| 4:00 PM
La música del combinado (como
llamaban al armatoste, una gran caja de madera ya sin
lustre que hacía las veces de cómoda)
diluía la espesa cortesía de las conversaciones
casuales. Los viejos chismosos, bulliciosos y medio
sordos charlaban animadamente. Nadie me miraba, pero
los diálogos enmascaraban mensajes secretos acerca
de la jovencita rubia y pecosa para unos; de la minita
de turno del sesentón mujeriego para otros.
Estar atenta al chisme me resultó
casi tan efectivo como sondear. Ellos no lo comprendían,
pero una satisfacción mórbida los llenaba
cuando encontraban un oído dispuesto.
Querían saber tanto de mí
como yo de ellos. Y esto era comprensible en ambas partes.
Ellos, por tener una nueva vecina y un nuevo miembro
del consorcio. Yo, porque una vez descubierto el paquete,
quería saber más, quería conocer
el impacto causado en la congruencia de la trama. Necesitaba
más datos para el informe final.
Miré mi reloj. El telepod colgado
en mi cintura me había anunciado que tenía
tiempo hasta las seis de la tarde.
La reunión de consorcio aún
no había comenzado. Faltaban Andorregui, del
5º C, y el asqueroso de Gómez… mi
vecino sesentón, el del 6º A, a quien, según
mis órdenes, había tenido que «persuadir
a cualquier precio», para poder acceder al departamento
del sexto piso y participar de aquel consorcio.
Todavía sueño con el
viejo. Entonces temblaba cada vez que oía su
risita intolerable. Lo único que me ayudaba a
soportarlo era saber que faltaba poco.
Mientras llegaban Gómez y Andorregui,
los demás celebraban una especie de tertulia.
Era un cambalache de objetos vitales, tan valiosos como
la vida misma: audífonos, pastillas de colores,
marcapasos, bastones, anteojos. A través del
aire húmedo y viciado se abrían paso la
música -melosa, extraña, torturada
por la rasposa púa-, las risas, los cuchicheos,
las ironías, los silencios. El tintineo de las
cucharas golpeando los pocillos de porcelana pintada
completaba la rica textura sonora del lugar.
La dueña de casa se acercó
renqueando hasta un sillón estampado con flores
violetas, ayudada por un bastón de madera. Su
mirada escrutaba a los invitados por encima de los anteojos
gruesos con marco de carey. Unas treinta personas atiborraban
el living de la vieja polaca Enriqueta Kascheburskyj,
una habitación amplia, empapelada con flores
hasta el techo, minada de retratos de otros tiempos.
La sala se había llenado milagrosamente con sillas
de madera y con banquetas maltrechas que dejaban caer
pedacitos de gomaespuma enmohecida.
Nota mental: recoger una muestra de
aquella gomaespuma cuando todo terminara. El entrenamiento
que una recibe antes de una bajada ayuda a disimular
el asombro frente a tantas menudencias sorprendentes,
pero no me habían dicho nada de la gomaespuma.
No existe nada parecido en Ro-Junk, ni tampoco en la
Estación.
La anfitriona era la presidenta del
consorcio. Sentada sobre el sillón era el eje
indiscutible de todo ese arrugado grupo. Una vieja ceñuda
con unos ojos de un verde lavado donde podía
verse cómo asomaba la telaraña de unas
cataratas incipientes. Debajo del pelo pajizo, que en
otro tiempo debía haber sido rubio, se extendía
una maraña de arrugas verticales. En un primer
momento supuse que ese rostro había sido curtido
por la amargura. Teoría que resultó válida
cuando le sonsaqué a doña Rosa, del 1º
A, la vieja más chismosa, que la polaca era superviviente
de Auschwitz. Los secretos de palier se decían
en voz baja, entre miradas recelosas y, en este caso,
con el «orgullo lógico de tener semejante
celebridad en el edificio.» Sin embargo, a pesar
de su adustez, Enriqueta Kascheburskyj sonreía
cuando era preciso, y escuchaba atentamente las palabras
obsecuentes de los ancianos que la rodeaban como una
corte de canijos dóciles y complacientes. Su
mirada, siempre dura, sólo traslucía afecto
al mirar a Olga, la vieja silenciosa que vivía
con ella, y que recorría el círculo de
ancianos una y otra vez, bandeja en mano, sirviendo
incansablemente té y café.
