| El anciano colocó
con dificultad el plato ya vacío en la mesa adyacente.
Unos instantes después su esposa entró
en la habitación.
-Pero, mira que eres … -comentó
la mujer, según se acercaba a él-. Cuántas
veces te he dicho que no dejes el plato en la mesa.
Que ya te lo recojo yo. Que se te puede caer.
-Calla, mujer, que todavía
puedo hacerlo bien. No me hagas más inválido
de lo que ya estoy… Te ha quedado estupendo el
chocolate. Igual que siempre.
-Puf, qué dices –exclamó
mientras retiraba el plato– Antes sí que
lo hacía bien, pero ahora, con lo poco que veo
ya… Lo raro es que me salga algo comestible –suspiró,
sentándose en el sillón-. Vaya, la tele
está hecha un rollo ¿no? –su esposo
iba cambiando de canal cada pocos segundos.
-Ya sabes, los martes y los jueves
son los peores días. No hay más que bazofia…
Que… ¿te apetece revivir?
-Uh, por supuesto –primero sonrió
levemente y luego su expresión tornó más
apesadumbrada, mientras suspiraba de nuevo– Con
la vida que llevamos, lo único que aún
vale la pena es revivir… Ni se te ocurra moverte,
que ya te traigo yo el casco.
Revivir. Volver a vivir las mejores
escenas de su vida. Un minuto después ella regresó
empujando el carrito que portaba los cascos. En aquellos
instantes finales de la vida, sólo les quedaba
el pasado, los recuerdos. La mujer le colocó
el casco-visor a su casi paralítico marido y
le acercó la repisa con los mandos. Los viajes
que hicieron juntos, las primeras citas, la diversión
con los hijos cuando eran pequeños. Ella repitió
la misma operación consigo misma. Volver a reír,
volver a correr, volver a hacer el amor. Los dos, finalmente,
ya estaban con los cascos cubriendo casi toda la testa,
y los dedos de la mano derecha asiendo el ratón.
-No sé… -balbuceó
él– a mí me apetece el viaje a Amsterdam
¿te parece bien?
-Vale, sí –contestó
ella– hace tiempo que no revivimos ese viaje.
Vamos a ponerlo.
Ambos comenzaron a buscar el recuerdo
“Viaje a Amsterdam 2001”.
-Yo ya lo tengo –anunció
él.
-Espera… ya está. Cuando
quieras.
-De acuerdo, 3, 2, 1, ya.
Pulsaron simultáneamente el
botón del ratón. Una ráfaga eléctrica
comenzó a surcar el cable que conducía
al área de memoria de sus cerebros, y luego,
ya allí, se internó, transformada en corriente
química, en el laberinto de neuronas y axones
hasta encontrar la sinapsis que atesoraba los recuerdos
de aquel viaje. Durante varios meses, tras comprar los
cascos de revivir, se habían dedicado a estimular
cientos de sinapsis, comprobando qué recuerdos
resucitaban con tal acción, y archivando en la
memoria, esta vez del aparato, las localizaciones específicas
de los que valían la pena revivir. Ahora bastaba
con seleccionar el recuerdo, y activarlo los dos a la
vez. Y así, ayudados por los cascos de realidad
virtual, cada uno por separado, pero en realidad juntos,
volvían a vivir aquellos felices momentos.
Volver a pasear por las calles de Amsterdam.
Volver a ver las pinturas de Van Gogh. Volver a vivir
la travesía en barco por los canales.
-Qué suerte tuvimos aquel día
que fuimos en el barco, que hizo tan bueno.
-Es verdad. Qué maravilla.
A pesar de las veces que hemos puesto este recuerdo
me sigue encantando.
Los dos se sabían de memoria
lo que ocurría en aquel recuerdo. Lo habían
puesto muchas veces. Ahora, por ejemplo, tocaba tomar
un aperitivo en un café de la plaza del Dam.
Pero no importaba. Era maravilloso revivir aquello juntos.
El escuchó una exclamación
que emitió ella.
-¿Te pasa algo?
-No, nada… Es la emoción
de volver a estar aquí –comentó
ella, intentando explicar el gritito de placer que le
había salido, cuando revivió el polvo
que echó hace décadas con aquel amante
que tuvo durante 3 años. Ella no había
seleccionado el viaje a Ámsterdam, sino otro
a Mallorca con uno de los muchos ligues que mantuvo
en su vida. Se sabía de pe a pa el viaje a Amsterdam,
y, con la ayuda de un reloj que se veía en un
extremo del campo visual, de vez en cuando comentaba
incidencias del mismo para hacer creer a su esposo que
revivía aquel recuerdo–. Sí, je,
je ahora venía aquello tan divertido del vigilante
del Rijksmuseum –dijo ella, a la vez que bailaba
la lambada con aquel pedazo de tío.
Su marido sin embargo se pasó
unos segundos sin decir ni pío. Tras ese lapso,
respondió apresuradamente.
-Sí, sí, es verdad. Es
que me había quedado un poco adormilado en la
terraza del Dam.
“Para vigilantes estoy yo ahora”
pensó él sintiendo sus manos deslizarse
por las caderas de la bailarina de strip-tease. El también
había seleccionado otro recuerdo, el de uno de
los muchos martes en que salía con sus amigos
de la tertulia sobre fútbol, y durante las cuales
realmente practicaban otras disciplinas deportivas en
los puti-clubs y los locales de strip-tease a los que
iban. El miró al reloj y comentó:
-Buf, menuda tromba de agua nos cayó.
-Sí, menos mal que duró
poco -respondió ella, mientras se revolcaba con
su amante en la playa.
Y así pasaron los minutos del
“viaje a Amsterdam”. Al concluir el recuerdo,
los dos se quitaron los cascos de imagen.
-Ay, qué bien lo hemos pasado
en la vida –suspiró ella-. Cómo
hemos disfrutado.
-Sí –respondió
él– Qué suerte que ahora lo podemos
revivir.
-Venga, vamos a acostarnos.
Ella empujó la silla de ruedas
en la que estaba él, y dirigiéndose al
dormitorio, apagó la luz de la sala.
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