| La historia comenzó
en una diminuta oficina, perdida en un inmenso complejo
de locales, trasteros y almacenes, que conformaba un
elevado edificio en las afueras de Madrid.
Era una agencia matrimonial. Una más.
Una mota en el maremagnum que atestaba las secciones
de Contactos de los periódicos. Un bit entre
las millonadas de gigas que atiborraban webs, foros
y chats.
A primera vista, no parecía
muy diferente del resto del gremio. El único
aspecto que resultaba algo peculiar, aunque tampoco
era un caso único, era que la llevaba una única
persona. Un hombre joven, de unos treinta años,
se encargaba de todo. Tampoco su manera de darse a conocer
fue original: anuncios en periódicos e Internet.
Sin embargo, los escasas personas
que acudieron a la agencia, comprobaron que el método
que usaba aquel individuo para alcanzar el objetivo
del adecuado emparejamiento sí era distinto del
tradicional. No se incluían tests de ningún
tipo, ni tampoco las típicas baterías
de preguntas acerca de hobbies, estilo de vida, música
preferida, color favorito, hábitos, vicios, etc,…
El sistema seguido era sencillo: hablar, conversar.
Las sesiones eran prolongadas charlas, durante las cuales
el hombre de la agencia intentaba conocer a fondo a
esa persona: sus objetivos en la vida, sus frustraciones,
sus alegrías, sus miedos. Inicialmente los clientes
eran reticentes a hablar. No se soltaban. Pero aquel
individuo tenía un poder especial, unas maneras
de conversar, de preguntar, de aconsejar, que, al final,
lograba desactivar todas las defensas, los «antivirus»
que mantenía la psique del cliente para evitar
que invadieran el núcleo íntimo de su
ser. De esta manera, el consejero matrimonial conseguía
caracterizar al otro, lo que facilitaba mucho su trabajo.
Además funcionaba como terapia en el cliente,
una especie de psicoanálisis, que conseguía
sacar al consciente sus traumas y miedos, y posteriormente
anularlos, al menos en parte.
Los siguientes pasos en el proceso
eran, por el contrario, los típicos en estas
agencias. Se analizaban las fichas de los clientes,
y se buscaban los mejores candidatos para convertirse
en su media naranja. Días después tenía
lugar la sesión en que se procedía a presentarles.
En aquel rito de la puesta en contacto las destrezas
del director de la agencia volvía a ponerse de
manifiesto, ya que, a través de su conversación
con los dos pretendientes, reforzando los aspectos comunes
que presentaban, conseguía crear una fascinación
mutua entre éstos.
El caso es que, ya fuera por el uso
de aquella metodología, o por el especial don
que parecía tener aquel «celestino»,
el éxito en los emparejamientos propuestos fue
casi total. Las estadísticas eran tan espectacularmente
favorables que el de la agencia decidió manipularlas,
incrementando un poco el porcentaje de fracasos, porque
sino iban a parecer increíbles e inventadas.
Poco a poco la empresa y sus triunfos
comenzaron a destacar. Cada vez había más
conversaciones en foros de Internet, en las que clientes
contaban su experiencia, y los satisfactorios resultados
obtenidos. Cada vez más periódicos y revistas
se interesaban por la agencia, relatando sus métodos
y mostrando sus estadísticas. Con aquella publicidad
laudatoria, la llegada de nuevos clientes era cada vez
más frecuente. Y la agencia comenzó a
abrir nuevas sedes en diferentes barrios de la ciudad.
Y de ahí a localidades cercanas, luego a provincias
limítrofes, y así el mapa de España
que colgaba del despacho de Dirección se fue
llenando de puntos rojos, uno por cada nueva oficina.
Este éxito no cambió
la actitud del fundador de la empresa. Para formar a
los nuevos empleados, él mismo mantenía
larguísimas sesiones con cada uno de ellos, procediendo
de manera similar a como lo hacía con los clientes,
conociéndole a fondo, y capacitándolo
no sólo como técnico, sino también
como persona. Con ello conseguía un profesional
eficiente y también un mejor ser humano.
Más adelante, con el negocio
de los matrimonios marchando viento en popa, aquel hombre
decidió iniciar una nueva expansión de
la empresa, poniendo en marcha otros servicios: gabinetes
de resolución de conflictos matrimoniales, psicólogos
para niños rebeldes o con problemas en la escuela,
talleres para padres, centros de mediación, bufetes
de asesoramientos para creación de empresas de
economía social.
El crecimiento y los positivos datos de aquel holding
terminó por dejar huella en múltiples
aspectos sociales: menor tasa de divorcios, disminución
del fracaso escolar, reducción de la violencia
doméstica y juvenil, mejora del nivel de vida
de las clases bajas.
La marea de puntos rojos ya había
traspasado las fronteras, y se abrían sedes y
oficinas por decenas cada mes en ciudades de Europa
y Norteamérica.
18 años después de la
inauguración de aquella primera mini-oficina,
el hombre que la fundó, ahora dueño de
semejante mega-corporación, revisaba balances
y estadísticas económicas y sociales.
Aquello iba estupendamente. El plan estaba funcionando
a la perfección. Jesús sonrió.
En esta segunda venida, con la nueva estrategia adoptada,
las cosas estaban saliendo mucho mejor que hace 2.000
años.
publicado en noviembre
de 2008
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