| El demonio emitió
un desgarrador alarido, mientras se deslizaba por la
pared hacia el suelo. Sus garras se retorcían
espasmódicamente. Viscosas babas goteaban desde
la comisura de sus labios. Y las pupilas de los ojos
giraban enloquecidas. Finalmente se quedó inmóvil,
tendido en el suelo y retorcido en ángulos varios.
-Cooorten. Muy bien. Todo correcto…
Muy bien Juan, te has muerto estupendamente.
-Joder, con la práctica que
tengo -el demonio se levantó del suelo, mientras
hablaba- podría dar un master sobre cómo
morirse adecuadamente.
-Ja,ja,ja, muy agudo -rió el
director-. Vale, chicos. Llevamos esto al montaje y
a ver si para el martes tenemos ya la película.
-La de mañana me dijiste que
era de los zombies ¿no? -preguntó el actor,
que en unos segundos ya se había quitado las
babas verdes, y posteriormente la máscara demoníaca.
-Sí, eso es. ¿Te da tiempo?
-Sin ningún problema. De sobra.
Juan Martínez se dirigió
con su máscara hacia los camerinos. Con ese nombre,
sólo unos pocos le conocían. En cambio
con el de John Sadic, era célebre en todo el
mundo, y sus fans se contaban por millones. Era el rey
del terror de serie Z. Con sus películas, los
cines de los suburbios de países como México,
India o China se abarrotaban con gente que chillaba,
reía y pataleaba con cada una de sus películas.
Los críticos le ponían a caldo, pero sus
seguidores le idolatraban, le adoraban. Además
hacía películas como churros. Hoy habían
terminado una, y en 15 días ya estaría
lista otra.
Sus sagas más populares eran
la de “Super-Demonio” -una de diablos en
el mundo actual-, El No-Muerto” -zombies atacando
a los vivos-, y “El horrible peludo” donde
Juan encarnaba a un sanguinario hombre-lobo.
En vista del éxito, ya desde
hacía tiempo su labor no era sólo la de
actuar. El co-escribía los guiones, elaboraba
las máscaras, y co-producía la mayoría
de los filmes. Gracias al terror, la vida le iba bien.
Justo cuando iba a entrar en el camerino,
oyó un notable alboroto en el exterior del plató.
Uno de sus ayudantes le llamó a gritos:
-¡Juan! ¡Juan!
-¿Qué pasa?
-¡No te lo vas a creer! Acaban
de aterrizar cientos de naves espaciales en Washington.
Lo están dando en la tele.
-Será una broma…
-No, que va. Lo están diciendo
en el telediario ¡va en serio!
Juan fue corriendo hacia la sala de
descanso, donde estaba el televisor, llevando consigo
la máscara. La habitación estaba abarrotada.
Pero aquel mogollón no era nada comparado con
lo que se veía en Washington. Cientos de platillos
volantes atestaban plazas y calles de la ciudad. Se
veía gente corriendo y gritando. Otras por el
contrario se acercaban a curiosear cerca de las naves,
o incluso se subían a ellas.
De repente, el locutor chilló
:-¡Se abre! ¡Se abre! La
nave que primero aterrizó se está abriendo.
Durante unos segundos, el mundo entero
contuvo la respiración. Luego la espiración
se realizó en forma de grito. De la nave comenzaron
a salir espantosos demonios, viscosos zombies y peludos
hombres-lobo. La gente cercana a la nave comenzó
a huir despavorida, chillando. Incluso en la sala donde
estaba Juan se oyeron algunos grititos, mezclados con
expresiones del tipo de “¿Qué cojones…?”
Parecían sacados de algunas
de sus películas. Los demonios portaban una especie
de altavoces a través de los cuales comenzaron
a declamar con un extraño acento:
-Somos pacíficos. Venimos en
son de paz. Somos pacíficos. No vamos a agredirles.
Somos seres de otros mundos. Somos pacíficos.
En aquel momento, Juan se dio cuenta
de lo que significaba todo aquello. Los extraterrestres
habían visitado la Tierra en anteriores ocasiones.
Probablemente echaron una ojeada al planeta y al desarrollo
de la civilización humana, y decidieron dejarlo
para siglos venideros, cuando aquellos seres, nosotros,
estuvieran más avanzados. Pero los habitantes
de la Tierra de aquella época les vieron, y de
su visión surgieron los tres mitos del diablo,
el zombi y el hombre-lobo. Ahora habían regresado.
El demonio seguía con su cantinela.
-No teman. Somos pacíficos.
Mientras meditaba sobre su descubrimiento
“xeno-antropológico”, fijó
sin querer su mirada en la máscara de rodaje.
-No vamos a agredirles. Somos pacíficos.
Un instante después, soltó
la máscara, que cayó al suelo. Se acababa
de dar cuenta.
-Somos pacíficos.
Se había quedado sin trabajo.
Estaba arruinado.
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