4:51 PM
Sonó el timbre. Olga se apresuró
a abrir la puerta, no sin antes atisbar por la mirilla.
Andorregui entró, quitándose la boina
sucia a modo de saludo. Le siguió el cerdo de
Gómez, engominado y sudoroso, quien en contraste
con la polaca, estaba arrugado horizontalmente, la frente
como una persiana americana, seguramente de tanto sonreír.
El viejo no podía decir dos palabras sin barbotar
por el costado de la boca manchada su «je, je»
irritante. Repartió saludos y piropos zalameros
por todos lados, siempre ignorados. Entonces me vio,
e inevitablemente se sentó a mi lado. En voz
baja y chasqueando la lengua, me dijo:
-¡Hola, Patricia! No he
podido dormir desde la otra noche… ¿No
te pasa lo mismo, bombón? Je, je… -Señaló
mi seno izquierdo- ¡Extraño tanto
ese lunar…! -E intentó besarme en
la boca. Esquivé esos labios repugnantes. El
viejo cerdo me daba asco, pero las órdenes son
órdenes.
Todos sabíamos el motivo de
la reunión. No era para darme la bienvenida como
nueva propietaria. Yo había usado el ascensor,
y así, por casualidad, había descubierto
lo que buscaba. Después de cuatro días
de intentos frustrados, había confirmado las
sospechas de Zepeda, el jefe de Ajustes y Misiones Especiales.
Él mismo pilotaba, monitoreándome y operando
los haces, lo que dejaba en claro la importancia de
la misión. Las coordenadas en las que me había
bajado eran las correctas.
Sucedió cuando iba al departamento
de la vieja Kascheburskyj para encararla. Una vez dentro
del ascensor apreté el botón para ir al
tercer piso. El display de números rojos empezó
a titilar. 6, 5, 4… Cuando esperaba que se detuviera
en el tercero, hubo una trepidación muy leve,
y entonces el ascensor se volvió loco. Subió.
Se detuvo. Luego descendió rápidamente.
El display mostraba una sucesión incoherente
de números y letras. De pronto hacía calor,
un calor asfixiante, y reconocí el fuerte olor
a ozono.
Estaba cerca. Muy cerca. Me vi reflejada
infinitas veces en los espejos encontrados bajo esa
la luz lechosa, irradiada desde todas partes a la vez.
La transpiración me chorreaba por la cara. Pasó
una eternidad. Se abrieron las puertas con un leve siseo.
Lotería.
Desde la oscuridad me golpeó
una amalgama intensa y acre de olores: sudor, humo,
excrementos y orina. Unas lenguas de luz fluctuante
se movieron, mostrándome un irregular techo de
roca. Entonces escuché las voces. Era un idioma
desconocido, hablado a gritos, y el volumen de las voces
iba aumentado. Una llama se acercó rápidamente
flotando en el aire. Resultó ser una tea que
parecía venir cabalgando sobre el brazo de un
hombre hirsuto, semidesnudo, que corría hacia
mí apenas erguido. Lo secundaban dos o tres mujeres
sombrías, demasiado peludas, y con grandes senos
colgantes, última impresión esta que se
acentuaba por la posición encorvada. Todos los
gritos iban dirigidos a mí, y aunque ininteligibles,
sonaban muy amenazadores. Llevé mi mano derecha
al estilete que pendía en mi cinturón
por reflejo. Lo pensé mejor y apreté el
botón de cierre. Los violentos golpes sobre la
chapa de la puerta acerada me recordaron que debía
salir de allí. Me dirigí al sexto piso.
Salí del ascensor y verifiqué que las
puertas estaban abolladas.
