| El viejo Raspapiel gesticuló
con ambas manos como para dar un aire aún más grave
a la exhortación:
-No se trata de elegir un nombre así
nomás. Hay que llevar al niño a la Cúpula,
para que los Ancianos remonten la corriente de la Previsión,
y entonces den a la criatura el mejor de los nombres, aquél
que marque su kishaf.
-Pero es que nosotros queremos llamarlo Cazador
del Alba -La pareja sostenía en alto al bebé rollizo
de ojos verdes que miraba con curiosidad a sus abuelos. Rocío
de Ámbar, nuera de Raspapiel, había hablado con
temor, pues sabía que la sugerencia que traían ella
y su esposo Tambor Hondo podía ser considerada como una
temeridad intolerable.
El viejo seguía inspeccionando al pequeño,
que a su vez le clavaba esos curiosos ojazos de jade, idénticos
a los de su madre. Miró a su hijo con severidad.
-Tambor Hondo, sabes muy bien que el kishaf
de un hombre lo es todo. Ningún hombre es más angustiado
que aquél que carga con un nombre que lo ha desviado de
su sendero.
-Padre, sabes que no lo ignoro. Y te agradezco
por haberlo tenido en cuenta al presentarme a los Ancianos, hace
veinte años. De otra manera mi alma nunca se habría
disuelto en el frenesí de la música. Pero Rocío
y yo sabemos que Cazador… Perdón. Sabemos que nuestro
hijo encontrará por sí solo su kishaf -Rocío
de Ámbar asintió enérgicamente, enfatizando
las palabras de su esposo.
-¡Idioteces! -gritó Protector de
Aves, el padre de la joven -¡Sólo los Ancianos pueden
navegar por el torrente de la Previsión para configurar
el kishaf de un hombre! ¿Qué ideas extrañas
se están metiendo en las cabezas de los jóvenes
de Lotrán? ¡Raspapiel, consuegro, espero tu apoyo
completo en esta cuestión! Debemos llevar al crío
delante de los Ancianos hoy mismo… -El viejo exasperado
revoleó sus grandes brazos con un gesto de impaciencia,
y las aves (las de hojalata, las de porcelana y las de hueso y
plumas) agitaron las alas nerviosamente y chillaron en sus jaulas
de humo, aunque estaban acostumbradas a los exabruptos de Protector
de Aves.
Raspapiel respondió con un prudente “claro,
por supuesto, consuegro”, pero en su interior sabía
que su hijo Tambor Hondo no había hablado en vano. Él
y Rocío de Ámbar eran jóvenes inteligentes,
y sus palabras eran siempre palabras con sustancia.
¿Sería posible que los jóvenes
hubieran entrevisto un destello de la Previsión? Meditaba
en esta cuestión mientras mesaba su barba cenicienta.
Las abuelas, que según la tradición
no podían opinar sobre el nombre del niño, inmediatamente
empezaron a preparar las viandas para el viaje que el cortejo
haría hasta la Cúpula.
Una vez que las ofrendas estuvieron listas, empezaron
a marchar sobre las calles de piedra siguiendo el orden que prescribía
la tradición: los dos abuelos delante, orgullosos y con
donaire, en medio los padres con la criatura, sonrientes, y por
último las abuelas, cargando las viandas de ofrenda para
los Ancianos, quienes habrían de configurar el kishaf
del pequeño (su camino y destino), por medio de un nombre
revelado. El mejor de los nombres.
A su paso hombres y mujeres aplaudían
y los rociaban con sangre de tripa de venado como augurio de larga
vida al crío. La procesión avanzaba entre la algarabía
de la multitud que gritaba a una voz “¡la sangre
nueva los rodea, la sangre nueva los rodea!” Los abuelos
recibían de muy buen grado los goterones espesos y calientes
que salpicaban sus melenas y sus ropas, mostrando así la
inmensa alegría de saber extendida su estirpe. Protector
de Aves ya imaginaba a su nieto domesticando a las más
ariscas arpías de Livaria, embotando a los huidizos halcones
de latón con maestría y oficio. Raspapiel se decía
que su nieto sería un curtidor muy talentoso, cuyo arte
para trabajar la piel correosa del águila camaleón
sería elogiado en todas las ciudades de la costa. Las sonrisas
se les dibujaban en los rostros empapados mientras se perdían
en sus ensoñaciones.
