| Abrió
los ojos.
Una
cálida humedad envolvía su cuerpo. En
su boca había un tubo que le permitía
respirar; tenía cables conectados a los brazos,
las piernas, el torso, y, por lo que podía sentir,
también en la espalda. Estaba desnuda, flotando,
entre burbujas liberadas al ritmo de su respiración.
El líquido era ligeramente transparente, al igual
que el cristal del tubo en el que se encontraba sumergida.
Enfocó los ojos y, a través de ese cristal,
logró ver lo que parecía ser una especie
de laboratorio. Había un par de mesas con tubos,
placas de ensayo y muestras para analizar. Al otro lado
de la habitación había tres o cuatro ordenadores
de sobremesa. Dos máquinas para análisis
descansaban junto a una pared. En otra mesa había
hojas de ordenador con notas…
Lo
que no había era científicos.
Se
dio cuenta de que no oía ningún ruido,
ninguna voz, nada salvo el sonido de su propia respiración.
De pronto, fue plenamente consciente de su situación,
y el deseo de salir de allí la invadió.
Levantó
las manos hasta tocar el cristal, e intentó empujarlo.
No se movió. El líquido y su ligero aturdimiento
entorpecían sus movimientos. Golpeó varias
veces el cristal, hasta que el sistema de apertura automática
se activó. El líquido fue absorbido del
cilindro, posándola en el suelo, y el cristal
se abrió hacia un lado. Con dificultad, se sacó
el tubo de respiración de la boca, tosiendo.
Respiró por sí sola un par de largas bocanadas
de aire y trató de calmarse. Salió despacio
del cilindro, notando cómo los cables de su espalda
se tensaban y se soltaban con un doloroso tirón.
Contrajo la cara por el dolor y contuvo el grito que
se estaba formando en su garganta. Uno a uno, tiró
del resto de los cables que tenía conectados,
ignorando el dolor que le producían. Respiraba
de forma entrecortada y se sintió ligeramente
mareada. Cuando logró calmase un poco, sintió
frío, pero no vio nada con lo que cubrirse. Se
acarició los brazos y caminó por el laboratorio.
Se
acercó despacio a una de las mesas. El microscopio
electrónico estaba encendido, conectado a un
monitor que mostraba lo que se veía a través
de las lentes. Una hoja de ordenador descansaba junto
a una esquina. La cogió y la observó unos
segundos, dándose cuenta de que estaba encendida.
En la pantalla leyó:
Proyecto
A 1-18
Miró
el cilindro en el que había estado sumergida.
En la parte superior se leía también:
A 1-18. Ese archivo hacía referencia a ella.
Quizás explicara por qué había
estado sumergida allí. Tecleó en la pantalla
para intentar leerlo, pero el archivo le pedía
una contraseña. Contraseña que no sabía.
Dejó la hoja sobre la mesa y se dirigió
hacia la puerta. Era una puerta de cristal de seguridad.
Estaba abierta. Se preguntó qué había
pasado allí. Era como si hubieran abandonado
aquel lugar.
Con
cautela, salió al pasillo. Estaba desierto. Sintiendo
algo de frío, avanzó pasillo abajo. Había
varios laboratorios a derecha e izquierda, pero también
habían sido abandonados.
Tras
caminar varios minutos, llegó a una encrucijada.
Decidió ir hacia la izquierda. Cuando llegó
al fondo del corredor vio una ventana, hecha añicos,
y se asomó por ella. Era de noche. Un frío
viento le acarició la piel. Al parecer estaba
en un edificio alto; por lo que pudo calcular se encontraba
en el piso 35, más o menos. El exterior estaba
tranquilo, casi sobrenaturalmente silencioso. Parte
del edificio se extendía a su izquierda; parecía
ser inmenso.
Desvió
su atención a una puerta cercana con el rótulo:
ARMAS Y EQUIPAMIENTO. A su lado había un pequeño
panel para insertar una clave. Clave que tampoco sabía.
Observó detenidamente el panel y vio que estaba
apagado. Tal vez podría saltarse lo de la clave.
Cogió el manillar de la puerta y la empujó.
No obtuvo resultado. La puerta estaba cerrada. Intentó
tirarla abajo dándole una patada, pero se trataba
de una puerta con cierre de seguridad, diseñada
para resistir golpes e intentos de forzarla. Sin embargo,
algo en su cabeza le decía que podía hacerlo.
Era un pensamiento absurdo, claro. ¿Cómo
podía ella tirar una puerta de seguridad abajo
por sí sola? Aun así, decidió intentarlo
otra vez. Puso su mano justo por encima del manillar
y empujó, tensando los músculos de su
brazo, ejerciendo cada vez más presión,
hasta que, finalmente, la puerta cedió y se abrió
de golpe hacia dentro.
Quedó
impresionada de su propia fuerza. Miró su mano,
flexionando ligeramente los dedos. No era normal. De
algún modo sabía que aquello no era normal.
Pero ahora no podía preocuparse de eso; tenía
la extraña sensación de que debía
moverse rápido. Miró un segundo hacia
el pasillo y cayó en la cuenta de que no oyó
ninguna alarma. No había saltado ningún
dispositivo de seguridad. Todo estaba en silencio.
Entró
en la habitación, avanzando con cautela, y contempló
un amplio grupo de estanterías llenas de armas
y equipamiento militar. En la pared había varios
armeros más, y un par de grandes armarios. Todo
aquello le era extrañamente familiar, pero no
estaba segura de cómo o por qué. ¿Acaso
había estado allí antes? Lo intentó,
pero, por alguna razón, no podía recordarlo.
Sin darle mayor importancia, se dirigió a una
estantería en la que colgaban uniformes. Si bien
las armas parecían ser militares, los uniformes
tenían pinta de pertenecer a una empresa privada.
Observó el logotipo en la solapa de uno de ellos:
el dibujo de lo que parecía una cadena de ADN.
A su lado estaba grabado el nombre XenoTech.
El mismo logotipo aparecía también en
las armas.
Con
presteza, cogió unos pantalones y una camiseta
de manga corta. Las botas estaban al pie de la estantería.
Todas las prendas tenían el mismo logotipo. Acertando
su talla, se vistió, y rápidamente pasó
a las estanterías de las armas. Éstas
estaban muy bien provistas: pistolas, rifles ligeros
de asalto, ametralladoras, escopetas, munición
a espuertas… Suficiente para abastecer a un
ejército, pensó. En previsión
de encontrarse con elementos poco amistosos, se sirvió
unas cuantas armas ligeras, una de gran calibre, y un
generoso surtido de munición para todas ellas.
También cogió un par de cuchillos que
había en una estantería cercana a los
rifles. Luego salió de la habitación.
