| I
El joven Danza-sobre-un-Volcán
despertó en la oscuridad de su tienda. Ansioso,
se incorporó y abrió el cierre de la cremallera.
Asomó la cabeza. El viento frío del alba
le cortó la cara. Se cubrió con su manta
y salió. Rodeó el grupo de tiendas remendadas
y comprobó que ninguna nave se había estrellado
en las inmediaciones. Más tarde, la partida matutina
saldría a explorar el desierto profundo. Sabía
que si no se hallaba ningún vestigio esa sería
una mañana como todas.
Colocó un dedo índice
a dos o tres centímetros de sus labios y recitó:
-El cielo del amanecer resplandece
como una fragua.
Miró a las plantas cactáceas
de varios metros de altura que se recortaban contra
el sol. Continuó:
-Las Inmortales se yerguen altivas.
“Un gesto de intolerable arrogancia para las nubes
descarriadas que vagan sobre el arenal”, dicen
los más viejos del clan. Ellos afirman que su
carnoso y erecto verdor proclama que no necesitan su
agua. Hoy, como todas las mañanas, el sol intentará
quemarlas. A ellas y a los Hombres-Raíces, sus
furtivos sacerdotes. Pero sabemos que nunca lo conseguirá.
Las Perpetuas se alzan desde tiempos inmemoriales, apuntando
el desdén de sus agujas en todas las direcciones.
Los más jóvenes creemos que no sólo
desafían al firmamento sino que también
rezan a algún dios privado; que ruegan que sea
abatida alguna de las naves que siguen desfilando a
velocidad de crucero día tras día, moviéndose
como cachalotes torpes a través de un océano
de fuego. Las únicas diferencias notables de
esta mañana: las naves se desplazan más
lentamente que de costumbre y su número parece
haber decrecido.
Corrió a despertar a Pez-en-un-Cuenco, su Padre
en la Profecía, quien yacía en el rincón
más oscuro de la tienda. Cuando se acercó
a él, vio que el hombre barbudo ya estaba despabilado.
Anhelante, Danza-sobre-un-volcán le metió
el dedo índice en la oreja mugrienta. Pez-en-un-Cuenco
oyó con atención el registro y luego le
habló. Sus palabras golpearon el rostro del joven,
empujadas por vaharadas de un aliento hediondo:
-Una fragua: ¡linda imagen!
Luego citas el saber de los viejos. No está mal,
pero no exageres. Ayer usaste el mismo recurso. Recuerda
que la lisonja es una falta tan grave como la omisión.
-La lisonja es una falta tan grave
como la omisión -repitió mansamente el
aprendiz.
-Ahora bien, ¡borra esa bobada
del “dios privado”! -El joven intentó
explicar algo, pero el barbudo le tapó la boca
con una mano metálica- ¡Shhh! ¡Escucha!
Sé cuál era tu intención. Pero,
¿desde cuándo la Divinidad debe rezar?
Los viejos pensarían que tu comentario pretende
ser tan soberbio como la derechura de las Sempiternas:
¡una herejía! Recuerda que para convertirte
en Perito de la Bitácora debes manejar con precisión
el balance entre las viejas tradiciones y las nuevas
ideas. Balance. Métetelo en la cabeza, hijo -le
dio un coscorrón suave con los nudillos plateados-.
Después comparas a las naves con esos cetáceos…
Podría resultar un acierto magistral. ¡Pero
sólo si todos recordaran lo que es un cachalote!
Debes tener presente cuáles son los símbolos
que se van perdiendo. También deberás
tomar nota de aquellos que se añadirán
con la caída de una nave -Los ojos del Danza-sobre-un-Volcán
brillaron esperanzadamente. ¡Documentar la caída
de una nave! ¿Le tocaría esa suerte a
él? -Por último: has terminado el registro
con una nota trágica. Deberías haber dicho
algo como “la lentitud de las naves es buen
augurio: si pierden velocidad, hay más posibilidades
de que alguna de ellas caiga sobre las dunas”.
O tal vez “su número ha decrecido:
esperamos que varias se hayan desplomado más
allá del horizonte”. Recuerda que
tu tarea como Perito será Registrar, Anunciar
y Entusiasmar. De nada sirve Registrar y Anunciar si
no Entusiasmas al clan.
-Registrar, Anunciar y Entusiasmar
-coreó.
-No olvides que tu registro tiene
que ser Poético, Profético y Poliédrico.
Pero nunca Polémico.
-Poético, Profético
y Poliédrico. Nunca Polémico.
-Eso es. Buen muchacho -y el hombre
barbudo le acarició la cabeza rudamente-. Ve
y corrige la grabación. Hoy no me siento bien.