Detrás de ellos, Rocío de Ámbar
y Tambor Hondo arropaban al bebé con esmero. Se obligaban
a ocultar tras las risitas forzadas una pesada inquietud. De algún
modo ellos sabían que su hijo estaba signado para un propósito
grande y único; que Cazador del Alba -porque en sus corazones
él ya tenía nombre- sería el eje de los cambios
próximos, sería la intersección de los odios
y amores de miles de hombres y mujeres, sería la visión
encarnada del mundo nuevo a la que muchos que estaban por venir
ansiarían consagrarse. Cazador del Alba sería un
líder, un conductor de hombres, un soñador capaz
de contagiar los corazones con un reguero de bravura y esfuerzo.
Sería todo aquello que quizás hubiera tocado ser
a cualquier niño nacido en Lotrán. Un destino glorioso
es algo que cualquier hombre y mujer merecen por el sólo
hecho de atreverse a salir de su diminuto cosmos materno y ver
por primera vez el ancho y prodigioso mundo.
Ajenas a las cavilaciones de los padres, las
abuelas se ajetreaban cuidando que el contenido de las canastas
de mimbre se mantuviera a resguardo de la lluvia de sangre. Ambas
serían avergonzadas si la ofrenda preparada para los Ancianos
(una torta de bijurrias, diez piezas de pan de sorizal y carne
asada de shylanuga) se echaba a perder bajo el rojo ungimiento
que les arrojaban sus vecinos.
El domo de mármol negro fue ascendiendo
delante de un cielo rosado y ocre, rasgado por vetas de un azul
nocturno. El anochecer veraniego de Lotrán se abatía
sobre la ciudad vasta como los velos de una doncella que se escurren
caprichosamente hacia el suelo durante el juego de seducción.
Al fin la Cúpula se alzó imponente
delante del cortejo fatigado y expectante. Los guardias abrieron
las rechinantes puertas de madera y condujeron a la familia hacia
la estancia principal. Los siete Ancianos estaban sentados sobre
sus sitiales de hueso, lujosos tronos con incrustaciones de pedrería
hechos de una pieza, labrados en las muelas de enormes gnadoris.
Muchos Cazadores habían perdido la vida al atrapar a esos
monstruos temibles para que los primeros artesanos de Lotrán
construyeran los relucientes tronos ancestrales.
Raspapiel y Protector de Aves, cubiertos de sangre
reseca, hicieron la reverencia con profunda emoción. Estaban
en el recinto sagrado una vez más. Sus padres los habían
traído al nacer, y los nombres revelados al Previsor Myrrien
en la ceremonia habían delineado sus vidas; decretando
las pasiones y las felicidades, dictando los desamores y las penurias.
También habían venido acompañados de sus
progenitores cada vez que sus esposas habían parido para
presentar a sus hijos. Y ahora venían para invocar el kishaf
de su primer nieto. Y seguramente Myrrien también configuraría
el kishaf de los nietos de sus hijos. Los Ancianos sometían
sus cuerpos a los tratamientos y conjuros de los dioses a fin
de hacer observar durante varias centurias las tradiciones en
Lotrán.
Los dos abuelos inspiraron profundamente el aire
cargado de aromas evocadores y se emocionaron profundamente, cada
uno a su modo, pero ambos lucharon por contener las lágrimas.
Estaban en el lugar donde se escribían las historias de
todos los hombres. Por medio de la ceremonia del kishaf,
se aseguraba la felicidad de todos los habitantes de Lotrán.
No había frustraciones para aquél que tuviera el
nombre que le marcara el sendero y destino, para aquél
que tuviera el mejor de los nombres.
Rocío de Ámbar y Tambor Hondo miraron
en dirección a los tronos marfileños y ambos pensaron
que tal vez la Previsión les diera la razón, y que
su hijo finalmente sería llamado Cazador del Alba. Si sus
vislumbres proféticas habían sido veraces…
Repentinamente el corazón de ambos se vio henchido de esperanzas,
a pesar del aspecto terrorífico de los siete Ancianos.
