| Hoy es mi cumpleaños
y mi último día. Todos están aquí,
incluso ha resucitado mi abuelo para venir a despedirme.
El aroma de mi comida favorita se mezcla con el del
pasto recién cortado y Pupu, mi gato inmortal,
se frota contra mis piernas. La nave está por
partir. Todos me saludan agitando sus pañuelos.
Luego los veo reducirse al tamaño de hormigas
y la luz se convierte el negro y en dorado.
No estoy seguro de cuántas
veces me he ido; las despedidas cada vez son más
extrañas y al mismo tiempo, cada vez más
normales. La historia, las películas, mi vida
entera se mezcla con la partida, la partida en la que
sueño el final del viaje.
Es este tiempo lánguido e indefinido,
es lo que pasa entre esos dos eventos -la partida y
el final del viaje- lo que no tengo demasiado claro.
Sueño con la puerta que no
he visto pero ha de estar. Una puerta igual a la que
vamos a empezar nosotros y que nunca llegaremos a ver
terminada.
Parece una idea a la que uno no se
acostumbraría fácilmente, sin embargo
ya llevamos sumergidos en ella tanto tiempo...
¿Cuándo? No lo sé.
¿Dónde? Tampoco estoy
seguro.
Este lugar es todos los lugares, es
lo que queramos hacer de él.
Hemos descubierto que aquí
podemos animarnos a ensayar el futuro, podemos prepararnos
para lo que nos aguarda imaginando las múltiples
formas de enfrentar las situaciones que se nos presenten,
podemos conocernos entre nosotros y emprender nuevas
y descabelladas aventuras.
Es un sitio maravilloso y a la vez
aterrador, porque después de un tiempo, sin importar
qué se intentara mostrar u ocultar de uno mismo,
todas las máscaras se resquebrajan, todas las
simulaciones pierden fuerza y termina por hacerse evidente
lo que cada uno es en realidad. Aparecen rasgos que
enternecen y otros que asustan.
Me he relacionado con mucha gente
aquí, con variada suerte, pero creo que Laura
es la indicada. A ella se le ha dado últimamente
por hablar con Borges -lo que a mí me aburre
sobremanera- y ni siquiera eso me aparta de su lado.
Está claro que la adoro.
Los ¿días?, van pasando entre problemas
matemáticos, reconstrucciones literarias y surf
entre las estrellas, conversaciones con aquellos a los
que convocamos, vivos o muertos, y duelos con espadas
láser.
Pero ahora, de a poco, todo se va
haciendo menos nítido -incluso Borges, gracias
a Dios.
Sólo Laura sigue igual, tan
clara para mí como el primer día. Tomo
eso como una señal de nuestro vínculo
verdadero.
Todo se vuelve más lento y
la sensación de claustrofobia crece asechando
en la oscuridad.
Debemos estar cerca, supongo.
Y la memoria regresa despacio, dejándome
recordar por qué emprendimos este viaje.
Crecimos escuchando que viajar por
el espacio es complicado.
Que viajar por el espacio es lento.
Que viajar por el espacio es caro.
Sin embargo un día llegó
a la Tierra una nave de los Constructores. Era prueba
y fruto de una tecnología desconocida, una tecnología
que estaba más allá de nuestra compresión.
Pero también era una invitación.
Los Constructores habían hecho
su propio descubrimiento eones atrás. En su primer
viaje de exploración fuera de su sistema habían
descubierto Pórtico, el primer punto de salto.
Eso marcó el inicio de una nueva era para su
civilización, en la que se dedicaron a estudiar
tan magnífica estructura e intentar comprender
su funcionamiento. Tenían la aspiración
de hallar alguna vez a los Primeros, aquellos que lo
habían alzado y lo habían dejado allí
para los que vinieran después de ellos. Verse
beneficiados por tamaño acto de generosidad cósmica
transformó a la civilización de los Constructores
y terminó por darles un nuevo propósito,
un propósito casi religioso: Cuando lograron
comprenderla y reproducirla, decidieron que viajarían
por el universo difundiendo y compartiendo esa tecnología;
así pagarían el favor, así demostrarían
que eran dignos de él; así harían
contacto con otras especies inteligentes y todos podrían
regocijarse ante la grandeza de los Creadores y sus
magníficas herramientas. Se convirtieron en constructores
de puertas, en constructores de puentes. Se hacían
llamar « la Gente del Pórtico» o
«Porticanos».
La nave que llegó a la Tierra
era una entre cientos. Los porticanos las habían
enviado a las estrellas como una invitación y
un salvoconducto, creían que sería más
fácil si cada especie sólo tuviera que
recorrer la mitad del camino, si los que estuvieran
interesados en acudir a su llamado pudieran emprender
el viaje por sí mismos, en lugar de esperar a
que ellos los encontraran en sus mundos de origen, dispersos
en la vastedad del espacio.
La nave que llegó a la Tierra
traía instrucciones y materiales para la construcción
de dos puertas; pero la nave misma era quizás
la parte más importante del paquete.
Al mismo tiempo que comenzó
la construcción del primer punto de salto, ubicado
en órbita entre la Tierra y la Luna, la nave
emprendió su viaje hacia el sistema estelar más
cercano. Su propósito era transportar a aquellos
que construirían la segunda puerta y darles un
lugar seguro donde establecerse y desarrollarse como
colonia antes de iniciar los trabajos.
Los que estudiaron el mecanismo de
animación suspendida que utilizaba concordaron
en que no podía haber sido diseñado con
mayor ingenio. Ya se había demostrado que la
mente no soportaba la inactividad sostenida, tarde o
temprano llegaba la abstracción, el ensimismamiento
y al final, la locura. El multiespacio era la solución
a todo aquello: mantenía a los trabajadores ocupados
y permitía que se conocieran entre ellos, que
establecieran lazos y enfrentaran sus temores, antes
de iniciar la construcción.
El plazo de «edificación»
se estimaba en dos generaciones, por lo que cada minuto
debía ser aprovechado.
Poco a poco comprendo dónde
estamos y qué se espera de nosotros.
No sé si será mi imaginación,
pero casi puedo sentir el efecto de la desaceleración.
Sé que allí afuera está
Próxima, y nos espera -La próxima estrella,
la próxima vida, la próxima versión
del universo, y también aquella que está
próxima a mí.
Me siento fuerte y renovado, comprometido
con la ambiciosa empresa que tenemos por delante. Con
la clara convicción de que la aventura recién
comienza, de que todo el trabajo está por hacerse,
escucho el mecanismo de los capullos abriéndose.
Espero con ansiedad a que la cubierta termine de levantarse
y me incorporo, emergiendo del bio-gel.
Al abandonar el nicho que me ha mantenido
seguro y alimentado durante todo este tiempo, siento
frío, y todos los temores que el condicionamiento
mantuvo a raya me asaltan de pronto: ¿Qué
pasará si no podemos? ¿Qué pasará
si no nos alcanzan los recursos o si las condiciones
planetarias no son las esperadas, si no somos tan fuertes
ni tan listos como creemos ser? En los rostros de los
otros que se van incorporando veo también ese
primer instante de duda y confusión. Pero unos
cuantos metros más allá Laura salta fuera
de su capullo y busca con la mirada entre los rostros
de los que se van levantando, hasta que sus ojos se
encuentran con los míos, y entonces sonríe.
Ahora sé que, sin importar
lo que nos espere allá afuera, todo estará
bien.
Buenos Aires, en el día 365
del tercer año porticano
publicado en febrero
de 2009
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