| Jaime dejó sobre
la mesa carpeta, periódicos y chaqueta, tras
lo cual echó una ojeada a la correspondencia
llegada a su buzón. Fue comprobando que las cartas
no llevaban información de gran relevancia. Casi
todo eran asuntos de trámite: informe de movimientos
del banco, promociones de cursillos profesionales y
cosas parecidas.
En cambio, una de las misivas portaba
documentos de más interés, los resultados
de su analítica anual. No esperaba grandes variaciones.
Llevaba muchos años con niveles dentro de los
márgenes aceptables, y no había cambiado
su forma de vivir durante los últimos meses.
Y efectivamente, la bioquímica sanguínea
se ajustó a esa predicción: prácticamente
igual a la del año pasado, y con cifras adecuadas.
Sin embargo, su rostro se retorció
en un gesto de extrañeza al ver el test psico-endocrino.
El parámetro denominado “Alegría
de vivir” mostraba unas cifras bajísimas,
etiquetado con tres asteriscos de color rojo chillón.
Otros dos marcadores -“Perspectiva de futuro”
y “Tendencia a la hilaridad”- estaban ligeramente
disminuidos. Los otros 39 mediadores cerebrales estaban
dentro de lo recomendado.
Dos semanas después, el endocrinólogo
revisaba las cifras de unos nuevos tests que se le habían
practicado a Jaime. Se constataba un tono general medio-bajo
de los parámetros bioquímicos encuadrados
en el apartado “Estado de ánimo”.
Pero indudablemente lo que resaltaba era la cifra de
“Alegría de vivir” por su preocupante
depreciación. El médico le detalló
que tal carencia podía terminar ocasionando graves
síndromes como “Visión pesimista
de la vida” o “Tendencia a la negatividad”.
Ante tan sombría perspectiva,
Jaime, asustado, se dispuso a seguir el duro tratamiento
prescrito por el médico para atacar el bajón
en aquel mediador: varios tipos de pastillas, inyecciones,
sesiones de electro-acupuntura. Pero no sirvió
para nada: su “Alegría de vivir”
estaba por debajo del percentil 20. En vista de eso,
se decidió recurrir a la terapia más fuerte,
el electroshock.
Tres días después, la
esposa de Jaime esperaba angustiada que saliera el endocrino
de la Sala de Terapia de Choque, y le dijera si su marido
se había curado. Nada más salir el médico
se abalanzó sobre él.
-¿Qué ha pasado?
-Lo siento mucho, pero la terapia no
solo no ha funcionado, sino que ha empeorado su estado,
y el paciente ha terminado de la peor manera.
-Ay, Dios mío ¿Qué
le ha sucedido?
-Señora…su esposo…ha
llorado.
-Noooo, Dios mío, noooo.
-Y además con numerosas lagrimas.
-Ay, qué terrible. Alguna vez
me contaron casos de gente que había llorado,
pero nunca crees que te va a tocar. Pobre Jaime. Cómo
ha debido sufrir…
publicado en junio de 2008
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