| Precioso, no encuentro
otra palabra. Me acabo de sorprender mirando al cielo
de forma distraída, un negro mar repleto de puntos plateados
que puedo admirar gracias a la escasez de nubes. A diferencia
de otros tiempos, muchos de esos pequeños y luminosos
puntos no se hallan a millones de años luz de donde
yo me encuentro; muchos de ellos, son la prueba de que
en los doscientos treinta y dos años que he vivido,
el ser humano ha conquistado algo más que aquel entorno
propio al que estaba limitado cuando aún era un crío.
Hoy en día, todo el Sistema Solar es objeto de un concienzudo
estudio de campo, las colonias de Marte y Júpiter ya
no extrañan a nadie y, por descontado, la vieja Tierra
se encuentra asediada por centenares, puede que incluso
miles, de estructuras tales como estaciones, laboratorios
y satélites de todo tipo, diseminados de manera discrecional
por todas sus órbitas posibles. Si mi longeva vida me
ha permitido ser testigo de múltiples y diferentes procesos
evolutivos en el ser humano, la conquista del espacio
sólo ha sido uno de ellos. Un proceso tan previsible
como imparable, motivado por el innato afán conquistador
del hombre, por su curiosidad; sólo ha necesitado para
tal fin algo que es una constante en nuestras vidas,
el tiempo. En definitiva, el conocimiento y predominio
del ser humano sobre el resto del Sistema Solar era
un hecho que llegó sin ayuda de nadie, agarrado de la
mano de un perezoso destino que poco tuvo que esforzarse
para que el hombre lograra su objetivo.
Ahora me encuentro pensativo, mirando
al cielo desde una amplia terraza en la planta noventa
y nueve del hotel Memorial, en el antiguo casco urbano
de San Francisco. A esta altura, una agradable brisa
nocturna me hace recordar que, en otros tiempos, la
temperatura en esta noche del mes de Enero sería de
varios grados bajo cero, pero el continuo cambio climático
que hemos venido padeciendo hace posible el obsequio
de esta magnífica temperatura, algo perfecto para mí,
que ya soy mayor, y perfecto para esta reunión familiar.
Ellos se encuentran ya acabando los preparativos para
la cena; todo un lujo el que nos podamos reunir para
celebrar algo tan devaluado como lo es, hoy en día,
un cumpleaños. La pequeña Mary Jane cumple los dieciocho
y, a excepción de mi hijo Jason y su encantadora mujer
Kathy, que viven en el continente Europeo; de Rachel,
la más joven de mis seis hijos, que se encuentra en
Japón acabando su doctorado de Microbiotecnología; y
del hermano aventurero de Mary Jane, Johny, embarcado
en un carguero rumbo a Júpiter, los restantes quince
nos encontramos aquí. Puedo sentirme orgulloso, sobre
todo ahora que el concepto de familia cae cada vez más
en desuso, de poderlos tener a todos tan cerca de mí.
Tan solo hace un rato me senté junto a ella, junto a
Mary Jane. Al observarla, pude darme cuenta de toda
la vitalidad y energía que derrochaba, de buena gana,
mientras trasteaba con sus juguetes y su terminal holográfica,
orgullosa de sí misma conforme leía y recitaba las difíciles
palabras que éste proyectaba, ajena a todo lo que esta
vida la podía ofrecer, y a la vez ansiosa por empezar
a vivirla. Entonces tal comportamiento me recordó cómo
había cambiado todo, cómo el ser humano abrazó gustoso
ese cambio radical que aumentó su esperanza de vida
y le acercó, como siempre había deseado el hombre, a
esa eterna juventud, antesala de la ansiada inmortalidad.
Ahora es distinto a entonces. En aquella
época la esperanza de vida rondaba los ochenta y cinco
años... Ochenta y cinco, joder ¡Sí y ya he cumplido
bastante más de dos siglos! Esto es algo que me hace
viejo, me he convertido en un anciano dependiente de
los atentos cuidados de una joven enfermera de ochenta
años. Mi única emoción verdadera la siento el día en
que puedo ver a algún miembro de mi familia; el deseo
de saber de ellos, de enterarme si ha habido algún nuevo
nacimiento, si han cambiado de trabajo, o incluso si
consiguen llegar todos a fin de mes con lo que ganan...
Tengo otros entretenimientos, es cierto, pero ellos
componen la mayor ilusión que me queda en la vida; una
vida prolongada, una partida extra que me tocó jugar
y que poco a poco me acerca al fallo de esa última y
fatídica bola.
Debo de reconocer que me siento complacido
de como esta situación me ha dado la maravillosa oportunidad
de saborear ciertas experiencias; de niño planté un
tallo de ciprés, éste era débil y cuando las ráfagas
de aire revoloteaban alrededor suyo, se arqueaba adoptando
cierta curvatura peligrosa. Pero ese frágil tallo se
desarrolló, maduró, se hizo fuerte y ninguna ráfaga
pudo entonces doblegarlo convirtiéndose, al final, en
un hermoso ciprés de más de cien años... hasta que la
industria maderera dio buena cuenta de él; aunque eso,
en realidad, es lo de menos. Este tipo de experiencias
únicas, imposibles de vivir hace tan poco, no son exclusivas
de mi privilegio. Primero fueron miles, luego la cifra
se contó por millones, ahora abarca prácticamente toda
la población mundial, y todo como resultado de unas
circunstancias que rodearon a un hombre en un momento
dado de su existencia. Recuerdo aquella historia a la
perfección, ya que no podría entenderse de otro modo.
Recuerdo a aquellos dos hermanos, dos personas normales
que poco imaginaban que los hechos que rodearían sus
vidas, iban a iniciar una revolución en la historia
de la Humanidad.
Sin apenas prestar atención,
iba devorando todas aquellas imágenes insulsas que aparecían
en la pantalla de su televisor. Había tenido que bajar
el volumen para intentar no molestar a su hermano que,
en repetidas ocasiones, le había increpado acerca de
lo alto que éste estaba y la imposibilidad de poder
concentrarse en lo que en ese momento estudiaba. Le
era fácil reconocer lo diferentes que ambos eran. Albert
no era un vago redomado como él, poco interesado en
prepararse un futuro que le asegurase una vida digna
en el tipo de sociedad que les había tocado vivir. Los
índices de natalidad se habían disparado años atrás
e ingentes cantidades de jóvenes preparados habían desbordado
las ofertas de empleo que quedaban. Millones de jóvenes
se veían arrastrados a un desempleo incapaz de proporcionarles
una vida digna, con apenas unos pocos privilegios, aunque
estos fueran sólo superficiales. Ambos lo sabían y,
por diferentes motivos, a ninguno de los dos les preocupaba
en exceso. Albert se encontraba estudiando el preuniversitario,
quería ser químico, era lo que más le atraía desde niño
y, dado los avances existentes en dicho campo, la consideraba
una buena titulación cara al futuro. En cambio John
era más despreocupado; con un carácter más alegre ante
la vida, había colgado los libros para trabajar en un
taller de mecánica como aprendiz. Nunca se le había
dado bien eso de estudiar y sus prioridades pasaban
por ganar un dinero rápido y salir a divertirse derrochándolo
con sus buenos amigos y presumidas amigas. Aunque hermanos,
ambos sólo tenían un cierto parecido en su aspecto físico;
sendos caracteres eran completamente distintos pero,
no por ello, era mejor el de uno que el del otro.
Los dibujos del televisor dieron paso
a unos atractivos e hipnóticos anuncios. Aunque acababa
de entrar la primavera, estos hacían hincapié en la
próxima moda de bikinis y bañadores que se iba a llevar
en verano, en las amplias gamas de consolas de refrigeración
ideales para pequeñas y grandes viviendas, en las burbujeantes,
chispeantes y refrescantes bebidas de temporada y en
fantásticas ofertas en vuelos para aquellos que pudieran
disfrutar de unas vacaciones en algún paraje paradisíaco;
casi nada de aquello estaba destinado a él, aun así,
permanecía inmóvil ante aquel aparato, ausente...
