| Me siento extraño,
como si mi cuerpo flotase en una inmensa piscina, pero
sin sentir ni el frío ni la humedad; en realidad
no noto nada, y eso me da miedo. Recuerdo, me cuesta
trabajo pero al fin he conseguido recordar…, y
no me gusta lo que descubro. Me dirigía a la
sierra, a mi pequeño refugio de evasión.
Generalmente lo disfruto en solitario, pero esta vez
iba a ser diferente, ella me estaba esperando allí.
¡Joder, a quién se le ocurre poner una
reunión un sábado por la mañana!
Tenía ganas de llegar, de besar sus sensuales
labios, de enredar mis dedos en su lacia melena, de
desnudarla lentamente al calor del hogar, sentir en
mi boca el fuego de su piel, la calidez de sus pechos
desnudos, la quemazón de su sexo… Sí,
deseaba tanto estar con ella, sentir vibrar su cuerpo
junto al mío, que lo único que en ese
momento importaba era llegar cuanto antes. Ahora maldigo
ese transporte que dejó caer aquel vehículo
en mi camino, y a mí, que por estar con ella
iba demasiado deprisa para poder esquivarlo. Abro los
ojos y vuelvo a verlo todo borroso, no sé cuánto
tiempo llevo así, he perdido la constancia del
tiempo que pasa, y sólo puedo mirar hacia delante,
a esa puerta de cristal tan pasiva como yo; la reconozco,
es de mi refugio… Espera, alguien la abre, un
hombre desnudo entra, le sigue una mujer, también
desnuda… ¡Dios mío, es ella! Desaparecen
de mi vista, no, no quiero ni pensarlo, por favor…
La puerta se ha quedado entreabierta, veo…, veo
mi reflejo en su cristal amigo, ¿qué es
eso?, ¿una urna con líquido?, ¿cables?
Un cerebro… ¡Dios mío! ¿Dónde
está mi cuerpo?
publicado en diciembre de
2008
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