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Momentos en Solaria #2 [ El hombre numérico] Más sobre Pily B.

El Hombre Numérico no sabía muy bien qué hacer o a quién recurrir. Alguien debía haber perdido, hacía tiempo, ese dispositivo electrónico que contenía sus instrucciones y el acceso a su memoria. Al mismo tiempo, aquel sector en el que tendría las mismas directrices de uso dentro de su propio cerebro, parecía haberse dañado. Por eso, ya no era capaz de cambiar algunas de sus capacidades elementales; de hacerlas evolucionar o dejarlas tal y como venían el día que fue activado. Según se encontraba ahora, así se quedaría hasta el fin de sus días. No había modo de acceder a su programación básica, por tanto, no podía cambiar algunos parámetros necesarios dentro de su configuración, y si acudía a un especialista, posiblemente sería desactivado.

A pesar de ello, de no saber qué hacer, de no encontrar un hacker que pudiera ayudarle o remendarle, él no desesperaba. Porque eso sí que era cierto: el Hombre Numérico, era paciente y su lado humano jamás se dejaba llevar por la desesperación. Sí, de acuerdo, tal vez lo hacía de vez en cuando por la tristeza, pero, ¿cómo no hacerlo cuando veía en qué se estaba conviertiendo su hogar?; ¿aquella esfera azul que debió quedarse afónica de tanto gritar cuando aún había esperanza? ¿Esa misma que se había transmutado desde que empezaran a fabricar en masa a otros como él, en una ponzoñosa y pútrida Torre de Babel?

El Hombre Numérico, cuando pensaba en la Tierra, sentía cómo su corazón un tanto mecánico se encogía más de la cuenta, y luego éste, tardaba en expandirse un rato demasiado largo. Precisamente porque sus sentimientos humanos lo obligaban a ello, su corazón binario sufría. Claro que sufría… Creía haber contribuido, aunque fuera indirectamente, a la construcción de esa espantosa Torre. Por esa razón, el Hombre Numérico había perdido la capacidad de desconectarse y lo que era peor, de hacer copias de sí mismo…

Así era. Ya no tenía la capacidad de hacer lo que los humanos llamaban Backup: en el momento en que tenía toda la información recopilada y lista para el volcado, su dispositivo de grabación daba error. Por ello, desde hacía un par de semanas exactamente, tenía que conformarse con lo que era y rezar para no fallar.

Asimismo, llevaba dos semanas ya sin poder pegar ojo (dicho humano), sin dejar descansar ese disco duro que no era otra cosa que su híbrida memoria; mitad numérica -mecánica dirían casi todos-, mita orgánica -poeta, dirían los que lo conocen-. Pero él no desesperaba. Mientras buscaba una cura en la Gran Red, disfrutaba empapándose de todo aquello que le ofreciera algo que sentir: retazos de vidas humanas (de humanos puros). Porque eso era lo que hacía feliz al Hombre Numérico: las sensaciones de otros, provocándole algunas también a él. Eso era su auténtico alimento. Su preciado antivirus. Estaba seguro que, aun no encontrando el modo de volver a hacer copias de su memoria, de no poder desconectarse durante algún tiempo para no sufrir un recalentamiento (pues, no olvidemos que el Hombre Numérico era el prototipo de híbrido hombre-máquina, y ya tuvo problemas con esto en sus inicios), sentía que arropado por todo aquello que percibía a través de la piel electrónica de la conexión de otros, jamás podría pasarle nada.

Las vidas y experiencias de los humanos puros, sin que éstos últimos lo supieran, lo mantenían a salvo. O eso creía él. Por tanto, el Hombre Numérico continuaba buscando en la red y, ¡qué cosas!, de pronto fue capaz de escuchar un aleteo.

Algo confundido, escudriñó a su alrededor.

“¿Qué está sucediendo?” Impresionado por la sensación de calidez, por la repentina brisa de aire fresco, sin pensárselo dos veces se dispuso a tocar aquella esfera de luz que acababa de materializarse delante de sus ficticias pupilas. La esfera, entonces, titiló y de nuevo secundada por el sonido de unas alas batiéndose, desapareció para una milmillonésima de segundo después reaparecer justo tras él. Ésta, ahora brillaba con más intensidad si cabía; cambiando constantemente sus tonalidades del blanco al azulado y del azulado al ámbar. Una y otra vez y vuelta a empezar.

“¿Qué eres?”

El rostro de algo similar a un ángel (aunque el Hombre Numérico no terminaba de tener muy claro el concepto de ángel, y mucho menos su fisonomía), le sonrió aun dentro de la burbuja.

“¿Quién eres?” Dentro de la Gran Red, el avatar del Hombre Numérico permaneció como congelado esperando una respuesta lógica.

“¿Buscas esto?” Le dijo ahora la voz de aquel ser angelical, mostrándole algo que se parecía más que ínfimamente al dispositivo electrónico que contenía acceso a cualquier rincón de su memoria.

“Pero… ¿quién eres?”

 


La solariana cerró el libro de golpe.

-¡Menuda basura escriben los terrestres! ¿Y que me digan que esta es la mejor terapia de choque que existe después de mi último sueño? ¡Venga ya! Vale que soy un tanto agresiva con los hombres, pero esto me revuelve el estómago.

Su androide de compañía no contestó, sólo tendió su mano mecánica para recoger el libro.

-Y encima, va el tío y me vende esa basura en papel cobrándome un ojo de la cara. ¿Será cretino? Verás el gordo… Ese se entera de quién soy yo.

El androide, a pesar de que la solariana lo miró buscando un poco de comprensión, se limitó a mantenerse erguido ya con el libro en la mano.

-Eeeeh, ¿y cuánto dices que queda para que lleguemos a ese apestoso asteroide?

-No he dicho cuánto queda; no me lo había preguntado.

-Bueno, pues lo hago ahora: ¿cuánto queda para que lleguemos al dichoso asteroide?

-Bien, pues a esta velocidad, dos semanas exactamente.

-Estupendo, no tenemos prisa, y cuando lleguemos, se va a enterar el gordo. Se va a enteraaaaar… -canturreaba ya la solariana, al tiempo que mullía los cojines de su cama.

 

Momentos en Solaria #1 [ E.V.A.]

publicado en marzo de 2008

 
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