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Revivir Más sobre Ricardo Manzanaro

El anciano colocó con dificultad el plato ya vacío en la mesa adyacente. Unos instantes después su esposa entró en la habitación.

-Pero, mira que eres … -comentó la mujer, según se acercaba a él-. Cuántas veces te he dicho que no dejes el plato en la mesa. Que ya te lo recojo yo. Que se te puede caer.

-Calla, mujer, que todavía puedo hacerlo bien. No me hagas más inválido de lo que ya estoy… Te ha quedado estupendo el chocolate. Igual que siempre.

-Puf, qué dices –exclamó mientras retiraba el plato– Antes sí que lo hacía bien, pero ahora, con lo poco que veo ya… Lo raro es que me salga algo comestible –suspiró, sentándose en el sillón-. Vaya, la tele está hecha un rollo ¿no? –su esposo iba cambiando de canal cada pocos segundos.

-Ya sabes, los martes y los jueves son los peores días. No hay más que bazofia… Que… ¿te apetece revivir?

-Uh, por supuesto –primero sonrió levemente y luego su expresión tornó más apesadumbrada, mientras suspiraba de nuevo– Con la vida que llevamos, lo único que aún vale la pena es revivir… Ni se te ocurra moverte, que ya te traigo yo el casco.

Revivir. Volver a vivir las mejores escenas de su vida. Un minuto después ella regresó empujando el carrito que portaba los cascos. En aquellos instantes finales de la vida, sólo les quedaba el pasado, los recuerdos. La mujer le colocó el casco-visor a su casi paralítico marido y le acercó la repisa con los mandos. Los viajes que hicieron juntos, las primeras citas, la diversión con los hijos cuando eran pequeños. Ella repitió la misma operación consigo misma. Volver a reír, volver a correr, volver a hacer el amor. Los dos, finalmente, ya estaban con los cascos cubriendo casi toda la testa, y los dedos de la mano derecha asiendo el ratón.

-No sé… -balbuceó él– a mí me apetece el viaje a Amsterdam ¿te parece bien?

-Vale, sí –contestó ella– hace tiempo que no revivimos ese viaje. Vamos a ponerlo.

Ambos comenzaron a buscar el recuerdo “Viaje a Amsterdam 2001”.

-Yo ya lo tengo –anunció él.

-Espera… ya está. Cuando quieras.

-De acuerdo, 3, 2, 1, ya.

Pulsaron simultáneamente el botón del ratón. Una ráfaga eléctrica comenzó a surcar el cable que conducía al área de memoria de sus cerebros, y luego, ya allí, se internó, transformada en corriente química, en el laberinto de neuronas y axones hasta encontrar la sinapsis que atesoraba los recuerdos de aquel viaje. Durante varios meses, tras comprar los cascos de revivir, se habían dedicado a estimular cientos de sinapsis, comprobando qué recuerdos resucitaban con tal acción, y archivando en la memoria, esta vez del aparato, las localizaciones específicas de los que valían la pena revivir. Ahora bastaba con seleccionar el recuerdo, y activarlo los dos a la vez. Y así, ayudados por los cascos de realidad virtual, cada uno por separado, pero en realidad juntos, volvían a vivir aquellos felices momentos.

Volver a pasear por las calles de Amsterdam. Volver a ver las pinturas de Van Gogh. Volver a vivir la travesía en barco por los canales.

-Qué suerte tuvimos aquel día que fuimos en el barco, que hizo tan bueno.

-Es verdad. Qué maravilla. A pesar de las veces que hemos puesto este recuerdo me sigue encantando.

Los dos se sabían de memoria lo que ocurría en aquel recuerdo. Lo habían puesto muchas veces. Ahora, por ejemplo, tocaba tomar un aperitivo en un café de la plaza del Dam. Pero no importaba. Era maravilloso revivir aquello juntos.

El escuchó una exclamación que emitió ella.

-¿Te pasa algo?

-No, nada… Es la emoción de volver a estar aquí –comentó ella, intentando explicar el gritito de placer que le había salido, cuando revivió el polvo que echó hace décadas con aquel amante que tuvo durante 3 años. Ella no había seleccionado el viaje a Ámsterdam, sino otro a Mallorca con uno de los muchos ligues que mantuvo en su vida. Se sabía de pe a pa el viaje a Amsterdam, y, con la ayuda de un reloj que se veía en un extremo del campo visual, de vez en cuando comentaba incidencias del mismo para hacer creer a su esposo que revivía aquel recuerdo–. Sí, je, je ahora venía aquello tan divertido del vigilante del Rijksmuseum –dijo ella, a la vez que bailaba la lambada con aquel pedazo de tío.

Su marido sin embargo se pasó unos segundos sin decir ni pío. Tras ese lapso, respondió apresuradamente.

-Sí, sí, es verdad. Es que me había quedado un poco adormilado en la terraza del Dam.

“Para vigilantes estoy yo ahora” pensó él sintiendo sus manos deslizarse por las caderas de la bailarina de strip-tease. El también había seleccionado otro recuerdo, el de uno de los muchos martes en que salía con sus amigos de la tertulia sobre fútbol, y durante las cuales realmente practicaban otras disciplinas deportivas en los puti-clubs y los locales de strip-tease a los que iban. El miró al reloj y comentó:

-Buf, menuda tromba de agua nos cayó.

-Sí, menos mal que duró poco -respondió ella, mientras se revolcaba con su amante en la playa.

Y así pasaron los minutos del “viaje a Amsterdam”. Al concluir el recuerdo, los dos se quitaron los cascos de imagen.

-Ay, qué bien lo hemos pasado en la vida –suspiró ella-. Cómo hemos disfrutado.

-Sí –respondió él– Qué suerte que ahora lo podemos revivir.

-Venga, vamos a acostarnos.

Ella empujó la silla de ruedas en la que estaba él, y dirigiéndose al dormitorio, apagó la luz de la sala.

 
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