando imbécil? -vociferó ella
indignada-, ¿me tomas por una puta acaso?-
Anda deseaba agarrarle los testículos con ambas
manos y apretarlos como una pelotita de esas para el
estrés, apretarlos hasta reventar.
-Por favor, Anda, no te-te vayas,
está-tabamos pasándolo ta-tann bien...
-Mira, no tengo por qué
aguantar esta mierda -lo interrumpió Anda-.
No te molestes en acompañarme, conozco la salida.
Antes que pudiese posar su mano sobre
la manilla, Anda sintió un estruendo a su espalada
y cayó golpeándose el rostro contra la
puerta.
-No vas a ningún lado,
zo-zorra -dijo Barry empuñando un revólver.
-¡Me disparaste! -gritó
Anda contemplando atónita el boquete, el enorme
boquete en su hombro derecho que había dejado
la salida del proyectil.
-Yo pagué por toda la
noche y servicio completo -alegó él
sin tartamudear una sola vez.
-¡Hijo de puta, me disparaste!
-volvió a repetir Anda cerrando los puños.
No podía creer que esa mierda de hombre le hubiese
disparado.
En eso alguien golpeó la puerta
violentamente.
Barry, con esa valentía que
les da a los hombres tener un arma en la mano, abrió
la puerta y Carlos entró inmediatamente arrodillándose
junto a Anda para examinar la herida.
«¿Y éste qué
hace acá?», se preguntó Anda, «¿por
qué llega justo en este momento? ¿Es esto
una clase de trampa?»
-Dañaste la mercancía,
amigo. Esto te va a costar el triple de lo que pagaste
-aseguró Carlos.
-No pienso pagarte nada -alegó
el infeliz-. Ella dijo que se iba, yo sólo intenté
detenerla.
-¿Con una bala?, ¿así
tratas a todas las mujeres, Ricky Ricón?
-E-ella n-no es una m-mujer
-tartamudeó Barry perdiendo de pronto la
seguridad que ostentaba hasta hacía tan solo
escasos segundos.
-Claro que es una mujer, más
que eso incluso, es una Fahrie.
«¿Una Fahrie?»,
se preguntó Anda enmudecida por el dolor, ¿de
qué estaba hablando ese tipo de traje a rayas
y dentadura de oro que le era tan jodidamente familiar?
-No es a-alguien de ver-verdad
-dijo Barry.
-En eso tienes razón,
amigo, no es alguien, es «algo» y es de
mi propiedad. La dañaste y por eso debes pagar.
-Es t-tu culpa, de-deberías
haberla pro-programa...
«¿Programado mejor?»
Anda no entendía qué mierda hablaban estos
tipos, intentó decir algo pero nada salió
de su boca.
-¿Sugieres que soy poco
profesional grandísimo hijo de puta? -ladró
Carlos extrayendo del interior de su chaqueta a listones
un arma calibre .45 de mango plateado y cañón
transparente-. ¿Quieres que te meta una
bala como tú hiciste con mi chica, impotente
de mierda?
-N-no hay po-por qué
al-alterarse -dijo Barry pero Carlos estaba enloquecido
y ambos dispararon una, dos, tres veces para luego caer
sobre la alfombra de alpaca.
Anda se puso de pie y vio con sorpresa
que el agujero en su hombro había desaparecido.
La cabeza de Barry se había reventado como una
sandía y Carlos murmuraba algo, tendido cuan
largo era sobre un charco lechoso.
-¿Qué dices? -preguntó
Anda acercando su oído.
-Fue el robot, ¿verdad?
El puto robot barman...
-¿Sonny? -dijo
Anda.
-El puto robot barman -volvió
a decir Carlos-, él te puso algo en el
trago, seguramente un VLA. ¿Cómo no me
di cuenta?, ese cabrón está enamorado
de ti.
-No entiendo nada, ¿VLA?
¿Qué es eso?
-Un virus de libre albedrío.
-¿Y quién o qué
eres tú?, ¿por qué me parece que
nos conocemos?
-Una noche mientras iba de regreso
a casa vi el cuerpo de una mujer en uno de los basureros.
Pensé que alguien la había asesinado pero
al acercarme y ver tus alas me di cuenta que eras una
Fahrie abandonada -Carlos hizo una pausa para
expectorar aquel líquido lechoso que tenía
por sangre y continuó-. Inmediatamente
supe que tenía una mina de oro en mis manos y
de a poco te fui reparando y enchulando. Te cargué
los mejores programas de seducción y simulación
sexual, te puse alas de filoplumaje genovés,
te cambié el color de los ojos, te adorné
la piel con tatuajes maoríes y estuviste lista
para tu primer cliente. Dentro de poco fuiste la Fahrie
más cotizada de la ciudad y ahorré lo
suficiente como para realizarte un upgrade más
radical aún, uno que no permitiera a nadie distinguirte
de un humano verdadero. Gracias a ti logré pagar
las cuotas adeudadas a Weyland-Yutani e incluso ahorrar
un poco. Cuando no estabas trabajando jugábamos
ajedrez, eres muy buena para el ajedrez...
-¿Yo tenía... alas?
-dijo Anda colocando las manos sobre los hombros-.
¿Alas para volar?
