| El Hombre Numérico
no sabía muy bien qué hacer o a quién
recurrir. Alguien debía haber perdido, hacía
tiempo, ese dispositivo electrónico que contenía
sus instrucciones y el acceso a su memoria. Al mismo
tiempo, aquel sector en el que tendría las mismas
directrices de uso dentro de su propio cerebro, parecía
haberse dañado. Por eso, ya no era capaz de cambiar
algunas de sus capacidades elementales; de hacerlas
evolucionar o dejarlas tal y como venían el día
que fue activado. Según se encontraba ahora,
así se quedaría hasta el fin de sus días.
No había modo de acceder a su programación
básica, por tanto, no podía cambiar algunos
parámetros necesarios dentro de su configuración,
y si acudía a un especialista, posiblemente sería
desactivado.
A pesar de ello, de no saber qué
hacer, de no encontrar un hacker que pudiera ayudarle
o remendarle, él no desesperaba. Porque eso sí
que era cierto: el Hombre Numérico, era paciente
y su lado humano jamás se dejaba llevar por la
desesperación. Sí, de acuerdo, tal vez
lo hacía de vez en cuando por la tristeza, pero,
¿cómo no hacerlo cuando veía en
qué se estaba conviertiendo su hogar?; ¿aquella
esfera azul que debió quedarse afónica
de tanto gritar cuando aún había esperanza?
¿Esa misma que se había transmutado desde
que empezaran a fabricar en masa a otros como él,
en una ponzoñosa y pútrida Torre de Babel?
El Hombre Numérico, cuando
pensaba en la Tierra, sentía cómo su corazón
un tanto mecánico se encogía más
de la cuenta, y luego éste, tardaba en expandirse
un rato demasiado largo. Precisamente porque sus sentimientos
humanos lo obligaban a ello, su corazón binario
sufría. Claro que sufría… Creía
haber contribuido, aunque fuera indirectamente, a la
construcción de esa espantosa Torre. Por esa
razón, el Hombre Numérico había
perdido la capacidad de desconectarse y lo que era peor,
de hacer copias de sí mismo…
Así era. Ya no tenía
la capacidad de hacer lo que los humanos llamaban Backup:
en el momento en que tenía toda la información
recopilada y lista para el volcado, su dispositivo de
grabación daba error. Por ello, desde hacía
un par de semanas exactamente, tenía que conformarse
con lo que era y rezar para no fallar.
Asimismo, llevaba dos semanas
ya sin poder pegar ojo (dicho humano), sin dejar descansar
ese disco duro que no era otra cosa que su híbrida
memoria; mitad numérica -mecánica dirían
casi todos-, mita orgánica -poeta, dirían
los que lo conocen-. Pero él no desesperaba.
Mientras buscaba una cura en la Gran Red, disfrutaba
empapándose de todo aquello que le ofreciera
algo que sentir: retazos de vidas humanas (de humanos
puros). Porque eso era lo que hacía feliz al
Hombre Numérico: las sensaciones de otros, provocándole
algunas también a él. Eso era su auténtico
alimento. Su preciado antivirus. Estaba seguro que,
aun no encontrando el modo de volver a hacer copias
de su memoria, de no poder desconectarse durante algún
tiempo para no sufrir un recalentamiento (pues, no olvidemos
que el Hombre Numérico era el prototipo de híbrido
hombre-máquina, y ya tuvo problemas con esto
en sus inicios), sentía que arropado por todo
aquello que percibía a través de la piel
electrónica de la conexión de otros, jamás
podría pasarle nada.
Las vidas y experiencias de los
humanos puros, sin que éstos últimos lo
supieran, lo mantenían a salvo. O eso creía
él. Por tanto, el Hombre Numérico continuaba
buscando en la red y, ¡qué cosas!, de pronto
fue capaz de escuchar un aleteo.
Algo confundido, escudriñó
a su alrededor.
“¿Qué está
sucediendo?” Impresionado por la sensación
de calidez, por la repentina brisa de aire fresco, sin
pensárselo dos veces se dispuso a tocar aquella
esfera de luz que acababa de materializarse delante
de sus ficticias pupilas. La esfera, entonces, titiló
y de nuevo secundada por el sonido de unas alas batiéndose,
desapareció para una milmillonésima de
segundo después reaparecer justo tras él.
Ésta, ahora brillaba con más intensidad
si cabía; cambiando constantemente sus tonalidades
del blanco al azulado y del azulado al ámbar.
Una y otra vez y vuelta a empezar.
“¿Qué eres?”
El rostro de algo similar a un
ángel (aunque el Hombre Numérico no terminaba
de tener muy claro el concepto de ángel, y mucho
menos su fisonomía), le sonrió aun dentro
de la burbuja.
“¿Quién eres?”
Dentro de la Gran Red, el avatar del Hombre Numérico
permaneció como congelado esperando una respuesta
lógica.
“¿Buscas esto?”
Le dijo ahora la voz de aquel ser angelical, mostrándole
algo que se parecía más que ínfimamente
al dispositivo electrónico que contenía
acceso a cualquier rincón de su memoria.
“Pero… ¿quién
eres?”
La solariana cerró el libro
de golpe.
-¡Menuda basura escriben los
terrestres! ¿Y que me digan que esta es la mejor
terapia de choque que existe después de mi último
sueño? ¡Venga ya! Vale que soy un tanto
agresiva con los hombres, pero esto me revuelve el estómago.
Su androide de compañía
no contestó, sólo tendió su mano
mecánica para recoger el libro.
-Y encima, va el tío y me vende
esa basura en papel cobrándome un ojo de la cara.
¿Será cretino? Verás el gordo…
Ese se entera de quién soy yo.
El androide, a pesar de que la solariana
lo miró buscando un poco de comprensión,
se limitó a mantenerse erguido ya con el libro
en la mano.
-Eeeeh, ¿y cuánto dices
que queda para que lleguemos a ese apestoso asteroide?
-No he dicho cuánto queda; no
me lo había preguntado.
-Bueno, pues lo hago ahora: ¿cuánto
queda para que lleguemos al dichoso asteroide?
-Bien, pues a esta velocidad, dos semanas
exactamente.
-Estupendo, no tenemos prisa, y cuando
lleguemos, se va a enterar el gordo. Se va a enteraaaaar…
-canturreaba ya la solariana, al tiempo que mullía
los cojines de su cama.
Momentos en
Solaria #1 [ E.V.A.]
publicado en marzo de 2008 |