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Triple Hélice Más sobre Martín García

Abrió los ojos.

Una cálida humedad envolvía su cuerpo. En su boca había un tubo que le permitía respirar; tenía cables conectados a los brazos, las piernas, el torso, y, por lo que podía sentir, también en la espalda. Estaba desnuda, flotando, entre burbujas liberadas al ritmo de su respiración. El líquido era ligeramente transparente, al igual que el cristal del tubo en el que se encontraba sumergida. Enfocó los ojos y, a través de ese cristal, logró ver lo que parecía ser una especie de laboratorio. Había un par de mesas con tubos, placas de ensayo y muestras para analizar. Al otro lado de la habitación había tres o cuatro ordenadores de sobremesa. Dos máquinas para análisis descansaban junto a una pared. En otra mesa había hojas de ordenador con notas…

Lo que no había era científicos.

Se dio cuenta de que no oía ningún ruido, ninguna voz, nada salvo el sonido de su propia respiración. De pronto, fue plenamente consciente de su situación, y el deseo de salir de allí la invadió.

Levantó las manos hasta tocar el cristal, e intentó empujarlo. No se movió. El líquido y su ligero aturdimiento entorpecían sus movimientos. Golpeó varias veces el cristal, hasta que el sistema de apertura automática se activó. El líquido fue absorbido del cilindro, posándola en el suelo, y el cristal se abrió hacia un lado. Con dificultad, se sacó el tubo de respiración de la boca, tosiendo. Respiró por sí sola un par de largas bocanadas de aire y trató de calmarse. Salió despacio del cilindro, notando cómo los cables de su espalda se tensaban y se soltaban con un doloroso tirón. Contrajo la cara por el dolor y contuvo el grito que se estaba formando en su garganta. Uno a uno, tiró del resto de los cables que tenía conectados, ignorando el dolor que le producían. Respiraba de forma entrecortada y se sintió ligeramente mareada. Cuando logró calmase un poco, sintió frío, pero no vio nada con lo que cubrirse. Se acarició los brazos y caminó por el laboratorio.

Se acercó despacio a una de las mesas. El microscopio electrónico estaba encendido, conectado a un monitor que mostraba lo que se veía a través de las lentes. Una hoja de ordenador descansaba junto a una esquina. La cogió y la observó unos segundos, dándose cuenta de que estaba encendida. En la pantalla leyó:

 

 

Proyecto A 1-18

Miró el cilindro en el que había estado sumergida. En la parte superior se leía también: A 1-18. Ese archivo hacía referencia a ella. Quizás explicara por qué había estado sumergida allí. Tecleó en la pantalla para intentar leerlo, pero el archivo le pedía una contraseña. Contraseña que no sabía. Dejó la hoja sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta. Era una puerta de cristal de seguridad. Estaba abierta. Se preguntó qué había pasado allí. Era como si hubieran abandonado aquel lugar.

Con cautela, salió al pasillo. Estaba desierto. Sintiendo algo de frío, avanzó pasillo abajo. Había varios laboratorios a derecha e izquierda, pero también habían sido abandonados.

Tras caminar varios minutos, llegó a una encrucijada. Decidió ir hacia la izquierda. Cuando llegó al fondo del corredor vio una ventana, hecha añicos, y se asomó por ella. Era de noche. Un frío viento le acarició la piel. Al parecer estaba en un edificio alto; por lo que pudo calcular se encontraba en el piso 35, más o menos. El exterior estaba tranquilo, casi sobrenaturalmente silencioso. Parte del edificio se extendía a su izquierda; parecía ser inmenso.

Desvió su atención a una puerta cercana con el rótulo: ARMAS Y EQUIPAMIENTO. A su lado había un pequeño panel para insertar una clave. Clave que tampoco sabía. Observó detenidamente el panel y vio que estaba apagado. Tal vez podría saltarse lo de la clave. Cogió el manillar de la puerta y la empujó. No obtuvo resultado. La puerta estaba cerrada. Intentó tirarla abajo dándole una patada, pero se trataba de una puerta con cierre de seguridad, diseñada para resistir golpes e intentos de forzarla. Sin embargo, algo en su cabeza le decía que podía hacerlo. Era un pensamiento absurdo, claro. ¿Cómo podía ella tirar una puerta de seguridad abajo por sí sola? Aun así, decidió intentarlo otra vez. Puso su mano justo por encima del manillar y empujó, tensando los músculos de su brazo, ejerciendo cada vez más presión, hasta que, finalmente, la puerta cedió y se abrió de golpe hacia dentro.

Quedó impresionada de su propia fuerza. Miró su mano, flexionando ligeramente los dedos. No era normal. De algún modo sabía que aquello no era normal. Pero ahora no podía preocuparse de eso; tenía la extraña sensación de que debía moverse rápido. Miró un segundo hacia el pasillo y cayó en la cuenta de que no oyó ninguna alarma. No había saltado ningún dispositivo de seguridad. Todo estaba en silencio.

Entró en la habitación, avanzando con cautela, y contempló un amplio grupo de estanterías llenas de armas y equipamiento militar. En la pared había varios armeros más, y un par de grandes armarios. Todo aquello le era extrañamente familiar, pero no estaba segura de cómo o por qué. ¿Acaso había estado allí antes? Lo intentó, pero, por alguna razón, no podía recordarlo. Sin darle mayor importancia, se dirigió a una estantería en la que colgaban uniformes. Si bien las armas parecían ser militares, los uniformes tenían pinta de pertenecer a una empresa privada. Observó el logotipo en la solapa de uno de ellos: el dibujo de lo que parecía una cadena de ADN. A su lado estaba grabado el nombre XenoTech. El mismo logotipo aparecía también en las armas.

Con presteza, cogió unos pantalones y una camiseta de manga corta. Las botas estaban al pie de la estantería. Todas las prendas tenían el mismo logotipo. Acertando su talla, se vistió, y rápidamente pasó a las estanterías de las armas. Éstas estaban muy bien provistas: pistolas, rifles ligeros de asalto, ametralladoras, escopetas, munición a espuertas… Suficiente para abastecer a un ejército, pensó. En previsión de encontrarse con elementos poco amistosos, se sirvió unas cuantas armas ligeras, una de gran calibre, y un generoso surtido de munición para todas ellas. También cogió un par de cuchillos que había en una estantería cercana a los rifles. Luego salió de la habitación.

