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Angustia Más sobre Rafael Rius Sánchez

Siempre es lo mismo… un camino sin visibilidad, la ventisca de nieve, el hielo en la calzada… Mi coche resbala, no puedo controlarlo; no voy fuerte, pero es que hay tanto hielo. La inercia me lanza contra una valla, es de madera y poco puede hacer ante el impacto; un par de vueltas de campana y acabo en medio del lago. La superficie se agrieta bajo nuestro peso. Me siento aturdido, pero no tanto como para saber que tengo que salir de ahí, que tengo que huir de aquella trampa mortal. Lo intento, pero la puerta está atascada, no puedo… es entonces cuando finalmente el hielo cede y me hundo. El agua se filtra condenadamente rápida y llena el interior. Tengo miedo. Me falta el aire y no puedo salir. Noto cómo va aumentando la presión en el pecho, el sordo latir de mis sienes es ensordecedor. Me orino. Me convulsiono. Siento dolor… Me veo obligado a abrir la boca pero en vez de aire es agua lo que invade mi interior, siento mucho dolor, es insoportable… Entonces es cuando me despierto empapado, afortunadamente sólo es sudor.

¿Sabes lo que vamos a hacer, verdad?

No me gusta la terapia, me da pánico, pero es él quien entiende; así perderé el miedo a morir ahogado, porque todo está en mi cabeza. Me meto en la cápsula. El bañador me está algo pequeño, pero qué demonios, hace un siglo que no piso una piscina. Ha echado los cierres, ojalá no se atasquen. Cierro los ojos al notar el agua fría recorrer mi cuerpo… No, definitivamente no me gusta nada esta terapia. Ha llegado el momento, ya no queda aire, aguanto la respiración, no hay vuelta atrás. Han pasado un par de minutos, quizá solo han sido segundos, pero a mí no me lo parece. Me empieza a faltar el aire. ¡Joder, abre de una vez, maldito capullo! No aguanto más, me muevo incómodo ante la presión en mi pecho y el cada vez más acelerado latir de mis sienes. Empujo la tapa, la condenada no se abre. ¿Es que no ve que me ahogo? Mis pulmones se contraen dolorosamente buscando en vano un resquicio de aire. Me orino encima. Vuelvo a tragar agua, un error del que me doy cuenta en seguida: me entra el pánico… más… me estalla la cabeza, no puedo más… ¡No puedo más!… ¡No!… ¡No!

El buen doctor abrió la cápsula justo antes de que me ahogase. ¡Coño, lo reconozco, el tío es bueno! Su terapia directa es efectiva, ya no tengo miedo a morir ahogado… Que sus pacientes se mueran por el miedo es el único inconveniente que le veo.

 

publicado en septiembre de 2008

 
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