-¿No lo oyes? –preguntó Albert. Al
ver que no recibía contestación, insistió- ¡John! ¿
Si no lo escuchas?
-¿Qué? –dijo algo sorprendido-, ¿escuchar
el qué?
-Al lado..., los gritos...
-¿Sheila?
-Me parece que sí..., este ataque debe
ser fuerte. –Se quedó un momento quieto mientras John
quitaba el sonido del aparato. Ahora que sabían qué
tenían que oír, ambos se quedaron atentos; claramente
les llegaban unos gritos amortiguados mínimamente por
el frágil espesor de la pared-. Voy a ver si necesitan
ayuda... ¿Vienes? –esperó una respuesta que no llegó,
en cambio la mirada de su hermano le decía claramente
que aquel no era su problema, que no fuera un incordio
y que, de seguro, no desearían visitas en ese momento-.
Vale, ahora vengo.
-Joder Albert... –dijo como intentándole
convencer de que se quedara al margen, pero él ya se
encontraba saliendo por la puerta.
A la pobre Sheila se le había diagnosticado,
un par de años atrás, una infrecuente dolencia llamada
Enfermedad de Wilson. Una extraña alteración le impedía
metabolizar el cobre, provocándole una acumulación progresiva
de este metal en todo tipo de tejidos de su organismo;
el hígado, su cerebro, las córneas oculares y sus riñones
era lo más afectado. Este exceso de cobre, esencial
para el ser humano pero tóxico cuando se encuentra en
su estado iónico, era incapaz de ser frenado por las
defensas propias de su organismo y, si no se aplicaba
un tratamiento adecuado, el daño avanzaría hasta un
estado irreversible y, por lo tanto, fatal. La existencia
de esta enfermedad era algo que en aquel edificio conocían
todos, ya que la pobre Sheila sólo contaba con once
años de vida y era, por llamarlo de algún modo, la figura
más querida y mimada por todos los que allí vivían;
tan frágil y vulnerable como una muñequita de porcelana.
Pasada algo más de una hora Albert
regresó. Su rostro se encontraba pálido y sus ojos,
pese a su aparente ausencia, irradiaban una feroz rabia
contenida. Nada mas verle, John comprendió que nada
bueno había pasado; aun así esperó pacientemente a que
su hermano se sentara y reaccionara antes de atreverse
a preguntar.
-Has estado mucho tiempo con ella...
¿Cómo se encuentra? –sabía que quizás no era la mejor
pregunta ya que intuía que había ocurrido algo grave,
pero era la más directa para poder enterarse.
-¿Sabes cuánto cuesta –empezó a decir
con reposada voz-, a través del seguro médico, una caja
con tres míseras ampollas del antígeno que ella necesita
para crear anticuerpos suficientes contra ese cobre
asesino que la está matando, poco a poco, lentamente?
¿No? Pues yo te lo diré, no más que alquilar un par
de películas para verlas en casa... Pero si resulta
que a tu padre le han retirado su seguro médico porque
hace dos meses le despidieron por atender... muy frecuentemente...
los ataques de su hijita, y aún no ha podido encontrar
un asqueroso trabajo que les asegure tanto a él como
a su familia, entonces ese precio se multiplica por
doce; algo desorbitado para un hogar con pocos medios.
Pero eso no es lo peor, no... Porque aunque tengas el
puto dinero, tienes un problema. Para que te extiendan
la receta necesitas el jodido seguro, si no es así te
da igual llorar o suplicar ante el funcionario de turno
de la sanidad pública porque te negarán todo... Si no
hay seguro, no hay receta... Entonces encuentras una
última opción, contactas con la farmoquímica que elabora
tu antígeno y le solicitas un pedido; un proceso lento
y caro que no está al alcance de cualquier bolsillo...
Pero si consigues que atiendan tu pedido, aún no debes
cantar victoria, no..., porque aún debes esperar que
te llegue a tiempo, lo cual es bastante improbable.
Sheila ha sufrido un ataque, uno fuerte, uno... terrible,
y todavía no habían recibido su medicamento... después
de tres semanas. Más de veinte días para recibir algo
que es vital para ti... ¡Es una puta vergüenza!
-Entonces... ¿Sigue mal? –se atrevió
a preguntar. Sabía que el extraño comportamiento de
Albert se debía a lo que había visto en la casa de sus
vecinos, pero lo que acababa de oír hizo que de verdad
sintiera ganas de escuchar de la boca de su hermano
que la pobre Sheila ya se encontraba bien.
-¿Mal? Decir eso sería generoso. El
ataque de esta noche es el más fuerte de los últimos
meses, o eso es lo que dicen sus padres, y te aseguro
que yo les creo... Para cuando la ambulancia ha llegado
la pobre ya estaba en coma.
-¿Ambulancia?
-Sí, ambulancia. Espero que no te importe
que la llamara. Pero si tienes algún jodido problema
la pagaré yo solo.
John no contestó nada aunque reconocía
que en esos casos su hermano siempre actuaba de manera
más impulsiva que él; ellos tampoco nadaban en la abundancia
y pagar una ambulancia era un gasto excesivo con el
que no contaban. Vio como se levantaba y cogía una botella
de Whisky, y comprendió todo lo que lo de la pobre Sheila
le estaba afectando a su hermano; por lo general, en
raras y contadas ocasiones bebía alcohol y, ahora, apuraba
sin vaso las últimas gotas del dorado licor como si
de agua se tratase.
El día siguiente amaneció con la triste
noticia de la prematura muerte de la pequeña Sheila;
un fuerte golpe para sus padres, un mal día para aquellos
vecinos que la conocían y querían, y un duro, durísimo
mazazo psicológico para Albert, que siempre la había
visto como a una hermana pequeña. La manera tan absurda
en que murió determinó el rumbo que seguiría el resto
de su vida. Cambió su matrícula de Químicas por la de
Medicina primero y la de Biología tan sólo dos años
después; en apenas ocho años ya había conseguido ambos
doctorados y su afán investigador le llevaba al contacto
y estudio de las más extrañas e infrecuentes enfermedades.
Vivía en la creencia de que si una enfermedad causaba
un gran número de víctimas, era objeto de estudio de
un mayor número de científicos, por eso él había escogido
centrarse en aquellas singulares enfermedades que afectaban
a un pequeño porcentaje de la sociedad. Su experiencia
le hizo comprender que él se debía a esos necesitados,
que en sus manos tenía los conocimientos y medios necesarios
para ayudarles en sus dolencias. Pero dedicarse a la
investigación costaba dinero y eso era algo que no le
sobraba, por lo que se vio obligado a dedicar parte
de sus esfuerzos en esos generalizados problemas a fin
de conseguir las sabrosas y ansiadas financiaciones
de distintas fundaciones privadas que le permitieran
seguir con sus trabajos. Así, mientras sus propias investigaciones
le llevaban al desarrollo de un patrón de cadenas de
ADN con el fin de erradicar, en la manera de lo posible,
una rara enfermedad denominada síndrome de la X frágil,
el mundo se asombraba al ver como un tratamiento génico
diseñado por él devolvía una más que aceptable continuidad
en una médula ósea seccionada. La idea no había sido
nueva, pero el tratamiento sí. Había estudiado el mapa
genético de las ratas, ya que estos animales siempre
habían presentado asombrosas recuperaciones en médulas
dañadas, y diseñó una serie de cadenas de ADN recombinando
el del ser humano con el de los roedores; un tratamiento
que proporcionaba en médulas seccionadas en un noventa
y nueve por ciento un rebrote de nuevas células nerviosas
con una eficacia de más de un seiscientos por ciento,
independientemente de la zona medular afectada. El tratamiento
se prolongaba durante varios meses y para el enfermo
se hacía pesado y doloroso, todos los tratamientos basados
en mutaciones genéticas lo eran, pero la recompensa
esperaba tras el largo camino; cientos de miles de personas
resignadas a pasar el resto de sus días en una silla
de ruedas podrían volver a andar.