Ya en el pasillo, volvió sobre sus pasos unos cuantos metros hasta llegar a un ascensor que había visto antes, y pulsó el botón de llamada. El aparato no respondió. Al parecer todo lo que había en aquella planta estaba desactivado o no funcionaba. No vio la puerta que daba a las escaleras. Tendría que encontrar otra manera de salir.

Había avanzado sólo un par de pasos cuando, de pronto, una repentina y electrizante punzada de dolor recorrió todo su cuerpo. Se retorció en sí misma y sintió que se mareaba. Se tocó la cabeza con una mano, apretándose el costado con la otra. En unos segundos, el dolor desapareció sin más. Aturdida y confusa, se incorporó, apoyándose en la pared. Una extraña sensación de hormigueo le recorrió el brazo derecho. ¿Qué demonios…? pensó, pero de inmediato abandonó la idea. Antes de plantearse el averiguar nada tenía que salir de allí.

Siguió avanzando pasillo abajo.

 

La teniente Miranda Flores estaba al mando del Equipo de Seguridad Alfa, compuesto por seis miembros, que había sido desplegado hacía 90 minutos para efectuar un barrido del edificio y neutralizar la amenaza. Su comandante le había informado de que el edificio había sufrido un ataque enemigo, un acto de espionaje industrial y sabotaje. Por lo visto la seguridad de varias plantas, concretamente de la 21 a la 40, había sido comprometida. Estas plantas del edificio comprendían laboratorios de investigación y desarrollo de armamento militar, es decir, la sección más peligrosa del complejo.

En ese momento se hallaban en la planta 34, pasillo sur. Habían peinado ya varias de las plantas afectadas, una por una, revisándolas a conciencia, pero no habían encontrado señales del enemigo. Al parecer el edificio estaba desierto. Empezaban a pensar que se habían ido, que habían conseguido lo que querían, fuera lo que fuera, y se habían largado. Por otro lado, tampoco habían encontrado a ningún científico. Flores esperaba que aquello fuera sinónimo de evacuación, y no de exterminio, pero… Avanzaron varios metros más en formación y, al llegar a una esquina, Flores hizo una señal para que se detuvieran. Echó un vistazo: no había nadie. Segundos después, dos de sus hombres, que habían ido por delante para estudiar el terreno, aparecieron por otra esquina y se reunieron con ellos.

-Informen -ordenó Flores.

-No hemos encontrado a nadie aquí tampoco, teniente -dijo el soldado Elías-. Ni siquiera cadáveres. Nada. Me temo que hemos llegado tarde a la fiesta. Es como si todo el mundo se hubiera esfumado.

-Entiendo -dijo Flores, mostrándose algo pensativa.

-¿Quiere que continuemos? -preguntó el soldado Carlos Aguilar.

-Mientras no recibamos nuevas órdenes, o nos aseguremos de que no hay nadie, seguiremos adelante -asintió Flores-. ¿El camino está despejado?

-Sí. Las escaleras están un pasillo más allá.

-Bien. Vamos.

-Teniente -llamó el sargento Víctor García-. Mire esto.

Flores se acercó al sargento y observó la pantalla de la PDA que llevaba sujeta al antebrazo derecho. Una señal de aviso aparecía en pantalla, junto a un plano esquemático del edificio. La señal se originaba una planta más arriba.

-Algo se ha activado -dijo Flores.

-Sí. -El sargento Víctor manipuló el miniteclado-. Al parecer, un tanque de estasis se ha abierto hace unos minutos.

-¿Por qué motivo? -inquirió Flores.

-No lo sé. Tal vez, los que se han colado en el edificio han venido a buscar lo que hubiera en ese tanque.

-Así que es posible que aún haya hostiles -murmuró Flores-. Averigüémoslo. Elías, Carlos, cubrid el frente. Laura, Alex, la retaguardia. -Quitó el seguro de su arma-. Mantened los ojos abiertos. Víctor, guíanos. Adelante.

Caminaba deprisa, con los sentidos alerta, sus manos junto a las pistolas, lista para usarlas en cualquier momento. Había recorrido ya varios pasillos sin encontrar un medio de salir de allí. Lo cierto es que sin un mapa con el que guiarse, no le iba a ser fácil encontrar salida alguna. Pese a la extraña y continua sensación de que ya había estado allí antes, lo cierto es que no conocía el edificio. Tampoco conocía la situación reciente del mismo. Aquellos hechos, y su vacío entorno, hacían que en su mente sólo hubiera una idea: abandonar el edificio cuanto antes.

El pasillo que recorría ahora era amplio, de paredes lisas, y con pocas puertas de despachos o cualquier otro tipo de habitación. La luz era tenue. Dobló la primera esquina que encontró y se detuvo. Había oído sonidos de pasos. Eran tenues, probablemente se encontraban a cuarenta metros. Delante de ella. Retrocedió y se situó en la esquina que acababa de doblar, la espalda contra la pared, y esperó. Agudizó el oído. Los pasos sonaban a intervalos cortos, lo que indicaba que eran varias personas -de cuatro a seis, calculó- y se movían por parejas, tomando posiciones de forma alternativa. Cuando esas personas se aproximaron a la esquina, redujeron ligeramente su ritmo. Eran cautelosos. Por lo que pudo distinguir, dos de ellos se destacaron un poco. Se acercaban.

Esperó.

Los pasos siguieron acercándose, despacio. Vio asomar un par de rifles, sujetos por sus dueños, que también comenzaban a perfilarse: primero los brazos, la cabeza, el torso… Respiró hondo y emprendió la iniciativa.

Cogió el rifle más cercano y lo levantó por encima de la cabeza de su portador, asestándole después un golpe con el codo que lo dejó tendido en el suelo. Antes de que el primer hombre cayera, giró sobre sí misma y le dio una patada en el estómago al segundo, sin que éste pudiera reaccionar.

-¡Alto! -gritó una mujer a un par de metros de ella.

Sin hacer caso de la advertencia, sacó una de sus pistolas y apuntó hacia los demás extraños, poniéndose a cubierto al mismo tiempo. El sonido de los rifles de asalto se mezcló con el de la pistola y todos se movieron rápidamente, intentando esquivar las balas que volaban en direcciones opuestas. Al cubrirse tras la esquina, sintió un impacto en el hombro. Se subió la manga para comprobar la gravedad de la herida. Una sensación de hormigueo electrizante le recorrió el hombro, y, en segundos, la herida se cerró por sí sola. En su mente empezó a formarse un pensamiento contrariado, pero se esfumó enseguida cuando oyó pasos que venían hacia ella, con cautela.

