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De efecto rejuvenecedor Más sobre Rafael Rius Sánchez

Precioso, no encuentro otra palabra. Me acabo de sorprender mirando al cielo de forma distraída, un negro mar repleto de puntos plateados que puedo admirar gracias a la escasez de nubes. A diferencia de otros tiempos, muchos de esos pequeños y luminosos puntos no se hallan a millones de años luz de donde yo me encuentro; muchos de ellos, son la prueba de que en los doscientos treinta y dos años que he vivido, el ser humano ha conquistado algo más que aquel entorno propio al que estaba limitado cuando aún era un crío. Hoy en día, todo el Sistema Solar es objeto de un concienzudo estudio de campo, las colonias de Marte y Júpiter ya no extrañan a nadie y, por descontado, la vieja Tierra se encuentra asediada por centenares, puede que incluso miles, de estructuras tales como estaciones, laboratorios y satélites de todo tipo, diseminados de manera discrecional por todas sus órbitas posibles. Si mi longeva vida me ha permitido ser testigo de múltiples y diferentes procesos evolutivos en el ser humano, la conquista del espacio sólo ha sido uno de ellos. Un proceso tan previsible como imparable, motivado por el innato afán conquistador del hombre, por su curiosidad; sólo ha necesitado para tal fin algo que es una constante en nuestras vidas, el tiempo. En definitiva, el conocimiento y predominio del ser humano sobre el resto del Sistema Solar era un hecho que llegó sin ayuda de nadie, agarrado de la mano de un perezoso destino que poco tuvo que esforzarse para que el hombre lograra su objetivo.

Ahora me encuentro pensativo, mirando al cielo desde una amplia terraza en la planta noventa y nueve del hotel Memorial, en el antiguo casco urbano de San Francisco. A esta altura, una agradable brisa nocturna me hace recordar que, en otros tiempos, la temperatura en esta noche del mes de Enero sería de varios grados bajo cero, pero el continuo cambio climático que hemos venido padeciendo hace posible el obsequio de esta magnífica temperatura, algo perfecto para mí, que ya soy mayor, y perfecto para esta reunión familiar. Ellos se encuentran ya acabando los preparativos para la cena; todo un lujo el que nos podamos reunir para celebrar algo tan devaluado como lo es, hoy en día, un cumpleaños. La pequeña Mary Jane cumple los dieciocho y, a excepción de mi hijo Jason y su encantadora mujer Kathy, que viven en el continente Europeo; de Rachel, la más joven de mis seis hijos, que se encuentra en Japón acabando su doctorado de Microbiotecnología; y del hermano aventurero de Mary Jane, Johny, embarcado en un carguero rumbo a Júpiter, los restantes quince nos encontramos aquí. Puedo sentirme orgulloso, sobre todo ahora que el concepto de familia cae cada vez más en desuso, de poderlos tener a todos tan cerca de mí. Tan solo hace un rato me senté junto a ella, junto a Mary Jane. Al observarla, pude darme cuenta de toda la vitalidad y energía que derrochaba, de buena gana, mientras trasteaba con sus juguetes y su terminal holográfica, orgullosa de sí misma conforme leía y recitaba las difíciles palabras que éste proyectaba, ajena a todo lo que esta vida la podía ofrecer, y a la vez ansiosa por empezar a vivirla. Entonces tal comportamiento me recordó cómo había cambiado todo, cómo el ser humano abrazó gustoso ese cambio radical que aumentó su esperanza de vida y le acercó, como siempre había deseado el hombre, a esa eterna juventud, antesala de la ansiada inmortalidad.

Ahora es distinto a entonces. En aquella época la esperanza de vida rondaba los ochenta y cinco años... Ochenta y cinco, joder ¡Sí y ya he cumplido bastante más de dos siglos! Esto es algo que me hace viejo, me he convertido en un anciano dependiente de los atentos cuidados de una joven enfermera de ochenta años. Mi única emoción verdadera la siento el día en que puedo ver a algún miembro de mi familia; el deseo de saber de ellos, de enterarme si ha habido algún nuevo nacimiento, si han cambiado de trabajo, o incluso si consiguen llegar todos a fin de mes con lo que ganan... Tengo otros entretenimientos, es cierto, pero ellos componen la mayor ilusión que me queda en la vida; una vida prolongada, una partida extra que me tocó jugar y que poco a poco me acerca al fallo de esa última y fatídica bola.

Debo de reconocer que me siento complacido de como esta situación me ha dado la maravillosa oportunidad de saborear ciertas experiencias; de niño planté un tallo de ciprés, éste era débil y cuando las ráfagas de aire revoloteaban alrededor suyo, se arqueaba adoptando cierta curvatura peligrosa. Pero ese frágil tallo se desarrolló, maduró, se hizo fuerte y ninguna ráfaga pudo entonces doblegarlo convirtiéndose, al final, en un hermoso ciprés de más de cien años... hasta que la industria maderera dio buena cuenta de él; aunque eso, en realidad, es lo de menos. Este tipo de experiencias únicas, imposibles de vivir hace tan poco, no son exclusivas de mi privilegio. Primero fueron miles, luego la cifra se contó por millones, ahora abarca prácticamente toda la población mundial, y todo como resultado de unas circunstancias que rodearon a un hombre en un momento dado de su existencia. Recuerdo aquella historia a la perfección, ya que no podría entenderse de otro modo. Recuerdo a aquellos dos hermanos, dos personas normales que poco imaginaban que los hechos que rodearían sus vidas, iban a iniciar una revolución en la historia de la Humanidad.

 

 Sin apenas prestar atención, iba devorando todas aquellas imágenes insulsas que aparecían en la pantalla de su televisor. Había tenido que bajar el volumen para intentar no molestar a su hermano que, en repetidas ocasiones, le había increpado acerca de lo alto que éste estaba y la imposibilidad de poder concentrarse en lo que en ese momento estudiaba. Le era fácil reconocer lo diferentes que ambos eran. Albert no era un vago redomado como él, poco interesado en prepararse un futuro que le asegurase una vida digna en el tipo de sociedad que les había tocado vivir. Los índices de natalidad se habían disparado años atrás e ingentes cantidades de jóvenes preparados habían desbordado las ofertas de empleo que quedaban. Millones de jóvenes se veían arrastrados a un desempleo incapaz de proporcionarles una vida digna, con apenas unos pocos privilegios, aunque estos fueran sólo superficiales. Ambos lo sabían y, por diferentes motivos, a ninguno de los dos les preocupaba en exceso. Albert se encontraba estudiando el preuniversitario, quería ser químico, era lo que más le atraía desde niño y, dado los avances existentes en dicho campo, la consideraba una buena titulación cara al futuro. En cambio John era más despreocupado; con un carácter más alegre ante la vida, había colgado los libros para trabajar en un taller de mecánica como aprendiz. Nunca se le había dado bien eso de estudiar y sus prioridades pasaban por ganar un dinero rápido y salir a divertirse derrochándolo con sus buenos amigos y presumidas amigas. Aunque hermanos, ambos sólo tenían un cierto parecido en su aspecto físico; sendos caracteres eran completamente distintos pero, no por ello, era mejor el de uno que el del otro.