Gracias al éxito conseguido, el dinero
para proseguir sus investigaciones no fue ningún problema
y al poco tiempo su estudio sobre la X frágil concluyó,
sumándose así un nuevo éxito. El síndrome de la X frágil
afectaba a uno de cada cinco mil nacimientos y se llamaba
así porque afectaba al cromosoma sexual X. Un gen de
dicho cromosoma resultaba dañado por un anormal y excesivo
número de una base nitrogenada concreta, no pudiendo
elaborar una proteína esencial para algunos tejidos
y, principalmente, primordial para las neuronas y el
buen desarrollo del cerebro; esto provocaba en dichos
niños un retraso mental... hasta ese momento irreversible.
Con su tratamiento, consiguió reducir las bases nitrogenadas
a un número adecuado, subsanando tal anomalía en dicho
gen que, desde el momento en que el proceso daba resultado
positivo, se generaba la indispensable proteína y le
proporcionaba a los afectados la posibilidad y el disfrute
de una inteligencia normal.
Albert se sentía orgulloso de sus descubrimientos
que, en un corto espacio de tiempo, había logrado para
la comunidad científica en general, y médica en particular.
Su nombre empezó a sonar como el afamado y respetable
genetista molecular que en él todos reconocían, y la
lluvia de propuestas de estudio y de subvenciones, tanto
privadas como estatales, le proporcionaron la posibilidad
de poder elegir el campo que más prefería investigar.
Pero todo aquel éxito no conseguía compensar el profundo
tormento que se le clavó en el corazón un triste día,
uno como cualquier otro, en el momento en que, impotente,
vio como los desconocidos paramédicos de una ambulancia
se llevaron a la pobre Sheila inconsciente, a quien
jamás volvió a ver con vida. No, aún no lo había conseguido.
Su regeneración de médula había escapado de su control
al ser un proyecto financiado por una empresa privada;
ahora el proceso era caro y sólo unos afortunados dejarían
abandonada su silla de ruedas a cambio de una suculenta
suma de dinero. Por su parte, el tratamiento contra
el síndrome de la X frágil había estado bien, pero sólo
era el aperitivo, necesitaba más, algo más particular;
una específica enfermedad que afectara a un número aún
menor de gente, una extraña dolencia que no afectase
a sólo uno de cada cinco mil nacimientos..., uno de
cada diez mil o uno de cada cien mil..., sino a uno
de cada millón... Sí, eso sería un digno reto que esperaba
paliase todo su dolor.
Y en su súplica encontró lo que buscaba.
Tras su conocida fama, muchos eran
los que querían aprovecharse y tener en su equipo de
investigación a la última revelación en el mundo científico,
aumentando así las generosas donaciones de entidades
privadas y mejorando las subvenciones estatales; pero
Albert conocía a la perfección lo que andaba buscando
y sabía que sus intereses no se encontraban en el mismo
plano que el de los demás; por eso aquella visita le
sorprendió. Un representante de la Fundación Internacional
para el Estudio y Erradicación de la Progeria acudió
a su propio laboratorio con un extenso dossier que explicaba,
con total minuciosidad, todo lo relativo a dicha fundación
y a su labor en pro de la erradicación de esa rara enfermedad
que se daba en escasas ocasiones y afectaba a uno de
cada... ¡Ocho millones de nacimientos! En dicho dossier
también se encontraba una propuesta; en ella se le garantizaba
una modesta financiación durante un período de cuatro
años siempre y cuando sus investigaciones estuvieran
ligadas a esta enfermedad. Delante de aquel representante
no quiso mostrar su vulnerabilidad pero, en aquella
propuesta, vio la oportunidad que esperaba, aquella
que siempre había deseado. La progeria, o síndrome de
Hutchinson-Gilford, era una rara patología que se caracterizaba
por un envejecimiento prematuro del individuo. En la
mayoría de los casos este envejecimiento se daba en
niños que, tras uno o dos años de vida, empezaban a
mostrar tales síntomas y se veían destinados a no vivir
más allá de los doce o trece años. Pero también se daba
esta enfermedad en adultos, falleciendo estos como consecuencia
de una vejez prematura. La excitación de Albert se había
disparado con la misma celeridad que quien recibe un
inesperado regalo. Aquella enfermedad era la idónea
para sus investigaciones, pero antes de su aceptación
definitiva quería visitar la sede de la Fundación y,
sobre el terreno, corroborar todo lo que aquel informe
meditaba... La impresión que se llevó fue tremenda;
allí conoció varios casos de niños, diagnosticados de
progeria, llevados allí desde todo el Mundo. Sus tristes
y pequeños rostros, carentes de cejas y pestañas, bajo
un amplio y desnudo cráneo; su desconsiderada piel,
suave por lo fina de ésta, y arrugada y moteada de lunares
marrones como la de un anciano de noventa años; su extrema
delgadez en extremidades, haciendo la contrapartida
a unas extrañamente sobredimensionadas articulaciones;
un pecho estrecho, perdido entre un abultado abdomen...
Él era médico, pero el aspecto de aquellos niños hirió,
aún más si cabe, su ya dañada sensibilidad. Incluso
así aceptó. Aquello era lo que siempre había buscado
y no era el momento de darle la espalda; era lo que
en el fondo se debía a sí mismo y, sobre todo, era lo
que le debía a Sheila.
Por su parte, la vida de John fue bastante
diferente a la de su hermano. Pese a que nunca se había
considerado un mal tipo, su carrera, por llamarlo de
alguna sutil manera, estuvo llena de reveses, traspiés
y tropezones. Un fugaz matrimonio de efímero amor y
varios trabajos perdidos, le empujaron en una caída
en espiral directa a la bajo estima y a la autocompasión.
Incapaz de salir adelante de alguna manera digna, acabó
viéndose involucrado en un sucio asunto de contrabando.
Él no se consideraba en absoluto un tonto, de hecho
llegaba a pensar precisamente en todo lo contrario;
no dudaba ni un ápice de su inteligencia. Por eso, cuando
todo aquel trabajo salió mal, se dio cuenta de que sólo
había una cosa con la que no había contado, y esa era
la traición. Clarence, alguien que acostumbraba a jactarse
de su puro concepto de la amistad, decidió retirarse
con un limpio historial de tan rentable negocio, y para
ello pactó con la policía... Bueno, pudo haber sido
peor que los siete años que John pasó en prisión acusado
del delito de importación ilegal de vehículos de lujo
y de romperle la mandíbula al judas de su amigo de un
rotundo, eficaz y contundente puñetazo.
Que todo le hubiera ido mal en la vida
no significaba que en su corazón guardara lo más preciado
que ésta le había dado..., el amor que siempre había
sentido por su hermano y el correspondiente sentimiento
de éste hacia él; eso era algo que nadie le podía arrebatar.
Durante su especial estancia en aquella sucia y hostil
residencia penitenciaria, el apoyo de su hermano no
le faltó nunca; las visitas, cuando sus investigaciones
se lo permitían, eran continuas, y el intercambio de
cartas constante. John agradecía sinceramente, desde
lo más profundo de su ser, ese respaldo incondicional
que Albert siempre le había mostrado y que, en aquellas
circunstancias, era lo que a él le permitía mirar con
esperanza hacia el futuro, decidido a rehacer su vida
desde el mismo momento en que le devolviesen a la sociedad.