Dobló la esquina con rapidez, presta a disparar, pero antes de que pudiera apretar el gatillo un golpe de kárate en el antebrazo le hizo soltar la pistola. Bloqueó la patada que se le venía encima y sujetó con fuerza el brazo de la mujer, en cuyo rostro apareció un gesto de dolor. Le asestó un puñetazo en el pecho y con un golde de rodilla la clavó en la pared. Describió un rápido círculo, agachándose para recoger la pistola, pero cuando se incorporó, su contrincante ya había sacado su propia pistola y ambas mujeres se apuntaron mutuamente. Sin embargo, ninguna llegó a disparar.

-¡No te muevas! -gritó una mujer a su izquierda. Le estaba apuntando con su rifle de asalto, flanqueada por otros dos hombres que la apoyaban.

Observó cómo los dos hombres que había derribado se levantaban torpemente, con sus armas en mano, apuntándole también.

Estaba rodeada.

Los observó atentamente durante unos segundos; la tensión se respiraba en el ambiente. Luego observó a la mujer que estaba frente a ella, apuntándole. Observó sus ojos: había en ellos un cierto deje de honestidad.

Con un movimiento corto y seco, dejó de apuntarle, poniendo la pistola de lado y alzando las manos.

La mujer se despegó de la pared y guardó su pistola.

-¿Quién coño eres? -preguntó.

Ella se mostró pensativa un segundo.

-Lo siento -dijo-, pero creo que no puedo decírtelo.

-¿Por qué no?

-Porque no me acuerdo.

La mujer hizo un gesto de cabeza a uno de sus hombres y éste bajó su arma y la escaneó.

-Parece estar bien -dijo. Por lo que ponía en su uniforme se llamaba C. Aguilar-. No detecto daños cerebrales. Pero podría estar bajo la influencia de alguna sustancia.

-Y vosotros ¿quién coño sois?

-Yo soy la teniente Miranda Flores, estoy al mando del Equipo de Seguridad Alfa. Estos son mis hombres. -La chica leyó los nombres en sus uniformes: Elías, V. García (sargento), Laura, Alex-. Hemos venido en respuesta a la brecha de seguridad que ha sufrido esta sección del edificio.

-¿Brecha de seguridad?

-Hace casi dos horas que alguien se ha infiltrado en el edificio, pero no hemos encontrado a nadie. -La miró un momento, como evaluándola-. ¿Y tú?

Ella negó con la cabeza.

-Hace unos minutos que desperté de una especie de cilindro… y esto ya estaba así.

La teniente Flores miró a Víctor.

-Puede que esa fuera la señal que detecté antes -asintió él.

-¿No has visto a nadie más? -le preguntó Flores a la chica.

-No.

-¿Ni siquiera cadáveres?

-No.

-¿De dónde has sacado esa ropa? Parece un uniforme de la XenoTech.

Ella ya había notado que ambas ropas eran idénticas.

-Hay un almacén de equipamiento al otro lado de esta planta -explicó.

-Entiendo. -La teniente Flores se sumió en sus pensamientos unos segundos-. Bien, dado que desconocemos tu identidad, debemos tratarte como a una prisionera.

-No me dejaré esposar -aseguró la chica-. Si no me queréis con vosotros me iré por mi camino.

Los hombres que la rodeaban le apuntaron a la cabeza.

-No puedo permitírtelo. -Flores la miró a los ojos-. Pareces peligrosa. Y, además, también eres sospechosa de lo ocurrido aquí. Hasta que determine que no eres una amenaza para la XenoTech no puedo dejarte ir.

-Acepto acompañaros. Pero no como prisionera.

-¿Puedo confiar en tu palabra? -inquirió Flores.

-¿Puedo confiar en la tuya? -repuso la chica.

Flores tomó aire, considerando sus posibilidades. Suspiró y, con un movimiento de la cabeza, indicó a sus hombres que bajaran las armas.

-Está bien -dijo-. Vendrás con nosotros. Pero un solo movimiento en falso y te mataré. ¿Está claro?

La chica asintió con la cabeza. Flores se volvió hacia el sargento García para consultar el plano del edificio y discutir su siguiente movimiento.

El soldado Elías llevaba ya varios minutos mirándola, especialmente su hombro descubierto, al cual prestaba una extraña atención. Cuando ella percibió su mirada, lo miró a su vez con ojos penetrantes. Elías casi sintió un escalofrío, pero logró controlarse.

-¿Qué? -preguntó ella.

-Juraría… -dijo Elías- que te he dado… En el hombro.

Ella se lo miró con aire indiferente. No había herida.

-Parece que has fallado -dijo.

Elías se mostró contrariado.

En ese momento, la chica presintió algo. Avanzó un poco, aguzando el oído. Oía pasos. Fuertes y contundentes. Y venían en su dirección.

-Eh, ¿qué haces? -inquirió el soldado Alex.

La chica no respondió. Estaba concentrada, intentando identificar los pasos que se aproximaban. Parecían provenir de un solo individuo, pero eran demasiado pesados para tratarse de una persona normal. Había algo extraño que no lograba descifrar.

Y entonces, un nombre apareció en su mente: X 6-21. Jadeó secamente, sintiendo de nuevo la imperante necesidad de salir corriendo.

-Eh, ¿qué te pasa? -insistió Alex, ahora frente a ella.

-Tenemos que irnos de aquí, enseguida -dijo. Su voz denotaba tensión.

La teniente Flores dejó de hablar con Víctor y se acercó a ella.

-¿Qué ocurre?

-Estamos en peligro, tenemos que salir de aquí -insistió ella-. Se acerca.

-¿Quién? -inquirió Flores.

-El X 6-21.

-¿Qué?

-Teniente -llamó el soldado Aguilar.

Todos se volvieron en su dirección, oyendo los pesados pasos. Al otro lado del pasillo, parcialmente oculta por las sombras, apareció una figura de aspecto fuerte. Iba vestido con un uniforme negro, sin distintivos. Portaba un casco con un cristal polarizado que le llegaba hasta la nariz. El lado derecho de su rostro parecía estar cubierto por una placa irregular de metal. En su mano derecha llevaba un arma grande, de extraño diseño, que parecía...

-Joder -murmuró Laura-. Lleva una Impaciente.

-¡Alto! ¡Identifíquese! -exigió Flores.

El sonido que recibió en respuesta le indicó que el arma estaba amartillada y lista para abrir fuego. El individuo no se detuvo.