Los dibujos del televisor dieron paso a unos atractivos e hipnóticos anuncios. Aunque acababa de entrar la primavera, estos hacían hincapié en la próxima moda de bikinis y bañadores que se iba a llevar en verano, en las amplias gamas de consolas de refrigeración ideales para pequeñas y grandes viviendas, en las burbujeantes, chispeantes y refrescantes bebidas de temporada y en fantásticas ofertas en vuelos para aquellos que pudieran disfrutar de unas vacaciones en algún paraje paradisíaco; casi nada de aquello estaba destinado a él, aun así, permanecía inmóvil ante aquel aparato, ausente...

 

-¿No lo oyes? –preguntó Albert. Al ver que no recibía contestación, insistió- ¡John! ¿ Si no lo escuchas?

-¿Qué? –dijo algo sorprendido-, ¿escuchar el qué?

-Al lado..., los gritos...

-¿Sheila?

-Me parece que sí..., este ataque debe ser fuerte. –Se quedó un momento quieto mientras John quitaba el sonido del aparato. Ahora que sabían qué tenían que oír, ambos se quedaron atentos; claramente les llegaban unos gritos amortiguados mínimamente por el frágil espesor de la pared-. Voy a ver si necesitan ayuda... ¿Vienes? –esperó una respuesta que no llegó, en cambio la mirada de su hermano le decía claramente que aquel no era su problema, que no fuera un incordio y que, de seguro, no desearían visitas en ese momento-. Vale, ahora vengo.

-Joder Albert... –dijo como intentándole convencer de que se quedara al margen, pero él ya se encontraba saliendo por la puerta.

 

A la pobre Sheila se le había diagnosticado, un par de años atrás, una infrecuente dolencia llamada Enfermedad de Wilson. Una extraña alteración le impedía metabolizar el cobre, provocándole una acumulación progresiva de este metal en todo tipo de tejidos de su organismo; el hígado, su cerebro, las córneas oculares y sus riñones era lo más afectado. Este exceso de cobre, esencial para el ser humano pero tóxico cuando se encuentra en su estado iónico, era incapaz de ser frenado por las defensas propias de su organismo y, si no se aplicaba un tratamiento adecuado, el daño avanzaría hasta un estado irreversible y, por lo tanto, fatal. La existencia de esta enfermedad era algo que en aquel edificio conocían todos, ya que la pobre Sheila sólo contaba con once años de vida y era, por llamarlo de algún modo, la figura más querida y mimada por todos los que allí vivían; tan frágil y vulnerable como una muñequita de porcelana.

Pasada algo más de una hora Albert regresó. Su rostro se encontraba pálido y sus ojos, pese a su aparente ausencia, irradiaban una feroz rabia contenida. Nada mas verle, John comprendió que nada bueno había pasado; aun así esperó pacientemente a que su hermano se sentara y reaccionara antes de atreverse a preguntar.

 

-Has estado mucho tiempo con ella... ¿Cómo se encuentra? –sabía que quizás no era la mejor pregunta ya que intuía que había ocurrido algo grave, pero era la más directa para poder enterarse.

-¿Sabes cuánto cuesta –empezó a decir con reposada voz-, a través del seguro médico, una caja con tres míseras ampollas del antígeno que ella necesita para crear anticuerpos suficientes contra ese cobre asesino que la está matando, poco a poco, lentamente? ¿No? Pues yo te lo diré, no más que alquilar un par de películas para verlas en casa... Pero si resulta que a tu padre le han retirado su seguro médico porque hace dos meses le despidieron por atender... muy frecuentemente... los ataques de su hijita, y aún no ha podido encontrar un asqueroso trabajo que les asegure tanto a él como a su familia, entonces ese precio se multiplica por doce; algo desorbitado para un hogar con pocos medios. Pero eso no es lo peor, no... Porque aunque tengas el puto dinero, tienes un problema. Para que te extiendan la receta necesitas el jodido seguro, si no es así te da igual llorar o suplicar ante el funcionario de turno de la sanidad pública porque te negarán todo... Si no hay seguro, no hay receta... Entonces encuentras una última opción, contactas con la farmoquímica que elabora tu antígeno y le solicitas un pedido; un proceso lento y caro que no está al alcance de cualquier bolsillo... Pero si consigues que atiendan tu pedido, aún no debes cantar victoria, no..., porque aún debes esperar que te llegue a tiempo, lo cual es bastante improbable. Sheila ha sufrido un ataque, uno fuerte, uno... terrible, y todavía no habían recibido su medicamento... después de tres semanas. Más de veinte días para recibir algo que es vital para ti... ¡Es una puta vergüenza!

-Entonces... ¿Sigue mal? –se atrevió a preguntar. Sabía que el extraño comportamiento de Albert se debía a lo que había visto en la casa de sus vecinos, pero lo que acababa de oír hizo que de verdad sintiera ganas de escuchar de la boca de su hermano que la pobre Sheila ya se encontraba bien.

-¿Mal? Decir eso sería generoso. El ataque de esta noche es el más fuerte de los últimos meses, o eso es lo que dicen sus padres, y te aseguro que yo les creo... Para cuando la ambulancia ha llegado la pobre ya estaba en coma.

-¿Ambulancia?

-Sí, ambulancia. Espero que no te importe que la llamara. Pero si tienes algún jodido problema la pagaré yo solo.

 

John no contestó nada aunque reconocía que en esos casos su hermano siempre actuaba de manera más impulsiva que él; ellos tampoco nadaban en la abundancia y pagar una ambulancia era un gasto excesivo con el que no contaban. Vio como se levantaba y cogía una botella de Whisky, y comprendió todo lo que lo de la pobre Sheila le estaba afectando a su hermano; por lo general, en raras y contadas ocasiones bebía alcohol y, ahora, apuraba sin vaso las últimas gotas del dorado licor como si de agua se tratase.

El día siguiente amaneció con la triste noticia de la prematura muerte de la pequeña Sheila; un fuerte golpe para sus padres, un mal día para aquellos vecinos que la conocían y querían, y un duro, durísimo mazazo psicológico para Albert, que siempre la había visto como a una hermana pequeña. La manera tan absurda en que murió determinó el rumbo que seguiría el resto de su vida. Cambió su matrícula de Químicas por la de Medicina primero y la de Biología tan sólo dos años después; en apenas ocho años ya había conseguido ambos doctorados y su afán investigador le llevaba al contacto y estudio de las más extrañas e infrecuentes enfermedades. Vivía en la creencia de que si una enfermedad causaba un gran número de víctimas, era objeto de estudio de un mayor número de científicos, por eso él había escogido centrarse en aquellas singulares enfermedades que afectaban a un pequeño porcentaje de la sociedad. Su experiencia le hizo comprender que él se debía a esos necesitados, que en sus manos tenía los conocimientos y medios necesarios para ayudarles en sus dolencias. Pero dedicarse a la investigación costaba dinero y eso era algo que no le sobraba, por lo que se vio obligado a dedicar parte de sus esfuerzos en esos generalizados problemas a fin de conseguir las sabrosas y ansiadas financiaciones de distintas fundaciones privadas que le permitieran seguir con sus trabajos. Así, mientras sus propias investigaciones le llevaban al desarrollo de un patrón de cadenas de ADN con el fin de erradicar, en la manera de lo posible, una rara enfermedad denominada síndrome de la X frágil, el mundo se asombraba al ver como un tratamiento génico diseñado por él devolvía una más que aceptable continuidad en una médula ósea seccionada. La idea no había sido nueva, pero el tratamiento sí. Había estudiado el mapa genético de las ratas, ya que estos animales siempre habían presentado asombrosas recuperaciones en médulas dañadas, y diseñó una serie de cadenas de ADN recombinando el del ser humano con el de los roedores; un tratamiento que proporcionaba en médulas seccionadas en un noventa y nueve por ciento un rebrote de nuevas células nerviosas con una eficacia de más de un seiscientos por ciento, independientemente de la zona medular afectada. El tratamiento se prolongaba durante varios meses y para el enfermo se hacía pesado y doloroso, todos los tratamientos basados en mutaciones genéticas lo eran, pero la recompensa esperaba tras el largo camino; cientos de miles de personas resignadas a pasar el resto de sus días en una silla de ruedas podrían volver a andar.