Pero cuando el afortunado y exitoso
doctor empezó a colaborar para la Fundación, todo aquello
cambió. Las visitas que tanto bien le habían hecho cesaron,
y la correspondencia, tan abundante anteriormente, se
limitó a unas pocas cartas, más simples y escuetas,
en las que se podía adivinar el escaso interés de su
hermano por escribirlas. Se excusaba en lo absorto que
le tenía su investigación, y en la distancia existente
entre el centro penitenciario y la sede de la Fundación.
John, por su parte, quería entenderlo. Se esforzaba
por comprender que lo que estaba haciendo su hermano
era algo importante para él, y así intentaba respetarlo.
Sufriría en solitario la obsesiva dedicación que mostraba
en sus investigaciones, aceptando el hecho de que, durante
toda su vida, jamás Albert le había abandonado ni dejado
de apoyar y que ahora era el momento de que él empezara
a hacer lo mismo.
Poco antes de acabar su condena, John
dejó de tener noticias de su hermano. No hubo más visitas,
no hubo ni una mísera llamada y el intercambio de cartas
había cesado. Él, por el contrario, continuó enviándole
varias cartas a la última dirección conocida; una residencia,
propiedad de la Fundación, adyacente a la sede de investigación
donde su hermano desempeñaba su labor... Otra cosa no,
pero tiempo para escribir no le faltaba. Con no muchas
esperanzas, en sus últimas cartas le informaba del día
exacto en que volvería a sentirse libre, deseando y
esperando que, dado lo especial que era para él aquella
fecha, su hermano pudiera hacer un hueco en sus investigaciones
para recibirle a las puertas de la prisión.
Vanas esperanzas.
Aquel día llegó, y como había estado
temiendo su hermano no se presentó. John lo conocía
bien, Albert era de aquellas personas que se identificaban
siempre con las causas más injustas tratadas por la
sociedad; estaba comprometido con su tiempo. Algo que
siempre le había caracterizado era el amor que hacia
los demás profesaba y, por descontado, el que también
sentía por él. Por eso mismo, no alcanzaba a comprender
que se hubiera perdido su salida de la penitenciaría
de una manera voluntaria... A no ser que no hubiera
sido tan voluntariamente y algo o alguien le estuviese
impidiendo su contacto con el exterior y, en concreto,
con él.
La noche hacía ya rato que había
caído y diez campanadas acababan de repicar en un clásico
reloj de pared. Pese a saber de sobra la hora que era,
no pudo evitar echar una ojeada a aquel reloj, única
fuente de ruido, en aquel despacho de pasar consulta.
Con clara inquietud se levantó y empezó a pasear alrededor
de su escritorio. En su mente, elaboradora incansable
de hipótesis y conjeturas, no paraba de preguntarse
la razón de aquella llamada, por qué había tenido que
contactar precisamente con él y por qué ahora. Esa incertidumbre
era lo que le estaba consumiendo los nervios y, cuanto
más se lo preguntaba, más dudas y temores le asaltaban.
La hora de consulta había acabado cuando
su último paciente había abandonado la pequeña clínica
tres cuartos de hora antes; tan solo diez minutos más
tarde la enfermera seguía el mismo camino. Ahora, solo,
en la relativa penumbra de su despacho, recapitulaba
sobre las cuestiones formuladas mientras que ello le
provocaba aún más desconcierto. Hacía ya mucho que no
sabía nada ni de él ni de su hermano. A Albert le había
sido más fácil seguirle la pista, pues era un renombrado
genetista y siempre había algún artículo o noticia que
se refería a él... Lo último fue su éxito con el Dipueridol,
pero desde entonces, y ahora que lo pensaba, no había
vuelto a oír hablar de él. Por otro lado se encontraba
John. Le conoció en la universidad, cuando él y Albert
compartían piso... Un tipo agradable, juerguista y muy
ligón, al menos en aquella época. Sabía que después
no le fue muy bien en la vida... Lo último que supo
de él era algo relacionado con un delito por contrabando,
no recordaba bien de qué, quizás material informático
o algo similar..., la verdad es que ni lo recordaba;
para cuando aquello ocurrió hacía ya tiempo que no le
veía. Entonces, si eso era lo último que recordaba de
aquellos dos hermanos, ¿para qué demonios quería verle
a solas aquella noche? Sacó de su bolsillo una llave
y abrió uno de los cajones de su mesa; aquel cajón era
bastante amplio y por ello guardaba en su interior distintas
botellas de las más diversas bebidas alcohólicas. Se
sirvió, algo tembloroso, una pequeña copa de coñac con
el fin de relajarse un poco; sabía que no era la solución
pero siempre había encontrado apoyo en la bebida, algo
que, como era lógico, procuraba guardar como un secreto.
Sonó el teléfono.
El susto casi hizo que derramase el
coñac por toda su mesa pero una maniobra, digna de un
equilibrista, evitó aquel desastre. Al tercer timbre
ya sacaba, del mismo cajón en que se encontraban las
botellas, una pequeña grabadora. En el quinto timbre
la puso en marcha, respiró profundamente, y descolgó.
-¿Es la consulta del doctor Hugh Waterston?
–preguntó una profunda voz.
-¿Quién es?
-¿Es usted el doctor Hugh Waterston?
–insistió el interlocutor.
-Sí, soy yo –reconoció algo amedrentado
el doctor.
-Entonces ya sabrá quien soy ¿Está
solo?
-Lo estoy..., ya no queda nadie en
la clínica, excepto yo... Nadie nos podrá molestar.
-Perfecto –y colgó.
Un temor recorrió la espina dorsal
del médico, ¿a qué venía tanto misterio? ¿Por qué ese
empeño en que se vieran a solas sin que nadie sepa que
había contactado con él? Quizás pensara que tuvo algo
que ver con su detención y viniese a ajustarle cuentas;
no, no había ninguna razón para que pudiera pensar eso...,
o quizás sí... Un posible malentendido del cual desconocía
su existencia... No, entonces no le habría anunciado
su llegaba de aquella forma. Debía de tratarse de otra
cosa, pero ¿de qué?
Se encontraba esperando en la confortable
recepción de la clínica, dando vuelta tras vuelta al
mismo asunto, cuando el suave timbre de la puerta sonó.
Decidió que más le valía la pena mostrarse relajado
o, al menos, calmarse lo suficiente para que no notara
lo nervioso que se encontraba. Rebuscó en su bolsillo
del pantalón, conectó de nuevo la grabadora... y observó
por la mirilla. La imagen de aquel hombre, aunque con
cierta aberración esférica propia de toda mirilla, aparecía
clara y con total nitidez; era él, no podía ser otro.
Hacía ya mucho que no le veía y su último recuerdo era
de un joven en los primeros años de la veintena... Ahora,
frente a él, a través de aquel minúsculo cristal, veía
a un hombre maduro que se encontraba rozando la cuarentena;
no le conseguía reconocer. Dudó un momento, pero sabía
que no tenía razón de ser el engañarse, si se lo hubiese
cruzado en la calle, jamás le habría reconocido, pero
ahora..., ahora no podía ser nadie más. Abrió lentamente
la puerta con poca disimulada precaución. Allí, en el
descansillo de la planta, un hombre mojado por la lluvia
le observaba; su serio rostro fue dando paso, poco a
poco, a una sutil sonrisa.
-Hola Hugh, me alegro de verte viejo
amigo...
