| Siempre es lo mismo…
un camino sin visibilidad, la ventisca de nieve, el
hielo en la calzada… Mi coche resbala, no puedo
controlarlo; no voy fuerte, pero es que hay tanto hielo.
La inercia me lanza contra una valla, es de madera y
poco puede hacer ante el impacto; un par de vueltas
de campana y acabo en medio del lago. La superficie
se agrieta bajo nuestro peso. Me siento aturdido, pero
no tanto como para saber que tengo que salir de ahí,
que tengo que huir de aquella trampa mortal. Lo intento,
pero la puerta está atascada, no puedo…
es entonces cuando finalmente el hielo cede y me hundo.
El agua se filtra condenadamente rápida y llena
el interior. Tengo miedo. Me falta el aire y no puedo
salir. Noto cómo va aumentando la presión
en el pecho, el sordo latir de mis sienes es ensordecedor.
Me orino. Me convulsiono. Siento dolor… Me veo
obligado a abrir la boca pero en vez de aire es agua
lo que invade mi interior, siento mucho dolor, es insoportable…
Entonces es cuando me despierto empapado, afortunadamente
sólo es sudor.
¿Sabes lo que vamos a hacer,
verdad?
No me gusta la terapia, me da pánico,
pero es él quien entiende; así perderé
el miedo a morir ahogado, porque todo está en
mi cabeza. Me meto en la cápsula. El bañador
me está algo pequeño, pero qué
demonios, hace un siglo que no piso una piscina. Ha
echado los cierres, ojalá no se atasquen. Cierro
los ojos al notar el agua fría recorrer mi cuerpo…
No, definitivamente no me gusta nada esta terapia. Ha
llegado el momento, ya no queda aire, aguanto la respiración,
no hay vuelta atrás. Han pasado un par de minutos,
quizá solo han sido segundos, pero a mí
no me lo parece. Me empieza a faltar el aire. ¡Joder,
abre de una vez, maldito capullo! No aguanto más,
me muevo incómodo ante la presión en mi
pecho y el cada vez más acelerado latir de mis
sienes. Empujo la tapa, la condenada no se abre. ¿Es
que no ve que me ahogo? Mis pulmones se contraen dolorosamente
buscando en vano un resquicio de aire. Me orino encima.
Vuelvo a tragar agua, un error del que me doy cuenta
en seguida: me entra el pánico… más…
me estalla la cabeza, no puedo más… ¡No
puedo más!… ¡No!… ¡No!
El buen doctor abrió la cápsula
justo antes de que me ahogase. ¡Coño, lo
reconozco, el tío es bueno! Su terapia directa
es efectiva, ya no tengo miedo a morir ahogado…
Que sus pacientes se mueran por el miedo es el único
inconveniente que le veo.
publicado en septiembre
de 2008
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