-Va a disparar. Poneos a cubierto -gritó la chica.

En ese momento todo se precipitó. La desconocida figura abrió fuego mientras todos intentaban ponerse a cubierto. Aquella Gatling modificada escupió sus balas a una velocidad increíble, con el sonido de una motosierra ahogada. Los soldados Elías y Alex fueron alcanzados en el acto sin tener tiempo de reaccionar; sus cuerpos acribillados cayeron al suelo con un golpe sordo.

-¡Vámonos de aquí! -gritó la teniente Flores.

Mientras se incorporaban y echaban a correr pasillo abajo, el soldado Carlos Aguilar disparó con su arma al hostil, gritando a pleno pulmón. Asombrado vio que las balas rebotaban en su cuerpo con un sonido ligeramente metálico, sin causarle daño alguno. ¿Pero qué…? pensó. En ese momento su mente se apagó. Una segunda descarga de la ametralladora le atravesó de arriba a abajo casi partiéndolo por la mitad.

Cayó muerto sin tener tiempo de sentir dolor.

 

-Por aquí -señaló el sargento Víctor García, siguiendo el plano de su PDA-. Este pasillo nos lleva al conducto principal de alimentación.

Siguieron corriendo otros cincuenta metros hasta detenerse frente a un cristal. Se hallaban en un corredor, en apariencia circular, en cuyo centro había un hueco de veinte metros de diámetro. El hueco, similar a un tragaluz, parecía abarcar todo el alto del edificio. En su cara interior el cristal que lo recubría ofrecía reflejos como un espejo. Un gigantesco cilindro de cristal en el centro del edificio.

-¿Qué es esto? -preguntó la chica.

-Un juego de paneles solares -respondió el sargento Víctor-. El edificio obtiene su energía del sol, así evita depender del suministro externo. Por la noche se alimenta de unas baterías ubicadas en el sótano.

-Dejemos eso para otro momento, ¿vale? -repuso Laura, golpeando el cristal con la culata de su rifle de asalto. No se rompió. Le asestó otro par de golpes sin resultado.

La chica percibió pasos a lo lejos. El individuo hostil, el X 6-21, se acercaba por el pasillo. No tardaría en alcanzarlos.

-Fuera.

Desenfundó una de sus pistolas y disparó sobre el cristal hasta vaciar el cargador. Aparentemente no pasó nada, pero cuando la soldado Laura volvió a golpearlo con su rifle, el cristal se hizo añicos; sus fragmentos cayeron al interior del conducto. Con presteza, el sargento García y Laura se asomaron por la abertura y dispararon sus pistolas de ascensión, tensaron las cuerdas y empezaron a subir.

-¡Joder! -exclamó la teniente Flores al ver al hostil.

Éste, en el acto, apretó el gatillo y una ráfaga pasó al lado de ella; casi pudo notar el aire en movimiento en su mejilla. Apenas tuvo tiempo de oír el fugaz grito de la soldado Laura antes de que esta cayera al vacío. El impacto de su caída se oyó lejano.

-Maldita sea -dijo el sargento García, acelerando su ascensión.

Actuando por instinto, la teniente Flores exhortó a la chica para que se apartaran de la nueva ráfaga que el hostil disparaba contra ellas. Evitándola por los pelos, corrieron unos metros y entraron en un despacho que estaba abierto.

-Mierda, mierda -maldijo Flores, cerrando la puerta y colocando una mesa de oficina contra ella.

La chica recargó la pistola y desenfundó otra.

-Vete -dijo secamente.

-¿Qué?

-Vete. Yo te cubriré

-¿Pero qué coño estás diciendo? -preguntó Flores, alterada-. ¿Te vas a enfrentar a ese tío? Te matará antes de que puedas apuntarle siquiera.

-Correré el riesgo.

Un fuerte golpe contra la puesta interrumpió lo que Flores iba a replicar.

-Vete -repitió la chica.

Se oyó un segundo golpe. A su pesar, Flores salió del despacho por la puerta que vio al otro extremo, y la cerró. Un tercer golpe astilló la puerta, desencajándola de sus bisagras. El cuarto la tiró abajo, empujando la mesa contra la pared de enfrente.

El X 6-21 entró en el despacho con paso seguro y se situó frente a ella, cara a cara, mirándola a través de su casco.

No hizo gesto alguno.

Se quedó allí plantado, sin hacer nada. Mirándola. Parecía estudiar la situación, como si intentara adivinar el próximo movimiento de la chica. Ella le quitó el seguro a la segunda pistola lo más silenciosamente que pudo, y la amartilló, cogiéndolas ambas con fuerza. Respiró hondo, intentando controlarse. Notaba la tensión de sus músculos, estimulados por la adrenalina. Una gota de sudor recorrió su rostro.

De improviso, la chica alzó las armas y comenzó a disparar casi con frenesí. Las detonaciones se sucedían con rapidez, pero, al impactar, las balas rebotaban, acompañadas de un chirrido ligeramente metálico. Viendo la futilidad de su ataque, dejó de disparar. Respiró hondo. El X 6-21 permaneció inmóvil, impasible. Se dio cuenta de que ni siquiera respiraba. Su sentido del peligro le indicó que lo mejor era huir, pero sabía que aquella cosa no se lo permitiría así como así.

Decidió actuar rápido. Soltó las pistolas y, con la mano derecha, cogió una gran silla de oficina y se la arrojó lo más fuerte que pudo. El X 6-21 la golpeó con fuerza arrojándola contra la pared de su izquierda. La chica se lanzó contra él, asestándole puñetazos y patadas para intentar derribarlo, pero sin éxito. Aquél ser (o lo que fuera) la cogió por el cuello, y, asfixiándola, la alzó en el aire con relativa facilidad. Luchando por respirar, logró percatarse de que el X 6-21 la observaba con detenimiento. De repente, la arrojó contra el cristal de su derecha, quedando éste destrozado por el impacto; la chica cayó contra el otro extremo del pasillo, formando una rotura en forma de tela de araña en uno de los paneles solares. El dolor fue intenso, pero no tenía tiempo de centrarse en él. El sonido de la Gatling llenó sus oídos, y eso la hizo ponerse en pie. El X 6-21 cruzó el quicio de la puerta y comenzó a disparar. La chica corrió tan rápido como pudo, oyendo cómo los paneles solares se hacían añicos conforme la ráfaga de la Gatling los alcanzaba. Sus sentidos le jugaban la mala pasada de hacerle percibir la situación a cámara lenta. Oía los paneles estallar, y sus fragmentos caer al suelo a una velocidad ralentizada. Al llegar al panel al que había disparado antes, saltó al vacío, cogiéndose a una de las cuerdas, se deslizó unos metros y paró en seco, balanceándose en el aire y volviendo a una medida de tiempo normal. Sus manos le escocían por el roce de la cuerda. Sabiendo que no podía detenerse, utilizó el balanceo para acercarse al panel solar que tenía enfrente y, decidida, le asestó un puñetazo lo bastante fuerte como para romperlo. Con presteza se coló por la abertura y corrió por el pasillo de ese nivel.

