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Investigación toxicológica Más sobre Ricardo Manzanaro

El doctor Martínez suspiró viendo el caos de su despacho. Decenas de hojas de informes e historias clínicas inundaban su mesa. Y en su ordenador había más ventanas abiertas que en el Empire State Building en un día de verano. Sin embargo un cierto alivio iba matizando su ánimo en principio desesperado, porque parecía que al fin estaba sacando algo en claro.

Tras un par de intentos fallidos, el médico acertó en pinchar la ventana que le interesaba. En ella se resumían los datos de los casos clínicos: sexo, edad y antecedentes de los intoxicados, síntomas, y últimos alimentos consumidos. Lo que más destacaba era una columna, que lucía repleta de equis, encabezada por el epígrafe «Vino».

En pocos días se habían registrado numerosos casos de intoxicación con semejantes síntomas. Unos minutos después de comer, los individuos presentaban un cuadro clínico de mareos, desorientación, nauseas, vómitos e incluso alteraciones del comportamiento. Martínez había sido designado para llevar a cabo el estudio epidemiológico, y buscar cuál podría ser el agente etiológico. Tras entrevistar a enfermos y médicos, y consultar decenas de historias clínicas y partes de urgencia, había elaborado aquella planilla que constataba que en todos los casos se había tomado vino de una determinada marca. Tras informar a la policía de tal circunstancia, los agentes consiguieron un par de botellas del vino sospechoso.

No habían transcurrido ni dos horas cuando Martínez accedía a las bodegas donde se elaboraba aquel vino. Los directivos de la empresa se mostraron abrumados por la noticia, y ofrecieron toda su colaboración, tras lo cual accedieron a las bodegas. Eran unos laboratorios enormes en los que trabajaban más de 50 químicos y biólogos, en un laberinto de tubos de ensayo, incubadoras, unidades de modificación molecular, neveras y otras máquinas de función desconocida. El director de la bodega le mostró al médico los distintos procedimientos que se realizaban allí, y las rutinas de seguridad establecidas. Finalmente le mostró cada una de las variedades de vino que se sintetizaban: vino con anabolizantes para desarrollo muscular, con antibióticos y antigripales, potenciadores de bacterias intestinales, vinos coadyuvantes de regímenes de adelgazamiento -diuréticos y laxantes-. También elaboraban diversos caldos gastronómicos: vinos con gusto semejante al calimocho o a la ginebra, con sabor a carne, pescado, verduras,…

Se tiraron más de una hora examinando las distintas variedades de vino, y comparándolas con las dos botellas con la bebida supuestamente tóxica. Pero los esfuerzos fueron vanos. Ninguno de los más de 700 vinos que sintetizaban en aquella bodega coincidían con el que había llevado Martínez. Uno de los policías le comentó al médico que pudiera ser que lo hubieran escondido, y que probablemente tendrían que practicar un registro forzoso.

En ese momento apareció en la sala donde estaban todos reunidos un hombre de avanzada edad. Era el antiguo director de la bodega, que lo había sido hasta hace 14 años, y que seguía en contacto con los actuales responsables, asesorándolos. Le pusieron al corriente del problema, tras lo cual él mismo decidió beber una mínima cantidad del vino sospechoso. Tras paladearlo durante unos segundos, comenzó a reír a carcajadas, mientras les explicaba la causa de su humor. Aquel vino no era tóxico, sino que era vino de verdad, del de antes, de uva, con alcohol. Los que lo habían tomado no habían sufrido ninguna patología. Simplemente se habían agarrado una borrachera del copón.

 

publicado en octubre de 2008

 
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