Seguiré recostado un momento más.
Danza-sobre-un-Volcán regrabó
la bitácora. Los riborecs que pululaban bajo
la yema de su dedo índice se afanaron a velocidades
impensadas: borraron la información desechada
y enlazaron nuevas series de ARN dentro de cada célula.
Una vez que fuera Perito de la Bitácora, y después
de haber hecho numerosas grabaciones en ese dedo, los
Hombres-Raíces le cortarían la falange
distal y archivarían el registro. Entonces él
continuaría con la siguiente falange. Cuando
le hubieran amputado el dedo completo, comenzaría
a grabar en otro. Y así sucesivamente.
Miró de soslayo a su Padre
en la Profecía. Recostado, se desenredaba la
barba con una de sus manos cibernéticas. El antebrazo
derecho estaba hecho con la aleación corroída
que revestía a las naves, desde la punta de los
dedos hasta el codo. Las otras prótesis colgaban
pesadamente, estructuras alambicadas que los Hombres-Raíces
le habían fijado quirúrgicamente en los
muñones de ambas rodillas y del hombro izquierdo.
Sabía que algún día
el Protésico del clan no se levantaría
más. Y entonces haría falta otro Perito.
¿Cómo es posible que
algunos hayan olvidado qué es un “cachalote”?,
se preguntó. En tal caso, difícilmente
recordarían qué es un “pez”;
ni sabrían qué es lo que hace dentro de
un cuenco, se dijo Danza-sobre-un-Volcán.
No verbalizó la ironía,
porque sabía que era inútil contradecir
a su maestro. Pero también porque, si su suposición
era cierta, Pez-en-un-Cuenco moriría pronto.
II
Cierta tarde Danza-sobre-un-Volcán
visitó a Almíbar-en-la-Mirada. Charlaron
distraídamente. Las palabras encubrían
el otro dialogo, uno más directo, que entablaron
con sus ojos ávidos.
Cuando Crótalos-bajo-el-Cráneo,
Madre en los Quehaceres de Almíbar, abandonó
la tienda para ir a buscar despojos semienterrados en
la arena, la joven le descubrió sus pechos al
aprendiz. Se abrazaron precipitadamente. Él se
apresuró a apretar esa carne tan suave y tersa;
pero no se atrevió a lamer los pezones hinchados.
Con gesto decidido ella se deshizo de la falda y se
lanzó sobre él, envolviéndolo con
las piernas y los brazos. Cayeron sobre el suelo.
Derribados y enredados, él
inició la improbable tarea de desvestirse. Lo
consiguió a medias. La arena fina que se había
filtrado en la tienda se interpuso entre ellos, colándose
entre concavidades y convexidades que ya empezaban a
ajustarse. Sus cuerpos se restregaron entre sí
y los granos de sílice, atrapados, tornaron abrasivos
los roces. Pero sobre la piel igual fermentó
la pasión. Aunque labios y lenguas se arremetían
toscamente, esos besos torpes bastaron.
Mientras tanto, bajo la tempestad
febril que barría la superficie cutánea,
espiaban los riborecs, los insectos miniaturizados que
eslabonaban interminables cadenas de datos.
El arrebato que los trenzó
fue fugaz, como un relámpago en la noche del
desierto, porque ella lo rechazó súbitamente.
Alguna alarma secreta hizo que lo apartara de sí
con brusquedad. Empezó a vestirse, exigiéndole
con urgencia que hiciera lo mismo.
Danza-sobre-un-volcán terminó
de abrocharse los pantalones un instante antes de que
se abriera la tienda. Crótalos ingresó
y les dirigió una rabiosa mirada inquisidora,
pero sólo dijo con esa voz carrasposa:
-No hallamos nada. Las malditas no
caen.
El joven se despidió de Almíbar
con un leve dolor en las ingles y se dirigió
a su tienda. La arena crujía bajo sus botines
como la lengua de Crótalos lo hacía bajo
su cráneo.
Sabía que el hormigueo que
sentía en las venas no sólo se debía
a la erección que trataba de disimular. Allí
estaban también los nanobots hambrientos de información.
Se estremeció al pensar que
alguna vez sólo podría tocar los pechos
de Almíbar con manos de aleación.
III
Llegó el día en el cual
el viejo Pez-en-el cuenco no se levantó más
de su catre. Algunos achaparrados Hombres-Raíces
lo sacaron de la tienda y se lo llevaron tras las Dunas
Prohibidas. Luego le dieron la Sepultura de las Dunas,
un honor que merecía todo Protésico.