Se coló en el primer despacho que vio abierto y se escondió tras una mesa. Intentó recuperar el aliento, respirando pesadamente, mientras un fuerte dolor le recorría el cuerpo. Se dio cuenta de que tenía un trozo de cristal clavado en el dorso de la mano. Lo extrajo con fuerza, sin pensar. Le dolía y sangraba. Pero nuevamente un hormigueo casi eléctrico le recorrió la herida, cerrándola a su paso. En cuestión de segundos, tal vez uno o dos minutos, ni le dolía ni sangraba. De hecho ya casi no sentía dolor. Se curaba a una velocidad asombrosa.

Poco a poco, fue normalizando su respiración, pero no logró relajarse. Tenía los sentidos bien abiertos, en espera de que aquel «tipo» diera con ella. Pero no fue así. Habían pasado unos diez minutos y no había señales del X 6-21. Nada. Estaba sola.

Parecía un buen momento para pensar. Decidió ordenar sus ideas.

Primero: Había despertado en una especie de tanque de estasis. ¿Por qué? ¿Acaso por algún tipo de experimentación? ¿Qué clase de experimento? Había oído hablar de ciertos estudios sobre cómo acelerar la curación de heridas graves en tanques de líquido nutriente. ¿Acaso había sufrido algún accidente o algún ataque? Por su forma de actuar ante las circunstancias, por su forma de luchar, parecía haber recibido entrenamiento militar. ¿Era soldado? ¿La habían herido en alguna misión? Por más que lo intentaba no lograba recordad nada. ¿Le habían borrado la memoria?

Segundo: Sumado a lo anterior estaba su sorprendente fuerza, su agilidad, y que su cuerpo se curaba de sus heridas a una velocidad asombrosa. Además de sentir un fuerte dolor… eléctrico en su brazo derecho; como si concentrara energía eléctrica o amplificara la de su cuerpo. Lo cual reforzaba la teoría del experimento.

Tercero: Aquél individuo, el X 6-21 -no entendía cómo es que sabía su nombre en clave- surge de pronto en un edificio aparentemente abandonado y mata sin contemplaciones a un equipo enviado para investigar el lugar. ¿Quién enviaría a ese matón? ¿Cómo soportó los disparos sin inmutarse siquiera? ¿Llevaría armadura o…?

Estas eran las cuestiones básicas que le cruzaban la mente. Y no tenía respuesta para ninguna. Se esforzaba por recordar algo, lo que fuera, pero no lo conseguía.

Calculó que habían pasado unos veinte minutos. Ni rastro del X 6-21. Salió al pasillo y caminó en dirección contraria al conducto de los paneles solares. Vio tres o cuatro laboratorios grandes a su paso. Las paredes eran de cristal antigolpes de seguridad. Echó un vistazo al interior de uno de ellos. Estaba bastante bien equipado; máquinas de análisis de todo tipo, de aspecto caro, ordenadores que mostraban los resultados de procesos complicados, centrifugadoras de gran capacidad… pero ni un alma. Se acercó a la puerta, también de cristal, y leyó la ficha de personal colgada en ella. Su mirada recorría los nombres, pero estos no tenían significado alguno para ella. Hasta que encontró uno en particular: Doctor Tomás Sánchez. Genetista.

De algún modo le era familiar.

Volvió a observar el laboratorio. Aquella camilla de exploración, aquella máquina TAC, aquella mesa sobre la que descansaba una bandeja con jeringas…

El doctor Tomás Sánchez…

Y recordó…

Un hombre, de aspecto elegante, sujetando una jeringuilla. Le da unos golpecitos y deja escapar el aire. Su cara está difuminada -debía estar drogada o aturdida- pero percibe los ojos, claros, fríos, penetrantes... La jeringa se introduce en su cuello, en su arteria, liberando su contenido en la sangre. No puede moverse, ni hablar, ni sentir; sólo oye. Frases inconexas llegan a sus oídos, pero no logra entender nada. Sus ojos recorren la habitación: varios hombres y mujeres deambulan por ella, con batas blancas y hojas de ordenador en la mano. Las lámparas del techo iluminan con fuerza, haciendo que le cueste mantener los ojos abiertos. El hombre deja la jeringa en una bandeja y se pone a consultar datos con otro tipo. Los murmullos de los científicos van y vienen, pero ahora empieza a recoger palabras sueltas. Respira hondo, intentando centrarse.

-De acuerdo... -oye decir a alguien, aunque no puede estar segura de si la voz procede del hombre de la jeringa, o de algún otro de los científicos. Todas las voces que percibe parecen distantes-. Mantenlo así... Informa... su... gres... da hora. Y vigi... veles de...

-Así... haré... -responde el otro tipo, y se aleja.

En ese momento, el hombre se da cuenta de que lo está mirando. Se acerca, coge una pequeña linterna de su bolsillo y la enfoca en sus ojos, primero uno, después el otro. Le toma el pulso por el cuello y mira el monitor al que está conectada.

-Doctor...

-Ha... tado -dice el hombre-. Vuel... a... mirla...

El hombre se va. Nota un pequeño pinchazo en su brazo. Unos segundos después siente que la cabeza le da vueltas. Antes de que los ojos se le cerraran definitivamente, logra ver una imagen en 3-D de una triple hélice en la pantalla del ordenador...

...la imagen de la triple hélice. El símbolo de la XenoTech era una cadena de ADN, pero estaba segura de que no le era familiar por eso. Aquella triple hélice tenía un significado, lo sabía, pero ¿cuál? Miró el pequeño panel de control de la puerta: aún funcionaba, de modo que estaría cerrada. Sin embargo, ahora conocía su fuerza. Cogió la ranura para abrirla y tiró de ella.

La puerta de cristal se abrió con suma facilidad.