Mientras tanto, el niño dormía placidamente en brazos
de su madre, y su leve respiración parecía acompasarse
al ritmo febril de los futuros que lo acechaban.
En ese momento Myrrien, quien estaba sentado
justo en medio de los siete tronos, habló con una voz que
estremeció los quiciales.
-Raspapiel, Protector de Aves. Vienen por un
nombre para su nieto. Congratulaciones. Que los padres traigan
a la criatura-. Sus ojos refulgían en la penumbra de la
sala.
Rocío de Ámbar y Tambor Hondo
depositaron al pequeño durmiente sobre los brazos esqueléticos.
Los seis Ancianos restantes empezaron a recitar una letanía
espectral, tan vieja como el mundo mismo, y el lugar se colmó
de fuerzas terribles. Entonces el bebé abrió los
ojos verdes, y miró fijamente al Previsor. La tensión
creciente que brotaba de la comunión profunda de los Ancianos
llegó a un punto culminante, y entonces se produjo la ruptura
de la visión terrenal. Myrrien llevó la cabeza hacia
atrás con violencia y abrió desmesuradamente esos
fulgurantes ojos sin iris y sin pupilas. Sólo cuando volvió
a inclinar el rostro sobre el niño, Tambor Hondo y Rocío
de Ámbar se percataron de la ceguera del Previsor.
Un ciego cadavérico. Nadie más
podía navegar con facilidad en los torrentes violentos
de la Previsión y salir cuerdo de tal trance.
-¡Te llamarás…! -Pero la
voz se le quebró y su rostro se demudó. La letanía
se disgregó en desatinos inarmónicos y la comunión
se disolvió. Angustiosamente los Ancianos miraron a Myrrien
con ojos inquisitivos. Algo imprevisto y terrible había
conmovido al Previsor. Él podía sentir la expectación
perturbadora que se proyectaba sobre el niño: los deseos
egoístas de los abuelos, los sueños peligrosos de
los padres… ¡Los padres! Ahí residía
el riesgo más grande.
¡Esos dos tenían centelleos de
la Previsión!
¡Y ese bebé ya tenía un nombre!
Ya habían invocado un kishaf para él. Su destino
era terrible, un futuro que Lotrán no resistiría.
Volvió a sumergirse en la corriente feroz de la Previsión:
… las llamas que bailoteaban en medio de
la ciudad.
… un guerrero bravo y feroz, con ojos
como esmeraldas, que golpeaba una y otra vez con su espada, seguido
por multitudes.
… el lamento y el lloro de miles que subían
hacia la cima del Pico Mayor.
… las ruinas de piedras que eran carcomidas
por el viento y la arena.
… un enorme y plateado osario que deslumbraba
a los viajeros a decenas de kilómetros.
¡Los perros relamiéndose la sangre
que manchaba sus hocicos…!
Myrrien se estremeció ante las imágenes.
Supo que si pronunciaba el nombre que el niño había
recibido de sus padres, el kishaf que habían invocado
imprudentemente sobre él sería configurado definitivamente,
y Lotrán sería condenada. Las corrientes turbulentas
de la Previsión le habían mostrado la destrucción
de la ciudad pétrea a manos de ese niño.
Intentó evitar ese horror futuro deshonrándose.
-Te llamarás… Abridor de Surcos,
y serás un labrador incansable que segará con creces
una y otra vez… Conocerás los secretos de la tierra
y la semilla, y enriquecerás a causa de los frutos inigualables
que cosecharás… He ahí tu kishaf…
-mintió Myrrien. Trabajo duro para consumir el cuerpo y
riqueza para ablandar y envilecer el alma. El Previsor pensó
que eso tenía que bastar para abortar el porvenir caótico
que bullía detrás de esos ojos verdes. Tendió
el bebé a su madre.
Los abuelos se ahogaron en su desilusión.
Tambor Hondo y Rocío de Ámbar retuvieron las lágrimas
que se agolpaban en el abismo de los párpados al ver cómo
el futuro de su hijo era cercenado. Las abuelas nada dijeron,
y con una sonrisa aprendida a fuerza de sumisión, presentaron
las viandas a los Ancianos.