Gracias al éxito conseguido, el dinero para proseguir sus investigaciones no fue ningún problema y al poco tiempo su estudio sobre la X frágil concluyó, sumándose así un nuevo éxito. El síndrome de la X frágil afectaba a uno de cada cinco mil nacimientos y se llamaba así porque afectaba al cromosoma sexual X. Un gen de dicho cromosoma resultaba dañado por un anormal y excesivo número de una base nitrogenada concreta, no pudiendo elaborar una proteína esencial para algunos tejidos y, principalmente, primordial para las neuronas y el buen desarrollo del cerebro; esto provocaba en dichos niños un retraso mental... hasta ese momento irreversible. Con su tratamiento, consiguió reducir las bases nitrogenadas a un número adecuado, subsanando tal anomalía en dicho gen que, desde el momento en que el proceso daba resultado positivo, se generaba la indispensable proteína y le proporcionaba a los afectados la posibilidad y el disfrute de una inteligencia normal.

Albert se sentía orgulloso de sus descubrimientos que, en un corto espacio de tiempo, había logrado para la comunidad científica en general, y médica en particular. Su nombre empezó a sonar como el afamado y respetable genetista molecular que en él todos reconocían, y la lluvia de propuestas de estudio y de subvenciones, tanto privadas como estatales, le proporcionaron la posibilidad de poder elegir el campo que más prefería investigar. Pero todo aquel éxito no conseguía compensar el profundo tormento que se le clavó en el corazón un triste día, uno como cualquier otro, en el momento en que, impotente, vio como los desconocidos paramédicos de una ambulancia se llevaron a la pobre Sheila inconsciente, a quien jamás volvió a ver con vida. No, aún no lo había conseguido. Su regeneración de médula había escapado de su control al ser un proyecto financiado por una empresa privada; ahora el proceso era caro y sólo unos afortunados dejarían abandonada su silla de ruedas a cambio de una suculenta suma de dinero. Por su parte, el tratamiento contra el síndrome de la X frágil había estado bien, pero sólo era el aperitivo, necesitaba más, algo más particular; una específica enfermedad que afectara a un número aún menor de gente, una extraña dolencia que no afectase a sólo uno de cada cinco mil nacimientos..., uno de cada diez mil o uno de cada cien mil..., sino a uno de cada millón... Sí, eso sería un digno reto que esperaba paliase todo su dolor.

Y en su súplica encontró lo que buscaba.

Tras su conocida fama, muchos eran los que querían aprovecharse y tener en su equipo de investigación a la última revelación en el mundo científico, aumentando así las generosas donaciones de entidades privadas y mejorando las subvenciones estatales; pero Albert conocía a la perfección lo que andaba buscando y sabía que sus intereses no se encontraban en el mismo plano que el de los demás; por eso aquella visita le sorprendió. Un representante de la Fundación Internacional para el Estudio y Erradicación de la Progeria acudió a su propio laboratorio con un extenso dossier que explicaba, con total minuciosidad, todo lo relativo a dicha fundación y a su labor en pro de la erradicación de esa rara enfermedad que se daba en escasas ocasiones y afectaba a uno de cada... ¡Ocho millones de nacimientos! En dicho dossier también se encontraba una propuesta; en ella se le garantizaba una modesta financiación durante un período de cuatro años siempre y cuando sus investigaciones estuvieran ligadas a esta enfermedad. Delante de aquel representante no quiso mostrar su vulnerabilidad pero, en aquella propuesta, vio la oportunidad que esperaba, aquella que siempre había deseado. La progeria, o síndrome de Hutchinson-Gilford, era una rara patología que se caracterizaba por un envejecimiento prematuro del individuo. En la mayoría de los casos este envejecimiento se daba en niños que, tras uno o dos años de vida, empezaban a mostrar tales síntomas y se veían destinados a no vivir más allá de los doce o trece años. Pero también se daba esta enfermedad en adultos, falleciendo estos como consecuencia de una vejez prematura. La excitación de Albert se había disparado con la misma celeridad que quien recibe un inesperado regalo. Aquella enfermedad era la idónea para sus investigaciones, pero antes de su aceptación definitiva quería visitar la sede de la Fundación y, sobre el terreno, corroborar todo lo que aquel informe meditaba... La impresión que se llevó fue tremenda; allí conoció varios casos de niños, diagnosticados de progeria, llevados allí desde todo el Mundo. Sus tristes y pequeños rostros, carentes de cejas y pestañas, bajo un amplio y desnudo cráneo; su desconsiderada piel, suave por lo fina de ésta, y arrugada y moteada de lunares marrones como la de un anciano de noventa años; su extrema delgadez en extremidades, haciendo la contrapartida a unas extrañamente sobredimensionadas articulaciones; un pecho estrecho, perdido entre un abultado abdomen... Él era médico, pero el aspecto de aquellos niños hirió, aún más si cabe, su ya dañada sensibilidad. Incluso así aceptó. Aquello era lo que siempre había buscado y no era el momento de darle la espalda; era lo que en el fondo se debía a sí mismo y, sobre todo, era lo que le debía a Sheila.

Por su parte, la vida de John fue bastante diferente a la de su hermano. Pese a que nunca se había considerado un mal tipo, su carrera, por llamarlo de alguna sutil manera, estuvo llena de reveses, traspiés y tropezones. Un fugaz matrimonio de efímero amor y varios trabajos perdidos, le empujaron en una caída en espiral directa a la bajo estima y a la autocompasión. Incapaz de salir adelante de alguna manera digna, acabó viéndose involucrado en un sucio asunto de contrabando. Él no se consideraba en absoluto un tonto, de hecho llegaba a pensar precisamente en todo lo contrario; no dudaba ni un ápice de su inteligencia. Por eso, cuando todo aquel trabajo salió mal, se dio cuenta de que sólo había una cosa con la que no había contado, y esa era la traición. Clarence, alguien que acostumbraba a jactarse de su puro concepto de la amistad, decidió retirarse con un limpio historial de tan rentable negocio, y para ello pactó con la policía... Bueno, pudo haber sido peor que los siete años que John pasó en prisión acusado del delito de importación ilegal de vehículos de lujo y de romperle la mandíbula al judas de su amigo de un rotundo, eficaz y contundente puñetazo.

Que todo le hubiera ido mal en la vida no significaba que en su corazón guardara lo más preciado que ésta le había dado..., el amor que siempre había sentido por su hermano y el correspondiente sentimiento de éste hacia él; eso era algo que nadie le podía arrebatar. Durante su especial estancia en aquella sucia y hostil residencia penitenciaria, el apoyo de su hermano no le faltó nunca; las visitas, cuando sus investigaciones se lo permitían, eran continuas, y el intercambio de cartas constante. John agradecía sinceramente, desde lo más profundo de su ser, ese respaldo incondicional que Albert siempre le había mostrado y que, en aquellas circunstancias, era lo que a él le permitía mirar con esperanza hacia el futuro, decidido a rehacer su vida desde el mismo momento en que le devolviesen a la sociedad.