Por telepod, me ordenaron aplicar
la décima acción correctora. Eliminación
de vestigios. El método sugerido era provocar
una explosión, de acuerdo a la línea probabilística
más segura, la hebra más fuerte del tejido
del continuo. Esa misma noche, cuando finalmente Gómez
se hubo ido de mi departamento, instalé los explosivos
en el edificio, tratando de mantener mi mente anestesiada.
Ahora sólo restaba averiguar
cuán profundos eran los daños. Obviamente,
todos los ancianos del edificio ya sabían que
yo había «usado» el ascensor.
5:00 PM
Clap, clap, clap. Las palmas de Kascheburskyj
pedían silencio.
-Bien. Ahora que estamos todos,
comenzaremos la reunión de consorcio.
Como si estuviera ensayado, cesó
la música del combinado, y las voces cascadas
se apagaron súbitamente.
-Bueno, dïevochka,
ahora usted comparte nuestro secreto -me dijo
Kascheburskyj, mientras se alisaba la pollera marrón
y se acomodaba el pulóver verde escote en «v».
Bajo él amarilleaba una camisa otrora blanca,
abotonada hasta el cuello.
-Usted, Miller, pudo comprar
el 6º B gracias a Gómez, quien logró
que aceptáramos vendérselo.
¡Cerdo! Más le valía
que los convenciera, después de lo que había
tenido que hacerle.
-Es la primera persona en muchos
años que accede a un departamento en este edificio
-siguió la polaca-. Y tengo entendido
que Gómez le informó detalladamente sobre
las reglas del consorcio. -La mujer se inclinó
hacia delante y me clavo la mirada-. Hay una que
explícitamente restringe el uso del ascensor
en cierto horario. Usted violó esa regla.
La polaca se volvió hacia Gómez,
quien se hurgaba despreocupadamente la nariz. Había
reproche en esa mirada. Yo era la protegida de Gómez
frente a los demás, él era responsable
por todo lo que yo hiciera.
-Je, je, je… Patricia,
primor, te pedí que me avisaras si querías
usar el ascensor.
Con un movimiento diestro de índice
y pulgar arrojó la bolita de moco distraídamente…
Inmundo.
-Ahora debemos hacerla partícipe
de este juego -se lamentó la vieja-.
Dígame, Miller, ¿qué vio cuando
se abrieron las puertas del ascensor?
Todos los viejos me miraron con sus
ojos cansados. Por un momento me sentí como si
estuviera rindiendo cuentas frente a mis treinta abuelos
malhumorados por una travesura de nieta consentida.
-Pues… realmente no estoy
segura.
Crucé las piernas, y me rasqué
el mentón, fingiendo reflexión.
-Sólo cuéntanos
-dijo Gómez- Sin temor, bebé.
-Una cueva prehistórica
-dije.
-¡Non lo posso credere!
-vociferó Brignardello, un viejo calabrés
menudo y enjuto, que disimulaba la calvicie bajo un
peluquín pintoresco y gesticulaba exageradamente-.
¡Arribó al inicio del ciclo!
Kascheburskyj ignoró al italiano,
que no cesaba de murmurar, y me siguió interrogando.
-¿Vio a alguien? -La
voz de la vieja denotaba impaciencia.
-Pues… Sí. Al menos
parecían personas. Un hombre con una antorcha
y dos o tres mujeres. Eran peludos, estaban casi desnudos,
y gritaban en un idioma extraño. Supongo que
así se verían y oirían los hombres
primitivos. Antes que las puertas del ascensor se cerraran,
pude ver a la luz de la antorcha unos dibujos sobre
las paredes de la caverna. Figuras rupestres que representaban
escenas de caza, o algo por el estilo.
-¡Mujeres prehistóricas!
¡Eso sí sería algo nuevo! Je, je,
je…
-¡Buiet, Gómez!
Te recuerdo que tú insististe en meter a la joven
en el edificio. Y espero que no intentes hacer lo que
estás pensando con ese cerebro pervertido.