Hacía ya más de dos horas que
la cinta de la grabadora se había acabado, pero el doctor
Waterston no había sentido la necesidad de colocar otra
nueva en su lugar. En vez de eso, se encontraba apagada
sobre la mesa haciendo compañía a una botella de coñac
que marcaba una frontera imaginaria entre los dos hombres
y a la que sólo le quedaba apenas un cuarto; otra botella
descansaba vacía en una papelera junto a la mesa. John
sabía lo arriesgado de lo que le estaba proponiendo
y por ello comprendía las dudas que le asaltaban, aun
así esperaba que su respuesta fuera la adecuada, por
eso había recurrido a él. Por su parte, Hugh permanecía
concentrado mientras meditaba lo que iba a responderle;
un tabaleo de sus dedos en el vaso formaba parte de
su meditación.
-No sé John...
-¿El qué no entiendes?
-Mucho es lo que no entiendo. No creo
que esas irrefutables pruebas en las que te basas para
acusar a la Green Health de asesinato... sean tan irrefutables.
Tampoco entiendo por qué quieres hacer lo que quieres
hacer... ¡Joder John, es un delito! Y si te ayudo, yo
seré cómplice de tal delito. No veo las conspiraciones
que dices que ves y no comprendo el que quieras complicarme
la vida a mí... Eso es lo que no entiendo...
-Si no lo ves, es que estás ciego...
De la noche a la mañana todo rastro de Albert desapareció,
nadie supo darme una explicación de dónde se encontraba
o a dónde había ido tras dejar su trabajo en la Fundación.
Un día dejó de ir por el laboratorio y ahí acaba la
historia de mi hermano; ni una dirección, ni un número
de teléfono, ni una dirección de correo electrónico,
nada..., y todo eso justo antes de que la Green Health
se hiciera con la patente del Dipueridol, el mismo fármaco
que sintetizó mi hermano cuando estudiaba la progeria.
-Mira, comprendo que quieras saber
qué ha sido de tu hermano, hasta yo ya tengo curiosidad
por saber donde se encuentra. Pero todo lo que estás
contando es sólo un análisis subjetivo de lo que quieres
creer... No son pruebas; lo mismo no le gustó el camino
que tomaba su descubrimiento y decidió dejarlo todo,
tomarse un tiempo para reflexionar, replantearse nuevos
objetivos.
-Por el amor de Dios, Hugh ¿Cómo puedes
decir eso? Tú le conoces bien, eras su mejor amigo durante
la carrera, compartisteis cuatro años la misma habitación...
-Tú lo has dicho, éramos amigos durante
la carrera y eso ocurrió hace ya muchos años. Cuando
tu hermano se dedicó a la investigación, dejó de lado
muchas cosas, entre ellas a sus amigos. No le culpo,
créeme; ser médico investigador requiere mucho esfuerzo
y dedicación, y más para conseguir lo que él ha conseguido.
Muchos en el Mundo habrían dado todo lo que poseían
a cambio de uno, sólo uno de los descubrimientos que
Albert ha hecho. El nombre de tu hermano se escribe
ya con letras de oro en la historia de la medicina contemporánea
y eso... requiere sacrificios. De vez en cuando leo
algún artículo en revistas de salud que hablan sobre
él o sobre alguno de sus trabajos... Lo de la regeneración
de médula fue asombroso; pero de ahí a mantener contacto
con él, va un mundo –hizo una dramática pausa, como
excusándose por lo que iba a decir-. No sé John, las
personas cambian. Quizás el éxito se le subió a la cabeza
y optó por vender la patente del Dipueridol a la Green
Health Corporation... y luego, con los beneficios, decidió
retirarse entendiendo que su legado a la Humanidad ya
era suficiente... ¿No lo has pensado?
-Mira, si hablaras de otra persona,
sería un estúpido si no lo hubiera hecho así; de hecho
yo mismo lo habría hecho si fuera mi hermano. Pero él...
No, él no sería capaz de eso. Sabes tan bien como yo
que esa era precisamente la razón que le impulsó a estudiar
Medicina, el intentar evitar que la gente muriese por
no poder pagar un simple tratamiento... De haber vendido
él mismo la patente hubiera traicionado todo aquello
en lo que creía... No, creo que incluso hubiese preferido
destruir sus hallazgos antes de hacer una cosa así.
-Unos ideales muy nobles. Pero ¿Hasta
dónde estaría dispuesto a llegar por ellos? Según tú,
¿hasta dejarse matar?
-No tuvo que ser así, quizás no lo
vio venir. Cuando hace un par de años salí de la cárcel,
y Albert no estuvo allí para recibirme, supe en ese
instante que algo le había pasado. Desde entonces he
estado investigando todo lo relacionado con su desaparición.
Descubrí que la Green Health no se hizo con la patente
porque se la vendiera mi hermano o la propia Fundación,
no. Cuando las investigaciones que se llevaban a cabo
en la Fundación Internacional para el Estudio y Erradicación
de la Progeria empezaban a dar resultados, el dinero
de la Fundación se acabó, se cerró el grifo y el caudal
cesó. La obtención de pequeños resultados iniciales
hacían prever un éxito definitivo al final de tales
investigaciones, pero para acabarlas era necesario más
dinero del que el propio Albert podría aportar. Entonces
llegó la salvación de mano de la Green Health, que inyectó
una buena dosis de capital a cambio de cogestionar,
junto con la Fundación, el medicamento final; algo que,
sin duda, se acordó a espaldas de mi hermano. Cuando
apareció el Dipueridol, con sus maravillosos efectos,
y la Green Health decidió comercializarlo de la manera
en que lo ha hecho, sin duda Albert intentó impedirlo
de alguna manera... y le quitaron de en medio. Así funcionan
las cosas, yo lo sé; he conocido a tipos en la cárcel
que se habían encargado de trabajitos parecidos. Por
eso, Hugh, sé que él esta muerto.
-Veo que estás muy convencido y que
no deseas que te intente persuadir para que pienses
en otra posibilidad, ¿verdad?
-No.
-Entonces eso nos lleva a lo que quieres
hacer. Teniendo en cuenta el riesgo que correrás, si
saliese bien... ¡Joder! Si saliese bien, que lo dudo
mucho, estaría considerado como espionaje científico...
y eso, aquí, va en contra de la ley.
-Ten por seguro que nadie sabrá jamás
que fuiste tú quien me ayudó.
-Ya, ya, eso es lo que siempre se dice...
Bueno ¿Estás seguro que esos días son para eliminar
el Dipueridol del organismo y no como tiempo necesario
para que haga efecto sobre las células, como se nos
ha dado a entender? Perdona que te insista en lo obvio,
pero tú no eres precisamente el médico de tu familia
¿Cómo puedes estar tan seguro?
-Ya te he dicho que he hecho mis averiguaciones.
Algunos empleados de la Green Health son fácilmente
sobornables o, en algunos casos se les afloja la lengua
si le sacias sus necesidades... Hay mucha enfermera
solterona en sus clínicas.
-Está bien, de acuerdo. Veamos, recapitulemos
entonces un poco... El Dipueridol, ese maravilloso medicamento
que la Green Health nos vende como elixir de juventud,
fue sintetizado por tu hermano cuando investigaba una
solución contra la progeria para la Fundación. A su
vez, la Green Health apoyó económicamente tales investigaciones
y, por lo tanto, se hacía con parte de los derechos
sobre la patente. El Dipueridol resultó ser el medicamento
ideal para esta rara enfermedad. Básicamente, lo que
hace es introducir en un organismo afectado de progeria
una cadena de ADN a fin de que se recombine con el ADN
genético, la cadena resultante suplanta la dañada en
el gen LMNA, que contiene la información específica
de ciertas proteínas. La misión de éstas es la de formar
una cubierta alrededor del núcleo de la célula. Pero
si son defectuosas, tal cubierta no se forma y la célula
se divide de manera errónea, y por lo tanto muere. Esto
obstaculiza la capacidad de regeneración celular de
los tejidos, produciendo el prematuro envejecimiento
característico de esta enfermedad... Gracias al Dipueridol
esto se puede evitar y, en definitiva, ese era básicamente
su primer uso.
