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El Super-Demonio ataca de nuevo: episodio II Más sobre Ricardo Manzanaro

El demonio emitió un desgarrador alarido, mientras se deslizaba por la pared hacia el suelo. Sus garras se retorcían espasmódicamente. Viscosas babas goteaban desde la comisura de sus labios. Y las pupilas de los ojos giraban enloquecidas. Finalmente se quedó inmóvil, tendido en el suelo y retorcido en ángulos varios.

-Cooorten. Muy bien. Todo correcto… Muy bien Juan, te has muerto estupendamente.

-Joder, con la práctica que tengo -el demonio se levantó del suelo, mientras hablaba- podría dar un master sobre cómo morirse adecuadamente.

-Ja,ja,ja, muy agudo -rió el director-. Vale, chicos. Llevamos esto al montaje y a ver si para el martes tenemos ya la película.

-La de mañana me dijiste que era de los zombies ¿no? -preguntó el actor, que en unos segundos ya se había quitado las babas verdes, y posteriormente la máscara demoníaca.

-Sí, eso es. ¿Te da tiempo?

-Sin ningún problema. De sobra.

Juan Martínez se dirigió con su máscara hacia los camerinos. Con ese nombre, sólo unos pocos le conocían. En cambio con el de John Sadic, era célebre en todo el mundo, y sus fans se contaban por millones. Era el rey del terror de serie Z. Con sus películas, los cines de los suburbios de países como México, India o China se abarrotaban con gente que chillaba, reía y pataleaba con cada una de sus películas. Los críticos le ponían a caldo, pero sus seguidores le idolatraban, le adoraban. Además hacía películas como churros. Hoy habían terminado una, y en 15 días ya estaría lista otra.

Sus sagas más populares eran la de “Super-Demonio” -una de diablos en el mundo actual-, El No-Muerto” -zombies atacando a los vivos-, y “El horrible peludo” donde Juan encarnaba a un sanguinario hombre-lobo.

En vista del éxito, ya desde hacía tiempo su labor no era sólo la de actuar. El co-escribía los guiones, elaboraba las máscaras, y co-producía la mayoría de los filmes. Gracias al terror, la vida le iba bien.

Justo cuando iba a entrar en el camerino, oyó un notable alboroto en el exterior del plató. Uno de sus ayudantes le llamó a gritos:

-¡Juan! ¡Juan!

-¿Qué pasa?

-¡No te lo vas a creer! Acaban de aterrizar cientos de naves espaciales en Washington. Lo están dando en la tele.

-Será una broma…

-No, que va. Lo están diciendo en el telediario ¡va en serio!

Juan fue corriendo hacia la sala de descanso, donde estaba el televisor, llevando consigo la máscara. La habitación estaba abarrotada. Pero aquel mogollón no era nada comparado con lo que se veía en Washington. Cientos de platillos volantes atestaban plazas y calles de la ciudad. Se veía gente corriendo y gritando. Otras por el contrario se acercaban a curiosear cerca de las naves, o incluso se subían a ellas.

De repente, el locutor chilló

:-¡Se abre! ¡Se abre! La nave que primero aterrizó se está abriendo.

Durante unos segundos, el mundo entero contuvo la respiración. Luego la espiración se realizó en forma de grito. De la nave comenzaron a salir espantosos demonios, viscosos zombies y peludos hombres-lobo. La gente cercana a la nave comenzó a huir despavorida, chillando. Incluso en la sala donde estaba Juan se oyeron algunos grititos, mezclados con expresiones del tipo de “¿Qué cojones…?”

Parecían sacados de algunas de sus películas. Los demonios portaban una especie de altavoces a través de los cuales comenzaron a declamar con un extraño acento:

-Somos pacíficos. Venimos en son de paz. Somos pacíficos. No vamos a agredirles. Somos seres de otros mundos. Somos pacíficos.

En aquel momento, Juan se dio cuenta de lo que significaba todo aquello. Los extraterrestres habían visitado la Tierra en anteriores ocasiones. Probablemente echaron una ojeada al planeta y al desarrollo de la civilización humana, y decidieron dejarlo para siglos venideros, cuando aquellos seres, nosotros, estuvieran más avanzados. Pero los habitantes de la Tierra de aquella época les vieron, y de su visión surgieron los tres mitos del diablo, el zombi y el hombre-lobo. Ahora habían regresado.

El demonio seguía con su cantinela.

-No teman. Somos pacíficos.

Mientras meditaba sobre su descubrimiento “xeno-antropológico”, fijó sin querer su mirada en la máscara de rodaje.

-No vamos a agredirles. Somos pacíficos.

Un instante después, soltó la máscara, que cayó al suelo. Se acababa de dar cuenta.

-Somos pacíficos.

Se había quedado sin trabajo. Estaba arruinado.

 
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