Ya
en el pasillo, volvió sobre sus pasos unos cuantos
metros hasta llegar a un ascensor que había visto
antes, y pulsó el botón de llamada. El
aparato no respondió. Al parecer todo lo que
había en aquella planta estaba desactivado o
no funcionaba. No vio la puerta que daba a las escaleras.
Tendría que encontrar otra manera de salir.
Había
avanzado sólo un par de pasos cuando, de pronto,
una repentina y electrizante punzada de dolor recorrió
todo su cuerpo. Se retorció en sí misma
y sintió que se mareaba. Se tocó la cabeza
con una mano, apretándose el costado con la otra.
En unos segundos, el dolor desapareció sin más.
Aturdida y confusa, se incorporó, apoyándose
en la pared. Una extraña sensación de
hormigueo le recorrió el brazo derecho. ¿Qué
demonios…? pensó, pero de inmediato
abandonó la idea. Antes de plantearse el averiguar
nada tenía que salir de allí.
Siguió
avanzando pasillo abajo.
La
teniente Miranda Flores estaba al mando del Equipo de
Seguridad Alfa, compuesto por seis miembros, que había
sido desplegado hacía 90 minutos para efectuar
un barrido del edificio y neutralizar la amenaza. Su
comandante le había informado de que el edificio
había sufrido un ataque enemigo, un acto de espionaje
industrial y sabotaje. Por lo visto la seguridad de
varias plantas, concretamente de la 21 a la 40, había
sido comprometida. Estas plantas del edificio comprendían
laboratorios de investigación y desarrollo de
armamento militar, es decir, la sección más
peligrosa del complejo.
En
ese momento se hallaban en la planta 34, pasillo sur.
Habían peinado ya varias de las plantas afectadas,
una por una, revisándolas a conciencia, pero
no habían encontrado señales del enemigo.
Al parecer el edificio estaba desierto. Empezaban a
pensar que se habían ido, que habían conseguido
lo que querían, fuera lo que fuera, y se habían
largado. Por otro lado, tampoco habían encontrado
a ningún científico. Flores esperaba que
aquello fuera sinónimo de evacuación,
y no de exterminio, pero… Avanzaron varios metros
más en formación y, al llegar a una esquina,
Flores hizo una señal para que se detuvieran.
Echó un vistazo: no había nadie. Segundos
después, dos de sus hombres, que habían
ido por delante para estudiar el terreno, aparecieron
por otra esquina y se reunieron con ellos.
-Informen
-ordenó Flores.
-No
hemos encontrado a nadie aquí tampoco, teniente
-dijo el soldado Elías-. Ni siquiera
cadáveres. Nada. Me temo que hemos llegado tarde
a la fiesta. Es como si todo el mundo se hubiera esfumado.
-Entiendo
-dijo Flores, mostrándose algo pensativa.
-¿Quiere
que continuemos? -preguntó el soldado Carlos
Aguilar.
-Mientras
no recibamos nuevas órdenes, o nos aseguremos
de que no hay nadie, seguiremos adelante -asintió
Flores-. ¿El camino está despejado?
-Sí.
Las escaleras están un pasillo más allá.
-Bien.
Vamos.
-Teniente
-llamó el sargento Víctor García-.
Mire esto.
Flores
se acercó al sargento y observó la pantalla
de la PDA que llevaba sujeta al antebrazo derecho. Una
señal de aviso aparecía en pantalla, junto
a un plano esquemático del edificio. La señal
se originaba una planta más arriba.
-Algo
se ha activado -dijo Flores.
-Sí.
-El sargento Víctor manipuló el
miniteclado-. Al parecer, un tanque de estasis
se ha abierto hace unos minutos.
-¿Por
qué motivo? -inquirió Flores.
-No
lo sé. Tal vez, los que se han colado en el edificio
han venido a buscar lo que hubiera en ese tanque.
-Así
que es posible que aún haya hostiles -murmuró
Flores-. Averigüémoslo. Elías,
Carlos, cubrid el frente. Laura, Alex, la retaguardia.
-Quitó el seguro de su arma-. Mantened
los ojos abiertos. Víctor, guíanos. Adelante.
Caminaba
deprisa, con los sentidos alerta, sus manos junto a
las pistolas, lista para usarlas en cualquier momento.
Había recorrido ya varios pasillos sin encontrar
un medio de salir de allí. Lo cierto es que sin
un mapa con el que guiarse, no le iba a ser fácil
encontrar salida alguna. Pese a la extraña y
continua sensación de que ya había estado
allí antes, lo cierto es que no conocía
el edificio. Tampoco conocía la situación
reciente del mismo. Aquellos hechos, y su vacío
entorno, hacían que en su mente sólo hubiera
una idea: abandonar el edificio cuanto antes.
El
pasillo que recorría ahora era amplio, de paredes
lisas, y con pocas puertas de despachos o cualquier
otro tipo de habitación. La luz era tenue. Dobló
la primera esquina que encontró y se detuvo.
Había oído sonidos de pasos. Eran tenues,
probablemente se encontraban a cuarenta metros. Delante
de ella. Retrocedió y se situó en la esquina
que acababa de doblar, la espalda contra la pared, y
esperó. Agudizó el oído. Los pasos
sonaban a intervalos cortos, lo que indicaba que eran
varias personas -de cuatro a seis, calculó-
y se movían por parejas, tomando posiciones de
forma alternativa. Cuando esas personas se aproximaron
a la esquina, redujeron ligeramente su ritmo. Eran cautelosos.
Por lo que pudo distinguir, dos de ellos se destacaron
un poco. Se acercaban.
Esperó.
Los
pasos siguieron acercándose, despacio. Vio asomar
un par de rifles, sujetos por sus dueños, que
también comenzaban a perfilarse: primero los
brazos, la cabeza, el torso… Respiró hondo
y emprendió la iniciativa.
Cogió
el rifle más cercano y lo levantó por
encima de la cabeza de su portador, asestándole
después un golpe con el codo que lo dejó
tendido en el suelo. Antes de que el primer hombre cayera,
giró sobre sí misma y le dio una patada
en el estómago al segundo, sin que éste
pudiera reaccionar.
-¡Alto!
-gritó una mujer a un par de metros de
ella.
Sin
hacer caso de la advertencia, sacó una de sus
pistolas y apuntó hacia los demás extraños,
poniéndose a cubierto al mismo tiempo. El sonido
de los rifles de asalto se mezcló con el de la
pistola y todos se movieron rápidamente, intentando
esquivar las balas que volaban en direcciones opuestas.
Al cubrirse tras la esquina, sintió un impacto
en el hombro. Se subió la manga para comprobar
la gravedad de la herida. Una sensación de hormigueo
electrizante le recorrió el hombro, y, en segundos,
la herida se cerró por sí sola. En su
mente empezó a formarse un pensamiento contrariado,
pero se esfumó enseguida cuando oyó pasos
que venían hacia ella, con cautela.
