| El doctor Martínez
suspiró viendo el caos de su despacho. Decenas
de hojas de informes e historias clínicas inundaban
su mesa. Y en su ordenador había más ventanas
abiertas que en el Empire State Building en un día
de verano. Sin embargo un cierto alivio iba matizando
su ánimo en principio desesperado, porque parecía
que al fin estaba sacando algo en claro.
Tras un par de intentos fallidos,
el médico acertó en pinchar la ventana
que le interesaba. En ella se resumían los datos
de los casos clínicos: sexo, edad y antecedentes
de los intoxicados, síntomas, y últimos
alimentos consumidos. Lo que más destacaba era
una columna, que lucía repleta de equis, encabezada
por el epígrafe «Vino».
En pocos días se habían
registrado numerosos casos de intoxicación con
semejantes síntomas. Unos minutos después
de comer, los individuos presentaban un cuadro clínico
de mareos, desorientación, nauseas, vómitos
e incluso alteraciones del comportamiento. Martínez
había sido designado para llevar a cabo el estudio
epidemiológico, y buscar cuál podría
ser el agente etiológico. Tras entrevistar a
enfermos y médicos, y consultar decenas de historias
clínicas y partes de urgencia, había elaborado
aquella planilla que constataba que en todos los casos
se había tomado vino de una determinada marca.
Tras informar a la policía de tal circunstancia,
los agentes consiguieron un par de botellas del vino
sospechoso.
No habían transcurrido ni dos
horas cuando Martínez accedía a las bodegas
donde se elaboraba aquel vino. Los directivos de la
empresa se mostraron abrumados por la noticia, y ofrecieron
toda su colaboración, tras lo cual accedieron
a las bodegas. Eran unos laboratorios enormes en los
que trabajaban más de 50 químicos y biólogos,
en un laberinto de tubos de ensayo, incubadoras, unidades
de modificación molecular, neveras y otras máquinas
de función desconocida. El director de la bodega
le mostró al médico los distintos procedimientos
que se realizaban allí, y las rutinas de seguridad
establecidas. Finalmente le mostró cada una de
las variedades de vino que se sintetizaban: vino con
anabolizantes para desarrollo muscular, con antibióticos
y antigripales, potenciadores de bacterias intestinales,
vinos coadyuvantes de regímenes de adelgazamiento
-diuréticos y laxantes-. También elaboraban
diversos caldos gastronómicos: vinos con gusto
semejante al calimocho o a la ginebra, con sabor a carne,
pescado, verduras,…
Se tiraron más de una hora examinando
las distintas variedades de vino, y comparándolas
con las dos botellas con la bebida supuestamente tóxica.
Pero los esfuerzos fueron vanos. Ninguno de los más
de 700 vinos que sintetizaban en aquella bodega coincidían
con el que había llevado Martínez. Uno
de los policías le comentó al médico
que pudiera ser que lo hubieran escondido, y que probablemente
tendrían que practicar un registro forzoso.
En ese momento apareció en
la sala donde estaban todos reunidos un hombre de avanzada
edad. Era el antiguo director de la bodega, que lo había
sido hasta hace 14 años, y que seguía
en contacto con los actuales responsables, asesorándolos.
Le pusieron al corriente del problema, tras lo cual
él mismo decidió beber una mínima
cantidad del vino sospechoso. Tras paladearlo durante
unos segundos, comenzó a reír a carcajadas,
mientras les explicaba la causa de su humor. Aquel vino
no era tóxico, sino que era vino de verdad, del
de antes, de uva, con alcohol. Los que lo habían
tomado no habían sufrido ninguna patología.
Simplemente se habían agarrado una borrachera
del copón.
publicado en octubre
de 2008
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