-Y eso fue lo que pretendía mi hermano,
curar esa rara enfermedad... y no en lo que ahora se
ha convertido.
-Pero no olvides que no es la primera
vez que en un medicamento, pensado inicialmente para
tratar una dolencia, se descubren otra serie de ventajas.
En el caso del Dipueridol se observó la facultad que
éste tenía de reforzar y mejorar el sistema inmunológico
del enfermo frente a los radicales libres del oxígeno
que, a la larga, son los que producen, con su efecto
sobre el organismo, el envejecimiento de las personas...
¿Qué esperabas? ¿Qué se ignorase tal hallazgo? Piensa
que ese ha sido siempre el sueño de todo ser vivo, poder
vivir siempre joven y durante muchos más años... Una
vez hecho el descubrimiento, sólo era cuestión de tiempo
su comercialización.
-No a costa de mi hermano. La Green
Health representa precisamente todo contra lo que luchaba
Albert. Él consiguió un magnífico remedio contra una
rara enfermedad ¿Y qué si tenía otros efectos beneficiosos?
Si él lo creó, tiene el derecho de hacer con ello lo
que le viniese en gana, y yo sé que su deseo no era
precisamente que unos cuantos ricachones, resistiéndose
a perder su juventud, alarguen su vida hasta los ciento
veinte o ciento treinta años, mientras engordan las
arcas de esa maldita multinacional.
-Pero lo que pretendes..., no sé, no
creo que resulte. Al introducir el Dipueridol una cadena
externa de ADN y provocar una mutación por medio de
la recombinación, es bastante complicado obtener de
una persona tratada la cadena original... ¡No existen
datos suficientes!
-Por eso mismo quiero interrumpir el
proceso...
-Ya, pero me estás asegurando algo
ilógico.
-¿Qué hay de ilógico proteger tu gallina
de los huevos de oro? Por lo que he podido descubrir,
si algo tengo claro, es que el tratamiento se produce
durante los primeros diez días de hospitalización; el
resto, hasta los treinta días, te mantienen sedado única
y exclusivamente para darle tiempo al organismo a eliminar
todo residuo de Dipueridol. Por esa razón son tan negativos
y decepcionantes los intentos por descubrir y analizar
los compuestos de tal sustancia.
-Sí, pero... someterse al tratamiento
para despertar a mediados de los treinta días y escapar
de la clínica... resulta muy arriesgado. Desconocemos
cómo te puede afectar la interrupción del proceso.
-¡Por eso necesito tu ayuda! Te necesito
por si algo sale mal y para analizar esa sustancia aún
latente en mi cuerpo..., y poder así hacerla pública;
esa es la única manera que encuentro para asestarle
el golpe definitivo a la Green Health y vengar todo
el esfuerzo que mi hermano dedicó en la elaboración
de esa fórmula, así como sus nada lucrativos ideales
y, por supuesto, su misteriosa desaparición. ¿No comprendes?
Debo hacerles pagar lo que le hicieron a mi hermano
y acabar lo que él se proponía... y tú debes ayudarme.
-Me pides demasiado... A parte de lo
peligroso para tu salud, y de lo complejo del análisis
posterior, sin ninguna prueba ni garantía de éxito,
nos encontramos con la cuestión económica; pagar el
tratamiento sería un problema..., es mucho dinero.
-Yo he conseguido reunir algo más de
la mitad, pero...
-Comprendo, el resto también me toca
a mí... Quizás, sólo quizás, podamos arreglarlo... La
clínica últimamente no es que me deje muchos beneficios,
pero supongo que se podría solucionar –entrelazó los
dedos de ambas manos para después dejar caer su barbilla
sobre ellos-. Me preocupa más tu despertar. Sintetizar
una pequeña cápsula, de materia orgánica, que contenga
el posible desinhibidor de un sedante que, a ciencia
cierta, no sé de cual se trata; que sea invisible a
todo tipo de pruebas previas y que, para una mayor complicación,
libere su contenido alrededor del décimo día de tratamiento...
No sé, para ello debería estar directamente situada
en uno de los principales vasos, sujeta a una pared
arterial... Si el riego sanguíneo es fuerte la puede
desprender y convertirla en un émbolo que obstruya alguna
ramificación arterial, y provocar que se te infarte
el miocardio o, incluso, tu propio cerebro... Ya te
he dicho que es mucho riesgo... ¿Ahora no dices nada?
–preguntó al ver que John quedaba pensativo.
-Pensaba en esto último que has dicho
y... debo reconocer que no lo había pensado, al menos
así de claro... Pero la decisión está tomada. Sé que
no será un viaje sin riesgos y que quizás soy un egoísta
por implicarte; he acudido a ti porque Albert siempre
te consideró un segundo hermano... Puedes hacerlo por
él, o por la medicina, o por la gloria que te puede
dar si decides publicar la historia de mi hermano...
A mí me da igual; yo tengo una meta y créeme si te digo
que la tengo muy clara. Si no me ayudas, no te lo reprocharé,
pero lo único que habrás conseguido será posponerlo
todo hasta que encuentre a quien lo haga.
-¿Entiendes que necesite tiempo para
meditar mi respuesta?
-Lo comprendo..., no quisiera presionarte.
-¿Aún más? –sonrió, pero de desesperación-.
También veré la manera en que puedo sintetizar la cápsula...,
no es determinante pero si no estoy seguro de ella,
no te ayudaré. No quiero tenerte sobre mi conciencia.
-Gracias Hugh.
-No deberías dármelas aún, eso no quiere
decir nada.
-Te equivocas; te las doy porque por
lo menos te lo vas a pensar, que es más de lo que sinceramente
esperaba cuando te llamé.
-No cantes victoria John..., no la
cantes.
Pese a lo aséptico de aquella sala,
un aroma a sangre rancia lo impregnaba todo. La culpa
se podía encontrar en el complejo laboratorio de muestras
que se encontraba en un pequeño sector de tan amplio
lugar. Dos largas hileras, de veinticinco camas cada
una, flanqueaban los extensos laterales de la rectangular
estancia, conocida por todos como Box 14. Quizás éste
fuera un día normal, con tan solo treinta y ocho de
las cincuenta camas ocupadas; pero el hecho de que una
de ellas se encontrase rodeada de sudorosos médicos
e inquietas enfermeras, culpándose unos a otros con
sus desagradables miradas, mientras proclamaban su propia
inocencia en el silencio, todos mudos ante aquel problema,
hacía comprender que ese día, en efecto, no se trataba
de uno más. El tratamiento con Dipueridol estaba precedido
de pruebas, tan rigurosas como numerosas, a fin de evitar
un posible rechazo en el paciente una vez se hubiera
iniciado el procedimiento. Eso hacía pensar en lo selectivo
de dicho método; no todo aquel que desease ser joven
durante más tiempo podía, al menos en estos primeros
momentos de cambio, someterse a dicho proceso. Pero
para aquellos afortunados que, pese a todo, ya se empezaban
a contar por miles, cuyo estudio previo daba un resultado
positivo, las pruebas de seguimiento que se hacían desde
la primera dosis hasta que el tratamiento finalizaba
un mes más tarde se les llevaban a cabo a diario, de
una manera estricta; aquella era la única forma de evaluar
los progresos a la vez que se evitaban posibles complicaciones.