Dobló
la esquina con rapidez, presta a disparar, pero antes
de que pudiera apretar el gatillo un golpe de kárate
en el antebrazo le hizo soltar la pistola. Bloqueó
la patada que se le venía encima y sujetó
con fuerza el brazo de la mujer, en cuyo rostro apareció
un gesto de dolor. Le asestó un puñetazo
en el pecho y con un golde de rodilla la clavó
en la pared. Describió un rápido círculo,
agachándose para recoger la pistola, pero cuando
se incorporó, su contrincante ya había
sacado su propia pistola y ambas mujeres se apuntaron
mutuamente. Sin embargo, ninguna llegó a disparar.
-¡No
te muevas! -gritó una mujer a su izquierda.
Le estaba apuntando con su rifle de asalto, flanqueada
por otros dos hombres que la apoyaban.
Observó
cómo los dos hombres que había derribado
se levantaban torpemente, con sus armas en mano, apuntándole
también.
Estaba
rodeada.
Los
observó atentamente durante unos segundos; la
tensión se respiraba en el ambiente. Luego observó
a la mujer que estaba frente a ella, apuntándole.
Observó sus ojos: había en ellos un cierto
deje de honestidad.
Con
un movimiento corto y seco, dejó de apuntarle,
poniendo la pistola de lado y alzando las manos.
La
mujer se despegó de la pared y guardó
su pistola.
-¿Quién
coño eres? -preguntó.
Ella
se mostró pensativa un segundo.
-Lo
siento -dijo-, pero creo que no puedo decírtelo.
-¿Por
qué no?
-Porque
no me acuerdo.
La
mujer hizo un gesto de cabeza a uno de sus hombres y
éste bajó su arma y la escaneó.
-Parece
estar bien -dijo. Por lo que ponía en su
uniforme se llamaba C. Aguilar-. No detecto daños
cerebrales. Pero podría estar bajo la influencia
de alguna sustancia.
-Y
vosotros ¿quién coño sois?
-Yo
soy la teniente Miranda Flores, estoy al mando del Equipo
de Seguridad Alfa. Estos son mis hombres. -La
chica leyó los nombres en sus uniformes: Elías,
V. García (sargento), Laura, Alex-. Hemos
venido en respuesta a la brecha de seguridad que ha
sufrido esta sección del edificio.
-¿Brecha
de seguridad?
-Hace
casi dos horas que alguien se ha infiltrado en el edificio,
pero no hemos encontrado a nadie. -La miró
un momento, como evaluándola-. ¿Y
tú?
Ella
negó con la cabeza.
-Hace
unos minutos que desperté de una especie de cilindro…
y esto ya estaba así.
La
teniente Flores miró a Víctor.
-Puede
que esa fuera la señal que detecté antes
-asintió él.
-¿No
has visto a nadie más? -le preguntó
Flores a la chica.
-No.
-¿Ni
siquiera cadáveres?
-No.
-¿De
dónde has sacado esa ropa? Parece un uniforme
de la XenoTech.
Ella
ya había notado que ambas ropas eran idénticas.
-Hay
un almacén de equipamiento al otro lado de esta
planta -explicó.
-Entiendo.
-La teniente Flores se sumió en sus pensamientos
unos segundos-. Bien, dado que desconocemos tu
identidad, debemos tratarte como a una prisionera.
-No
me dejaré esposar -aseguró la chica-.
Si no me queréis con vosotros me iré por
mi camino.
Los
hombres que la rodeaban le apuntaron a la cabeza.
-No
puedo permitírtelo. -Flores la miró
a los ojos-. Pareces peligrosa. Y, además,
también eres sospechosa de lo ocurrido aquí.
Hasta que determine que no eres una amenaza para la
XenoTech no puedo dejarte ir.
-Acepto
acompañaros. Pero no como prisionera.
-¿Puedo
confiar en tu palabra? -inquirió Flores.
-¿Puedo
confiar en la tuya? -repuso la chica.
Flores
tomó aire, considerando sus posibilidades. Suspiró
y, con un movimiento de la cabeza, indicó a sus
hombres que bajaran las armas.
-Está
bien -dijo-. Vendrás con nosotros.
Pero un solo movimiento en falso y te mataré.
¿Está claro?
La
chica asintió con la cabeza. Flores se volvió
hacia el sargento García para consultar el plano
del edificio y discutir su siguiente movimiento.
El
soldado Elías llevaba ya varios minutos mirándola,
especialmente su hombro descubierto, al cual prestaba
una extraña atención. Cuando ella percibió
su mirada, lo miró a su vez con ojos penetrantes.
Elías casi sintió un escalofrío,
pero logró controlarse.
-¿Qué?
-preguntó ella.
-Juraría…
-dijo Elías- que te he dado…
En el hombro.
Ella
se lo miró con aire indiferente. No había
herida.
-Parece
que has fallado -dijo.
Elías
se mostró contrariado.
En
ese momento, la chica presintió algo. Avanzó
un poco, aguzando el oído. Oía pasos.
Fuertes y contundentes. Y venían en su dirección.
-Eh,
¿qué haces? -inquirió el
soldado Alex.
La
chica no respondió. Estaba concentrada, intentando
identificar los pasos que se aproximaban. Parecían
provenir de un solo individuo, pero eran demasiado pesados
para tratarse de una persona normal. Había algo
extraño que no lograba descifrar.
Y
entonces, un nombre apareció en su mente: X 6-21.
Jadeó secamente, sintiendo de nuevo la imperante
necesidad de salir corriendo.
-Eh,
¿qué te pasa? -insistió Alex,
ahora frente a ella.
-Tenemos
que irnos de aquí, enseguida -dijo. Su
voz denotaba tensión.
La
teniente Flores dejó de hablar con Víctor
y se acercó a ella.
-¿Qué
ocurre?
-Estamos
en peligro, tenemos que salir de aquí -insistió
ella-. Se acerca.
-¿Quién?
-inquirió Flores.
-El
X 6-21.
-¿Qué?
-Teniente
-llamó el soldado Aguilar.
Todos
se volvieron en su dirección, oyendo los pesados
pasos. Al otro lado del pasillo, parcialmente oculta
por las sombras, apareció una figura de aspecto
fuerte. Iba vestido con un uniforme negro, sin distintivos.
Portaba un casco con un cristal polarizado que le llegaba
hasta la nariz. El lado derecho de su rostro parecía
estar cubierto por una placa irregular de metal. En
su mano derecha llevaba un arma grande, de extraño
diseño, que parecía...
-Joder
-murmuró Laura-. Lleva una Impaciente.
-¡Alto!
¡Identifíquese! -exigió Flores.
El
sonido que recibió en respuesta le indicó
que el arma estaba amartillada y lista para abrir fuego.
