| Antonio se puso la chaqueta
–el termómetro parlante le comunicó
que la temperatura exterior era de 16 grados–
Un instante después llamaba a su perro guía.
-¡Toby! ¡Ven! ¡Paseo!
El animal acudió diligente
a donde se encontraba su amo. Antonio localizó
y luego acarició la cabeza y el lomo del perro,
y luego le susurró al oído:
-¡Toby! ¡Paseo!
El perro se acercó más
a su dueño, el cual colocó la correa.
Tras oír la voz de su amo pronunciar las palabras
«Vamos Toby, adelante Toby», el can comenzó
a caminar, guiando al invidente Antonio primero por
su vivienda, y luego por las instalaciones de la casa.
Finalmente llegaron al portal.
-Bien Toby, adelante, sigue.
El perro, obediente, comenzó
la rutinaria caminata que hacía todas las mañanas
desde hacía tiempo. El ciego y su mascota pasaron
por delante del kiosco.
-Buenos días, Don Antonio –se
oyó desde el kiosco.
-Hola, ¿qué tal?
-Bien, ¿y usted?
-Bien, gracias.
Menos mal que Antonio residía
en aquel barrio, provisto de muchas áreas peatonales,
pasadizos y jardines. Era una zona muy tranquila. De
hecho, en su recorrido diario no cruzaba por ninguna
carretera.
Un poco después, cuando su
bastón tocó los aros metálicos
que bordeaban el parterre, saludó al jardinero,
el cual le contestó, como era habitual. Finalmente,
llegó al centro del parque. Toby le guió
hasta su habitual banco. Allí, como siempre,
estaba el violinista sin techo, que interpretó
para él varias piezas. Tras terminar, Antonio
le dio varios euros, agradecido por la música.
Una hora después, sin ningún problema
gracias a la guía de su perro Toby, Antonio alcanzó
su casa.
A las tardes Antonio no salía
nunca. Se quedaba en casa haciendo ejercicio, escuchando
música y lavando y cuidando a su fiel perro Toby.
***
-¡Toby! ¡Ven!
El animal acudió.
-Toby ¡Paseo! Toby ¡Paseo!
Toby se dejó colocar la correa,
y comenzó a guiar a su dueño por la casa.
-Bien Toby, adelante, sigue.
El ciego y su mascota pasaron por
delante del kiosco. Gracias al sensor de movimiento,
el kiosco automático detectó a Antonio,
tras lo cual puso en marcha su habitual rutina y su
voz artificial habló.
-Buenos días, Don Antonio.
-Hola, ¿qué tal?
-Bien, ¿y usted?
-Bien, gracias.
Toby continuó orientando a
Antonio, para que no tropezara con los escombros y las
ruinas a las que había quedado reducida la ciudad.
Antonio saludó al robot jardinero, el cual permanecía
inmóvil, pues los efectos químicos de
las bombas habían arrasado con toda la vegetación.
Tras guiarle hasta su banco del parque,
Toby se acercó al mecano violinista, y trepando
a la parte superior del artefacto, pulsó con
su pata derecha el botón que lo ponía
en marcha. El aparato cumplió su función
y emitió cinco temas de su amplio repertorio
para alegrarle un poco la existencia al único
ser vivo que quedaba en la ciudad.
Toby llevó de nuevo a casa
a Antonio, al igual que había hecho en los pasados
256 días, desde que su amo se recuperó
de aquella enfermedad, que le mantuvo en cama durante
el ataque con armas químicas.
***
Antonio se puso el abrigo –el
termómetro le dijo que hacían 9 grados–
y luego llamó a su perro.
-¡Toby! ¡Ven! ¡Vamos
al paseo!
publicado en septiembre
de 2008
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