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Sygnus Más sobre Martín Adrián Ramos

Cuando recibí la autorización de la Unión para trabajar en la Federación Minera pensé que la suerte me sonreía, que mi vida cambiaría, y la verdad es que no tenía idea de cuánto.

Me había destacado en mis estudios, muchos decían que era el sismógrafo más prometedor de mi generación y que me esperaba un futuro brillante, y yo estaba convencido de ello. Por eso fue una alegría aunque no una sorpresa que los reclutadores de la Federación Minera visitaran mi casa. En aquella época tenía diecisiete años y hasta los veintitrés era considerado propiedad de mis padres; a los fines prácticos era visto como un niño o una cosa (lo que era más o menos lo mismo) y hubiera sido una falta de respeto para con las visitas que estuviera presente durante la reunión, pero eso no disminuyó mi alegría.

Mis padres llenaron formulario tras formulario, autorización tras autorización y luego fui sometido al más profundo escrutinio. Me realizaron todo tipo de exámenes físicos y por supuesto el examen e-ment, no fuera cosa que resultara ser telépata. No quería telépatas.

Llegué a Sygnus algunos meses después. Me habían informado que los yacimientos se encontraban del otro lado del planeta, pero que durante el primer año ni siquiera me acercaría a ellos. Pasaría ese tiempo aprendiendo las técnicas de extracción y acostumbrándome al traje.

Maldito traje.

Aquí en Sygnus la atmósfera es irrespirable, la operación es nueva y las instalaciones no están completamente acondicionadas, por lo que se trabaja, se duerme, se come, en fin, se vive, con el traje puesto. El único respiro llega una vez al mes, cuando se pasan dos horas en una habitación donde es posible sacarse el traje y darse una ducha sónica.

El traje es pesado e incómodo. Uno nunca termina de acostumbrarse a él. Lo mismo que a ese aire rancio mezclado con quién sabe qué con el que recargan el tanque después de cada turno. Dicen que es para prevenir embolias y otros males, lo mismo que las drogas, pero hace que respirar se vuelva trabajoso y desagradable.

La comida es otra maravilla: Esos tubos grasosos con etiquetas como “pollo con papas”, “estofado”, etcétera. Todo lo que sale de ellos tiene gusto a dentífrico viejo y para comer uno debe retirar los brazos de las mangas llevándolos hacia el interior del traje y manipular el tubo intentando ensuciarse lo menos posible.

Y el baño... Eso sí que es deprimente.

Durante todo este tiempo mi único consuelo fue pensar en qué haría cuando regresara con el sueldo que la Federación Minera debía estar depositando en la cuenta de mi familia, y contar los días entre las duchas sónicas.

Cuando recibí mi traslado hacia la zona de yacimientos, me sentí aliviado. En la nueva instalación me dejaron ducharme y me dieron ropa limpia. Sí, ropa limpia. Y me llevaron a un salón donde había mucha gente. Todos me daban la bienvenida y se mostraban muy amables. Entonces se me acercó un supervisor y me indicó que lo siguiera. Se detuvo junto a una puerta en uno de los extremos del salón y dijo:

-Todos estos años de recibir ciudadanos me han enseñado que lo mejor es ir directo al grano. Pase por aquí.

Lo seguí y de inmediato quedé paralizado. Estaba a la intemperie, sin traje y respirando. Escuchaba al supervisor diciéndome lo afortunado que era yo de que mis padres hubieran hecho uso de sus derechos sobre mí y me hubieran vendido a la Unión. Ahora ésta me había dado mi independencia y me había convertido en ciudadano de este bello planeta. Como estaba a la vista, el tratamiento había sido un éxito: yo no diferenciaba el aire que respiraba ahora del que había respirado en mi planeta natal. Agregó que no me preocupara, ya que los gastos por este año de humaformación (alquiler del traje, utilización mensual de la sala de adaptación, drogas y mutágenos) me serían descontados en cuotas del sueldo que cobraría apenas comenzara a trabajar en la mina que...

Su voz se me fue haciendo cada vez más lejana.

Estaba solo. Me sentía abandonado. Traicionado. Sin saber cuál sería mi destino. Sólo quería llorar.

 
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