La teniente Miranda Flores recorría un pasillo largo, aséptico y lleno de puertas. Es como si hubieran recortado todas las plantas de este edificio con el mismo patrón, pensó. Son todas virtualmente idénticas. Llevaba quince minutos buscando una forma de subir una o dos plantas para intentar encontrar al sargento García, con la tenue esperanza de que siguiera vivo. Se movía despacio, con extrema cautela; no quería encontrarse con aquél maldito individuo.

Aún estaba conmocionada por la muerte de sus hombres; había ocurrido todo tan deprisa que no había tenido tiempo de reaccionar, de pensar. No pudo hacer nada. ¿Se habría cargado él a todo el mundo? ¿Había provocado que todo el personal de fuera, que intentaran escapar para salvar la vida? Pero no había cadáveres, ni un solo cuerpo, ni sangre, ni huellas o marcas de disparos, nada. Nada.

Unos pasos la sacaron de sus pensamientos. Venían del otro lado de la curva que formaba el pasillo. Apuntó el arma en la dirección de que procedían y esperó unos segundos, con la tensión marcada en el rostro.

La silueta apareció delante de ella, y ambos se apuntaron el uno al otro en un acto reflejo.

-¡Alto! -chilló Flores.

-¡Joder, teniente!

Al ver quién era bajó su arma.

-Víctor. Sigues vivo.

-Usted también. ¿Y la chica?

-Se quedó atrás, distrayendo a aquél tipo. ¿Cómo me has encontrado?

-Seguí su localizador personal con mi PDA.

Flores vio que un breve pitido intermitente destellaba en la pequeña pantalla, dentro de un diagrama del lugar.

-¿Puedes utilizarlo para encontrar a la chica? -preguntó.

-Sí -dijo Víctor, empezando a teclear en su PDA-. Aunque ella no lleva localizador, si abre una puerta, por ejemplo, el sistema me indicará dónde se encuentra. -Miró la pantalla unos segundos-. Una puerta de seguridad acaba de abrirse en la planta 30. Pasillo este; laboratorio de Genética Avanzada de Nivel Uno.

-Bien. Vamos a buscarla.

 

Era como si no le hubieran asegurado el cierre. La puerta se deslizó suavemente a un lado y ella entró en el laboratorio. Caminaba paso a paso, observando el lugar atentamente, hasta el más mínimo detalle. Recordaba aquél lugar, pero sólo vagamente. Era una imagen confusa en su cabeza.

Contempló la mesa de operaciones, el carrito móvil con la bandeja de jeringas e instrumental básico... Su mirada pasó por el resto del lugar, describiendo un círculo lento. Nada. Ningún otro recuerdo, ninguna otra imagen.

Miró a su derecha; había percibido un ligero movimiento.

Allí había alguien.

Sacó una pistola de su funda, la amartilló y avanzó despacio. Poco a poco vio el cuerpo de un hombre con bata de laboratorio tendido en el suelo, de lado. Cuando llegó hasta él, lo puso boaarriba. No. No era el tipo de su recuerdo. Este hombre era algo más joven, de rasgos más suaves, rubio. Miró el nombre, bordado sobre uno de los bolsillos de la bata: Dr. Tomás Sánchez. Frunció el ceño. Si éste hombre era el dr. Sánchez, ¿quién era el hombre de su recuerdo?

El Dr. Sánchez abrió los ojos de golpe, mirándola con terror un segundo. La empujó lo más fuerte que pudo, haciéndola caer al suelo, se incorporó y empezó a correr. Ella se puso en pie en el acto y disparó su arma. La bala ni siquiera rozó al científico -fue a parar a una columna- pero el sonido del disparo bastó para hacer que se detuviera en seco. Se dio la vuelta despacio, respirando pesadamente. No se atrevía a mirarla; su miedo parecía extremo.

-¿El doctor Sánchez?

-¿Qué quieres? -su voz delataba la tensión que sentía.

-Saber quién soy -dijo ella, bajando el arma.

-¿Qué? -sorpresa unida al miedo.

-Vaya, aquí estás.

La teniente Flores y el sargento García entraron en el laboratorio, observando la situación.

-Sigues viva. ¿Cómo lo has conseguido?

-Salté a esta planta -dijo ella, encogiéndose de hombros.

-Ya. ¿Y usted es...?

-Es el doctor Tomás Sánchez -dijo la chica.

-¿Le conoces? -preguntó Flores, sorprendida.

-He recordado su nombre. Pero no lo recuerdo a él.

-¿Has tenido un recuerdo?

-Fugaz. Había un hombre, pero no era él. -Miró al Dr. Sánchez-. Estaban inyectándome algo. Experimentaban conmigo.

-¿Tú eres -dijo el científico con temor- parte del Proyecto A 1-18?

-Creo que soy el Proyecto A 1-18 -recalcó la chica-. No tengo ningún recuerdo de mi vida. No sé quién o qué soy. La agradecería que pudiera ponerme al día.

-Dios mío -murmuró el dr. Sánchez-. ¿No recuerdas nada?

Ella negó con la cabeza.

-Está bien -empezó el Dr. Sánchez-. Creo que lo primero que tendrías que saber es tu nombre. Te llamas Sonia. No sé tu apellido, no me lo dijeron. Perteneces al ejército regular, aunque tampoco sé cuál es tu rango. En una misión en Irak resultaste gravemente herida. Cuando por fin te trajeron a Estados Unidos... no pudieron hacer nada por ti. Moriste.

-¿Qué? -el asombro cayó sobre la chica, Sonia, como una tonelada de ladrillos. Muerta. ¿Le estaba diciendo que en realidad estaba muerta?

-Sé que es difícil asimilarlo, y mucho más aceptarlo -dijo el Dr. Sánchez-, pero es la verdad. Moriste en una misión en Irak... hace 4 años. Tu cuerpo actual es sólo un clon, modificado genéticamente para hacer una versión mejor de ti misma. Más fuerte, más ágil, más eficiente.

Confusa y enfurecida, Sonia avanzó un paso hacia el científico, apretando el puño.

-¿Qué me ha hecho? -Su voz fue suave pero firme. Sus ojos centellearon.

-Es difícil de explicar...

-Simplifíquelo.

-Bueno... Todo ADN humano está compuesto por cuatro bases nitrogenadas, combinadas en una doble hélice. Una combinación en concreto nos hace ser lo que somos: humanos. Esa combinación perfila todas nuestras características físicas. Hace 30 años se creó la Sección de Desarrollo del Potencial Humano. Su objetivo era descifrar y alterar la combinación del ADN para activar ciertas facultades latentes en nuestro organismo, como por ejemplo la regeneración celular avanzada, que permitiría cicatrizar las heridas rápidamente, incluso las más graves, evitando así la muerte.