El individuo no se detuvo.
-Va
a disparar. Poneos a cubierto -gritó la
chica.
En
ese momento todo se precipitó. La desconocida
figura abrió fuego mientras todos intentaban
ponerse a cubierto. Aquella Gatling modificada escupió
sus balas a una velocidad increíble, con el sonido
de una motosierra ahogada. Los soldados Elías
y Alex fueron alcanzados en el acto sin tener tiempo
de reaccionar; sus cuerpos acribillados cayeron al suelo
con un golpe sordo.
-¡Vámonos
de aquí! -gritó la teniente Flores.
Mientras
se incorporaban y echaban a correr pasillo abajo, el
soldado Carlos Aguilar disparó con su arma al
hostil, gritando a pleno pulmón. Asombrado vio
que las balas rebotaban en su cuerpo con un sonido ligeramente
metálico, sin causarle daño alguno. ¿Pero
qué…? pensó. En ese momento
su mente se apagó. Una segunda descarga de la
ametralladora le atravesó de arriba a abajo casi
partiéndolo por la mitad.
Cayó
muerto sin tener tiempo de sentir dolor.
-Por
aquí -señaló el sargento
Víctor García, siguiendo el plano de su
PDA-. Este pasillo nos lleva al conducto principal
de alimentación.
Siguieron
corriendo otros cincuenta metros hasta detenerse frente
a un cristal. Se hallaban en un corredor, en apariencia
circular, en cuyo centro había un hueco de veinte
metros de diámetro. El hueco, similar a un tragaluz,
parecía abarcar todo el alto del edificio. En
su cara interior el cristal que lo recubría ofrecía
reflejos como un espejo. Un gigantesco cilindro de cristal
en el centro del edificio.
-¿Qué
es esto? -preguntó la chica.
-Un
juego de paneles solares -respondió el
sargento Víctor-. El edificio obtiene su
energía del sol, así evita depender del
suministro externo. Por la noche se alimenta de unas
baterías ubicadas en el sótano.
-Dejemos
eso para otro momento, ¿vale? -repuso Laura,
golpeando el cristal con la culata de su rifle de asalto.
No se rompió. Le asestó otro par de golpes
sin resultado.
La
chica percibió pasos a lo lejos. El individuo
hostil, el X 6-21, se acercaba por el pasillo. No tardaría
en alcanzarlos.
-Fuera.
Desenfundó
una de sus pistolas y disparó sobre el cristal
hasta vaciar el cargador. Aparentemente no pasó
nada, pero cuando la soldado Laura volvió a golpearlo
con su rifle, el cristal se hizo añicos; sus
fragmentos cayeron al interior del conducto. Con presteza,
el sargento García y Laura se asomaron por la
abertura y dispararon sus pistolas de ascensión,
tensaron las cuerdas y empezaron a subir.
-¡Joder!
-exclamó la teniente Flores al ver al hostil.
Éste,
en el acto, apretó el gatillo y una ráfaga
pasó al lado de ella; casi pudo notar el aire
en movimiento en su mejilla. Apenas tuvo tiempo de oír
el fugaz grito de la soldado Laura antes de que esta
cayera al vacío. El impacto de su caída
se oyó lejano.
-Maldita
sea -dijo el sargento García, acelerando
su ascensión.
Actuando
por instinto, la teniente Flores exhortó a la
chica para que se apartaran de la nueva ráfaga
que el hostil disparaba contra ellas. Evitándola
por los pelos, corrieron unos metros y entraron en un
despacho que estaba abierto.
-Mierda,
mierda -maldijo Flores, cerrando la puerta
y colocando una mesa de oficina contra ella.
La
chica recargó la pistola y desenfundó
otra.
-Vete
-dijo secamente.
-¿Qué?
-Vete.
Yo te cubriré
-¿Pero
qué coño estás diciendo? -preguntó
Flores, alterada-. ¿Te vas a enfrentar
a ese tío? Te matará antes de que puedas
apuntarle siquiera.
-Correré
el riesgo.
Un
fuerte golpe contra la puesta interrumpió lo
que Flores iba a replicar.
-Vete
-repitió la chica.
Se
oyó un segundo golpe. A su pesar, Flores salió
del despacho por la puerta que vio al otro extremo,
y la cerró. Un tercer golpe astilló la
puerta, desencajándola de sus bisagras. El cuarto
la tiró abajo, empujando la mesa contra la pared
de enfrente.
El
X 6-21 entró en el despacho con paso seguro y
se situó frente a ella, cara a cara, mirándola
a través de su casco.
No
hizo gesto alguno.
Se
quedó allí plantado, sin hacer nada. Mirándola.
Parecía estudiar la situación, como si
intentara adivinar el próximo movimiento de la
chica. Ella le quitó el seguro a la segunda pistola
lo más silenciosamente que pudo, y la amartilló,
cogiéndolas ambas con fuerza. Respiró
hondo, intentando controlarse. Notaba la tensión
de sus músculos, estimulados por la adrenalina.
Una gota de sudor recorrió su rostro.
De
improviso, la chica alzó las armas y comenzó
a disparar casi con frenesí. Las detonaciones
se sucedían con rapidez, pero, al impactar, las
balas rebotaban, acompañadas de un chirrido ligeramente
metálico. Viendo la futilidad de su ataque, dejó
de disparar. Respiró hondo. El X 6-21 permaneció
inmóvil, impasible. Se dio cuenta de que ni siquiera
respiraba. Su sentido del peligro le indicó que
lo mejor era huir, pero sabía que aquella cosa
no se lo permitiría así como así.
Decidió
actuar rápido. Soltó las pistolas y, con
la mano derecha, cogió una gran silla de oficina
y se la arrojó lo más fuerte que pudo.
El X 6-21 la golpeó con fuerza arrojándola
contra la pared de su izquierda. La chica se lanzó
contra él, asestándole puñetazos
y patadas para intentar derribarlo, pero sin éxito.
Aquél ser (o lo que fuera) la cogió por
el cuello, y, asfixiándola, la alzó en
el aire con relativa facilidad. Luchando por respirar,
logró percatarse de que el X 6-21 la observaba
con detenimiento. De repente, la arrojó contra
el cristal de su derecha, quedando éste destrozado
por el impacto; la chica cayó contra el otro
extremo del pasillo, formando una rotura en forma de
tela de araña en uno de los paneles solares.
El dolor fue intenso, pero no tenía tiempo de
centrarse en él. El sonido de la Gatling llenó
sus oídos, y eso la hizo ponerse en pie. El X
6-21 cruzó el quicio de la puerta y comenzó
a disparar. La chica corrió tan rápido
como pudo, oyendo cómo los paneles solares se
hacían añicos conforme la ráfaga
de la Gatling los alcanzaba. Sus sentidos le jugaban
la mala pasada de hacerle percibir la situación
a cámara lenta. Oía los paneles estallar,
y sus fragmentos caer al suelo a una velocidad ralentizada.
