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Nivel Bajo Más sobre Ricardo Manzanaro

Jaime dejó sobre la mesa carpeta, periódicos y chaqueta, tras lo cual echó una ojeada a la correspondencia llegada a su buzón. Fue comprobando que las cartas no llevaban información de gran relevancia. Casi todo eran asuntos de trámite: informe de movimientos del banco, promociones de cursillos profesionales y cosas parecidas.

En cambio, una de las misivas portaba documentos de más interés, los resultados de su analítica anual. No esperaba grandes variaciones. Llevaba muchos años con niveles dentro de los márgenes aceptables, y no había cambiado su forma de vivir durante los últimos meses. Y efectivamente, la bioquímica sanguínea se ajustó a esa predicción: prácticamente igual a la del año pasado, y con cifras adecuadas.

Sin embargo, su rostro se retorció en un gesto de extrañeza al ver el test psico-endocrino. El parámetro denominado “Alegría de vivir” mostraba unas cifras bajísimas, etiquetado con tres asteriscos de color rojo chillón. Otros dos marcadores -“Perspectiva de futuro” y “Tendencia a la hilaridad”- estaban ligeramente disminuidos. Los otros 39 mediadores cerebrales estaban dentro de lo recomendado.

Dos semanas después, el endocrinólogo revisaba las cifras de unos nuevos tests que se le habían practicado a Jaime. Se constataba un tono general medio-bajo de los parámetros bioquímicos encuadrados en el apartado “Estado de ánimo”. Pero indudablemente lo que resaltaba era la cifra de “Alegría de vivir” por su preocupante depreciación. El médico le detalló que tal carencia podía terminar ocasionando graves síndromes como “Visión pesimista de la vida” o “Tendencia a la negatividad”.

Ante tan sombría perspectiva, Jaime, asustado, se dispuso a seguir el duro tratamiento prescrito por el médico para atacar el bajón en aquel mediador: varios tipos de pastillas, inyecciones, sesiones de electro-acupuntura. Pero no sirvió para nada: su “Alegría de vivir” estaba por debajo del percentil 20. En vista de eso, se decidió recurrir a la terapia más fuerte, el electroshock.

Tres días después, la esposa de Jaime esperaba angustiada que saliera el endocrino de la Sala de Terapia de Choque, y le dijera si su marido se había curado. Nada más salir el médico se abalanzó sobre él.

-¿Qué ha pasado?

-Lo siento mucho, pero la terapia no solo no ha funcionado, sino que ha empeorado su estado, y el paciente ha terminado de la peor manera.

-Ay, Dios mío ¿Qué le ha sucedido?

-Señora…su esposo…ha llorado.

-Noooo, Dios mío, noooo.

-Y además con numerosas lagrimas.

-Ay, qué terrible. Alguna vez me contaron casos de gente que había llorado, pero nunca crees que te va a tocar. Pobre Jaime. Cómo ha debido sufrir…

 

publicado en junio de 2008

 
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