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Segunda oportunidad Más sobre Ricardo Manzanaro

La historia comenzó en una diminuta oficina, perdida en un inmenso complejo de locales, trasteros y almacenes, que conformaba un elevado edificio en las afueras de Madrid.

Era una agencia matrimonial. Una más. Una mota en el maremagnum que atestaba las secciones de Contactos de los periódicos. Un bit entre las millonadas de gigas que atiborraban webs, foros y chats.

A primera vista, no parecía muy diferente del resto del gremio. El único aspecto que resultaba algo peculiar, aunque tampoco era un caso único, era que la llevaba una única persona. Un hombre joven, de unos treinta años, se encargaba de todo. Tampoco su manera de darse a conocer fue original: anuncios en periódicos e Internet.

Sin embargo, los escasas personas que acudieron a la agencia, comprobaron que el método que usaba aquel individuo para alcanzar el objetivo del adecuado emparejamiento sí era distinto del tradicional. No se incluían tests de ningún tipo, ni tampoco las típicas baterías de preguntas acerca de hobbies, estilo de vida, música preferida, color favorito, hábitos, vicios, etc,… El sistema seguido era sencillo: hablar, conversar. Las sesiones eran prolongadas charlas, durante las cuales el hombre de la agencia intentaba conocer a fondo a esa persona: sus objetivos en la vida, sus frustraciones, sus alegrías, sus miedos. Inicialmente los clientes eran reticentes a hablar. No se soltaban. Pero aquel individuo tenía un poder especial, unas maneras de conversar, de preguntar, de aconsejar, que, al final, lograba desactivar todas las defensas, los «antivirus» que mantenía la psique del cliente para evitar que invadieran el núcleo íntimo de su ser. De esta manera, el consejero matrimonial conseguía caracterizar al otro, lo que facilitaba mucho su trabajo. Además funcionaba como terapia en el cliente, una especie de psicoanálisis, que conseguía sacar al consciente sus traumas y miedos, y posteriormente anularlos, al menos en parte.

Los siguientes pasos en el proceso eran, por el contrario, los típicos en estas agencias. Se analizaban las fichas de los clientes, y se buscaban los mejores candidatos para convertirse en su media naranja. Días después tenía lugar la sesión en que se procedía a presentarles. En aquel rito de la puesta en contacto las destrezas del director de la agencia volvía a ponerse de manifiesto, ya que, a través de su conversación con los dos pretendientes, reforzando los aspectos comunes que presentaban, conseguía crear una fascinación mutua entre éstos.

El caso es que, ya fuera por el uso de aquella metodología, o por el especial don que parecía tener aquel «celestino», el éxito en los emparejamientos propuestos fue casi total. Las estadísticas eran tan espectacularmente favorables que el de la agencia decidió manipularlas, incrementando un poco el porcentaje de fracasos, porque sino iban a parecer increíbles e inventadas.

Poco a poco la empresa y sus triunfos comenzaron a destacar. Cada vez había más conversaciones en foros de Internet, en las que clientes contaban su experiencia, y los satisfactorios resultados obtenidos. Cada vez más periódicos y revistas se interesaban por la agencia, relatando sus métodos y mostrando sus estadísticas. Con aquella publicidad laudatoria, la llegada de nuevos clientes era cada vez más frecuente. Y la agencia comenzó a abrir nuevas sedes en diferentes barrios de la ciudad. Y de ahí a localidades cercanas, luego a provincias limítrofes, y así el mapa de España que colgaba del despacho de Dirección se fue llenando de puntos rojos, uno por cada nueva oficina.

Este éxito no cambió la actitud del fundador de la empresa. Para formar a los nuevos empleados, él mismo mantenía larguísimas sesiones con cada uno de ellos, procediendo de manera similar a como lo hacía con los clientes, conociéndole a fondo, y capacitándolo no sólo como técnico, sino también como persona. Con ello conseguía un profesional eficiente y también un mejor ser humano.

Más adelante, con el negocio de los matrimonios marchando viento en popa, aquel hombre decidió iniciar una nueva expansión de la empresa, poniendo en marcha otros servicios: gabinetes de resolución de conflictos matrimoniales, psicólogos para niños rebeldes o con problemas en la escuela, talleres para padres, centros de mediación, bufetes de asesoramientos para creación de empresas de economía social.
El crecimiento y los positivos datos de aquel holding terminó por dejar huella en múltiples aspectos sociales: menor tasa de divorcios, disminución del fracaso escolar, reducción de la violencia doméstica y juvenil, mejora del nivel de vida de las clases bajas.

La marea de puntos rojos ya había traspasado las fronteras, y se abrían sedes y oficinas por decenas cada mes en ciudades de Europa y Norteamérica.

18 años después de la inauguración de aquella primera mini-oficina, el hombre que la fundó, ahora dueño de semejante mega-corporación, revisaba balances y estadísticas económicas y sociales. Aquello iba estupendamente. El plan estaba funcionando a la perfección. Jesús sonrió. En esta segunda venida, con la nueva estrategia adoptada, las cosas estaban saliendo mucho mejor que hace 2.000 años.

 

publicado en noviembre de 2008

 
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