A Andorregui se le escapó una
risita aguda, mientras miraba cómo su boina grasienta
giraba entre los dedos. Dos viejas desdentadas que estaban
sentadas junto a la ventana murmuraron escandalizadas
por la desfachatez de Gómez.
La polaca no se inmutó. Continuó
con las preguntas.
-Miller, ¿salió
usted del ascensor?
-No tuve el valor…
-Entonces usted no trajo nada
de ese sitio, ¿verdad?
-No, claro que no.
-Bien.
El alivio se pintó en la cara
fruncida de la vieja polaca. Y como si se hubiera abatido
sobre ella un agotamiento repentino, pidió: -¿Podría
usted, Blatter, explicar a la jovencita de que se trata
todo esto? Gracias.
Ahora venía lo bueno. Sentía
gran curiosidad por escuchar la explicación que
me iban a soltar.
Don Cristóbal Blatter, del
2º A, mordisqueó nerviosamente su pipa.
Amagó levantarse, como si lo hubieran llamado
a dar lección, pero desistió.
-Verá usted, este ascensor
es una suerte de máquina del tiempo.
Esperó unos segundos, a ver
si yo acusaba recibo de la novedad. Fingir incredulidad
o asombro me hubiera hecho sentir estúpida, por
lo que permanecí impasible.
-Una vez por día -prosiguió-
durante un lapso de, digamos… aproximadamente
una hora, el ascensor puede trasladar a sus ocupantes
a otro tiempo y a otro lugar. Pongámoslo así.
Durante esa hora el ascensor echa a correr un fragmento
de tiempo pasado que se reproduce a gran velocidad.
Es como si se tratara de una película que se
pasa en avance rápido. Sólo hay que elegir
el fotograma de la película donde «caer».
Curioso que usara esa palabrita. En
la Estación también decimos «caer»
o «bajar», pero no siempre se trata de llegar
desde arriba.
Cristóbal chupó la pipa,
y el humo espeso arrancó unas toses terribles
de algunas gargantas.
-¡Catzo, Blatter!
¡Apague esa cosa!
El aludido miró al calabrés
mientras se mesaba la barba descuidada, con ese desprecio
del que sólo son capaces los viejos y los niños.
-Je, je, je…
A Gómez no le importaba en
absoluto lo que se hablaba. Sólo me miraba el
busto por el rabillo del ojo.
-¡Buiet, señores!
-Kascheburskyj intentaba ocultar su impaciencia
sin resultados. Blatter le dio otra bocanada a su pipa
y continuó con la explicación:
-Sabemos que ese segmento de
tiempo pasado comienza en algún día perdido
en la prehistoria y se extiende hasta hoy. Por lo tanto,
por cada día que transcurre en el presente el
ciclo crece también veinticuatro horas. Entonces
ese lapso de una hora que mencionaba antes, va aumentando
proporcionalmente por cada día que pasa. Unas
milésimas de segundo diariamente. Es como si
la cinta sin fin de esta película se fuera estirando.
Cada vez la película es más larga y hay
más imágenes para mostrar.
Buena analogía la de la
película.
Me explicaron que se utilizaba la
botonera para marcar el «donde-cuando» elegido,
que un error de segundos en el tiempo «real»
podía costar años enteros en el tiempo
«comprimido» del ascensor.
La vieja polaca se levantó de
su sillón estampado, caminó bastoneando
hacia mí y me explicó:
-Creemos que se trata de un
artefacto que ha sido olvidado por alguna civilización
muy avanzada. Todo esto lo ha deducido don Cristóbal,
que es físico y matemático aficionado,
descifrando las intrincadas ecuaciones y las instrucciones
que hemos hallado en una placa de titanio oculta en
un panel del ascensor.
Nuevamente un silencio teatral. Supongo
que todos ansiaban ver en mi alguna reacción
apropiada. Sorpresa. O incredulidad. Me puse en pie
y me acerqué todo lo que pude a la polaca. Pregunté:
-¿Qué esperan
de mí, al contarme todo esto?