Al llegar al panel al que había disparado antes,
saltó al vacío, cogiéndose a una
de las cuerdas, se deslizó unos metros y paró
en seco, balanceándose en el aire y volviendo
a una medida de tiempo normal. Sus manos le escocían
por el roce de la cuerda. Sabiendo que no podía
detenerse, utilizó el balanceo para acercarse
al panel solar que tenía enfrente y, decidida,
le asestó un puñetazo lo bastante fuerte
como para romperlo. Con presteza se coló por
la abertura y corrió por el pasillo de ese nivel.
Se
coló en el primer despacho que vio abierto y
se escondió tras una mesa. Intentó recuperar
el aliento, respirando pesadamente, mientras un fuerte
dolor le recorría el cuerpo. Se dio cuenta de
que tenía un trozo de cristal clavado en el dorso
de la mano. Lo extrajo con fuerza, sin pensar. Le dolía
y sangraba. Pero nuevamente un hormigueo casi eléctrico
le recorrió la herida, cerrándola a su
paso. En cuestión de segundos, tal vez uno o
dos minutos, ni le dolía ni sangraba. De hecho
ya casi no sentía dolor. Se curaba a una
velocidad asombrosa.
Poco
a poco, fue normalizando su respiración, pero
no logró relajarse. Tenía los sentidos
bien abiertos, en espera de que aquel «tipo»
diera con ella. Pero no fue así. Habían
pasado unos diez minutos y no había señales
del X 6-21. Nada. Estaba sola.
Parecía
un buen momento para pensar. Decidió ordenar
sus ideas.
Primero:
Había despertado en una especie de tanque de
estasis. ¿Por qué? ¿Acaso por algún
tipo de experimentación? ¿Qué clase
de experimento? Había oído hablar de ciertos
estudios sobre cómo acelerar la curación
de heridas graves en tanques de líquido nutriente.
¿Acaso había sufrido algún accidente
o algún ataque? Por su forma de actuar ante las
circunstancias, por su forma de luchar, parecía
haber recibido entrenamiento militar. ¿Era soldado?
¿La habían herido en alguna misión?
Por más que lo intentaba no lograba recordad
nada. ¿Le habían borrado la memoria?
Segundo:
Sumado a lo anterior estaba su sorprendente fuerza,
su agilidad, y que su cuerpo se curaba de sus heridas
a una velocidad asombrosa. Además de sentir un
fuerte dolor… eléctrico en su
brazo derecho; como si concentrara energía eléctrica
o amplificara la de su cuerpo. Lo cual reforzaba la
teoría del experimento.
Tercero:
Aquél individuo, el X 6-21 -no entendía
cómo es que sabía su nombre en clave-
surge de pronto en un edificio aparentemente abandonado
y mata sin contemplaciones a un equipo enviado para
investigar el lugar. ¿Quién enviaría
a ese matón? ¿Cómo soportó
los disparos sin inmutarse siquiera? ¿Llevaría
armadura o…?
Estas
eran las cuestiones básicas que le cruzaban la
mente. Y no tenía respuesta para ninguna. Se
esforzaba por recordar algo, lo que fuera, pero no lo
conseguía.
Calculó
que habían pasado unos veinte minutos. Ni rastro
del X 6-21. Salió al pasillo y caminó
en dirección contraria al conducto de los paneles
solares. Vio tres o cuatro laboratorios grandes a su
paso. Las paredes eran de cristal antigolpes de seguridad.
Echó un vistazo al interior de uno de ellos.
Estaba bastante bien equipado; máquinas de análisis
de todo tipo, de aspecto caro, ordenadores que mostraban
los resultados de procesos complicados, centrifugadoras
de gran capacidad… pero ni un alma. Se acercó
a la puerta, también de cristal, y leyó
la ficha de personal colgada en ella. Su mirada recorría
los nombres, pero estos no tenían significado
alguno para ella. Hasta que encontró uno en particular:
Doctor Tomás Sánchez. Genetista.
De
algún modo le era familiar.
Volvió
a observar el laboratorio. Aquella camilla de exploración,
aquella máquina TAC, aquella mesa sobre la que
descansaba una bandeja con jeringas…
El
doctor Tomás Sánchez…
Y
recordó…
Un hombre, de aspecto elegante,
sujetando una jeringuilla. Le da unos golpecitos y deja
escapar el aire. Su cara está difuminada -debía
estar drogada o aturdida- pero percibe los ojos, claros,
fríos, penetrantes... La jeringa se introduce
en su cuello, en su arteria, liberando su contenido
en la sangre. No puede moverse, ni hablar, ni sentir;
sólo oye. Frases inconexas llegan a sus oídos,
pero no logra entender nada. Sus ojos recorren la habitación:
varios hombres y mujeres deambulan por ella, con batas
blancas y hojas de ordenador en la mano. Las lámparas
del techo iluminan con fuerza, haciendo que le cueste
mantener los ojos abiertos. El hombre deja la jeringa
en una bandeja y se pone a consultar datos con otro
tipo. Los murmullos de los científicos van y
vienen, pero ahora empieza a recoger palabras sueltas.
Respira hondo, intentando centrarse.
-De acuerdo... -oye decir a alguien,
aunque no puede estar segura de si la voz procede del
hombre de la jeringa, o de algún otro de los
científicos. Todas las voces que percibe parecen
distantes-. Mantenlo así... Informa... su...
gres... da hora. Y vigi... veles de...
-Así... haré... -responde
el otro tipo, y se aleja.
En ese momento, el hombre se da
cuenta de que lo está mirando. Se acerca, coge
una pequeña linterna de su bolsillo y la enfoca
en sus ojos, primero uno, después el otro. Le
toma el pulso por el cuello y mira el monitor al que
está conectada.
-Doctor...
-Ha... tado -dice el hombre-. Vuel...
a... mirla...
El hombre se va. Nota un pequeño
pinchazo en su brazo. Unos segundos después siente
que la cabeza le da vueltas. Antes de que los ojos se
le cerraran definitivamente, logra ver una imagen en
3-D de una triple hélice en la pantalla del ordenador...
...la
imagen de la triple hélice. El símbolo
de la XenoTech era una cadena de ADN, pero
estaba segura de que no le era familiar por eso. Aquella
triple hélice tenía un significado, lo
sabía, pero ¿cuál? Miró
el pequeño panel de control de la puerta: aún
funcionaba, de modo que estaría cerrada. Sin
embargo, ahora conocía su fuerza. Cogió
la ranura para abrirla y tiró de ella.
La
puerta de cristal se abrió con suma facilidad.