-El proyecto del Súper-soldado -dijo la teniente Flores.

-Sí, también se le conoce así -dijo el Dr. Sánchez-. Los primeros experimentos no dieron muy buen resultado. Hace unos años se nos ocurrió probar con una tercera hélice. Dicho de forma sencilla, la creamos mediante una replicación de las dos originales y la «acoplamos» a la cadena de ADN. A tú cadena de ADN. Te clonamos utilizando esa triple hélice. Hicimos un seguimiento detallado y exhaustivo de todo el proceso, corrigiendo los defectos que te hacían... bueno, menos humana. Al final conseguimos una cierta estabilidad en el desarrollo. Los resultados fueron interesantes, inesperados... e inestables.

-Si los resultados eran inestables, ¿por qué experimentó conmigo? -Sonia avanzó otro paso.

-Porque, querida, ya estabas muerta -espetó el Dr. Sánchez-. No tenías familia que te reclamara. El Ejército cedió tu cuerpo para el experimento. Todas las pruebas del proyecto Triple Hélice se han llevado a cabo contigo. Bueno, no exactamente. Tú eres la versión 18 del experimento. La mejor hasta el momento, si me permites decirlo.

Sonia recordó el letrero del tanque de estásis en el que había despertado: Proyecto A 1-18. Y entonces comprendió.

-No desperté por accidente, ¿verdad? Me activasteis. Vosotros montasteis este... escenario. -Miró a Flores. Parecía perpleja, pero entendía lo que quería decir-. Vosotros enviasteis al X 6-21, ¿verdad?

-¿Cómo sabes...?

-¿Verdad? -la voz de Sonia subió dos tonos. Avanzó un paso más.

-Teníamos que ver los resultados -alegó el Dr. Sánchez-. Teníamos que comprobar la viabilidad del experimento.

-Cierto.

Sonia, Flores y el sargento García se dieron la vuelta y vieron a un tipo con un traje negro, escoltado por dos guardaespaldas que les apuntaban. Otros doce hombres aparecieron desde otras entradas del laboratorio, rodeándolos. Sus armas parecían diferentes, más modernas: pistolas eléctricas paralizantes y rifles de impulsos cortos.

-Y debo decir -continuó el hombre- que hasta ahora has sido un éxito.

-¿Y quién coño es usted? -preguntó Flores, desafiante.

-El director de este proyecto.

Sonia lo miró fijamente. Aquellos ojos...

-Usted es el hombre de mi recuerdo -murmuró-. Usted me hizo esto. Usted me... clonó.

-En efecto -admitió el hombre-. Yo te mejoré. Te convertí en lo que ahora eres. Te he observado desde que despertaste. Lo has hecho muy bien. Has respondido con energía a esta situación. Pero aún queda una última prueba que pasar. -Se hizo a un lado y dejó paso a una figura vestida de negro, fuertemente armada-. Les presento al X 6-21. Un proyecto en paralelo junto contigo. Otra forma de mejorar a un soldado. Te lo mostraré. Suelta las armas.

El X 6-21 dejó en el suelo la Gatling , un par de pistolas, la munición y un cuchillo.

-Ahora -dijo el hombre- quítate el casco.

Obediente y silencioso, el X 6-21 cogió el casco y lo levantó por encima de su cabeza. Sonia, Flores y el sargento García no pudieron evitar una expresión de asombro. El X 6-21 dejó caer el casco al suelo y les miró fijamente. Sonia había visto su imagen reflejada en los cristales de los laboratorios. Aquél reflejo era más sólido. Su viva imagen, salvo por la placa irregular de metal en su rostro. Su clon. Otro clon como ella. Una gemela malvada.

-Sorprendida, veo -dijo el hombre-. Contigo investigábamos la evolución genética, modificar el ADN introduciendo una tercera hélice. Con ella investigamos la evolución cibernética, fusionar el hombre y la máquina. Parte de su torso, un brazo, las piernas... están hechas de una nueva aleación de metal, cubiertas de su tejido vivo. Tiene un chip en el cerebro que le permite procesar la información más rápido, conectarse a los ordenadores... y al mismo tiempo nos permite a nosotros controlarla. No tiene emociones de ninguna clase. Ella también se ha portado de una forma excelente.

-Esa cosa ha matado a mis hombres -exclamó Flores.

-Daños colaterales, Teniente -repuso el hombre-. En cualquier caso, ha llegado el momento de una última demostración. Pelead.

-No -dijo Sonia con firmeza-. No pienso seguirle el juego.

-¿Segura?

Se mantuvo firme, sin contestar.

A un gesto del hombre del traje uno de los guardaespaldas abrió fuego. El sargento García emitió un alarido de dolor y sorpresa mientras caía al suelo, quedando inmóvil.

-¡Víctor! -gritó Flores.

Una docena de armas se amartillaron.

-Pelea -ordenó el hombre-, o la siguiente será ella.

Sonia lo miró con odio encendido en los ojos. Dejó caer las armas al suelo y apretó los puños. El X 6-21 avanzó hacia ella. Quería intentar mantener las distancias unos segundos para idear una estrategia, ya que sabía que no podía vencerle sólo por la fuerza. Pero el X 6-21 se abalanzó sobre ella. Consiguió esquivar los puñetazos que se le venían encima con un acto reflejo y contraatacó. Sus ganchos de derecha e izquierda impactaron en cara y torso, seguidos de una fuerte patada, pero su adversario siguió en pie. Quiso asestarle otro golpe, pero el X6-21 se lo detuvo, y con la otra mano movida en arco la impulsó contra una columna.

El impacto la dejó de rodillas en el suelo. El ya conocido dolor electrizante le agarrotó el brazo derecho, dibujando una mueca en su cara. ¡Ahora no! pensó. Oía los pasos del X 6-21 acercándose, pero fue incapaz de moverse. Cuando por fin lo lograba, aquél reflejo medio cubierto de metal la cogió por el cuello con fuerza y la alzó en el aire. La presión no le permitía respirar. Más allá de aquel brazo vio la cara del clon cibernético. Sus ojos estaban completamente vacíos de cualquier emoción. Luchando por respirar, Sonia deslizó su mano izquierda por la espalda hasta la cintura y cogió un gran cuchillo del ejército. Con un movimiento lo más rápido y preciso que pudo, lo clavó en el brazo que la sujetaba. La cara de su oponente no mostró ningún cambio, no sentía ningún dolor. En un último intento, hizo girar la hoja del cuchillo dentro del brazo del cyborg. La mano se abrió de golpe, dejándola caer bruscamente al suelo.