Pero cuando el afortunado y exitoso doctor empezó a colaborar para la Fundación, todo aquello cambió. Las visitas que tanto bien le habían hecho cesaron, y la correspondencia, tan abundante anteriormente, se limitó a unas pocas cartas, más simples y escuetas, en las que se podía adivinar el escaso interés de su hermano por escribirlas. Se excusaba en lo absorto que le tenía su investigación, y en la distancia existente entre el centro penitenciario y la sede de la Fundación. John, por su parte, quería entenderlo. Se esforzaba por comprender que lo que estaba haciendo su hermano era algo importante para él, y así intentaba respetarlo. Sufriría en solitario la obsesiva dedicación que mostraba en sus investigaciones, aceptando el hecho de que, durante toda su vida, jamás Albert le había abandonado ni dejado de apoyar y que ahora era el momento de que él empezara a hacer lo mismo.

Poco antes de acabar su condena, John dejó de tener noticias de su hermano. No hubo más visitas, no hubo ni una mísera llamada y el intercambio de cartas había cesado. Él, por el contrario, continuó enviándole varias cartas a la última dirección conocida; una residencia, propiedad de la Fundación, adyacente a la sede de investigación donde su hermano desempeñaba su labor... Otra cosa no, pero tiempo para escribir no le faltaba. Con no muchas esperanzas, en sus últimas cartas le informaba del día exacto en que volvería a sentirse libre, deseando y esperando que, dado lo especial que era para él aquella fecha, su hermano pudiera hacer un hueco en sus investigaciones para recibirle a las puertas de la prisión.

Vanas esperanzas.

Aquel día llegó, y como había estado temiendo su hermano no se presentó. John lo conocía bien, Albert era de aquellas personas que se identificaban siempre con las causas más injustas tratadas por la sociedad; estaba comprometido con su tiempo. Algo que siempre le había caracterizado era el amor que hacia los demás profesaba y, por descontado, el que también sentía por él. Por eso mismo, no alcanzaba a comprender que se hubiera perdido su salida de la penitenciaría de una manera voluntaria... A no ser que no hubiera sido tan voluntariamente y algo o alguien le estuviese impidiendo su contacto con el exterior y, en concreto, con él. 

 

 La noche hacía ya rato que había caído y diez campanadas acababan de repicar en un clásico reloj de pared. Pese a saber de sobra la hora que era, no pudo evitar echar una ojeada a aquel reloj, única fuente de ruido, en aquel despacho de pasar consulta. Con clara inquietud se levantó y empezó a pasear alrededor de su escritorio. En su mente, elaboradora incansable de hipótesis y conjeturas, no paraba de preguntarse la razón de aquella llamada, por qué había tenido que contactar precisamente con él y por qué ahora. Esa incertidumbre era lo que le estaba consumiendo los nervios y, cuanto más se lo preguntaba, más dudas y temores le asaltaban.

La hora de consulta había acabado cuando su último paciente había abandonado la pequeña clínica tres cuartos de hora antes; tan solo diez minutos más tarde la enfermera seguía el mismo camino. Ahora, solo, en la relativa penumbra de su despacho, recapitulaba sobre las cuestiones formuladas mientras que ello le provocaba aún más desconcierto. Hacía ya mucho que no sabía nada ni de él ni de su hermano. A Albert le había sido más fácil seguirle la pista, pues era un renombrado genetista y siempre había algún artículo o noticia que se refería a él... Lo último fue su éxito con el Dipueridol, pero desde entonces, y ahora que lo pensaba, no había vuelto a oír hablar de él. Por otro lado se encontraba John. Le conoció en la universidad, cuando él y Albert compartían piso... Un tipo agradable, juerguista y muy ligón, al menos en aquella época. Sabía que después no le fue muy bien en la vida... Lo último que supo de él era algo relacionado con un delito por contrabando, no recordaba bien de qué, quizás material informático o algo similar..., la verdad es que ni lo recordaba; para cuando aquello ocurrió hacía ya tiempo que no le veía. Entonces, si eso era lo último que recordaba de aquellos dos hermanos, ¿para qué demonios quería verle a solas aquella noche? Sacó de su bolsillo una llave y abrió uno de los cajones de su mesa; aquel cajón era bastante amplio y por ello guardaba en su interior distintas botellas de las más diversas bebidas alcohólicas. Se sirvió, algo tembloroso, una pequeña copa de coñac con el fin de relajarse un poco; sabía que no era la solución pero siempre había encontrado apoyo en la bebida, algo que, como era lógico, procuraba guardar como un secreto.

Sonó el teléfono.

El susto casi hizo que derramase el coñac por toda su mesa pero una maniobra, digna de un equilibrista, evitó aquel desastre. Al tercer timbre ya sacaba, del mismo cajón en que se encontraban las botellas, una pequeña grabadora. En el quinto timbre la puso en marcha, respiró profundamente, y descolgó. 

-¿Es la consulta del doctor Hugh Waterston? –preguntó una profunda voz.

-¿Quién es?

-¿Es usted el doctor Hugh Waterston? –insistió el interlocutor.

-Sí, soy yo –reconoció algo amedrentado el doctor.

-Entonces ya sabrá quien soy ¿Está solo?

-Lo estoy..., ya no queda nadie en la clínica, excepto yo... Nadie nos podrá molestar.

-Perfecto –y colgó. 

Un temor recorrió la espina dorsal del médico, ¿a qué venía tanto misterio? ¿Por qué ese empeño en que se vieran a solas sin que nadie sepa que había contactado con él? Quizás pensara que tuvo algo que ver con su detención y viniese a ajustarle cuentas; no, no había ninguna razón para que pudiera pensar eso..., o quizás sí... Un posible malentendido del cual desconocía su existencia... No, entonces no le habría anunciado su llegaba de aquella forma. Debía de tratarse de otra cosa, pero ¿de qué?

Se encontraba esperando en la confortable recepción de la clínica, dando vuelta tras vuelta al mismo asunto, cuando el suave timbre de la puerta sonó. Decidió que más le valía la pena mostrarse relajado o, al menos, calmarse lo suficiente para que no notara lo nervioso que se encontraba. Rebuscó en su bolsillo del pantalón, conectó de nuevo la grabadora... y observó por la mirilla. La imagen de aquel hombre, aunque con cierta aberración esférica propia de toda mirilla, aparecía clara y con total nitidez; era él, no podía ser otro. Hacía ya mucho que no le veía y su último recuerdo era de un joven en los primeros años de la veintena... Ahora, frente a él, a través de aquel minúsculo cristal, veía a un hombre maduro que se encontraba rozando la cuarentena; no le conseguía reconocer. Dudó un momento, pero sabía que no tenía razón de ser el engañarse, si se lo hubiese cruzado en la calle, jamás le habría reconocido, pero ahora..., ahora no podía ser nadie más. Abrió lentamente la puerta con poca disimulada precaución. Allí, en el descansillo de la planta, un hombre mojado por la lluvia le observaba; su serio rostro fue dando paso, poco a poco, a una sutil sonrisa.

 

-Hola Hugh, me alegro de verte viejo amigo... 