Esa noche las Imperecederas fosforecieron.
Una semana después, todos olvidaron
definitivamente lo que era un pez, y los más
viejos convocaron a Danza-sobre-un-volcán para
que cubriera el puesto vacante.
La noche siguiente, el nuevo Perito
de la Bitácora Anunció y Entusiasmó
al clan con su primer registro oficial. A pesar de su
ostensible nerviosismo y de algún tartamudeo
leve, aquellos que se habían reunido en torno
de la fogata lo aclamaron con aplausos y vítores,
augurándole así una gran carrera.
IV
Un estruendo sordo sacudió el
desierto en medio de la noche.
El Perito de la Bitácora despertó
con el corazón agitado. Preguntó en la
oscuridad de su tienda:
-¿Será posible que…?
Saltó del catre y abrió
apresuradamente el cierre de la tienda con sus manos
plateadas: un acto muchas veces repetido, pero siempre
cargado de honda expectación. Atisbó en
medio de las tinieblas.
¡Allí estaba! ¡Una
gran nave había caído! La sección
inferior de la proa se había sepultado en la
arena. Yacía como una ballena varada. Pasmado,
vio cómo un ejército multitudinario de
Hombres-Raíces cubrían con rapidez el
casco hirviente, ingresando al pecio a través
de los motores, los ojos de buey resquebrajados y las
fisuras en el metal. Las criaturas enanas y nudosas
tomaron la nave con ferocidad, paralizando con sus púas
venenosas a los criotripulantes que habían sobrevivido.
Los convirtieron en momias, amortajándolos con
las secreciones viscosas que fluían de sus miembros
sarmentosos. Luego apilaron a sus presas prolijamente
tras las Dunas Prohibidas.
En tanto, otro grupo de Hombres-Raíces,
ayudados por varios de los miembros del clan que habían
despertado a causa del escándalo, se dedicó
a desmontar la nave.
Al mediodía siguiente, en la
zona del impacto sólo se veían algunos
pocos tornillos y unas abrazaderas desperdigados sobre
la arena removida. Cada una de las miles de piezas desmanteladas
había sido sepultada junto a las Eternas por
sus sacerdotes. En pocos días, las plantas se
multiplicarían sobre el arenal infinito, cubriéndolo
de nuevos y divinos retoños.
Danza-sobre-un-volcán había
estado toda la noche relatando los sucesos, entusiasmado,
con los labios casi pegados a su bíceps izquierdo.
Los riborecs infatigables colmaron de información
las células del tejido muscular.
Sabía que esa noche le amputarían
el brazo, y le colocarían otra prótesis
entre el hombro y el codo de aleación. Pero no
le importó, porque él había sido
el bienaventurado que había registrado la caída
de una nave, algo que no sucedía desde hacía
mucho tiempo.
V
Almíbar-en-la-mirada todavía
era capaz de acelerarle el corazón.
Ella había engordado. Sus senos,
que él recordaba firmes, ahora se adivinaban
caídos bajo la ropa de arpillera. Con miradas
disimuladas, había comprobado que tenía
estrías en la piel. La maternidad no había
sido muy benigna con su cuerpo. Pero él seguía
sintiendo ese cosquilleo en las ingles cuando la veía
emparchar las tiendas, cargar leña, o amamantar
a los críos que le había dado al zopenco
que la había desposado.
Ella lo esquivaba. Pero él
podía ver que detrás de sus ojos ambarinos
aún latía con fuerza el ardiente recuerdo
del amorío adolescente que alguna vez los había
hecho suspirar.
Danza-sobre-un-volcán se consolaba
diciéndose que él era un Perito de la
Bitácora, que había documentado una Caída.
Un Protésico que servía a las Perennes.
Él era especial.
Pero, cuando soñaba con esos
pezones que nunca había osado besar, despertaba
llorando, deseando ser un zopenco más del clan.
VI
-¿Por qué tu registro
debe ser Poético, Profético y Poliédrico?
A Rizos-en-el-lodo le tembló
la voz cuando respondió:
-Debe ser Poético para seducir
el oído de quienes escuchan. Tiene que ser Profético
para provocarles sed por el futuro. Y también
Poliédrico porque debe encerrar esa ansia por
el porvenir dentro de un espacio limitado por expectativas
realizables.
-Bien, chico. ¿Y por qué
no debe ser Polémico?
-Porque la Bitácora no debe
suscitar controversias.
Danza-sobre-un-volcán sonrío
satisfecho. Ya estaba listo para la Sepultura de las
Dunas: tenía un sucesor confiable. El joven Rizos
había sido uno de los amortajados de aquella
noche lejana y jubilosa. La momificación lo había
preparado y los Hombres-Raíces lo habían
elegido.