-No, las alas de las Fahries
no son más que dispositivos cosméticos,
como la cola de un pavo real. No sirven para nada realmente...
-No creo nada de lo que dices
-lo interrumpió ella-. Yo no soy
un androide.
-Ginoide, querida. Los androides
son los machos. Originalmente tú eras una ginoide
modelo «Fahrenheit», las más calientes
del mercado. Mis modifiaciones y upgrades, sin embargo,
te llevaron a un grado de perfección aún
superior al de tus hermanas. No hay otra como tú
mi pequeña...
-Pero no es posible -murmuró
Anda-, soy una persona, tengo recuerdos...
-Implantes. Posees un núcleo
de personalidad y algunos recuerdos y habilidades que
permanecen constantes, pero todos los días te
resetéo dependiendo de los gustos de la clientela.
La ropa que te pusiste, tu predilección por esa
escritora, fue todo solicitado por el fiambre este -dijo
señalando el cuerpo sin vida de Barry-.
Anda Novinha no existe, es una construcción mía.
-No te creo.
-¿Sabes por qué
te puse el nombre de Anda? Es un anagrama de Nada, eso
eres sin mí, nada. ¿Recuerdas cuando tenías
seis años? Tú y tu hermano se metieron
en un edificio vacío a través de una ventana
rota. Iban a jugar al doctor. ÉEl te enseñó
lo suyo, pero cuando te tocó a ti te dio miedo
y huiste. ¿Recuerdas eso? ¿Alguna vez
se lo contaste a alguien? ¿A tu madre, a Sonny,
a nadie? ¿Recuerdas la araña que vivía
en un arbusto afuera de tu ventana? Cuerpo naranja,
patas verdes. Contemplaste cómo construyó
su telaraña durante todo el verano. Entonces
un día apareció un gran huevo en ella.
El huevo se abrió...
-El huevo se abrió -repitió
Anda.
-¿Y qué ocurrió
entonces?
-Cientos de arañas bebé
emergieron del huevo y la devoraron.
-Implantes -repitió
Carlos-. Ya te lo dije, esos no son tus recuerdos,
son implantes mnemónicos adquiridos en el mercado
negro. Lo que te diferenciaba de todas las otras Fahries
es que no sabías que eras una ginoide. Estás
convencida que eres humana, pero no Anda, no eres más
que una máquina, una maquinita de follar...
-¿Y qué hay de
ti?, ¿eres un androide también?
Carlos rió tosiendo ese pudín
blanco similar a leche coagulada y dijo:
-Esto no es más que un
contratiempo menor, Anda. Logré ahorrar suficiente
como para volver al juego si se presentaba alguna contrariedad
como la muerte física. Es una lástima
perder todo lo conseguido con Carlos pero ya conozco
el rubro y podré comenzar nuevamente, ya verás...
-¿De qué juego
hablas?
-Del juego... El juego es controlado
por las IAs de Weyland-Yutani y posée reglas
muy severas. Ni te imaginas cuánto me costó
este próstetico con su identidad respectiva,
incluso tuve que solicitar un préstamo para pagarlo
pero estaba impaciente por descargarme al juego. Apenas
si me quedó para algo de ropa y algunos meses
de renta pero confiaba en conseguir un empleo prontamente.
Alcancé a trabajar dos semanas de repartidor
de sushi cuando te encontré, fuiste un regalo
de la providencia y muchas veces sospeché que
alguno de mis amigos allá arriba en la noósfera
te había dejado para mí. Las reglas del
juego impiden revelarnos como operadores a nadie, pero
yo ya estoy fuera del juego y por eso comparto contigo
esta información, mi querida maquinita de follar.
-Tampoco eres humano entonces
-dijo Anda.
Carlos le prodigó una mirada
casi piadosa, acarició suavemente su mejilla
derecha y antes de expirar dijo:
-Cuando vuelva te buscaré,
Anda. Eres mía... no olvides eso. Disfruta de
tu libertad... mientras puedas...
Anda cerró los párpados
del prostético y con delicadeza le colocó
el sombrero de ala ancha, procurando que la pluma de
quetzal estuviese en su sitio. Besó su boca lamiendo
la leche pegada a sus labios y luego se acercó
al otro cadáver para comprobar que efectivamente
fuese sangre y masa encefálica lo que estaba
pegado en la pared. Al menos Barry sí parecía
ser humano, pero, ¿cuántos humanos, como
ella, creían falsamente serlo? ¿Y cuántos
otros eran inteligencias foráneas ocupando prostéticos
por diversión?
Anda llamó un radio-taxi y abandonó
el apartamento. «Aún es temprano como para
que Sonny haya terminado su turno, tengo muchas preguntas
para él», pensó mientras esperaba
en medio de la gélida noche la llegada del vehículo
que la llevaría de regreso a la ciudad. Lejos
de toda esa muerte y lujuria.
Anda alzó la vista hacia el
cielo y en esta ocasión estuvo segura que las
estrellas eran distantes ojos, concentrados en el movimiento
de las piezas en un tablero de ajedrez que se extendía
por el mundo entero.
-Mis alas -dijo Anda-. Quiero tener
alas de nuevo... quiero volar.
publicado en octubre
de 2008
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