 

 Hacía ya más de dos horas que la cinta de la grabadora se había acabado, pero el doctor Waterston no había sentido la necesidad de colocar otra nueva en su lugar. En vez de eso, se encontraba apagada sobre la mesa haciendo compañía a una botella de coñac que marcaba una frontera imaginaria entre los dos hombres y a la que sólo le quedaba apenas un cuarto; otra botella descansaba vacía en una papelera junto a la mesa. John sabía lo arriesgado de lo que le estaba proponiendo y por ello comprendía las dudas que le asaltaban, aun así esperaba que su respuesta fuera la adecuada, por eso había recurrido a él. Por su parte, Hugh permanecía concentrado mientras meditaba lo que iba a responderle; un tabaleo de sus dedos en el vaso formaba parte de su meditación. 

-No sé John...

-¿El qué no entiendes?

-Mucho es lo que no entiendo. No creo que esas irrefutables pruebas en las que te basas para acusar a la Green Health de asesinato... sean tan irrefutables. Tampoco entiendo por qué quieres hacer lo que quieres hacer... ¡Joder John, es un delito! Y si te ayudo, yo seré cómplice de tal delito. No veo las conspiraciones que dices que ves y no comprendo el que quieras complicarme la vida a mí... Eso es lo que no entiendo...

-Si no lo ves, es que estás ciego... De la noche a la mañana todo rastro de Albert desapareció, nadie supo darme una explicación de dónde se encontraba o a dónde había ido tras dejar su trabajo en la Fundación. Un día dejó de ir por el laboratorio y ahí acaba la historia de mi hermano; ni una dirección, ni un número de teléfono, ni una dirección de correo electrónico, nada..., y todo eso justo antes de que la Green Health se hiciera con la patente del Dipueridol, el mismo fármaco que sintetizó mi hermano cuando estudiaba la progeria.

-Mira, comprendo que quieras saber qué ha sido de tu hermano, hasta yo ya tengo curiosidad por saber donde se encuentra. Pero todo lo que estás contando es sólo un análisis subjetivo de lo que quieres creer... No son pruebas; lo mismo no le gustó el camino que tomaba su descubrimiento y decidió dejarlo todo, tomarse un tiempo para reflexionar, replantearse nuevos objetivos.

-Por el amor de Dios, Hugh ¿Cómo puedes decir eso? Tú le conoces bien, eras su mejor amigo durante la carrera, compartisteis cuatro años la misma habitación...

-Tú lo has dicho, éramos amigos durante la carrera y eso ocurrió hace ya muchos años. Cuando tu hermano se dedicó a la investigación, dejó de lado muchas cosas, entre ellas a sus amigos. No le culpo, créeme; ser médico investigador requiere mucho esfuerzo y dedicación, y más para conseguir lo que él ha conseguido. Muchos en el Mundo habrían dado todo lo que poseían a cambio de uno, sólo uno de los descubrimientos que Albert ha hecho. El nombre de tu hermano se escribe ya con letras de oro en la historia de la medicina contemporánea y eso... requiere sacrificios. De vez en cuando leo algún artículo en revistas de salud que hablan sobre él o sobre alguno de sus trabajos... Lo de la regeneración de médula fue asombroso; pero de ahí a mantener contacto con él, va un mundo –hizo una dramática pausa, como excusándose por lo que iba a decir-. No sé John, las personas cambian. Quizás el éxito se le subió a la cabeza y optó por vender la patente del Dipueridol a la Green Health Corporation... y luego, con los beneficios, decidió retirarse entendiendo que su legado a la Humanidad ya era suficiente... ¿No lo has pensado?

-Mira, si hablaras de otra persona, sería un estúpido si no lo hubiera hecho así; de hecho yo mismo lo habría hecho si fuera mi hermano. Pero él... No, él no sería capaz de eso. Sabes tan bien como yo que esa era precisamente la razón que le impulsó a estudiar Medicina, el intentar evitar que la gente muriese por no poder pagar un simple tratamiento... De haber vendido él mismo la patente hubiera traicionado todo aquello en lo que creía... No, creo que incluso hubiese preferido destruir sus hallazgos antes de hacer una cosa así.

-Unos ideales muy nobles. Pero ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar por ellos? Según tú, ¿hasta dejarse matar?

-No tuvo que ser así, quizás no lo vio venir. Cuando hace un par de años salí de la cárcel, y Albert no estuvo allí para recibirme, supe en ese instante que algo le había pasado. Desde entonces he estado investigando todo lo relacionado con su desaparición. Descubrí que la Green Health no se hizo con la patente porque se la vendiera mi hermano o la propia Fundación, no. Cuando las investigaciones que se llevaban a cabo en la Fundación Internacional para el Estudio y Erradicación de la Progeria empezaban a dar resultados, el dinero de la Fundación se acabó, se cerró el grifo y el caudal cesó. La obtención de pequeños resultados iniciales hacían prever un éxito definitivo al final de tales investigaciones, pero para acabarlas era necesario más dinero del que el propio Albert podría aportar. Entonces llegó la salvación de mano de la Green Health, que inyectó una buena dosis de capital a cambio de cogestionar, junto con la Fundación, el medicamento final; algo que, sin duda, se acordó a espaldas de mi hermano. Cuando apareció el Dipueridol, con sus maravillosos efectos, y la Green Health decidió comercializarlo de la manera en que lo ha hecho, sin duda Albert intentó impedirlo de alguna manera... y le quitaron de en medio. Así funcionan las cosas, yo lo sé; he conocido a tipos en la cárcel que se habían encargado de trabajitos parecidos. Por eso, Hugh, sé que él esta muerto.

-Veo que estás muy convencido y que no deseas que te intente persuadir para que pienses en otra posibilidad, ¿verdad?

-No.

-Entonces eso nos lleva a lo que quieres hacer. Teniendo en cuenta el riesgo que correrás, si saliese bien... ¡Joder! Si saliese bien, que lo dudo mucho, estaría considerado como espionaje científico... y eso, aquí, va en contra de la ley.

-Ten por seguro que nadie sabrá jamás que fuiste tú quien me ayudó.

-Ya, ya, eso es lo que siempre se dice... Bueno ¿Estás seguro que esos días son para eliminar el Dipueridol del organismo y no como tiempo necesario para que haga efecto sobre las células, como se nos ha dado a entender? Perdona que te insista en lo obvio, pero tú no eres precisamente el médico de tu familia ¿Cómo puedes estar tan seguro?

-Ya te he dicho que he hecho mis averiguaciones. Algunos empleados de la Green Health son fácilmente sobornables o, en algunos casos se les afloja la lengua si le sacias sus necesidades... Hay mucha enfermera solterona en sus clínicas.

-Está bien, de acuerdo. Veamos, recapitulemos entonces un poco... El Dipueridol, ese maravilloso medicamento que la Green Health nos vende como elixir de juventud, fue sintetizado por tu hermano cuando investigaba una solución contra la progeria para la Fundación. A su vez, la Green Health apoyó económicamente tales investigaciones y, por lo tanto, se hacía con parte de los derechos sobre la patente. El Dipueridol resultó ser el medicamento ideal para esta rara enfermedad. Básicamente, lo que hace es introducir en un organismo afectado de progeria una cadena de ADN a fin de que se recombine con el ADN genético, la cadena resultante suplanta la dañada en el gen LMNA, que contiene la información específica de ciertas proteínas. La misión de éstas es la de formar una cubierta alrededor del núcleo de la célula. Pero si son defectuosas, tal cubierta no se forma y la célula se divide de manera errónea, y por lo tanto muere. Esto obstaculiza la capacidad de regeneración celular de los tejidos, produciendo el prematuro envejecimiento característico de esta enfermedad... Gracias al Dipueridol esto se puede evitar y, en definitiva, ese era básicamente su primer uso.