-Cómo usted comprenderá,
nadie fuera de este consorcio debe saber qué
uso que le damos al ascensor. Hasta hemos sobornado
al técnico de mantenimiento. Esperamos su complicidad
para seguir conservando el secreto.
Miré de reojo mi reloj por
enésima vez.
-¿Qué uso le dan
a esta máquina del tiempo?
-¿Nunca se ha preguntado
Miller por qué somos todos ancianos en este edificio?
Yo tenía algunas ideas al respecto.
Pero ya no había más tiempo para seguir
conversando.
5:50 PM.
El telepod empezó a emitir
un chirrido agudo y oscilante.
Abracé a la polaca y me arrojé
hacia atrás. Ella gritó. Caímos
ambas sobre Gómez. La banqueta sobre la que él
estaba sentado se rompió, y los tres nos desplomamos
en el piso, la vieja y yo aplastando el vientre del
cerdo. Gómez emitió un quejido desinflado.
Me desasí de esa maraña de miembros y
me puse en pie rápidamente. Con la palma abierta
de mi mano derecha tracé un arco en el aire lo
suficientemente amplio. Justo a tiempo. A las seis en
punto, poderosos chorros de energía vinieron
desde otro tiempo para detener toda la materia, enquistando
el living de la polaca y todo su contenido dentro de
un glóbulo acrónico. El olor a ozono nos
azuzó. Kascheburskyj estaba dolorida y asustada.
Se quejaba al mismo tiempo que tapaba sus oídos
para soportar el ruido vibrante. El aire picante le
escocía la nariz y la hacía lagrimear.
Me pregunté si se habría roto algo. Pero
mi preocupación era absurda. Gómez resoplaba
y trataba de sacarse de encima a la vieja. Puteaba con
ganas. Lo golpeé en las sienes con odio. Se desmayó.
Me alegró saber que muy pronto me desquitaría.
Un instante antes de que Zepeda disparara
los haces, yo había activado mi glóbulo
personal, confinándonos a los tres en un aura
de tiempo subjetivo. En ese trance uno puede morir.
Si hubiera activado el aura al mismo tiempo que Zepeda
enquistaba la porción de espaciotiempo elegida
dentro del glóbulo, nunca me habría enterado.
El cataclismo habría sido atroz. «Explosión»
no es una palabra adecuada, no alcanza a ilustrar lo
que sucedería. Cuestión de fases y singularidades.
La medida preventiva habitual es aislar toda una «región»
del tramado espaciotemporal durante cada bajada. Me
sigue fascinando que manipulemos tal poder inconcebible
para realizar este tipo de ajustes. Es como practicar
cirugía al tejido del continuo.
A pesar de que el fluir temporal estaba
reducido a cero, la luz de la habitación seguía
moviéndose normalmente. Los fotones nunca quedan
cautivos dentro de un glóbulo acrónico.
Por eso la materia se ve realmente congelada. Ahora,
la imagen del living de la polaca que penetraba a través
de la translúcida pared globular de mi aura era
como una pintura. Fuera de la burbuja opalina los viejos
cronosuspendidos parecían momias. Porque estar
cronosuspendido es lo mismo que estar muerto. Sólo
que la materia no se corrompe. Se detiene. El humo de
la pipa de Blatter se había convertido en una
nebulosa estática, en una mortaja marmórea
que rodeaba a las momias. Eso aumentaba el carácter
surrealista del cuadro. La cronosuspensión siempre
genera esa sensación onírica en el observador.
Kascheburskyj había dejado
de gimotear. Me miró con desconcierto y temor.
Empezó a balbucear un interrogante, pero no le
di tiempo. Puse mis anulares sobre su frente antes que
lograra hablar y empecé a sondearla. Recordé
que había seis pulmones dentro de mi aura. El
tiempo era tres veces más escaso que lo habitual.
Su mirada decía que estaba
asustada. Su mente subyugada era como un ratón
desquiciado rebotando en las paredes de una jaula estrecha.
