| Cuando recibí
la autorización de la Unión para trabajar
en la Federación Minera pensé que la suerte
me sonreía, que mi vida cambiaría, y la
verdad es que no tenía idea de cuánto.
Me había destacado en mis estudios,
muchos decían que era el sismógrafo más
prometedor de mi generación y que me esperaba
un futuro brillante, y yo estaba convencido de ello.
Por eso fue una alegría aunque no una sorpresa
que los reclutadores de la Federación Minera
visitaran mi casa. En aquella época tenía
diecisiete años y hasta los veintitrés
era considerado propiedad de mis padres; a los fines
prácticos era visto como un niño o una
cosa (lo que era más o menos lo mismo) y hubiera
sido una falta de respeto para con las visitas que estuviera
presente durante la reunión, pero eso no disminuyó
mi alegría.
Mis padres llenaron formulario tras
formulario, autorización tras autorización
y luego fui sometido al más profundo escrutinio.
Me realizaron todo tipo de exámenes físicos
y por supuesto el examen e-ment, no fuera cosa que resultara
ser telépata. No quería telépatas.
Llegué a Sygnus algunos meses
después. Me habían informado que los yacimientos
se encontraban del otro lado del planeta, pero que durante
el primer año ni siquiera me acercaría
a ellos. Pasaría ese tiempo aprendiendo las técnicas
de extracción y acostumbrándome al traje.
Maldito traje.
Aquí en Sygnus la atmósfera
es irrespirable, la operación es nueva y las
instalaciones no están completamente acondicionadas,
por lo que se trabaja, se duerme, se come, en fin, se
vive, con el traje puesto. El único respiro llega
una vez al mes, cuando se pasan dos horas en una habitación
donde es posible sacarse el traje y darse una ducha
sónica.
El traje es pesado e incómodo.
Uno nunca termina de acostumbrarse a él. Lo mismo
que a ese aire rancio mezclado con quién sabe
qué con el que recargan el tanque después
de cada turno. Dicen que es para prevenir embolias y
otros males, lo mismo que las drogas, pero hace que
respirar se vuelva trabajoso y desagradable.
La comida es otra maravilla: Esos tubos
grasosos con etiquetas como “pollo con papas”,
“estofado”, etcétera. Todo lo que
sale de ellos tiene gusto a dentífrico viejo
y para comer uno debe retirar los brazos de las mangas
llevándolos hacia el interior del traje y manipular
el tubo intentando ensuciarse lo menos posible.
Y el baño... Eso sí que
es deprimente.
Durante todo este tiempo mi único
consuelo fue pensar en qué haría cuando
regresara con el sueldo que la Federación Minera
debía estar depositando en la cuenta de mi familia,
y contar los días entre las duchas sónicas.
Cuando recibí mi traslado hacia
la zona de yacimientos, me sentí aliviado. En
la nueva instalación me dejaron ducharme y me
dieron ropa limpia. Sí, ropa limpia. Y me llevaron
a un salón donde había mucha gente. Todos
me daban la bienvenida y se mostraban muy amables. Entonces
se me acercó un supervisor y me indicó
que lo siguiera. Se detuvo junto a una puerta en uno
de los extremos del salón y dijo:
-Todos estos años de recibir
ciudadanos me han enseñado que lo mejor es ir
directo al grano. Pase por aquí.
Lo seguí y de inmediato quedé
paralizado. Estaba a la intemperie, sin traje y respirando.
Escuchaba al supervisor diciéndome lo afortunado
que era yo de que mis padres hubieran hecho uso de sus
derechos sobre mí y me hubieran vendido a la
Unión. Ahora ésta me había dado
mi independencia y me había convertido en ciudadano
de este bello planeta. Como estaba a la vista, el tratamiento
había sido un éxito: yo no diferenciaba
el aire que respiraba ahora del que había respirado
en mi planeta natal. Agregó que no me preocupara,
ya que los gastos por este año de humaformación
(alquiler del traje, utilización mensual de la
sala de adaptación, drogas y mutágenos)
me serían descontados en cuotas del sueldo que
cobraría apenas comenzara a trabajar en la mina
que...
Su voz se me fue haciendo cada vez
más lejana.
Estaba solo. Me sentía abandonado.
Traicionado. Sin saber cuál sería mi destino.
Sólo quería llorar.
|