-Y eso fue lo que pretendía mi hermano, curar esa rara enfermedad... y no en lo que ahora se ha convertido.

-Pero no olvides que no es la primera vez que en un medicamento, pensado inicialmente para tratar una dolencia, se descubren otra serie de ventajas. En el caso del Dipueridol se observó la facultad que éste tenía de reforzar y mejorar el sistema inmunológico del enfermo frente a los radicales libres del oxígeno que, a la larga, son los que producen, con su efecto sobre el organismo, el envejecimiento de las personas... ¿Qué esperabas? ¿Qué se ignorase tal hallazgo? Piensa que ese ha sido siempre el sueño de todo ser vivo, poder vivir siempre joven y durante muchos más años... Una vez hecho el descubrimiento, sólo era cuestión de tiempo su comercialización.

-No a costa de mi hermano. La Green Health representa precisamente todo contra lo que luchaba Albert. Él consiguió un magnífico remedio contra una rara enfermedad ¿Y qué si tenía otros efectos beneficiosos? Si él lo creó, tiene el derecho de hacer con ello lo que le viniese en gana, y yo sé que su deseo no era precisamente que unos cuantos ricachones, resistiéndose a perder su juventud, alarguen su vida hasta los ciento veinte o ciento treinta años, mientras engordan las arcas de esa maldita multinacional.

-Pero lo que pretendes..., no sé, no creo que resulte. Al introducir el Dipueridol una cadena externa de ADN y provocar una mutación por medio de la recombinación, es bastante complicado obtener de una persona tratada la cadena original... ¡No existen datos suficientes!

-Por eso mismo quiero interrumpir el proceso...

-Ya, pero me estás asegurando algo ilógico.

-¿Qué hay de ilógico proteger tu gallina de los huevos de oro? Por lo que he podido descubrir, si algo tengo claro, es que el tratamiento se produce durante los primeros diez días de hospitalización; el resto, hasta los treinta días, te mantienen sedado única y exclusivamente para darle tiempo al organismo a eliminar todo residuo de Dipueridol. Por esa razón son tan negativos y decepcionantes los intentos por descubrir y analizar los compuestos de tal sustancia.

-Sí, pero... someterse al tratamiento para despertar a mediados de los treinta días y escapar de la clínica... resulta muy arriesgado. Desconocemos cómo te puede afectar la interrupción del proceso.

-¡Por eso necesito tu ayuda! Te necesito por si algo sale mal y para analizar esa sustancia aún latente en mi cuerpo..., y poder así hacerla pública; esa es la única manera que encuentro para asestarle el golpe definitivo a la Green Health y vengar todo el esfuerzo que mi hermano dedicó en la elaboración de esa fórmula, así como sus nada lucrativos ideales y, por supuesto, su misteriosa desaparición. ¿No comprendes? Debo hacerles pagar lo que le hicieron a mi hermano y acabar lo que él se proponía... y tú debes ayudarme.

-Me pides demasiado... A parte de lo peligroso para tu salud, y de lo complejo del análisis posterior, sin ninguna prueba ni garantía de éxito, nos encontramos con la cuestión económica; pagar el tratamiento sería un problema..., es mucho dinero.

-Yo he conseguido reunir algo más de la mitad, pero...

-Comprendo, el resto también me toca a mí... Quizás, sólo quizás, podamos arreglarlo... La clínica últimamente no es que me deje muchos beneficios, pero supongo que se podría solucionar –entrelazó los dedos de ambas manos para después dejar caer su barbilla sobre ellos-. Me preocupa más tu despertar. Sintetizar una pequeña cápsula, de materia orgánica, que contenga el posible desinhibidor de un sedante que, a ciencia cierta, no sé de cual se trata; que sea invisible a todo tipo de pruebas previas y que, para una mayor complicación, libere su contenido alrededor del décimo día de tratamiento... No sé, para ello debería estar directamente situada en uno de los principales vasos, sujeta a una pared arterial... Si el riego sanguíneo es fuerte la puede desprender y convertirla en un émbolo que obstruya alguna ramificación arterial, y provocar que se te infarte el miocardio o, incluso, tu propio cerebro... Ya te he dicho que es mucho riesgo... ¿Ahora no dices nada? –preguntó al ver que John quedaba pensativo.

-Pensaba en esto último que has dicho y... debo reconocer que no lo había pensado, al menos así de claro... Pero la decisión está tomada. Sé que no será un viaje sin riesgos y que quizás soy un egoísta por implicarte; he acudido a ti porque Albert siempre te consideró un segundo hermano... Puedes hacerlo por él, o por la medicina, o por la gloria que te puede dar si decides publicar la historia de mi hermano... A mí me da igual; yo tengo una meta y créeme si te digo que la tengo muy clara. Si no me ayudas, no te lo reprocharé, pero lo único que habrás conseguido será posponerlo todo hasta que encuentre a quien lo haga.

-¿Entiendes que necesite tiempo para meditar mi respuesta?

-Lo comprendo..., no quisiera presionarte.

-¿Aún más? –sonrió, pero de desesperación-. También veré la manera en que puedo sintetizar la cápsula..., no es determinante pero si no estoy seguro de ella, no te ayudaré. No quiero tenerte sobre mi conciencia.

-Gracias Hugh.

-No deberías dármelas aún, eso no quiere decir nada.

-Te equivocas; te las doy porque por lo menos te lo vas a pensar, que es más de lo que sinceramente esperaba cuando te llamé.

-No cantes victoria John..., no la cantes. 

 

Pese a lo aséptico de aquella sala, un aroma a sangre rancia lo impregnaba todo. La culpa se podía encontrar en el complejo laboratorio de muestras que se encontraba en un pequeño sector de tan amplio lugar. Dos largas hileras, de veinticinco camas cada una, flanqueaban los extensos laterales de la rectangular estancia, conocida por todos como Box 14. Quizás éste fuera un día normal, con tan solo treinta y ocho de las cincuenta camas ocupadas; pero el hecho de que una de ellas se encontrase rodeada de sudorosos médicos e inquietas enfermeras, culpándose unos a otros con sus desagradables miradas, mientras proclamaban su propia inocencia en el silencio, todos mudos ante aquel problema, hacía comprender que ese día, en efecto, no se trataba de uno más. El tratamiento con Dipueridol estaba precedido de pruebas, tan rigurosas como numerosas, a fin de evitar un posible rechazo en el paciente una vez se hubiera iniciado el procedimiento. Eso hacía pensar en lo selectivo de dicho método; no todo aquel que desease ser joven durante más tiempo podía, al menos en estos primeros momentos de cambio, someterse a dicho proceso. Pero para aquellos afortunados que, pese a todo, ya se empezaban a contar por miles, cuyo estudio previo daba un resultado positivo, las pruebas de seguimiento que se hacían desde la primera dosis hasta que el tratamiento finalizaba un mes más tarde se les llevaban a cabo a diario, de una manera estricta; aquella era la única forma de evaluar los progresos a la vez que se evitaban posibles complicaciones. Es cierto que alguna vez tenían problemas con algunos clientes; pese al coste del tratamiento, muchos eran los que deseaban pasar por la clínica y, por muchas pruebas que se les hiciesen, por muchas precauciones que se tomasen, nunca se tenía la total certeza de que no se producirían posibles imprevistos; pero como el ataque que acababa de sufrir quien ocupaba esa cama, jamás. Todas las pruebas preliminares habían resultado positivas y, durante los doce días que habían pasado de tratamiento, éste se había desarrollado con total normalidad.

