| Luis entró en
su casa tambaleándose. Se dirigió a la
cocina y se derrumbó sobre una silla. Su respiración
parecía el motor de un vetusto camión
subiendo un empinado puerto. Los estertores que emitía
simulaban el rugido de cien leones, y las sibilancias
que surgían de la garganta una orquesta de flautas
y pitos interpretando una sinfonía de música
dodecafónica. Y lo peor de lo todo: se ahogaba,
se asfixiaba; no podía más.
Llevaba muchos años con aquellos
síntomas. La contaminación en las ciudades
ya era un problema crónico y enquistado en el
pasado siglo XX. Y él, suponía que por
causas genéticas, era especialmente sensible
a la misma. Pero hace poco más de un año
se había terminado de erigir un descomunal y
tóxico “parque” industrial, aladito
de su barrio. Y aquello había sido la puntilla
para su delicado pulmón.
Pasado un rato, tras menguar algo la
disnea, tomó una decisión. “Lo
voy a hacer. No tengo más remedio. Tendré
que ajustarme el cinturón en los próximos
meses para pagarlo. Pero ya no puedo más”.
Dos días después, Luis
se disponía a entrar en un establecimiento del
centro de la ciudad. Tras leer el anuncio del escaparate,
satisfecho, accedió al interior, mientras pensaba:
“menos mal que ya han encontrado un remedio para
la contaminación”
“Clínica Tecno-Salus
Diga adiós a la disnea.
Transformamos su metabolismo en anaerobio.
Nunca más necesitará
el oxígeno”
|