-No es necesaria vuestra ofrenda… -El tono
esquivo de la vergüenza de Myrrien no pasó desapercibido
a los oídos de los seis Ancianos, que se asombraban en
silencio.
El cortejo, entre confundido y angustiado, regresó
en plena noche. Los reflejos anaranjados de las antorchas hacían
sonrojar al pulido empedrado de las calles de Lotrán, ahora
vacías. Raspapiel y Protector de Aves callaron durante
todo el trayecto, imponiendo el silencio a los demás. Decepcionados,
empezaron a aceptar con amargura que su primer nieto no prolongaría
sus quehaceres, como tampoco lo habían hecho sus hijos.
Una vez más la sangre reseca había sido una molestia
inútil.
Rocío de Ámbar abrazaba con fuerza
a su hijo. Tambor Hondo secaba las lágrimas de ella, y
los abrazaba a ambos.
Las abuelas se preguntaban qué harían
con tanta comida. ¿Por qué Myrrien no había
aceptado la ofrenda…?
Y así fue como Abridor de Surcos creció
equívocamente, esforzándose cada día desde
antes del alba hasta después de la puesta del sol. Con
el tiempo, aprendió a juguetear con las semillas, y se
congració con el arado. Cuando se hizo adulto, atesoró
los callos de sus palmas, que lo habían enriquecido. Conocía
como nadie la vida secreta de la semilla que se desnudaba bajo
los terrones húmedos y el pulso casi cardíaco de
los frutos carnosos. Pero, como bien había dicho su abuelo
Raspapiel, no hay hombre más angustiado que aquél
que carga con un nombre que lo ha desviado de su sendero. Su felicidad
engañosa sólo fue una domesticación de impulsos
misteriosos que él nunca llegó a precisar. Era como,
cuando niño, veía a su otro abuelo embotar a uno
de esos pájaros de lata, y aquietándolos, le robaba
su fiereza y majestad. Ocasionalmente soñaba con tremendas
guerras en las que dirigía a los soldados sangrantes contra
una ciudad siniestra, con la espada en alto. Pero nunca habló
de sus sueños con nadie. ¿Cuál era la majestuosa
fiereza que le habían robado?
Ni aún en el lecho de muerte sus padres
le mencionaron su otro nombre, el nombre impronunciable. Pero
poco importó, porque una vez que los hubo enterrado a ambos,
siguiendo una intuición incierta pero irresistible, abandonó
sus propiedades y despidió a sus sirvientes; y partió
rumbo al desierto que se extiende detrás de las montañas.
Eligió una mujer berikasha, de tez oscura y curvas como
dunas y la dejó encinta. Su hijo nació libre y salvaje,
al amanecer, cuando el desierto es todo fuego, como un crisol
entre el cielo y la tierra. Lo llamó Wun’deran,
que en lengua berikasha significa “el que apresó
la aurora”.
Wunderan, el Cazador del Alba, el de los Ojos
de Jade, amado por mil mujeres, admirado por un millón
de hombres, odiado y temido por todos los habitantes de las ciudades
y las aldeas de la costa hasta las tierras oscuras de Livaria.
Fue un hombre irrefrenable y carismático, capaz de triunfar
en la batalla con una manga de pordioseros mutilados por todo
ejército. Él llevó al pueblo berikasha desde
el desierto hasta la cima del más vasto imperio jamás
recordado. Los veteranos cuentan que, cuando asedió a Lotrán,
buscó al deshonrado Myrrien en la Cúpula, y le arrancó
los ojos ciegos y resplandecientes, los genitales, las orejas
y sus veinte dedos para cebar a los perros de las calles.
Dicen que Myrrien el Previsor hasta hoy se revuelca
en una mazmorra infecta cavada en las entrañas rocosas
del Pico Mayor, impedido de morir por los dioses, y que no cesa
de preguntar, entre imprecaciones y maldiciones:
-¿Cómo es posible que ese niño
haya cambiado el arado por la espada? ¿Cómo es posible?
Y se golpea el rostro contra las paredes de
su claustro lamentando haber olvidado que un hombre no dejará
de ser lo que es aunque se trate de embotarlo y domesticarlo.
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