| Aquel huerto era como
su patio de recreo, un lugar abierto prohibido a los
juegos, pero en el que no faltaban las marcas de sus
pisadas de niño en la húmeda y revuelta
tierra. Hoy es un día especial, hoy los juegos
se desarrollarían dentro del caserón,
y sólo necesitaba encontrar la calabaza adecuada
para la ocasión. En su búsqueda pisoteó,
como solía ocurrir, algunos de esos frutos que
luego ya no se podrían comer; pero qué
mas daba, sólo eran unas pocas hortalizas echadas
a perder. Encontró la calabaza que buscaba, de
tamaño apropiado, totalmente simétrica,
de anaranjado color; perfecta. De un bolsillo de su
pantalón sacó una navaja, también
se la habían prohibido, pero ojos que no ven…
Tras hacer el primer corte a la gruesa raíz algo
le salpicó, un líquido caliente y viscoso,
de un rojo intenso, ¿sangre? Confuso, observó
que ésta provenía del corte que acababa
de efectuar. Un repentino temor le invadió en
forma de doloroso escalofrío; empezó en
el cuello, continuó por toda su espina dorsal
y acabó en la punta de sus veinte dedos…
Después ya no sintió nada, ni siquiera
cuando las calabazas le sacaron los ojos con su prófuga
navaja y le ampliaron su sonrisa; sería una bonita
cabeza de Halloween.
publicado en noviembre de
2008
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