El hombre del traje miró a un técnico situado a su derecha. Mediante su ordenador portátil, éste controlaba y diagnosticaba al X 6-21.

-El control principal del antebrazo izquierdo ha sido inutilizado -informó.

Sonia se concentró en respirar, incorporándose. Por suerte había dañado algo. Pero antes de que se repusiera una fuerte patada la arrojó al suelo, alejándola varios metros. La teniente Flores contempló la escena horrorizada. Observó al hombre del traje, que parecía analizarla críticamente, y luego intercambió una fugaz mirada con Sonia, que intentaba levantarse.

El X 6-21 se arrancó el cuchillo de su brazo dañado y lo lanzó contra su rival. Un súbito y ardiente dolor asaltó a Sonia. Se sintió débil, como si fuera a desmayarse. Miró la herida, situada bajo un pulmón. Cogió el cuchillo y se lo sacó. Notó la sangre en su piel, y cómo la herida se cerraba por sí sola. Respiró hondo, reponiéndose poco a poco. Dejó caer el arma blanca al suelo. El electrizante dolor se había concentrado en su brazo derecho. Se miró la mano y vio una pequeña carga eléctrica bailar entre los dedos. Se le ocurrió la descabellada idea de que podía utilizarlo. Mientras el X 6-21 se acercaba, Sonia intentó concentrar más energía. El baile eléctrico se intensificó. Los ojos le brillaron tenue y fugazmente.

Entonces corrió directa hacia el cyborg, y le asestó un puñetazo con su mano izquierda lo más fuerte que pudo. Después extendió la derecha y logró dirigir la electricidad que había concentrado directa al torso de la máquina. La energía se expandió y recorrió por entero el cuerpo del X 6-21, para luego dispersarse.

-Daños en circuitos secundarios y funciones sinápticas -informó el técnico-. Eficacia reducida al 87%.

-Sorprendente -murmuró el hombre del traje-. Es capaz de amplificar la bioelectricidad de su cuerpo.

El X 6-21 se recompuso e intentó atacar a Sonia. Ésta lo esquivó dando una voltereta en el suelo en dirección al cuchillo. Lo cogió con firmeza y, gritando a voz en cuello, se lanzó contra el cyborg, que ya venía hacia ella. Hundió la hoja hasta el mango a la altura de lo que sería el corazón, y con un movimiento seco la hizo girar, partiendo el cuchillo en dos. Describió un arco con el brazo, el mango del cuchillo aún en su mano, y golpeó fuertemente la cabeza de su rival, haciéndole caer al suelo.

Por un momento, el tiempo pareció detenerse.

-La célula de energía del X 6- 21 ha sido perforada -dijo el técnico-. El sistema se ha cerrado por seguridad. No puede seguir combatiendo.

-Excelente -fue la respuesta.

La teniente Flores se acercó a Sonia.

-¿Estás bien?

Sin llegar a responder, Sonia se desplomó en el suelo. Flores se arrodilló sobre ella, e hizo que la mirara a los ojos.

-Sonia. Sonia. ¡Doctor Sánchez!

El científico se acercó con un bioescáner y observó las lecturas.

-Su sistema nervioso está sobrecargado -dijo-. Los procesos químicos a nivel celular muestran patrones incoherentes. -Miró a Flores-. Se muere.

-Sonia -dijo Flores.

-Miranda... -dijo Sonia, con voz débil-. Nunca dejes... que te utilicen... así...

Finalmente cerró los ojos y expiró.

El hombre del traje se acercó a ella. Su pose denotaba orgullo. Sus guardaespaldas comenzaron a retirar los cadáveres y el cyborg.

-Debo decirle, teniente Flores, que su actuación ha sido excelente -elogió.

-Cuando me expusieron la misión, Dr. Ramson, -dijo Flores, con tono grave, incorporándose-, no me dijeron que mis hombres iban a morir.

-Teníamos que plantear un escenario lo más real posible -arguyó el científico, con firmeza-. Eso incluía munición real. -Ella lo fulminó con la mirada, pero Ramson no se inmutó-. En cualquier caso un nuevo Equipo Alfa estará bajo sus órdenes dentro de una semana, teniente. Tómese unos días de permiso hasta entonces.

El Dr. Ramson se encaminó hacia la puerta, seguido del dr. Sánchez.

-¡Dr. Ramson! -llamó Flores-. Dijeron que Sonia fue clonada. ¿Hay más como ella?

Sin responder a la pregunta, Ramson y Sánchez salieron del laboratorio.

 

Habían pasado varias horas.

El Dr. Ramson entró en un laboratorio de máxima seguridad situado en el piso 47 del edificio de la XenoTech. El experimento de situación real que habían llevado a cabo, pese a la muerte del A 1-18 y los daños causados al X 6-21, resultó provechoso. Los fallos descubiertos eran corregibles, los resultados finales excelentes, y los datos recabados interesantes. La Fase 5, Situación Real, había concluido. Tras la corrección de los fallos surgidos, daría comienzo la Fase 6: Producción en Cadena.

El tanque de estásis que había frente a él emitía una tenue luz azulada. El Dr. Sánchez tomaba notas en su hoja de ordenador y comprobaba las lecturas del panel de control. Las constantes se registraban continuamente.

-¿Cómo va? -preguntó Ramson.

-La lista preliminar de fallos genéticos que me ha facilitado puede corregirse -dijo el Dr. Sánchez-, pero no en esta versión. Para arreglarlos es preciso comenzar desde las primeras células del embrión.

-No importa -dijo Ramson, mirando la parte superior del cilindro. El rótulo rezaba: Proyecto A 1-19-. Repetiremos el experimento para contrastar datos. ¿Está lista?

-Lo estará dentro de dos días.

-Muy bien.

Se acercó más al cilindro de cristal, hasta que logró ver el interior. La chica, desnuda, estaba conectada a una docena decables y a un grueso tubo de respiración. El clon 19 de Sonia, perteneciente al Proyecto A 1 respiraba con normalidad, dormida.

-En dos días reiniciaremos el experimento.

De repente, el clon abrió los ojos y le miró fijamente.

 

publicado en febrero de 2009

 
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