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Disnea Más sobre Ricardo Manzanaro

Luis entró en su casa tambaleándose. Se dirigió a la cocina y se derrumbó sobre una silla. Su respiración parecía el motor de un vetusto camión subiendo un empinado puerto. Los estertores que emitía simulaban el rugido de cien leones, y las sibilancias que surgían de la garganta una orquesta de flautas y pitos interpretando una sinfonía de música dodecafónica. Y lo peor de lo todo: se ahogaba, se asfixiaba; no podía más.

Llevaba muchos años con aquellos síntomas. La contaminación en las ciudades ya era un problema crónico y enquistado en el pasado siglo XX. Y él, suponía que por causas genéticas, era especialmente sensible a la misma. Pero hace poco más de un año se había terminado de erigir un descomunal y tóxico “parque” industrial, aladito de su barrio. Y aquello había sido la puntilla para su delicado pulmón.

Pasado un rato, tras menguar algo la disnea, tomó una decisión. “Lo voy a hacer. No tengo más remedio. Tendré que ajustarme el cinturón en los próximos meses para pagarlo. Pero ya no puedo más”.

Dos días después, Luis se disponía a entrar en un establecimiento del centro de la ciudad. Tras leer el anuncio del escaparate, satisfecho, accedió al interior, mientras pensaba: “menos mal que ya han encontrado un remedio para la contaminación”

“Clínica Tecno-Salus

Diga adiós a la disnea.

Transformamos su metabolismo en anaerobio.

Nunca más necesitará el oxígeno”

 
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