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La trama de la canción crepuscular Más sobre Néstor Darío Figueiras

El ocaso en Xamelash XI producía vértigo. Al principio, la luz carmesí del crepúsculo se desgarraba en cientos de jirones sobre un cielo que iba tornándose azabache. Luego el horizonte comenzaba a ondular, de tal modo que podían verse unas flamas cambiantes y tornasoladas que parecían latir, como una médula, entre el cielo y la tierra. Ese anochecer -que curiosamente se asemejaba a las auras titilantes de mis migrañas- tenía un poco de las auroras boreales de Madretierra, y otro tanto de los espejismos de Nuvarteh; y marcaba la lenta metamorfosis del día en noche. Algunos planetólogos de la expedición habían intentado explicarnos el fenómeno atmosférico, pero sin éxito. Los cazadores sólo saben de armas, decían con desprecio.

Por cierto que sabíamos de armas. Pero toda la potencia de fuego que habíamos transportado hasta Xamelash XI había resultado insuficiente. Tampoco había servido la destreza adquirida en incontables cacerías perpetradas en mundos lejanos, donde habíamos perseguido a animales inconcebibles. Ni el valor de los hombres curtidos por el miedo que crispaba la carne y penetraba los huesos.

Nada había bastado para dar caza al drewol que había asediado el campamento durante cinco días, diezmándonos sanguinariamente.

El equipo expedicionario nos había contratado para protegerlos de los peligros que plagaban las marismas de Hushqued, el inexplorado continente septentrional del planeta. No habíamos tenido inconvenientes con las tribus aborígenes que habitaban en él, gracias a la labor diplomática de Kanurva, el fiel xamelashi que oficiaba de intérprete. Sólo nos habíamos topado con algunos tingukas escamosos, unos anfibios de garras enormes y filosas que pululaban en los pantanos. Exterminarlos era bastante sencillo. Por lo tanto seguimos avanzando confiados, en busca de los secretos de Hushqued, hasta que nos topamos con “la muerte aulladora”, como llamaban los xamelashi al drewol.

Deverone había sido el primero. Lo habíamos encontrado con el torso reventado, como si una mina le hubiera explotado dentro del tórax. La fiera lo había eviscerado. Al día siguiente los guías nativos nos habían abandonado.

Kanurva, el único xamelashi que no había huido, decía que el drewol era un animal-demonio, furioso e invencible. Una vez conjurado, descuartizaba a sus presas con el permiso de los Dioses de la Ciénaga. Decía que la ira de la bestia se aplacaría cuando alguna de las víctimas sentenciadas lograra contemplarla en todo su esplendor, y descifrara la trama de su canción espectral. Entonces la criatura tomaría su vida sin matarla, y cesaría de salmodiar su melodía.

Al caer el sol, un temor irreflexivo invadía a los científicos, que se amontonaban en la tienda mayor, levantada sobre pilotes. Lloriqueaban como maricas, tapándose los oídos para no escuchar el ululante gemido que anunciaba la carnicería. Rogaban que la retronave volviera a recogerlos antes de lo previsto, y maldecían a las tormentas electromagnéticas que ese sol anaranjado había lanzado sobre el planeta, incomunicándonos con la colonia.

Los cazadores permanecíamos en las jaulas chirriantes de cristacero, colgadas de los árboles en torno de la tienda, atisbando entre las mareantes luces de la anochecida. Eran interminables horas de pesadilla, y disparábamos a cualquier cosa que se movía en esa maraña de fulgores estroboscópicos. Los ataques de la bestia eran impredecibles. Aunque nadie podía describirla, algunos aseguraban que se camuflaba tras los hipnóticos destellos del ocaso. Que centelleaba y ennegrecía alternadamente, como si fuera un ente inacabado de oscuridad y luz, zigzagueando furtivamente entre los pantanos y los espejismos oscilantes. Su aullido inhumano parecía resonar desde todas las direcciones a la vez, hasta que era interrumpido por los gritos pavorosos, el chasquido de la carne desgarrada y el crujido de los huesos rotos.

Mis migrañas crónicas siempre me despertaban al amanecer, agarrotado en la jaula, con el eco del gemido gutural repicando en mi cabeza y el resplandor de las luces fatuas llenando mi visión. Los analgésicos podían con la jaqueca, pero nunca borraban el aura reverberante que inundaba mis ojos hasta el mediodía, prolongando así el anochecer caleidoscópico que tanto temíamos.

Los fangales siempre amanecían rojizos. Cuando hallamos los restos de Terenz y Gugliam, encontramos los barrotes de las jaulas retorcidos y cercenados, como si se tratara de latón y no de cristacero. Esas dentelladas enormes marcadas en las planchas metálicas eran un presagio imposible de ignorar.

Al anochecer siguiente la bestia logró penetrar en la tienda. Sólo haciendo el recuento de los vivos supimos quiénes habían sido las víctimas: sus pedazos se confundían en un amasijo atroz. La mayoría de los sobrevivientes perdieron el juicio y huyeron sin rumbo fijo. Fue inútil tratar de retenerlos.

Finalmente, una mañana descubrí que Kanurva y yo éramos los únicos en el campamento. También descubrí que se me habían acabado los calmantes.

No hablamos durante todo el día. El atardecer nos volvió a encontrar parapetados dentro de las jaulas, provistos de nuestro inservible armamento. Percibí entonces el aura naciente que empezaba a guiñar delante de mis ojos, y la opresión en las sienes: una nueva migraña. El mundo entero fue poblándose de esos fuegos de San Telmo, y al poco tiempo ya no podía discernir si los fulgores chispeaban dentro o fuera de mi cabeza. Golpeé mi frente contra los barrotes hasta aturdirme y me rendí ante el dolor y el miedo.

El gemido estremecedor me espabiló. Pude ver entonces que los destellos de mi migraña se intercalaban con los del anochecer, complementándose perfectamente. El diseño del mundo se me revelaba por primera vez, tan claramente que me pasmó. Luz y sonido se parían mutuamente en una sinestesia abrumadora e inflamada: supe que esa era la trama de la canción de la bestia.

Y la vi venir hacía mí, cantando y danzando con tanta gracia… Vi su piel de oro líquido, sus garras diamantinas y sus alas irisadas de dragón. Contemplé en ellas intrincados arabescos de mariposa relumbrando en medio de las luces palpitantes. Se aproximó hasta que pude mirar en sus abismales ojos. Y entonces se acercó aún más…

 

Desperté con la primera luz del alba.

No me sorprendió ver a Kanurva postrado en tierra, sumergiendo nuevamente sus largos penachos verdinegros en el lodazal para rezar. Con sus oraciones, agradecía a los Dioses de la Ciénaga por haber resguardado los secretos milenarios de sus ancestros, y les ofrendaba toda la sangre vertida por mis garras. Todo estaba consumado: la venia que me habían otorgado había expirado. Sobrevolé velozmente las marismas en dirección al bosque tupido. Allí dormiría el sueño críptico de los demonios hasta que me conjuraran nuevamente.

La hermosa y brutal melodía ya había escapado de mi aliento, diluyéndose en el viento. ¿Cuánto tendría que esperar para volver a entonar la canción?

Pero no me importó haber enmudecido nuevamente, porque llevaba en mi seno la memoria imperecedera y la valiosa sangre no derramada de un vidente de la trama, la trama de la canción crepuscular.

 
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