Es cierto que alguna vez tenían problemas con algunos
clientes; pese al coste del tratamiento, muchos eran
los que deseaban pasar por la clínica y, por muchas
pruebas que se les hiciesen, por muchas precauciones
que se tomasen, nunca se tenía la total certeza de que
no se producirían posibles imprevistos; pero como el
ataque que acababa de sufrir quien ocupaba esa cama,
jamás. Todas las pruebas preliminares habían resultado
positivas y, durante los doce días que habían pasado
de tratamiento, éste se había desarrollado con total
normalidad.
-Doctor –dijo una de las enfermeras-,
mire sus ojos, está... despierto.
Todos los allí reunidos ya habían deparado
en aquel morboso detalle y no necesitaron de las indicaciones
de la asustada enfermera. Pese a la parálisis corporal
que sufría, sus ojos abiertos miraban nerviosamente
como si intentara reconocer algún detalle de lo que
allí le rodeaba; un incesante chorro de espesa sangre
manaba de su seccionada lengua, las convulsiones también
le habían desencajado la mandíbula y la inesperada labor
de entubamiento se había producido no sin dificultad.
-Se encuentra desorientado... ¿Pero
qué diablos le ha ocurrido! –comentó uno de los doctores.
-Muy bien –dijo otro de ellos-, ahora
ya se encuentra estabilizado, así que es el momento
de averiguarlo. Hagámosle todas las pruebas que sean
necesarias hasta que sepamos qué ha ocurrido y averigüemos
qué alcance de lesiones tiene; quizás se trate sólo
de un fuerte rechazo al Dipueridol...
-¿Rechazo, Doctor? –recriminó una de
las enfermeras- ¡Nunca ha ocurrido esto a ningún otro
cliente por culpa de un rechazo!
-Esa es la razón de que no debamos
perder tiempo y averiguar qué es exactamente lo que
le ha ocurrido. Trasladarlo a Cuidados Especiales, y
mientras yo informaré al director de todo esto... Él
debe saber todo lo que ha pasado esta noche aquí.
Dejó que los demás se ocuparan del
traslado mientras él se dirigía a su despacho. Una vez
dentro, consultó el historial del cliente que casi perdían
tan sólo un rato antes; nada que destacar, nada fuera
de lo común, todo... perfecto. Todo había transcurrido
con normalidad hasta ese día y, a falta del resultado
de las pruebas que se le iba a someter, carecía de una
explicación médica que ofrecerle a su superior; ni siquiera
la lógica o la coherencia le serviría en su explicación.
A través de la red se conectó directamente con el Director
responsable de la división de Rejuvenecimiento de la
Green Health Corporation; no le hacía mucha gracia,
pero las directrices en estos casos eran claras, y por
lo tanto tenía la obligación de informar aun cuando
careciera de explicaciones. A través de una pequeña
webcam, incorporada en el monitor, podían verse ambas
personas.
-¿Doctor Hopkins? –dijo el director
al ver a su subordinado en la pantalla-. Se me hace
extraño verle por este medio; no suele llamarme a menudo,
sólo cuando existe algún problema... ¿Va todo bien?
-Pues como ha imaginado, hemos tenido
un percance con un cliente del Box 14.
-¿Del Box 14? Curioso... ¿Qué ha ocurrido?
-Una crisis... Parece bastante grave.
Ha presentado un cuadro de fortísimas convulsiones que
le han provocado varias fracturas y la laceración total
de la lengua... Además ha perdido movilidad en varias
zonas de su cuerpo, pensamos que podría deberse a una
posible fractura de columna; le están realizando pruebas,
pero aún no tenemos resultados concisos...
-No parecen los síntomas habituales
de un rechazo.
-No, no los parece, pero aún no lo
descartamos del todo. Si es eso lo que ha sido se le
ha debido de complicar con algún factor imprevisto,
algo que en las pruebas preliminares se nos debió pasar
por alto.
-Comprendo. Un imprevisto como éste
suele traer malas consecuencias, sobre todo si desconocemos
las causas que han propiciado tal rechazo. No escatiméis
en pruebas, háganle todas las que considere necesario
y asigne un grupo única y exclusivamente para su cuidado...
No podemos permitirnos el lujo de perder un cliente.
Yo me acercaré por la clínica en cuanto pueda...
-Para entonces espero ya poder confirmarle
qué ha pasado.
-Bien... ¿Cuál es el número del historial
de ese cliente?
-Espere un momento –miró en una ventana
de su ordenador el número-, es el V377-103.
-De acuerdo. Haga todo lo que le he
dicho, quiero saber qué es lo que ha ocurrido, ¿algo
más? Bien, entonces adiós.
Tras cortar la comunicación con el
doctor Hopkins, abrió la base de datos que contenía
el historial médico de todos sus clientes. Tecleó el
número de expediente que le había proporcionado y, tras
un escaso segundo, toda la información relativa a ese
cliente apareció en su pantalla. El nombre y los datos
le eran del todo desconocidos, pero la cara de aquel
hombre jamás la podría olvidar y, como si sintiera compasión
por aquel desdichado..., sonrió.
Pobre John... Con su acción, mezcla
de locura e impetuosidad, consiguió precipitar ese exquisito
instante en que ciertos acontecimientos desembocan en
fantásticos descubrimientos para la ciencia, valiéndose
de un simple accidente totalmente inesperado. Él nunca
fue tonto, y créanme si les digo que su plan no estaba
nada mal pensado; pero llevarlo a cabo... Bueno, ni
siquiera él podría haber sospechado en lo más mínimo
lo que aquella noche, allí, en aquella cama del Box
14, le iba a ocurrir a su cuerpo. Es cierto que su cápsula
se disolvió progresivamente hasta liberar su contenido
el doceavo día de tratamiento, justo cuando estaba previsto;
aunque eso no fue un mérito totalmente suyo. Lo que
en verdad desconocía John era que la acción que el Dipueridol
realizaba sobre un organismo, se desarrollaba durante
los primeros quince días del tratamiento, y no en los
primeros diez, como él creía. Esta equivocación fue
providencial. Es el factor suerte que se le suma a toda
investigación; dedicas años en diseñar, desarrollar
y sintetizar esas cadenas de ADN para introducir una
mutación en un gen concreto y poder curar una extraña
enfermedad y así intentar conseguir nuevas subvenciones,
nuevos fondos, para poder seguir diseñando, desarrollando
y sintetizando otras nuevas cadenas que provocan diferentes
mutaciones y que, por fortuna, tales cambios vuelven
a servir para algo... Y vuelve a repetirse el ciclo
una y otra vez. Pero de la noche a la mañana aparece
ante ti ese maravilloso acto de creación espontánea,
y claro... no puedes, ni debes, rechazarla.
Cuando la Fundación me informó que
el capital prescrito en la subvención estaba a punto
de acabarse, me volví prácticamente loco. Con los esperanzadores
avances que mis investigaciones habían conseguido, no
podía dejarlo todo por una simple cuestión económica.
Había que hacer algo, y había que hacerlo pronto. Por
eso busqué personalmente una solución, una a mi medida;
y ésta vino de la mano de una, por aquel entonces, pequeña
empresa llamada Green Health. El dinero que conseguí
con mis anteriores descubrimientos me permitió asociarme
con la Green e invertir en la continuidad de la investigación
sobre erradicación de la progeria; bajo mi control total
quedaría la gestión de los resultados, algo que siempre
había esperado conseguir tras perder los derechos sobre
la regeneración de médula. Cuando las investigaciones
dieron su fruto y se descubrió que aquella sopa de ADN
servía para retrasar el envejecimiento en personas sanas,
decidí dar un paso al frente y vender mi alma al Diablo;
comercialicé el Dipueridol de la manera en que jamás
hubiese pensado que lo haría, pero a cambio, conseguí
financiación ilimitada para proseguir cualquier tipo
de investigación que deseara emprender. La gestión de
las clínicas de rejuvenecimiento de la Green se convirtió
en una labor secundaria, puramente administrativa; con
mantenerme informado de los progresos y eventualidades
que se producían, era más que suficiente. Mientras tanto,
yo me dedicaba a mis investigaciones en un apartado
laboratorio independiente, incomunicado de todo aquello
que pudiera desconcentrarme de mis trabajos. Todo habría
quedado en eso, en prolongar la vida de aquellos que
lo desearan en un cuarto de siglo más, si no hubiera
provocado John, con su irresponsable conducta, ese fantástico
salto en la evolución humana.