La
teniente Miranda Flores recorría un pasillo largo,
aséptico y lleno de puertas. Es como si hubieran
recortado todas las plantas de este edificio con el
mismo patrón, pensó. Son todas virtualmente
idénticas. Llevaba quince minutos buscando
una forma de subir una o dos plantas para intentar encontrar
al sargento García, con la tenue esperanza de
que siguiera vivo. Se movía despacio, con extrema
cautela; no quería encontrarse con aquél
maldito individuo.
Aún
estaba conmocionada por la muerte de sus hombres; había
ocurrido todo tan deprisa que no había tenido
tiempo de reaccionar, de pensar. No pudo hacer nada.
¿Se habría cargado él a todo el
mundo? ¿Había provocado que todo el personal
de fuera, que intentaran escapar para salvar la vida?
Pero no había cadáveres, ni un solo cuerpo,
ni sangre, ni huellas o marcas de disparos, nada. Nada.
Unos
pasos la sacaron de sus pensamientos. Venían
del otro lado de la curva que formaba el pasillo. Apuntó
el arma en la dirección de que procedían
y esperó unos segundos, con la tensión
marcada en el rostro.
La
silueta apareció delante de ella, y ambos se
apuntaron el uno al otro en un acto reflejo.
-¡Alto!
-chilló Flores.
-¡Joder,
teniente!
Al
ver quién era bajó su arma.
-Víctor.
Sigues vivo.
-Usted
también. ¿Y la chica?
-Se
quedó atrás, distrayendo a aquél
tipo. ¿Cómo me has encontrado?
-Seguí
su localizador personal con mi PDA.
Flores
vio que un breve pitido intermitente destellaba en la
pequeña pantalla, dentro de un diagrama del lugar.
-¿Puedes
utilizarlo para encontrar a la chica? -preguntó.
-Sí
-dijo Víctor, empezando a teclear en su
PDA-. Aunque ella no lleva localizador, si abre
una puerta, por ejemplo, el sistema me indicará
dónde se encuentra. -Miró la pantalla
unos segundos-. Una puerta de seguridad acaba
de abrirse en la planta 30. Pasillo este; laboratorio
de Genética Avanzada de Nivel Uno.
-Bien.
Vamos a buscarla.
Era
como si no le hubieran asegurado el cierre. La puerta
se deslizó suavemente a un lado y ella entró
en el laboratorio. Caminaba paso a paso, observando
el lugar atentamente, hasta el más mínimo
detalle. Recordaba aquél lugar, pero sólo
vagamente. Era una imagen confusa en su cabeza.
Contempló
la mesa de operaciones, el carrito móvil con
la bandeja de jeringas e instrumental básico...
Su mirada pasó por el resto del lugar, describiendo
un círculo lento. Nada. Ningún otro recuerdo,
ninguna otra imagen.
Miró
a su derecha; había percibido un ligero movimiento.
Allí
había alguien.
Sacó
una pistola de su funda, la amartilló y avanzó
despacio. Poco a poco vio el cuerpo de un hombre con
bata de laboratorio tendido en el suelo, de lado. Cuando
llegó hasta él, lo puso boaarriba. No.
No era el tipo de su recuerdo. Este hombre era algo
más joven, de rasgos más suaves, rubio.
Miró el nombre, bordado sobre uno de los bolsillos
de la bata: Dr. Tomás Sánchez. Frunció
el ceño. Si éste hombre era el dr. Sánchez,
¿quién era el hombre de su recuerdo?
El
Dr. Sánchez abrió los ojos de golpe, mirándola
con terror un segundo. La empujó lo más
fuerte que pudo, haciéndola caer al suelo, se
incorporó y empezó a correr. Ella se puso
en pie en el acto y disparó su arma. La bala
ni siquiera rozó al científico -fue
a parar a una columna- pero el sonido del disparo
bastó para hacer que se detuviera en seco. Se
dio la vuelta despacio, respirando pesadamente. No se
atrevía a mirarla; su miedo parecía extremo.
-¿El
doctor Sánchez?
-¿Qué
quieres? -su voz delataba la tensión que
sentía.
-Saber
quién soy -dijo ella, bajando el arma.
-¿Qué?
-sorpresa unida al miedo.
-Vaya,
aquí estás.
La
teniente Flores y el sargento García entraron
en el laboratorio, observando la situación.
-Sigues
viva. ¿Cómo lo has conseguido?
-Salté
a esta planta -dijo ella, encogiéndose
de hombros.
-Ya.
¿Y usted es...?
-Es
el doctor Tomás Sánchez -dijo la
chica.
-¿Le
conoces? -preguntó Flores, sorprendida.
-He
recordado su nombre. Pero no lo recuerdo a él.
-¿Has
tenido un recuerdo?
-Fugaz.
Había un hombre, pero no era él. -Miró
al Dr. Sánchez-. Estaban inyectándome
algo. Experimentaban conmigo.
-¿Tú
eres -dijo el científico con temor-
parte del Proyecto A 1-18?
-Creo
que soy el Proyecto A 1-18 -recalcó la
chica-. No tengo ningún recuerdo de mi
vida. No sé quién o qué soy. La
agradecería que pudiera ponerme al día.
-Dios
mío -murmuró el dr. Sánchez-.
¿No recuerdas nada?
Ella
negó con la cabeza.
-Está
bien -empezó el Dr. Sánchez-.
Creo que lo primero que tendrías que saber es
tu nombre. Te llamas Sonia. No sé tu apellido,
no me lo dijeron. Perteneces al ejército regular,
aunque tampoco sé cuál es tu rango. En
una misión en Irak resultaste gravemente herida.
Cuando por fin te trajeron a Estados Unidos... no pudieron
hacer nada por ti. Moriste.
-¿Qué?
-el asombro cayó sobre la chica, Sonia,
como una tonelada de ladrillos. Muerta. ¿Le estaba
diciendo que en realidad estaba muerta?
-Sé
que es difícil asimilarlo, y mucho más
aceptarlo -dijo el Dr. Sánchez-,
pero es la verdad. Moriste en una misión en Irak...
hace 4 años. Tu cuerpo actual es sólo
un clon, modificado genéticamente para hacer
una versión mejor de ti misma. Más fuerte,
más ágil, más eficiente.
Confusa
y enfurecida, Sonia avanzó un paso hacia el científico,
apretando el puño.
-¿Qué
me ha hecho? -Su voz fue suave pero firme. Sus
ojos centellearon.
-Es
difícil de explicar...
-Simplifíquelo.
-Bueno...
Todo ADN humano está compuesto por cuatro bases
nitrogenadas, combinadas en una doble hélice.