 

-Doctor –dijo una de las enfermeras-, mire sus ojos, está... despierto. 

Todos los allí reunidos ya habían deparado en aquel morboso detalle y no necesitaron de las indicaciones de la asustada enfermera. Pese a la parálisis corporal que sufría, sus ojos abiertos miraban nerviosamente como si intentara reconocer algún detalle de lo que allí le rodeaba; un incesante chorro de espesa sangre manaba de su seccionada lengua, las convulsiones también le habían desencajado la mandíbula y la inesperada labor de entubamiento se había producido no sin dificultad. 

-Se encuentra desorientado... ¿Pero qué diablos le ha ocurrido! –comentó uno de los doctores.

-Muy bien –dijo otro de ellos-, ahora ya se encuentra estabilizado, así que es el momento de averiguarlo. Hagámosle todas las pruebas que sean necesarias hasta que sepamos qué ha ocurrido y averigüemos qué alcance de lesiones tiene; quizás se trate sólo de un fuerte rechazo al Dipueridol...

-¿Rechazo, Doctor? –recriminó una de las enfermeras- ¡Nunca ha ocurrido esto a ningún otro cliente por culpa de un rechazo!

-Esa es la razón de que no debamos perder tiempo y averiguar qué es exactamente lo que le ha ocurrido. Trasladarlo a Cuidados Especiales, y mientras yo informaré al director de todo esto... Él debe saber todo lo que ha pasado esta noche aquí. 

Dejó que los demás se ocuparan del traslado mientras él se dirigía a su despacho. Una vez dentro, consultó el historial del cliente que casi perdían tan sólo un rato antes; nada que destacar, nada fuera de lo común, todo... perfecto. Todo había transcurrido con normalidad hasta ese día y, a falta del resultado de las pruebas que se le iba a someter, carecía de una explicación médica que ofrecerle a su superior; ni siquiera la lógica o la coherencia le serviría en su explicación. A través de la red se conectó directamente con el Director responsable de la división de Rejuvenecimiento de la Green Health Corporation; no le hacía mucha gracia, pero las directrices en estos casos eran claras, y por lo tanto tenía la obligación de informar aun cuando careciera de explicaciones. A través de una pequeña webcam, incorporada en el monitor, podían verse ambas personas. 

-¿Doctor Hopkins? –dijo el director al ver a su subordinado en la pantalla-. Se me hace extraño verle por este medio; no suele llamarme a menudo, sólo cuando existe algún problema... ¿Va todo bien?

-Pues como ha imaginado, hemos tenido un percance con un cliente del Box 14.

-¿Del Box 14? Curioso... ¿Qué ha ocurrido?

-Una crisis... Parece bastante grave. Ha presentado un cuadro de fortísimas convulsiones que le han provocado varias fracturas y la laceración total de la lengua... Además ha perdido movilidad en varias zonas de su cuerpo, pensamos que podría deberse a una posible fractura de columna; le están realizando pruebas, pero aún no tenemos resultados concisos...

-No parecen los síntomas habituales de un rechazo.

-No, no los parece, pero aún no lo descartamos del todo. Si es eso lo que ha sido se le ha debido de complicar con algún factor imprevisto, algo que en las pruebas preliminares se nos debió pasar por alto.

-Comprendo. Un imprevisto como éste suele traer malas consecuencias, sobre todo si desconocemos las causas que han propiciado tal rechazo. No escatiméis en pruebas, háganle todas las que considere necesario y asigne un grupo única y exclusivamente para su cuidado... No podemos permitirnos el lujo de perder un cliente. Yo me acercaré por la clínica en cuanto pueda...

-Para entonces espero ya poder confirmarle qué ha pasado.

-Bien... ¿Cuál es el número del historial de ese cliente?

-Espere un momento –miró en una ventana de su ordenador el número-, es el V377-103.

-De acuerdo. Haga todo lo que le he dicho, quiero saber qué es lo que ha ocurrido, ¿algo más? Bien, entonces adiós. 

Tras cortar la comunicación con el doctor Hopkins, abrió la base de datos que contenía el historial médico de todos sus clientes. Tecleó el número de expediente que le había proporcionado y, tras un escaso segundo, toda la información relativa a ese cliente apareció en su pantalla. El nombre y los datos le eran del todo desconocidos, pero la cara de aquel hombre jamás la podría olvidar y, como si sintiera compasión por aquel desdichado..., sonrió. 

Pobre John... Con su acción, mezcla de locura e impetuosidad, consiguió precipitar ese exquisito instante en que ciertos acontecimientos desembocan en fantásticos descubrimientos para la ciencia, valiéndose de un simple accidente totalmente inesperado. Él nunca fue tonto, y créanme si les digo que su plan no estaba nada mal pensado; pero llevarlo a cabo... Bueno, ni siquiera él podría haber sospechado en lo más mínimo lo que aquella noche, allí, en aquella cama del Box 14, le iba a ocurrir a su cuerpo. Es cierto que su cápsula se disolvió progresivamente hasta liberar su contenido el doceavo día de tratamiento, justo cuando estaba previsto; aunque eso no fue un mérito totalmente suyo. Lo que en verdad desconocía John era que la acción que el Dipueridol realizaba sobre un organismo, se desarrollaba durante los primeros quince días del tratamiento, y no en los primeros diez, como él creía. Esta equivocación fue providencial. Es el factor suerte que se le suma a toda investigación; dedicas años en diseñar, desarrollar y sintetizar esas cadenas de ADN para introducir una mutación en un gen concreto y poder curar una extraña enfermedad y así intentar conseguir nuevas subvenciones, nuevos fondos, para poder seguir diseñando, desarrollando y sintetizando otras nuevas cadenas que provocan diferentes mutaciones y que, por fortuna, tales cambios vuelven a servir para algo... Y vuelve a repetirse el ciclo una y otra vez. Pero de la noche a la mañana aparece ante ti ese maravilloso acto de creación espontánea, y claro... no puedes, ni debes, rechazarla.

Cuando la Fundación me informó que el capital prescrito en la subvención estaba a punto de acabarse, me volví prácticamente loco. Con los esperanzadores avances que mis investigaciones habían conseguido, no podía dejarlo todo por una simple cuestión económica. Había que hacer algo, y había que hacerlo pronto. Por eso busqué personalmente una solución, una a mi medida; y ésta vino de la mano de una, por aquel entonces, pequeña empresa llamada Green Health. El dinero que conseguí con mis anteriores descubrimientos me permitió asociarme con la Green e invertir en la continuidad de la investigación sobre erradicación de la progeria; bajo mi control total quedaría la gestión de los resultados, algo que siempre había esperado conseguir tras perder los derechos sobre la regeneración de médula. Cuando las investigaciones dieron su fruto y se descubrió que aquella sopa de ADN servía para retrasar el envejecimiento en personas sanas, decidí dar un paso al frente y vender mi alma al Diablo; comercialicé el Dipueridol de la manera en que jamás hubiese pensado que lo haría, pero a cambio, conseguí financiación ilimitada para proseguir cualquier tipo de investigación que deseara emprender. La gestión de las clínicas de rejuvenecimiento de la Green se convirtió en una labor secundaria, puramente administrativa; con mantenerme informado de los progresos y eventualidades que se producían, era más que suficiente. Mientras tanto, yo me dedicaba a mis investigaciones en un apartado laboratorio independiente, incomunicado de todo aquello que pudiera desconcentrarme de mis trabajos. Todo habría quedado en eso, en prolongar la vida de aquellos que lo desearan en un cuarto de siglo más, si no hubiera provocado John, con su irresponsable conducta, ese fantástico salto en la evolución humana.