Sé que es duro ser sometido al sondeo. Estaba
violando su mente. Y presenciar una cronosuspensión
sin el entrenamiento adecuado puede resultar muy perturbador
para los sentidos. Pero la vieja era fuerte, resistiría.
Yo necesitaba saber.
Cerré los ojos. Las imágenes
empezaron a fluir velozmente por mi cerebro. Demasiado
rápido. Presioné suavemente sobre las
órbitas de la vieja. Me relajé. Entonces
el flujo aminoró. Y empecé a escuchar
la monocorde voz interna de la polaca.
Enriqueta Kascheburskyj había
muerto en Auschwitz en 1943. Osvaldo Lepori, en la ESMA
en 1977. Andorregui había sido un ex policía
asesinado en un asalto en 1955. Elena Gregorio, una
de las viejas de la planta baja, había sido atropellada
por un ómnibus sin frenos en 1962. El asqueroso
de Gómez había sido baleado en un cabaret
en 1935. El calabrés Brignardello había
muerto de peste negra en 1891. Y la lista continuaba.
Más de la mitad de los viejos del edificio eran
cadáveres, oficialmente hablando.
Seguí sondeando, seguí
sondeando, hasta que en lo profundo hallé un
núcleo luminoso. Me sumergí en él:
Olga, mí querida hija…
Abrí los ojos y miré
a través de la pared globular de mi aura. Ahí
estaba Olga Kascheburskyj, sentada junto al combinado
con la bandeja sobre el regazo. Sus ojos eran verdes
como los de la vieja polaca. La hija se veía
tan anciana como la madre.
Volví a cerrar mis ojos antes
de que el flujo se debilitara. Presioné un poco
más sobre las cejas de la vieja, y entonces también
gusté, palpé y olí. Logré
entonces una empatía casi completa, pero ahora,
a través del estrecho vínculo madre-hija,
yo podía ser Olga Kascheburskyj:
…hacía calor en el
ascensor, mucho calor. Temblé al regresar al
campo de concentración, al infierno en el que
habían transcurrido los únicos años
de mi niñez que sólo recuerdo en sueños.
Las puertas se abrieron y me metí en la cámara
de gas. Sabía que afuera estaba yo, la niña
de cuatro años, llorando desconsoladamente porque
la habían separado de su mamá. Ese pensamiento
me dio fuerzas. La visión dentro de la cámara
era espantosa, horrenda. Me abrí paso entre los
cuerpos flacos y desnudos que se aferraban a mis piernas
y pedían ayuda desesperadamente, boqueando. Recuerdo
que clamé a Dios que me ayudara a encontrarla.
Pero los gritos de horror ahogaban mi oración.
De pronto la encontré, ya medio asfixiada. El
rostro de mi madre estaba demacrado y huesudo…
Hubo un destello, y fui expulsada del
núcleo. Estaba llevando a la vieja al límite
de su resistencia psíquica. Insistí un
poco más. Ahora yo era Enriqueta Kascheburskyj:
¡Boj moi! ¡Qué
pesadilla para mi chiquita! Volver a Auschwitz, al horror
del que había salido con vida, sólo para
buscarme. ¿Lo vio, Miller? Y ahora usted tiene
el privilegio de conocerme…
Me sobresalté. Por un momento
pude sentir cómo la figura borrosa que tenía
frente a mí oprimía mi cabeza con sus
dedos. Era rara la sensación de desdoblamiento.
Eso sólo podía significar una sola cosa:
me había sobrepasado. La había matado,
y las trazas de su energía psíquica discurrían
ahora sin sufrir las distorsiones de una plataforma
orgánica: la liberación del alma. Su cuerpo
había dejado de funcionar, y entonces, instintivamente
y sólo por un segundo, el mío tendió
a cobijar esa energía residual. Por un instante
fui Patricia Miller sondeando a la vieja, y a la vez
fui Enriqueta Kascheburskyj confesándose ante
la jovencita, la dïevochka, rubia y pecosa.
