| Miguel contempló
con satisfacción desde la puerta del despacho
el nuevo ordenador que le acababan de instalar. En principio,
su aspecto no difería con respecto al anterior.
La joya moraba en su interior, en el disco duro. Alojados
en dicha estructura estaban el software para el funcionamiento,
y “alado” la unidad de memoria.
Esta última era la nueva versión
del sistema de almacenamiento de datos más avanzado
que se había creado. La versión definitiva.
En aquel diminuto espacio cabía todo. Su disco
de memoria atesoraba toda la información del
mundo, todos los datos del universo conocido. Todo,
todo, absolutamente todo. Aquellos escasos centímetros
abarcaban los billones de años luz de todo el
cosmos. La obra completa de todos los poetas turcos
de cualquier siglo. La estatura de todos los que han
vivido en España desde 1947. Todas las piezas
para clavicordio escritas nunca. Las dimensiones, características
y año de construcción de todos los edificios
erigidos en el planeta.
Necesitaría aproximadamente
60 años, con sus días y sus noches, para
leer todos los relatos de ciencia-ficción publicados,
y que allí venían contenidos; 165 años
en oír todas las canciones pop-rock incluidas;
y 70 años en ver todas las ilustraciones que
contenía el disco, dedicando un segundo a cada
una de ellas. Estaba todo.
Por ello, a partir de su aparición
ya no se decía que el ordenador tenía
tantos miles de gygabytes de memoria, tantas decenas
de cosmobytes. ¿Tenemos una unidad que acumula
toda la información del mundo? Pues digamos que
tiene un todobyte. Y se quedó con ese nombre.
Además, tal denominación
estaba asegurada, ya que jamás se rebasaría
ese límite. El sistema se actualizaba permanentemente.
Cada segundo, vía Internet, el disco recibía
los últimos datos surgidos: los últimos
resultados deportivos, las últimas canciones
radiadas, los últimos nacimientos y muertes acaecidas.
Todo lo nuevo que acababa de ocurrir. Se aseguraba que
pasaría mucho tiempo hasta que los nuevos contenidos
rebasaran la capacidad del disco. La propaganda decía
que cabía 20 veces más que el material
actual; 20 veces más que todos los datos del
mundo actual. De esta manera, el ordenador tenía
ahora y siempre tendría 1 todobyte.
Miguel se relamió de gusto al
imaginar la cara de sus amigos, al revelarles su nueva
adquisición. Ellos siempre tenían lo más
reciente de lo último. Cada vez que él
anunciaba que se iba a comprar tal equipo o tal programa,
ellos salían con las mismas frases: “¿Eso?
Buff. Yo ya lo tengo desde…” o “¡Qué
dices! Si eso es muy antiguo”. Pero en la presente
ocasión estaba seguro de que si no antes que
ellos, había adquirido el nuevo sistema al menos
a la vez que la gente de su cuadrilla. En la tienda
donde lo compró, le juraron y perjuraron que
acababa de salir al mercado.
Volvió a contemplar unos instantes
el ordenador, y, con semblante de satisfacción,
salió del domicilio, dirigiéndose al bar
donde había quedado con sus amigos para la cotidiana
cena de los viernes.
***
Nervioso y de mala leche, Miguel falló
varias veces en el propósito de insertar la llave
en la cerradura. Cuando lo consiguió, abrió
la puerta con celeridad, y seguidamente la cerró
sin miramientos, ocasionando un considerable estruendo.
Se dirigió como un rayo de luz directo al ordenador,
mientras susurraba “Mierda, me han engañado,
me han engañado”.
Cuando comenzó la reunión con sus amigos,
Miguel no tardó más de dos minutos en
anunciar su nueva adquisición, su flamante disco
de memoria de 1 todobyte. Observó con satisfacción
que, aunque todos mencionaban su interés en adquirir
tal avance, ninguno de ellos lo tenía. Fue entonces,
mientras Miguel henchía de orgullo, cuando José
pronunció la terrible frase.
Si, está muy bien, pero creo
que te va a durar poco; lo vas a tener que cambiar enseguida.
He visto que en Estados Unidos ya hay discos de memoria
que llevan 20 todobytes de datos y con capacidad para
500 todobytes.
Miguel rió con ganas: “Ja,
ja, ja, qué broma más buena” exclamó
“Eso es imposible”. Sin embargo, unos minutos
más tarde, la línea de su boca había
perdido la forma curva y adoptado formato recto. Estaba
preocupado y angustiado. José Mari le aseguraba
con vehemencia que no estaba contando ningún
chiste. Y el resto de la cuadrilla confirmaba haber
oído o visto acerca de discos con capacidad de
100 ó 200 todobytes. Si efectivamente era así,
en la tienda donde había adquirido la unidad
de memoria le habían engañado. No podía
haber aumentado de 1 a 20 todo bytes en dos días.
Además no tenía sentido. Se suponía
que iba a ser siempre 1 todobyte, que lo tenía
todo.
Tras teclear en el buscador el nombre
de la empresa que comercializaba el dispositivo de memoria
de 500 todobytes, esperó ansioso, intranquilo,
la conexión con la página. Pasaron milésimas
de segundo entre la aparición de la web y el
veloz movimiento del cursor hacia el apartado de “Discos
de memoria”.
Miguel fue leyendo con detenimiento
lo que venía en ese apartado. Poco a poco fue
entendiendo en qué consistía el sistema,
y simultáneamente tranquilizándose.
Su disco de memoria estaba bien. Lo
que ofrecía aquella empresa era algo diferente.
Incorporaba un sistema inteligente cuya función
era combinar para crear. Fabricaba nueva información.
Combinaba 4 cuadros de El Greco para conseguir otro
nuevo. Mezclaba un relato de Raymond Chandler y dos
de Dashiel Hammet, y obtenía 20 variantes diferentes.
Cogía el ritmo de una canción de los Beatles,
la melodía de una de los Shadows, y la letra
de una de los Rolling, y archivaba el nuevo contenido
en el disco de memoria. Probablemente el nuevo cuadro
fuera infame; la novela no tuviera ni pies ni cabeza;
y el tema musical fuera una porquería. Pero eran
más bytes. Ahora ya no había límite.
La unidad creaba contenidos sin cesar. Y cada vez lo
haría más rápido. Dentro de poco
habría miles de todobytes, millones de gygatodobytes.
Sin límite. Sin fin.
Miguel ya no mostraba expresión
de disgusto, más bien al contrario, de interés,
de pasión, de caérsele la baba.
-Qué guay… A ver si lo
sacan pronto aquí -susurró.
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