El secreto de todo estaba en aquella
sustancia y en la forma que interaccionó con el Dipueridol
en el momento en que la cápsula se disolvió. Para conseguir
la mutación idónea que provocaba la ralentización del
envejecimiento, hacía falta, antes de llegar a la definitiva,
miles de pequeñas mutaciones y reestructuraciones genéticas
que se desarrollaban durante aquellos quince días de
tratamiento. En algún punto de éste proceso, un elemento,
ajeno a todo aquel tratamiento, interactuó de manera
casual desviando el curso de tales recombinaciones de
ADN, alterando su organismo de una manera increíble:
potenció los antioxidantes naturales hasta el punto
de erradicar, en su práctica totalidad, todos los radicales
del oxígeno que se liberaban tras el proceso en el que
se obtiene energía mediante la respiración celular,
y consiguió reactivar la secreción de la hormona humana
del crecimiento, capaz de reducir la grasa corporal,
aumentar la musculatura y reparar los tejidos dañados.
Lamento tener que decir que pese a todo, el pobre John
no tuvo ninguna oportunidad, su cuerpo no estaba preparado
para asimilar tan radical cambio de metabolización celular
y reaccionó con una parálisis cerebral aguda; varias
zonas de su cerebro se infartaron y su cuerpo quedó
hecho un vegetal. Algo que no se me olvida es su mirada
cuando en la sala de Cuidados Especiales me vio aparecer,
a mí, a su hermano, al director de todo aquel proyecto
sobre rejuvenecimiento. Me acerqué a él y le miré fijamente
a sus ojos, intentó seguirme con la mirada al principio,
pero le costaba bastante. Lo que no me cabe la menor
duda es que pudo reconocerme; la poca movilidad que
quedaba en su rostro reaccionó en cuanto acerqué mi
cara a la suya. Abrió en exceso un ojo ya que un párpado
inerte descansaba caído sobre el otro; intentó decir
algo, pero tampoco pudo emitir palabra alguna... Sólo
su horrorizada expresión me hizo comprender que por
fin había conseguido entender todo lo que había ocurrido.
Aunque a él le sirvió de poco, gracias
a lo que le ocurrió a John, el Dipueridol pudo ser mejorado
de su fórmula inicial. Su uso se extendió entre la población
más pudiente y el mundo ganó en personas cuya longeva
vida se prolongaría en sesenta, ochenta o incluso cien
años. Personas que se aplicaban el tratamiento entre
los veinte y los treinta años, para disfrutar así de
más de cien años de un aspecto y un organismo joven
y sano... La búsqueda de la eterna juventud había llegado
a su fin; cada vez había más gente joven, la mayoría
eran de clase social adinerada, y todos ellos presentaban
un buen estado de salud. Visto así, parecería un sueño
ideal hecho realidad... Pero precisamente esta realidad
era mucho peor de lo que a simple vista daba a entender.
Mis investigaciones me llevaron a tomar
muestras constantes de aquellos que se sometieron al
Bionatonidol, como denominé a la nueva sustancia mejorada,
y mis resultados son pocos esperanzadores. La reproducción
constante en parejas rejuvenecidas han favorecido que
las generaciones actuales posean una longevidad hereditaria
mucho mayor que sus generaciones predecesoras; aun así,
muchos son los que abusan del Bionatonidol para prolongarla
aún más. Un fatal error. Todos los procesos biológicos
del ser humano se están ralentizando; los embarazos
cada vez son más largos, la edad pueril se ve prolongada
durante décadas y no se es adulto hasta los cincuenta
o sesenta años de existencia, los procesos neuronales
no escapan de la quema y se vuelven también más lentos...
Estamos consiguiendo generaciones que vivirán fuertes
y sanos durante más de dos siglos, pero cuyo coeficiente
intelectual ha descendido notablemente. No, no les culpo
a ellos por este retroceso. Si cuando antes de la aparición
del Dipueridol me hubieran preguntado si preferiría
vivir veinte años siendo más inteligente que la media,
o llegar hasta los noventa siendo igual de inteligentes
que todos..., no lo hubiera dudado. Parece que nadie
lo entiende, es como si este efecto secundario no fuera
visible y, por lo tanto, nadie consigue percatarse de
ello. Yo lo considero la peste de esta época, pero se
encuentra ya tan evolucionada, y está tan enraizada
en nosotros, que nadie parece darse cuenta del paso
atrás que esto supone para la evolución de la raza humana.
Pronto sólo tendremos a jóvenes con treinta años y mentalidad
de cinco, conviviendo con ancianos de noventa años,
seniles, inactivos, no válidos para la sociedad... Y
entonces ¿Qué tipo de futuro podemos esperar?
En fin, yo ya soy viejo, una de las
pocas reliquias de mi generación. Pese a aplicarnos
el Dipueridol primero, y el Bionatonidol después, nuestra
inteligencia no se deterioró; probablemente porque ya
la teníamos desarrollada en su totalidad antes de empezar
con las transformaciones internas; los cambios metabólicos
controlados no nos afectaron en ese sentido. Aunque
algunas otras sí lo hacen. Mis inquietudes han cambiado
y al fin he vuelto a encontrar un reto a mi medida.
Debo detener esta bestia negra que creé y enmendar así
ese error con la Humanidad. Por eso, mientras tenga
fuerza, seguiré con mis experimentos, intentándolo,
aunque debo de reconocer que no se trata de una tarea
fácil; la eterna juventud está muy extendida ya por
todo el globo y no puedo llamar a todo el mundo retrasados
ignorantes, no. Debo descubrir una sustancia que anule
los efectos del Bionatonidol y que, a la vez, tenga
unos efectos atractivos para el ser humano; sólo con
esta sutileza, podría deshacer el daño que he llegado
a crear al Mundo. Sé que lo tengo mal, pero cuento con
una ventaja adicional.
¿Ya he comentado que hoy es el cumpleaños
de la pequeña Mary Jane? Sí, es cierto. Hoy en día la
familia es lo primero y hoy, en este día tan especial
de celebración, estamos prácticamente todos aquí reunidos,
sólo faltan Jason y su mujer Kathy, Rachel, mi nieto
Johny y, por supuesto, John. Él se encuentra descansando
en el laboratorio; pobre, más de dos siglos vivo, consciente...,
pero inmóvil. A veces me pregunto si no será una crueldad
mantenerle así... Puede que sí, pero soy sincero cuando
digo que lo hago por un bien mayor; la clave de todo
se encuentra en el interior de su organismo ya que él
fue la cepa original del problema. Hasta ahora no he
conseguido dar con la solución, pero por él no debo
preocuparme; seguramente nos sobrevivirá a todos porque
es prácticamente inmortal, sólo debo evitar que no sufra
ningún accidente y mantenerle alimentado a través del
goteo. A parte de eso, no me debo de preocupar, pues
no irá a ninguna parte. Puede que mañana me acerque
por allí y le cuente lo de Mary Jane y ya, de paso,
tome algunas muestras para mis investigaciones.
No, no es una crueldad. Le necesito
para poder salvar al ser humano de su propia involución;
todos ellos necesitarán esa cura y, sólo yo, estoy en
una posición privilegiada para ayudarles.
¿O acaso no fue eso lo que siempre
deseé, ayudar a los demás?
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