Tenía que aprovechar esa última inercia
del flujo. Apreté con más fuerza sobre
sus cejas, ahora sin vida, y me dolió la frente,
pero la vieja me habló:
Ya ve, dïevochka,
todos nosotros hemos infringido las leyes del destino.
Mire a mi hija. Tiene cincuenta años, pero parece
una anciana. Es el precio que pagó por cruzar
esas puertas y rescatarme. Esos minutos de tiempo comprimido
en Auschwitz significaron varias décadas para
su cuerpo. Yo tenía veinticinco cuando estaba
muriendo en la cámara de gas, han pasado más
de catorce años desde mi rescate. Por lo tanto
hoy tengo treinta y nueve años. Pero también
luzco como una anciana. El traspaso por las puertas
del ascensor me avejentó casi instantáneamente.
Blatter intentó explicarme los motivos del fenómeno,
pero nunca lo entendí completamente. A todos
nos pasó lo mismo. Pero estamos vivos, al fin
de cuentas. Y en cierto modo, hasta podríamos
decir que somos felices. Todos en este consorcio podríamos
contarle una historia parecida. Salvo el brillante Cristóbal,
que sólo quiso charlar unos minutos con Einstein.
Nuestros hijos, sobrinos, y nietos hallaron la placa
en el ascensor, y ayudados por Cristóbal, pusieron
en marcha el dispositivo. Ellos nos rescataron, dïevochka.
Porque nosotros deberíamos estar muertos. Antes
de mi rescate hubo varios intentos fallidos. Algunos
no regresaron jamás al edificio. Pero luego del
primer éxito se planificaron más incursiones.
Todos estaban dispuestos a sacrificar varios años
de su vida. Aún alguien tan desagradable como
Gómez puede ser amado a tal punto. Pero no queda
nadie en el edificio lo suficientemente joven como para
intentarlo nuevamente. Somos todos muy viejos, y contamos
cada minuto. La necesitamos. Por eso le permitimos comprar
el departamento. ¡Boj moi, Miller! ¡Le sorprendería
saber que siempre hay alguien a quien queremos traer
del pasado! Siempre hay alguien…
Y el flujo se agotó, diluyéndose
suavemente, y el ente que había sido Enriqueta
Kascheburskyj se integró al tejido universal
del continuo; como si una paz infinita se abatiera sobre
ella y por fin la absolviera del pecado de entrometerse
en los designios del destino, o de Dios… O de
Boj, como lo llamaba ella.
Retiré mis anulares de su cabeza,
y el cuerpo inerte se desplomó sobre la pared
de mi aura. Había averiguado todo lo que necesitaba
saber. El daño era grave, aunque controlado a
causa del hermetismo del consorcio. De todos modos las
órdenes habían sido claras: eliminación
de vestigios. No había otra acción correctora
para subsanar las paradojas creadas en la trama espaciotemporal.
Algunas habían anudado las hebras, otras, las
habían desgarrado.
El aire dentro de mi aura estaba viciado.
Pude ver a través de la pared globular que todos
los viejos seguían petrificados. Ahora todo dependía
de la pericia del jefe de Ajustes y Misiones especiales.
Zepeda empezó a «cavar el túnel»
a través del cual iba a extraerme. La pared siseaba
y rechinaba. La materia quieta gemía. Los átomos
casi habían agotado su inercia y se resistían
al avance de mi aura. De pronto, comenzó a moverse
lentamente, como una burbuja flotante. Me volví
y miré por última vez a los viejos. El
living de Kascheburskyj parecía un museo de cera.
Tuve que refrenar las lágrimas
al pensar en la vieja y su hija; y en las otras historias,
que no conocía, pero que podía entrever.
Los viejos que habían muerto, y sus hados que
los rescataron de la muerte inexorable usando el ascensor;
aún sometiéndose al envejecimiento precoz
producido por el disloque cronológico. Zepeda,
Katrian y las autoridades de Ro-Junk tendrían
que descubrir quién diablos había dejado
funcionando un transpositor espaciotemporal de lazo
comprimido en el hueco de un ascensor primitivo.