El secreto de todo estaba en aquella sustancia y en la forma que interaccionó con el Dipueridol en el momento en que la cápsula se disolvió. Para conseguir la mutación idónea que provocaba la ralentización del envejecimiento, hacía falta, antes de llegar a la definitiva, miles de pequeñas mutaciones y reestructuraciones genéticas que se desarrollaban durante aquellos quince días de tratamiento. En algún punto de éste proceso, un elemento, ajeno a todo aquel tratamiento, interactuó de manera casual desviando el curso de tales recombinaciones de ADN, alterando su organismo de una manera increíble: potenció los antioxidantes naturales hasta el punto de erradicar, en su práctica totalidad, todos los radicales del oxígeno que se liberaban tras el proceso en el que se obtiene energía mediante la respiración celular, y consiguió reactivar la secreción de la hormona humana del crecimiento, capaz de reducir la grasa corporal, aumentar la musculatura y reparar los tejidos dañados. Lamento tener que decir que pese a todo, el pobre John no tuvo ninguna oportunidad, su cuerpo no estaba preparado para asimilar tan radical cambio de metabolización celular y reaccionó con una parálisis cerebral aguda; varias zonas de su cerebro se infartaron y su cuerpo quedó hecho un vegetal. Algo que no se me olvida es su mirada cuando en la sala de Cuidados Especiales me vio aparecer, a mí, a su hermano, al director de todo aquel proyecto sobre rejuvenecimiento. Me acerqué a él y le miré fijamente a sus ojos, intentó seguirme con la mirada al principio, pero le costaba bastante. Lo que no me cabe la menor duda es que pudo reconocerme; la poca movilidad que quedaba en su rostro reaccionó en cuanto acerqué mi cara a la suya. Abrió en exceso un ojo ya que un párpado inerte descansaba caído sobre el otro; intentó decir algo, pero tampoco pudo emitir palabra alguna... Sólo su horrorizada expresión me hizo comprender que por fin había conseguido entender todo lo que había ocurrido.

Aunque a él le sirvió de poco, gracias a lo que le ocurrió a John, el Dipueridol pudo ser mejorado de su fórmula inicial. Su uso se extendió entre la población más pudiente y el mundo ganó en personas cuya longeva vida se prolongaría en sesenta, ochenta o incluso cien años. Personas que se aplicaban el tratamiento entre los veinte y los treinta años, para disfrutar así de más de cien años de un aspecto y un organismo joven y sano... La búsqueda de la eterna juventud había llegado a su fin; cada vez había más gente joven, la mayoría eran de clase social adinerada, y todos ellos presentaban un buen estado de salud. Visto así, parecería un sueño ideal hecho realidad... Pero precisamente esta realidad era mucho peor de lo que a simple vista daba a entender.

Mis investigaciones me llevaron a tomar muestras constantes de aquellos que se sometieron al Bionatonidol, como denominé a la nueva sustancia mejorada, y mis resultados son pocos esperanzadores. La reproducción constante en parejas rejuvenecidas han favorecido que las generaciones actuales posean una longevidad hereditaria mucho mayor que sus generaciones predecesoras; aun así, muchos son los que abusan del Bionatonidol para prolongarla aún más. Un fatal error. Todos los procesos biológicos del ser humano se están ralentizando; los embarazos cada vez son más largos, la edad pueril se ve prolongada durante décadas y no se es adulto hasta los cincuenta o sesenta años de existencia, los procesos neuronales no escapan de la quema y se vuelven también más lentos... Estamos consiguiendo generaciones que vivirán fuertes y sanos durante más de dos siglos, pero cuyo coeficiente intelectual ha descendido notablemente. No, no les culpo a ellos por este retroceso. Si cuando antes de la aparición del Dipueridol me hubieran preguntado si preferiría vivir veinte años siendo más inteligente que la media, o llegar hasta los noventa siendo igual de inteligentes que todos..., no lo hubiera dudado. Parece que nadie lo entiende, es como si este efecto secundario no fuera visible y, por lo tanto, nadie consigue percatarse de ello. Yo lo considero la peste de esta época, pero se encuentra ya tan evolucionada, y está tan enraizada en nosotros, que nadie parece darse cuenta del paso atrás que esto supone para la evolución de la raza humana. Pronto sólo tendremos a jóvenes con treinta años y mentalidad de cinco, conviviendo con ancianos de noventa años, seniles, inactivos, no válidos para la sociedad... Y entonces ¿Qué tipo de futuro podemos esperar?

En fin, yo ya soy viejo, una de las pocas reliquias de mi generación. Pese a aplicarnos el Dipueridol primero, y el Bionatonidol después, nuestra inteligencia no se deterioró; probablemente porque ya la teníamos desarrollada en su totalidad antes de empezar con las transformaciones internas; los cambios metabólicos controlados no nos afectaron en ese sentido. Aunque algunas otras sí lo hacen. Mis inquietudes han cambiado y al fin he vuelto a encontrar un reto a mi medida. Debo detener esta bestia negra que creé y enmendar así ese error con la Humanidad. Por eso, mientras tenga fuerza, seguiré con mis experimentos, intentándolo, aunque debo de reconocer que no se trata de una tarea fácil; la eterna juventud está muy extendida ya por todo el globo y no puedo llamar a todo el mundo retrasados ignorantes, no. Debo descubrir una sustancia que anule los efectos del Bionatonidol y que, a la vez, tenga unos efectos atractivos para el ser humano; sólo con esta sutileza, podría deshacer el daño que he llegado a crear al Mundo. Sé que lo tengo mal, pero cuento con una ventaja adicional.

¿Ya he comentado que hoy es el cumpleaños de la pequeña Mary Jane? Sí, es cierto. Hoy en día la familia es lo primero y hoy, en este día tan especial de celebración, estamos prácticamente todos aquí reunidos, sólo faltan Jason y su mujer Kathy, Rachel, mi nieto Johny y, por supuesto, John. Él se encuentra descansando en el laboratorio; pobre, más de dos siglos vivo, consciente..., pero inmóvil. A veces me pregunto si no será una crueldad mantenerle así... Puede que sí, pero soy sincero cuando digo que lo hago por un bien mayor; la clave de todo se encuentra en el interior de su organismo ya que él fue la cepa original del problema. Hasta ahora no he conseguido dar con la solución, pero por él no debo preocuparme; seguramente nos sobrevivirá a todos porque es prácticamente inmortal, sólo debo evitar que no sufra ningún accidente y mantenerle alimentado a través del goteo. A parte de eso, no me debo de preocupar, pues no irá a ninguna parte. Puede que mañana me acerque por allí y le cuente lo de Mary Jane y ya, de paso, tome algunas muestras para mis investigaciones.

No, no es una crueldad. Le necesito para poder salvar al ser humano de su propia involución; todos ellos necesitarán esa cura y, sólo yo, estoy en una posición privilegiada para ayudarles.

¿O acaso no fue eso lo que siempre deseé, ayudar a los demás?

 

 
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