| Instantes después
de aterrizar, la IA de la nave activó los sistemas
de chequeo interno. Tardó 30 segundos en comprobar
que todos sus componentes estaban indemnes, y que no
se observaba ningún desperfecto importante en
su estructura.
La sonda seguidamente puso en marcha
la unidad de análisis, la cual dio las órdenes
pertinentes. Así, sensores externos iniciaron
la medición de parámetros atmosféricos.
Una sub-unidad cartografió la región,
con la ayuda de los satélites orbitales. Por
último, varios mini-vehículos partieron
de la nave, con la misión de obtener muestras
de suelo y elementos vivos.
Tres órbitas después,
la IA tenía todos los datos para calificar a
aquel planeta. Poseía una atmósfera bastante
similar a la de la Tierra, y las radiaciones solares
que recibía estaban dentro del intervalo considerado
aceptable. Las cifras registradas en parámetros
tales como niveles de oxígeno o de otros gases,
temperaturas habituales y extremas, o en las distintas
variables bioquímicas eran razonablemente aceptables.
La conclusión fue diáfana.
El planeta era adecuado para montar allí una
colonia. Pero se requería realizar una serie
de modificaciones para crear un ambiente aceptable para
los humanos. El planeta necesitaba un terraformación.
Y dicho y hecho. El proceso se puso
en marcha.
Unidades forestales talaron bosques
e instalaron allí campos de fútbol y pistas
de tenis. Robots constructores remodelaron las regiones
costeras y erigieron decenas de rascacielos. Brigadas
de asfaltado transformaron caminos forestales en autopistas
de cuatro carriles. Se perforó el subsuelo para
habilitar aparcamientos. Cuadrillas de androides construyeron
macrocentros comerciales en valles. Los animales autóctonos
fueron reemplazados por otros más del gusto terrestre:
vacas, gorriones, caballos...
Finalizados estos trabajos, la IA quedó
satisfecha. Ahora sí que podían vivir
allí los humanos.
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