Una combinación en concreto nos hace ser lo que
somos: humanos. Esa combinación perfila todas
nuestras características físicas. Hace
30 años se creó la Sección de Desarrollo
del Potencial Humano. Su objetivo era descifrar y alterar
la combinación del ADN para activar ciertas facultades
latentes en nuestro organismo, como por ejemplo la regeneración
celular avanzada, que permitiría cicatrizar las
heridas rápidamente, incluso las más graves,
evitando así la muerte.
-El
proyecto del Súper-soldado -dijo la teniente
Flores.
-Sí,
también se le conoce así -dijo el
Dr. Sánchez-. Los primeros experimentos
no dieron muy buen resultado. Hace unos años
se nos ocurrió probar con una tercera hélice.
Dicho de forma sencilla, la creamos mediante una replicación
de las dos originales y la «acoplamos» a
la cadena de ADN. A tú cadena de ADN. Te clonamos
utilizando esa triple hélice. Hicimos un seguimiento
detallado y exhaustivo de todo el proceso, corrigiendo
los defectos que te hacían... bueno, menos humana.
Al final conseguimos una cierta estabilidad en
el desarrollo. Los resultados fueron interesantes, inesperados...
e inestables.
-Si
los resultados eran inestables, ¿por qué
experimentó conmigo? -Sonia avanzó
otro paso.
-Porque,
querida, ya estabas muerta -espetó el Dr.
Sánchez-. No tenías familia que
te reclamara. El Ejército cedió tu cuerpo
para el experimento. Todas las pruebas del proyecto
Triple Hélice se han llevado a cabo contigo.
Bueno, no exactamente. Tú eres la versión
18 del experimento. La mejor hasta el momento, si me
permites decirlo.
Sonia
recordó el letrero del tanque de estásis
en el que había despertado: Proyecto A 1-18.
Y entonces comprendió.
-No
desperté por accidente, ¿verdad? Me activasteis.
Vosotros montasteis este... escenario. -Miró
a Flores. Parecía perpleja, pero entendía
lo que quería decir-. Vosotros enviasteis
al X 6-21, ¿verdad?
-¿Cómo
sabes...?
-¿Verdad?
-la voz de Sonia subió dos tonos. Avanzó
un paso más.
-Teníamos
que ver los resultados -alegó el Dr. Sánchez-.
Teníamos que comprobar la viabilidad del experimento.
-Cierto.
Sonia,
Flores y el sargento García se dieron la vuelta
y vieron a un tipo con un traje negro, escoltado por
dos guardaespaldas que les apuntaban. Otros doce hombres
aparecieron desde otras entradas del laboratorio, rodeándolos.
Sus armas parecían diferentes, más modernas:
pistolas eléctricas paralizantes y rifles de
impulsos cortos.
-Y
debo decir -continuó el hombre- que
hasta ahora has sido un éxito.
-¿Y
quién coño es usted? -preguntó
Flores, desafiante.
-El
director de este proyecto.
Sonia
lo miró fijamente. Aquellos ojos...
-Usted
es el hombre de mi recuerdo -murmuró-.
Usted me hizo esto. Usted me... clonó.
-En
efecto -admitió el hombre-. Yo te
mejoré. Te convertí en lo que ahora eres.
Te he observado desde que despertaste. Lo has hecho
muy bien. Has respondido con energía a esta situación.
Pero aún queda una última prueba que pasar.
-Se hizo a un lado y dejó paso a una figura
vestida de negro, fuertemente armada-. Les presento
al X 6-21. Un proyecto en paralelo junto contigo. Otra
forma de mejorar a un soldado. Te lo mostraré.
Suelta las armas.
El
X 6-21 dejó en el suelo la Gatling , un par de
pistolas, la munición y un cuchillo.
-Ahora
-dijo el hombre- quítate el casco.
Obediente
y silencioso, el X 6-21 cogió el casco y lo levantó
por encima de su cabeza. Sonia, Flores y el sargento
García no pudieron evitar una expresión
de asombro. El X 6-21 dejó caer el casco al suelo
y les miró fijamente. Sonia había visto
su imagen reflejada en los cristales de los laboratorios.
Aquél reflejo era más sólido. Su
viva imagen, salvo por la placa irregular de metal en
su rostro. Su clon. Otro clon como ella. Una gemela
malvada.
-Sorprendida,
veo -dijo el hombre-. Contigo investigábamos
la evolución genética, modificar el ADN
introduciendo una tercera hélice. Con ella investigamos
la evolución cibernética, fusionar el
hombre y la máquina. Parte de su torso, un brazo,
las piernas... están hechas de una nueva aleación
de metal, cubiertas de su tejido vivo. Tiene un chip
en el cerebro que le permite procesar la información
más rápido, conectarse a los ordenadores...
y al mismo tiempo nos permite a nosotros controlarla.
No tiene emociones de ninguna clase. Ella también
se ha portado de una forma excelente.
-Esa
cosa ha matado a mis hombres -exclamó Flores.
-Daños
colaterales, Teniente -repuso el hombre-.
En cualquier caso, ha llegado el momento de una última
demostración. Pelead.
-No
-dijo Sonia con firmeza-. No pienso seguirle
el juego.
-¿Segura?
Se
mantuvo firme, sin contestar.
A
un gesto del hombre del traje uno de los guardaespaldas
abrió fuego. El sargento García emitió
un alarido de dolor y sorpresa mientras caía
al suelo, quedando inmóvil.
-¡Víctor!
-gritó Flores.
Una
docena de armas se amartillaron.
-Pelea
-ordenó el hombre-, o la siguiente
será ella.
Sonia
lo miró con odio encendido en los ojos. Dejó
caer las armas al suelo y apretó los puños.
El X 6-21 avanzó hacia ella. Quería intentar
mantener las distancias unos segundos para idear una
estrategia, ya que sabía que no podía
vencerle sólo por la fuerza. Pero el X 6-21 se
abalanzó sobre ella. Consiguió esquivar
los puñetazos que se le venían encima
con un acto reflejo y contraatacó. Sus ganchos
de derecha e izquierda impactaron en cara y torso, seguidos
de una fuerte patada, pero su adversario siguió
en pie. Quiso asestarle otro golpe, pero el X6-21 se
lo detuvo, y con la otra mano movida en arco la impulsó
contra una columna.
El
impacto la dejó de rodillas en el suelo. El ya
conocido dolor electrizante le agarrotó el brazo
derecho, dibujando una mueca en su cara. ¡Ahora
no! pensó. Oía los pasos del X 6-21
acercándose, pero fue incapaz de moverse. Cuando
por fin lo lograba, aquél reflejo medio cubierto
de metal la cogió por el cuello con fuerza y
la alzó en el aire. La presión no le permitía
respirar. Más allá de aquel brazo vio
la cara del clon cibernético. Sus ojos estaban
completamente vacíos de cualquier emoción.
