| Alberto llevaba por
fin un rato tranquilo sentado en el sofá de su
casa. Fue entonces cuando afloraron, reaparecieron en
su consciencia los problemas. Su existencia no iba bien.
No le gustaba la realidad de su vida.
Su trabajo era aburrido y monótono
a más no poder y, según su criterio, recibía
poco dinero para las horas que metía. Vivía
en un diminuto apartamento, con una amorfa distribución
que dificultaba el movimiento a través de él.
Tampoco sus relaciones eran como para
tirar cohetes. Tenía una novia a la cual el adjetivo
que mejor le iba era el de “agraciada”.
Vamos, que no era un adefesio, pero poco más
allá. Y al principio resultó simpatiquilla,
pero ahora, pasados unos meses, le empezaba a cansar.
Y sus amistades eran de esas que había que añadir
la coletilla “pero mejor que nada…”
para obtener una valoración aceptable de las
mismas.
En resumen, aquello no marchaba como
a él le gustaría. Sabía que no
podía aspirar a mucho con su situación
económica. Pero a algo mejor tal vez sí.
O al menos cambiar de orientación, probar otra
cosa. Era necesario un corte con la realidad actual
y cambiarla.
Alberto tomó un prospecto publicitario
que tenía guardado, y marcó el número
de teléfono que en dicho papel se mostraba.
-Hola, buenas tardes. ¿Es la
operadora de la realidad VirtuLife?...Sí, quería
contratar la realidad con ustedes.
Dos meses después Alberto sonreía.
La vida marchaba mejor. No era tampoco una existencia
de lujo –las tarifas de las clases “Luxury
Reality” y “Super-Reality” estaban
fuera de su alcance-. Pero tenía un trabajo algo
más agradable, y algo mejor pagado; sus amigos
eran algo más interesantes; y su novia era algo
más seductora –además la nueva compañía
le permitía cambiar de novia dos veces por año-.
Incluso pudo aprovechar una oferta de bienvenida que
incluía una aventura sexual en un fin de semana.
Decididamente, aquella realidad tenía
una relación calidad / precio más satisfactoria.
A Alberto la vida le iba mejor.
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