Del mismo modo había pasado
con él mucho tiempo atrás.
-Padre en la Profecía, ¿puedo
hacerte una pregunta?
-Sí.
-¿Qué es un “volcán”?
El interrogante lo tomó desprevenido.
-Es sólo un nombre, chico. Sólo
eso. Ahora ve a buscar yesca para esta noche.
Cuando el aprendiz salió de
la tienda el Protésico se alisó la barba
con los dedos metálicos: su discípulo
había olvidado lo que era un volcán.
Recordó aquella lejana mañana,
cuando supo que a su maestro le quedaba poco tiempo.
Murmuró:
-Mocoso insolente.
El joven Rizos-en-el-lodo no había
sido tan compasivo como él lo había sido
con su Padre en la Profecía.
VII
Danza-sobre-un-volcán había
permanecido todo el día recostado, las prótesis
colgando a los lados del camastro. Hacía tiempo
que no sentía la agitación de los riborecs
bajo su piel.
Pronto vendrían por él
y entonces las Perdurables fosforecerían de nuevo.
La luz del ocaso aunaba cielo y arena
cuando cuatro Hombres-Raíces entraron en su tienda.
Lo cargaron, llevando el catre sobre sus hombros rugosos,
como si se tratase de una litera. Detrás de las
Dunas Prohibidas lo aguardaba un quinto Hombre-Raíz,
más robusto, que lo miró a los ojos y
le dijo:
-Protésico. Te daremos la Sepultura
de las Dunas.
Su voz era un balbuceo chasqueante
que resonó dentro de su cabeza. El Hombre-Raíz
no tenía boca. Ninguno de ellos la tenía.
-Pero antes te inocularemos Sueños.
Porque tus registros, debidamente Poéticos, Proféticos
y Poliédricos, han preparado al clan para la
caída de una nave. Y tú has documentado
el hecho.
A Danza-sobre-un-volcán se
le ensanchó el pecho al oír esas palabras.
Presumió que los Sueños eran una distinción
que no cualquiera recibía.
El Hombre-Raíz parlante hizo
un gesto, y los otros cuatro llevaron la litera hacia
un promontorio que se alzaba entre los médanos.
Danza-sobre-un-volcán pudo ver numerosas grutas
que socavaban la base del peñón. Lo introdujeron
en una de ellas. De inmediato lo asaltó el seco
aroma a pedernal que flotaba en el aire estanco de la
cueva. Observó que un sinfín de tunas
oblongas y pulposas, enervadas de pinchos, tapizaban
las paredes pétreas, iluminando la estancia con
la fosforescencia que irradiaban.
Depositaron el camastro delante de
un estrado de piedra que parecía estar embadurnado
con alguna clase de saliva. Al principio creyó
que los bultos multiformes que estaban amontonados sobre
el pedestal eran más tunas pinchudas. Pero cuando
sus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrió
con asombro que estaba frente al archivo de los registros.
Los Hombres-Raíces le desligaron
las prótesis de las amputaciones. Cuando en su
cuerpo no hubo más piezas de metal, empezaron
a injertarle los miembros que habían descansado
durante décadas enteras sobre el podio de roca,
untándole los muñones con la misma melaza
que los cubría.
-Protésico -chasqueó
la voz- He aquí los Sueños.
Gracias a la acción milagrosa
de la secreción que manaba de la piedra, dedos,
manos, pies, brazos y piernas de todos sus antecesores
se habían conservado en perfecto estado. Los
Hombres-Raíces fueron acoplando los miembros
a su cuerpo, uno por uno, empleando sus extremidades
minadas de púas húmedas para unir los
tejidos; mientras los riborecs despertaban de su letargo
y comenzaban a alborotarse nuevamente.
Entonces soñó.
Soñó con grises imágenes
rotas. Sorbió las aspiraciones vanas y los agrios
desencantos de los Peritos que le habían precedido.
Y los sueños se replegaron más y más,
trayendo recuerdos inhumados:
Los preparativos en el planeta
Azkev ’Ar, que buscan ganar la carrera a la enana
blanca del sistema binario en torno del cual orbita,
una estrella moribunda. El plan minucioso que ha involucrado
a varias generaciones de azkevitas en un intento desesperado
de evitar el destino fatal. La puesta a punto de la
inmensa flota de astrobuques, reservada para evacuar
a cientos de miles de individuos elegidos: los más
sabios, los más capaces, los más bellos.