Mi burbuja salió del living
penetrando la materia suspendida. La atmósfera
de la sala, el metal, la madera, los ladrillos y el
revoque; todo se «disolvía» al paso
del aura removida por Zepeda. Recuerdo que descubrí
con alivio que ningún viejo suspendido se interponía
en mi camino. De todos modos Zepeda no hubiera reparado
en tan insignificante eventualidad. Por último,
el aura atravesó estrepitosamente la pared del
glóbulo acrónico que encerraba el living.
Entonces el telepod emitió un pitido entrecortado
y disonante. Podía desactivar el aura sin peligro.
La trepidación nos sacudió. Nuevamente
el intenso olor a ozono. El cadáver de Kascheburskyj,
Gómez y yo estábamos en el palier, junto
a los fragmentos de una banqueta despedazada. Zepeda
era un cirujano muy preciso.
Actué rápidamente. Abrí
el panel de la cabina del ascensor y retiré la
pesada placa instructiva de titanio. Las indicaciones
estaban escritas en varios idiomas, y también
en la jerga técnica de la Estación.
Entonces Gómez recobró
la conciencia. Tosió, resopló, las arcadas
le humedecieron los ojos. Era tiempo de ocuparme de
él. Intentó incorporarse. No lo dejé.
Con toda la furia de la que fui capaz le aplasté
la cabeza con la placa de titanio.
-¡Hijo de puta, viejo
asqueroso…!
No satisfecha aún, tomé
el estilete del cinturón y le acuchillé
la entrepierna hasta que el puño se me hundió
en una pulpa sanguinolenta.
Qué más daba, si todas
las momias iban a morir en minutos. Pensé que
de esa forma algo pesado se desataría de mí.
La sangre empapó sus pantalones como una flor
que se abría.
Tomé unos cuantos pedacitos
de gomaespuma de la banqueta rota y me los guardé
en el bolsillo. Envolví la placa con el pulóver
verde de la polaca. Bajé corriendo por las escaleras.
6:32 PM
Salí a la calle y caminé
con apuro, pero sin rumbo. El día era soleado.
Me decidí firmemente a no acatar
nunca más órdenes que me rebajaran. Ningún
maldito transpositor olvidado por los estúpidos
de Logística valía tanto como para que
me dejara violar por ese viejo cerdo. Pero, claro, debemos
evitar a cualquier precio que nuestra tecnología
sea usada inadecuadamente por los primitivos.
Órdenes son órdenes.
Idiotas. Odié a Zepeda, odié
a Katrian. Me odié a mí misma también.
Luego de caminar una hora, el telepod
cimbreó en mi cintura. Leí maquinalmente
los caracteres resplandecientes. En la Estación
habían comprobado la unión y el alisamiento
de las hebras del tramado. Las líneas probabilísticas
se extendían congruentemente. Un zumbido grave
y metálico me indicó que Zepeda ya había
disgregado el glóbulo acrónico, que ya
podía implementar la acción correctora.
Me pregunté cómo sería el despertar
de los viejos. ¿Habrían resistido la aceleración
de la materia de sus cuerpos? ¿Habría
causado el desplazamiento de mi aura interpenetraciones
de cuerpos y objetos al normalizarse el flujo temporal?
Me pregunté cómo sería revivir
una vez más, a segundos de volver a morir de
una vez por todas.
Me estremecí al pensar que
la Continuidad caprichosa y tiránica a la que
servimos necesitaba vejaciones, venganzas y asesinatos
para proseguir. ¿Quién se ocuparía
de las otras fibras lastimadas…?
Accioné el detonador.
Supe más tarde que la explosión
se había escuchado a veinte cuadras de distancia.
No aguanté más y lloré.
Y sólo ahora, dos meses después
de mi regreso a la Estación, puedo terminar el
informe final de la misión.
publicado en noviembre
de 2008
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