| El ocaso en Xamelash
XI producía vértigo. Al principio, la
luz carmesí del crepúsculo se desgarraba
en cientos de jirones sobre un cielo que iba tornándose
azabache. Luego el horizonte comenzaba a ondular, de
tal modo que podían verse unas flamas cambiantes
y tornasoladas que parecían latir, como una médula,
entre el cielo y la tierra. Ese anochecer -que curiosamente
se asemejaba a las auras titilantes de mis migrañas-
tenía un poco de las auroras boreales de Madretierra,
y otro tanto de los espejismos de Nuvarteh; y marcaba
la lenta metamorfosis del día en noche. Algunos
planetólogos de la expedición habían
intentado explicarnos el fenómeno atmosférico,
pero sin éxito. Los cazadores sólo
saben de armas, decían con desprecio.
Por cierto que sabíamos de armas.
Pero toda la potencia de fuego que habíamos transportado
hasta Xamelash XI había resultado insuficiente.
Tampoco había servido la destreza adquirida en
incontables cacerías perpetradas en mundos lejanos,
donde habíamos perseguido a animales inconcebibles.
Ni el valor de los hombres curtidos por el miedo que
crispaba la carne y penetraba los huesos.
Nada había bastado para dar
caza al drewol que había asediado el campamento
durante cinco días, diezmándonos sanguinariamente.
El equipo expedicionario nos había
contratado para protegerlos de los peligros que plagaban
las marismas de Hushqued, el inexplorado continente
septentrional del planeta. No habíamos tenido
inconvenientes con las tribus aborígenes que
habitaban en él, gracias a la labor diplomática
de Kanurva, el fiel xamelashi que oficiaba de intérprete.
Sólo nos habíamos topado con algunos tingukas
escamosos, unos anfibios de garras enormes y filosas
que pululaban en los pantanos. Exterminarlos era bastante
sencillo. Por lo tanto seguimos avanzando confiados,
en busca de los secretos de Hushqued, hasta que nos
topamos con “la muerte aulladora”, como
llamaban los xamelashi al drewol.
Deverone había sido el primero.
Lo habíamos encontrado con el torso reventado,
como si una mina le hubiera explotado dentro del tórax.
La fiera lo había eviscerado. Al día siguiente
los guías nativos nos habían abandonado.
Kanurva, el único xamelashi
que no había huido, decía que el drewol
era un animal-demonio, furioso e invencible. Una vez
conjurado, descuartizaba a sus presas con el permiso
de los Dioses de la Ciénaga. Decía que
la ira de la bestia se aplacaría cuando alguna
de las víctimas sentenciadas lograra contemplarla
en todo su esplendor, y descifrara la trama de su canción
espectral. Entonces la criatura tomaría su vida
sin matarla, y cesaría de salmodiar su melodía.
Al caer el sol, un temor irreflexivo
invadía a los científicos, que se amontonaban
en la tienda mayor, levantada sobre pilotes. Lloriqueaban
como maricas, tapándose los oídos para
no escuchar el ululante gemido que anunciaba la carnicería.
Rogaban que la retronave volviera a recogerlos antes
de lo previsto, y maldecían a las tormentas electromagnéticas
que ese sol anaranjado había lanzado sobre el
planeta, incomunicándonos con la colonia.
Los cazadores permanecíamos
en las jaulas chirriantes de cristacero, colgadas de
los árboles en torno de la tienda, atisbando
entre las mareantes luces de la anochecida. Eran interminables
horas de pesadilla, y disparábamos a cualquier
cosa que se movía en esa maraña de fulgores
estroboscópicos. Los ataques de la bestia eran
impredecibles. Aunque nadie podía describirla,
algunos aseguraban que se camuflaba tras los hipnóticos
destellos del ocaso. Que centelleaba y ennegrecía
alternadamente, como si fuera un ente inacabado de oscuridad
y luz, zigzagueando furtivamente entre los pantanos
y los espejismos oscilantes. Su aullido inhumano parecía
resonar desde todas las direcciones a la vez, hasta
que era interrumpido por los gritos pavorosos, el chasquido
de la carne desgarrada y el crujido de los huesos rotos.
Mis migrañas crónicas
siempre me despertaban al amanecer, agarrotado en la
jaula, con el eco del gemido gutural repicando en mi
cabeza y el resplandor de las luces fatuas llenando
mi visión. Los analgésicos podían
con la jaqueca, pero nunca borraban el aura reverberante
que inundaba mis ojos hasta el mediodía, prolongando
así el anochecer caleidoscópico que tanto
temíamos.
Los fangales siempre amanecían
rojizos. Cuando hallamos los restos de Terenz y Gugliam,
encontramos los barrotes de las jaulas retorcidos y
cercenados, como si se tratara de latón y no
de cristacero. Esas dentelladas enormes marcadas en
las planchas metálicas eran un presagio imposible
de ignorar.
Al anochecer siguiente la bestia logró
penetrar en la tienda. Sólo haciendo el recuento
de los vivos supimos quiénes habían sido
las víctimas: sus pedazos se confundían
en un amasijo atroz. La mayoría de los sobrevivientes
perdieron el juicio y huyeron sin rumbo fijo. Fue inútil
tratar de retenerlos.
Finalmente, una mañana descubrí
que Kanurva y yo éramos los únicos en
el campamento. También descubrí que se
me habían acabado los calmantes.
No hablamos durante todo el día.
El atardecer nos volvió a encontrar parapetados
dentro de las jaulas, provistos de nuestro inservible
armamento. Percibí entonces el aura naciente
que empezaba a guiñar delante de mis ojos, y
la opresión en las sienes: una nueva migraña.
El mundo entero fue poblándose de esos fuegos
de San Telmo, y al poco tiempo ya no podía discernir
si los fulgores chispeaban dentro o fuera de mi cabeza.
Golpeé mi frente contra los barrotes hasta aturdirme
y me rendí ante el dolor y el miedo.
El gemido estremecedor me espabiló.
Pude ver entonces que los destellos de mi migraña
se intercalaban con los del anochecer, complementándose
perfectamente. El diseño del mundo se me revelaba
por primera vez, tan claramente que me pasmó.
Luz y sonido se parían mutuamente en una sinestesia
abrumadora e inflamada: supe que esa era la trama de
la canción de la bestia.
Y la vi venir hacía mí,
cantando y danzando con tanta gracia… Vi su piel
de oro líquido, sus garras diamantinas y sus
alas irisadas de dragón. Contemplé en
ellas intrincados arabescos de mariposa relumbrando
en medio de las luces palpitantes. Se aproximó
hasta que pude mirar en sus abismales ojos. Y entonces
se acercó aún más…
Desperté con la primera luz
del alba.
No me sorprendió ver a Kanurva
postrado en tierra, sumergiendo nuevamente sus largos
penachos verdinegros en el lodazal para rezar. Con sus
oraciones, agradecía a los Dioses de la Ciénaga
por haber resguardado los secretos milenarios de sus
ancestros, y les ofrendaba toda la sangre vertida por
mis garras. Todo estaba consumado: la venia que me habían
otorgado había expirado. Sobrevolé velozmente
las marismas en dirección al bosque tupido. Allí
dormiría el sueño críptico de los
demonios hasta que me conjuraran nuevamente.
La hermosa y brutal melodía
ya había escapado de mi aliento, diluyéndose
en el viento. ¿Cuánto tendría que
esperar para volver a entonar la canción?
Pero no me importó haber enmudecido
nuevamente, porque llevaba en mi seno la memoria imperecedera
y la valiosa sangre no derramada de un vidente de la
trama, la trama de la canción crepuscular.
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