Luchando por respirar, Sonia deslizó su mano
izquierda por la espalda hasta la cintura y cogió
un gran cuchillo del ejército. Con un movimiento
lo más rápido y preciso que pudo, lo clavó
en el brazo que la sujetaba. La cara de su oponente
no mostró ningún cambio, no sentía
ningún dolor. En un último intento, hizo
girar la hoja del cuchillo dentro del brazo del cyborg.
La mano se abrió de golpe, dejándola caer
bruscamente al suelo.
El
hombre del traje miró a un técnico situado
a su derecha. Mediante su ordenador portátil,
éste controlaba y diagnosticaba al X 6-21.
-El
control principal del antebrazo izquierdo ha sido inutilizado
-informó.
Sonia
se concentró en respirar, incorporándose.
Por suerte había dañado algo. Pero antes
de que se repusiera una fuerte patada la arrojó
al suelo, alejándola varios metros. La teniente
Flores contempló la escena horrorizada. Observó
al hombre del traje, que parecía analizarla críticamente,
y luego intercambió una fugaz mirada con Sonia,
que intentaba levantarse.
El
X 6-21 se arrancó el cuchillo de su brazo dañado
y lo lanzó contra su rival. Un súbito
y ardiente dolor asaltó a Sonia. Se sintió
débil, como si fuera a desmayarse. Miró
la herida, situada bajo un pulmón. Cogió
el cuchillo y se lo sacó. Notó la sangre
en su piel, y cómo la herida se cerraba por sí
sola. Respiró hondo, reponiéndose poco
a poco. Dejó caer el arma blanca al suelo. El
electrizante dolor se había concentrado en su
brazo derecho. Se miró la mano y vio una pequeña
carga eléctrica bailar entre los dedos. Se le
ocurrió la descabellada idea de que podía
utilizarlo. Mientras el X 6-21 se acercaba, Sonia intentó
concentrar más energía. El baile eléctrico
se intensificó. Los ojos le brillaron tenue y
fugazmente.
Entonces
corrió directa hacia el cyborg, y le asestó
un puñetazo con su mano izquierda lo más
fuerte que pudo. Después extendió la derecha
y logró dirigir la electricidad que había
concentrado directa al torso de la máquina. La
energía se expandió y recorrió
por entero el cuerpo del X 6-21, para luego dispersarse.
-Daños
en circuitos secundarios y funciones sinápticas
-informó el técnico-. Eficacia
reducida al 87%.
-Sorprendente
-murmuró el hombre del traje-. Es
capaz de amplificar la bioelectricidad de su cuerpo.
El
X 6-21 se recompuso e intentó atacar a Sonia.
Ésta lo esquivó dando una voltereta en
el suelo en dirección al cuchillo. Lo cogió
con firmeza y, gritando a voz en cuello, se lanzó
contra el cyborg, que ya venía hacia ella. Hundió
la hoja hasta el mango a la altura de lo que sería
el corazón, y con un movimiento seco la hizo
girar, partiendo el cuchillo en dos. Describió
un arco con el brazo, el mango del cuchillo aún
en su mano, y golpeó fuertemente la cabeza de
su rival, haciéndole caer al suelo.
Por
un momento, el tiempo pareció detenerse.
-La
célula de energía del X 6- 21 ha sido
perforada -dijo el técnico-. El sistema
se ha cerrado por seguridad. No puede seguir combatiendo.
-Excelente
-fue la respuesta.
La
teniente Flores se acercó a Sonia.
-¿Estás
bien?
Sin
llegar a responder, Sonia se desplomó en el suelo.
Flores se arrodilló sobre ella, e hizo que la
mirara a los ojos.
-Sonia.
Sonia. ¡Doctor Sánchez!
El
científico se acercó con un bioescáner
y observó las lecturas.
-Su
sistema nervioso está sobrecargado -dijo-.
Los procesos químicos a nivel celular muestran
patrones incoherentes. -Miró a Flores-.
Se muere.
-Sonia
-dijo Flores.
-Miranda...
-dijo Sonia, con voz débil-. Nunca
dejes... que te utilicen... así...
Finalmente
cerró los ojos y expiró.
El
hombre del traje se acercó a ella. Su pose denotaba
orgullo. Sus guardaespaldas comenzaron a retirar los
cadáveres y el cyborg.
-Debo
decirle, teniente Flores, que su actuación ha
sido excelente -elogió.
-Cuando
me expusieron la misión, Dr. Ramson, -dijo
Flores, con tono grave, incorporándose-,
no me dijeron que mis hombres iban a morir.
-Teníamos
que plantear un escenario lo más real posible
-arguyó el científico, con firmeza-.
Eso incluía munición real. -Ella
lo fulminó con la mirada, pero Ramson no se inmutó-.
En cualquier caso un nuevo Equipo Alfa estará
bajo sus órdenes dentro de una semana, teniente.
Tómese unos días de permiso hasta entonces.
El
Dr. Ramson se encaminó hacia la puerta, seguido
del dr. Sánchez.
-¡Dr.
Ramson! -llamó Flores-. Dijeron que
Sonia fue clonada. ¿Hay más como ella?
Sin
responder a la pregunta, Ramson y Sánchez salieron
del laboratorio.
Habían
pasado varias horas.
El
Dr. Ramson entró en un laboratorio de máxima
seguridad situado en el piso 47 del edificio de la
XenoTech. El experimento de situación real
que habían llevado a cabo, pese a la muerte del
A 1-18 y los daños causados al X 6-21, resultó
provechoso. Los fallos descubiertos eran corregibles,
los resultados finales excelentes, y los datos recabados
interesantes. La Fase 5, Situación Real, había
concluido. Tras la corrección de los fallos surgidos,
daría comienzo la Fase 6: Producción en
Cadena.
El
tanque de estásis que había frente a él
emitía una tenue luz azulada. El Dr. Sánchez
tomaba notas en su hoja de ordenador y comprobaba las
lecturas del panel de control. Las constantes se registraban
continuamente.
-¿Cómo
va? -preguntó Ramson.
-La
lista preliminar de fallos genéticos que me ha
facilitado puede corregirse -dijo el Dr. Sánchez-,
pero no en esta versión. Para arreglarlos es
preciso comenzar desde las primeras células del
embrión.
-No importa -dijo Ramson, mirando la
parte superior del cilindro. El rótulo rezaba:
Proyecto A 1-19-. Repetiremos el experimento para contrastar
datos. ¿Está lista?
-Lo estará dentro de dos días.
-Muy bien.
Se acercó más al cilindro
de cristal, hasta que logró ver el interior.
La chica, desnuda, estaba conectada a una docena decables
y a un grueso tubo de respiración. El clon 19
de Sonia, perteneciente al Proyecto A 1 respiraba con
normalidad, dormida.
-En
dos días reiniciaremos el experimento.
De repente, el clon abrió los
ojos y le miró fijamente.
publicado en febrero de
2009
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