Un hatajo de almas afortunadas que preservarán
la semilla y la cultura de Azkev ’Ar, dignas de
recibir un legado tal. La inoculación masiva
de riborecs, los nanobots que amplificarán las
mentes de los elegidos, que transformarán sus
cuerpos en contenedores del monstruoso cúmulo
cultural de la civilización azkevita. Es un bautizo
cibernético en el cual se les proporciona nuevos
nombres, los tetranoms, capaces de cifrar y empotrar
cientos de miles de nociones y símbolos dentro
de cuatro vocablos.
A medida que se acerca el final,
el alivio, la tristeza y el miedo se mezclan en los
portadores de los tetranoms; y el odio enardece a los
que se saben sentenciados, aquellos que, una vez abandonados,
vivirán algunas semanas más antes de que
las mareas de radiación arrasen el planeta. Las
protestas y las manifestaciones multitudinarias. Las
familias que se desgarran, los vínculos ya desmenuzados
por la potencia de los incontables megatones que serán
liberados. Los intentos de sabotaje. Las guerras que
amenazan con desangrar al mundo antes de que sea destruido
por la estrella agónica.
El cruel y penoso adiós
en medio de la anarquía. El embarque y la criogenización
de los tripulantes. El despegue exitoso de la flota
y la huída a toda velocidad, devorando años-luz
sin descanso. Una ilusoria sensación de resguardo
invade los sueños criogénicos de quienes
han sido expatriados por la muerte de su sol.
Entonces, la trepidación
de la supernova que, irresistible y fatal, escupe colosales
chorros de plasma hacia el infinito. La catastrófica
onda de choque altera el encadenamiento del continuo
y alcanza a las naves rezagadas de la flota, golpeándolas
como un tsunami atroz. Una, dos… tres centenas
de astrobuques caen en un maelstrom, y son recluidas
en un bucle espaciotemporal.
El mismo planeta apareciendo una
y otra vez, un enorme mundo desértico que ejerce
misteriosas y tenaces fuerzas tractoras sobre los astrobuques.
El nacimiento y el olvido de las leyendas entre los
muchos criotripulantes despiertos, un ciclo que se repite
indefinidamente. Las fantasmales fábulas urdidas
en cada iteración van ensayando diversas variantes,
todas verosímiles: un mundo sirena que seduce
al metal con inaudibles cantatas y que manipula a la
inteligencia artificial por medio de un embrujo como
de mandrágora; un mundo vampiro que bebe en el
borde del torbellino que zarandea el continuo, nutriéndose
de los azkevitas, un maná que cae desde otra
eternidad; una civilización vegetal que se alimenta
con carne y sangre, civilización feroz que codicia,
que esclaviza, que lava cerebros y que despliega esquemas
religiosos…
Danza-sobre-un-volcán imploró.
La sucesión discordante de rememoraciones lo
estrujaba y aplastaba. La desesperación y la
duda lo enloquecieron. Podía sentir cómo
los riborecs saturaban cada una de las células
de su cuerpo mutilado.
La voz del Hombre-Raíz parlante
chasqueó:
-Otro que no resiste la verdad de los
Sueños Verdaderos. Informad que hemos comprobado
una vez más que en nuestra jurisdicción
no hay posibilidad alguna de fugas. -Señaló
a Danza-sobre-un-volcán con un dedo erizado de
pinchos -Que sueñe sus propias y ridículas
abstracciones hasta morir en la inclemencia del amanecer.
Luego, ordenad las piezas del museo.
Los que habían cargado la litera
obedecieron con diligencia. Le reinsertaron sus miembros,
que habían sido amputados uno a uno a lo largo
de su carrera. Y Danza-sobre-un-volcán soñó
sus propios sueños:
Él se apresuró a
estrujar esa carne tersa; pero no se atrevió
a lamer los pezones, aunque ansiaba hacerlo. Ella se
lanzó sobre él y ambos cayeron al suelo.
Él intentó desvestirse, pero sólo
lo consiguió a medias. La arena se interpuso
entre sus cuerpos, que se frotaron con roces abrasivos.
Sin embargo, sobre la piel igual fermentó la
pasión. A pesar de que labios y lenguas se arremetieron
torpemente, esos besos fueron suficientes.
Cuando el cuerpo dejó de agitarse,
los Hombres Raíces le quitaron los miembros injertados
y los dispusieron sobre el altar, junto a los otros.
Luego lo sepultaron en la arena, mientras el alba recibía
a las naves que fatigaban invariablemente la misma ruta
irrevocable.2008
Durante toda esa noche las Indestructibles
habían fosforecido con intensidad.
Una semana más tarde los viejos
llamaron a Rizos-en-el-lodo.
publicado en julio
de 2008
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